
PARTE 1: EL ABISMO Y LA BESTIA
Capítulo 1: Fantasmas bajo el Periférico
La lluvia en la Ciudad de México no perdona. A las 2:00 de la mañana, bajo el puente vehicular de Periférico Sur, el agua no cae, golpea. Transforma el cartón en pulpa y cala hasta los huesos, sin importar cuántas capas de ropa sucia lleves encima.
Roberto Reyes se ajustó su vieja mochila militar contra el pecho. Adentro guardaba sus únicos tres tesoros: un manual de adiestramiento canino de 2010, una foto arrugada donde él, diez años más joven y con uniforme de GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales), sonreía junto a un Pastor Alemán llamado “Titán”, y un silbato ultrasónico que ya nadie sabía usar.
—¿Sabes qué día es mañana, carnal? —preguntó Don Chuy, un ex médico militar de 62 años que temblaba de frío al otro lado de la pequeña fogata improvisada con basura.
Roberto no contestó. Hacía meses que casi no hablaba. Las palabras pesaban demasiado.
—Mañana es la gran exhibición canina en el Campo Militar 1-A —insistió Don Chuy, mostrando una sonrisa chimuela—. Van a dar pozole y tamales gratis a los veteranos que asistan.
Los ojos de Roberto, que parecían no haber enfocado nada en meses, se movieron. Su estómago rugió como una bestia enjaulada.
—Vamos, “Nómada” —dijo Don Chuy, usando ese apodo que golpeó a Roberto como una bala—. Una comida caliente. Solo eso. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no sacaste de un bote de basura?
Nómada. Su indicativo. No lo había escuchado en cuatro años. No desde el día en que salió del Hospital Militar y decidió que no merecía tener nombre. Pero el hambre es una dictadora cruel, y a veces, toma las decisiones por ti.
Capítulo 2: El Juicio Final
La mañana siguiente, la entrada de veteranos en el Campo Militar olía a diésel quemado y a pasto recién cortado. Un joven cabo revisó sus papeles de baja con desdén, arrugando la nariz ante el olor a humedad que despedían Roberto y Don Chuy, pero los dejó pasar.
Se sentaron en las gradas de metal, rodeados de familias felices y oficiales retirados con camisas planchadas. Una voluntaria les entregó platos de unicel con arroz rojo y mole. Roberto comió despacio, mecánicamente. No saboreaba, solo cargaba combustible.
Entonces, los altavoces chillaron.
—Damas y caballeros, soy el Sargento Primero Mendoza, instructor jefe de la unidad canina —anunció un hombre de unos 34 años, voz firme, uniforme impecable y esa arrogancia de quien nunca ha perdido nada importante—. Hoy vamos a enfrentar una realidad difícil. No todos los perros vuelven de la guerra.
Por el extremo norte de la pista, dos soldados sacaron a arrastras a un perro. Era un Malinois atigrado, con un bozal de impacto y una correa reforzada.
—Este es Ajax —dijo Mendoza, su voz resonando con gravedad—. Rescatado de una zona de conflicto en la sierra hace ocho meses. Salvó vidas. Pero la guerra se quedó dentro de él.
Ajax se lanzó hacia adelante con una fuerza brutal, arrastrando a su manejador dos metros por la tierra. La multitud ahogó un grito.
—Desde que regresó, Ajax ha atacado a tres manejadores certificados. El último requirió cirugía reconstructiva en el brazo —continuó Mendoza—. Hemos intentado todo: psicólogos animales, fármacos, terapia de desensibilización. Nada funciona. Es una máquina de matar averiada.
Roberto dejó de comer. Sus manos apretaron el plato de unicel hasta romperlo.
—Esta es su evaluación final —sentenció Mendoza—. Si hoy no demuestra control, será sacrificado humanamente a las 17:00 horas por ser un riesgo para la seguridad nacional.
Don Chuy codeó a Roberto. —Qué poca madre. El perro solo necesita a alguien que lo entienda.
Pero Roberto ya no escuchaba a Don Chuy. Estaba estudiando a Ajax. Veía cómo las orejas del perro giraban como radares, no por agresión, sino buscando un sonido específico. Veía cómo cargaba el peso en sus patas traseras, no para atacar, sino para protegerse. Veía en los ojos del perro esa mirada de los mil metros. Esa misma mirada que Roberto veía cada vez que se atrevía a mirarse en un espejo roto.
Mendoza se acercó al perro con un guante protector. —¡Quieto! —ordenó. Ajax estalló. El bozal golpeó el protector de Mendoza con un sonido seco, metálico. El sargento retrocedió, asustado pero tratando de disimularlo.
—¿Lo ven? —gritó Mendoza a la grada—. Agresión no provocada. Es irrecuperable.
Algo se rompió dentro de Roberto. No fue ira. Fue reconocimiento. Se levantó. Sus botas rotas hicieron ruido en el metal de la grada. —¿A dónde vas, loco? —susurró Don Chuy.
Roberto saltó la valla bajita que separaba al público de la pista. Sus pies tocaron la grava del campo de entrenamiento. Caminó directo hacia la bestia.
PARTE 2: EL LENGUAJE DE LOS OLVIDADOS
Capítulo 3: El Intruso
—¡Oiga! ¡Usted! —gritó un Policía Militar—. ¡Es zona restringida!
Roberto siguió caminando. Su paso era lento, pesado, pero deliberado. El Sargento Mendoza se giró, furioso. —¡Seguridad! ¡Saquen a este indigente de mi campo!
Dos soldados corrieron hacia él, pero Roberto ni siquiera parópadeó. Sus ojos ámbar estaban fijos en Ajax. Y por primera vez en toda la mañana, Ajax dejó de tirar de la correa. Se quedó inmóvil, mirando a ese hombre sucio que se acercaba.
Mendoza se interpuso en el camino de Roberto. —¿Qué cree que está haciendo? ¿Quiere que lo mate? Este es un perro de grado militar, no una mascota de la calle. —Lo sé —la voz de Roberto era rasposa, como grava moliéndose—. Ustedes no lo saben. —¿Disculpe? —Mendoza lo miró con asco, barriendo con la mirada su ropa rota—. ¿Quién se cree que es? —Yo puedo ayudar. —Lárguese antes de que lo arreste. —Fui manejador de Fuerzas Especiales —dijo Roberto. Mendoza soltó una risa corta y cruel. —¿Usted? ¿Manejador? Mírese, amigo. Apenas puede manejarse a sí mismo.
Desde las gradas, Don Chuy se puso de pie y gritó con todas sus fuerzas: —¡Es el Nómada! ¡Es el Cabo Reyes! ¡Revisen su maldito expediente!
El murmullo corrió por la multitud. El radio de Mendoza sonó con estática. —Sargento Mendoza… aquí la Coronel Villalobos desde el palco de mando. ¿Qué está pasando? —Mi Coronel, un vagabundo interrumpió la prueba. Dice que es… “El Nómada”. Hubo un silencio largo en la radio. Un silencio que pesaba. —¿Dijo Nómada? —la voz de la Coronel cambió—. Déjelo pasar. —Pero mi Coronel, es peligroso… —¡Es una orden, Sargento! Despeje el área y deje trabajar a Reyes.
Mendoza se quedó helado. Miró a Roberto con incredulidad y luego se apartó, escupiendo al suelo. —Es su funeral, amigo.
Capítulo 4: Código Rojo
Lo que Mendoza no sabía era que, a 200 metros, en la torre de control, la Coronel Elena Villalobos estaba mirando una pantalla con un expediente clasificado. La foto mostraba a un Roberto joven, fuerte, con medallas al valor.
Especialidad: Rehabilitación Canina de Alto Riesgo. Estado: Baja Médica por TEPT severo tras la Operación “Sierra Madre”, 2022.
La Coronel sintió un escalofrío. Recordaba el incidente. Una emboscada en la sierra de Durango. Dos elementos caídos. Un perro muerto protegiendo a su manejador. El manejador había sobrevivido, pero su alma se había quedado allá arriba, entre los pinos y las balas.
—Pobre diablo —susurró ella—. Has cargado con eso cuatro años.
En el campo, Roberto se detuvo a tres metros de Ajax. El soldado que sostenía la correa la soltó y corrió hacia atrás, dejando a Roberto solo frente a la bestia.
El silencio en el campo era absoluto. Se podía escuchar el viento moviendo las banderas.
Roberto no usó fuerza. No gritó. Hizo lo impensable: Se arrodilló. Se puso al nivel del perro, vulnerable, exponiendo su cuello. Metió la mano en su bolsillo y sacó un silbato viejo y oxidado.
Se lo llevó a los labios y sopló. Ningún humano escuchó nada. Pero Ajax se congeló. Sus orejas se dispararon hacia arriba. Su cuerpo, antes tenso por la furia, ahora vibraba por la atención.
—Sierra, Eco, Uno —susurró Roberto. No eran palabras al azar. Era código táctico de radiofrecuencia baja, usado por las unidades de élite para comunicarse en túneles del narco sin ser detectados.
Ajax ladeó la cabeza. Sus ojos se abrieron como platos. Ese “idioma” no lo había escuchado desde que lo sacaron del infierno.
Roberto extendió la mano, palma hacia abajo. —Sector despejado, pareja. Misión cumplida.
La transformación fue instantánea y desgarradora. Las patas de Ajax flaquearon. El perro soltó un gemido agudo, un sonido roto que partió el corazón de todos los presentes. No era el gruñido de un asesino; era el llanto de un niño perdido que acaba de ver a su papá.
Ajax caminó, arrastrando la correa, y se derrumbó contra el pecho de Roberto, empujando su cabeza contra la chamarra sucia del vagabundo, buscando consuelo, buscando paz.
Roberto cerró los ojos y abrazó al perro, enterrando su cara en el pelaje atigrado. Y allí, frente a 500 personas, el “monstruo” y el vagabundo lloraron juntos.
Capítulo 5: La Vergüenza de los Expertos y el Juicio de la Arena
El silencio que siguió al colapso de Ajax no fue simplemente la ausencia de ruido; fue una entidad física, pesada y sofocante que cayó sobre las gradas del Campo Militar 1-A. Segundos antes, el aire vibraba con el terror de las familias y los gritos marciales del Sargento Mendoza. Ahora, lo único que se escuchaba era el viento de la Ciudad de México moviendo las banderas tricolores y la respiración entrecortada, casi asmática, de quinientas personas que habían olvidado cómo exhalar.
En el centro de esa arena de polvo y grava, el tiempo parecía haberse detenido en una burbuja.
Roberto Reyes seguía de rodillas. Sus pantalones, desgastados hasta el hilo y manchados de grasa de motor, absorbían la humedad de la tierra. Pero él no sentía el suelo. Solo sentía el calor que emanaba del cuerpo de Ajax. El Pastor Belga Malinois, la bestia que minutos antes era una máquina de matar de 35 kilos, ahora descansaba su cabeza masiva sobre el muslo de Roberto.
El perro temblaba. No eran los espasmos de la agresión ni la tensión previa al ataque. Eran temblores de descarga. La adrenalina acumulada durante ocho meses de incomprensión estaba saliendo de sus músculos. Roberto sentía cada sacudida contra su propia pierna, y con cada una, él también soltaba un poco de los cuatro años de hielo que llevaba en el alma.
—Ya pasó, buda —susurró Roberto, usando una palabra en pastún que había aprendido de los contratistas locales en las montañas, una palabra que significaba “viejo amigo”. Su mano, con las uñas sucias y los nudillos llenos de cicatrices de la vida en la calle, acariciaba la base de la oreja del perro.
Ajax soltó un suspiro largo, un sonido que vibró en las costillas de Roberto. Cerró los ojos. Por primera vez en meses, el perro no estaba escaneando el horizonte en busca de amenazas. Había entregado la guardia.
A cinco metros de distancia, el Sargento Primero Mendoza estaba de pie, congelado como una estatua de sal. Su mente, entrenada en manuales, protocolos y jerarquías, no lograba procesar la imagen frente a él. El “monstruo” estaba siendo acariciado por un “nadie”. La correa reforzada de cuero y nylon yacía en el suelo, inerte, como una serpiente muerta.
Mendoza parpadeó, tratando de reiniciar su cerebro. La humillación empezaba a subirle por el cuello, calentándole las orejas. Él era el instructor jefe. Él tenía certificaciones en Alemania y Estados Unidos. Él llevaba el uniforme impecable. ¿Y este indigente, este saco de huesos con olor a basura, acababa de domar a su némesis con un silbato oxidado y un susurro?
El Doctor Ortiz, el veterinario militar que sostenía una jeringa con el sedante letal a unos diez metros de distancia, bajó el brazo lentamente. La aguja goteó un poco de líquido transparente en la tierra seca. Ortiz se quitó los lentes, los limpió con su bata blanca y volvió a ponérselos, como si la suciedad en los cristales fuera la culpable de la alucinación colectiva.
—Imposible… —murmuró Ortiz, su voz apenas audible—. Eso es médicamente imposible. Sus niveles de cortisol deberían estar en el techo. Ese perro debería estar atacando la yugular.
La Teniente Sarah Briggs, la joven manejadora que había sido atacada por Ajax semanas atrás y que observaba desde la primera fila con el brazo vendado, empezó a llorar. No de miedo, sino de una conmoción pura. Se tapó la boca con la mano sana, ahogando un sollozo. Ella había visto los ojos de Ajax cuando la mordió; eran ojos de locura. Pero ahora, al ver cómo el perro buscaba refugio en el pecho del vagabundo, entendió algo que le heló la sangre: Ajax nunca la había odiado a ella. Ajax solo tenía miedo.
Mendoza rompió el hechizo. La vergüenza se transformó en ira defensiva. Dio un paso adelante, sus botas brillando bajo el sol del mediodía.
—¡Aléjese del animal! —ladró Mendoza, recuperando su tono de mando, aunque le faltaba la convicción de antes—. ¡Ese perro es propiedad del Ejército Mexicano y es extremadamente peligroso! ¡Usted está interfiriendo en un procedimiento oficial!
Al escuchar el tono elevado, el cuerpo de Ajax se tensó de golpe. El perro levantó la cabeza del regazo de Roberto. Un gruñido bajo, tectónico, empezó a rodar en su garganta. No era un ladrido histérico; era una advertencia de combate. Sus ojos ámbar se clavaron en Mendoza.
Roberto no se movió. No tiró del collar. Simplemente puso su mano plana sobre el lomo del perro, aplicando una presión firme y constante.
—Quieto —dijo Roberto, no al perro, sino a Mendoza. Su voz era baja, rasposa por el desuso y el humo de las fogatas bajo el puente, pero tenía un filo metálico que cortó el aire—. Si da un paso más, Sargento, él no va a dudar. Y esta vez no va a soltar el brazo. Va a ir al cuello.
Mendoza se detuvo en seco. La amenaza no sonó a jactancia. Sonó a certeza clínica.
—¿Me está amenazando, civil? —escupió Mendoza, llevando la mano instintivamente a la funda de su arma de cargo, aunque no la desenfundó.
—Le estoy dando un informe de situación —replicó Roberto, levantando la vista por primera vez. Sus ojos, rodeados de ojeras profundas y piel curtida por el sol, chocaron con los de Mendoza. Había una autoridad en esa mirada que no venía del rango, sino de la experiencia—. Usted ve agresión. Yo veo protección de perímetro. Si usted avanza agresivamente, valida su hipótesis de que usted es una amenaza hostil.
—¡Yo soy su superior! —gritó Mendoza, señalando sus insignias—. ¡Yo lo he alimentado por ocho meses!
—Usted lo ha encarcelado por ocho meses —corrigió Roberto con calma—. Ustedes trataban de dominarlo. Lo quebraron. Usaron collares de castigo, gritos, aislamiento. Querían sumisión. Él es un operador de Fuerzas Especiales, Sargento. No se somete. Se coordina. Él no necesitaba un amo, necesitaba un binomio. Un compañero.
—¿Y tú eres ese compañero? —Mendoza soltó una risa incrédula, barriendo con la mano hacia la ropa sucia de Roberto—. ¿Un teporocho que saltó la barda? Por favor. Seguridad, saquen a este…
—¡Sargento Mendoza!
La voz que tronó desde el palco de autoridades no necesitó micrófono. Era la Coronel Elena Villalobos. El sonido de sus botas bajando las escaleras metálicas de la grada resonó como disparos: Clang, clang, clang.
La multitud se abrió como el Mar Rojo. La Coronel, una mujer de 50 años con el cabello entrecano recogido en un chongo perfecto y una mirada que podía pelar pintura, caminó hacia el centro de la arena. Su ayudante, un teniente joven con una tableta electrónica, trotaba nerviosamente detrás de ella.
Mendoza se cuadró inmediatamente, poniéndose firme como una tabla. —¡Mi Coronel! El intruso está siendo contenido. Procederemos a…
—Cállese la boca, Mendoza —dijo Villalobos sin siquiera mirarlo. No gritó, lo cual fue peor. Fue un susurro frío.
La Coronel se detuvo a tres metros de Roberto y Ajax. Ignoró la suciedad, el olor rancio de la ropa mojada de Roberto, y la evidente violación de todos los protocolos de seguridad de la base. Sus ojos oscuros escanearon al perro. Ajax seguía alerta, pero la mano de Roberto en su lomo lo mantenía anclado a la tierra.
Villalobos luego miró a Roberto. Lo estudió como quien estudia un mapa de batalla antiguo. Vio las cicatrices en las manos. Vio la postura: incluso de rodillas y en la miseria, la espalda de Roberto estaba recta. Vio la forma en que sus botas, aunque rotas y pegadas con cinta gris, tenían los cordones atados con un nudo de paracaidista.
—Ese código… —dijo la Coronel lentamente—. El silbato. Y lo que dijiste antes. Sierra, Eco, Uno.
Roberto bajó la mirada hacia el polvo. —Código de radiofrecuencia baja para operaciones en túneles, mi Coronel.
—Ese código quedó obsoleto en 2018 —dijo Villalobos, dando un paso más cerca—. Solo se usó en la Operación Conjunta de la Sierra Madre. En el “Triángulo Dorado”. Específicamente por la unidad de interdicción canina de la Tercera Brigada.
Roberto no respondió. Sus dedos trazaban patrones en el pelaje de Ajax.
—Hubo muy pocos sobrevivientes de esa unidad que conocieran los silbidos tonales —continuó Villalobos, su voz perdiendo un poco de su dureza institucional y ganando en curiosidad humana—. La mayoría están muertos o retirados.
Se giró hacia su ayudante. —Teniente, deme la tableta.
El joven oficial le pasó el dispositivo con manos temblorosas. La Coronel deslizó el dedo por la pantalla, buscando un archivo que había solicitado discretamente por radio momentos antes, cuando el caos estalló. En la pantalla apareció una foto en blanco y negro. Era un hombre más joven, con la cara limpia, uniforme táctico completo, sonriendo con arrogancia juvenil junto a un Pastor Alemán negro.
Villalobos miró la pantalla, luego miró al vagabundo arrodillado. La estructura ósea era la misma. Los ojos eran los mismos, aunque los de la foto tenían luz y los del hombre frente a ella parecían pozos secos.
—Roberto Reyes —leyó la Coronel en voz alta, para que Mendoza y los oficiales cercanos escucharan—. Cabo de Fuerzas Especiales. Indicativo: “Nómada”.
Un murmullo recorrió a los veteranos en las gradas. El nombre “Nómada” era una leyenda urbana en los comedores de la base. Se contaban historias de un manejador que podía hacer que un perro detectara explosivos a quinientos metros, o que podía rastrear a un narco por tres días en la selva sin dormir.
—Condecorado con la Legión de Honor. Tres menciones por valor heroico —siguió leyendo Villalobos—. Especialista en rehabilitación de caninos con trauma de combate.
Levantó la vista de la tableta. —Y… dado de baja médica en marzo de 2022. Diagnóstico: Trastorno de Estrés Postraumático Severo e incapacitante. Se le perdió el rastro tras salir del Hospital Central Militar.
Hubo un silencio denso. Mendoza parecía querer que la tierra se lo tragara. Había estado a punto de arrestar a una leyenda.
—Bienvenido a casa, Cabo Reyes —dijo la Coronel, suavizando su postura.
Roberto hizo una mueca de dolor, como si las palabras fueran un golpe físico. Se puso de pie lentamente. Sus rodillas crujieron. Ajax se levantó con él, pegándose a su pierna izquierda en una “posición de fusilero” perfecta.
—No es mi casa, mi Coronel —dijo Roberto, su voz ronca—. Ya no. Solo vine por la comida. Y porque oí lo del perro.
—Llevo un año buscando a alguien que pudiera acercarse a este animal sin salir sangrando —dijo Villalobos, ignorando la negativa de Roberto—. He traído conductistas de la UNAM, entrenadores de la Policía Federal, expertos civiles. Todos fallaron. Tú saltas una valla, vestido como… —hizo un gesto vago hacia su ropa—… en condiciones deplorables, ¿y logras esto en sesenta segundos? Necesito saber cómo. No es una petición, Reyes. Es un debriefing. ¿Qué vieron ellos que nosotros no?
Roberto suspiró. Miró a Mendoza, luego al Doctor Ortiz, y finalmente a la Coronel. —Ustedes vieron un perro desobediente. Un problema mecánico. “El perro muerde, hay que arreglarlo”.
Caminó unos pasos. Ajax lo siguió, imitando su ritmo, deteniéndose cuando él se detenía. Sin correa. Sin órdenes verbales. Era como ver una danza.
—El Sargento Mendoza dijo que Ajax era “agresivo”. Falso —continuó Roberto, ganando confianza, entrando en el modo instructor que llevaba dormido cuatro años—. Ajax tiene miedo. Pero no es miedo a ustedes. Es miedo a fallar en su misión.
—¿Qué misión? —preguntó Mendoza, genuinamente confundido ahora, su arrogancia reemplazada por una curiosidad técnica—. La guerra terminó para él hace ocho meses.
—Para un perro como este, la guerra nunca termina si nadie le dice “Misión Cumplida” —respondió Roberto con intensidad—. Miren sus ojos. Miren cómo escanea. Cuando ustedes se acercan de frente, con los hombros cuadrados, mirándolo a los ojos, con las correas tensas… en su idioma, eso es una confrontación. Ustedes son el enemigo avanzando.
Roberto se agachó de nuevo junto a Ajax. —Él fue entrenado para detectar IEDs (Artefactos Explosivos Improvisados) y emboscadas. Cuando lo trajeron aquí, al ruido, a los gritos, a las luces… su cerebro regresó a la zona de impacto. Él creía que estaba protegiendo a su unidad. Cada vez que mordió a un manejador, no lo hacía por maldad. Lo hacía porque el manejador estaba cometiendo errores tácticos que ponían en peligro al “pelotón”. Él los estaba corrigiendo de la única forma que sabe: con los dientes.
El Doctor Ortiz se acercó un paso, fascinado. —¿Estás diciendo que sus ataques eran… disciplinares?
—Estoy diciendo que él es más soldado que muchos de los que llevan uniforme aquí —dijo Roberto, lanzando una mirada dura a Mendoza—. Él seguía protocolos. Ustedes no. Yo solo le hablé en el único idioma que le da paz: el idioma del trabajo. Le di coordenadas. Le di un sector. Le dije que yo tomaba el mando. Al darle una orden en el código de la sierra, su cerebro hizo clic. Dejó de ser una víctima acorralada y volvió a ser un soldado con una misión. Y un soldado con una misión se calma.
La Teniente Briggs, aún con lágrimas en los ojos, habló desde la barrera: —Dios mío… lo hemos estado castigando por intentar salvarnos.
La frase flotó en el aire, pesada y acusadora.
La Coronel Villalobos asintió lentamente. Entendía la lógica. Era brillante y devastadora. —Es extraordinario, Reyes. Tienes un don. Siempre lo tuviste. Por eso… —hizo una pausa, midiendo sus palabras—… por eso lo de Durango no tiene sentido.
El ambiente cambió instantáneamente. La temperatura pareció bajar diez grados. Roberto se tensó. Su mano se cerró en un puño sobre el lomo de Ajax. El perro sintió el cambio emocional de su humano y soltó un quejido bajo.
—No hable de eso —dijo Roberto, dando un paso atrás.
—Tengo que hacerlo —insistió Villalobos, acercándose—. Leí el informe, Reyes. Emboscada en el kilómetro 40. Dos bajas. Tu binomio canino, “Titán”, muerto en acción. El informe dice que ignoraste la alerta del perro. Que el perro marcó el explosivo y tú ordenaste al equipo avanzar.
—¡Cállese! —gritó Roberto. La voz salió desgarrada, violenta. Los policías militares dieron un paso al frente, pero Villalobos levantó la mano para detenerlos.
Roberto estaba temblando ahora. Ya no estaba en el Campo Militar 1-A. De repente, estaba de vuelta en la sierra. El olor a pino y pólvora. El zumbido de los insectos. Flashback: Podía ver la cola de Titán. Rígida. El perro se había sentado. La señal universal de “Explosivos”. Pero el radio crepitaba en su oído. La voz del Capitán, segura, arrogante: “Inteligencia dice que el camino está limpio, Nómada. Avance. Es una orden. Estamos perdiendo tiempo”. Roberto miró al perro. Miró el camino. Confió en la voz humana. Confió en el rango superior. Tiró de la correa. “Vamos, Titán. Fuss”. Tres pasos. El clic. El mundo se volvió blanco. El sonido de la tierra desgarrándose. El aullido de Titán que fue cortado en seco.
Roberto cayó de rodillas de nuevo, agarrándose la cabeza. Ajax se metió debajo de sus brazos, lamiéndole la cara frenéticamente, tratando de sacarlo del ataque de pánico, anclándolo al presente con lengüetazos ásperos y húmedos.
—Fue mi culpa —sollozó Roberto, las lágrimas abriendo surcos limpios en su cara sucia—. Titán me dijo. Él me lo dijo. Y yo escuché al oficial. Yo maté a mi perro. Yo maté a mis compañeros. Por eso estoy aquí. Por eso no merezco nada. Soy basura. Un manejador que no escucha a su perro no es nada.
La multitud en las gradas estaba en shock. Estaban presenciando la destrucción total de un hombre.
Pero entonces, la Coronel Villalobos hizo algo que rompió el protocolo militar por completo. Se quitó la gorra. Se arrodilló en la tierra, frente a Roberto, arruinando sus pantalones perfectamente planchados.
Puso sus manos sobre los hombros de Roberto y lo sacudió con fuerza. —Mírame, Reyes. ¡Mírame!
Roberto levantó la vista, sus ojos rojos y perdidos.
—El Capitán que dio esa orden fue destituido —dijo Villalobos con ferocidad—. Inteligencia se equivocó. Tú seguiste una orden directa bajo presión de combate. Eso no es negligencia, es la maldita guerra. Pero escúchame bien: Titán murió protegiéndote. Su cuerpo absorbió la mayor parte de la metralla. Él eligió salvarte.
La Coronel señaló a Ajax. —Y si te quedas tirado en este hoyo de culpa, si te dejas morir bajo ese puente, entonces el sacrificio de Titán fue en vano. Él murió para que tú vivieras. Y mira lo que acabas de hacer hoy. Mira a este perro.
Roberto miró a Ajax. El animal lo miraba con una devoción absoluta, esperando la siguiente orden. —Ajax iba a morir en cuatro horas —continuó Villalobos, su voz quebrándose ligeramente—. Iba a ser una baja más. Tú le diste una vida. Redimiste tu error, Nómada. No puedes cambiar lo que pasó en la sierra, pero puedes cambiar lo que pasa aquí, ahora.
La Coronel se puso de pie y le tendió la mano. —Tengo cincuenta perros en este batallón. Diez de ellos están “rotos” como Ajax. Tengo veinte manejadores jóvenes como Mendoza que creen que la fuerza lo es todo y no saben nada de conexión. Te necesito, Reyes. No como soldado. Te necesito como maestro.
Roberto miró la mano extendida de la Coronel. Era una mano limpia, cuidada. Luego miró la suya, sucia, temblorosa. Don Chuy, desde la grada, gritó con la voz rota por la emoción: —¡Agárrala, cabrón! ¡Levántate!
Roberto respiró hondo. El olor a ozono y tierra llenó sus pulmones. Sintió el hocico húmedo de Ajax empujando su codo hacia arriba. Titán se ha ido, pensó. Pero Ajax está aquí. Y me necesita.
Lentamente, Roberto extendió la mano y tomó la de la Coronel. El agarre fue firme. La Coronel tiró de él y lo ayudó a ponerse de pie.
—Bienvenido de vuelta a la lucha, Nómada —dijo ella.
Mendoza, que había estado observando todo en silencio, con su ego hecho pedazos pero con una nueva comprensión naciendo en sus ojos, dio un paso adelante. Ya no había hostilidad en su rostro, solo respeto reacio. Se cuadró frente a Roberto. No como un superior a un subordinado, sino como un soldado a otro. —Cabo Reyes —dijo Mendoza—. Cuando termine aquí… ¿podría enseñarme cómo hizo eso del silbido?
Roberto se limpió las lágrimas con la manga sucia de su chamarra. Miró a Mendoza, luego a Ajax, y finalmente esbozó una sonrisa pequeña, cansada pero real. —Claro, Sargento. Pero primero… ¿alguien tiene un poco de agua para mi perro? Tiene sed.
Ajax ladró una vez, fuerte y claro, como confirmando la orden. Y en ese momento, las gradas estallaron. No en un aplauso cortés, sino en una ovación atronadora, de pie, con veteranos golpeándose el pecho y madres abrazando a sus hijos.
Roberto Reyes, el fantasma del puente, había regresado. Y no había vuelto solo.
Capítulo 6: El Peso de la Libertad y el Contrato de los Rotos
La ovación en el Campo Militar 1-A no cesaba, pero para Roberto Reyes, el sonido se sentía lejano, como si estuviera bajo el agua. La adrenalina que lo había impulsado a saltar la valla se estaba disipando, dejando en su lugar un agotamiento físico y mental que amenazaba con tumbarlo. Sus rodillas, golpeadas contra la grava dura, empezaron a palpitar. El hambre, que había olvidado momentáneamente, regresó con un calambre agudo en el estómago.
Pero había un ancla. Una cabeza pesada y cálida presionada contra su muslo izquierdo.
Ajax no se apartaba. El perro caminaba pegado a él, sincronizando cada paso. Si Roberto adelantaba el pie derecho, Ajax adelantaba la pata derecha. Era un “fuss” (caminado junto) tan perfecto, tan instintivo, que cualquier entrenador profesional habría llorado de envidia. Y lo hacían sin correa. Un hilo invisible, tejido con trauma y reconocimiento mutuo, los mantenía unidos.
—Vamos, Nómada —dijo la Coronel Villalobos, su voz cortando el ruido ambiente—. A mi oficina. Ahora.
Roberto asintió, pero antes de dar un paso, sintió una mano en su hombro. Era Don Chuy. El viejo médico tenía los ojos rojos de llorar y una sonrisa chimuela que le partía la cara de oreja a oreja.
—¡Te la rifaste, cabrón! —gritó Don Chuy, abrazándolo sin importarle la mugre ni el sudor—. ¡Les cerraste el hocico a todos! ¡Mira al perro! ¡Míralo!
—Espérame afuera, Chuy —susurró Roberto, sintiéndose mareado por la atención—. No te vayas.
—Aquí te espero, carnal. No me muevo ni aunque me echen agua caliente.
Roberto siguió a la Coronel. El camino hacia el edificio de mando fue un calvario de miradas. Pasaron frente a filas de soldados rasos que lo miraban con una mezcla de asco por su apariencia y reverencia por lo que acababa de hacer. Pasaron frente al Sargento Mendoza, quien se cuadró al paso de la Coronel pero mantuvo sus ojos clavados en Roberto, con una expresión indescifrable, una mezcla de celos profesionales y admiración técnica.
Al entrar al edificio administrativo, el cambio fue brutal. El aire acondicionado golpeó a Roberto como una bofetada helada. El silencio de las oficinas, el zumbido de las computadoras, el olor a café recién hecho y a cera para pisos… todo era ajeno. Pertenecía a un mundo que él había abandonado hacía cuatro años. Se sintió sucio. Consciente de sus botas rotas dejando huellas de polvo en el piso brillante, consciente de su olor a humo y sudor rancio invadiendo el espacio estéril.
Ajax, sin embargo, no dudó. El perro entró con la cabeza alta, ignorando el entorno, sus ojos fijos exclusivamente en Roberto. Para el perro, el único universo que importaba era el hombre que caminaba a su lado.
La Oficina del Juicio
La oficina de la Coronel Elena Villalobos era amplia, con vista directa al campo de entrenamiento. Una bandera de México inmensa colgaba detrás de su escritorio de caoba. Había fotos con presidentes, diplomas de West Point y del Colegio Militar, y una vitrina con medallas.
—Siéntese, Reyes —ordenó ella, señalando una silla de cuero frente al escritorio.
Roberto dudó. —Voy a manchar la silla, mi Coronel. —Es piel. Se limpia. Siéntese. Es una orden.
Roberto se sentó en el borde, incómodo. Ajax se echó inmediatamente a sus pies, colocando el hocico sobre sus botas gastadas, suspirando con fuerza.
La Coronel se quitó la gorra y la dejó sobre la mesa. Se sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal y luego sirvió otro. Lo empujó hacia Roberto. —Bebe. Estás deshidratado. Tienes los labios partidos y estás pálido.
Roberto tomó el vaso. Sus manos temblaban tanto que el agua se agitó, derramándose un poco sobre sus nudillos costrosos. Bebió de un trago. El agua fría fue como un bálsamo.
—Gracias.
Villalobos se sentó, entrelazó los dedos y lo miró fijamente durante un minuto interminable. No había lástima en sus ojos. Había cálculo.
—¿Sabes lo que acabas de hacer allá afuera? —preguntó ella. —Evitar que mataran a un buen soldado. —Hiciste más que eso. Humillaste a mi jefe de adiestramiento, violaste siete protocolos de seguridad federal, invadiste una zona militar restringida y pusiste en ridículo mi presupuesto anual de capacitación.
Roberto bajó la cabeza. —Si me va a arrestar, hágalo ya. Solo le pido que no le hagan nada al perro. Él no tuvo la culpa.
Villalobos soltó una risa seca, sin humor. —¿Arrestarte? Reyes, si te arresto, tendría que explicarle a la prensa por qué el “héroe del video viral” está en una celda. Sí, ya hay videos en TikTok. Mi ayudante dice que tienes dos millones de vistas en quince minutos. Eres intocable ahora mismo.
La Coronel abrió una carpeta sobre su escritorio. —Hablemos de negocios. —No tengo negocios, mi Coronel. No tengo nada. —Tienes un talento que el dinero no puede comprar y que la academia no puede enseñar. Tienes “el toque”.
Villalobos sacó un documento y lo deslizó hacia él. —He revisado tu expediente médico. TEPT crónico. Depresión mayor. Disociación. Baja deshonrosa… no, espera, corrección: Baja médica con honores, pero rechazada por el beneficiario. Nunca cobraste tu pensión, Reyes. Hay cuatro años de cheques acumulados en una cuenta del Banjército a tu nombre.
Roberto se tensó. —Ese dinero es dinero de sangre. No lo quiero. —Ese dinero es tuyo. Te lo ganaste sangrando en la sierra. Pero dejemos el dinero de lado por un momento. Hablemos de Ajax.
Al escuchar su nombre, el perro movió una oreja.
—El Sargento Mendoza tiene razón en una cosa —dijo Villalobos, inclinándose hacia adelante—. Ajax es un arma. Un arma inestable. Tú lograste calmarlo hoy porque le diste una misión y un liderazgo claro. Pero, ¿qué pasará mañana? ¿Qué pasará cuando tú regreses a tu puente y Ajax se quede aquí, en una jaula, rodeado de gente que le tiene miedo?
Roberto sintió un nudo en la garganta. —Volverá a atacar —admitió en un susurro—. Se sentirá abandonado otra vez. —Exacto. Y entonces tendré que firmar la orden de eutanasia. Y esta vez no habrá nadie en las gradas para salvarlo. Su sangre estará en mis manos… pero también en las tuyas.
Fue un golpe bajo. Villalobos lo sabía. Roberto lo sabía. Pero era la verdad.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Roberto, sintiendo el peso del mundo. —Quiero contratarte. Puesto: Contratista Civil Especializado en Rehabilitación K9. Salario: Nivel GS-11, equivalente a Capitán. Alojamiento en la base. Acceso total al comedor de oficiales y servicios médicos. Y custodia legal y permanente del elemento canino K-945, alias “Ajax”.
Roberto miró el papel. Las letras bailaban frente a sus ojos. “Sueldo”, “Prestaciones”, “Hogar”. Palabras que habían dejado de tener significado para él.
—No puedo —dijo Roberto, empujando el papel de regreso. Villalobos arqueó una ceja. —¿Disculpa? —No puedo aceptar. —¿Por qué demonios no? ¿Prefieres dormir sobre cartones mojados y comer sobras? —Prefiero no matar a nadie más —la voz de Roberto subió de volumen, cargada de dolor—. Usted no lo entiende. Yo funciono en crisis. Puedo saltar una valla y manejar un momento de adrenalina. Pero en el día a día… estoy roto, mi Coronel. Tengo pesadillas donde escucho los gritos de mis compañeros. A veces no sé si estoy en la Ciudad de México o en Durango. Si acepto este trabajo, un día voy a fallar. Voy a tener un episodio, voy a descuidar al perro, y alguien va a salir herido. No puedo tener esa responsabilidad. No otra vez.
Se levantó de golpe. La silla de cuero chirrió. —Gracias por el agua. Dígale a Mendoza que use comandos de voz baja con Ajax. Nada de gritos.
Roberto se dio la vuelta para salir. Ajax se levantó y lo siguió. —¡Reyes! —gritó Villalobos. Roberto no se detuvo. Abrió la puerta y salió al pasillo.
La Encrucijada
Salió del edificio como si lo persiguieran demonios. El sol de la tarde lo cegó momentáneamente. Caminó rápido hacia la salida de la base, con el corazón latiendo desbocado.
Huye, le decía su cerebro. Vuelve al puente. Ahí nadie espera nada de ti. Ahí no puedes decepcionar a nadie.
Ajax trotaba a su lado, mirándolo con confusión. El perro sentía la ansiedad de Roberto y empezaba a gemir suavemente.
—¡Hey! ¡Nómada! —la voz de Don Chuy lo detuvo cerca del estacionamiento.
El viejo médico estaba sentado en una banqueta, comiéndose una torta que algún soldado le había regalado. Al ver la cara de Roberto, dejó la comida. —¿Qué pasó? ¿Te corrieron? —Me voy, Chuy. Vámonos. —¿Cómo que vámonos? —Don Chuy se limpió las migajas de la barba—. ¿Qué te dijeron? —Me ofrecieron trabajo. Quedarme con el perro. Vivir aquí. —¡No mames! —Don Chuy saltó de alegría—. ¡Eso es, cabrón! ¡Salimos de pobres! ¿Cuándo empezamos?
Roberto negó con la cabeza, mirando al suelo. —Yo no acepté. El silencio de Don Chuy fue más pesado que cualquier grito. —¿Qué? —No acepté. Vámonos al puente. Va a llover y dejé mis cobijas afuera.
Don Chuy se acercó y lo agarró de la solapa de su chamarra sucia. Sus ojos, normalmente amables y bromistas, estaban duros como piedras. —Eres un pendejo. —Chuy, no entiendes… —¡No! —gritó el viejo, empujándolo—. ¡Tú eres el que no entiende! Llevo tres años cuidándote, Roberto. Tres años viéndote mirar a la nada, tres años oyéndote gritar dormido nombres de gente muerta. Te he limpiado el vómito, te he compartido mi comida. Porque sé que eres un buen hombre que se rompió.
Don Chuy señaló a Ajax. —Y ahora la vida, Dios, el destino o quien chingados sea, te manda un salvavidas. No un perro, ¡un salvavidas! Ese animal te miró y vio a un rey, no a un vagabundo. ¿Y tú le vas a dar la espalda? ¿Vas a dejar que lo maten porque tienes miedo?
—¡Tengo miedo de fallarle! —gritó Roberto, con lágrimas de frustración—. ¡Soy un peligro, Chuy! ¡Mira mis manos! ¡Tiemblan! ¡No sirvo para esto!
—¡Sí sirves! —rugió Don Chuy—. ¡Lo vi! ¡Allá adentro, en la arena, no te temblaba nada! Cuando tienes a alguien a quien cuidar, te enderezas. Eres un soldado, Roberto. Sin misión, te mueres. Este perro es tu misión.
Roberto miró a Ajax. El perro se había sentado durante la discusión, observando a los dos hombres. Al cruzar miradas con Roberto, Ajax levantó una pata y se la puso en la rodilla. Un gesto simple. Estoy aquí.
Roberto sintió cómo se le rompía el muro de contención. —No puedo hacerlo solo, Chuy —susurró—. Si me quedo solo en una habitación con mis fantasmas, me voy a pegar un tiro.
Don Chuy suavizó la expresión. Puso una mano en el hombro de su amigo. —Pues entonces no lo hagas solo.
Roberto miró al viejo médico. Miró sus zapatos rotos, su gorra de lana deshilachada, la dignidad que mantenía a pesar de la miseria. Y entonces, la idea le golpeó. No fue una idea, fue una revelación táctica.
—Tienes razón —dijo Roberto, secándose los ojos con el dorso de la mano—. No lo haré solo.
Dio media vuelta y caminó de regreso al edificio de mando. —¡Espérame aquí, Chuy! —gritó—. ¡Ahora sí no me tardo!
La Contraoferta
La Coronel Villalobos no se había movido de su escritorio. Estaba mirando el expediente de Roberto, frotándose las sienes, cuando la puerta se abrió de golpe.
Roberto entró. Esta vez, caminó con más fuerza. Se plantó frente al escritorio. —Acepto —dijo. Villalobos levantó la vista, ocultando su alivio detrás de una máscara de indiferencia. —Sabía que recapacitarías. El instinto de supervivencia es… —Con una condición —interrumpió Roberto.
La Coronel se recargó en su silla. —Estás en una posición muy precaria para exigir condiciones, Reyes. Pero te escucho. ¿Qué quieres? ¿Más sueldo? ¿Un vehículo? —Quiero gente. —¿Gente? —No voy a trabajar solo. Y no voy a trabajar con los soldaditos de academia que tienen miedo a ensuciarse el uniforme. Quiero formar mi propio equipo.
Villalobos frunció el ceño. —Tengo a los mejores manejadores del país a tu disposición. —No. Usted tiene a los mejores teóricos. Yo necesito sobrevivientes.
Roberto apoyó las manos sobre el escritorio de caoba, inclinándose hacia ella. —Hay hombres afuera, mi Coronel. Veteranos. Gente que sirvió a este país y que ahora vive en la calle, en albergues, en coches. Hombres como el Médico Jesús Torres, que está allá afuera esperándome. Hombres que tienen TEPT, que tienen ansiedad, que el sistema escupió.
—¿Estás sugiriendo que traiga vagabundos a una base militar de alta seguridad? —preguntó Villalobos, escéptica.
—Estoy sugiriendo que traiga a soldados olvidados para salvar a perros olvidados —replicó Roberto con pasión—. Usted dijo que tiene diez perros “rotos”. Perros agresivos, deprimidos, inútiles para el servicio activo. Perros que van a sacrificar. —Sí, así es. —Pues esos perros no confían en un hombre con uniforme limpio y voz de mando. Esos perros necesitan a alguien que entienda lo que es tener miedo. Alguien que entienda lo que es ser desechable.
Roberto señaló hacia la ventana, hacia el mundo exterior. —Deme el barracón viejo del sector norte. El que usan de almacén. Deme presupuesto para comida y catres. Yo recluto a los veteranos. Yo los limpio, yo los entreno. Ellos rehabilitan a los perros.
—Es una locura —murmuró Villalobos—. Es un riesgo administrativo enorme. Civiles inestables manejando activos militares peligrosos. —Si funciona, usted recupera activos valiosos y le da relaciones públicas de oro al Ejército. “Veteranos salvando héroes caninos”. Piénselo. —¿Y si falla? —Si falla, yo asumo toda la responsabilidad. Y usted se libra de mí y de los perros de una vez por todas.
La Coronel se puso de pie y caminó hacia la ventana. Miró hacia afuera. Vio a Don Chuy sentado en la banqueta, compartiendo el último pedazo de su torta con un perro callejero que pasaba por ahí. Villalobos pensó en su propio padre, un General retirado que murió de alcoholismo, solo, porque nunca pudo adaptarse a la vida civil. Pensó en los recursos desperdiciados. Pensó en la mirada de Ajax.
Se giró hacia Roberto. Había una chispa nueva en sus ojos. Respeto. —Jesús Torres… ¿es el ex Teniente Médico que sirvió en el 94? —El mismo. Salvó más vidas en Chiapas que todo su regimiento junto.
Villalobos asintió lentamente. —Hagamos una prueba piloto. Seis meses. Te doy el barracón, suministros básicos y acceso restringido. Tú traes a cinco candidatos. Si hay un solo incidente, un solo problema de drogas o violencia, cierro el programa y te vas. —Trato hecho. —Y Reyes… —Villalobos señaló su ropa—. Antes de empezar a reclutar, date un baño. Apestás a cadáver.
La Purificación
Una hora después, Roberto estaba en las duchas del gimnasio de oficiales. El agua caliente caía sobre él, y el vapor llenaba el cuarto con un olor a jabón neutro. Ver el agua negra arremolinarse en el desagüe era hipnótico. Capas de mugre de la Ciudad de México, hollín de los escapes de los camiones, tierra de parques y polvo de puentes se iban por la cañería.
Se restregó la piel con una esponja hasta que le dolió. Quería quitarse la sensación de “calle”. Quería encontrar al hombre que estaba debajo.
Cuando salió, se paró frente al espejo empañado. Pasó la mano por el cristal para limpiarlo. El reflejo le devolvió la mirada. Estaba delgado, se le marcaban las costillas. Tenía cicatrices nuevas y viejas. Su barba era un desastre enmarañado y su pelo le llegaba a los hombros.
Encontró una máquina de rasurar en el kit de higiene que le habían dado. Sin dudarlo, empezó a cortar. Cayeron los mechones largos. Cayó la barba de profeta loco. Poco a poco, el rostro emergió. Mandíbula cuadrada. Pómulos marcados. Una cicatriz blanca que le cruzaba la ceja izquierda.
Se miró a los ojos. Ya no eran los ojos de un animal acorralado. Eran ojos cansados, sí, y tristes, también. Pero había una luz encendida al fondo. Una luz piloto que se había vuelto a prender.
Se vistió con la ropa que le habían proporcionado: pantalones cargo color caqui, una playera negra táctica y botas nuevas. Se sentían extrañas, rígidas, pero le daban una postura diferente. Se irguió.
Salió del vestidor. Ajax estaba esperándolo en la puerta, echado en posición de esfinge. Al ver a Roberto, el perro ladeó la cabeza, olfateando el cambio. El olor a vagabundo se había ido. Ahora olía a jabón y a hombre limpio. Pero Ajax no necesitaba el olor para saber quién era. Se levantó y movió la cola. Un solo golpe contra el marco de la puerta. Thump.
Roberto se agachó y abrazó el cuello del perro. —Listo, compañero —le susurró—. Tenemos trabajo. Tenemos que armar un escuadrón.
Caminaron juntos hacia el barracón norte, donde Don Chuy ya estaba, escoba en mano, gritándole órdenes imaginarias al polvo, listo para convertir una ruina en un hogar.
La noche caía sobre el Campo Militar 1-A, pero para Roberto Reyes, apenas estaba amaneciendo.
Capítulo 7: El Escuadrón de los Fantasmas y el Barracón del Purgatorio
Tres meses. Noventa días. En el calendario de un civil, eso es apenas una estación del año. Para Roberto Reyes y su nueva “familia”, habían sido noventa batallas ganadas a pulso contra el enemigo más formidable de todos: el espejo.
El lugar no parecía un centro de alta tecnología militar. De hecho, visto desde la pista principal del Campo Militar 1-A, el “Sector Norte” parecía un deshuesadero. Era un antiguo barracón de logística que había sido condenado a demolición en 2018. El techo de lámina crujía con el viento, las ventanas tenían más cinta adhesiva que vidrio y el sistema de calefacción era una ilusión.
Pero encima de la puerta principal, pintado a mano con pintura negra sobrante y una caligrafía temblorosa pero orgullosa, colgaba un letrero de madera contrachapada:
“CENTRO DE REINTEGRACIÓN K9 – PROYECTO NÓMADA” Aquí nadie se queda atrás.
Roberto estaba de pie en el centro del patio de tierra compactada a las 05:30 de la mañana. El sol aún no salía sobre el Valle de México, y el frío de la madrugada calaba los huesos. Ajax estaba sentado a su lado, inmóvil como una gárgola, su aliento creando pequeñas nubes de vapor en el aire gris.
—Relojes sincronizados, gente —murmuró Roberto, mirando su muñeca desnuda. No tenía reloj, pero su cuerpo, reajustado al ritmo militar, sabía la hora exacta.
De las sombras del barracón emergieron cuatro figuras. No marchaban con la precisión de los cadetes del Colegio Militar. Arrastraban los pies, tosiendo, ajustándose las chamarras donadas que les quedaban grandes o chicas. Eran el “Escuadrón de los Fantasmas”. Veteranos que el sistema había masticado y escupido.
A su lado, cuatro sombras de cuatro patas. Perros que gruñían, tiraban de las correas o se escondían detrás de las piernas de sus manejadores. La “Unidad de los Rotos”.
Roberto los miró. Sabía que para el resto de la base, este grupo era un chiste. Un experimento de caridad de la Coronel Villalobos. Pero Roberto veía algo más. Veía pólvora mojada que solo necesitaba una chispa para volver a explotar.
—Buenos días, comando —dijo Roberto con voz firme. Un coro de murmullos roncos le respondió. —Dije buenos días. —¡Buenos días, Jefe! —respondieron, con un poco más de energía, aunque sus voces delataban años de tabaco y noches a la intemperie.
—Hoy no vamos a trabajar obediencia básica —anunció Roberto, caminando entre ellos. Ajax lo seguía sin correa—. Hoy vamos a trabajar confianza. Si sus perros no confían en ustedes, no sirven. Y si ustedes no confían en ellos, están muertos.
El Médico y la Furia: Don Chuy y “Sargento”
—A ver, mi Doc —dijo Roberto, deteniéndose frente a Don Chuy—. ¿Cómo amaneció “Sargento”?
Jesús “Chuy” Torres, el ex médico de combate de 62 años, se veía más saludable que hace tres meses. La piel grisácea había recuperado color gracias a tres comidas diarias, pero sus manos seguían teniendo ese temblor nervioso que le había costado su carrera y su familia.
A su lado, atado con una correa corta de cuero, estaba “Sargento”. Un Pastor Alemán negro sólido, inmenso, con una cicatriz que le cruzaba el hocico. Sargento había sido dado de baja por “agresividad extrema e impredecible”. Había mordido a un coronel durante una inspección.
—Amaneció bravo, Nómada —dijo Chuy, tratando de mantener al perro quieto. Sargento estaba erizado, sus ojos fijos en la garganta de Roberto, emitiendo un gruñido que sonaba como un motor diésel—. Anoche casi se come a un recluta que pasó cerca de la ventana.
—Suéltale correa —ordenó Roberto. —¿Estás loco? Se te va a ir encima. —Suéltale correa, Chuy. Estás transmitiendo tu miedo por el cuero. Tienes el brazo tenso. El perro siente que estás asustado y piensa que hay una amenaza, así que se pone en modo defensa. Relaja el brazo.
Chuy respiró hondo. Cerró los ojos un segundo, recordando viejas técnicas de control de pulso. Exhaló. Aflojó la tensión de la correa, dejándola colgar en una “U” suave.
Sargento sintió el cambio inmediatamente. El gruñido cesó. Miró a Chuy hacia arriba, confundido. ¿Ya no estamos peleando?
—Bien —dijo Roberto—. Ahora, camina. Chuy dio un paso. Sargento lo siguió, todavía tenso, pero sin intentar matar a nadie. —Él no es malo, Chuy —le dijo Roberto mientras caminaban—. Él tiene TEPT, igual que tú. Cuando oye un ruido fuerte, o ve un uniforme de rango alto, recuerda el abuso. Tú recuerdas Fallujah; él recuerda a su antiguo entrenador golpeándolo. Son lo mismo. Tú curas su trauma, él cura el tuyo.
La Sombra y el Silencio: Jaime y “Fantasma”
Roberto siguió la línea hasta llegar a Jaime “El Doc” Henderson (un apodo irónico, ya que era paramédico naval, no doctor). Jaime era un hombre grande, afrodescendiente, que había servido en la Marina. Había vivido los últimos tres años en un Tsuru descompuesto en Iztapalapa. Hablaba menos que una piedra.
Su perro era “Fantasma”. Un Malinois blanco, una rareza genética. Fantasma no era agresivo; era fóbico. Si alguien levantaba la mano, el perro se orinaba y trataba de cavar un hoyo en el cemento para desaparecer. Había sido encontrado encadenado en un patio trasero de una casa de seguridad narco, desnutrido y aterrorizado.
—Jaime —dijo Roberto suavemente. Jaime no levantó la vista. Estaba agachado, acariciando el pecho de Fantasma, quien temblaba violentamente. —No quiere comer, Jefe. Lleva dos días sin tocar las croquetas. —¿Por qué crees? —Porque hay mucho ruido. Los camiones de la mañana. Los gritos en la pista de obstáculos. Tiene miedo.
Roberto se arrodilló junto a ellos. Ajax se acercó a Fantasma. El perro blanco se encogió, esperando un ataque, pero Ajax solo le lamió la oreja una vez y se sentó a su lado, creando una barrera física entre Fantasma y el resto del mundo.
—Jaime, tú te escondías en tu coche, ¿verdad? —preguntó Roberto. Jaime asintió lentamente. —¿Por qué? —Porque afuera todo duele. La luz. La gente que te mira feo. —Exacto. Fantasma siente que no tiene piel. Todo le quema. Necesita un búnker. Y tú eres su búnker. Roberto puso una mano en el hombro inmenso de Jaime. —No trates de obligarlo a ser valiente. Primero enséñale que tú eres seguro. Siéntate con él en la oscuridad. Come con él de la mano. Que entienda que mientras tú estés ahí, nada lo va a tocar. Tú eres su escudo, Marino.
Jaime miró a Fantasma. El perro dejó de temblar un poco al sentir la mano pesada de su humano. —Entendido, Jefe. Seré su escudo.
La Guerrera y la Bestia: Lucía y “Bella”
Finalmente, Roberto llegó al final de la fila. Allí estaba Lucía Reyes (sin parentesco), de 38 años. Ex Sargento de Logística. La única mujer en el programa. Lucía tenía una historia que Roberto conocía solo por fragmentos leídos en expedientes confidenciales: Acoso, abuso sexual por parte de un superior, denuncia ignorada, baja deshonrosa fabricada, alcoholismo, refugios de mujeres.
Lucía tenía una mirada que cortaba. Una mirada que decía: “Acércate y te mato”.
Y su perra, “Bella”, era su espejo perfecto. Bella no era un Pastor Alemán ni un Malinois. Era una mezcla extraña de Pitbull con Mastín, una mole de músculo y cicatrices. Había sido rescatada de una red de peleas de perros en Ecatepec. Le faltaba media oreja y tenía quemaduras de cigarro en el lomo. Bella odiaba a los hombres. Si un hombre se acercaba a menos de dos metros, Bella se convertía en un demonio.
Solo Lucía podía tocarla.
—Reyes —saludó Lucía, seca. —Reyes —respondió Roberto. Bella estaba sentada entre las piernas de Lucía, mirando a Roberto fijamente, calculando la distancia para un ataque a la yugular.
—¿Cómo va el control de impulsos? —preguntó Roberto, manteniendo su distancia. Sabía que con Bella no podía usar la técnica de acercamiento que usaba con otros perros. —Mejor que el tuyo —respondió Lucía con una media sonrisa cínica—. Ayer logramos que el Teniente Ramírez pasara a cinco metros sin que ella intentara arrancarle la pierna. —Cinco metros es un avance. La semana pasada eran veinte.
Roberto observó la dinámica. Lucía no usaba fuerza con Bella. Usaba susurros. Acariciaba las cicatrices de la perra con una ternura que contrastaba con su propia coraza dura.
—¿Sabes por qué te escogió a ti? —preguntó Roberto. —Porque las dos somos unas perras feas que nadie quiere —escupió Lucía. —No. Porque ella sabe lo que es que te toquen sin permiso. Sabe lo que es que te lastimen quienes deberían cuidarte.
El rostro de Lucía se endureció. El tema era territorio minado. —No me psicoanalices, Nómada. No soy uno de tus proyectos. Estoy aquí por la comida y el techo. —Estás aquí porque esa perra iba a ser gaseada y tú fuiste la única que entró a su jaula sin miedo. Roberto dio un paso atrás, respetando el espacio. —Ella te defiende porque cree que eres vulnerable. Tienes que demostrarle que tú puedes defenderla a ella. Cuando ella entienda que tú eres la “Alfa”, dejará de intentar matar a todo el mundo para protegerte. Ella carga tu rabia, Lucía. Si tú no sueltas tu odio, ella nunca soltará el suyo.
Lucía no respondió, pero su mano apretó el lomo de Bella. La perra lamió la mano de la mujer. —A trabajar —dijo Lucía, dando media vuelta para iniciar el circuito.
El Visitante Incómodo
A media mañana, el sol ya picaba. El escuadrón estaba limpiando las perreras. El olor a cloro y pino trataba de ocultar el olor a perro mojado. Una camioneta Humvee se detuvo frente al barracón. De ella bajó el Sargento Primero Mendoza, impecable como siempre, y un Capitán que Roberto no conocía, un hombre joven con cara de burócrata.
Roberto, que estaba paleando grava para nivelar el patio, se detuvo. Se limpió el sudor con la camiseta. —Atención en el patio —gritó, aunque no era necesario. Todos se habían tensado.
Mendoza se acercó. Su actitud había cambiado en los últimos meses. Ya no era hostil, pero seguía siendo escéptico. Venía a aprender, sí, pero también venía a vigilar. —Reyes —saludó Mendoza. —Sargento Mendoza. —Este es el Capitán Orozco, del Departamento de Auditoría Interna. Viene a revisar el progreso de los activos.
El Capitán Orozco miró el lugar con evidente desagrado. Miró a Don Chuy, que estaba fumando un cigarro barato en una esquina; miró a Jaime, que parecía un gigante mudo; miró a los perros, que no se veían como los ejemplares de concurso del desfile militar.
—¿Estos son los activos recuperados? —preguntó Orozco, consultando una tableta—. K-945, K-988, K-220… Se ven… irregulares. —Son soldados en recuperación, mi Capitán —dijo Roberto, clavando la pala en la tierra. —El informe dice que K-220, “Sargento”, es un riesgo nivel 5. Quiero verlo trabajar.
Chuy se puso pálido. Se acercó con Sargento. —¿Trabajar cómo, Capitán? —preguntó Chuy. —Obediencia bajo presión. Quiero ver si es seguro tener a esta bestia en la base. Mendoza, haga una provocación.
Mendoza dudó. Miró a Roberto. Roberto negó imperceptiblemente con la cabeza. Es muy pronto. —Capitán, el perro apenas lleva tres meses en resocialización… —empezó a decir Mendoza. —Es una orden, Sargento. Póngase el traje de ataque. Quiero ver si el manejador tiene control o si el perro sigue siendo un asesino.
Mendoza suspiró y fue a la camioneta por una manga protectora de yute. Se la colocó en el brazo derecho. El ambiente se volvió eléctrico. Sargento, al ver la manga, cambió. Sus pupilas se dilataron. Su cuerpo vibró. La manga significaba combate.
—Chuy, tranquilo —susurró Roberto, acercándose a su amigo—. Tú tienes el control. No dejes que el perro tome la decisión.
Mendoza se paró a diez metros. Empezó a gritar y a agitar el brazo con la manga, simulando una amenaza. —¡Hey! ¡Alto! ¡Atrás!
Sargento estalló. Ladró con una furia que hizo eco en las paredes de lámina. Se paró en dos patas, tirando de la correa con tal fuerza que arrastró a Chuy un metro por la tierra. —¡Contrólalo! —gritó el Capitán Orozco.
Chuy estaba entrando en pánico. Los gritos de Mendoza le traían flashbacks. Veía fuego. Oía morteros. —¡Quieto! ¡Sargento, quieto! —gritaba Chuy, pero su voz era aguda, temerosa. El perro olía el miedo de Chuy y atacaba con más fuerza, tratando de eliminar la amenaza para salvar a su papá.
—¡Se te va a soltar! —advirtió Orozco—. ¡Esto es un fracaso! ¡Ese perro es peligroso!
La correa de cuero crujió. Chuy tropezó y cayó de rodillas. Sargento, sintiendo que su manejador había caído, entró en modo “Protección Extrema”. Ya no ladraba. Ahora iba a morder. Se preparó para el salto.
—¡ALTO!
No fue un grito. Fue un trueno. Roberto se interpuso en la línea de visión del perro. No miró a Sargento. Miró a Chuy. Se agachó frente a Chuy, dándole la espalda al perro furioso y al Capitán. —¡Mírame, Chuy! —dijo Roberto con urgencia—. ¡Estás en México! ¡Estás en el 2026! ¡Ese es Mendoza, no es el enemigo! ¡Respira!
Chuy lo miró, con los ojos desorbitados, sudando frío. —No puedo… no puedo… —Sí puedes. Siente la correa. Siente la tierra. Estás aquí. Dile al perro que estás bien. Él se está volviendo loco porque cree que te están matando. ¡Dile que estás vivo!
Chuy tragó saliva. Miró a su perro, que estaba a centímetros de la cara de Roberto, tirando espuma por la boca, tratando de llegar a Mendoza. Chuy jaló la correa con firmeza, no con desesperación. —¡Sargento! —su voz salió grave, autoritaria. La voz del médico que daba órdenes bajo fuego—. ¡Fuss! (Junto).
El comando cortó el aire. Sargento parpadeó. Miró a Chuy. Vio que el viejo ya no estaba en el suelo temblando, sino de pie, firme. El perro cerró la boca. Bajó las orejas. Se sentó al lado izquierdo de Chuy, aunque seguía vigilando a Mendoza.
El silencio regresó al patio. Solo se oía el jadeo del perro y del hombre.
Roberto se levantó lentamente y se giró hacia el Capitán Orozco. —Prueba concluida, mi Capitán. El perro está bajo control.
Orozco estaba pálido. Había visto la muerte de cerca. —Eso… eso estuvo muy cerca, Reyes. —Así es la rehabilitación, Capitán. Es fea. Es sucia. Pero funciona. El perro no mordió. El manejador recuperó el mando. En mi libro, eso es una victoria.
Orozco asintió, visiblemente incómodo, hizo una anotación en su tableta y se dirigió a la camioneta. —Tienen tres meses más. Pero quiero ver resultados más limpios. La próxima vez, si el perro duda, lo doy de baja.
Mendoza se quedó un momento más mientras se quitaba la manga de protección. Se acercó a Roberto. —Te la jugaste, Nómada. Si te hubiera mordido… —Si me hubiera mordido, tú tendrías una cicatriz menos de qué preocuparte —bromeó Roberto, aunque le temblaban las piernas—. Gracias por no presionar más, Mendoza. —Tienes un buen equipo, Reyes —admitió Mendoza, mirando a Chuy que abrazaba a su perro—. Están locos, pero tienen fibra.
La Noche de los Sueños Rotos
La noche en el barracón era otra historia. No había oficiales ni inspecciones. Solo había hombres y mujeres tratando de dormir con sus demonios. El interior del barracón era un espacio abierto, dividido por mamparas de lona. Cada veterano dormía en un catre de campaña, con su perro en una alfombra al lado.
A las 02:00 AM, el sonido habitual era una sinfonía de pesadillas. Jaime gemía en sueños, moviendo las piernas como si corriera. Fantasma, el perro miedoso, se subía al catre y ponía todo su peso sobre el pecho de Jaime, una técnica de “presión profunda” instintiva que calmaba la ansiedad. Jaime dejaba de gemir y abrazaba al perro dormido.
Lucía a veces gritaba “¡No!” y se despertaba sudando. Bella, la perra que odiaba a todos, le lamía las lágrimas de la cara con una delicadeza infinita, montando guardia al pie de la cama, mirando hacia la oscuridad con ojos brillantes, desafiando a cualquier sombra a acercarse a su dueña.
Roberto no dormía mucho. Se sentaba en la entrada del barracón, envuelto en una cobija, con una taza de café soluble en la mano. Ajax siempre a su lado.
Esa noche, Chuy salió también. Se sentó junto a Roberto en los escalones de concreto. —Estuvo cabrón lo de hoy —dijo Chuy, encendiendo un cigarro. —Lo hiciste bien. —Casi me cago, Roberto. Cuando vi la manga… regresé allá. Olía a sangre. —Lo sé. Yo también regreso a veces. —¿Crees que algún día se quite? —No —dijo Roberto, mirando las estrellas sobre la contaminación de la ciudad—. No se quita, Chuy. Es como esa cicatriz que tiene Sargento en el hocico. El pelo vuelve a crecer, pero la piel de abajo sigue dura. Pero aprendes a vivir con ella. Aprendes que la cicatriz no eres tú.
Hubo un silencio cómodo entre los dos. —¿Sabes qué es lo más chistoso? —dijo Chuy, soltando el humo. —¿Qué? —Que hoy, cuando recuperé el control… no lo hice por mí. Lo hice porque vi que Sargento estaba sufriendo. No quería que lo mataran por mi culpa. —Eso es todo el secreto del programa, Chuy —dijo Roberto, sonriendo—. Nosotros ya no nos importamos a nosotros mismos. Creemos que somos basura. Pero amamos a estos perros. Y para salvar al perro, tenemos que salvarnos a nosotros. Es un truco. —Es un buen truco —rio Chuy—. Maldito manipulador.
Desde adentro del barracón, se escuchó un ruido. Lucía se había levantado por agua. Al verlos en la entrada, dudó un segundo, y luego salió. Bella la seguía como una sombra. Lucía se sentó en el escalón de abajo, lejos de los hombres, pero lo suficientemente cerca para ser parte del grupo. —¿Café? —ofreció Roberto, señalando el termo. —Gracias —dijo ella.
Poco después, Jaime, el gigante silencioso, salió también. Fantasma venía pegado a su pierna. No dijo nada. Solo se sentó en el suelo de tierra, recargando la espalda contra la pared del barracón.
Ahí estaban los cuatro. Y los cuatro perros. Nadie hablaba. No hacía falta. Estaban rotos, sí. Tenían miedo, sí. El Capitán Orozco podía cerrarlos mañana. El mundo podía seguir ignorándolos. Pero en ese momento, bajo la luz amarillenta de la lámpara de seguridad, formaban algo indestructible.
Roberto miró a su equipo. Miró a Ajax, que dormitaba con la cabeza en su regazo. Recordó el puente. El frío. La soledad absoluta. Y sintió algo cálido en el pecho que no era el café. Era propósito.
—Mañana —dijo Roberto rompiendo el silencio— vamos a empezar con rastreo. Quiero que Fantasma aprenda a usar la nariz. Eso le dará confianza. —Sargento es bueno para eso —dijo Chuy—. Encuentra un pedazo de jamón a tres kilómetros. —Bella también —agregó Lucía, por primera vez participando voluntariamente en la charla—. Pero ella no busca jamón. Ella busca pelea. —Le enseñaremos a buscar personas perdidas —dijo Roberto—. Convertiremos su instinto de caza en instinto de rescate.
Jaime, desde la oscuridad, habló con su voz de bajo profundo: —Fantasma… Fantasma encontró mi zapato hoy. Me lo trajo. Todos voltearon a verlo. Era la frase más larga que había dicho en semanas. —Eso es un cobro, Jaime —dijo Roberto—. Es un regalo. Te está cuidando.
Jaime sonrió en la oscuridad. Sus dientes blancos brillaron. —Buen chico.
El amanecer empezaba a pintar el cielo de morado sobre los volcanes. Otro día de lucha comenzaba. Pero por primera vez en cuatro años, Roberto Reyes no quería que la noche durara para siempre. Quería ver qué traía el sol.
—Vamos, escuadrón —dijo Roberto, poniéndose de pie y tirando el resto del café—. A formarse. Los perros tienen que mear y nosotros tenemos que demostrarle al mundo que los fantasmas también muerden.
Ajax se levantó, se estiró y soltó un ladrido corto y alegre. El día 91 comenzaba.
Capítulo 8: El Último Pase de Lista y la Guardia Eterna
Un año. Trescientos sesenta y cinco días desde que Roberto Reyes saltó una valla con botas rotas. En la cronología del universo, es un suspiro. En la vida de un hombre roto, es la diferencia entre el suicidio y la resurrección.
El amanecer del día de la graduación llegó con una claridad insultante sobre la Ciudad de México. El cielo estaba de un azul cristalino, raro para la capital, y los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl se recortaban en el horizonte como dos guardianes gigantes cubiertos de nieve.
En el barracón del “Proyecto Nómada”, el silencio habitual de la madrugada había sido reemplazado por un caos controlado y eléctrico. Olía a betún, a loción barata pero digna, a café cargado y a nervios.
Roberto estaba frente al espejo del baño comunal. Llevaba puesto un traje civil: un saco azul marino sencillo, una camisa blanca y pantalones de vestir. La ropa era nueva, comprada con su primer cheque acumulado, pero se sentía como un disfraz. Se ajustó el cuello de la camisa, sintiendo que le ahorcaba.
—Te ves bien, Jefe —dijo una voz grave detrás de él.
Era Jaime “El Doc”. El gigante silencioso llevaba una guayabera blanca impecable. Ya no miraba al suelo. Miraba al espejo, a los ojos de Roberto. —Te ves como un civil —añadió Jaime, lo cual, en su idioma, era el mayor cumplido posible. Significa que te veías “normal”, integrado, lejos del monstruo de la calle.
—Me siento como un impostor, Jaime —confesó Roberto, apoyando las manos en el lavabo—. Hace un año estaba buscando comida en la basura de la central de abastos. Hoy voy a darle la mano al General de División. Siento que en cualquier momento alguien va a entrar y decir: “Se acabó la broma, vagabundo. Vuelve a tu puente”.
Ajax, que estaba echado en la puerta esperando, soltó un bufido. Se levantó, caminó hacia Roberto y le dio un empujón firme con el hocico en la pierna. Roberto miró hacia abajo. El perro llevaba un collar nuevo, de cuero trenzado con una placa plateada que brillaba. Ya no era el perro flaco y frenético de la arena. Era una montaña de músculo y serenidad. Su pelaje atigrado brillaba como el cobre pulido.
—Tienes razón, compañero —le dijo Roberto al perro—. Si tú te la crees, yo tengo que creérmela.
El Desfile de los Renacidos
Salieron al patio. Lo que Roberto vio le hizo detenerse en seco.
Ahí estaba su escuadrón. Don Chuy, el viejo médico, se había rasurado por completo. Llevaba un traje gris que le quedaba un poco grande, probablemente comprado en una tienda de segunda mano, pero sus zapatos brillaban tanto que podías ver tu reflejo en ellos. A su lado, “Sargento”, el Pastor Alemán agresivo, estaba sentado en posición de alerta, pero sin tensión. Parecía una estatua de obsidiana.
Lucía estaba irreconocible. Llevaba el cabello suelto, limpio y brillante, y un conjunto de pantalón negro y blusa formal. Pero lo más impactante no era su ropa, sino su postura. Ya no estaba encorvada a la defensiva. Estaba erguida, desafiante, orgullosa. “Bella”, la perra que odiaba a los hombres, estaba echada a sus pies, tranquila, observando el movimiento sin mostrar los dientes.
—Atención —dijo Roberto, con la voz quebrada por la emoción.
Todos se giraron. Cuatro veteranos. Cuatro perros. Ocho vidas que el mundo había dado por muertas.
—Hoy no es una exhibición —les dijo Roberto, caminando entre ellos—. Hoy es una demostración de fuerza. No de fuerza física, sino de espíritu. Van a haber quinientas personas allá afuera. Generales, prensa, políticos. Gente que piensa que ustedes son un gasto innecesario. Gente que cree que un perro roto y un soldado roto deben ir a la basura.
Roberto se detuvo frente a Chuy. —Chuy, ¿te acuerdas cuando me dijiste que solo querías una comida caliente? —Me acuerdo, Nómada —sonrió el viejo, con los ojos húmedos. —Pues hoy te vas a comer al mundo.
Se giró hacia todos. —Salgan ahí y demuestren que lo que está roto se arregla más fuerte en las grietas. ¡A sus puestos!
La Arena: El Retorno
El Campo Militar 1-A estaba irreconocible comparado con aquel día gris de la evaluación de Ajax. Habían instalado gradas adicionales. Había cámaras de televisión de las cadenas nacionales. Banderas monumentales ondeaban al viento.
Cuando el sonido local anunció: “Y ahora, el equipo de rehabilitación K9 del Proyecto Nómada”, la ovación fue educada, pero escéptica.
Roberto salió primero. Sin correa. Ajax caminaba a su lado, pegado a su rodilla izquierda, escaneando la multitud con una calma imperial. Detrás de él, entraron los demás.
La demostración comenzó. No fue un show de circo. No hubo saltos a través de aros de fuego. Fue algo mucho más difícil: Control.
—Ejercicio Uno: Negativa a la Agresión —anunció Roberto por el micrófono.
Un soldado con traje de protección salió al campo y empezó a gritar y amenazar a Lucía. En el pasado, “Bella” habría atacado para matar. Ahora, la perra se paró frente a Lucía, ladró una sola vez —fuerte, grave, autoritario— y se mantuvo en su posición. No atacó. Protegió. —¡Quieto! —ordenó Lucía. Bella se quedó inmóvil mientras el agresor pasaba a centímetros de ella. La multitud aplaudió, impresionada por la disciplina.
—Ejercicio Dos: Búsqueda y Rescate en Zona de Pánico —gritó Roberto.
Llenaron el campo de humo artificial y ruidos de explosiones grabadas. Era el escenario de pesadilla para Jaime y “Fantasma”. Pero Jaime se arrodilló, le susurró algo al perro blanco, y lo soltó. —¡Busca! Fantasma, el perro que se orinaba de miedo con un grito, entró en la nube de humo sin dudarlo. Segundos después, salió arrastrando un muñeco de prueba de 40 kilos. Lo llevó hasta los pies de Jaime y le lamió la mano. Jaime levantó el puño al aire. La gente se puso de pie.
Y finalmente, el turno de Roberto y Ajax.
—Ejercicio Tres: Confianza Ciega.
Roberto le puso una venda en los ojos a Ajax. Sí, una venda negra cubriendo los ojos del perro. Luego, Roberto caminó al otro extremo del campo, a 50 metros de distancia. El campo estaba lleno de obstáculos: vallas, muros, agujeros. —Derecha —dijo Roberto por el micrófono, en voz baja. Ajax giró a la derecha, ciego. —Adelante. Salto. Ajax saltó el muro sin ver, confiando puramente en la voz de su humano y en su propia memoria espacial. —Izquierda. Alto. Abajo. El perro se tiró al suelo instantáneamente.
Roberto se quitó el micrófono. Caminó hacia el perro. Le quitó la venda. Ajax lo miró, moviendo la cola, esperando la confirmación. Roberto se arrodilló y pegó su frente a la del perro. —Buen chico. Misión cumplida.
El estadio estalló. No fue como la primera vez, con conmoción y lástima. Fue un rugido de respeto. Los Generales en el palco asentían. Los periodistas escribían furiosamente.
El Discurso de la Coronel
La Coronel Elena Villalobos subió al podio. Llevaba su uniforme de gala, lleno de condecoraciones, pero se veía más humana que nunca. Esperó a que el aplauso cesara.
—Hace un año —comenzó, su voz resonando en los altavoces—, yo firmé una orden para sacrificar al perro que acaban de ver. Firmé una orden que decía que era “material desechable”. Y estuve a punto de cometer el error más grande de mi carrera.
Miró hacia donde estaba Roberto, de pie con su escuadrón. —Vivimos en una cultura de lo nuevo. Si algo se rompe, lo tiramos. Si un soldado regresa con la mente herida, lo escondemos. Si un perro deja de ser perfecto, lo dormimos. Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras calara.
—Pero el Señor Roberto Reyes nos enseñó una lección que no viene en los manuales de West Point. Nos enseñó que la herida no es el fin del guerrero. La herida es parte de su armadura. Este programa no se trata de entrenar perros. Se trata de recordar nuestra humanidad. Cada hombre y mujer que ven ahí abajo, cada perro a su lado, ha caminado por el infierno. Y han regresado. No porque sean invencibles, sino porque se tienen el uno al otro.
Villalobos sonrió, una sonrisa rara y brillante. —El Proyecto Nómada queda, a partir de hoy, instaurado permanentemente como el Centro Nacional de Rehabilitación Canina y Humana del Ejército Mexicano.
Los sombreros volaron al aire. Chuy abrazó a Sargento. Lucía se permitió llorar, escondiendo la cara en el cuello de Bella.
El Fantasma del Pasado: El Relevo
La ceremonia terminó. La gente bajó al campo para tomarse fotos, para tocar a los perros (con permiso), para felicitar a los veteranos. Roberto se sentía abrumado. Quería huir. Quería irse a una esquina tranquila con Ajax.
Se apartó de la multitud, buscando la sombra de la grada norte. Ajax lo seguía, pegado a su pierna, sintiendo la ansiedad de su dueño. —Ya casi nos vamos, amigo —le susurró Roberto.
—¿Señor Reyes?
La voz era joven, femenina y temblorosa. Roberto se giró. Frente a él había una soldado. Una niña, realmente. No podía tener más de 20 años. Llevaba el uniforme de faena pixelado del desierto, y le quedaba un poco grande. Tenía los ojos rojos e hinchados.
En su mano izquierda sostenía una correa tensa. Al final de la correa había un Malinois joven, casi negro, flaco hasta los huesos, con parches de pelo faltante por estrés. El perro miraba a la nada, temblando, con la cola metida entre las patas.
Roberto sintió un golpe en el pecho. Era como verse en un espejo de tiempo.
—Soy la Soldado de Primera Fernanda Arriaga —dijo ella, tratando de mantener la compostura militar, pero fallando—. Vengo de Sinaloa. Manejé dieciséis horas para llegar aquí.
Roberto miró al perro, luego a ella. —Descanso, soldado. ¿Qué pasa?
Fernanda rompió a llorar. Fue un llanto silencioso, doloroso. —Este es “Rayo” —dijo, señalando al perro—. Era… era el binomio de mi hermano mayor. El Sargento Esteban Arriaga. Roberto asintió, entendiendo a dónde iba esto. —¿Tu hermano? —Cayó en cumplimiento del deber hace cuatro meses. Una emboscada en Culiacán. Rayo estaba con él. El perro no soltó el cuerpo de mi hermano hasta que llegaron los refuerzos. Tuvo que ser sedado para que lo separaran.
La chica se limpió la nariz con el dorso de la mano. —Desde entonces… Rayo no come. No duerme. Aúlla toda la noche. El veterinario de la base dice que tiene daño neurológico irreversible por el trauma. Me dieron la orden de dormirlo mañana.
Ella miró a Roberto con una desesperación que quemaba. —Vi su video, Señor Reyes. Vi lo que hizo con Ajax. Por favor… mi hermano amaba a este perro. Si Rayo muere, siento que Esteban muere otra vez. No puedo… no puedo dejar que lo maten.
Roberto miró al perro joven. Rayo no miraba a nadie. Estaba en su propio mundo, atrapado en el momento de la muerte de su amo. Roberto se arrodilló lentamente. —Ajax, platz (échate) —ordenó suavemente. Ajax se echó, irradiando calma.
Roberto extendió la mano hacia Rayo, palma hacia abajo, sin mirarlo a los ojos. —¿Sabes qué le pasa? —le preguntó a Fernanda sin levantar la vista. —Que extraña a mi hermano. —No solo eso. Él cree que falló. Cree que su trabajo era traer a tu hermano a casa, y no lo hizo. Está cargando con la culpa del sobreviviente.
Roberto miró a la chica. —Yo sé lo que pesa eso, Fernanda. Pesa toneladas.
Rayo estiró el cuello, olfateando la mano de Roberto. Olía a Ajax. Olía a calma. Olía a alguien que había estado en el mismo infierno. Roberto movió la mano milimétricamente y tocó la barbilla del perro. Rayo no se alejó. Soltó un suspiro profundo, un gemido que sonaba como “ayuda”.
Roberto se puso de pie. —No vamos a dormir a Rayo. Los ojos de Fernanda se abrieron como platos. —¿De verdad? ¿Usted puede…? —Yo no. Tú.
Roberto señaló el barracón al otro lado del campo. —Tengo una cama extra en el barracón. Tú te quedas aquí. Vamos a pedir tu transferencia a mi unidad hoy mismo. La Coronel me debe favores. —Pero yo no sé nada de rehabilitación… —Tú tienes el mismo dolor que el perro. Tú perdiste a tu hermano; él perdió a su pareja. Van a sanar juntos. Tú le vas a explicar que tu hermano ya no está, pero que la misión sigue. Le vas a dar un nuevo propósito.
Fernanda miró al perro, y luego abrazó a Roberto. Fue un abrazo torpe, desesperado, lleno de gratitud. —Gracias… gracias…
Roberto le dio unas palmaditas en la espalda, sintiéndose incómodo pero extrañamente completo. —Bienvenida al escuadrón, Arriaga. Ahora ve con Chuy, dile que te dé algo de comer y que le prepare una cama buena al perro.
Mientras veía a la chica alejarse con Rayo —el perro caminando un poco menos tenso—, Roberto sintió que algo se soltaba dentro de su propio pecho.
El Atardecer y el Collar
El sol comenzaba a caer, pintando el cielo de naranja y violeta. La multitud se había ido. El campo estaba vacío, salvo por los papeles de confeti que el viento arrastraba.
Roberto se sentó en la última grada, en el punto más alto del estadio. Ajax se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
Roberto metió la mano en el bolsillo interior de su saco nuevo. Sus dedos tocaron el objeto que había llevado consigo durante cuatro años, a través del hambre, la lluvia, la locura y la soledad. El collar de Titán. El nylon negro estaba deshilachado. El nombre bordado en hilo blanco estaba casi gris.
Durante cuatro años, ese collar había sido su cruz. Lo tocaba para recordarse su fracaso. Lo tocaba para castigarse. Tú vives, él murió. Tú vives, él murió.
Miró el collar a la luz del atardecer. Luego miró a Ajax. El perro estaba vivo, sano, feliz. Luego miró hacia el barracón, donde Chuy, Jaime, Lucía y ahora Fernanda estaban cenando, riendo, viviendo.
—Titán… —susurró Roberto al viento. Cerró los ojos y, por primera vez, pudo recordar a su primer perro sin ver la explosión. Recordó a Titán persiguiendo una pelota. Recordó a Titán durmiendo en sus pies. Recordó la vida, no la muerte.
—Hice lo que pude, compañero —dijo Roberto—. Y creo… creo que ya terminé mi guardia contigo.
No tiró el collar. Eso sería irrespetuoso. Lo dobló con cuidado, con reverencia, y lo metió en el bolsillo de su camisa, justo sobre su corazón. Ya no como un peso que lo hundía, sino como una medalla que nadie más podía ver.
Ajax le lamió la mejilla, sacándolo de sus pensamientos. Roberto rodeó el cuello de Ajax con su brazo.
—¿Sabes qué, Ajax? El perro levantó las orejas. —Creo que Chuy está haciendo tacos de chicharrón. Y tengo un hambre que me muero.
Roberto Reyes, el Nómada, el vagabundo, el salvador y el salvado, se puso de pie. Miró una última vez al campo vacío, sonrió a los fantasmas que ya no lo perseguían, y bajó las escaleras.
—Fuss, Ajax. Vámonos a casa.
El perro ladró, un sonido lleno de vida, y corrió junto a él hacia la luz cálida del barracón, donde su manada los estaba esperando.
FIN.