PARTE 1: EL ENCUENTRO Y LA VERDAD
Capítulo 1: El Tiburón de Santa Fe
Alejandro Vargas no caminaba; avanzaba. Cada paso que daba en los pasillos de mármol del Hospital Ángeles del Pedregal resonaba con la autoridad de quien es dueño de medio horizonte de la Ciudad de México. A sus 38 años, Alejandro había convertido la constructora de su padre en un imperio multinacional. Su vida era una hoja de cálculo perfecta: cero deudas emocionales, ganancias netas y relaciones a corto plazo.
—Señor Vargas, la junta directiva lo espera en la sala de conferencias B —dijo su asistente, trotando para seguirle el paso mientras leía una tablet.
—Diles que llego en cinco. Quiero ver el ala este primero. Si voy a soltar cien millones de pesos, quiero asegurarme de que no los van a gastar en cafeteras de lujo —respondió Alejandro sin detenerse, ajustándose el nudo de su corbata de seda.
Era un martes cualquiera. Tráfico en el Periférico, contaminación moderada y negocios millonarios. Alejandro presionó el botón del elevador. Su mente ya estaba en la siguiente reunión, en el contrato de acero, en la cena de caridad a la que no quería ir.
Las puertas del elevador se abrieron en el cuarto piso: Terapia Intensiva.
Alejandro salió disparado, con el teléfono pegado a la oreja.
—No, véndelo. No me importa si el mercado está a la baja, véndelo ya.
Y entonces, las vio.
Justo al lado de la puerta 402, una escena que rompía violentamente con la estética estéril y silenciosa del hospital de lujo. Tres niñas. Tres manchas de color rosa pastel en un mundo de blancos y grises.
Estaban de pie, una junto a la otra, como soldaditos en una guerra que no entendían. No podían tener más de cinco años. Eran idénticas: cabello castaño claro, casi rubio, despeinado; vestiditos rosas de una tela sencilla, de esos que compras en el mercado y no en boutiques; y zapatos tenis desgastados.
Alejandro bajó el teléfono lentamente. Algo en su pecho, ese lugar donde solía tener corazón antes de cambiarlo por una cartera de acciones, dio un vuelco.
Las niñas lloraban en silencio. Era un llanto que dolía más que los gritos. Una de ellas abrazaba un conejo de peluche al que le faltaba una oreja. Otra se mordía el labio con tanta fuerza que lo tenía blanco. La tercera miraba al suelo, perdida.
Alejandro debería haber seguido caminando. No era su problema. Había seguridad para esto. Había enfermeras. Pero sus pies se clavaron en el piso.
La niña del conejo levantó la vista.
Alejandro sintió un golpe físico, como si le hubieran sacado el aire de los pulmones. Esos ojos. Eran grandes, color miel, con una mezcla de furia y miedo. Eran sus ojos. No parecidos. Suyos.
Se acercó lentamente, rompiendo la barrera invisible de su propia indiferencia.
—Oigan… —su voz salió ronca. Carraspeó—. ¿Están bien? ¿Dónde están sus papás?
La más alta de las tres, que no le llegaba ni a la rodilla, negó con la cabeza.
—Mi mamá está allá adentro —señaló la puerta de la UCI con un dedo tembloroso—. El doctor dijo que no podemos pasar porque somos chiquitas.
—¿Y su papá? —preguntó Alejandro, sintiendo un sudor frío en la nuca.
Las tres niñas negaron al mismo tiempo, un movimiento coreografiado por la costumbre.
—No tenemos papá —dijo la del medio, secándose los mocos con el dorso de la mano—. Solo somos nosotras y mamá.
Alejandro se agachó. Su traje de cincuenta mil pesos tocó el suelo del hospital, pero no le importó. Quedó a la altura de sus miradas.
—¿Cómo se llama su mamá?
La niña más pequeña, la que había estado mirando al suelo, susurró:
—Elena. Elena Ruiz.
El mundo se detuvo. El ruido de los monitores, el carrito de las enfermeras, el tráfico lejano de la ciudad… todo desapareció.
Elena.
La memoria lo golpeó con la fuerza de un huracán. Elena, la chica que conoció en un pueblo mágico de Michoacán hace seis años, cuando su coche se averió y tuvo que quedarse una semana. Elena, la que le enseñó a comer elotes en la plaza, la que se reía de su obsesión por el dinero, la que lo amó sin saber quién era él realmente.
Y la que un día, simplemente desapareció, dejándole una nota en el hotel: “Tu mundo y el mío no caben en la misma cama, Alejandro. Sé feliz.”
Alejandro miró a las niñas. Cinco años. Las cuentas daban. El parecido era innegable. La barbilla, la forma de las orejas… eran calcomanías de él, pero con la dulzura de Elena.
—Tú te pareces al señor de la foto —dijo la niña del conejo, ladeando la cabeza.
—¿Qué foto? —logró articular Alejandro.
—La que mamá guarda en su cartera. La que no nos deja tocar.
Alejandro sintió que se rompía. No por fuera, donde seguía siendo el CEO impecable, sino por dentro, en los cimientos mismos de su existencia.
Capítulo 2: La Decisión
Alejandro se puso de pie, tambaleándose ligeramente. Miró alrededor. Nadie prestaba atención a las niñas. La indiferencia del mundo, esa misma indiferencia que él había practicado con maestría, ahora le parecía un crimen.
Caminó hacia la estación de enfermeras con pasos pesados. La recepcionista ni siquiera levantó la vista.
—Disculpe —dijo Alejandro, usando su tono de “dueño del edificio”.
La mujer saltó en su silla.
—Sí, dígame.
—Las tres niñas afuera de la 402. ¿Cuánto tiempo llevan ahí?
La enfermera hizo una mueca de lástima fingida.
—Ay, las pobrecitas. Llevan desde la madrugada. La señora Ruiz ingresó de urgencia, un colapso cardiaco severo. No hay familiares registrados. Ya llamamos al DIF, la trabajadora social viene en camino para llevárselas a un albergue temporal.
—¿Un albergue? —Alejandro sintió una furia volcánica subir por su garganta—. No van a ir a ningún albergue.
—Señor, es el protocolo. Si la madre fallece o no puede cuidarlas…
—No me importa el protocolo.
Alejandro sacó su cartera y extrajo una tarjeta negra de titanio. La golpeó contra el mostrador.
—Quiero que trasladen a la señora Ruiz a la suite privada de terapia intensiva. Quiero a los mejores especialistas de la ciudad aquí en menos de una hora. Y quiero que consigan comida, jugo y cobijas para esas niñas ahora mismo.
La enfermera miró la tarjeta, luego a Alejandro, y palideció.
—Señor… ¿quién es usted?
—Soy el padre —dijo Alejandro. La palabra salió de su boca antes de que su cerebro pudiera procesarla. Pero al decirla, supo que era la única verdad absoluta en su vida.
Regresó con las niñas. Se sentó en el suelo junto a ellas, ignorando las miradas de los doctores que pasaban.
—¿Tienen hambre? —les preguntó.
Mía, Camila y Sofía —así se llamaban, descubrió poco después— asintieron.
—¿Eres amigo de mamá? —preguntó Camila, la más audaz.
Alejandro tragó saliva.
—Sí. Fui… fui su mejor amigo hace mucho tiempo.
—¿Y por qué no viniste antes? —preguntó Sofía con una inocencia que cortaba como cuchillo.
Alejandro no tuvo respuesta. Solo pudo mirarlas y prometerse, en silencio, que pasaría el resto de su vida compensando esa ausencia.
Su teléfono sonó. Era la junta directiva.
—Señor Vargas, todos lo están esperando. ¿Dónde está?
Alejandro miró la pantalla, luego miró a Mía, que se había quedado dormida recargada en su brazo, confiando ciegamente en este extraño que olía a colonia cara.
—Diles que empiecen sin mí —dijo Alejandro—. Y diles que busquen otro CEO si quieren. Tengo algo más importante que hacer.
Colgó. Y por primera vez en diez años, apagó el teléfono.
PARTE 2: EL RENACER DE UN PADRE
CAPÍTULO 3: VÍNCULOS DE SANGRE Y NOCHES DE PLÁSTICO
Las luces fluorescentes de un hospital nunca se apagan. Solo zumban. Un zumbido constante, eléctrico y frío que se te mete debajo de la piel si pasas el tiempo suficiente bajo su resplandor. Para Alejandro Vargas, acostumbrado al silencio acústico de su oficina en el piso cuarenta y a la oscuridad perfecta de su habitación con cortinas blackout, ese zumbido era una tortura china.
Llevaba dieciséis horas en el Hospital Ángeles. Su traje de diseñador italiano, un Brioni azul marino que costaba más que el coche promedio en el estacionamiento, estaba arrugado como papel viejo. Se había quitado la corbata hacía horas, y el primer botón de su camisa blanca estaba desabrochado, revelando un cuello tenso y sudoroso.
Miró a su alrededor. La sala de espera de Terapia Intensiva era un limbo de sillas de vinilo color beige y mesas llenas de revistas de hace dos años. Pero en ese rincón del mundo, había tres pequeños bultos que desafiaban toda la lógica de su vida anterior.
Mía, Camila y Sofía dormían. O al menos, lo intentaban.
Alejandro había juntado cuatro sillas para crear una cama improvisada. Las tres niñas estaban acurrucadas allí, cubiertas con su saco de lana virgen y una manta delgada que una enfermera compasiva les había traído. Parecían cachorros abandonados buscando calor.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared fría, y miró su teléfono. Tenía 47 llamadas perdidas. 12 de su asistente personal, Magda. 8 del vicepresidente de operaciones. 5 de su abogado. Y una docena de números no guardados que seguramente eran periodistas o miembros de la junta directiva preguntándose si su CEO había sido secuestrado o si simplemente había perdido la cabeza.
—Señor Vargas —leyó en un mensaje de texto de Magda—. El contrato de la expansión se vence mañana a las 9 AM. Si no firma, perdemos la licitación. ¿Dónde está?
Alejandro deslizó el dedo y apagó el teléfono. La pantalla se fue a negro, y sintió una extraña satisfacción, como si acabara de cortar un ancla que lo arrastraba al fondo.
Un movimiento en las sillas lo hizo levantar la vista. Sofía, la más pequeña de las trillizas, la que tenía la mirada más profunda y silenciosa, se había despertado. Se sentó lentamente, frotándose los ojos con los puños cerrados. Su cabello rubio estaba revuelto, pegado a su frente por el sudor del sueño.
Miró a Alejandro con esos ojos grandes y oscuros. No había miedo, solo una curiosidad abrumadora y una tristeza antigua.
—¿Te fuiste? —preguntó ella con una voz rasposa por el sueño.
Alejandro se tensó. No sabía cómo hablar con niños. Sus interacciones con menores de edad se limitaban a sonreír para fotos de caridad una vez al año.
—No —dijo él, tratando de suavizar su voz de mando—. No me fui. Estoy aquí.
—Mamá dice que los hombres siempre se van —dijo Sofía, con la naturalidad brutal de los niños—. Dice que tienen relojes en los zapatos y siempre tienen prisa.
Alejandro sintió un pinchazo en el estómago.
—Bueno, yo no tengo prisa hoy —mintió. O tal vez no era mentira—. ¿Tienes sed?
Sofía asintió. Alejandro se levantó, sintiendo crujir sus rodillas. Caminó hacia la máquina expendedora al final del pasillo. Insertó un billete de quinientos pesos. La máquina lo escupió. Probó con otro. Lo mismo. No tenía cambio. Buscó en sus bolsillos y solo encontró su tarjeta Centurion de American Express.
—Maldita sea —murmuró entre dientes.
—Tienes que arrugarlo un poquito en la esquina —dijo una vocecita detrás de él.
Alejandro se giró. Camila, la segunda trilliza, estaba allí de pie, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia.
—¿Qué?
—El billete. La máquina es vieja. Tienes que arrugarlo —repitió ella, como si explicara física cuántica a un tonto.
Alejandro obedeció. Arrugó la esquina del billete de Benito Juárez y lo insertó. La máquina se lo tragó y zumbó alegremente.
—¿Jugo de manzana o de naranja? —preguntó él, sintiéndose ridículamente agradecido por el consejo.
—Manzana. El de naranja tiene “pulpitas” y a Mía le dan asco —respondió Camila.
Compró tres jugos y un paquete de galletas de chocolate. Cuando regresaron a las sillas, Mía, la mayor (o la que actuaba como tal), ya estaba despierta, vigilando el pasillo como un pequeño guardia de seguridad.
Se sentaron en el suelo, los cuatro, formando un círculo extraño. Alejandro observó cómo bebían el jugo con sed desesperada.
—¿Ustedes saben quién soy? —preguntó Alejandro de repente. La pregunta flotó en el aire estéril.
Mía bajó su caja de jugo. Lo miró a los ojos, escrutándolo.
—Te pareces a nosotras —dijo ella, directa—. Tienes la nariz de Sofía. Y las cejas de Camila cuando se enoja.
—Y tú tienes mis ojos —dijo Alejandro suavemente—. Los tres pares.
—¿Eres el novio de mamá? —preguntó Camila.
—Fui… fui su amigo. Hace mucho tiempo.
—¿Antes de que naciéramos?
—Sí. Justo antes.
Mía dejó las galletas a un lado y se inclinó hacia adelante, susurrando como si fuera un secreto de estado.
—¿Sabes por qué mamá se enfermó?
Alejandro negó con la cabeza. La verdad era que los médicos solo habían dicho “insuficiencia cardiaca aguda provocada por estrés crónico y agotamiento”.
—Porque trabaja mucho —dijo Mía, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Trabaja en la mañana limpiando casas y en la noche cosiendo ropa. A veces se le olvida comer para darnos la carne a nosotras. Yo le digo que coma, pero ella dice que ya está llena.
El corazón de Alejandro, ese músculo que él creía blindado, se rompió en mil pedazos. Mientras él cenaba en restaurantes con estrellas Michelin y tiraba botellas de vino de diez mil pesos a medio terminar, Elena, su Elena, pasaba hambre para alimentar a sus hijas. A sus hijas.
La culpa fue tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos un momento para no marearse.
—Eso se acabó —dijo Alejandro, abriendo los ojos con una intensidad que asustó un poco a las niñas—. Escúchenme bien. Eso se acabó hoy. Nunca más van a tener hambre. Nunca más su mamá va a tener que trabajar así. ¿Me entienden?
Las niñas lo miraron, confundidas por la vehemencia de su promesa, pero asintieron lentamente.
A las ocho de la mañana, la realidad llegó taconeando por el pasillo.
Marissa, la trabajadora social asignada al caso, era una mujer de unos cincuenta años, con el cabello gris recogido en un chongo severo y una carpeta llena de documentos que probablemente sellaban destinos. No parecía impresionada por el traje de Alejandro ni por su apellido.
—Señor Vargas —dijo ella, deteniéndose frente a él. Las niñas, instintivamente, se colocaron detrás de las piernas de Alejandro, usándolo como escudo. Ese gesto, esa confianza automática, le dio a Alejandro una fuerza que no sabía que tenía.
—Licenciada —respondió él, poniéndose de pie y recuperando su postura de CEO.
—He revisado el expediente de la paciente Elena Ruiz. No hay padre registrado en las actas de nacimiento de las menores. Legalmente, estas niñas están desamparadas. Tengo la orden para trasladarlas al Centro de Asistencia Social Infantil de la alcaldía hasta que la madre despierte o se determine un tutor.
—Eso no va a suceder —cortó Alejandro, su voz fría y cortante—. Ellas no van a ningún centro. Se quedan conmigo.
Marissa arqueó una ceja, sin inmutarse.
—Señor Vargas, usted puede ser el dueño de la constructora que hizo este hospital, pero ante la ley de familia, usted es un extraño. No puedo entregarle a tres menores de edad a un hombre que apareció ayer en la noche, sin importar cuánto dinero tenga en su cuenta bancaria. El dinero no compra la paternidad, ni la seguridad de estas niñas.
Alejandro dio un paso adelante.
—No estoy tratando de comprarlas. Son mis hijas.
—Eso dice usted. Pero el papel dice “padre desconocido”.
—Entonces cambie el papel. Quiero una prueba de ADN. Ahora mismo.
Marissa suspiró, suavizando un poco su postura. Miró a las niñas, que se asomaban tímidamente detrás del pantalón de Alejandro. Vio cómo Sofía aferraba la tela de su saco con sus manitas sucias. Marissa había visto muchos casos, y sabía reconocer cuando un niño se sentía seguro.
—Una prueba de ADN urgente tarda al menos 6 horas y requiere autorización judicial o consentimiento de la madre. La madre está inconsciente.
—Consiga la orden judicial —dijo Alejandro—. Tengo a mi equipo legal redactando la solicitud en este momento. El juez Méndez es amigo mío, estará firmando la orden en diez minutos. Usted solo traiga al técnico del laboratorio. Yo pago todo.
Marissa lo estudió por un largo minuto. Vio las ojeras, la ropa arrugada, y la desesperación genuina en sus ojos.
—Está bien —dijo finalmente—. Haré las llamadas. Pero le advierto, señor Vargas: si la prueba sale negativa, o si sale positiva pero usted no pasa la evaluación psicológica y de entorno, me las llevaré. Mi trabajo es protegerlas a ellas, no complacerlo a usted.
—No esperaría menos —respondió Alejandro.
Las horas siguientes fueron una eternidad agonizante.
Un técnico con bata blanca llegó y tomó muestras de saliva de Alejandro y de las tres niñas.
—Es como una paleta, pero fea —dijo Camila cuando le metieron el hisopo en la boca.
—Sabe a algodón —se quejó Sofía.
Para matar el tiempo y la ansiedad, Alejandro decidió que no podían seguir comiendo galletas.
—Vamos a la cafetería —anunció.
Caminar por el hospital con tres niñas idénticas fue un espectáculo. La gente se giraba a mirar. Enfermeras cuchicheaban. Alejandro caminaba con la cabeza en alto, sosteniendo la mano de Sofía a su derecha y la de Mía a su izquierda, mientras Camila iba delante saltando las líneas de las baldosas.
En la cafetería, el choque cultural fue inmediato.
—Quiero hot cakes con chispas de colores —pidió Camila.
—No hay chispas de colores —dijo la señora de la barra, una mujer con cara de pocos amigos—. Hay avena o huevos revueltos.
Camila hizo un puchero que podría haber derribado imperios. Alejandro intervino.
—Deme los huevos, pero póngalos en forma de carita feliz. Use la salsa cátsup para la boca.
La mujer lo miró feo.
—Señor, esto no es un restaurante de lujo.
Alejandro sacó un billete de quinientos pesos y lo puso en el frasco de las propinas.
—Por favor —dijo, con su mejor sonrisa encantadora, esa que usaba para cerrar tratos de millones de dólares.
La mujer suspiró, pero cinco minutos después, había tres platos con huevos revueltos y sonrisas de cátsup bastante decentes.
Sentados a la mesa, Alejandro las observó comer. Notó detalles que antes se le escapaban. Mía cortaba su comida en pedazos pequeños antes de empezar. Camila mezclaba todo hasta que parecía una papilla. Sofía comía despacio, mirando a todos lados, como si esperara que alguien viniera a quitarle el plato.
—¿Tu casa es grande? —preguntó Mía de repente, con el tenedor en el aire.
—Sí, es grande —admitió Alejandro.
—¿Tiene patio?
—No, es un departamento. Está muy alto. En el piso veinte.
—¡¿En el cielo?! —los ojos de Camila se abrieron como platos—. ¿Vives con las nubes?
Alejandro sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos.
—A veces, cuando llueve, las nubes pasan por mi ventana.
—¿Y tienes juguetes? —preguntó Sofía.
Alejandro se quedó helado.
—No… no tengo juguetes. Vivo solo.
—Qué aburrido —sentenció Camila—. Deberías tener por lo menos una pelota. O un perro.
—Tengo un pez robot —ofreció Alejandro, recordando el regalo absurdo que le dio un socio japonés.
Las tres lo miraron con escepticismo.
—Los peces robots no dan besos —dijo Sofía, volviendo a sus huevos.
En ese momento, Alejandro se dio cuenta de lo vacía que había sido su vida. Tenía “cosas”. Tenía arte, tecnología, muebles de diseñador. Pero no tenía nada que pudiera darle un beso. No tenía nada vivo, excepto las plantas que su empleada doméstica regaba.
A las cuatro de la tarde, Marissa regresó a la sala de espera.
Alejandro estaba contando un cuento inventado sobre un conejo astronauta (inspirado en el peluche de Mía) para mantenerlas entretenidas. Se detuvo en seco cuando vio el sobre manila en las manos de la trabajadora social.
El aire en la sala se volvió pesado. Alejandro se puso de pie. Las niñas, sintiendo la tensión, se quedaron quietas en sus sillas.
—Señor Vargas —dijo Marissa. Su rostro era inescrutable.
—Dígamelo —exigió él.
Marissa abrió el sobre. Sacó una hoja con membrete del laboratorio genético. Sus ojos recorrieron las líneas rápidamente, aunque seguramente ya sabía el resultado.
Levantó la vista y, por primera vez, sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
—La probabilidad de paternidad es del 99.9998%. Felicidades, papá.
Alejandro sintió que las piernas le fallaban. Tuvo que apoyarse en la pared. Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
No fue alegría lo primero que sintió. Fue peso. Un peso inmenso, aterrador y glorioso. El peso de tres vidas que ahora dependían enteramente de él. Ya no era una teoría. Ya no era un “quizás”. Eran su sangre.
Se giró hacia las niñas. Ellas lo miraban, esperando.
Se arrodilló frente a ellas, ignorando el dolor en sus rodillas por el suelo duro.
—¿Qué pasó? —preguntó Mía, asustada por su expresión.
Alejandro extendió los brazos y las rodeó a las tres. Fue un abrazo torpe, grande, abarcador. Apretó los ojos para contener las lágrimas, pero un sollozo se le escapó de la garganta, un sonido roto que resonó en el pasillo silencioso.
—Nada malo —susurró, con la voz quebrada—. Todo está bien. Soy yo. Soy su papá. De verdad soy su papá.
Mía se tensó un momento, procesando la información. Luego, poco a poco, sus bracitos rodearon el cuello de Alejandro. Camila se unió, enterrando la cara en su hombro. Y Sofía, la pequeña Sofía, simplemente apoyó la frente contra el pecho de él, justo donde el corazón latía desbocado.
—¿Entonces ya no te vas a ir? —preguntó Sofía contra su camisa.
Alejandro se separó lo suficiente para mirarlas a los ojos, una por una, grabando ese momento en su memoria para siempre.
—Nunca —juró, con la solemnidad de un voto sagrado—. Aunque el edificio se caiga, aunque el mundo se acabe. Nunca me voy a ir.
Marissa carraspeó detrás de ellos, visiblemente conmovida pero tratando de mantener el profesionalismo.
—Bien, señor Vargas. La biología está probada. Ahora viene la burocracia. Tengo que otorgarle una custodia temporal de emergencia mientras la madre está incapacitada. Necesito inspeccionar su domicilio hoy mismo para asegurar que es apto para menores.
Alejandro se puso de pie, cargando a Sofía en brazos, quien se negó a soltarlo.
—Mi casa no es apta —dijo él, recordando las esculturas de vidrio afilado, los enchufes sin protección y la falta de comida real—. Pero lo será. Deme dos horas.
—Tiene una hora —dijo Marissa—. Y señor Vargas… van a necesitar ropa, cepillos de dientes y un lugar donde dormir que no sea un sofá de diseñador.
Alejandro asintió, sacando su teléfono. Lo encendió.
Cientos de notificaciones entraron de golpe. Ignoró los correos de la junta. Ignoró los mensajes de la bolsa de valores.
Marcó el número de Magda, su asistente.
—¿Señor Vargas? ¡Gracias a Dios! —gritó Magda al otro lado—. La junta está furiosa, dicen que si no aparece en…
—Magda, cállate y escucha —la interrumpió Alejandro con una voz que ella nunca había oído: tranquila, feroz y decidida—. Olvida la junta. Olvida el contrato. Necesito que vayas a mi departamento ahora mismo.
—¿Qué? Pero…
—Necesito que contrates a un equipo para instalar medidas de seguridad infantil en todas las ventanas y enchufes. Necesito que vacíes el refrigerador de esa comida orgánica inútil y compres leche, cereal, frutas, pasta… cosas que coman los niños. Y Magda…
—¿Sí, señor? —la voz de su asistente temblaba.
—Necesito tres camas. Sábanas rosas, moradas, lo que sea. Juguetes. Ropa talla 5. Todo. Tienes 60 minutos. Usa la tarjeta de la empresa. Gasta lo que sea necesario.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Señor… ¿se encuentra bien?
Alejandro miró a Mía y a Camila, que jugaban a hacerle trenzas en los cordones de sus zapatos. Miró a Sofía, que se había quedado dormida en su hombro, babeando su saco de tres mil dólares.
—No, Magda —respondió Alejandro, sonriendo mientras una lágrima finalmente caía por su mejilla—. No estoy bien. Estoy mejor que nunca.
Colgó.
El capítulo de su vida como el “Tiburón de los Negocios” se había cerrado. El capítulo de “Papá” acababa de empezar, y Alejandro no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero sabía que era lo único que importaba.
CAPÍTULO 4: EL CAOS EN EL PENTHOUSE
El trayecto desde el hospital hasta Lomas de Chapultepec fue el viaje más silencioso y, a la vez, más ruidoso de la vida de Alejandro. Su camioneta, una SUV blindada con asientos de cuero que olían a “nuevo” y a “exclusividad”, parecía una nave espacial para las niñas.
Mía, Camila y Sofía iban en el asiento trasero, aseguradas con cinturones que les quedaban un poco grandes. Sus caritas estaban pegadas a las ventanas polarizadas, dejando marcas de vapor y huellas de dedos en el cristal inmaculado.
—¿Eres un espía? —preguntó Camila de repente, rompiendo el silencio.
Alejandro miró por el retrovisor.
—¿Un espía? No. ¿Por qué piensas eso?
—Porque tu coche es negro y grandote. Y el señor de adelante no habla —señaló al chofer, Roberto, quien mantenía la vista fija en el camino, aunque Alejandro notó una leve sonrisa temblorosa en la comisura de sus labios.
—No soy espía. Construyo edificios.
—¿Como Bob el Constructor? —preguntó Sofía con los ojos muy abiertos.
Alejandro suspiró.
—Algo así. Pero con menos overoles y más hojas de cálculo.
Cuando la camioneta entró en la rampa privada del edificio Torre Horizon, las niñas soltaron un “¡Ooooh!” colectivo. El edificio era una aguja de cristal y acero que perforaba el cielo de la Ciudad de México.
Rogelio, el portero de turno nocturno que llevaba diez años saludando a Alejandro con una reverencia militar, casi se tropieza al abrir la puerta. Estaba acostumbrado a ver al Señor Vargas llegar con maletines, o ocasionalmente con alguna modelo de pasarela, pero nunca, jamás, con tres niñas despeinadas cargando bolsas de plástico del hospital.
—Buenas noches, Don Alejandro —dijo Rogelio, tratando de no mirar demasiado la mancha de cátsup en la solapa del jefe—. ¿Necesita ayuda con… el equipaje?
Alejandro miró a sus hijas, que miraban el lobby de mármol con techos de triple altura como si fuera una catedral alienígena.
—No, Rogelio. Solo asegúrate de que nadie suba. Nadie.
—Entendido, señor.
El elevador privado se disparó hacia el piso 42. A las niñas se les taparon los oídos.
—¡Se me explota la cabeza! —gritó Camila, tapándose las orejas.
—Abre la boca y traga saliva —instruyó Alejandro, haciendo la mímica—. Así.
Las tres lo imitaron, abriendo las bocas como pajaritos esperando comida. Alejandro sintió una punzada de ternura absurda.
Las puertas se abrieron directamente en el penthouse.
Si el hospital era frío, el departamento de Alejandro era un glaciar. Era un espacio de concepto abierto, vasto y blanco. Pisos de mármol blanco, paredes blancas, sofás de lino blanco. Las únicas notas de color eran las obras de arte abstracto en las paredes (negras y rojas) y las esculturas de vidrio soplado que costaban más que una casa promedio.
Era un museo. Un mausoleo al éxito. Y definitivamente, no era un lugar para niños.
—¡Guau! —gritó Camila y salió disparada. Sus tenis sucios chirriaron contra el mármol pulido.
—¡Espera, no corras! —gritó Alejandro, soltando las bolsas de farmacia que había comprado de camino.
Demasiado tarde. Camila corrió hacia el ventanal de piso a techo que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada. Se pegó al vidrio con las palmas abiertas.
—¡Mía, mira! ¡Los coches parecen hormigas de luz!
Mía corrió tras ella. Sofía se quedó parada en la entrada, abrazando la pierna de Alejandro.
—Tengo miedo —susurró—. Está muy alto.
—El vidrio es muy grueso, Sofía. No se va a romper —dijo Alejandro, acariciando su cabeza, aunque su propio corazón latía con fuerza al ver a Camila golpear el cristal con la nariz.
—¡No toquen eso! —exclamó Alejandro cuando vio a Mía acercarse a una escultura de Giacometti—. Eso no es un juguete, es… es arte.
—Parece un señor flaco y triste —dijo Mía, retirando la mano.
—Es un señor flaco y triste muy caro. Por favor, no toquen nada que parezca que se puede romper. O sea, no toquen nada.
Alejandro miró alrededor. Magda, su asistente, había cumplido su misión, pero a medias. En la isla de granito negro de la cocina había una pila de bolsas de Liverpool y del supermercado. Se acercó a inspeccionar.
Había pijamas (gracias a Dios), cepillos de dientes de princesas, cereal azucarado (algo que nunca había entrado en esa casa), leche entera y un paquete de pañales.
—¿Pañales? —murmuró Alejandro—. Tienen cinco años, Magda, por el amor de Dios.
Pero al menos había comida.
—Tengo hambre —anunció Camila, quien ya se había aburrido de la vista y ahora estaba probando qué tan rápido podía girar en uno de los sillones giratorios de cuero italiano.
—Yo también —dijo Sofía.
Alejandro fue a la cocina. Abrió el refrigerador Sub-Zero de doble puerta. Dentro, solo había botellas de agua Voss, una botella de champaña y el paquete de kale que se estaba marchitando. Y ahora, la leche y el queso que Magda había comprado.
No sabía cocinar. Su estufa era una placa de inducción magnética que parecía el tablero de control de una nave de Star Trek. Nunca la había encendido.
—¿Les gusta la pizza? —preguntó, dándose por vencido.
—¡Síii! —el grito fue unánime.
Pidió tres pizzas grandes. Mientras esperaban, intentó establecer un orden.
—Muy bien, escuchen. Reglas de la casa. Uno: no correr. El piso es resbaloso y si se caen, duele. Dos: no tocar las esculturas del señor flaco. Tres: si tienen que ir al baño, es esa puerta de allá. No la que tiene luces, esa es mi oficina.
—¿Dónde está la tele? —preguntó Mía.
Alejandro señaló una pared blanca. Apretó un botón en un control remoto y un panel se deslizó, revelando una pantalla de 85 pulgadas.
—¡Es como el cine! —chilló Sofía.
Puso una película de dibujos animados. El sonido envolvente Bang & Olufsen hizo vibrar el suelo. Las niñas se quedaron hipnotizadas. Alejandro aprovechó para sentarse en un taburete de la cocina y respirar. Miró su reflejo en el horno apagado. Se veía agotado. Se veía viejo. Pero se veía vivo.
Cuando llegó la pizza, surgió otro problema logístico. La mesa del comedor era de cristal templado de dos centímetros de grosor, rodeada de sillas de terciopelo blanco.
“Ni hablar”, pensó Alejandro. “Van a manchar eso en tres segundos”.
—Hoy vamos a hacer un picnic —anunció.
Llevó las cajas de pizza a la sala. Buscó algo para poner en el suelo. No tenía manteles. Fue a su habitación, sacó tres toallas de baño de algodón egipcio (gris oscuro) y las extendió sobre la alfombra blanca de lana de oveja.
—Si cae una gota de salsa en la alfombra, me da un infarto —advirtió, medio en broma, medio en serio.
Se sentaron en el suelo. Las niñas devoraron la pizza como si no hubieran comido en días. Alejandro comió también, manchándose los dedos de grasa, algo que no hacía desde la universidad.
—¿Por qué vives solo en esta casa tan grandota? —preguntó Camila, con la boca llena de queso.
Alejandro se limpió con una servilleta de papel.
—Porque… pensé que necesitaba mucho espacio.
—¿Para qué? —insistió Mía—. Si solo eres tú.
—Para guardar mis cosas.
—¿Tus cosas son más importantes que las personas? —preguntó Sofía.
La pregunta flotó en el aire, más pesada que la pizza. Alejandro dejó su rebanada.
—Antes pensaba que sí —admitió, mirando a Sofía a los ojos—. Pensaba que tener cosas bonitas y caras era lo más importante. Pero estaba equivocado.
—Mamá dice que las cosas se rompen, pero las personas se abrazan —dijo Sofía.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—Tu mamá es muy lista.
Después de la cena, llegó el caos del baño. El baño principal de Alejandro era un spa. Tenía una tina profunda de piedra volcánica y una ducha de lluvia.
—¡Es una alberca! —gritó Camila y, antes de que Alejandro pudiera detenerla, se metió con todo y ropa a la tina vacía.
—¡No, no, espera! —Alejandro corrió a sacarla, pero Mía y Sofía ya estaban escalando el borde.
—¡Agua, agua! —pedían.
Alejandro se rindió. Abrió el grifo. El agua caliente llenó la tina. Puso un poco de su jabón corporal de sándalo y bergamota (700 pesos la botella) porque no tenía jabón de niños.
Bañar a tres niñas fue una batalla campal. Había agua en el piso, agua en las paredes, y mucha agua en la camisa de Alejandro. Hubo gritos, risas y una cantidad sorprendente de burbujas.
Cuando finalmente logró secarlas, ponerles las pijamas nuevas (que les quedaban un poco largas) y cepillarles los dientes, eran las once de la noche.
—A dormir —dijo Alejandro, exhausto, llevándolas a la habitación de huéspedes.
Era una habitación elegante, con una cama Queen Size y sábanas grises.
—Aquí van a dormir. Caben las tres muy bien.
Las arropó. Apagó la luz.
—Buenas noches.
Cerró la puerta y caminó hacia su habitación al otro lado del pasillo. Su santuario. Se quitó la ropa mojada, se puso un pantalón de pijama y se dejó caer en su cama King Size. El silencio volvió a reinar en la casa.
Cerró los ojos, esperando caer rendido.
Creeeec.
La puerta de su habitación se abrió lentamente.
Alejandro levantó la cabeza. Tres siluetas pequeñas estaban paradas en el umbral, iluminadas por la luz del pasillo. Sofía arrastraba su conejo de peluche (que Alejandro había rescatado del hospital).
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Tenemos miedo —dijo Mía—. La otra recámara está muy lejos. Y está muy oscuro.
—Y se escuchan ruidos —añadió Camila—. El viento silba feo.
—Queremos a mamá —sollozó Sofía.
Alejandro sintió que se le partía el alma. Se sentó en la cama. Sabía que debía ser firme. Los libros de crianza (que no había leído, pero imaginaba) seguro decían que debían dormir en sus camas.
Pero miró sus caritas asustadas, perdidas en esa mansión de cristal en las nubes.
—Vengan aquí —susurró, palmeando el colchón.
No tuvo que decirlo dos veces. Las tres corrieron y treparon a la cama enorme.
—¿Podemos dormir contigo? —preguntó Sofía.
—Solo por hoy —dijo Alejandro, acomodando las almohadas—. Porque es la primera noche y el viento está fuerte.
Se acomodaron. Mía a su izquierda, Camila a su derecha, y Sofía, de alguna manera, terminó acostada horizontalmente sobre sus piernas.
El calor de sus cuerpecitos irradiaba a través del edredón. Olían a su jabón de sándalo y a pizza.
Alejandro se quedó quieto, temiendo moverse y despertarlas.
Miró el techo alto de su habitación. Durante años, esa cama había sido un lugar para dormir solo o para compañías pasajeras que se iban antes del amanecer. Nunca había sido un nido.
Escuchó la respiración de las tres niñas sincronizándose poco a poco. Un ritmo suave, vital. Inhala, exhala.
Alejandro pensó en Elena, sola en esa cama de hospital, conectada a máquinas.
“Están bien, Elena”, le dijo mentalmente. “Están a salvo. No sé qué demonios estoy haciendo. Tengo miedo de romperlas. Tengo miedo de hacerlo mal. Pero te juro que están calientitas y ya no tienen hambre”.
Sofía se movió en sueños y su manita pequeña buscó la mano de Alejandro. Sus dedos diminutos se cerraron alrededor del dedo índice de él. Se aferró con fuerza.
Alejandro miró esa unión. Su mano grande, con manicura perfecta, y esa mano pequeña, frágil.
En ese momento, en la oscuridad de su penthouse de millonario, con tres niñas invadiendo su espacio personal y su vida perfectamente ordenada, Alejandro Vargas comprendió la magnitud de la estafa en la que había vivido.
Había pasado años persiguiendo el “más”. Más dinero, más pisos, más poder. Y todo ese tiempo, la verdadera riqueza había estado creciendo lejos de él, en un departamento humilde, esperando a ser descubierta.
Una lágrima silenciosa rodó por su sien y se perdió en la almohada.
—Buenas noches, mis niñas —susurró al aire.
Y por primera vez en años, Alejandro durmió sin soñar con números. Soñó con conejos astronautas y sonrisas de cátsup.
CAPÍTULO 5: EL DESPERTAR
Dos semanas. catorce días. Trescientas treinta y seis horas.
Ese era el tiempo que Alejandro Vargas llevaba viviendo una vida que no reconocía como propia, pero que, extrañamente, empezaba a sentir como la única que valía la pena.
El despertador de su iPhone sonó a las 6:00 AM. Antes, ese sonido significaba gimnasio, batido de proteínas y revisar los mercados asiáticos. Ahora, significaba la guerra.
Alejandro se levantó, pisando un bloque de Lego que se había incrustado en la alfombra de su habitación.
—¡Maldición! —susurró, saltando en un pie.
Caminó hacia la habitación de huéspedes, que ahora parecía una zona de desastre de color rosa y pastel. Mía, Camila y Sofía dormían en una maraña de extremidades y cobijas. Era la única hora del día en la que había silencio en el penthouse.
—Arriba, tropa —dijo Alejandro, encendiendo la luz tenue—. Hoy hay escuela. Y si llegamos tarde otra vez, la directora me va a mirar con esa cara de “pobre padre soltero incompetente” que detesto.
El proceso de alistarlas se había convertido en una operación militar fallida.
—¡No quiero los calcetines azules! —gritó Camila desde el baño—. ¡Pican!
—Son de algodón orgánico, Camila, no pican —respondió Alejandro, tratando de ponerle los zapatos a Sofía, que había decidido que sus pies eran de gelatina y no podía mantenerlos firmes.
—Quiero los de conejitos —insistió Camila.
—Los de conejitos están sucios. Te los pusiste ayer.
—¡Pues lávalos!
—¡Estoy lavando ropa cada seis horas, mujer! —explotó Alejandro, aunque sin verdadera ira.
Luego vino el desafío supremo: el cabello.
Alejandro Vargas podía negociar fusiones de empresas multimillonarias sin sudar, pero hacer una trenza francesa lo hacía temblar de pánico.
Sentó a Mía en un banco alto de la cocina. Puso su teléfono frente a él con un tutorial de YouTube: “Peinados fáciles para papás principiantes”.
—Papá, me estás jalando —se quejó Mía.
—Es que tienes nudos que parecen cemento, Mía. ¿Qué te pusiste en la cabeza?
—Pegamento —dijo ella con naturalidad—. Queríamos hacer una corona.
Alejandro cerró los ojos y respiró profundo. Paciencia. Retorno de inversión emocional.
—Okay. Vamos a usar mucho acondicionador hoy.
A las 7:45 AM, milagrosamente, estaban en la camioneta. Las niñas iban peinadas (más o menos), desayunadas y con sus mochilas. Alejandro llevaba una mancha de leche en el pantalón, pero ya no le importaba.
Las dejó en el colegio, recibiendo el abrazo grupal que se había convertido en su combustible diario, y condujo, no a su oficina, sino al Hospital Ángeles.
La habitación 402 se había convertido en su confesionario, su oficina y su santuario.
Las enfermeras ya no le pedían identificación.
—Buenos días, Señor Vargas —le saludó la jefa de enfermeras, Laura—. Le traje su café negro, sin azúcar.
—Gracias, Laura. ¿Cómo pasó la noche?
—Estable. Sin cambios. Los signos vitales son fuertes, pero… ya sabe. Sigue dormida.
Alejandro asintió, sintiendo esa familiar opresión en el pecho. Entró en la habitación.
El sonido era siempre el mismo: el bip-bip-bip rítmico del monitor cardiaco y el siseo suave del respirador. Elena estaba allí, pálida, casi transparente contra las sábanas blancas. Había perdido peso. Sus pómulos estaban más marcados, y sus manos, descansando sobre el cobertor, parecían frágiles como alas de pájaro.
Alejandro colgó su saco en el respaldo de la silla que ya consideraba suya. Se sentó y tomó la mano de Elena entre las suyas. Estaba tibia.
—Hola, bella durmiente —susurró—. Hoy llegué tarde. Camila tuvo una crisis existencial por unos calcetines. Tienen tu carácter, ¿sabes? Esa terquedad que me volvía loco y que me encantaba… la tienen triplicada.
Acarició el dorso de su mano con el pulgar.
—Sofía preguntó por ti anoche. Tuve que inventarme una historia sobre que estás en una misión secreta para rescatar sueños perdidos. Me creyó, pero Mía… Mía me mira como si supiera que estoy asustado. Es demasiado lista para tener cinco años. Me da miedo, Elena. Me da miedo no ser suficiente para ellas.
Alejandro se recargó en el colchón, acercando su rostro al de ella.
—Te necesito. Ellas te necesitan, pero… egoístamente, yo te necesito. No sé cómo hacer esto solo. No sé cómo ser el padre que ellas merecen. Estoy improvisando, Elena. Estoy construyendo el edificio sin planos y se me está acabando el cemento.
Abrió su iPad. Era parte de su rutina. El neurólogo le había dicho que le hablara, que el cerebro a veces escuchaba. Alejandro no sabía de poesía, así que le leía lo que él conocía: las noticias financieras.
—A ver, el índice de precios al consumidor subió un 0.4% —leyó con voz monótona pero suave—. Los mercados asiáticos cerraron a la baja por la incertidumbre en el sector tecnológico… Elena, esto es un desastre. Si estuvieras despierta, te reirías de mí por preocuparme por el precio del Yen cuando tengo mermelada de fresa en la corbata.
Siguió leyendo durante veinte minutos. El sonido de su voz llenaba el vacío estéril de la habitación.
Entonces, sucedió.
Estaba a mitad de un párrafo sobre la devaluación de una criptomoneda cuando sintió un movimiento.
No fue un espasmo. No fue un reflejo.
Fue un apretón.
Los dedos de Elena se cerraron débilmente alrededor de los suyos.
Alejandro se congeló. Dejó caer el iPad al suelo con un golpe seco.
—¿Elena?
Miró el monitor. El ritmo cardiaco se aceleró. Bip-bip-bip-bip.
Miró su rostro. Debajo de los párpados cerrados, los ojos se movían rápidamente (fase REM, o tal vez despertando, pensó con pánico y esperanza).
—Elena, ¿me escuchas? Aprieta mi mano si me escuchas.
Hubo una pausa agonizante de tres segundos. Y luego, un apretón. Débil, pero innegable.
—¡Enfermera! —gritó Alejandro hacia la puerta, sin soltarle la mano—. ¡Laura! ¡Doctor!
Laura entró corriendo, seguida de un residente.
—¿Qué pasa?
—Me apretó la mano. El ritmo cardiaco subió. Está despertando.
El residente se acercó a revisar las pupilas con una linterna.
—Señora Ruiz, ¿me escucha? —preguntó en voz alta—. Elena, abra los ojos.
Alejandro se apartó un poco para dejarlos trabajar, pero no soltó su mano izquierda. Se inclinó cerca de su oído.
—Vamos, Elena. Vuelve. Las niñas te están esperando. Yo te estoy esperando. Abre los ojos, por favor.
Elena soltó un gemido bajo, ronco, como si su garganta estuviera llena de arena. Frunció el ceño, una expresión de dolor o confusión.
Sus pestañas temblaron. Una vez. Dos veces.
Y entonces, se abrieron.
Al principio, su mirada estaba perdida, vidriosa. Miraba el techo, desorientada por la luz fluorescente. Parpadeó lentamente, tratando de enfocar.
Luego, giró la cabeza, muy despacio, hacia la derecha. Hacia donde estaba Alejandro.
El tiempo se detuvo.
Alejandro contuvo la respiración. Vio cómo el reconocimiento se abría paso a través de la niebla de la sedación en los ojos color miel de Elena. Vio confusión. Vio incredulidad.
Elena trató de hablar, pero solo salió aire. Tosió débilmente. Laura le acercó un poco de agua con una esponja a los labios.
—Despacio, cariño, despacio —dijo la enfermera.
Elena tragó y volvió a mirar a Alejandro. Esta vez, con claridad.
—¿A… Alejandro? —su voz era un susurro roto, apenas audible sobre el zumbido de las máquinas.
Alejandro sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Se acercó más, arrodillándose junto a la cama para estar a su altura.
—Sí. Soy yo. Estoy aquí.
Elena cerró los ojos un momento y los volvió a abrir, como si esperara que él desapareciera, como si fuera una alucinación provocada por la morfina.
—¿Estoy… muerta? —preguntó.
Alejandro soltó una risa entrecortada, húmeda.
—No. No estás muerta. Estás en el hospital. Tuviste un colapso. Llevas dos semanas dormida.
La realidad pareció golpearla de repente. El instinto maternal, más fuerte que cualquier droga o debilidad física, se encendió en sus ojos. Intentó levantarse, pero estaba demasiado débil.
—Las niñas… —jadeó, el pánico filtrándose en su voz—. Mía… Sofía… ¿Dónde…? Estaban conmigo… en el pasillo…
Alejandro le puso la otra mano en el hombro, suavemente, para calmarla.
—Están bien. Están a salvo.
—Están solas… no tienen a nadie… —las lágrimas empezaron a rodar por las sienes de Elena hacia la almohada.
—No están solas, Elena. Están conmigo.
Elena se detuvo. Lo miró fijamente, procesando las palabras.
—¿Contigo?
—Sí. Han estado viviendo conmigo las últimas dos semanas. En mi casa.
—¿Tú… tú sabes…?
—Lo sé —la interrumpió Alejandro, ahorrándole el esfuerzo—. Sé que son mías. Sé que son mis hijas. Hicimos la prueba de ADN.
Elena cerró los ojos con fuerza, una mueca de vergüenza y dolor cruzando su rostro.
—Perdóname… —susurró—. No quería… no quería molestarte. Tú tenías tu vida…
—Shhh —Alejandro le apretó la mano con firmeza—. No pidas perdón. El único que tiene que pedir perdón aquí soy yo. Fui un idiota ciego. Pero eso se acabó.
Elena lo miró, buscando la mentira, buscando al hombre frío y distante que recordaba de las revistas o de su propia inseguridad. Pero lo que vio fue a un hombre con ojeras profundas, con el cabello un poco largo, y con una mirada de devoción absoluta.
—¿Están bien? —preguntó ella, con la voz temblando.
—Están perfectas. Mía es una mandona, igual que tú. Camila tiene una imaginación que asusta. Y Sofía… Sofía es mi sombra.
Elena esbozó una sonrisa débil, dolorosa pero genuina.
—Sofía siempre supo… que le faltaba algo.
El médico titular entró en la habitación en ese momento, rompiendo la burbuja de intimidad.
—¡Bienvenida de vuelta, Señora Ruiz! —dijo con voz profesional—. Es un milagro verla despierta. Vamos a tener que hacer muchas pruebas, pero lo peor ya pasó.
Alejandro se puso de pie para dejar espacio al médico, pero Elena no le soltó la mano. Se aferró a él con la poca fuerza que tenía.
—No te vayas —susurró ella.
Alejandro se inclinó y le besó la frente. Fue un beso casto, pero cargado de una promesa eterna.
—No me voy a ir, Elena. Nunca más. Voy a llamar a las niñas. Voy a traerlas para que te vean a través del cristal. Tienen que saber que su mamá es una guerrera.
Elena asintió, agotada, y sus párpados empezaron a cerrarse de nuevo, pero esta vez era un sueño natural, reparador.
—Gracias… —murmuró antes de dejarse llevar por el cansancio.
Alejandro salió al pasillo. Se apoyó contra la pared fría y se deslizó hasta el suelo. Se cubrió la cara con las manos y, por primera vez en dos semanas, lloró. No de tristeza, ni de miedo. Lloró de alivio. Lloró porque la vida le había dado una segunda oportunidad que sabía que no merecía, pero que pensaba aprovechar hasta el último segundo.
Sacó su teléfono y marcó a casa.
—¿Magda? Prepara a las niñas. Vamos a ir al hospital. Mamá despertó.
Ese día, el sol que entraba por las ventanas del hospital parecía brillar un poco más fuerte. El invierno de Alejandro Vargas había terminado. La primavera había llegado, ruidosa, caótica y vestida de rosa.
CAPÍTULO 6: LA VERDAD DUELE, PERO CURA
La transición de la Unidad de Cuidados Intensivos a una habitación privada en el cuarto piso marcó un cambio de atmósfera. El zumbido constante de máquinas de soporte vital fue reemplazado por el sonido más humano de la televisión encendida a volumen bajo y el murmullo de las enfermeras en el pasillo.
Habían pasado cinco días desde que Elena despertó. Cinco días de pruebas neurológicas, de fisioterapia dolorosa y de una recuperación lenta que probaba la paciencia de todos. Pero para Alejandro, fueron cinco días de observación silenciosa.
Él había trasladado su “oficina” a la esquina de la habitación 405. Su oficina consistía en una silla ergonómica que él mismo mandó traer (porque su espalda ya no soportaba las sillas del hospital), su laptop y una taza térmica que nunca se vaciaba de café.
Desde esa esquina, Alejandro observaba a Elena. Veía cómo luchaba para sostener la cuchara con la mano temblorosa, negándose a recibir ayuda hasta que era absolutamente necesario. Veía cómo sus ojos se iluminaban como faros cuando las niñas entraban en la habitación por las tardes, transformando su rostro pálido y cansado en el de la mujer vibrante que él recordaba.
Pero también veía la sombra.
Había una sombra en la mirada de Elena cada vez que sus ojos se cruzaban con los de él. No era miedo, exactamente. Era una mezcla de cautela, culpa y una pregunta no formulada que flotaba en el aire cargado de olor a desinfectante.
Ese martes por la tarde, una tormenta de verano azotaba la Ciudad de México. La lluvia golpeaba contra el ventanal con violencia, oscureciendo el cielo a un gris plomo. Las niñas no habían ido ese día; tenían una actividad escolar y luego se quedarían con Magda y una niñera profesional que Alejandro había contratado para ayudar en casa.
Estaban solos. Realmente solos por primera vez desde el despertar.
Alejandro cerró su laptop con un clac suave. El sonido pareció resonar como un disparo en la habitación silenciosa.
Elena, que estaba recostada mirando la lluvia, giró la cabeza.
—¿Te vas? —preguntó. Su voz ya era más fuerte, aunque todavía conservaba una aspereza residual por la intubación.
—No —dijo Alejandro, levantándose y caminando hacia la cama. Arrastró la silla de visitas y se sentó cerca de ella, invadiendo su espacio personal con delicadeza—. No tengo a dónde ir, Elena. Mi lugar está aquí.
Elena suspiró y jugueteó con el borde de la sábana blanca.
—Deberías ir a la oficina, Alejandro. He visto las noticias en la tele. Dicen que las acciones de Grupo Vargas han caído un 4% por “incertidumbre en el liderazgo”. Estás perdiendo dinero por estar aquí sentado viéndome comer gelatina.
Alejandro soltó una risa seca.
—El dinero se recupera. El tiempo no. He perdido cinco años, Elena. No pienso perder ni un minuto más por cuidar el precio de una acción.
El silencio volvió, pero esta vez era denso, incómodo. Era el momento. Alejandro lo sentía en el estómago, una náusea nerviosa que nunca había sentido antes de una negociación.
—Tenemos que hablar —dijo él.
Elena se tensó visiblemente. Asintió, sin mirarlo.
—Lo sé.
Alejandro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos.
—No te voy a reclamar —empezó, eligiendo sus palabras con el cuidado de un cirujano—. No tengo derecho. Pero necesito entender. Necesito saber por qué. ¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué nunca me llamaste? Cuando me dejaste esa nota en Michoacán… pensé que te habías aburrido de mí. Pensé que yo era solo una aventura de verano para ti. Nunca imaginé que te llevabas… todo esto.
Elena giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer.
—No fue una aventura, Alejandro. Tú lo sabes. Lo que tuvimos en esos dos meses fue más real que toda mi vida anterior.
—Entonces, ¿por qué? —la voz de Alejandro se quebró un poco—. ¿Tan terrible te parecía la idea de tener una familia conmigo?
—No —Elena se incorporó un poco, haciendo una mueca de dolor por el esfuerzo—. No se trataba de ti como eres ahora. Se trataba de quién eras entonces.
Alejandro guardó silencio, esperando.
—¿Te acuerdas de nuestra última noche en Pátzcuaro? —preguntó ella—. Estábamos en el balcón del hotel. Tú recibiste una llamada. Era sobre la compra de unos terrenos en Tulum. Te transformaste, Alejandro. Tu voz cambió, tu postura cambió. Empezaste a hablar de “aplastar a la competencia”, de “sacar a la gente que estorba”. Colgaste el teléfono y estabas eufórico por haber destruido el negocio de un rival.
Alejandro bajó la mirada. Recordaba esa llamada. Recordaba la adrenalina del poder.
—Me miraste —continuó Elena— y me dijiste: “Elena, en este mundo hay leones y hay corderos. Yo nunca voy a ser un cordero. Nada me va a detener hasta que tenga mi nombre en el edificio más alto de Reforma”.
—Lo dije —admitió Alejandro—. Era un imbécil arrogante.
—Eras un hombre con un plan —corrigió Elena suavemente—. Y en ese plan no cabían pañales, ni noches sin dormir, ni una mujer de pueblo que no sabía distinguir entre un tenedor de ensalada y uno de carne. Cuando descubrí que estaba embarazada, dos semanas después de irme… tuve terror.
—¿Terror de mí? —preguntó Alejandro, dolido.
—Terror de lo que harías. Te conocía. Si te lo hubiera dicho, habrías hecho “lo correcto”. Habrías mandado un cheque mensual gordo. Habrías puesto a los mejores abogados para asegurar el apellido. Tal vez incluso te habrías casado conmigo por imagen pública. Pero me habrías odiado.
—No…
—Sí, Alejandro. Me habrías odiado por ser el ancla que frenaba tu barco. Habrías mirado a esas niñas como una obligación, como un obstáculo en tu carrera hacia la cima. Y yo… —la voz de Elena se rompió— yo no podía permitir que mis hijas crecieran viendo a su padre mirarlas con resentimiento. Preferí que no tuvieran padre a que tuvieran uno que estuviera presente de cuerpo pero ausente de alma.
Alejandro se levantó bruscamente y caminó hacia la ventana. La lluvia distorsionaba las luces de la ciudad afuera.
Quería gritarle que estaba equivocada. Quería decirle que él siempre las habría amado.
Pero la verdad, fría y dura como el cristal que tocaba, era que Elena tenía razón.
El Alejandro de hace cinco años habría visto el embarazo como una crisis de relaciones públicas. Habría gestionado a su familia como gestionaba una filial problemática: con eficiencia, dinero y distancia.
Se giró hacia ella. Su rostro estaba bañado por la luz grisácea de la tarde.
—Tienes razón —dijo. Las palabras le supieron a ceniza—. Ese hombre… ese hombre que describiste, sí existió. Y probablemente habría hecho exactamente lo que tú dijiste.
Elena bajó la mirada a sus manos.
—Lo siento. No quería robarte a tus hijas. Solo quería protegerlas. Y protegerte a ti.
Alejandro regresó a la silla, pero esta vez tomó la mano de Elena.
—Me salvaste —dijo él con intensidad—. Al irte, me salvaste de convertirme en un monstruo completo. Y al criarlas tú sola, hiciste un trabajo que yo nunca habría podido hacer entonces. Son maravillosas, Elena. Son educadas, son listas, son nobles. Eso es todo tuyo. Yo solo puse la genética; tú pusiste el alma.
—Tienen tus ojos —sonrió ella débilmente—. Y tu carácter explosivo. Mía trata de organizar a las enfermeras cuando entran.
—Lo sé —rió Alejandro—. Ayer le dijo al doctor que su letra era “un garabato inaceptable”.
La risa rompió la tensión, pero la gravedad del momento seguía ahí.
—Pero Elena, escúchame bien —Alejandro apretó su mano—. Ese hombre del que huiste ya no existe. Murió el martes pasado en el pasillo de este hospital, cuando una niña con un conejo roto me miró a los ojos. El hombre que está aquí ahora no quiere construir rascacielos. Quiere construir una casa. Quiere aprender a hacer trenzas sin que queden chuecas. Quiere estar ahí cuando se les caiga el primer diente.
—Es fácil decirlo ahora, en la crisis —dijo Elena con cautela, su instinto de protección aún alerta—. Es la adrenalina del momento. Pero, ¿qué pasará en seis meses? ¿Cuando la novedad pase? ¿Cuando lloren a las 3 de la mañana, o cuando tengas que faltar a una junta importante porque Sofía tiene fiebre? Tu mundo te va a reclamar, Alejandro. Y es un mundo muy seductor.
Alejandro metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un sobre doblado. Lo puso sobre la mesa de noche.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Es mi carta de renuncia como CEO de Grupo Vargas.
Elena abrió los ojos desmesuradamente.
—¿Qué?
—Sigo siendo el dueño mayoritario y presidente del consejo, claro. No voy a dejar de ganar dinero, las niñas necesitan comer y quiero que vayan a la universidad. Pero ya no voy a operar el día a día. Ya nombré a un director interino. Mi horario ahora es de 9 a 2, y solo para decisiones estratégicas. El resto del tiempo… el resto del tiempo soy papá de tiempo completo.
—Alejandro, eso es… es tu vida. Es tu imperio.
—Era mi jaula —corrigió él—. Ustedes son mi vida. No estoy haciendo esto por culpa, Elena. Ni por obligación. Lo hago porque por primera vez en 38 años, soy feliz. Realmente feliz. Comer pizza en el suelo de mi sala con ellas vale más que cualquier contrato que haya firmado.
Elena lo miró largo rato. Buscó en sus ojos cualquier rastro de duda, de arrepentimiento, de manipulación. No encontró nada más que una verdad desnuda y vulnerable.
Lentamente, sus barreras, esas murallas que había construido durante cinco años de soledad y trabajo duro, empezaron a agrietarse.
—Tengo miedo —admitió ella en un susurro—. Miedo de confiar y que luego te des cuenta de que esto es demasiado para ti. Somos cuatro, Alejandro. Es mucho ruido, mucho caos.
—Me encanta el caos —sonrió él—. Mi casa era demasiado silenciosa. Parecía una tumba de mármol. Ahora hay juguetes en la tina y migajas en el sofá, y me encanta.
Se acercó más, sus rostros a centímetros de distancia.
—No te pido que confíes en mí al cien por ciento hoy. Sé que me lo tengo que ganar. Solo te pido que me dejes intentarlo. Déjame entrar, Elena. No como el millonario que paga las cuentas, sino como el padre que quiere aprender. Y… tal vez, con el tiempo, como el hombre que nunca dejó de amarte.
Elena contuvo el aliento. Esa última confesión quedó colgando en el aire.
—Yo tampoco dejé de amarte —confesó ella, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Por eso me fui. Porque amarte dolía demasiado cuando sabía que no podíamos ser.
Alejandro le limpió la lágrima con el pulgar. Su piel estaba suave, tibia.
—Ya somos. Ya estamos aquí. El “hubiera” ya no importa. Importa el “hoy”.
La puerta de la habitación se abrió de golpe en ese momento.
—¡Sorpresa! —gritaron tres voces al unísono.
Mía, Camila y Sofía irrumpieron en la habitación, empapadas a pesar de los impermeables amarillos que llevaban, seguidas por una Magda que parecía haber sobrevivido a un huracán.
—Lo siento, señor Vargas —jadeó Magda—. Insistieron en venir. Dijeron que la lluvia las ponía tristes y necesitaban ver a su mamá.
El momento íntimo se rompió, pero fue reemplazado por algo mejor. Las niñas corrieron hacia la cama (con más cuidado esta vez, advertidas por Alejandro previamente).
—¡Mami, mami! —Sofía se intentó subir.
—Cuidado con los tubos —advirtió Alejandro, atrapándola en el aire y sentándola suavemente en el borde de la cama, lejos de las vías intravenosas.
Elena las recibió con los brazos abiertos, ignorando su propio dolor físico. Las llenó de besos, oliendo su cabello mojado y su aroma a lluvia y niñez.
—Mis amores, están empapadas.
—¡Saltamos en los charcos! —presumió Camila—. ¡Magda también saltó!
Alejandro miró a su asistente ejecutiva, siempre impecable, que ahora tenía lodo en sus tacones Prada y una sonrisa resignada.
—Le voy a dar un aumento, Magda —dijo Alejandro.
—Doble, por favor —respondió ella—. Y vacaciones pagadas.
Alejandro volvió a mirar a la cama. Elena estaba rodeada por las tres niñas, riendo mientras Mía le contaba sobre un perro que vieron en la calle. Sus ojos se encontraron con los de él por encima de las cabecitas rubias.
Ya no había sombra. Había luz. Había una invitación.
—Ven —dijo ella, extendiendo una mano hacia él—. Tú también eres parte de este charco.
Alejandro se acercó y tomó su mano, cerrando el círculo. Mientras la lluvia seguía cayendo afuera, lavando la ciudad, dentro de esa habitación de hospital, una familia se estaba terminando de soldar, pieza por pieza, imperfecta, caótica, y absolutamente indestructible.
—¿Y tú qué hiciste hoy, papá? —preguntó Camila, mirándolo.
La palabra “papá” sonó natural, como si siempre hubiera estado ahí.
Alejandro sonrió, sintiendo que el pecho le iba a estallar.
—Hoy… hoy solo tuve la reunión más importante de mi vida. Y creo que me fue bien.
Elena le apretó la mano y sonrió. Sí, le había ido muy bien.
CAPÍTULO 7: UNA NUEVA VIDA EN LAS NUBES
El día del alta médica, el cielo de la Ciudad de México estaba inusualmente despejado, un azul brillante que contrastaba con los nervios grises que Elena sentía en el estómago.
Había pasado un mes entero entre esas cuatro paredes blancas. Un mes en el que su vida había sido desmantelada y rearmada pieza por pieza. Mientras doblaba su única bata propia —una prenda de algodón desgastada que había traído de casa—, sintió una mano en su hombro.
—Deja eso —dijo Alejandro suavemente—. No tienes que empacar. Magda ya se encargó de todo.
Elena se giró. Alejandro lucía diferente. Ya no llevaba el traje corporativo blindado. Vestía unos jeans oscuros y una camisa de lino blanca con las mangas arremangadas. Se veía más joven, más accesible, pero la autoridad natural seguía allí.
—Es mi bata favorita, Alejandro. Tiene el olor de mi casa —respondió ella, aferrándose a la tela vieja.
—Tu casa ya no está allá, Elena. Está donde vayamos nosotros —dijo él, pero notó la tensión en los hombros de ella y corrigió el tono—. Tráela. Pero deja que yo cargue la maleta. No quiero que hagas esfuerzos.
La salida del hospital fue un evento. Las enfermeras lloraron al despedirse de las trillizas, quienes habían convertido la estación de enfermería en su club social privado. Mía repartió dibujos mal hechos a modo de propina. Camila abrazó a la guardia de seguridad. Sofía, siempre pegada a la pierna de Alejandro, saludaba con la mano tímidamente.
Cuando salieron a la rampa principal, el aire fresco golpeó a Elena como una bofetada de realidad. Y allí estaba: la caravana. No un coche, sino dos camionetas SUV negras blindadas.
—¿Es necesario tanto? —preguntó Elena, sintiéndose pequeña ante el despliegue de poder.
—Seguridad —respondió Alejandro simplemente, abriéndole la puerta trasera—. La prensa sabe quiénes son ahora. No voy a arriesgarme.
El viaje hacia Lomas de Chapultepec fue silencioso por parte de los adultos, pero ruidoso en los asientos traseros. Las niñas cantaban canciones de Disney a todo pulmón, ajenas a la tensión que flotaba entre sus padres. Elena miraba por la ventana cómo la ciudad cambiaba. Dejaban atrás las calles concurridas y populares para adentrarse en avenidas anchas, rodeadas de árboles centenarios y mansiones amuralladas.
—Nunca he estado por aquí —murmuró Elena.
—Es tranquilo —dijo Alejandro, tomando su mano sobre el asiento de cuero—. Hay parques cerca. A las niñas les va a gustar.
Cuando llegaron a Torre Horizon, Elena tuvo que contener el aliento. El edificio era imponente, una estructura de cristal que reflejaba el sol. El portero saludó con una reverencia que a Elena le pareció exagerada e incómoda.
—Bienvenido a casa, Señor Vargas. Bienvenida, señora.
Señora. La palabra le pesó. Ella era Elena, la que cosía dobladillos por veinte pesos y peleaba en el mercado por el precio del jitomate. No se sentía una “señora” de Las Lomas.
Subieron en el elevador privado. Cuando las puertas se abrieron en el penthouse, Elena se detuvo en el umbral.
Alejandro había descrito su casa, pero la realidad era abrumadora. El espacio era inmenso. Techos de doble altura, ventanales que mostraban toda la ciudad a sus pies, muebles que parecían obras de arte intocables.
Pero también vio los cambios.
Había una alfombra de foami de colores chillones en una esquina de la sala minimalista. Había juguetes tirados cerca de una escultura de bronce. Había vida invadiendo el museo.
—Bienvenida a casa —dijo Alejandro, observando su reacción con ansiedad—. Sé que es… mucho. Pero podemos cambiar lo que no te guste. Si quieres pintar las paredes, las pintamos. Si quieres tirar esos sillones incómodos, los quemamos.
Elena entró despacio, sus tenis baratos chirriando suavemente sobre el mármol pulido.
—Es… hermoso, Alejandro. Pero parece un hotel. ¿De verdad vives aquí?
—Vivía —corrigió él—. Ahora vivimos nosotros.
El Choque de Dos Mundos
La primera crisis ocurrió dos horas después, en la habitación principal.
Alejandro había insistido en que Elena compartiera su habitación (“Es la cama más cómoda para tu espalda”, había argumentado), aunque le había preparado el cuarto de huéspedes por si prefería espacio.
Elena estaba desempacando las tres maletas viejas que Magda había recuperado de su antiguo departamento en Iztapalapa. Estaba sacando la ropa de las niñas: camisetas lavadas mil veces, pantalones con parches en las rodillas, suéteres que habían perdido el color.
Alejandro entró en la habitación con una caja de regalo enorme.
—Elena, deja eso —dijo, frunciendo el ceño al ver la pila de ropa desgastada sobre su colcha de seda—. Les compré todo nuevo. Armarios llenos. Ropa de marca, telas suaves, zapatos ortopédicos. No necesitan esas cosas viejas. Tienen agujeros.
Elena se detuvo, con una camiseta de Mía en las manos. La tela estaba raída, sí, pero ella recordaba haberla comprado con el dinero que ganó vendiendo tamales un invierno difícil.
—Estas “cosas viejas” son nuestra historia, Alejandro —dijo ella, y su voz tembló, no de miedo, sino de orgullo herido—. Esta ropa las mantuvo calientes cuando no tenía para pagar la calefacción. Estos zapatos los usaron cuando aprendieron a caminar.
Alejandro se acercó, confundido. Para él, el problema era logístico: Viejo y roto = Malo. Nuevo y caro = Bueno.
—Lo sé, pero ya no tienen que pasar frío. Puedo darles lo mejor. ¿Por qué aferrarse a lo que representa carencia? Vamos a donarlo. O tirarlo. Empecemos de cero.
Elena soltó la camiseta y se enfrentó a él. Sus ojos color miel destellaron.
—Porque tú crees que el dinero borra el pasado, Alejandro. Crees que puedes comprarles una infancia nueva y borrar la que tuvieron conmigo.
—¡No he dicho eso! —protestó él.
—Lo piensas. Miras esta ropa y ves pobreza. Yo miro esta ropa y veo supervivencia. Veo dignidad. No voy a tirar nuestra vida a la basura solo porque ahora vivimos en un palacio de cristal. Ellas son quienes son por lo que vivimos allá abajo, no por lo que tú puedes comprar aquí arriba.
Alejandro se quedó mudo. La acusación le dolió porque tenía una parte de verdad. Él quería borrar los cinco años de carencias. Quería llenarlas de lujos para compensar su ausencia.
Miró la camiseta vieja en la cama. Luego miró a Elena, que estaba de pie, digna y feroz en medio de su lujo estéril.
Suspiró y bajó los hombros.
—Tienes razón —admitió, acercándose a ella—. Perdóname. Es mi instinto de… querer arreglarlo todo. De querer tapar los huecos con cosas. Soy nuevo en esto, Elena. Tienes que tenerme paciencia. No tires nada. Guardaremos todo lo que tú quieras.
Elena se relajó.
—No digo que no usen la ropa nueva —dijo, suavizando el tono—. Los vestidos que compraste son preciosos. Pero no quiero que olviden de dónde venimos. Y no quiero que piensen que lo viejo es basura solo porque ahora tienen cosas nuevas.
Alejandro asintió y le rodeó la cintura con los brazos, atrayéndola hacia él.
—Enséñame —susurró contra su frente—. Enséñame a ver el valor en las cosas que no tienen precio.
Elena cerró los ojos, permitiéndose por primera vez apoyarse en él.
—Te va a costar trabajo. Eres muy terco.
—Tengo a la mejor maestra.
Cena para Cinco
La noche cayó sobre la ciudad, y las luces de los rascacielos se encendieron como un mar de estrellas artificiales.
La cocina del penthouse era una nave espacial de acero inoxidable y granito negro.
—Tengo hambre —anunció Mía, entrando en la cocina con su pijama nueva de unicornios (una concesión de Elena al lujo).
—Yo también —dijo Camila.
—Y yo —añadió Sofía.
Alejandro se puso un delantal que decía “Grill Master” (el único que tenía).
—Hoy cocina papá —anunció con falsa confianza—. ¿Qué quieren? ¿Caviar? ¿Foie gras? ¿Trufa blanca?
—¡Espagueti rojo! —gritaron las tres.
—Espagueti rojo será.
El problema era que Alejandro Vargas no sabía hacer espagueti rojo. Sabía reservar mesas en restaurantes italianos.
Elena se sentó en un taburete de la isla, divertida, observando el espectáculo.
—El agua tiene que hervir primero, Alejandro —le indicó mientras él miraba la olla con impaciencia.
—Esta estufa es demasiado lenta.
—Es de inducción, es la más rápida del mercado. Solo que no la prendiste bien.
Alejandro luchó con los tomates. Luchó con la cebolla (y lloró, lo que causó carcajadas en las niñas). Luchó con el paquete de pasta que explotó al abrirlo, llenando el suelo de fideos secos.
—¡Fiesta de pasta! —gritó Camila, pisando los fideos para que crujieran.
En lugar de enojarse, Alejandro se echó a reír. Se rió hasta que le dolió el estómago. Elena se unió a él, y pronto, la cocina inmaculada era un caos de risas, vapor y olor a tomate quemado.
Al final, Elena tuvo que intervenir para salvar la cena. Con movimientos expertos y sencillos, rescató la salsa, coció la pasta al punto exacto y sirvió cinco platos humeantes.
Se sentaron a la mesa. No usaron el comedor formal de cristal. Se sentaron en la mesa redonda del antecomedor, apretados, codo con codo.
—Está rico —dijo Sofía, con la boca manchada de rojo.
—Mamá lo arregló —admitió Alejandro, levantando su copa de vino (y los vasos de leche de las niñas) para un brindis—. Por la chef. Y por… nosotros.
Elena chocó su vaso de agua con la copa de él.
—Por nosotros —dijo ella. Y por primera vez, la palabra “nosotros” no le sonó a fantasía, sino a promesa.
El Miedo Nocturno
Después de la cena, llegó la hora de dormir.
El cuarto de las niñas era un sueño. Alejandro había mandado pintar un mural de un bosque encantado en una pared. Las camas eran suaves como nubes.
Elena les leyó un cuento, uno de los libros viejos que habían traído, sobre un oso que perdía su sombrero.
Cuando las tres respiraciones se volvieron lentas y profundas, Elena y Alejandro salieron al pasillo, dejando la puerta entreabierta.
Elena caminó hacia el ventanal de la sala. La ciudad brillaba abajo, indiferente y hermosa.
Alejandro se paró detrás de ella, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca para que ella sintiera su calor.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Elena apoyó la frente contra el cristal frío.
—Tengo miedo, Alejandro.
—¿De qué?
—De despertar y que esto sea un sueño. O peor, de que sea real y yo no encaje en él. Mírame. No sé usar tus cafeteras, no sé hablar con tus socios, no tengo ropa para tus eventos. Siento que soy una intrusa en tu vida perfecta.
Alejandro la giró suavemente para que lo mirara.
—Mi vida no era perfecta, Elena. Era ordenada, sí. Era cara. Pero estaba vacía. Tú no eres una intrusa. Tú eres el cimiento. Todo esto… —hizo un gesto abarcando el departamento— son solo cosas. Paredes, muebles, cables. Tú trajiste el hogar.
Le tomó las manos, esas manos ásperas por años de trabajo duro, y las besó.
—No necesitas saber usar la cafetera, yo te hago el café. No necesitas hablar con mis socios, a la mayoría ni yo los soporto. Y sobre la ropa… podemos ir de compras, o puedes usar jeans el resto de tu vida. No me importa. Me importas tú. Me importa que cuando llego a casa, ya no hay silencio.
Elena lo miró a los ojos y vio la verdad. Vio al hombre que había pasado noches en una silla de hospital, que había aprendido a cambiar pañales y a reírse de sus propios fracasos culinarios.
—Te extrañé tanto —confesó ella, dejando caer la última barrera.
—Y yo a ti. Cada día de estos cinco años, aunque no lo supiera.
Alejandro se inclinó y la besó. No fue un beso de película, apasionado y dramático. Fue un beso lento, suave, un beso de reencuentro y de paz. Un beso que decía “llegué a casa”.
—Vamos a dormir —dijo él, separándose un poco—. Mañana es sábado. Las niñas dijeron algo sobre querer pintar.
—¿Pintar? —Elena alzó una ceja.
—Sí. Compré lienzos y pintura acrílica.
—Alejandro… ¿pintura acrílica en esta casa blanca?
—Probablemente sea un desastre —admitió él con una sonrisa traviesa—. Pero será nuestro desastre.
Se fueron a la cama, juntos. Y esa noche, en el piso 42 de la Torre Horizon, bajo la vigilancia de la luna y el amor torpe pero firme de un padre primerizo, la familia Vargas-Ruiz durmió profundamente, sabiendo que, sin importar lo que trajera el mañana, ya no tendrían que enfrentarlo solos.
CAPÍTULO 8: EL FINAL Y EL PRINCIPIO
Un año. Trescientos sesenta y cinco días.
En el mundo de las finanzas, un año es un ciclo fiscal, un reporte de pérdidas y ganancias. Pero en la vida de la familia Vargas-Ruiz, un año había sido una eternidad comprimida, una revolución solar que había transformado el invierno más crudo en un verano eterno.
Ya no vivían en el penthouse de la Torre Horizon. Las esculturas de cristal y los suelos de mármol habían sido vendidos o guardados. Ahora, la dirección postal de la familia era una casona antigua en el barrio de Coyoacán, con paredes de estuco amarillo, enredaderas de bugambilias que trepaban por los balcones y, lo más importante, un jardín inmenso lleno de pasto que no tenía miedo de ser pisado.
Era sábado por la tarde. El sol de primavera caía sobre el jardín como miel dorada. El aire olía a carbón, a carne asada y a azúcar quemada.
Alejandro Vargas, el ex “Tiburón de Santa Fe”, estaba parado frente a una parrilla humeante. Llevaba bermudas de color caqui, una camiseta polo manchada de salsa BBQ y un delantal ridículo que le habían regalado las niñas en Navidad que decía: “Peligro: Papá Cocinando”.
Sostenía las pinzas de carne como si fueran el cetro de un rey.
—¡Alejandro, se te van a quemar las cebollitas! —gritó Elena desde la mesa del jardín, donde estaba terminando de acomodar los platos.
—¡Tengo todo bajo control, mujer! —respondió él, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Es un ahumado estratégico.
Alejandro miró a su alrededor. Hace un año, sus sábados consistían en jugar golf con senadores o revisar contratos en su iPad en silencio absoluto. Hoy, su jardín era un caos de gritos y risas.
Era el cumpleaños número seis de las trillizas.
Habían invitado a medio mundo. Estaban los compañeros del nuevo colegio (una escuela Montessori donde los niños aprendían “a su ritmo”, algo que al principio puso nervioso al Alejandro corporativo, pero que ahora amaba). Estaban los vecinos. Estaba Magda, que había dejado de ser su asistente para convertirse en la “Gerente de Operaciones de la Familia”, y que ahora bailaba cumbia con un vaso de refresco en la mano.
—¡Papá! —Mía corrió hacia él. Ya estaba más alta, le faltaba un diente frontal y tenía las rodillas raspadas—. ¡Camila dice que ella va a romper la piñata primero porque nació dos minutos antes!
—Es verdad —dijo Alejandro, volteando una arrachera—. La jerarquía se respeta, Mía. Camila es la mayor.
—¡Pero eso es injusto! —protestó Mía, cruzando los brazos con ese gesto que era idéntico al de Alejandro cuando negociaba una fusión—. Yo soy la más fuerte. Si ella le pega, no la va a romper. Yo sí.
Alejandro se agachó, dejando las pinzas a un lado.
—Negociación —dijo, guiñándole un ojo—. Camila le pega primero para ablandarla. Tú le pegas segundo para romperla. Y Sofía recoge los dulces primero porque es la más rápida. ¿Trato?
Mía lo pensó dos segundos.
—Trato —dijo, y salió corriendo.
Alejandro se levantó, sonriendo. Esos pequeños momentos de diplomacia doméstica le daban más satisfacción que cualquier acuerdo cerrado en Nueva York.
La Celebración de la Vida
La fiesta estaba en su apogeo. Había música, había niños corriendo con las caras pintadas de superhéroes y mariposas.
Elena se acercó a la parrilla y le pasó una cerveza helada a Alejandro.
—Te ves sexy con ese delantal sucio —le susurró al oído.
Alejandro la miró. Elena estaba radiante. Llevaba un vestido de flores sencillo, el cabello suelto y brillante, y una luz en los ojos que hacía un año parecía imposible. Había recuperado su peso, su risa y, sobre todo, su paz.
—Tú te ves… increíble —dijo él, robándole un beso rápido antes de que alguien los viera—. ¿Te acuerdas del hospital? ¿De esa primera noche que despertaste?
Elena asintió, su sonrisa suavizándose con la nostalgia.
—Pensé que estaba soñando. Pensé que te ibas a ir en cuanto vieras lo difícil que era la recuperación.
—Nunca me fui —dijo Alejandro—. Y mira dónde estamos.
—Quemando las cebollas —rió ella, señalando la parrilla.
—¡Maldición! —Alejandro se giró para rescatar las verduras.
Más tarde, llegó el momento del pastel. Eran tres pasteles, por supuesto. Uno de chocolate para Mía, uno de fresa para Camila y uno de vainilla para Sofía.
Todos se reunieron alrededor de la mesa larga bajo la pérgola. Las niñas, con coronas de papel dorado, soplaron las velas con fuerza, pidiendo deseos que seguramente tenían que ver con ponis o viajes a la luna.
Cuando los aplausos cesaron, Elena pidió silencio. Levantó su copa de agua de jamaica.
—Quiero decir algo —dijo. Su voz tembló un poco, pero se aclaró enseguida—. Hace un año, yo no sabía si iba a ver este día. No sabía si mis hijas iban a tener a alguien que las cuidara. Estaba sola, asustada y cansada.
Miró a los invitados, a sus hijas que ya estaban metiendo el dedo en el merengue, y finalmente, miró a Alejandro.
—Pero la vida me dio una sorpresa. Me devolvió lo que pensé que había perdido. Quiero brindar por el hombre que no huyó. Por el hombre que cambió sus trajes italianos por este delantal sucio. Gracias, Alejandro, por salvarnos. No con tu dinero, sino con tu tiempo. Con tu amor.
Alejandro sintió un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de golf. No era un hombre de llorar en público, pero sintió que los ojos se le humedecían. Levantó su cerveza.
—Yo no las salvé —dijo, con la voz ronca—. Ustedes me salvaron a mí. Yo era un hombre rico, pero estaba en bancarrota emocional. Ahora… bueno, ahora tengo menos ceros en la cuenta, pero soy el hombre más afortunado del planeta.
—¡Beso! ¡Beso! —empezaron a gritar los invitados, liderados por una eufórica Magda.
Alejandro no se hizo del rogar. Besó a Elena frente a todos, sellando una promesa que no necesitaba contratos ni notarios.
El Ocaso y la Verdad
La fiesta terminó al anochecer. Los últimos invitados se fueron, dejando tras de sí una montaña de platos desechables, confeti y envolturas de regalos.
Las niñas, agotadas por el exceso de azúcar y emoción, se quedaron dormidas en la sala, amontonadas en el sofá grande como cachorros exhaustos.
Alejandro y Elena salieron al porche trasero. La noche estaba fresca, y el canto de los grillos reemplazó a la música de la fiesta. Se sentaron en la hamaca doble, balanceándose suavemente.
Alejandro miró hacia la casa iluminada. Se veían los juguetes tirados, el desorden feliz.
—¿Te arrepientes? —preguntó Elena de repente, rompiendo el silencio cómodo.
Alejandro la miró, extrañado.
—¿De qué?
—De dejarlo. Hoy leí en Forbes que Grupo Vargas ha bajado al tercer lugar en la industria de la construcción desde que dejaste el puesto de CEO. Dicen que perdiste el “instinto asesino”. Que te volviste blando.
Alejandro soltó una carcajada genuina.
—¿Blando? Que intenten negociar con Mía la hora de dormir. Eso sí requiere instinto asesino.
Se puso serio, tomó la mano de Elena y entrelazó sus dedos.
—Mira, Elena. Pasé quince años subiendo una escalera. Quería llegar a la cima para ver el mundo desde arriba. Y cuando llegué… me di cuenta de que estaba solo. La vista era bonita, pero hacía frío.
Señaló hacia dentro de la casa, donde sus hijas dormían.
—No me arrepiento de nada. Ni de un solo peso perdido, ni de una sola portada de revista que ya no protagonizo. Esa gente de negocios… ellos miden el éxito en trimestres. Yo ahora mido el éxito en momentos. En la primera vez que Sofía escribió su nombre. En la risa de Camila. En que tú estés aquí, sana, a mi lado.
Elena recargó la cabeza en su hombro.
—Eres un buen hombre, Alejandro. Siempre lo fuiste, solo estabas… distraído.
—Estaba perdido —corrigió él—. Tú eras mi brújula. Siempre lo fuiste. Solo tardé un poco en aprender a leer el mapa.
Se quedaron en silencio un rato más, disfrutando de la paz que solo se consigue después de una batalla ganada.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —dijo Alejandro—. Mañana tengo una reunión con la junta. Solo voy una vez al mes.
—¿Y qué les vas a decir?
—Les voy a decir que vamos a invertir en un programa de guarderías para los empleados de la construcción. Y que si no les gusta, pueden despedirme. Pero no lo harán, porque aunque crean que soy blando, saben que sigo siendo el dueño.
Elena sonrió en la oscuridad.
—El Tiburón de Santa Fe se volvió vegetariano.
—No tanto —rió él—. Todavía muerdo si se meten con mi familia.
El Final
Entraron a la casa. Alejandro cargó a Sofía, Elena a Camila, y Alejandro volvió por Mía. Las llevaron a sus camas, las taparon y les dieron el beso de buenas noches que ya era un ritual sagrado.
Antes de irse a su habitación, Alejandro pasó por la cocina para beber un vaso de agua.
La puerta del refrigerador, un modelo moderno de acero inoxidable, estaba cubierta de imanes y papeles. Ya no se veía el metal.
Había boletas de calificaciones, fotos instantáneas borrosas, recortes de revistas.
Pero en el centro, pegado con un imán de una tortuga, había un dibujo nuevo.
Lo había hecho Sofía esa mañana.
Eran cinco figuras de palitos. Un papá muy alto con una corbata roja (aunque ya casi no usaba corbatas). Una mamá con cabello largo. Y tres niñas idénticas con vestidos de colores. Arriba, había un sol amarillo con gafas de sol.
Y abajo, con letras chuecas y coloridas, decía:
“Mi hogar es donde estamos todos juntos”.
Alejandro tocó el papel con la yema de los dedos.
Pensó en el hombre que entró en ese hospital hace un año, con su traje impecable y su alma vacía. Pensó en lo cerca que estuvo de seguir caminando, de ignorar a esas tres niñas llorando en el pasillo, de perderse todo esto.
Un escalofrío le recorrió la espalda. La vida era frágil. Las decisiones de un segundo podían cambiar el destino para siempre.
Él había tomado la decisión correcta. Había elegido bajarse del tren de alta velocidad para caminar descalzo por el pasto.
Apagó la luz de la cocina.
Caminó por el pasillo hacia la habitación donde Elena lo esperaba.
No había silencio en la casa. Se escuchaba el zumbido del refrigerador, la respiración suave de las niñas, el crujido de la madera asentándose.
Era el sonido de la vida.
Alejandro Vargas sonrió en la oscuridad.
—Soy el hombre más rico del mundo —susurró para sí mismo.
Y cerró la puerta.
FIN
