EL DÍA QUE EL CIELO SE TIÑÓ DE SANGRE: LA AZAFATA QUE ERA UNA MÁQUINA DE GUERRA Y EL SECRETO QUE SALVÓ AL VUELO MX702 DE UNA TRAGEDIA SEGURA EN EL CORAZÓN DE MÉXICO. ESTA ES MI HISTORIA Y POR QUÉ EL MUNDO NUNCA VOLVERÁ A VERME IGUAL.

PARTE 1: EL DESPERTAR DEL FÉNIX

Capítulo 1: El estruendo de la caída

El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de la cabina cortó el aire reciclado como si fuera un disparo. “¡Al suelo! ¡Todos al suelo si no quieren que los mande al infierno ahora mismo!”, gritó una voz ronca, cargada de un odio que se sentía físico.

Yo sentí el impacto antes de procesar el grito. Un hombre de casi dos metros, con una chaqueta táctica negra y el rostro marcado por cicatrices viejas, me agarró por el cuello de mi impecable uniforme azul marino. No hubo advertencia. Me lanzó contra el carrito de las bebidas con una fuerza bruta. Mis rodillas golpearon la alfombra con un crujido sordo, absorbiendo el impacto mientras mi bandeja de jugos y refrescos salía volando, creando una sinfonía de vidrios rotos y líquidos derramados por todo el pasillo.

No grité. No lloré.

El hombre, a quien sus cómplices llamaban “El Perro”, se quedó parado sobre mí con la satisfacción de un depredador que acaba de marcar su territorio. Sus ojos grises, fríos como el mármol, recorrieron la cabina. Vi a los niños abrazando a sus madres, a los empresarios que hace un segundo tecleaban en sus laptops ahora sentados con las manos en alto, temblando.

—Mírenla bien —ordenó El Perro, su voz retumbando con la autoridad de alguien que ha vivido de la violencia—. Esto es lo que le pasa a cualquiera que se crea héroe hoy.

Yo, Regina Mitchell, levanté lentamente la cabeza. A los ojos de cualquiera, era una mujer pequeña, de 1.62 metros, con el cabello castaño recogido en un chongo perfecto. Según los registros de la aerolínea, tenía 32 años y una hoja de vida impecable en servicio al cliente. Una empleada más, arrodillada en un charco de jugo de naranja.

Pero en ese microsegundo, mis ojos hicieron algo que El Perro no pudo detectar. Mis pupilas se dilataron, no por miedo, sino por enfoque. En menos de dos segundos, mi cerebro, entrenado por la Fuerza Aérea, procesó la información vital: Tres secuestradores. Posiciones: fila 3, fila 17 y la puerta de la cabina. Armas: dos cuchillas de cerámica (indetectables por metales) y una pistola, probablemente una Glock de polímero. Salidas: ninguna viable a 35,000 pies.

Evaluación terminada. Volví a poner mi mirada en blanco, sumisa, derrotada.

—Levántate —me espetó El Perro, tirándome del brazo—. Y límpiame esto. Es para lo único que sirven las mujeres como tú.

Bajé la mirada. “Sí, señor”, susurré. Pero por dentro, la Regina que había muerto en las montañas de Siria acababa de abrir un ojo.

Capítulo 2: El observador silencioso

En la fila 12, un hombre de cabello canoso y manos callosas dejó de respirar por un momento. Don Carlos había pasado 20 años en el Ejército Mexicano, los últimos seis reparando turbinas de aviones de combate en la base de Santa Lucía. Había visto suficientes militares en su vida para reconocer algo que los civiles ignoraban por completo.

Él vio cómo caí. No fue una caída de una víctima; fue una rodada controlada. Distribuyendo el peso para no romperme las articulaciones. Vio cómo me puse de pie: con el peso equilibrado, las rodillas ligeramente flexionadas, el centro de gravedad bajo. Como un boxeador regresando a su guardia. Como un piloto preparándose para las fuerzas G.

Don Carlos sacudió la cabeza, tratando de disipar el pensamiento. “Es solo una azafata”, se dijo. “Probablemente tomó clases de defensa personal en el gimnasio”. Pero una voz en el fondo de su mente, una voz curtida por la pólvora, le gritó: Esa mujer no es lo que parece.

No tenía idea de que, en los siguientes veinte minutos, esa misma voz estaría gritando: “Te lo dije”, mientras el líder de los secuestradores terminaba a mis pies y un General de tres estrellas se cuadraba ante mí.

El vuelo MX702 había salido de Monterrey a las 6:45 a.m. con destino al Aeropuerto Benito Juárez. 183 pasajeros, cuatro azafatas, dos pilotos. Una rutina de martes que se convirtió en una pesadilla. El asalto fue rápido. El Perro salió del baño de primera clase justo cuando se apagó la señal de cinturones. Sus compañeros, Hugo y El Flaco, se movieron en sincronía perfecta. Uno bloqueó la parte trasera y el otro forzó la entrada a la cabina usando a un pasajero que fingía un ataque al corazón.

El Capitán de la aeronave fue golpeado en la sien antes de poder activar el transpondedor de emergencia. Ahora yacía inconsciente, con la sangre manchando los controles, mientras el primer oficial estaba amarrado con cintas de plástico bajo la mirada de El Flaco.

—Escuchen con atención —anunció El Perro, caminando por el pasillo central como un sargento pasando revista—. Este avión está bajo nuestro control. Se quedarán sentados. Se quedarán callados. Si obedecen, en cuatro horas estarán todos caminando en La Habana, vivos y coleando.

Un murmullo de terror recorrió la cabina. ¿Cuba? ¿Asilo político? ¿Secuestro?

—Cualquiera que intente pasarse de listo —continuó El Perro, deteniéndose junto a una anciana en la fila 7—, será usado como ejemplo. ¿Está claro?

183 cabezas asintieron al unísono. Todas excepto una.

En la fila 3 de Primera Clase, el Senador Villarreal procesaba la situación con el frío cálculo de un político de carrera. Había sobrevivido a tres intentos de asesinato y dos investigaciones por corrupción. No era un hombre que se asustara fácilmente.

—Escúchame bien, delincuente —dijo Villarreal, poniéndose de pie a pesar de que Hugo presionaba una cuchilla contra el cuello de otro pasajero—. Soy un Senador de la República. Lo que sea que quieran, puedo…

El puño de El Perro conectó con la mandíbula de Villarreal antes de que terminara la frase. El Senador cayó sobre su asiento de piel, viendo estrellas.

—¿Alguien más quiere presentarse? —preguntó El Perro casi con amabilidad.

Silencio absoluto.

—Bien —se giró hacia mí—. Tú, tráeme un café, negro y rápido.

Asentí, con la cabeza baja, y me moví hacia la cocina. Al pasar por la fila 8, vi a Liliana, una mujer embarazada de siete meses, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Sin dejar de caminar, mi mano rozó su hombro. Fue un gesto tan sutil que nadie lo notó, pero ella lo sintió. Un apretón firme. Un mensaje: “Te veo. Resiste”.

En la cocina, mis manos se movieron con precisión automática. Preparando un café que nunca dejaría que El Perro terminara de beber. Mis dedos palparon el equipo de emergencia: extintor, botiquín, desfibrilador. Nada que sirviera como arma… todavía.

Abrí el compartimento de la tripulación y saqué mi bolso personal. Debajo de mi maquillaje y ropa de cambio, había un libro viejo de ajedrez. Los márgenes estaban llenos de notas que no tenían nada que ver con el juego: puntos de egreso, cálculos de tiempo, ecuaciones de vuelo. Cerré la bolsa.

Sabía que el FBI o la Fuerza Aérea estarían intentando contactar el avión. Sabía que estos hombres no eran aficionados; su coordinación era de nivel militar. Y sabía que, en algún momento de las próximas tres horas, alguien en este avión tendría que actuar.

Me sequé las manos con una toalla y miré mi reflejo en el pequeño espejo de la cocina. Por un segundo, ya no vi a Regina la azafata. Vi a “Fénix”, la mujer que una vez fue enviada a misiones de las que nadie debía regresar. La promesa que me hice de no volver a lastimar a nadie se sentía pesada en mi pecho, pero la vida de 183 personas pesaba más.

Me preparé. La guerra había vuelto a buscarme, y esta vez, estaba a 35,000 pies de altura.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: EL JUEGO DEL GATO Y EL RATÓN EN LAS NUBES

La atmósfera dentro del Boeing 737 se había vuelto densa, casi sólida. No era solo el aire reciclado que siseaba a través de las rejillas de ventilación, sino ese olor inconfundible que emana el ser humano cuando sabe que su vida pende de un hilo: una mezcla de sudor frío, adrenalina estancada y el perfume barato de las toallitas desinfectantes.

Hugo, el especialista técnico del trío de secuestradores, caminaba por el pasillo central con una parsimonia que helaba la sangre. No era un matón de barrio con un arma en la mano; era un profesional. Sus botas tácticas no hacían ruido sobre la alfombra azul de la aerolínea, y sus ojos se movían con la velocidad de un escáner, registrando cada rostro, cada mano temblorosa, cada mirada que intentaba evitar la suya.

Yo estaba en la cocina trasera, la “galley”, pretendiendo que mi mayor preocupación en el mundo era organizar las cajitas de cacahuates y las servilletas de papel. Mis dedos se movían rítmicamente, pero mis oídos estaban sintonizados a la frecuencia de sus pasos.

Hugo se detuvo a medio pasillo, justo frente a un hombre de traje que intentaba esconder un iPhone entre los pliegues de su asiento.

—¿Crees que soy estúpido, amigo? —la voz de Hugo era un susurro gélido, pero resonó en toda la cabina.

El pasajero, un ejecutivo que probablemente pasaba sus días gritando órdenes en una oficina de Polanco, se puso pálido. Sus labios temblaron, pero no salieron palabras.

—Dámelo. Ahora —ordenó Hugo, extendiendo la bolsa negra de basura donde ya tintineaban docenas de teléfonos.

El hombre entregó el dispositivo con la mano sacudida por un espasmo de terror. Hugo lo dejó caer en la bolsa y luego, sin previo aviso, le propinó un golpe con el dorso de la mano que le abrió el labio.

—Si vuelvo a ver un brillo digital en este pasillo, el siguiente que se va por la borda es tu brazo. ¿Entendido?

El silencio que siguió fue sepulcral. Hugo continuó su camino hasta llegar a mi territorio. Se apoyó en el marco de la cocina, bloqueando la única salida. Me quedé quieta, con una jarra de café en la mano derecha y un paño en la izquierda.

—Regina, ¿verdad? —preguntó, leyendo mi placa con el nombre. Su acento tenía un rastro de algo extranjero, algo que olía a milicia europea mezclada con años de delincuencia en el norte de México—. Tienes un nombre muy real para una chamba tan insignificante.

—Es el nombre que me dieron mis padres, señor —respondí, manteniendo mi voz en un tono de sumisión absoluta, esa voz de azafata que ha sido entrenada para pedir disculpas incluso cuando el pasajero tiene la culpa.

—Cuéntame de ti, Regina. Me aburro en los vuelos largos y el “Perro” me tiene vigilando el ganado. ¿De dónde saliste? No tienes esa mirada de vacía que tienen las demás.

—Trabajé años en un call center en Santa Fe, señor —mentí, construyendo la historia ladrillo a ladrillo en mi mente—. Atendiendo reclamos de tarjetas de crédito. Doce horas al día escuchando insultos por cargos no reconocidos. Después de eso, servir café a 30,000 pies se siente como unas vacaciones, incluso hoy.

Hugo soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de alegría.

—Santa Fe… el infierno de los oficinistas. Eso explicaría por qué no has empezado a chillar como las otras dos que están allá atrás lloriqueando —dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. Podía oler el metal de su arma y el aroma a tabaco rancio que emanaba de su ropa—. Pero hay algo que no me cuadra.

Dejó la bolsa de celulares en el suelo y me tomó de la barbilla con una brusquedad que me obligó a mirarlo. Sus ojos eran como dos pozos de petróleo, oscuros y viscosos.

—He visto a mucha gente bajo presión, Regina. He visto soldados de élite orinarse en los pantalones cuando ven el brillo de una hoja de acero. Y aquí estás tú… una empleada de servicio que gana el sueldo mínimo, rodeada de hombres que podrían cortarte el cuello solo por diversión. Y tus manos…

Bajó la mirada hacia mis manos. Yo seguía sosteniendo la cafetera.

—Tus manos no tiemblan —observó Hugo, y por primera vez, detecté una nota de auténtica sospecha en su voz—. La adrenalina es una perra traicionera. Hace que los dedos bailen, que el corazón quiera salirse por la boca. Pero tú… pareces estar en una sala de espera de un hospital. ¿Por qué estás tan tranquila?

—Es la anestesia del alma, señor —respondí, dejando que un destello de tristeza fingida asomara en mis ojos—. Cuando pierdes todo lo que amas, el miedo se vuelve un lujo que ya no puedes permitirte. Solo quiero terminar mi turno y ver si mañana todavía sale el sol.

Hugo entrecerró los ojos. No estaba convencido, pero mi respuesta apelaba a esa fatalidad mexicana que él creía comprender. Sin embargo, su instinto de cazador no se apagó. Su mano bajó de mi barbilla a mi hombro izquierdo, apretando el tejido de mi uniforme.

—¿Y esto? —preguntó, sintiendo el relieve debajo de la tela.

Mi corazón dio un vuelco, pero mi rostro permaneció impasible. Debajo de la blusa, en mi hombro, tenía una cicatriz de quemadura circular, el recuerdo de un fragmento de metralla que me alcanzó cuando mi F-16 fue derribado.

—Un accidente de cocina, señor. Una olla de presión que explotó hace años cuando todavía intentaba ser una buena ama de casa. Otra razón por la que prefiero estar en el aire que en una casa vacía.

Hugo deslizó sus dedos por el contorno de la cicatriz a través de la ropa. Fue un contacto invasivo, cargado de una amenaza latente.

—Una olla de presión… —repitió él, casi para sí mismo—. Tienes una respuesta para todo, ¿verdad, Regina? Eres como un libro bien escrito, pero siento que me estoy saltando los capítulos más importantes.

—A nadie le interesa la biografía de una azafata, señor. Solo queremos que el café esté caliente y que el aterrizaje no sea demasiado brusco.

Hugo se alejó un par de centímetros, pero no dejó de mirarme. En ese momento, desde la cabina principal, se escuchó el llanto sofocado de Liliana, la mujer embarazada. El sonido pareció romper el hechizo de nuestra confrontación.

—Escúchame bien —me susurró Hugo, acercando su boca a mi oído hasta que pude sentir su aliento caliente—. He matado a gente mucho más peligrosa que tú solo porque me dieron una “mala espina”. No me importa si eres una santa o una pecadora. Si veo que tus manos se mueven hacia algo que no sea una servilleta o una taza de café, te voy a abrir un agujero en esa cabecita tan inteligente que tienes. ¿Me entiendes?

—Fuerte y claro, señor —respondí, bajando la vista una vez más.

—Bien. Ahora sírveme ese café. Y que sea negro, como el futuro de este vuelo.

Le serví la taza con una precisión milimétrica, sin derramar una sola gota, a pesar de que el avión atravesaba una zona de ligera turbulencia. Hugo tomó la taza, me dedicó una última mirada de sospecha y se retiró hacia la cabina de pilotos, llevándose la bolsa de celulares.

Cuando la cortina de la “galley” se cerró tras él, permití que mis hombros cayeran apenas un milímetro. Mi mente voló de regreso a la Base Aérea de Santa Lucía, a los días en que el olor a turbosina era mi único perfume y el rugido de los motores mi única música. Recordé a mi wingman, Sarah, y cómo sus manos sí temblaron aquella última vez, no de miedo, sino de rabia pura antes de que el misil la borrara del cielo.

“Todavía no, Sarah”, pensé, apretando el paño de cocina hasta que mis nudillos se pusieron blancos. “Todavía no es el momento”.

Miré el reloj de pared de la cocina. Habían pasado apenas cuarenta minutos desde el inicio del secuestro. El combustible nos daba para tres horas más de vuelo. Los secuestradores creían que tenían el control total porque tenían las armas, pero ignoraban la regla de oro del combate aéreo: la posición lo es todo. Y yo, Regina Mitchell, alias “Fénix”, estaba exactamente donde necesitaba estar.

El juego del gato y el ratón acababa de empezar, y Hugo no tenía idea de que el ratón en este avión tenía garras de acero y un entrenamiento que él no podría imaginar ni en sus peores pesadillas. Me acomodé el uniforme, me aseguré de que mi chongo estuviera firme y salí de la cocina con una sonrisa profesional en el rostro.

Era hora de servir más café. Era hora de preparar el contraataque.

CAPÍTULO 4: EL TEATRO DEL MIEDO Y LA LÁGRIMA DE FÉNIX

La cabina del vuelo MX702 ya no era un medio de transporte; se había transformado en una cámara de eco donde el más mínimo suspiro sonaba como una súplica. El sol de la mañana entraba por las ventanillas, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire, ajenas al drama humano que se desarrollaba a 35,000 pies de altura.

—¡Azafata! ¡Ven acá ahora mismo si no quieres que empiece a sacar la basura! —el grito de “El Perro” restalló desde la parte delantera del avión, rompiendo el frágil silencio.

Salí de la cocina trasera con la cabeza gacha. Cada paso que daba por el pasillo central era una prueba de fuego. Sentía los ojos de los 183 pasajeros clavados en mí, como si yo fuera su única conexión con la cordura. Al pasar por la fila 12, vi a Don Carlos, el viejo sargento; sus ojos me buscaban, tratando de descifrar el enigma que yo representaba. Le sostuve la mirada un milisegundo, dándole una orden silenciosa: No hagas nada todavía.

En la fila 8, Liliana, la mujer embarazada, sollozaba en silencio. Su mano derecha acariciaba su vientre con un movimiento rítmico, un intento desesperado de calmar a un bebé que sentía la angustia de su madre. Me detuve un segundo, fingiendo que tropezaba con una maleta mal colocada.

—Respire, Liliana. Cuente hasta cuatro al inhalar y hasta cuatro al exhalar. Todo va a estar bien —le susurré.

—¡Muévete, estúpida! —rugió Hugo desde la fila 3, empujándome por el hombro hacia la zona de Primera Clase.

Llegué al frente, donde El Perro me esperaba con un smartphone de última generación en la mano, probablemente confiscado a algún pasajero de la fila 1. El Senador Villarreal estaba a pocos centímetros, con la mandíbula ya hinchada y un hilo de sangre seca en la comisura de los labios. El poder del Estado mexicano, reducido a un hombre golpeado en un asiento de piel.

—Vas a ser nuestra estrella de cine, Regina —dijo El Perro con una sonrisa que mostraba unos dientes amarillentos y descuidados—. El gobierno dice que quiere “pruebas de vida”. Quieren saber que sus ciudadanos están bien cuidados. Así que les vas a dar un mensaje.

Me puso un trozo de papel arrugado frente a los ojos. La letra era errática, llena de faltas de ortografía, pero el mensaje era claro: era una sentencia de muerte envuelta en demandas económicas.

—Escúchame bien —continuó El Perro, agarrándome del mentón con una fuerza que me hizo apretar los dientes—. Vas a leer esto con miedo. Quiero que tiembles. Quiero que el idiota del Secretario de Gobernación sienta los calzones mojados cuando te vea. Si intentas pasarte de lista, si parpadeas en código o si dices una sola palabra que no esté aquí… —señaló con la cabeza a Liliana— …la gorda de la fila 8 será la primera en conocer a Dios. ¿Estamos claros?

—Sí, señor —respondí con una voz que hice sonar quebradiza, casi inaudible—. Por favor, no le haga daño a ella. Haré lo que quiera.

—Eso espero. Hugo, prepárate. Ponla contra la cortina para que se vea bien la cabina de fondo. Que vean el caos.

Hugo me posicionó. La luz blanca de las nubes entraba lateralmente, creando sombras profundas en mi rostro. Yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. En la Fuerza Aérea, nos entrenaban para situaciones de cautiverio. Nos enseñaban a usar el lenguaje corporal para desarmar al captor, para hacerlo sentir superior mientras nosotros recolectábamos inteligencia.

—Tres… dos… uno… ¡Acción! —se burló El Flaco desde atrás.

Miré a la cámara del teléfono. Por un momento, dejé de ser Regina la azafata y dejé de ser Fénix la piloto. Me convertí en una actriz. Dejé que mis hombros se hundieran, que mi pecho subiera y bajara en respiraciones cortas y erráticas, imitando un ataque de pánico incipiente.

—Mi… mi nombre es Regina Mitchell —comencé, mi voz se quebró de forma tan natural que vi a Hugo relajarse ligeramente—. Soy azafata del vuelo MX702 de Monterrey a Ciudad de México. El avión… el avión ha sido tomado por tres hombres armados.

Hice una pausa larga, mirando hacia un lado, como si tuviera miedo de mirar a la cámara. El Perro me hizo una seña violenta para que continuara.

—Dicen… dicen que todos estamos bien por ahora. Pero tienen exigencias. Quieren 50 millones de dólares y paso libre fuera del país. Si no se cumplen las demandas en dos horas, dicen que… que empezarán a ejecutar a los pasajeros uno por uno. Empezando por los niños.

En ese momento, permití que una lágrima perfecta rodara por mi mejilla izquierda. Fue una lágrima de rabia pura, de un odio tan profundo que me quemaba las entrañas, pero ante la cámara parecía el colmo de la desesperación.

—Por favor —supliqué, mirando directamente al lente, conectando con quien estuviera del otro lado en el centro de mando del FBI o de la SEDENA—. Hagan lo que ellos piden. No dejen que nadie más muera. No podemos hacer nada… estamos solos aquí arriba.

—¡Corten! —gritó El Perro, bajando el teléfono con una carcajada triunfal—. ¡Perfecto! ¡Ni en las novelas de las ocho se ve algo así! Te ganaste un Óscar, Regina.

—¿Puedo… puedo volver a mi lugar? —pregunté, limpiándome la cara con el dorso de la mano.

—Llévala atrás —ordenó El Perro a Hugo—. Y asegúrate de que no hable con nadie. Ese video va a estar en todas las redes sociales en cinco minutos. El mundo entero va a estar viendo este avión.

Hugo me escoltó de regreso. Mientras caminaba, mi mente ya no estaba en el video. Estaba analizando la habitación trasera. Había notado algo mientras estaba al frente: El Perro tenía el seguro de la Glock puesto. Un error de aficionado. Hugo, por el contrario, mantenía su cuchilla de cerámica siempre en posición de ataque. El Flaco era el más inestable; sus manos sudaban y sus ojos saltaban de un lado a otro. Él sería el primero en quebrarse.

Regresé a la cocina trasera. Hugo me dejó ahí con una última advertencia.

—No te creas especial por el video, Regina. Solo eres una herramienta. En cuanto aterricemos, las herramientas se quedan en el cajón… o se tiran a la basura.

Cuando se fue, me quedé sola tras la cortina. Me miré las manos. Seguían perfectamente quietas. La Regina Mitchell que el mundo vería en las noticias era una víctima asustada, una mujer indefensa pidiendo clemencia. Pero esa mujer era un fantasma.

Recordé mi entrenamiento en la base de Nellis, en Nevada, durante el intercambio con los Top Gun estadounidenses. Recordé a Sarah, mi wingman, gritando por el radio mientras su jet perdía el ala. “¡Eyecta, Sarah! ¡Eyecta!”. Pero ella no lo hizo. Se quedó para distraer el fuego antiaéreo y darme una oportunidad de escapar. Ella se sacrificó por el deber.

Hoy, el deber me pedía algo diferente. No me pedía morir, me pedía matar. Me pedía convertirme en el verdugo de tres hombres que creían que podían secuestrar la paz de mi país.

Abrí el compartimento de la tripulación y saqué una pequeña botella de agua. Mis dedos tocaron el libro de ajedrez. Las notas en los márgenes hablaban de sacrificios de piezas para ganar la posición final. En el ajedrez, a veces tienes que entregar a la reina para dar el jaque mate. Yo acababa de entregar mi imagen al mundo como una víctima. Había movido mi peón.

Ahora, solo faltaba que los depredadores se confiaran lo suficiente como para entrar en mi zona de impacto.

Miré por la ventanilla. Estábamos sobrevolando la zona de San Luis Potosí. Las nubes se veían tan pacíficas desde aquí arriba, tan ajenas a la pistola que apuntaba al corazón de México. Pero yo sabía la verdad. El cielo siempre ha sido un campo de batalla, y nadie, absolutamente nadie, conocía ese campo mejor que yo.

—Fénix está lista —susurré para mí misma, el sonido de mi propia voz reforzando mi voluntad—. Solo denme un error. Solo uno.

El video ya estaba volando por el ciberespacio. Millones de personas en Facebook y Twitter estarían compartiendo mi rostro bañado en lágrimas. Mi familia, mis antiguos compañeros de la Fuerza Aérea, el General Saldaña… todos verían a una Regina quebrada.

Pero los que realmente me conocían, los que habían volado a mi lado en misiones clasificadas, notarían un detalle que los secuestradores pasaron por alto. En el último segundo del video, justo antes de que se cortara, mis ojos no miraban a la cámara con miedo. Miraban el reflejo en el cristal de la ventana, calculando el ángulo de sol y la posición exacta de la pistola de El Perro.

Esa no era la mirada de una víctima. Era la mirada de un piloto fijando un objetivo.

CAPÍTULO 5: EL PRECIO DEL HEROÍSMO Y EL SACRIFICIO TÁCTICO

La cabina del vuelo MX702 se había convertido en una olla de presión a punto de estallar. Habían pasado casi dos horas desde el inicio del secuestro y el aire se sentía viciado, cargado de una electricidad estática que erizaba los vellos de la nuca. El miedo inicial de los pasajeros estaba mutando en algo mucho más peligroso: una desesperación ciega.

En la fila 12, Santiago, el joven ex-Marine que había reconocido antes, estaba en su límite. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los descansa brazos de su asiento de clase turista. Sus ojos no dejaban de seguir a El Flaco, quien patrullaba el pasillo con la inquietud de un animal rabioso. El Flaco era el eslabón más débil de los tres criminales; estaba sudando, sus movimientos eran erráticos y jugaba constantemente con su cuchilla de cerámica, pasándola de una mano a otra con una destreza nerviosa.

—¡Tú! —gritó El Flaco, deteniéndose en seco frente a la fila 6—. ¡Deja de llorar, maldito mocoso! ¡Me tienes hasta la madre con tus hipos!

Se refería a Pablito, un niño de ocho años que intentaba ahogar sus sollozos contra el pecho de su madre. La mujer, pálida y temblorosa, lo apretó más fuerte contra sí.

—Por favor, señor… es solo un niño, tiene miedo —suplicó la madre con voz quebrada.

—¡Todos tienen miedo! —rugió El Flaco, acercando la punta de la cuchilla al rostro del niño—. Si no se calla en tres segundos, le voy a dar una razón de verdad para que grite. ¡Uno! ¡Dos!…

Vi a Santiago tensarse. Vi cómo sus pies se posicionaban bajo su asiento para impulsarse. Era un movimiento de manual de infantería. Iba a lanzarse en una misión suicida. Y si él se movía, el resto de los hombres que estaban coordinándose con miradas furtivas lo seguirían. Sería una masacre. Hugo y El Perro estaban estratégicamente situados en los extremos del pasillo, con ángulos de tiro perfectos.

—¡NO! —mi grito cortó la tensión como un látigo.

Caminé rápidamente hacia la fila 6, interponiéndome entre El Flaco y el niño. Mantuve las manos visibles, abiertas, en una señal universal de rendición, pero mis pies estaban a la distancia exacta para un contragolpe si era necesario.

—Regina, lárgate a tu cocina —gruñó El Flaco, girando la cuchilla hacia mi cuello—. No te metas en esto.

—Él es solo un niño, no puede controlar su miedo —dije con una calma que parecía venir de otro planeta—. Si quieres asustar a alguien, asústame a mí. Yo soy la que te está desafiando. Déjalo en paz.

El Flaco soltó una risa histérica, su aliento a cigarrillos y adrenalina me golpeó el rostro.

—¿Te crees muy valiente ahora que el mundo te vio llorar en el video, verdad? ¿Quieres ser la mártir de México?

—Quiero que hagas tu trabajo sin matar a un inocente que no te sirve de nada —respondí, bajando el tono, entrando en su espacio personal de forma controlada—. Un niño muerto solo traerá a los comandos de élite por la puerta principal. Tú quieres el dinero y la libertad. Concéntrate en eso.

En ese momento, Santiago no pudo más. “¡AHORA!”, gritó con todas sus fuerzas.

Fue un caos absoluto. Santiago se lanzó sobre las piernas de El Flaco. Otros tres hombres de las filas contiguas saltaron sobre Hugo en la parte trasera. El aire se llenó de gritos, golpes sordos y el crujido de los asientos de plástico. Era la rebelión de los desesperados.

Pero ellos no eran profesionales. Yo sí.

Vi a El Perro desenfundar su Glock desde la parte delantera. Su brazo subió con una lentitud mecánica para mis ojos entrenados. Iba a disparar al bulto, no le importaba quién cayera.

—¡TODOS AL SUELO! —grité con mi voz de mando, la que usaba para dar órdenes en la pista de despegue.

El sonido de un disparo ensordecedor llenó la cabina. Una bala impactó en el techo, provocando que las máscaras de oxígeno cayeran de sus compartimentos como medusas de plástico. El pánico se duplicó. Santiago tenía a El Flaco contra el suelo, pero Hugo ya se había librado de los otros pasajeros usando técnicas de combate cuerpo a cuerpo de nivel operativo. Hugo no estaba jugando; vi cómo le rompía la nariz a un empresario de un solo codazo y proyectaba a otro pasajero contra el carrito de las maletas.

El Perro caminó por el pasillo, su rostro transformado en una máscara de furia asesina. Agarró a Santiago por el cabello y le puso la boca de la pistola en la sien.

—¡Suéltenlo! ¡Atrás todos o le vuelo la tapa de los sesos aquí mismo! —bramó El Perro.

La rebelión se sofocó en un instante. Los pasajeros retrocedieron, jadeando, sangrando, con los ojos llenos de una derrota absoluta. Santiago cerró los ojos, esperando el impacto que acabaría con su vida.

—Se acabó el juego —dijo El Perro, apretando el gatillo del martillo de la Glock—. Tú vas a ser el primer ejemplo de lo que pasa cuando me faltan al respeto.

—¡ESPERA! —me puse frente a El Perro, a menos de un metro de distancia. Podía ver el estriado dentro del cañón de su arma—. Si lo matas, pierdes tu mejor carta. Él es joven, es fuerte. Úsalo como escudo. Si me matas a mí, nadie sospechará. El mundo ya cree que soy una víctima débil.

El Perro me miró, su pecho subía y bajaba con violencia.

—Tú otra vez… —murmuró con desprecio—. Siempre ofreciéndote. ¿Qué pasa, Regina? ¿Tanto quieres morir?

—Pasa que sé cómo funciona esto —dije, manteniendo el contacto visual, una técnica de dominación psicológica—. Si matas a un civil desarmado, la orden de los francotiradores allá abajo cambiará de “captura” a “eliminar”. Si me castigas a mí, el protocolo se mantiene igual. Pégame. Úsame de ejemplo. Pero déjalo vivir a él.

El Perro miró a Santiago, luego a Hugo, quien asintió con la cabeza, reconociendo la lógica fría de mi propuesta. Hugo sabía que yo tenía razón, aunque no entendía por qué una azafata razonaba como un estratega militar.

El Perro soltó a Santiago con un empujón violento que lo mandó contra el suelo del pasillo. Luego, se giró hacia mí. Sus ojos brillaban con una crueldad pura.

—Está bien, Regina. Quieres ser la heroína… pues vas a pagar el precio.

Su puño se cerró y lo vi venir. No me moví. No esquivé. Dejé que el golpe conectara con mi estómago con toda su fuerza. El dolor fue una explosión de fuego blanco en mis entrañas. Caí de rodillas, el aire escapando de mis pulmones en un silbido agónico. No era el primer golpe que recibía en mi vida, pero este tenía el peso del odio acumulado.

—¡Llévenla a la parte trasera! —ordenó El Perro a El Flaco, quien se levantaba del suelo limpiándose la sangre de la boca—. Hazle lo que quieras, pero que siga respirando. Necesitamos que esa cara de ángel siga viva para el próximo video.

El Flaco me agarró del cabello, tirando con saña, y me arrastró por el pasillo. Mis rodillas raspaban la alfombra, pero mi mente estaba en otro lugar. A pesar del dolor lacerante, estaba contando. Estaba evaluando.

Había salvado a Santiago. Había evitado una masacre. Y lo más importante: ahora me llevaban a la parte trasera, a la cocina donde estaba mi equipo, lejos de la vista de El Perro y su Glock.

Mientras me arrastraban, vi a Santiago mirándome desde el suelo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y de una confusión total. Él sabía lo que yo acababa de hacer. Había visto el sacrificio.

“Prepárate, soldado”, pensé mientras la cortina de la cocina se cerraba detrás de nosotros, ocultándonos del resto de la cabina. “Porque en cuanto este idiota cierre la boca, el Fénix va a incendiar este avión”.

El Flaco me arrojó contra los compartimentos metálicos de los hornos. Se desabrochó el cinturón con una sonrisa enferma.

—Ahora sí, azafata… vamos a ver si eres tan valiente cuando no tienes a nadie mirando.

Yo me puse de pie lentamente. Me limpié el hilo de sangre que corría por mi labio y, por primera vez en todo el vuelo, dejé que la máscara de Regina Mitchell cayera por completo. Mi postura cambió. Mis hombros se ensancharon. Mis ojos se volvieron dos fragmentos de hielo polar.

—¿Sabes cuál es tu error, imbécil? —le dije, mi voz ahora era un susurro mortal, desprovista de cualquier rastro de miedo.

—¿Qué dijiste? —se detuvo, desconcertado por el cambio en mi energía.

—Tu error es creer que estoy encerrada aquí contigo —di un paso hacia él, entrando en su guardia antes de que pudiera parpadear—. La realidad es que tú eres el que está encerrado aquí conmigo. Y no tienes idea de quién soy.

Antes de que pudiera reaccionar, mi mano derecha se movió en un golpe de tajo directo a su laringe. El sonido del cartílago colapsando fue la música más dulce que había escuchado en años.

La verdadera batalla acababa de comenzar.

CAPÍTULO 6: EL DESPERTAR DE LA SOMBRA Y EL SILENCIO DE LA COCINA

El aire en la cocina trasera, o el galley, como lo llamábamos en el entrenamiento, era denso y olía a café rancio y miedo. El Flaco me miraba con los ojos desorbitados, llevándose las manos al cuello. El golpe seco que le propiné en la laringe no lo mató, pero hizo algo mucho más efectivo para mis propósitos: le robó el habla y el oxígeno de un solo impacto. El sonido del cartílago crujiendo fue sordo, apenas un eco entre el zumbido constante de los motores del Boeing 737.

Él intentó emitir un grito, una advertencia para sus compañeros en la parte delantera, pero solo logró producir un gorgoteo húmedo y patético. Su rostro, antes lleno de una arrogancia cruel, comenzó a tornarse de un color púrpura violáceo. Se tambaleó hacia atrás, chocando contra el carrito de las bebidas, haciendo que las latas de refresco tintinearan como campanas de una iglesia en ruinas.

—Shhh… —le dije, acercándome con la elegancia de un depredador que ya no tiene necesidad de esconderse—. Guarda tus fuerzas. Las vas a necesitar para lo que viene.

En ese momento, la Regina que servía cacahuates y pedía disculpas por la falta de mantas había desaparecido por completo. En su lugar estaba la Major Mitchell, el “Fénix” de la Fuerza Aérea, la mujer que había sobrevivido a un derribo en territorio hostil y que había aprendido que en el combate, la piedad es un lujo que los muertos no pueden permitirse.

El Flaco, desesperado, intentó sacar la cuchilla de cerámica que llevaba oculta en la cintura. Sus dedos temblaban, torpes por la falta de aire. Logró desenvainarla, lanzando un tajo errático hacia mi pecho. Fue un movimiento de aficionado, lento y predecible.

Giré mi cuerpo apenas unos centímetros, dejando que el aire de la cuchilla rozara la tela de mi uniforme. Al mismo tiempo, agarré su muñeca con un agarre de hierro y apliqué una presión exacta en el nervio cubital. El arma cayó al suelo de la alfombra con un golpe mudo.

—Mi turno —susurré.

Lo agarré por el cuello de su camisa y lo estampé contra el panel metálico de los hornos. El estruendo fue amortiguado por el rugido de las turbinas afuera, pero para nosotros, sonó como un trueno. Usé su propia inercia para conectar un rodillazo directo en su plexo solar. El Flaco se dobló sobre sí mismo, sus rodillas cediendo.

Lo llevé al suelo de forma controlada, para no hacer un ruido que alertara a Hugo o a El Perro. Mientras él luchaba por una brizna de aire, saqué las cintas de plástico que él mismo me había mostrado antes con sadismo. Le inmovilicé las manos detrás de la espalda, apretando la cinta hasta que su piel comenzó a ponerse blanca. Luego hice lo mismo con sus tobillos.

—¿Te acuerdas de lo que dijiste allá afuera? —le pregunté, sentándome en cuclillas frente a él, mientras lo miraba con una frialdad absoluta—. Dijiste que las mujeres como yo solo servíamos para una cosa. Te equivocaste. Servimos para limpiar la basura como tú.

Él me miraba con puro terror. Por fin entendía que no estaba frente a una azafata valiente, sino frente a un operativo profesional que lo había estado cazando desde el momento en que puso un pie en el avión.

Registré sus bolsillos. Encontré un radio de corto alcance y un pequeño encendedor de lujo. Desactivé el radio para que no recibiera señales y lo guardé en mi bolsillo. Me puse de pie y me acomodé el uniforme, limpiando con un trapo la pequeña gota de sangre que había saltado de su nariz a mi cuello.

—Quédate aquí, Flaco. Si intentas moverte, te aseguro que lo siguiente que romperé no será tu orgullo.

Me acerqué a la cortina de la cocina y la abrí apenas unos milímetros para observar la cabina principal. La tensión seguía ahí, pero era diferente. Los pasajeros estaban en un estado de letargo traumático. Hugo estaba a mitad del pasillo, dándome la espalda, vigilando a Santiago y al Senador. El Perro estaba cerca de la cabina de pilotos, hablando por el teléfono satelital, seguramente negociando con el FBI.

En ese momento, el intercomunicador del avión chirrió. Fue un sonido estridente que hizo que todos se tensaran.

—¡Atención! ¡Emergencia médica en la cabina de mando! —era la voz del primer oficial Logan, y sonaba al borde del colapso total—. ¡El Capitán Anderson ha perdido el conocimiento! ¡No tiene pulso! ¡Necesitamos a Regina! ¡Regina, ven a la cabina ahora!

El Perro colgó el teléfono de golpe, su rostro transformándose en una máscara de pánico. Si el capitán moría y el copiloto no podía manejar la situación solo bajo ese estrés, el avión se convertiría en un ataúd de metal de 80 toneladas.

—¡Hugo! ¡Muévete a la cabina! —gritó El Perro—. ¡Tú, Regina! ¡Sal de ahí ahora mismo!

Era el momento. El caos que necesitaba se estaba manifestando por sí solo. Cerré los ojos un segundo, visualizando el mapa del avión en mi mente como si fuera el HUD de mi $F-16$. Tres objetivos, uno neutralizado. Quedaban dos. Uno con un arma de fuego, el otro con una cuchilla y entrenamiento militar.

Salí de la cocina trasera con la cara desencajada, fingiendo que acababa de escapar de un ataque de El Flaco. Despeiné mi cabello y me rasgué un poco más la manga de la blusa.

—¡Ayúdenme! —grité, saliendo al pasillo—. ¡Se volvió loco! ¡El Flaco se volvió loco allá atrás!

Hugo se detuvo, confundido, mirando hacia la cocina trasera. Esa distracción fue de apenas dos segundos, pero en el mundo de Fénix, dos segundos son una eternidad. Mientras Hugo dudaba, yo ya estaba corriendo por el pasillo.

—¡Regina, ve a la cabina! —me ordenó El Perro, apuntándome con la Glock desde lejos—. ¡Ayuda al copiloto o nos estrellamos todos! ¡Hugo, ve a ver qué le pasa al idiota del Flaco!

Hugo asintió y se dirigió hacia la parte trasera, pasando justo a mi lado. Al cruzarnos, nuestras miradas se encontraron. Él vio algo en mis ojos, una chispa de triunfo que no encajaba con mi actuación de mujer asustada. Intentó detenerse, pero yo ya lo había pasado.

Llegué a la zona de Primera Clase. El Perro me agarró del brazo y me empujó hacia la puerta de la cabina de mando.

—Entra ahí y haz que ese viejo no se muera —me siseó al oído, el cañón de la pistola presionando mis costillas—. Porque si este avión cae, te juro que te pego un tiro antes de tocar el suelo.

—Haré lo que pueda —dije, mi voz temblando por el esfuerzo de no romperle la muñeca ahí mismo.

Entré a la cabina. El espacio era asfixiante. El Capitán Anderson estaba desplomado sobre los controles, su cabeza bloqueando parte del instrumental. El primer oficial Logan estaba pálido, sus manos temblando violentamente sobre el yugo. El avión había comenzado a inclinarse ligeramente hacia la izquierda; el piloto automático estaba emitiendo un sonido de advertencia por la presión en los mandos.

—¡Regina! Gracias a Dios —dijo Logan, casi llorando—. Se desmayó… creo que es el corazón. No puedo moverlo, es demasiado pesado y si suelto el mando perdemos el nivel de vuelo.

Cerré la puerta de la cabina tras de mí. Por fin estábamos solos, lejos de los ojos de El Perro. Miré a Logan, y luego miré el panel de instrumentos. Las luces verdes y rojas parpadeaban, mostrándome la altitud, la velocidad de aire y el horizonte artificial. Fue como ver a un viejo amigo después de años de ausencia.

—Logan, mírame —le dije, mi voz ahora era una orden pura, desprovista de cualquier fingimiento—. Escucha con atención porque solo te lo voy a decir una vez. No soy solo una azafata. Soy la Major Regina Mitchell, piloto de combate.

Logan me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Qué? Regina, de qué hablas, el Capitán se muere y…

—¡Silencio! —le espeté—. El Capitán está estable por ahora, tiene una conmoción, no un infarto. Lo que escuchaste fue una distracción. Necesito que desbloquees la puerta de la cabina en cuanto yo te lo diga. Voy a neutralizar al que está afuera.

—Pero tiene un arma… —balbuceó Logan.

—Yo también —le mostré la cuchilla de cerámica que le había quitado al Flaco—. Y tengo algo que ellos no tienen: este avión es mi territorio.

Me acerqué a los controles, ajustando suavemente la mezcla de combustible y estabilizando el ala izquierda. El avión respondió con un ronroneo suave. Por un segundo, olvidé el secuestro, olvidé la sangre y olvidé el miedo. Estaba volando.

—Logan, en tres segundos voy a abrir esta puerta —dije, posicionándome a un lado del marco—. Tú vas a gritar que el Capitán ha muerto. El Perro va a entrar por instinto. En ese momento, tú te agachas. ¿Entendido?

Logan asintió, aunque el terror seguía presente en sus ojos.

—Uno… dos… ¡TRES!

Logan soltó un grito desgarrador: —¡SE MURIÓ! ¡DIOS MÍO, SE MURIÓ EL CAPITÁN!

La puerta de la cabina se abrió de golpe. El Perro entró como un animal enfurecido, con la Glock por delante, buscando el cadáver del piloto. Estaba tan enfocado en el frente que no me vio pegada a la pared lateral de la cabina.

Antes de que pudiera girar el arma, mi mano izquierda atrapó su muñeca, desviando la trayectoria de la bala hacia el suelo de la cabina. El disparo sonó como una explosión dentro del espacio confinado, dejando nuestros oídos zumbando. Con mi mano derecha, hundí la cuchilla de cerámica en el hombro de su brazo armado.

Él soltó un rugido de dolor y soltó la pistola. Lo agarré por la nuca y estrellé su rostro contra el borde del panel de radio. El Perro cayó de rodillas, aturdido y sangrando profusamente.

Lo pateé lejos del arma y lo inmovilicé contra el suelo, usando una técnica de sujeción que le impedía moverse sin romperse el brazo.

—Se acabó el vuelo para ti, pendejo —le susurré al oído.

Pero entonces, escuché un ruido desde el pasillo. Hugo. Había regresado de la cocina trasera y no venía solo. Había escuchado el disparo.

La verdadera pelea, la más difícil de todas, estaba a punto de cruzar esa puerta. Pero yo ya no era Regina la azafata. Era Fénix, y el cielo volvía a ser mío.

CAPÍTULO 7: EL ÚLTIMO PREDADOR Y EL GRITO DEL FÉNIX

El eco del disparo dentro de la cabina de mando aún vibraba en mis oídos, dejando un pitido agudo y persistente. El olor a pólvora quemada, metálico y acre, inundaba el pequeño habitáculo. El Perro yacía en el suelo, gimiendo, con su hombro destrozado por la cuchilla y su orgullo hecho trizas. Pero no había tiempo para celebrar. El tablero de instrumentos comenzó a parpadear: el disparo había dañado una de las pantallas auxiliares de navegación.

—¡Regina! ¡Alguien viene! —gritó Logan, señalando el monitor de seguridad de la puerta.

En la pantalla granulienta en blanco y negro, vi a Hugo. No venía corriendo como un loco; venía agazapado, con la cuchilla en una mano y una de las charolas metálicas de comida como escudo improvisado. Sus ojos no mostraban miedo, sino una furia gélida y concentrada. Él era el verdadero peligro. El Flaco era un matón, El Perro era un ambicioso, pero Hugo… Hugo era un profesional de la guerra.

—Logan, escúchame bien —dije, agarrando la Glock que El Perro había soltado. La sentí pesada, fría, un objeto que juré no volver a tocar—. Voy a salir. En cuanto cruce esa puerta, ciérrala y ponle el seguro. No abras por nada del mundo hasta que escuches mi voz diciendo “Código Jaguar”. ¿Entendido?

—¿Código Jaguar? Regina, no me dejes solo con el Capitán así…

—¡Logan! —le grité, fijando mis ojos en los suyos. El copiloto se quedó mudo—. Confía en mí. Mantén el nivel de vuelo a 33,000 pies. Si algo sale mal, llama a la Torre de Control y diles que la Major Mitchell cumplió con su deber.

No esperé respuesta. Abrí la puerta de la cabina de un golpe y salí al pequeño pasillo que separaba la primera clase de la cabina de mando.

Hugo estaba a menos de tres metros. Se detuvo en seco al verme. Miró la pistola en mi mano y luego mi rostro. Por primera vez, vi una sombra de duda cruzar sus facciones.

—Así que no era una olla de presión lo que explotó en tu hombro, ¿verdad, Regina? —dijo Hugo, su voz era un siseo bajo, casi animal—. Esa es una cicatriz de combate. Te vi en el video… esa lágrima fue una obra de arte. Nos engañaste a todos.

—El engaño es la base de la guerra, Hugo —respondí, apuntándole al pecho. Mis manos estaban tan firmes que la mira de la Glock no se movía ni un milímetro—. Pero el juego se acabó. Baja la cuchilla y lánzate al suelo. No quiero manchar más esta alfombra.

Hugo soltó una risa corta, desprovista de humor.

—¿Vas a disparar? Aquí, ¿a esta altitud? —dio un paso hacia adelante, desafiante—. Si fallas y atraviesas el fuselaje, la descompresión nos matará a todos. Y tú lo sabes. Eres piloto. No te arriesgarías a matar a los 183 pasajeros que tanto te empeñas en proteger. No tienes las agallas para ser un verdugo, “Major”.

—No necesito disparar para acabar contigo, Hugo. Pero la pistola me ayuda a mantener la distancia mientras decido qué hueso romperte primero.

En un movimiento relámpago, Hugo lanzó la charola metálica hacia mi cara. Fue una distracción perfecta. Me agaché por puro instinto y, en ese segundo, él se abalanzó sobre mí con la velocidad de un cobra. Su cuerpo impactó contra el mío, lanzándome contra la pared de la cocina delantera.

La Glock voló de mi mano, deslizándose por el pasillo hacia la zona de los pasajeros. Estábamos mano a mano.

Hugo intentó clavarme la cuchilla en el costado, pero logré atrapar su muñeca en el aire. La fuerza de este hombre era descomunal. Sentía sus músculos tensos como cables de acero. Usé la pared para impulsarme y le propiné un cabezazo directo en el puente de la nariz. Escuché el crujido satisfactorio del hueso rompiéndose.

Él rugió, pero no me soltó. Me lanzó un rodillazo al estómago que me sacó el aire, recordándome la herida que El Perro me había causado minutos antes. El dolor era cegador, un incendio en mi abdomen, pero la adrenalina de Fénix era más fuerte.

—¡Eres buena! —escupió Hugo, con la cara bañada en sangre—. ¡Pero yo he matado a tipos el doble de grandes que tú en las alcantarillas de Grozni!

—Lástima que esto no sea una alcantarilla —le respondí entre dientes—. Esto es mi cielo.

Logré zafar mi pierna y apliqué un golpe de tajo con el borde de mi mano en su bíceps, obligándolo a soltar la cuchilla. El arma blanca cayó, pero Hugo me agarró del cuello con ambas manos, apretando con una fuerza brutal. Sentía cómo mi tráquea se cerraba, cómo la sangre golpeaba en mis sienes. El mundo empezó a llenarse de puntos negros.

“No te mueras aquí, Regina”, me gritó la voz de Sarah en mi cabeza. “¡Eyecta! ¡Pelea!”.

Mis dedos buscaron desesperadamente algo en el mostrador de la cocina detrás de mí. Mis uñas rasparon el metal hasta que encontraron un objeto pesado y cilíndrico: el termo de café de acero inoxidable que Hugo mismo me había pedido llenar.

Con mis últimas fuerzas, levanté el termo y lo estrellé con un movimiento ascendente contra la mandíbula de Hugo. El impacto fue seco, violento. Sus dientes castañearon y sus ojos se pusieron en blanco por un instante. Su agarre se aflojó.

No le di respiro. En cuanto recuperé el oxígeno, conecté una combinación de tres golpes: palma al mentón, codo a las costillas y un golpe de mazo en la nuca. Hugo cayó de rodillas, aturdido. Aproveché el momento para aplicarle una llave de estrangulación trasera, el “mataleón”. Crucé mis brazos alrededor de su cuello y apreté con cada fibra de mi ser.

—Duérmete, Hugo —susurré en su oído—. El vuelo terminó para ti.

Él luchó, arañando mis brazos, intentando ponerse de pie, pero yo era una parte más de su cuerpo, una sombra que le robaba la vida. Poco a poco, sus movimientos se volvieron espasmódicos, luego lentos, hasta que finalmente quedó flácido entre mis brazos.

Lo solté. Hugo se desplomó en el suelo, inconsciente.

Me quedé jadeando, apoyada contra el carrito de servicio. Tenía el uniforme desgarrado, sangre propia y ajena en el rostro, y un dolor punzante en cada músculo. Pero el pasillo estaba despejado.

Recogí la Glock del suelo y caminé hacia la puerta de la cabina. Golpeé tres veces.

—Código Jaguar, Logan. Abre la maldita puerta.

La cerradura electrónica chirrió y la puerta se abrió. Logan me miró como si hubiera visto a un fantasma. Estaba temblando, pero mantenía sus manos en el yugo.

—¿Están… están todos fuera de combate? —preguntó con voz trémula.

—Todos. Hugo, El Perro y El Flaco. Están inmovilizados —entré y me senté en el asiento del Capitán, apartando suavemente a Anderson, quien empezaba a dar señales de recobrar la conciencia—. Logan, dame el radio. Es hora de hablar con el mundo.

Me puse los auriculares. El ruido estático de la frecuencia de emergencia se sentía como una bienvenida. Ajusté el micrófono y respiré hondo, tratando de estabilizar mi voz.

—Centro de Control México, aquí Vuelo MX702. ¿Me reciben? —mi voz salió clara, autoritaria, la voz de alguien que ha retomado el mando de su destino.

—MX702, aquí Torre de Control. ¡Gracias al cielo! Tenemos su señal. Hemos estado viendo el video… ¿Cuál es su situación? ¿Quién habla?

Miré a través del parabrisas de la cabina. El horizonte de México se extendía frente a nosotros, una alfombra de nubes blancas iluminadas por un sol que ya no parecía tan lejano.

—Habla la Major Regina Mitchell, de la Fuerza Aérea Mexicana, número de serie 773426. He retomado el control de la aeronave. Tenemos tres sospechosos neutralizados y bajo custodia. El Capitán Anderson está herido pero estable. Solicito prioridad absoluta para aterrizaje de emergencia en el AICM. Repito: Prioridad absoluta.

Hubo un silencio prolongado en la radio. Podía imaginar el caos en la sala de control allá abajo, los controladores mirándose unos a otros, los generales de la SEDENA siendo notificados.

—¿Major Mitchell? —una voz diferente, más vieja y profunda, entró en la frecuencia—. ¿Regina? ¿Hija, eres tú?

Se me hizo un nudo en la garganta. Reconocí esa voz al instante. Era el General Saldaña, mi mentor, el hombre que me entregó mis alas de piloto antes de que yo decidiera desaparecer del mundo.

—Aquí Fénix, General —respondí, y una pequeña lágrima, esta vez real, corrió por mi mejilla—. He vuelto. Y traigo a 183 personas conmigo que no piensan morir hoy.

—Copiado, Fénix —la voz del General vibraba con una mezcla de alivio y orgullo—. Tienes la pista 05 Derecha despejada. El espacio aéreo de la Ciudad de México es tuyo. Los servicios de emergencia están en posición. Bienvenida de vuelta al cielo, Major. Todos los ojos están puestos en ti.

Logan me miraba con una adoración silenciosa. Los pasajeros en la cabina, que habían estado escuchando parte de la transmisión por los altavoces que dejé abiertos por error, comenzaron a aplaudir. No era un aplauso de película; era un sonido de alivio colectivo, de gente que acababa de nacer de nuevo.

—Logan —dije, ajustando los flaps y comenzando la secuencia de descenso—. Deja de mirarme así y ayúdame con la lista de verificación de aterrizaje. Tenemos un pájaro herido que poner en el suelo.

—Sí, Major —respondió Logan, enderezando la espalda y recuperando la compostura—. A sus órdenes.

Empezamos el descenso. El Boeing 737 comenzó a bajar a través de las capas de nubes. Cada vibración del avión me recordaba que estaba viva. El sacrificio de Sarah, mis años de esconderme como azafata, el dolor de este día… todo convergía en este descenso final.

Ya no era Regina la que servía café. Era Fénix, y el mundo estaba a punto de conocer la historia de la mujer que nunca debió ser subestimada.

CAPÍTULO 8: EL DESCENSO DEL FÉNIX Y EL SALUDO DEL DESTINO

El horizonte de la Ciudad de México se extendía frente a nosotros como un mar interminable de asfalto, smog y luces que parpadeaban bajo el sol de la tarde. Desde la cabina del Boeing 737, la urbe se veía hermosa y caótica, una metrópoli ajena al drama que se desarrollaba a pocos kilómetros de altura. Pero para mí, cada edificio y cada calle representaban una vida que tenía la obligación de proteger.

Mis manos, envueltas en la textura rugosa del yugo de mando, se sentían extrañamente en su lugar. Había pasado cuatro años intentando convencer al mundo —y a mí misma— de que Regina Mitchell era solo una mujer que servía café y sonreía a los pasajeros difíciles. Pero mientras ajustaba el compensador y sentía la resistencia del avión, la verdad me golpeaba con la fuerza de una turbulencia: nunca dejé de ser Fénix.

—Major, tenemos una caída de presión en el sistema hidráulico B —la voz de Logan me sacó de mis pensamientos. Estaba pálido, pero ver mi calma parecía haberle inyectado una dosis de coraje—. El disparo de hace un momento debió dañar alguna línea. El tren de aterrizaje podría no bloquearse correctamente.

—No te preocupes por el tren, Logan. Si no baja, aterrizaremos de panza. Lo que me importa es que mantengas el ángulo de aproximación. No quiero que este pájaro se nos caiga antes de tocar la pista —respondí, mi voz sonando con la frialdad metálica de un oficial en medio de una dogfight—. Prepárate para el aterrizaje manual. Olvida el piloto automático, está dándonos lecturas erróneas.

—Entendido, Major. Usted manda.

—Torre de Control AICM, aquí Fénix en Vuelo MX702 —dije, presionando el botón del comunicador—. Estamos en aproximación final. Tenemos daños hidráulicos y un Capitán herido. Solicitó que la pista 05 Derecha esté completamente despejada y que las unidades de emergencia mantengan su distancia hasta que el aparato se detenga por completo. No quiero distracciones.

—Copiado, Fénix —la voz del General Saldaña regresó, esta vez cargada de una tensión que casi podía tocarse—. La pista es tuya. Todo el aeropuerto ha sido cerrado para ti. El mundo te está mirando, Regina. No nos falles.

—Nunca lo he hecho, General.

Iniciamos el descenso final. El avión vibraba, quejándose como una bestia herida. Por el intercomunicador, escuché a los pasajeros. Algunos lloraban, otros rezaban, pero ya no había gritos de terror. Había una esperanza silenciosa que pesaba más que cualquier amenaza.

—¡Tren abajo! —ordenó Logan.

Escuchamos el estruendo del mecanismo desplegándose. Una de las luces verdes del tablero no encendió. El tren izquierdo no estaba bloqueado.

—Viento cruzado de 15 nudos, Major —informó Logan con voz tensa.

—Lo tengo. Voy a compensar con el timón de dirección. En cuanto toquemos tierra, activa los reversibles al máximo. No vamos a tener mucho espacio de frenado si el hidráulico falla del todo.

El suelo se acercaba rápidamente. Podía ver las luces rojas y azules de las decenas de ambulancias y camiones de bomberos alineados a lo largo de la pista. Cerré los ojos un milisegundo, invocando el recuerdo de Sarah. Vuela conmigo una última vez, amiga, pensé.

—¡Contacto en 3… 2… 1…!

El impacto fue brutal. El tren izquierdo cedió ligeramente y el avión dio un salto violento hacia un lado. Los pasajeros gritaron al unísono. Forcejeé con el yugo, mis bíceps tensándose hasta el límite mientras luchaba por mantener el morro del avión alineado con el centro de la pista. El chirrido del metal contra el concreto llenó la cabina, un sonido desgarrador que indicaba que el ala izquierda estaba rozando el suelo.

—¡REVERSIBLES! ¡AHORA! —grité.

El rugido de los motores cambió a un tono ensordecedor. El avión comenzó a vibrar como si fuera a desintegrarse, pero finalmente, la velocidad empezó a ceder. Después de lo que pareció una eternidad, el gigante de metal se detuvo por completo en medio de una nube de humo y chispas.

Silencio. Un silencio tan profundo que podía escuchar los latidos de mi propio corazón.

—Lo hicimos… —susurró Logan, desplomándose en su asiento, con el sudor empapando su uniforme—. Dios mío, Major… lo hicimos.

—Buen trabajo, Logan. Asegura los motores y abre las puertas. Tenemos invitados.

Me levanté del asiento, sintiendo cada golpe y cada moretón de la pelea contra Hugo y El Perro. Me acomodé el uniforme desgarrado y traté de arreglar mi cabello, aunque era una causa perdida. Salí de la cabina y me encontré con un pasillo lleno de rostros que nunca olvidaría.

Santiago, el joven Marine, se había encargado de vigilar a El Perro y a Hugo mientras yo aterrizaba. Los dos criminales estaban amarrados con cables de audífonos y cinturones, humillados en el suelo. Santiago me miró y, sin decir una palabra, se cuadró. No fue un saludo de un pasajero a una azafata; fue el saludo de un soldado a su comandante.

—Gracias, Major —dijo con la voz firme.

—Gracias a ti por mantener la línea, Santiago —le respondí, poniendo una mano en su hombro.

Al abrirse la puerta principal, el aire fresco de la Ciudad de México inundó la cabina. Bajé por la escalerilla, sintiendo el suelo firme bajo mis pies. Inmediatamente, un equipo de los GOPES (Grupo de Operaciones Especiales) rodeó el avión, pero se detuvieron en seco al verme. No sabían si apuntarme o ayudarme.

—¡Bajen las armas! —la voz del General Saldaña retumbó a través del área.

El General caminaba hacia mí, con su uniforme de gala impecable, rodeado de oficiales de alto rango y cámaras de prensa que transmitían en vivo a todo el país. Me detuve a unos metros de él. Estaba sucia, sangrando y vestía un uniforme de aerolínea comercial, pero mi postura era la de un oficial de la Fuerza Aérea.

El General Saldaña se detuvo frente a mí. Sus ojos grises, usualmente duros como el granito, brillaban con una emoción que intentaba ocultar. Sin decir una palabra, se llevó la mano a la sien en un saludo militar perfecto. Detrás de él, todos los oficiales presentes hicieron lo mismo. Un General de tres estrellas saludando a una Major que el mundo creía muerta.

Le devolví el saludo con la misma precisión, ignorando el dolor en mi brazo herido.

—Misión cumplida, mi General —dije, mi voz resonando en la pista.

—Bienvenida a casa, Fénix. Te hemos echado de menos en el cielo —respondió él, bajando la mano. Luego, se acercó y me susurró—: Tenemos mucho de qué hablar. Esto no fue un secuestro al azar. Alguien sabía que venías en este vuelo.

—Lo sé, señor. Pero hoy no. Hoy solo quiero asegurarme de que mi gente esté bien.

Me giré hacia los pasajeros que empezaban a descender. Liliana, la mujer embarazada, caminaba apoyada en un paramédico. Al verme, se detuvo y me abrazó con una fuerza que me sorprendió.

—Regina… o Major… no sé cómo decirte —me dijo llorando—. Salvaste a mi bebé. Salvaste a mi niña.

—Ella va a estar bien, Liliana. Va a ser fuerte como su madre.

—Se va a llamar Regina —dijo ella, mirándome a los ojos—. Para que nunca olvide que las heroínas no siempre llevan capa, a veces llevan una bandeja de café.

Sonreí, sintiendo un nudo en la garganta. Entonces, sentí un pequeño tirón en mi falda. Era Noah, el niño de ocho años. Me miraba con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo a un personaje de sus cómics.

—¿Eres una superheroína de verdad? —me preguntó con asombro.

Me puse de rodillas para quedar a su altura y le guiñé un ojo.

—No, Noah. Soy una piloto. Pero tú también puedes ser un héroe si cuidas a los demás cuando tengan miedo. ¿Me lo prometes?

—¡Lo prometo! —gritó, corriendo hacia su madre.

El Senador Villarreal se acercó al final. Su arrogancia se había evaporado. Tenía la cara hinchada y parecía haber envejecido diez años en tres horas.

—Major Mitchell… —comenzó, tratando de recuperar algo de su dignidad—. Le debo una disculpa. Fui un necio. Si hay algo que pueda hacer por usted en el Senado…

—Haga su trabajo, Senador —lo corté secamente—. Asegúrese de que no necesitemos más “Fénix” en vuelos comerciales porque la seguridad del país funcione. Eso es todo lo que le pido.

Villarreal asintió, humillado, y siguió su camino.

Caminé hacia la ambulancia para que revisaran mi brazo, pero antes de subir, miré hacia el avión. El MX702 descansaba en la pista, rodeado de luces. Mi vida como Regina, la azafata anónima de Santa Fe, había terminado esa mañana. El secreto había salido a la luz y el mundo ahora conocía mi rostro.

Sabía que mañana los periódicos hablarían de la “Azafata Heroína”. Sabía que el gobierno intentaría usarme como propaganda. Y sabía, sobre todo, que los enemigos que me habían obligado a esconderme hace cuatro años ahora sabían exactamente dónde encontrarme.

Pero mientras veía al sol ocultarse tras las montañas de la capital, no sentí miedo. Sentí una paz que no había conocido desde la muerte de Sarah. Ya no tenía que esconderme. Ya no tenía que fingir.

Subí a la ambulancia y cerré los ojos. Mañana empezaría una nueva guerra, pero por hoy, el cielo volvía a estar en calma. Y yo, por fin, estaba de vuelta en casa.

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