CAPÍTULO 1: LA BESTIA EN LA SALA DE URGENCIAS
El reloj digital de la pared marcaba las 02:14 a.m. en el Hospital General de la Zona Norte. El zumbido de las luces fluorescentes era el único sonido que competía con el goteo de una cafetera vieja en la estación de enfermería. Era una noche tranquila en la Ciudad de México, o al menos eso parecía, hasta que el infierno decidió entrar por la puerta principal.
Primero fue el sonido de las sirenas, pero no las de las ambulancias que llegaban a diario. Estas eran diferentes, más graves, acompañadas por el rugido de motores diésel acelerando a fondo.
—¡Código Rojo! —gritó el guardia de la entrada, su voz quebrándose por la radio—. ¡Trauma severo, entrada inmediata!
Las puertas dobles de cristal se abrieron de golpe, casi arrancadas de sus rieles.
Dos soldados con uniformes tácticos de camuflaje pixelado, empapados en sudor y polvo, entraron corriendo. Sus botas militares golpeaban el piso de linóleo con una violencia que hizo saltar a todos en la sala de espera. Detrás de ellos, empujando una camilla a toda velocidad, venían paramédicos militares.
—¡Despejen el pasillo! ¡Muévanse, carajo! —gritó uno de los soldados, con un acento norteño marcado y un rifle colgado al pecho que nadie se atrevió a cuestionar.
En la camilla yacía un hombre joven, un operador de las Fuerzas Especiales. Su costado izquierdo era una masa irreconocible de sangre oscura y tejido desgarrado. El uniforme estaba hecho trizas; olía a cobre, a pólvora quemada y a muerte.
Pero no fue la sangre lo que hizo que el aire se congelara en los pulmones de los presentes.
Fue lo que corría al lado de la camilla.
Un Pastor Belga Malinois, enorme, de pelaje cobrizo y máscara negra. El animal no corría con miedo; corría con propósito. Sus músculos se tensaban y relajaban con una precisión letal bajo el chaleco táctico que llevaba puesto. Sus ojos, dorados y fijos, no miraban a nada más que al hombre inconsciente en la camilla.
—¡A trauma uno, ahora! —ordenó el Dr. Salazar, el jefe de guardia, corriendo hacia ellos.
La camilla frenó en seco dentro del cubículo de trauma. El equipo médico se abalanzó sobre el paciente.
—¡Corten la ropa! ¡Vías aéreas! ¡Necesito dos unidades de O negativo, ya!
Una enfermera intentó acercarse por el lado izquierdo para colocar una vía.
GRRRRRRR.
El sonido fue bajo, profundo, como si viniera de las entrañas de la tierra. El Malinois se interpuso entre la enfermera y el soldado. No ladró. No hizo falta. Mostró una hilera de dientes blancos y perfectos, diseñados para triturar hueso, y soltó un gruñido que vibró en el pecho de todos los presentes.
La enfermera soltó el catéter y retrocedió, chocando contra el carro de paros.
—¡Saquen a ese maldito perro de aquí! —gritó Salazar, con el bisturí en la mano pero sin atreverse a dar un paso—. ¡No podemos operar con él ahí!
—¡Es su binomio! —gritó uno de los soldados que había entrado—. ¡No lo va a dejar! ¡Si lo tocan, los va a matar!
—¡Me importa un carajo quién sea! —bramó el médico—. ¡Seguridad!
Tres guardias del hospital, hombres acostumbrados a lidiar con borrachos y familiares enojados, entraron con las manos en sus macanas. Al ver al perro, se detuvieron en seco. El animal giró la cabeza. Sus orejas se pegaron al cráneo. El lenguaje corporal era inequívoco: Modo de Combate.
—¡No se acerquen! —advirtió el soldado—. ¡Ese perro es un arma letal, no lo duden!
Uno de los guardias, joven y nervioso, cometió el error de desenfundar su arma de cargo.
El cambio en el perro fue instantáneo. Sus patas traseras se flexionaron. Iba a saltar. Iba a ir directo a la garganta del guardia.
—¡Si salta, dispárenle! —ordenó Salazar, desesperado mientras el monitor cardíaco del soldado empezaba a pitar una alarma de paro—. ¡El paciente se nos va!
El caos era absoluto. Gritos, alarmas, el perro a punto de atacar, los guardias apuntando. La muerte estaba por reclamar a más de una persona en esa habitación.
Y entonces, una sombra azul se movió entre el pánico.
CAPÍTULO 2: SEIS PALABRAS EN LA OSCURIDAD
Ana observaba la escena desde la esquina de la sala, junto al dispensador de medicamentos. Llevaba tres años trabajando en ese hospital. Para sus compañeros, Ana era “la enfermera fantasma”. Hacía su trabajo, nunca hablaba de su vida personal, comía sola y siempre tomaba los turnos dobles que nadie quería. Tenía el pelo castaño claro, siempre recogido en un chongo apretado, y una mirada que parecía estar siempre cansada, o tal vez, siempre alerta.
Cuando vio al perro tensar los músculos traseros, Ana no sintió miedo. Sintió algo que no había sentido en una década: familiaridad.
Reconoció la postura del animal. No era agresividad descontrolada; era protección de perímetro. El perro estaba ejecutando el protocolo “Escudo Final”. Estaba entrenado para ser la última línea de defensa cuando su operador caía. No dejaría que nadie se acercara a menos que recibiera una contraorden de un superior.
Pero su superior se estaba desangrando en la camilla.
Ana vio el dedo del guardia temblar sobre el gatillo. Un segundo más. Eso era todo lo que quedaba antes de que la sala de urgencias se convirtiera en un matadero.
Ana se movió.
No corrió. En su “otra vida” le habían enseñado que correr activa el instinto de presa de los depredadores. Caminó con un paso fluido, silencioso, casi deslizándose sobre las baldosas manchadas de sangre.
—¡Ana, quítate! —le gritó una compañera.
Ella la ignoró. Pasó por delante de los guardias armados sin siquiera mirarlos. Se detuvo a dos metros del perro.
El Malinois giró la cabeza hacia ella y soltó un ladrido explosivo, un aviso final. La saliva voló de sus fauces.
Ana no parpadeó.
Lentamente, bajó su centro de gravedad. Se arrodilló en el suelo frío, quedando a la altura de los ojos del animal. No levantó las manos en señal de rendición, ni las extendió para acariciarlo. Simplemente dejó los brazos relajados a los costados, palmas abiertas hacia abajo.
Miró al perro directamente a los ojos. No con desafío, sino con autoridad.
La sala entera contuvo el aliento. El Dr. Salazar estaba petrificado. Los soldados miraban con la boca abierta.
El perro seguía gruñendo, un sonido continuo y amenazante, esperando cualquier movimiento brusco para atacar.
Ana se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus labios apenas se movieron. Y entonces, con una voz que no parecía la de una enfermera de urgencias, una voz cargada de un acero frío y antiguo, susurró:
—Bravo. Eco. Siete. Descanso. Vector. Nulo.
Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor.
El gruñido se cortó en seco, como si le hubieran cerrado la garganta. Las orejas del perro se levantaron, girando hacia ella con una confusión casi humana. El animal ladeó la cabeza, olfateando el aire, buscando algo en ella que no correspondía con su uniforme azul barato.
El perro la miró, luego miró al soldado, y finalmente, exhaló un suspiro largo y pesado por la nariz.
La tensión abandonó su cuerpo. El “Modo Combate” se desactivó. El Malinois se sentó sobre sus patas traseras, luego se echó en el suelo, pegando su cabeza contra la rueda de la camilla, sumiso, esperando.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Ana se puso de pie despacio. Se giró hacia el equipo médico que la miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Ya pueden trabajar —dijo Ana. Su voz había vuelto a ser suave, la de siempre—. Él sabe que el mando está aquí. No los atacará.
El Dr. Salazar parpadeó, saliendo del trance.
—¡A trabajar! ¡Vamos, lo perdemos! —gritó, y el caos médico se reanudó, pero esta vez sin el terror de ser devorados.
Mientras cortaban, suturaban y bombeaban sangre al cuerpo del soldado, Ana se retiró hacia la pared, cruzando los brazos, intentando desaparecer de nuevo en las sombras. Pero ya era tarde.
Uno de los soldados que había llegado con el herido, un sargento con cicatrices en el cuello, no dejaba de mirarla. No miraba al perro. La miraba a ella.
Se acercó lentamente, ignorando el ajetreo de los médicos.
—Señorita… —dijo el sargento, con voz ronca.
Ana no lo miró. Mantuvo la vista fija en el monitor de signos vitales.
—Ese código… —el sargento bajó la voz, casi susurrando—. Es un código de desactivación de la Unidad Fénix.
Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero su rostro se mantuvo impasible.
—Lo leí en un libro —mintió ella, sin convicción.
—Esa unidad no existe en los libros —replicó el sargento, dando un paso más cerca. Su mano se movió instintivamente hacia su radio—. Esa unidad fue borrada hace diez años. No quedaron sobrevivientes. Se supone que todos murieron en la Operación “Desierto Negro”.
Ana finalmente giró la cabeza y clavó sus ojos en los del sargento. Por un segundo, la enfermera desapareció y algo mucho más peligroso asomó tras sus pupilas.
—A veces los muertos no quieren ser encontrados, Sargento. Le sugiero que vuelva con su hombre.
Antes de que el soldado pudiera responder, un sonido sordo, rítmico y poderoso comenzó a vibrar en las ventanas del hospital. Tup-tup-tup-tup.
El sargento miró hacia el techo, pálido.
—Mierda… —susurró.
—¿Qué es eso? —preguntó un interno, asustado.
—Un helicóptero —dijo Ana, cerrando los ojos con resignación. Sabía exactamente qué tipo de helicóptero era por la vibración en el suelo. Un Black Hawk UH-60.
—No llamamos a evacuación aérea —dijo Salazar, confundido.
—No vienen por el paciente —dijo Ana en voz baja, tan baja que solo ella se escuchó.
El sargento la miró con una mezcla de horror y respeto.
—Escucharon el código —dijo él—. Los micrófonos del chaleco del perro… transmiten en tiempo real al Comando Central.
Ana suspiró y se quitó los guantes de látex.
—Lo sé.
Las puertas de la entrada principal se abrieron de nuevo, pero esta vez no eran paramédicos. Eran cuatro hombres vestidos de civil, con chamarras tácticas y auriculares. Se movían con una fluidez depredadora. No preguntaron en recepción. No miraron los letreros. Caminaron directo hacia el área de trauma, como tiburones que huelen sangre en el agua.
El pasado de Ana acababa de aterrizar en la azotea, y esta vez, no había lugar donde esconderse.
CAPÍTULO 3: EL SALUDO DEL FANTASMA
El aire en la sala de urgencias cambió de golpe. Ya no olía a antiséptico y miedo; ahora olía a autoridad. Una autoridad pesada, de esas que no necesitan gritar para que te tiemblen las rodillas.
Los cuatro hombres que entraron no eran policías, ni soldados regulares. Llevaban ropa civil táctica —pantalones cargo oscuros, botas de montaña, camisetas técnicas— pero se movían como una manada de lobos coordinada. Sin insignias, sin nombres.
El Dr. Salazar, aún con las manos enguantadas y manchadas de sangre, intentó detenerlos.
—¡Oigan! ¡Esta es un área restringida! ¡No pueden entrar así!
El hombre que iba al frente ni siquiera bajó el ritmo. Era alto, de unos 50 años, con el cabello gris cortado al ras y una cicatriz vieja que le cruzaba la ceja izquierda.
—Seguridad Nacional —dijo, sin molestarse en mostrar una placa—. Despejen el área. Ahora.
—¡Tengo un paciente crítico! —protestó Salazar.
—Su paciente es un activo clasificado de la Marina —respondió el hombre con voz gélida—. Y si no se aparta, doctor, lo voy a arrestar por obstrucción a la seguridad del Estado.
El equipo médico retrocedió. Nadie quería averiguar si la amenaza era real.
El hombre de la cicatriz —el Comandante— recorrió la sala con la mirada. Sus ojos, fríos y calculadores, escanearon todo en un segundo: el monitor cardíaco, el soldado inconsciente y, finalmente, el perro.
El Malinois seguía echado junto a la camilla, pero al ver al Comandante, levantó la cabeza y emitió un gemido suave. Reconocimiento.
—Quieto, Roco —dijo el Comandante.
El perro bajó la cabeza de nuevo.
Entonces, el Comandante buscó lo que realmente venía a encontrar.
—¿Quién lo hizo? —preguntó al aire, pero su voz resonó en toda la sala—. ¿Quién le dio la orden de “Descanso Vector”?
Nadie respondió. Los enfermeros miraban al suelo. Los guardias de seguridad miraban las armas enfundadas de los recién llegados.
El Comandante giró lentamente hasta que su vista se clavó en la esquina más oscura de la sala, donde una figura con uniforme azul intentaba pasar desapercibida revisando un expediente que no le importaba a nadie.
—Tú —dijo el Comandante.
Ana no levantó la vista.
—Estoy ocupada, señor. Tengo pacientes que atender.
El Comandante caminó hacia ella. El sonido de sus botas era pesado, deliberado. Se detuvo a medio metro. El silencio en la sala era tan denso que se podía cortar con un bisturí.
—Ese código —dijo el Comandante, bajando la voz para que solo ella y sus hombres lo escucharan— fue dado de baja hace diez años. Junto con toda la unidad que lo usaba. No está en los manuales. No está en los archivos. Solo siete personas en el mundo lo conocían.
Ana cerró la carpeta con un golpe seco.
—Quizás lo escuché en una película.
—Las seis personas que lo conocían murieron en una emboscada en la Sierra de Guerrero en 2014 —continuó el Comandante, ignorando su respuesta—. Cuerpos calcinados. Identificados solo por registros dentales y equipo. No hubo sobrevivientes. Se ofició una misa en la Catedral. Yo estuve ahí. Yo entregué las banderas a las familias.
Ana finalmente levantó la vista. Sus ojos, color miel, chocaron con los del hombre. Y en ese momento, la máscara de “enfermera aburrida” se cayó por completo. Su postura cambió. Sus hombros se cuadraron ligeramente, su barbilla se alzó. Ya no era Ana la enfermera.
El Comandante retrocedió un paso, como si hubiera visto un fantasma. Sus ojos se abrieron ligeramente, perdiendo por un instante esa frialdad militar.
—No puede ser… —susurró, con la voz quebrada—. Capitán… ¿Valeria?
Los otros tres hombres detrás de él se tensaron.
Ana —o Valeria— suspiró, un sonido largo y cansado.
—Comandante Rivas. Se ve viejo.
El Comandante Rivas se quedó inmóvil un segundo eterno. Luego, instintivamente, hizo algo que dejó a todo el personal del hospital con la boca abierta.
Se cuadró, juntó los talones con un golpe seco y llevó su mano derecha a la sien en un saludo militar perfecto, rígido, lleno de un respeto absoluto.
—Mi Capitán —dijo Rivas, sin importarle quién estuviera mirando.
Ana miró a su alrededor. Los médicos murmuraban. Los guardias se miraban entre ellos.
—Baje la mano, Rivas —dijo ella en voz baja pero cortante—. Aquí soy enfermera. Y si sigue haciendo eso, va a hacer que me maten. Otra vez.
Rivas bajó la mano lentamente, pero su expresión de asombro no desaparecía.
—Necesitamos hablar. En privado. Ahora.
Ana asintió hacia una sala de descanso vacía.
—Vamos. Pero si sus gorilas rompen algo, lo paga la Marina.
CAPÍTULO 4: LA TUMBA VACÍA
La sala de descanso olía a café quemado y limpiador de pino barato. Rivas cerró la puerta y dejó a dos de sus hombres afuera haciendo guardia. El tercero, un joven teniente que no dejaba de mirar a Ana con desconfianza, se quedó adentro, con la mano cerca de su pistola oculta.
Rivas se quitó la gorra táctica y la puso sobre la mesa. Se pasó una mano por el cabello gris.
—Diez años, Valeria. Diez malditos años. Asistí a tu funeral. Vi tu ataúd bajar a la tierra.
—Estaba vacío —dijo Ana, apoyándose contra la encimera de la cocina—. Bueno, tenía piedras y restos de equipo para que pesara. El Almirante se encargó de eso.
—¿El Almirante Guzmán? —Rivas frunció el ceño—. Él firmó el acta de defunción. Él cerró el expediente de la Unidad Fénix.
—Exacto —Ana se cruzó de brazos—. Porque él sabía que si yo aparecía viva, los mismos que vendieron a mi unidad volverían para terminar el trabajo.
El teniente joven intervino, incrédulo.
—Señor, con todo respeto… ¿de qué está hablando? La Unidad Fénix es un mito. Una leyenda urbana de la academia. Dicen que eran operadores ilegales.
—No éramos ilegales, teniente —dijo Ana, mirándolo con una frialdad que hizo que el joven tragara saliva—. Éramos… necesarios. Hacíamos el trabajo sucio que los políticos no querían firmar pero necesitaban que se hiciera. Hasta que nos volvimos incómodos.
Rivas asintió gravemente.
—La emboscada en la Sierra. Nos dijeron que fue el cártel. Inteligencia fallida.
—No fue inteligencia fallida, Rivas. Fue una venta —Ana apretó los puños, sus nudillos se pusieron blancos—. Sabían nuestra ruta. Sabían nuestros tiempos. Sabían que íbamos sin apoyo aéreo. Nos esperaban trescientos sicarios con calibre 50. No tuvimos oportunidad. Mis hombres… —su voz se quebró por una fracción de segundo— mis hombres murieron protegiéndome. Fui la única que salió del barranco, arrastrándome, con dos balas en la pierna y el alma rota.
—Guzmán te encontró —dedujo Rivas.
—Me encontró antes que los sicarios. Me sacó en una cajuela. Me dio una nueva identidad, un título de enfermería y una advertencia: “Valeria Sandoval murió en esa montaña. Si vuelves a aparecer, te matarán a ti y a cualquiera que esté cerca de ti”. Así que me convertí en Ana. La enfermera invisible.
Un silencio pesado llenó la pequeña habitación.
—Hasta hoy —dijo Rivas.
—Ese perro… —Ana negó con la cabeza—. Roco es descendiente de la línea de sangre de mis perros. Lo supe en cuanto lo vi moverse. Y el chico en la camilla…
—El Teniente Vargas —dijo Rivas—. Es uno de mis mejores hombres. Estaba entrenando para… reactivar el programa.
Ana lo miró bruscamente.
—¿Reactivar qué?
—Quieren traer de vuelta a los Fénix, Valeria. Las cosas en el país están peor que nunca. Necesitan fantasmas otra vez. Vargas estaba probando los nuevos protocolos.
—¿Y por eso tiene heridas de metralla de grado militar en el costado? —preguntó Ana, escéptica—. Eso no fue un accidente de entrenamiento, Rivas. He visto esas heridas mil veces. Eso fue un atentado.
Rivas bajó la mirada, avergonzado.
—Hubo… una falla en el perímetro. Alguien saboteó la práctica. Una granada real en lugar de una de humo. Iban por él. O tal vez, iban por el mensaje: “No reactiven a los Fénix”.
—Y ahora saben que yo estoy aquí —dijo Ana, comprendiendo la gravedad de su error—. Al usar el código, activé las alarmas de monitoreo. No solo las tuyas, Rivas. Las de ellos.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Uno de los guardias de Rivas entró con el rostro pálido.
—Comandante. Tenemos compañía. Y no son locales.
—¿Quién es? —preguntó Rivas, llevándose la mano al arma.
—Llegaron en camionetas negras, sin placas. Traen trajes, no uniformes. Dicen que son de “Asuntos Internos y Supervisión Gubernamental”.
Ana soltó una risa seca, sin humor.
—El Licenciado.
Rivas la miró. —¿Sabes quiénes son?
—Son los limpiadores, Rivas. Los que se aseguran de que los cabos sueltos sigan cortados. —Ana se separó de la encimera y se alisó el uniforme azul—. Vinieron a ver si el rumor es cierto. Vinieron a ver si la Capitán Sandoval sigue viva.
—No dejaré que te toquen —dijo Rivas, desenfundando su arma.
—No puedes iniciar un tiroteo en un hospital, Comandante —dijo Ana con una calma aterradora—. Esto no se gana con balas. Se gana con inteligencia. Y necesito que confíes en mí una última vez.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a ser una enfermera asustada que leyó un código en un foro de internet —dijo Ana, aunque sus ojos decían lo contrario—. Pero necesito que tú protejas a ese perro y al chico. Porque si “El Licenciado” se da cuenta de que el perro me obedece… sabrá quién soy. Y entonces sí, Rivas, este hospital se va a convertir en una zona de guerra.
Ana abrió la puerta y salió al pasillo, caminando directo hacia la boca del lobo, con el Comandante Rivas y sus hombres siguiéndola de cerca.
Al final del pasillo, un hombre bajo, calvo, con lentes de montura dorada y un traje impecable, esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de él, cuatro hombres armados con subfusiles cortos bajo sus sacos.
—Buenas noches —dijo el hombre del traje con una voz suave y venenosa—. Escuché que hubo un incidente con un canino. Vengo a… evaluar la situación.
Ana bajó la cabeza, encorvó los hombros y se transformó en la enfermera tímida. Pero su mano derecha, oculta en el bolsillo de su filipina, apretaba con fuerza unas tijeras quirúrgicas.
El juego había empezado.
CAPÍTULO 5: LA PRUEBA DEL CAZADOR
El “Licenciado” Morán no parecía un asesino. Parecía un burócrata aburrido de Hacienda, de esos que te niegan un trámite por una firma mal puesta. Pero Ana sabía leer a la gente, y Morán tenía los ojos de un reptil: fríos, sin parpadeo y buscando constantemente el punto débil de su presa.
—Enfermera… Ana, ¿verdad? —dijo Morán, acercándose demasiado. Olía a colonia cara y tabaco mentolado.
—Sí, señor —respondió ella, con la voz temblorosa, abrazando su carpeta contra el pecho como si fuera un escudo—. Solo Ana.
—Curioso —Morán se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo de seda—. Revisé su expediente de contratación mientras subía en el elevador. Papeles en regla, título de la UNAM… pero hay un vacío, Ana. Antes de hace tres años, usted no existía. Ni cuenta de banco, ni seguro social, ni siquiera una multa de tránsito. Es como si hubiera nacido a los 30 años.
Ana tragó saliva, fingiendo nerviosismo real.
—Vivía en un pueblo de la sierra, en Oaxaca. Allá no hay bancos, señor. Ayudaba a mi abuela con los partos.
Morán sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Qué bucólico. Y supongo que en la sierra de Oaxaca también aprendió códigos de desactivación de unidades caninas de élite nivel Tier-1.
—Lo leí en un foro de Reddit —insistió Ana—. De verdad, me gustan los perros. Leí sobre entrenamiento y…
—¡Basta! —Morán golpeó la pared con la palma abierta, el estruendo hizo saltar a las enfermeras del mostrador. El hombre suave desapareció—. No soy estúpido y no tengo tiempo. Ese perro es propiedad del Gobierno Federal y acaba de responder a un comando que se creía extinto. Usted no es una enfermera de pueblo.
El Comandante Rivas dio un paso al frente, su mano descansando “casualmente” sobre la funda de su arma en la pierna.
—Licenciado, baje la voz. Está en un hospital. La señorita ya respondió. Si tiene un problema, tramítelo por escrito.
Morán miró a Rivas con desprecio.
—Comandante Rivas. Siempre tan leal… y tan ciego. ¿No se da cuenta? Si ella es quien creo que es, usted está protegiendo a un fantasma que debería estar enterrado. Y los fantasmas, Comandante, atraen problemas.
Morán hizo una seña. Dos de sus hombres, armados con subfusiles compactos bajo los sacos, se movieron hacia la puerta de la UCI donde estaba el soldado herido y el perro.
—Vamos a llevarnos al activo canino y al paciente Vargas para un interrogatorio en una instalación segura —dijo Morán—. Y a la enfermera también, “en calidad de testigo”.
—El paciente no puede ser movido —dijo Ana, olvidando su papel de víctima por un segundo. Su voz salió firme—. Tiene una hemorragia interna controlada apenas hace una hora. Si lo suben a una camioneta, morirá antes de llegar al Periférico.
Morán la miró con triunfo.
—Vaya… de repente la enfermera asustada tiene criterio táctico médico.
—Es sentido común —replicó ella, apretando los dientes.
—No me importa —dijo Morán—. Mis órdenes vienen de muy arriba. Despejen la habitación.
Los hombres de Morán avanzaron hacia la puerta de cristal de la UCI.
Dentro, Roco, el Malinois, se puso de pie. A través del cristal, Ana vio cómo el pelo del lomo del perro se erizaba. El animal no ladró. Solo bajó la cabeza y clavó la mirada en los hombres de traje. Estaba midiendo la distancia. Calculando el salto.
—Si entran ahí, el perro los va a matar —advirtió Rivas—. Y mis hombres no van a dispararle al perro para salvar a sus matones, Licenciado.
—Entonces mátenlo —ordenó Morán con indiferencia—. Es un animal defectuoso.
Ana sintió una furia fría subirle por el estómago. Iban a matar a Roco. Y luego dejarían morir a Vargas en el traslado. Y luego, en algún sótano oscuro, le meterían una bala a ella en la nuca.
No. Hoy no.
Ana estaba a punto de romper su cubierta, a punto de desarmar al hombre más cercano y tomar a Morán como rehén, cuando un sonido agudo comenzó a pitar dentro de la habitación de cristal.
Beep. Beep. Beep-beep-beep.
El monitor cardíaco.
—¡Está entrando en taquicardia! —gritó una enfermera desde el monitor central—. ¡Se está despertando!
El caos estalló de nuevo.
CAPÍTULO 6: EL NOMBRE PROHIBIDO
Ana no esperó permiso. Empujó a uno de los gorilas de Morán con el hombro y entró corriendo a la UCI. Rivas y Morán entraron detrás de ella.
El Teniente Vargas se estaba sacudiendo en la camilla. Sus ojos estaban abiertos pero desorbitados, ciegos por el pánico y la morfina. Estaba reviviendo la explosión.
—¡Contacto! ¡Contacto derecha! —gritaba Vargas, intentando arrancarse las vías intravenosas. La sangre empezó a manchar sus vendajes nuevos.
—¡Sujétenlo! —gritó Ana.
Roco, el perro, ladraba frenéticamente, no por agresión, sino por desesperación. Intentaba lamer la mano de su dueño, tratando de traerlo de vuelta a la realidad.
—¡Sedación! —ordenó Morán desde la puerta—. ¡Duerman a ese imbécil antes de que se desangre!
—¡No! —gritó Ana—. Si lo sedan ahora con la presión cayendo, le van a parar el corazón. ¡Hay que estabilizarlo verbalmente!
Ana se inclinó sobre el soldado. Le agarró la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla.
—¡Vargas! —le gritó con voz de mando, la voz de la Capitán Sandoval—. ¡Mírame! ¡Estás fuera de la zona de muerte! ¡Mírame!
El soldado parpadeó, luchando contra la niebla en su cerebro. Sus ojos enfocaron el rostro de Ana.
Y entonces sucedió. El momento que Ana más temía.
La mirada de Vargas pasó de la confusión al reconocimiento absoluto. No vio a una enfermera. Vio a la leyenda que le habían enseñado en los entrenamientos secretos. Vio a la mujer que había salvado a su pelotón en el desierto hacía años, cuando él era solo un cadete observador.
Vargas dejó de luchar. Su mano ensangrentada subió temblando y agarró la muñeca de Ana.
—Capitán… —susurró Vargas, con la voz rota pero clara en el silencio repentino de la habitación—. Capitán Sandoval… Dijeron que estaba muerta…
El tiempo se detuvo.
El monitor seguía pitando, pero nadie lo escuchaba.
Morán, parado junto a la puerta, soltó una carcajada suave y terrible.
—Ahí está. —Morán aplaudió lentamente—. Gracias, Teniente. Acaba de firmar su sentencia de muerte, y la de ella.
Rivas cerró los ojos un momento, maldiciendo en silencio. Ya no había negación posible.
—Llévenselos —ordenó Morán, sacando su propio teléfono—. A los tres. Al perro métanle un tiro aquí mismo, no sirve para nada.
Los hombres de Morán desenfundaron las armas. Los hombres de Rivas levantaron sus rifles. En un hospital de la Ciudad de México, dos grupos armados del mismo gobierno se apuntaban mutuamente a tres metros de distancia.
—Comandante Rivas —dijo Morán, sin dejar de mirar su teléfono—. Ordene a sus hombres que bajen las armas o lo acusaré de traición y sedición. Usted sabe que tengo la autoridad. Tengo al Secretario en la línea rápida.
Rivas miró a Ana. Ella estaba parada frente a Vargas y al perro, protegiéndolos con su cuerpo. No tenía un arma, pero su postura decía que iba a pelear hasta el final.
Rivas tomó una decisión.
—Usted tiene al Secretario, Licenciado —dijo Rivas con voz calmada, metiendo la mano en su bolsillo interior—. Pero yo tengo a alguien que el Secretario todavía teme.
Rivas sacó un teléfono satelital antiguo, un “ladrillo” negro sin pantalla táctil. Marcó un solo número.
—¿A quién cree que llama? —se burló Morán—. ¿A la policía? Yo soy la policía.
—No —dijo Rivas, poniendo el teléfono en altavoz—. Llamo al único hombre que se negó a firmar la orden de ejecución de la Unidad Fénix.
El teléfono sonó una vez. Dos veces.
Al tercer tono, una voz contestó. Una voz anciana, rasposa, pero con la fuerza de un portaaviones.
—Aquí Almirante Guzmán. Rivas, más te vale que sea una emergencia nacional para usar esta línea.
El color desapareció de la cara de Morán más rápido que la sangre de una herida arterial. Bajó su teléfono lentamente.
—Almirante —dijo Rivas, mirando fijamente a Morán—. Tengo un “Limpiador” de la Agencia de Supervisión aquí. Quiere llevarse al Teniente Vargas y… a la “Sobreviviente”. Y quiere sacrificar al binomio canino.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que pesaba toneladas.
—Pásame a ese burócrata de mierda —gruñó la voz del Almirante.
Rivas le extendió el teléfono a Morán con una sonrisa depredadora.
—Es para usted.
Morán tomó el teléfono como si fuera una granada sin seguro.
—Almirante… Señor, soy el Director Morán, estoy siguiendo el protocolo de contención de activos…
—Escúchame bien, hijo de perra —la voz del Almirante retumbó en la habitación—. Si tocas un solo pelo de esa mujer, de ese soldado o de ese maldito perro, voy a enviar a la Infantería de Marina completa a tu oficina. No vas a ir a la cárcel. Vas a desaparecer tan profundo que ni Google te va a encontrar.
Morán empezó a sudar.
—Pero señor… la mujer es un riesgo de seguridad… ella sabe…
—Ella es una heroína de guerra condecorada en secreto —cortó el Almirante—. Y a partir de este momento, su estatus es “Activo Protegido Bajo Supervisión Directa del Almirantazgo”. Si ella quiere ser enfermera, será la mejor maldita enfermera de México. Si quiere vender tacos, venderá tacos. Y tú vas a salir de ese hospital, vas a borrar las grabaciones de seguridad y vas a olvidar que estuviste ahí. ¿Me copias?
Morán tragó saliva. Miró a Ana, que lo observaba con una expresión indescifrable. Miró a Roco, que le mostraba los dientes.
—Copiado, Almirante —susurró Morán.
Colgó el teléfono y se lo devolvió a Rivas.
—Vámonos —le dijo a sus hombres, con la voz estrangulada de rabia.
Antes de salir, Morán se detuvo frente a Ana.
—Esto no se acaba aquí, Capitán. Los Almirantes no viven para siempre.
Ana sonrió por primera vez en toda la noche. Una sonrisa peligrosa.
—No, no viven para siempre. Pero yo sí. Y ahora sabes dónde encontrarme. Inténtalo de nuevo y no habrá teléfono que te salve.
Morán salió furioso del pasillo, seguido por sus matones.
El aire en la habitación se sintió ligero por primera vez en horas. Rivas guardó el teléfono y soltó un suspiro largo.
—Me debes una botella de tequila, Valeria. De la buena.
Ana se giró hacia Vargas, que la miraba con adoración desde la camilla. El perro había vuelto a apoyar la cabeza en el pecho del soldado.
—Descansa, Vargas —dijo Ana suavemente, acariciando la cabeza del perro—. La guardia terminó.
Pero mientras miraba por la ventana hacia el amanecer que empezaba a iluminar la Ciudad de México, Ana sabía que la verdad era otra.
Su guardia acababa de empezar de nuevo. El mundo sabía que estaba viva. Y los monstruos volverían.
Pero esta vez, no estaría sola. Tenía a un Comandante, a un Almirante, a un soldado de élite y a un perro capaz de matar por ella.
Ana se ajustó el gafete de enfermera.
—Siguiente paciente —dijo al aire, lista para lo que viniera.
CAPÍTULO 7: LA DECISIÓN DEL FÉNIX
El sol de la mañana finalmente rompió sobre la Ciudad de México, bañando los pasillos del hospital con una luz dorada que contrastaba con la tensión fría de la noche anterior. El “Licenciado” y sus hombres se habían ido, dejando tras de sí un vacío extraño, como el aire que queda después de una tormenta eléctrica.
Ana —o la Capitán Valeria, aunque ella seguía luchando contra ese nombre— se quedó junto a la ventana de la UCI. Dentro, el Teniente Vargas dormía profundamente, con la respiración rítmica y estable. A su lado, Roco, el inmenso Malinois, no dormía. Sus ojos ámbar seguían cada movimiento de Ana a través del cristal, una vigilancia silenciosa y eterna.
El Comandante Rivas se acercó con dos vasos de café humeante de la máquina expendedora. Le tendió uno.
—Sabe a gasolina quemada, pero tiene cafeína —dijo él, intentando aligerar el ambiente.
Ana tomó el vaso y sopló el vapor.
—Me recuerda a las guardias en la sierra. Gracias.
Rivas se apoyó en la pared, mirando también hacia dentro de la habitación.
—El Almirante Guzmán hablaba en serio, Valeria. Tienes protección oficial ahora. Nivel Presidencial, prácticamente. Ya no tienes que esconderte.
Ana dio un sorbo al café amargo.
—Siempre hay que esconderse, Rivas. Los papeles cambian, las firmas cambian, pero los enemigos… esos tienen memoria larga.
—Podrías volver —dijo Rivas de repente. No era una sugerencia; era una súplica velada—. El programa Fénix se va a reactivar. Necesitamos instructores. Necesitamos líderes que sepan lo que es perderlo todo y seguir de pie. Vargas… él va a necesitar a alguien que entienda lo que pasó.
Ana miró al perro. Roco levantó las orejas al sentir su mirada.
—Ese perro —dijo Ana suavemente—, no se quedó porque Vargas fuera su dueño. Se quedó porque es su manada. En el momento en que la granada estalló, Roco decidió que su vida valía menos que la del humano. Eso no se entrena, Rivas. Eso es amor en su forma más pura y violenta.
—Tú tienes eso —insistió Rivas—. Tienes ese instinto. Lo vi anoche. Te enfrentaste a Morán sin un arma. Defendiste a un chico que apenas conoces. Sigues siendo un soldado.
Ana negó con la cabeza lentamente, una sonrisa triste curvando sus labios.
—No, Comandante. Un soldado mata para proteger. Una enfermera sana para proteger. —Se giró para mirarlo a los ojos—. Me pasé diez años lavándome la sangre de las manos. Aprendí a suturar heridas en lugar de causarlas. Aprendí a sostener la mano de un anciano mientras muere, no a ser la causa de su muerte.
Rivas guardó silencio, procesando sus palabras.
—¿Entonces? ¿Te quedas aquí? ¿En urgencias, lidiando con borrachos y accidentes de tráfico?
—Aquí es donde hago falta —dijo Ana con firmeza—. Vargas se recuperará. Tú entrenarás a la nueva generación. Pero aquí… aquí la gente llega rota y necesita que alguien les diga que todo va a estar bien, aunque sea mentira. Esa es mi misión ahora.
Rivas asintió, con una mezcla de decepción y profundo respeto.
—El Almirante dijo que podías elegir. Si eliges esto… entonces serás la enfermera más peligrosa de México.
Ana soltó una pequeña risa.
—Solo asegúrate de que Morán no vuelva. No tengo paciencia para burócratas dos noches seguidas.
—No volverá —prometió Rivas, su rostro endureciéndose—. Y si lo hace, Roco estará esperando.
En ese momento, una enfermera joven, la misma que había gritado cuando entró el perro horas antes, se acercó tímidamente. Traía una carpeta en las manos y miraba a Ana con ojos nuevos, grandes como platos.
—Perdón… Ana… —dijo la chica, titubeando—. La administración pregunta por el reporte del incidente. Y… y los familiares del paciente Vargas están llegando.
Ana dejó el café en la ventana. Se alisó el uniforme, se ajustó el chongo y respiró hondo. La Capitán Sandoval se desvaneció, y Ana, la enfermera, regresó.
—Diles que pasen —dijo Ana—. Y sobre el reporte… pon que el perro es de terapia asistida. Se puso nervioso por el ruido. Nada más.
La enfermera joven asintió frenéticamente.
—Sí… sí, claro. Terapia. Lo que tú digas, Ana.
Rivas sonrió mientras veía a la chica alejarse casi corriendo.
—Creo que ya no eres tan invisible, Capitán.
—No —dijo Ana, mirando su reflejo en el cristal—. Pero tal vez ya no necesito serlo.
CAPÍTULO 8: LEYENDAS SILENCIOSAS
Pasaron las semanas. El Teniente Vargas fue trasladado al Hospital Naval una vez que estuvo estable, pero no sin antes despedirse. La escena fue discreta: un apretón de manos, una mirada de entendimiento mutuo y un ladrido corto de Roco, que frotó su cabeza contra la pierna de Ana una última vez antes de subir a la ambulancia blindada.
El hospital volvió a su rutina caótica. Sirenas, gritos, carreras, café malo y turnos interminables. Para el mundo exterior, nada había cambiado. El incidente de la madrugada del martes se convirtió en un rumor de pasillo, una de esas historias exageradas que se cuentan en la cafetería.
“Dicen que vino la Marina”, susurraban unos.
“Dicen que el perro hablaba”, bromeaban otros.
Pero para quienes estuvieron ahí esa noche, todo había cambiado.
Los médicos, esos cirujanos arrogantes que antes ni siquiera respondían el saludo de Ana, ahora se detenían cuando ella hablaba. Si Ana decía “el paciente se está descompensando”, nadie pedía una segunda opinión. Corrían. Porque sabían que ella veía cosas que los monitores aún no registraban.
Los guardias de seguridad la saludaban con un movimiento de cabeza diferente, más rígido, más respetuoso, cada vez que ella cruzaba la entrada. Sabían que la mujer de azul bajita y callada había desarmado una crisis nacional con seis palabras.
Ana seguía siendo la misma. Llegaba puntual, hacía su trabajo impecablemente y se iba en silencio. No aceptó ascensos. No aceptó entrevistas. Rechazó la medalla al mérito civil que el gobierno quiso enviarle por correo.
Pero algo en ella estaba en paz.
Una noche, meses después, llegó un nuevo residente a urgencias. Era un chico joven, arrogante, recién salido de la universidad privada, que pensaba que lo sabía todo.
Estaban tratando a un policía herido en un tiroteo. El paciente estaba agitado, combativo, gritando del dolor y el miedo.
—¡Sujétenlo! ¡Sedante, rápido! —gritaba el residente, perdiendo el control—. ¡No se queda quieto!
El policía manoteaba, tirando las bandejas. El residente retrocedió, asustado.
Ana se acercó. No corrió. Caminó con esa calma sobrenatural que ahora era su firma. Se puso al lado del policía, le tomó la mano con fuerza —una fuerza sorprendente— y se inclinó a su oído.
Nadie supo qué le dijo. No fue un código militar esta vez. Fue algo humano. Tal vez le dijo que no estaba solo. Tal vez le prometió que no lo dejaría morir.
El policía dejó de gritar. Miró a Ana, asintió con lágrimas en los ojos y se dejó curar.
El residente se quedó boquiabierto.
—¿Cómo… cómo hiciste eso? —preguntó el chico—. En la facultad no nos enseñan a manejar eso.
Ana terminó de ajustar el vendaje, revisó el goteo del suero y se giró para irse a la siguiente cama. Se detuvo un segundo y miró al joven médico.
—Hay cosas que no se aprenden en los libros, doctor —dijo Ana con una media sonrisa—. Se aprenden en la oscuridad, para poder traer luz cuando hace falta.
Ana siguió caminando por el pasillo, perdiéndose entre las camillas y las enfermeras que corrían.
Ya no era la Capitán Valeria Sandoval, la fantasma de las Fuerzas Especiales.
Ya no era solo Ana, la enfermera invisible.
Era una guardiana. Una de esas heroínas que no llevan capa ni salen en las noticias, pero que sostienen el mundo cuando todo se derrumba. Y mientras hubiera alguien herido, alguien asustado o alguien olvidado, ella estaría ahí.
Vigilando.
Cuidando.
Lista.
Porque las verdaderas leyendas no necesitan que nadie sepa sus nombres. Solo necesitan saber que cumplieron su misión.
(FIN)
HISTORIA PARALELA: LA CAÍDA DEL FÉNIX (EL ORIGEN)
Sinopsis: Antes de ser Ana, la enfermera silenciosa, ella era Valeria, la líder de la unidad más letal de México. Esta es la historia de la noche en que murieron seis hombres, un perro y una mujer; y de cómo, entre las cenizas de una traición, nació una sobreviviente.
CAPÍTULO 1: LA ÚLTIMA CENA
Sierra de Guerrero, México. 14 de Octubre de 2014. 18:00 horas.
El aire en la base de operaciones avanzada “Nido” olía a tierra mojada, pino y aceite de armas. No era una base oficial; era un conjunto de cabañas abandonadas en lo profundo de la sierra, reacondicionadas con tecnología satelital y generadores silenciosos.
La Capitán Valeria Sandoval estaba sentada en el pórtico de la cabaña principal, limpiando su pistola Sig Sauer P226. Tenía 28 años, pero sus ojos ya parecían tener cien.
A unos metros de ella, “Bala”, un Pastor Belga Malinois de color carbón, dormitaba al sol. Bala era el abuelo de Roco (el perro de la historia principal). Era más grande, más pesado y tenía una cicatriz en el hocico de una operación en Tamaulipas.
—Capitán, deje de limpiar esa arma, ya le va a borrar el número de serie —dijo el Teniente “Gato” Méndez, apareciendo con dos platos de aluminio humeantes.
Valeria sonrió sin levantar la vista.
—Un arma limpia es un seguro de vida, Méndez. ¿Qué es esa porquería que traes?
—Guisado de res, cortesía de la señora que vende en el cruce de caminos. Dijo que nos veía muy flacos —Méndez se sentó a su lado y le ofreció un plato—. Coma. Necesita fuerza. La inteligencia dice que la subida de esta noche va a estar pesada.
El equipo Fénix estaba compuesto por seis operadores y un binomio canino. Eran fantasmas. Oficialmente, estaban de vacaciones o asignados a tareas administrativas en la Ciudad de México. Extraoficialmente, eran la punta de lanza del Almirante Guzmán para operaciones quirúrgicas contra los cárteles que el gobierno local no podía (o no quería) tocar.
—¿El equipo está listo? —preguntó Valeria, aceptando el plato.
—Listos y ansiosos. “Ruso” está revisando los explosivos. “Chaneque” está peleándose con la radio satelital, como siempre. Y Bala… bueno, Bala está soñando con morder narcos.
Valeria miró al perro. El animal abrió un ojo, la miró y golpeó el suelo con la cola una vez.
—Cuida a ese perro, Méndez. Es el único de aquí que no miente.
Esa noche, el ambiente era diferente. Usualmente, antes de una misión, había chistes, apuestas sobre quién dispararía primero o música bajita. Pero hoy había un silencio denso.
—¿Siente eso, Capi? —preguntó Méndez de repente, dejando de comer.
—¿Qué cosa?
—El silencio. Ni los grillos están cantando.
Valeria asintió. Lo sentía. Era una presión en la nuca, un sexto sentido que se desarrolla después de demasiadas misiones.
—Revisa el perímetro otra vez. Y diles a todos que quiero revisión de equipo en 10 minutos. Nos vamos antes.
—¿Antes? La extracción está programada para las 03:00.
—Mi instinto dice que nos vamos ya. Y mi instinto me ha mantenido viva más tiempo que la inteligencia del Estado Mayor.
Méndez se puso serio, asintió y se levantó.
—Sí, mi Capitán.
Valeria se quedó sola un momento más. Acarició la cabeza de Bala.
—Si algo pasa hoy, viejo amigo —le susurró—, ya sabes el protocolo. Nadie se queda atrás.
Bala lamió su mano, ajeno al destino que ya venía en camino, subiendo por la montaña en forma de trescientas camionetas blindadas.
CAPÍTULO 2: LA BOCA DEL LOBO
21:30 horas. Zona de Operación “Cueva del Diablo”.
La noche cayó como un manto de plomo sobre la sierra. El equipo Fénix avanzaba en fila india, invisibles gracias al camuflaje térmico y a años de disciplina. No hacían ruido. Ni una rama rota, ni un suspiro fuera de lugar.
El objetivo era simple: Infiltrar una casa de seguridad en la cima de un barranco, asegurar un disco duro con la nómina de pagos del cártel a funcionarios federales y exfiltrar. Sin disparos si era posible.
Valeria iba en punta, con Bala a su lado. El perro llevaba un chaleco con cámara y micrófono. Sus orejas giraban como radares, captando sonidos que el oído humano jamás escucharía.
—Fénix 1 a Fénix Base —susurró Valeria por la radio—. Estamos en posición. Visual del objetivo. Luces apagadas. Parece desierto.
—Copiado, Fénix 1 —respondió la voz del enlace en la base—. Inteligencia confirma tres tangos en el interior. Resistencia mínima.
Valeria frunció el ceño a través de sus lentes de visión nocturna. Algo no cuadraba. Una casa de seguridad con información tan valiosa no podía tener “resistencia mínima”.
—Bala, busca —ordenó en voz baja, haciendo una seña con la mano.
El perro avanzó sigilosamente hacia la estructura. Olfateó el aire, el suelo, el marco de la puerta. Se detuvo. Su pelo se erizó. No ladró, pero hizo el “señalamiento pasivo”: se sentó y miró fijamente hacia el bosque circundante, no hacia la casa.
Valeria sintió un hueco en el estómago.
—Alto total —ordenó por la radio interna del equipo—. El perro está marcando el perímetro externo. No estamos solos.
—Capi, tengo lectura térmica —dijo “Ruso” desde la retaguardia, con voz tensa—. Son… Dios mío. Son docenas. Vienen por el norte.
—¡Contacto flanco izquierdo! —gritó Chaneque.
El silencio de la sierra se rompió. No fue un disparo. Fue un diluvio.
Cientos de balas trazadoras iluminaron la oscuridad, convergiendo sobre la posición del equipo Fénix. El sonido fue ensordecedor, como si el cielo se estuviera rasgando.
—¡EMBOSCADA! ¡CUBIERTA! —gritó Valeria, lanzándose detrás de una roca grande y jalando a Bala con ella.
Las balas picaban la piedra, lanzando esquirlas a su cara. El equipo Fénix respondió al fuego instantáneamente. Eran los mejores operadores de México. Sus disparos eran precisos, controlados. Cada vez que uno de ellos apretaba el gatillo, un enemigo caía.
Pero eran seis contra trescientos.
—¡Nos vendieron! —gritó Méndez, cambiando el cargador de su fusil mientras las balas zumbaban sobre su cabeza—. ¡Sabían exactamente dónde estábamos!
Valeria se asomó para disparar. Vio camionetas artilladas con ametralladoras calibre .50 subiendo por el camino que se suponía estaba bloqueado.
—¡Fénix Base! ¡Solicito apoyo aéreo inmediato! ¡Estamos rodeados! —gritó por la radio.
Solo hubo estática.
—Fénix Base, responda…
—Lo siento, Capitán —dijo una voz desconocida en la frecuencia, una voz distorsionada y fría—. No hay apoyo disponible para unidades que no existen.
La sangre de Valeria se heló. No era un error. Era una ejecución.
—¡Corten comunicaciones! —ordenó a su equipo—. ¡Estamos solos! ¡Plan de contingencia Omega! ¡Romper el cerco y dispersarse!
Pero el cerco era de acero. Los sicarios no estaban ahí para capturar; estaban ahí para borrar.
CAPÍTULO 3: LA NOCHE DE LOS CAÍDOS
El combate duró horas, aunque parecieron minutos.
El primero en caer fue “Ruso”. Un francotirador le dio en el cuello mientras intentaba colocar cargas explosivas para cubrir la retirada. Cayó sin hacer ruido.
—¡Ruso caído! —gritó Chaneque, corriendo para arrastrarlo, pero una ráfaga de ametralladora lo cortó a la mitad antes de que pudiera llegar.
Valeria vio morir a sus hombres uno por uno. Hombres con los que había compartido comida, frío y secretos. Hombres que eran sus hermanos. La rabia y el dolor amenazaban con cegarla, pero la Capitán Sandoval no podía permitirse llorar. No todavía.
Quedaban ella, Méndez y Bala. Estaban acorralados contra el borde del barranco. Abajo, cien metros de caída libre hacia un río de piedras afiladas.
Méndez tenía un disparo en el hombro y otro en el abdomen. Sangraba profusamente.
—Capi… no vamos a salir… —jadeó, disparando con una mano—. Váyase. Salte. Yo los cubro.
—¡No voy a dejarte, Gato! —gritó Valeria, disparando su última granada de 40mm hacia una camioneta que se acercaba. La explosión les compró unos segundos.
—Tiene que vivir… —Méndez la miró, con los dientes manchados de sangre—. Alguien tiene que contar qué pasó aquí. Si morimos todos, ellos ganan. Ellos escriben la historia.
Méndez sacó el seguro de dos granadas de fragmentación que llevaba en el chaleco.
—¡Váyase, Capitán! ¡Es una orden! —gritó él, invirtiendo los rangos por primera vez.
Valeria lo miró. Vio la determinación en sus ojos. Sabía que tenía razón.
—¡Bala, con ella! —gritó Méndez al perro.
El perro dudó. Quería quedarse a pelear.
Valeria agarró al perro por el arnés.
—¡Vamos!
Corrieron hacia el borde del barranco. Detrás de ellos, Méndez se levantó, expuesto, gritando un insulto final a los sicarios que se abalanzaban sobre él.
BOOM.
La explosión de las granadas de Méndez sacudió la tierra. Valeria y Bala saltaron al vacío justo cuando la onda expansiva los golpeó.
La caída fue un caos de ramas, rocas y dolor.
Valeria golpeó contra un árbol, sintió cómo se le rompían las costillas. Luego golpeó el suelo, rodó, y finalmente cayó al río helado.
La corriente la arrastró. Todo se volvió negro.
CAPÍTULO 4: EL PACTO DEL SILENCIO
Valeria despertó horas, o tal vez días después. Estaba en la orilla del río, a kilómetros de la zona de combate. Cada centímetro de su cuerpo gritaba de dolor. Tenía la pierna izquierda desgarrada, quemaduras en la espalda y el rostro hinchado por los golpes.
A su lado, temblando de frío, estaba Bala. El perro tenía una pata rota y múltiples cortes, pero estaba vivo. Al verla abrir los ojos, el animal se arrastró hacia ella y le lamió la cara, gimiendo suavemente.
—Lo logramos, amigo… —susurró Valeria, con la garganta llena de arena—. Lo logramos.
Se arrastró hasta la carretera más cercana. Le tomó dos días. Comió raíces, bebió agua de charcos. Bala nunca se separó de ella, dándole calor en las noches heladas.
Cuando finalmente una patrulla de la Marina la encontró, Valeria no se dejó llevar a un hospital cualquiera. Pidió, con la poca voz que le quedaba, hablar con el Almirante Guzmán. Usó un código de emergencia que solo los altos mandos conocían.
La llevaron a una base secreta en Veracruz.
El Almirante Guzmán entró a la habitación donde la estabilizaban. Era un hombre duro, de la vieja escuela, pero cuando vio el estado de su mejor Capitán, tuvo que quitarse la gorra.
—Me dijeron que no había sobrevivientes —dijo Guzmán, con voz grave.
—Se equivocaron —respondió Valeria, intentando sentarse—. Méndez… Chaneque… Ruso… todos muertos, Almirante. Nos vendieron. La frecuencia estaba intervenida.
Guzmán apretó la mandíbula.
—Lo sé. Ya inicié una investigación interna. Pero… esto va muy arriba, Sandoval. Más arriba de lo que puedo tocar ahora mismo. Si saben que estás viva, no pararán hasta terminar el trabajo. Vendrán por ti al hospital, a tu casa, a donde sea.
Valeria miró al techo. Pensó en la familia de Méndez. En la hija pequeña de Ruso.
—Quiero venganza —dijo ella.
—La tendrás —prometió Guzmán—. Pero no hoy. Hoy, necesitas desaparecer. Para vengarlos, primero tienes que morir.
Guzmán sacó una carpeta amarilla.
—Aquí está tu acta de defunción. “Capitán Valeria Sandoval, caída en cumplimiento del deber. Heroica defensa de posición”. Habrá honores. Una tumba en el panteón militar.
Luego, sacó otra carpeta. Una azul, simple, sin sellos oficiales.
—Y aquí está tu nueva vida. Ana López. Enfermera titulada. Historial limpio. Una plaza en un hospital público donde nadie hace preguntas.
Valeria miró las carpetas. Miró a Bala, que dormía sedado a los pies de la cama.
—¿Y el perro?
—Oficialmente, también murió. Lo reasignaremos contigo. Será tu “mascota”. Pero ten cuidado, Sandoval. Si alguien descubre quién eres, si usas tus habilidades, si cometes un error… el fantasma se desvanece y te conviertes en un blanco otra vez.
Valeria tomó la carpeta azul.
—La Capitán Sandoval murió en ese barranco, Almirante.
Guzmán asintió y salió de la habitación.
Valeria abrió la carpeta. Había una identificación nueva. Una foto de ella con el pelo diferente, sin el uniforme, con una sonrisa que no sentía.
“Ana”.
Cerró los ojos. Juró que viviría. No por ella, sino por los que se quedaron en la montaña. Viviría para ser la guardiana que no pudo ser esa noche.
CAPÍTULO 5: BRAVO. ECO. SIETE.
Seis meses después.
Bala murió plácidamente mientras dormía en la pequeña casa que el Almirante le consiguió a Ana en las afueras de la ciudad. Las heridas de la sierra y la edad cobraron su precio.
Ana lo enterró en el jardín trasero, bajo un árbol de jacaranda. Lloró más por ese perro que por ella misma.
Unas semanas después, recibió una visita del Comandante Rivas (quien entonces era solo Capitán de Corbeta). Traía una caja pequeña.
—El Almirante me manda —dijo Rivas, incómodo de ver a su antigua superior vestida de civil, cojeando ligeramente—. Dice que no debes estar sola.
Dentro de la caja había un cachorro de Pastor Belga Malinois. Orejas enormes, patas torpes, ojos dorados curiosos.
—Es nieto de Bala —dijo Rivas—. De la última camada antes de… bueno, ya sabes.
Ana tomó al cachorro. El perrito le mordió el dedo suavemente y luego se acurrucó en su cuello, suspirando.
—¿Cómo se llama? —preguntó Ana.
—No tiene nombre. Es tuyo. Pero ya tiene el entrenamiento básico de impronta genética. Responde a la voz de mando de la línea de sangre.
Ana miró al cachorro. Vio en él la misma lealtad feroz que había visto en los ojos de Bala en el barranco.
—Roco —dijo ella—. Se llamará Roco.
Rivas asintió.
—Una cosa más, Capitán… digo, Ana. El Almirante diseñó un código de seguridad para ti. Un “botón de pánico” verbal. Si alguna vez te encuentras con una unidad K9 activa y necesitas controlarla, o si necesitas identificarte ante fuerzas amigas sin quemar tu identidad con civiles… usa esto.
Le entregó un papel. Ana lo leyó.
Bravo. Eco. Siete. Descanso. Vector. Nulo.
—Significa “Mando Presente. Amenaza Anulada” —explicó Rivas—. Está codificado en el adiestramiento profundo de todos los perros de la nueva generación, incluyendo a este cachorro. Es tu seguro de vida.
Ana guardó el papel y miró a Rivas.
—Espero no tener que usarlo nunca.
Rivas se despidió. Ana se quedó sola en el jardín, con el cachorro Roco dormido en sus brazos y la tumba de Bala a sus pies.
Miró al cielo. No había nubes.
—Descansen, muchachos —susurró al viento, pensando en Méndez, Ruso y Chaneque—. Yo tomo la guardia desde aquí.
Ana entró a la casa, guardó su pistola Sig Sauer en una caja fuerte bajo el piso, se puso su uniforme azul de enfermera y salió hacia su primer turno en el Hospital General.
La guerra había terminado para Valeria.
Pero la misión de Ana apenas comenzaba.
