EL BOTÓN DORADO Y LA NOVIA ASESINA: CÓMO UN MILLONARIO DE MONTERREY USÓ UN OSITO DE PELUCHE PARA ATRAPAR A SU PROMETIDA EN EL ACTO MÁS ATROZ DE TRAICIÓN Y DESCUBRIR UN PLAN DE ASESINATO POR 20 MILLONES DE DÓLARES QUE CASI TERMINA CON SU FAMILIA.

CAPÍTULO 1: LA SOMBRA EN EL UMBRAL

El cielo de Monterrey se teñía de un color violeta sucio, ese tono que solo adquiere el horizonte cuando el smog de la industria y el calor remanente del asfalto se mezclan con la caída del sol. Yo, Alejandro Valladares, manejaba mi camioneta con las manos apretadas al volante de piel, sintiendo cómo el cansancio me calaba hasta los huesos. Había sido un día interminable en la oficina; juntas de presupuesto, llamadas con proveedores en China y la presión constante de mantener a flote el imperio que mi padre había fundado y que yo había multiplicado. Pero nada de eso importaba en ese momento. Lo único que ocupaba mi mente era el olor a antiséptico y el sonido rítmico de las máquinas que me esperaban en el Hospital Central.

Mi madre, doña Elena, se estaba desvaneciendo. O al menos eso es lo que los doctores, con sus rostros impasibles y sus términos técnicos, intentaban hacerme entender. “Insuficiencia cardiaca”, decían. “Deterioro cognitivo progresivo”. Para mí, era simplemente el fin de mi mundo. Ella era mi raíz, el único puerto seguro en un océano de tiburones corporativos.

Al llegar al hospital, el guardia de la entrada me saludó con un cabeceo respetuoso. Ya me conocían. El “licenciado Valladares”, el hombre que donaba equipos y pagaba las cuentas más altas sin pestañear. Subí por el ascensor privado, ese que te ahorra el contacto con la miseria ajena, pero que no te protege de la propia. El pasillo del tercer piso estaba sumido en esa penumbra artificial de las horas de visita que agonizan. Mis pasos, firmes y costosos, resonaban contra el piso de granito pulido.

Antes de llegar a la habitación 304, me detuve frente al gran ventanal que daba a la avenida. Vi las luces de la ciudad encenderse y, por un momento, pensé en Carla. Mi hermosa Carla. Ella había sido mi roca en estos meses de agonía. Se había mudado a la mansión para cuidar de mamá, sacrificando sus eventos sociales, su tiempo, su libertad. O eso es lo que yo quería creer. Me sentía el hombre más afortunado del mundo por tener a una mujer tan joven, tan bella y, sobre todo, tan abnegada a mi lado. Estábamos a dos meses de la boda. Ya me imaginaba verla caminar hacia el altar, de blanco, una visión de pureza que contrastaba con la oscuridad que rodeaba la enfermedad de mi madre.

Suspiré, tratando de sacudirme el presentimiento que me oprimía el pecho. Era solo estrés, me dije. Caminé los últimos metros hacia la puerta. Por alguna razón que todavía no alcanzo a comprender —quizás un instinto primitivo, quizás un capricho del destino—, no hice ruido. No quería interrumpir si mamá estaba durmiendo. Giré la perilla de acero inoxidable con una lentitud milimétrica. La puerta se abrió sin un solo chirrido.

Lo que vi en el interior de esa habitación no fue una escena de paz, sino un fragmento del infierno transportado a la tierra.

La luz de lectura sobre la cama estaba apagada, pero el resplandor de los monitores bañaba la estancia en un tono azul espectral. Carla estaba allí. Pero no estaba sentada en el sillón leyendo, ni sosteniendo la mano de mi madre como tantas veces la había encontrado. Estaba de pie, inclinada sobre el cuerpo frágil de doña Elena. Sus hombros estaban tensos, sus codos bloqueados por el esfuerzo. Sus manos, cubiertas por los puños de seda de su vestido verde esmeralda, presionaban con una fuerza salvaje una almohada contra el rostro de mi madre.

El tiempo se detuvo. Escuché mi propio pulso retumbar en mis oídos como un tambor de guerra. Vi el cuerpo de mi madre sacudirse bajo las sábanas, un espasmo débil, una lucha desigual de una mujer de setenta años contra una joven llena de vigor y odio. Las piernas de mi madre golpeaban el colchón sin fuerza, buscando un apoyo que no existía.

—¡Suéltala! —el grito salió de mi garganta como un rugido animal, rompiendo el silencio aséptico de la habitación—. ¡Suéltala, maldita sea, la estás matando!

Me lancé hacia adelante con una velocidad que no sabía que poseía. No era el ejecutivo refinado; era un hombre protegiendo a su cría, a su origen. Mis manos, temblando por una descarga masiva de adrenalina, se clavaron en los hombros de Carla. Sentí la suavidad de la seda y, debajo, la dureza de un cuerpo que no esperaba ser descubierto. La arranqué de la cama con una violencia que la hizo volar hacia atrás.

Carla chocó contra el soporte del suero, que se tambaleó peligrosamente antes de caer con un estruendo metálico. La almohada azul resbaló del rostro de mi madre y cayó al suelo, como una prueba silenciosa del crimen.

—¡Mamá! —me desplomé sobre el borde de la cama, buscando desesperadamente su rostro.

Doña Elena tenía la cara amoratada, los ojos desorbitados por el pánico y los labios azulados. Boqueaba buscando aire, emitiendo un sonido rasposo, un quejido desesperado que me desgarró el alma. Era el sonido de alguien que acababa de asomarse al abismo y había sido arrastrado de vuelta por los pelos. Sus manos flacas se cerraban y abrían sobre la sábana, buscando algo a lo que aferrarse.

—Respira, mamá, respira… aquí estoy —sollozé, tomándole la mano. Estaba helada, empapada en un sudor frío que me hizo estremecer.

Entonces, el silencio que siguió al caos fue roto por la voz de Carla. No era una voz de culpa, ni de terror por haber sido atrapada. Era una voz que, tras un microsegundo de ajuste, recuperó su tono melodioso y manipulador.

—¡Alejandro, por Dios, me asustaste! —dijo ella, levantándose del suelo con una agilidad felina. Empezó a sacudirse el vestido verde, alisando las arrugas con una calma que me revolvió el estómago—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué entras así?

Me giré hacia ella, con la rabia nublándome la vista. El contraste era insoportable: mi madre luchando por un hilo de aire y Carla preocupada por su apariencia.

—¿Qué qué me pasa? ¡Te vi, Carla! ¡Vi cómo la asfixiabas con la almohada! ¡Vi cómo usabas todo tu peso para que no pudiera respirar!

Carla dio un paso hacia la luz, permitiendo que el resplandor de los monitores revelara su rostro. Por un instante, la máscara se deslizó. Vi una sombra de frustración en sus ojos verdes, un destello de odio puro, como si estuviera molesta porque mi llegada había arruinado su “trabajo”. Pero fue tan rápido como un parpadeo. En un segundo, sus ojos se llenaron de lágrimas perfectas, de esas que no desmaquillan, y su rostro se contorsionó en una expresión de angustia absoluta.

—No, mi amor, no… estás equivocado —sollozó, llevándose las manos a la boca en un gesto teatral que en otro momento me habría parecido conmovedor—. No viste eso. Ella… ella empezó a convulsionar. Se estaba golpeando la cabeza contra los barrotes de la cama, ¡estaba fuera de sí! Yo solo… yo solo intenté poner la almohada para que no se rompiera el cráneo. Estaba tratando de salvarla, Alejandro.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. La duda, ese veneno lento, empezó a filtrarse en mi mente. ¿Acaso mi cerebro, agotado por el trabajo y el dolor, me había jugado una broma cruel? ¿Había malinterpretado el ángulo de sus brazos? Miré a mi madre. Doña Elena seguía temblando, pero sus ojos ahora estaban fijos en Carla. No había gratitud en esa mirada. Había un terror primario, el mismo que siente una gacela frente al guepardo que la tiene por el cuello.

Mi madre intentó hablar, pero solo salió un gemido ininteligible. Su cabeza negaba, un movimiento casi imperceptible sobre la almohada, pero yo lo capté. Ella no estaba confirmando la versión de Carla.

—¡Mentirosa! —le grité, dando un paso hacia ella—. ¡Entré y vi tus manos! Vi la presión, vi cómo le hundías la cara. No estabas protegiéndola, estabas terminando con ella. ¡Dime la verdad! ¿Por qué lo hacías?

—¡Cómo puedes decir eso! —Carla elevó la voz, ahora en un tono de indignación herida que habría engañado a un jurado entero—. ¡Yo la amo como si fuera mi propia madre! He pasado semanas aquí encerrada, oliendo a enfermedad y muerte, mientras tú estás en tus juntas importantes. ¡He renunciado a todo por cuidarla! ¿Y así me pagas? ¿Acusándome de algo tan monstruoso?

—¡Médico! —volví a rugir hacia el pasillo, ignorando sus palabras—. ¡Necesito ayuda aquí!

El sonido de pasos apresurados llenó el corredor. Un equipo de enfermeras y el médico de guardia irrumpieron en la habitación. Las luces se encendieron completamente, revelando la crudeza de la escena: el soporte del suero volcado, la almohada en el suelo y yo, el magnate Valladares, con el rostro desencajado y las manos temblorosas.

—Señor, por favor, apártese —ordenó el médico, un hombre canoso que no se dejó impresionar por mi presencia.

Me empujaron contra la pared fría mientras se abalanzaban sobre doña Elena. Vi cómo le colocaban la mascarilla de oxígeno, cómo revisaban sus pupilas, cómo el estetoscopio buscaba la vida en su pecho agitado.

—Saturación bajando a 82… está taquicárdica —gritó una enfermera—. Pongan una vía de rescate, rápido.

Desde mi posición contra la pared, vi a Carla. Se había dejado caer en la silla de la esquina, cubriéndose la cara con las manos. Sus hombros se sacudían en un llanto ruidoso. Para cualquier observador externo, ella era la imagen de la mujer abnegada colapsando por el estrés de una emergencia médica. Pero yo ya no era un observador externo.

Me fijé en sus manos. Esas manos que yo había besado mil veces, que habían acariciado mi rostro en la intimidad de nuestra habitación. Hace solo unos segundos, esas manos eran garras letales. La duda seguía allí, mordiéndome, pero el instinto me decía que la mujer con la que planeaba casarme era un extraño.

El médico terminó de estabilizar a mi madre y se giró hacia nosotros. Su mirada era severa, evaluando el caos del cuarto.

—¿Qué pasó exactamente aquí? —preguntó, mirándome a mí y luego a Carla.

—Fue una crisis —se adelantó Carla, levantándose con los ojos rojos y la voz quebrada—. Doña Elena empezó a sacudirse violentamente. Sus ojos se pusieron en blanco. Yo me asusté tanto… solo quería sujetar su cabeza con la almohada para que no se lastimara contra el metal de la cama. Y entonces… —ella me miró con una mezcla de tristeza y reproche— Alejandro entró gritando, me empujó… creo que malinterpretó todo por el susto.

El médico frunció el ceño y miró a mi madre, que ahora respiraba con ayuda del oxígeno.

—Doctor —dije yo, tratando de recuperar la compostura, aunque mi voz sonaba metálica—, revise su cuello. Revise su cara. Si fue una convulsión, no debería tener marcas de presión.

Carla contuvo el aliento por un microsegundo. Fue un detalle mínimo, algo que solo alguien que ha negociado contratos millonarios podría notar. Un tic de nerviosismo.

El médico levantó la barbilla de doña Elena con delicadeza. La anciana gimió de dolor. Bajo la luz blanca y fría de los tubos fluorescentes, las marcas eran evidentes. Había eritemas rojos, tenues pero claros, alrededor de sus pómulos y cerca de la comisura de la boca. El doctor miró la almohada azul en el suelo. Luego miró a Carla. El ambiente se volvió denso, pesado, como si el aire se hubiera convertido en plomo.

—Hay eritema facial —dijo el médico con un tono neutral que me puso los pelos de punta—. Podría ser por la fricción de la almohada durante una convulsión… o por presión mecánica directa. No es concluyente, pero es inusual.

—¡Fue la convulsión! —insistió Carla, dando un paso hacia el médico, con las manos juntas en un gesto de súplica—. ¡Ella se movía con mucha fuerza! Por favor, Alejandro, ¿cómo puedes hacerme esto? Me estás acusando de algo horrible… ¡Dios mío, yo la quiero!

Doña Elena, con las pocas fuerzas que le quedaban, movió su mano derecha. No buscó a Carla. Buscó la bata del médico y la apretó, negando con la cabeza una y otra vez. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en los míos. Había una súplica muda que no necesitaba palabras: “No le creas. Ella miente”.

Sentí un frío glacial recorrerme la columna vertebral. Sabía que Carla era astuta. Sabía que si la acusaba sin pruebas contundentes en ese momento, ella usaría mi estrés y el estado de mi madre para hacerme parecer loco. Alegaría un brote psicótico de mi parte y me alejarían de la habitación. Perdería el acceso a mi madre y, entonces sí, Carla terminaría el trabajo.

Necesitaba pensar. Necesitaba calmar a la bestia herida que gritaba dentro de mí y dejar que el estratega tomara el control.

—Doctor —dije, forzando una calma que me desgarraba por dentro—, quiero un informe detallado de esas marcas. Y quiero que quede constancia de que mi madre niega haber tenido una convulsión.

Carla se tensó. Su postura cambió; ya no era la víctima desvalida, sino una depredadora evaluando una nueva amenaza. Sabía que yo no había comprado su historia.

—Señor Valladares, ahora lo importante es estabilizar a la paciente —dijo el médico—. Les voy a pedir a ambos que salgan. Necesitamos espacio para trabajar.

—Yo no me voy —dije de forma tajante, cruzando los brazos—. No la voy a dejar sola. No ahora.

—¡Yo me quedo en la sala de espera! —gritó Carla, fingiendo indignación. Caminó hacia la puerta con paso firme, pero con los hombros caídos en una derrota fingida—. Cuando te calmes, Alejandro, te darás cuenta del error tan terrible que estás cometiendo conmigo. No sé si podré perdonarte esta humillación.

Ella salió de la habitación, pero antes de cruzar el umbral, se giró. Sus ojos se encontraron con los míos. Por un instante, la máscara cayó por completo. No había tristeza, no había lágrimas. Había una advertencia helada, una frialdad calculadora que me decía: “Esto no ha terminado. Si me declaras la guerra, asegúrate de poder ganarla”.

Me quedé solo con el personal médico y el sonido del monitor cardiaco. Me acerqué a la cama, ignorando las protestas de la enfermera, y besé la frente de mi madre.

—Te juro, mamá —le susurré al oído, tan bajo que nadie más pudiera oírlo—, que no te volverá a poner un dedo encima. Te lo juro por mi vida.

Mientras le acariciaba el cabello gris, noté algo que me hizo estremecer aún más. Bajo las sábanas, la mano de mi madre estaba cerrada en un puño rígido. Con una delicadeza extrema, empecé a abrir sus dedos. En el centro de su palma arrugada, brillaba un objeto pequeño.

Era un botón dorado. Un botón con el escudo de una marca de lujo, arrancado violentamente de la manga del vestido verde de Carla durante la lucha. El hilo colgaba de él como una víscera pequeña.

Cerré la mano de mi madre sobre el botón y lo oculté. Era la primera bala en mi cargador. La guerra no solo había comenzado; ahora era personal. Y en el mundo de los Valladares, cuando alguien nos declara la guerra, no nos detenemos hasta ver las cenizas del enemigo.

Miré hacia la puerta por donde Carla se había ido. Afuera, en la oscuridad del pasillo, el monstruo esperaba. Pero ella no sabía que yo acababa de despertar. Ya no era el novio ciego. Era Alejandro Valladares, y la cacería acababa de empezar.

CAPÍTULO 2: EL ENEMIGO EN MI PROPIA CAMA

El pasillo del Hospital Central estaba sumido en esa penumbra inquietante de las horas muertas, donde el único sonido es el zumbido eléctrico de las lámparas y el eco de mis propios pasos sobre el linóleo frío. Me senté en una silla de plástico, de esas que parecen diseñadas para que nunca te sientas cómodo, justo afuera de la habitación 304. Dentro, mi madre luchaba por su vida; fuera, yo luchaba por no perder la cordura. Tenía la mirada fija en la pared, pero mi mente trabajaba a mil kilómetros por hora, repasando cada segundo del ataque que acababa de presenciar.

En mi bolsillo derecho, sentía el peso de una prueba pequeña pero letal: el botón dorado que había rescatado de la mano cerrada de mi madre. Lo saqué con cuidado y lo hice girar entre mis dedos bajo la luz fluorescente. Era una pieza de diseño, con el escudo de una casa de moda europea que yo mismo le había regalado a Carla en nuestro último viaje a Nueva York. Verlo allí, arrancado de su vestido verde durante una lucha desesperada por aire, era la confirmación física de que la mujer con la que planeaba casarme era un monstruo. La duda, ese veneno lento que Carla sabía administrar tan bien, estaba siendo neutralizada por la fría realidad de ese metal dorado.

El diagnóstico del horror

Habían pasado apenas treinta minutos cuando el médico regresó con una expresión severa, sosteniendo una tabla con los resultados preliminares. Me puse de pie de un salto, mi figura imponente proyectando una sombra tensa sobre la pared del pasillo.

—¿Cómo está ella, doctor? —pregunté sin rodeos, mi voz sonando como el choque de dos piedras.

—Estable por ahora, señor Valladares —respondió el médico, bajando la voz y mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie nos escuchaba. —Pero tengo que ser honesto: la situación es sumamente confusa. No hemos detectado actividad epiléptica residual en el electroencefalograma, lo que hace que la teoría de la convulsión que mencionó su prometida sea, cuanto menos, dudosa.

Sentí una mezcla de vindicación y horror puro.

—Ella no tuvo ninguna convulsión, doctor —afirmé, acercándome más a él. —Usted y yo sabemos perfectamente lo que pasó en esa habitación antes de que yo entrara.

El médico suspiró, mirando de reojo la puerta cerrada de la habitación.

—Mire, las marcas en su rostro son consistentes con presión mecánica directa. Pero hay algo más que me preocupa profundamente. Al revisarla, encontramos moretones antiguos en sus brazos y costillas, en diferentes etapas de curación, que datan de hace una o dos semanas. ¿Su madre se cae a menudo?

Sus palabras fueron como una punzada directa al estómago.

—No… ella apenas puede levantarse de la cama sin ayuda desde hace meses. Carla es quien la cuida durante el día cuando yo estoy en la oficina. Ella siempre me decía que mamá se golpeaba accidentalmente contra los muebles por su supuesta falta de coordinación… y yo, como un idiota, le creí.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Las piezas de un rompecabezas macabro empezaban a encajar con una precisión aterradora. Recordé todas las veces que Carla me había impedido entrar a ver a mi madre porque “estaba durmiendo” o porque “estaba muy alterada”. Recordé la degradación rápida de la salud de doña Elena en los últimos tres meses, coincidiendo exactamente con el momento en que Carla se mudó a nuestra mansión en San Pedro. Me sentí enfermo. Había metido al enemigo en mi propia casa; había dormido con el monstruo mientras ella torturaba a la mujer que me dio la vida.

El estratega despierta

—Doctor, necesito pedirle un favor —dije, bajando el tono a un susurro conspirativo. —No quiero que confronte a mi prometida todavía. Necesito que actúe con total normalidad delante de ella.

El médico se puso rígido, su ética profesional chocando con mi petición.

—Señor Valladares, si sospechamos abuso doméstico o intento de homicidio, es mi deber legal reportarlo a la policía de inmediato —advirtió.

—Y lo haremos, se lo juro —respondí, mis ojos brillando con una determinación feroz que lo hizo retroceder un paso. —Pero si la policía viene ahora, ella dirá que fue un accidente. Carla es extremadamente inteligente; tiene coartadas preparadas, tiene mi confianza previa y, conociéndola, seguramente ya manipuló las cámaras de seguridad de mi casa. Si la asustamos ahora, se escapará o, peor aún, destruirá las pruebas que necesito para hundirla de por vida. Deme veinticuatro horas. Solo mantenga a mi madre segura. Nadie entra, excepto el personal que usted autorice personalmente.

El médico me estudió durante un largo minuto, evaluando la seriedad del hombre que tenía enfrente. Finalmente, asintió con un gesto casi imperceptible.

—Pondré seguridad en la puerta bajo el protocolo de “condición cardíaca crítica” —concedió. —Pero tenga cuidado, señor Valladares. Esa mujer no parece alguien que se rinda fácilmente.

El testimonio de Rosa

Cuando el médico se marchó, volví a desplomarme en la silla, sintiendo que la ira daba paso a una frialdad calculadora. Necesitaba saber el “por qué”. Carla tenía acceso a mis tarjetas, vivía como una reina en Monterrey, tenía joyas, viajes y un futuro asegurado. ¿Por qué arriesgarse a matar a doña Elena? ¿Qué ganaba con acelerar el final?

La puerta se abrió suavemente y me puse tenso, listo para saltar. Pero no era Carla. Era una enfermera joven, la que había visto antes, de aspecto humilde y cabello recogido en una coleta baja. Llevaba una bandeja con un café humeante.

—Disculpe, licenciado —dijo ella con voz tímida, mirando hacia el suelo —. Le traje esto. Se ve que lo necesita.

—Gracias, Rosa —respondí, leyendo su gafete mientras relajaba los hombros.

Rosa se acercó para dejar el café en la mesita, quedando de espaldas a la puerta y de frente a mí. De repente, sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad urgente que me dejó sin aliento.

—Señor —susurró, tan bajo que apenas fue audible sobre el zumbido del aire acondicionado —. No beba nada que ella le ofrezca. Y por lo que más quiera, no deje a su madre sola ni un segundo.

Me quedé helado con la taza a medio camino de mis labios.

—¿Qué has dicho? —pregunté, sintiendo que el corazón me martilleaba las costillas.

Rosa miró nerviosamente hacia la puerta y empezó a acomodar las sábanas de mi madre con manos temblorosas.

—A la señorita Carla… la he visto antes, cuando usted no está en el hospital —confesó con un nudo en la garganta. —Ella le habla cosas horribles a doña Elena. Le dice que es un estorbo, que usted estaría mucho mejor si ella ya no estuviera, que usted solo gasta dinero por compromiso. La semana pasada… vi cómo le apretaba la muñeca hasta hacerla llorar de dolor, pero en cuanto yo entré, ella me sonrió con esa cara de ángel y me dijo que solo le estaba tomando el pulso.

Un dolor agudo me atravesó el pecho.

—¿Por qué no me lo dijiste antes, Rosa? —pregunté, mi voz quebrada por la culpa.

—Porque ella me amenazó, señor —confesó Rosa, con los ojos llenos de lágrimas. —Me dijo que si abría la boca haría que me despidieran y que usted jamás le creería a una simple enfermera antes que a ella. Tengo dos hijos que dependen de mí, licenciado… no podía perder mi chamba. Pero hoy… lo que intentó hacer hoy… ya no puedo callar más. Esa mujer es un demonio.

Sentí una ola de vergüenza recorrer mi cuerpo. Mi riqueza, mi posición y mi propia arrogancia me habían cegado ante el sufrimiento de mi madre y el terror de la gente honesta que me rodeaba. Extendí la mano y toqué suavemente el brazo de Rosa.

—Rosa, mírame —le pedí. Ella levantó la vista, asustada. —Nadie te va a despedir. Te doy mi palabra de hombre. A partir de hoy, tú eres mis ojos y mis oídos aquí. Cualquier cosa que veas, por mínima que sea, me la dices a mí directamente. ¿Entendido?

Ella asintió, tragando saliva con fuerza.

—Sí, señor. Haré lo que sea por doña Elena.

—Vete ahora, antes de que sospeche. Actúa normal —le ordené.

Rosa salió rápidamente, dejándome a solas con la confirmación de mis peores sospechas. Carla no solo quería matar a mi madre; la había estado torturando sistemáticamente bajo mis propias narices, en mi propia casa, disfrutando de mi ignorancia.

La cacería comienza

Me levanté y caminé hacia la ventana que daba al estacionamiento del hospital. Abajo, apoyada en mi propio coche de lujo, vi a Carla. Estaba fumando un cigarrillo con una tranquilidad pasmosa, hablando por teléfono y gesticulando como una general dando órdenes a sus tropas. No parecía, ni por un asomo, la mujer angustiada que hace unos minutos lloraba en la habitación.

Saqué mi teléfono y abrí la aplicación de seguridad de mi mansión. “Cámaras desactivadas”, decía el mensaje de error en la pantalla. Por supuesto. Había cubierto sus huellas en casa, pero cometió el error fatal de subestimar el amor de un hijo y la valentía de una enfermera.

No llamé a la policía todavía. Marqué el número de Carlos, mi jefe de seguridad privada.

—Carlos, escúchame bien —dije, mi voz fría como el hielo. —Quiero micrófonos y cámaras ocultas en la habitación 304 ahora mismo. Tienes veinte minutos antes de que yo salga a confrontarla. Quiero que cada palabra, cada suspiro y cada amenaza de esa mujer quede grabada en alta definición.

Colgué el teléfono y me volví hacia mi madre. Doña Elena había abierto los ojos; estaban vidriosos y cansados, pero había un destello de reconocimiento al verme. Me arrodillé a su lado y besé su mano amoratada.

—Descansa, mamá —le susurré al oído. —El teatro se acabó. Ahora empieza la cacería.

Me arreglé el traje, me desordené un poco el cabello para parecer más afectado emocionalmente y respiré hondo. Tenía que salir ahí fuera y ofrecer la mejor actuación de mi vida. Tenía que hacerle creer a Carla que había ganado, que le creía sus mentiras y que la perdonaba. Solo así bajaría la guardia. Solo así cometería el error que la llevaría directo a la cárcel.

Abrí la puerta y salí al pasillo, caminando directo hacia la boca del lobo, con el botón dorado ardiendo en mi bolsillo como una promesa de justicia.

CAPÍTULO 3: EL ARTE DE LA CAZA

Caminar por los pasillos del hospital después de hablar con Rosa fue como atravesar un campo minado de emociones. Cada paso que daba hacia la salida me alejaba de la fragilidad de mi madre y me acercaba al epicentro del mal que había infectado mi vida. En mi bolsillo, el botón dorado parecía emitir calor, recordándome que la mujer que me esperaba afuera no era la compañera de vida que yo había imaginado, sino una depredadora que había estado acechando mi fortuna y la vida de doña Elena.

Al cruzar las puertas automáticas, el bochorno de Monterrey me golpeó de frente, un aire denso y caliente que contrastaba con el frío gélido de la terapia intensiva. La luz de la tarde empezaba a languidecer, tiñendo el cielo de un naranja encendido. Allí estaba ella, junto a una de las columnas de la entrada, recargada en mi camioneta con una actitud que derrochaba una seguridad insultante.

Carla estaba fumando. Verla con el cigarrillo entre los dedos me produjo una náusea instantánea. Ella siempre me había dicho que detestaba el tabaco, que le recordaba a la enfermedad de su abuelo. Era otra mentira más en su interminable catálogo de falsedades. Estaba hablando por teléfono, gesticulando con una mano mientras soltaba una risita seca, una risa que no tenía nada de la dulzura que solía fingir frente a mí. Parecía una generala pasando revista a sus tropas, una mujer con el control absoluto de la situación.

En cuanto me vio salir, su transformación fue digna de un premio de la Academia. Guardó el teléfono en su bolso con un movimiento nervioso y dejó caer el cigarrillo al suelo, aplastándolo con la punta de su zapato de diseñador. Su rostro, que un segundo antes era de puro cálculo y frialdad, se desmoronó en una máscara de dolor insoportable.

El encuentro en la boca del lobo

—¿Ya llamaste a la policía? —preguntó ella con la voz quebrada, abrazándose a sí misma como si un frío repentino la hubiera invadido en medio de la canícula regia. —¿Viniste a decirme que me vaya, que soy un monstruo?.

Sentí una náusea violenta subir por mi garganta. Quería gritarle. Quería agarrarla por los hombros y sacudirla hasta que soltara cada gramo de verdad sobre los moretones en los brazos de mi madre y el intento de asfixia que acababa de presenciar. Pero recordé la advertencia de Rosa y el consejo de mi jefe de seguridad. Si quería destruirla, no podía ser con la fuerza; tenía que ser con la astucia. Tenía que ser el novio estúpido y enamorado que ella creía tener en el bolsillo.

Bajé la cabeza, respiré hondo y dejé que mis hombros cayeran en una postura de derrota total. Me acerqué despacio, con las manos abiertas en señal de paz.

—No, Carla —dije, forzando un tono de voz suave, casi suplicante. —Vine a pedirte perdón.

Ella parpadeó, sorprendida. El llanto fingido se detuvo por un instante mientras procesaba mi respuesta.

—¿Qué?.

—Perdóname —repetí, tomando sus manos. Estaban frías, como el mármol de una tumba. Ella intentó retirarlas, pero las sostuve con firmeza, fingiendo desesperación. —Estaba aterrado. Entré, vi a mamá luchando por respirar, la almohada… mi mente se fue al peor lugar posible. El estrés de la empresa, su enfermedad… perdí la cabeza. El doctor me explicó que las convulsiones pueden ser violentas y que tú solo estabas intentando que no se golpeara. No debí gritarte así delante de todos.

Carla me estudió con una intensidad depredadora. Sus ojos verdes, que yo alguna vez llamé mi paraíso, buscaban cualquier rastro de mentira en mi rostro. Sostuve su mirada, inyectando en mis propios ojos toda la súplica y el arrepentimiento que pude fingir. Sabía que mi futuro y la vida de doña Elena dependían de que ella comprara esa mentira.

—Me lastimaste, Alejandro —dijo finalmente, soltando un sollozo seco. —Me hiciste sentir como una criminal cuando yo solo trataba de ayudarla. ¿Tienes idea de lo difícil que es cuidarla? Se orina, me grita, se olvida de quién soy… y yo estoy ahí día tras día soportándolo por ti, porque te amo.

Cada palabra suya era una puñalada. Escucharla quejarse de cuidar a mi madre, cuando en realidad la estaba torturando, hizo que la sangre me hirviera, pero apreté los dientes y forcé una sonrisa triste.

—Lo sé, mi amor, lo sé. Eres una santa con ella y yo soy un idiota. Por favor, vuelve arriba conmigo. Mamá te necesita… yo te necesito. No puedo manejar esto solo.

Carla suspiró largamente, secándose una lágrima perfecta de la mejilla.

—Está bien, pero que sea la última vez que dudas de mí, Alejandro. La próxima vez me voy y no vuelvo.

—Te lo prometo —mentí, sintiendo el sabor amargo de la traición en mi lengua.

El regreso al corredor de la muerte

Caminamos de regreso al ascensor. El silencio en la cabina metálica era asfixiante. Yo miraba los números cambiar en el panel digital mientras sentía el perfume floral de Carla inundar el espacio. Antes, ese olor me encantaba; ahora, me revolvía el estómago. Ella se apoyó en mi hombro, un gesto de supuesta reconciliación, y tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no apartarme bruscamente.

Cuando llegamos al pasillo de la habitación 304, vi que el guardia de seguridad que el médico había prometido ya estaba allí. Era un hombre robusto con uniforme gris que vigilaba la puerta. Carla se tensó al verlo.

—¿Por qué hay seguridad? —preguntó con un tono afilado, casi defensivo.

—Protocolo del hospital —improvisé rápidamente, manteniendo la voz tranquila. —Por el incidente de los gritos. Creen que somos una familia conflictiva. No te preocupes, amor.

Entramos en la habitación. El sonido rítmico del monitor cardíaco —bip… bip… bip— llenaba el espacio. Doña Elena estaba despierta, con la mirada clavada en el techo. En el momento en que Carla cruzó el umbral, el ritmo del monitor se aceleró drásticamente: bip-bip-bip-bip.

Mi madre giró la cabeza y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a su verdugo entrar de mi mano. Intentó incorporarse, pero las vías intravenosas la retuvieron. Un gemido gutural, cargado de súplica, salió de su garganta.

—Tranquila, doña Elena —dijo Carla, soltándome y corriendo hacia la cama con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Ya estamos aquí. Alejandro ya se calmó. Nadie va a hacerle daño.

Carla se inclinó sobre mi madre. Para cualquier observador externo, era un gesto de inmenso cariño. Pero yo, que ahora miraba con los ojos de la verdad, vi lo que realmente estaba pasando. Carla colocó su mano sobre el antebrazo de mi madre y apretó con fuerza, hundiéndole las uñas en la piel donde sabía que le dolería, enviándole un mensaje silencioso de terror.

El monitor cardíaco comenzó a pitar una alarma de taquicardia.

—¡Ves cómo se pone! Se altera cuando me ve porque sabe que causó un problema entre nosotros —exclamó Carla, girándose hacia mí con fingida preocupación. —Se siente culpable, la pobre.

Sentí que la sangre me hervía. Quería gritarle: “¡Se altera porque la estás pellizcando, maldita sociópata!”. Pero me mordí la lengua. Tenía que esperar. Tenía que dejar que ella misma cavara su propia tumba.

La trampa del osito de peluche

—Debe ser eso —dije con voz ronca, tratando de sonar convencido. —Amor, ¿te puedes quedar con ella un segundo? Olvidé mi billetera en el auto y quiero traerle el oso de peluche que le compré ayer. Tal vez eso la calme.

Carla me miró con una sombra de duda.

—¿Me vas a dejar sola con ella después de lo que pasó?.

—Confío en ti —dije, mirándola fijamente a los ojos. —Eres la única que sabe cómo calmarla realmente. Vuelvo en cinco minutos.

Carla sonrió. Fue una sonrisa de triunfo absoluto, la sonrisa de alguien que cree haber ganado una batalla imposible.

—Está bien, ve. Yo la cuido.

Salí de la habitación cerrando la puerta detrás de mí. En cuanto el pestillo hizo clic, me apoyé contra la pared y exhalé todo el aire que había estado conteniendo. Mis manos temblaban incontrolablemente. Saqué mi celular y vi un mensaje de Carlos, mi jefe de seguridad: “Estoy en el estacionamiento de servicio. Tengo el equipo”.

Corrí hacia el ascensor de servicio. No iba a buscar ninguna billetera. Iba a buscar el arma que destruiría a Carla para siempre.

El encuentro en el estacionamiento fue breve y clandestino. Carlos me entregó una bolsa de papel de una tienda de regalos. Dentro había un oso de peluche marrón de aspecto inocente con un lazo rojo al cuello.

—La cámara está en el ojo derecho —explicó Carlos, mostrándome la aplicación en una tablet. —Alta definición, visión nocturna y micrófono de largo alcance. Transmite en tiempo real a esta tablet y a tu celular. El servidor es seguro.

—¿Es detectable? —pregunté, revisando el juguete.

—A simple vista es imposible —aseguró él. —Pero Alejandro, ten cuidado. Si ves algo, no entres a lo loco. Llama a la policía. Si entras tú solo y hay violencia, ella puede alegar defensa propia. Esta mujer es peligrosa.

Carlos hizo una pausa y me miró con gravedad.

—Investigamos sus antecedentes mientras bajabas. Su anterior esposo murió en un “accidente doméstico” hace tres años. Cayó por las escaleras y ella heredó todo. No hubo pruebas para acusarla.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Carla no era solo una cazafortunas; era una viuda negra. Ahora no solo se trataba de salvar a mi madre, se trataba de sobrevivir yo también.

Agarré la bolsa y volví al hospital subiendo las escaleras de emergencia de dos en dos para quemar la adrenalina. Cuando llegué al tercer piso, me compuse, relajé los músculos de la cara y entré en la habitación 304 con una sonrisa casual.

La escena que encontré me heló la sangre, aunque a simple vista parecía normal. Carla estaba sentada al borde de la cama cepillando el cabello de mi madre, pero lo hacía con tirones fuertes y secos. Doña Elena tenía los ojos llenos de lágrimas, paralizada por el terror.

—Ya volví —anuncié, interrumpiendo la tortura silenciosa.

Carla soltó el cabello de Elena inmediatamente y se giró radiante.

—Mira, amor, la estoy poniendo guapa.

—Gracias, cielo —dije, acercándome a la cama. —Mamá, mira lo que te traje.

Saqué el oso de peluche y lo coloqué en la repisa frente a la cama, entre un jarrón de flores y la televisión. Ajusté la posición del oso cuidadosamente, asegurándome de que el ojo derecho tuviera un ángulo perfecto que cubriera toda la cama y la silla donde se sentaba Carla.

—Es un poco infantil, ¿no? —se burló Carla mirando el juguete con desdén.

—A ella le gustan estas cosas —respondí, girándome para mirarla. —Carla, me acaba de llamar mi socio. Hay un problema urgente en la oficina con los contratos de China. Tengo que ir a firmar unos documentos. Me tomará una hora, tal vez dos.

La mención del dinero y de la empresa pareció calmar sus sospechas.

—Está bien, ve —dijo ella, haciéndose la mártir. —Yo me quedo aquí cuidando a tu madre, como siempre.

Me despedí de mi madre con un apretón de manos significativo.

—Te amo, mamá. Te estoy vigilando —dije con un doble sentido que solo yo entendía.

Salí de la habitación, bajé al estacionamiento, me metí en mi camioneta blindada y encendí la pantalla de la tablet. La imagen apareció nítida y clara. Veía la habitación 304 desde la perspectiva del oso de peluche. Veía a mi madre, pequeña y frágil en la cama, y veía a Carla en el momento exacto en que la puerta se cerró.

La transformación fue instantánea. Ya no había sonrisa. Carla se levantó, caminó hacia la cama y se inclinó sobre mi madre.

—Así que él te trajo un osito… —dijo Carla, y su voz a través de los auriculares era fría y llena de veneno. —¿Crees que ese peluche te va a salvar, vieja inútil?.

Me puse los auriculares y subí el volumen al máximo. La cacería acababa de empezar, y esta vez, cada palabra de Carla sería un clavo en su propia tumba.

CAPÍTULO 4: EL OJO DEL OSO Y LA DOSIS DE MUERTE

El silencio dentro de mi camioneta blindada era absoluto, interrumpido únicamente por mi respiración agitada y el zumbido casi imperceptible de la tablet que sostenía entre mis manos. Me encontraba en el rincón más oscuro del estacionamiento del hospital, sintiéndome como un cobarde y un verdugo al mismo tiempo . Mis dedos temblaban mientras ajustaba el brillo de la pantalla. De repente, la imagen cobró vida. Era una transmisión nítida, en alta definición, cortesía del ojo derecho del oso de peluche que acababa de dejar en la habitación 304 .

En la pantalla, vi a mi madre, doña Elena, una figura pequeña y frágil perdida en la inmensidad de las sábanas blancas del hospital . Y entonces, la vi a ella. Carla estaba de pie junto a la puerta. En el segundo exacto en que el pestillo hizo clic, su transformación fue tan instantánea que me provocó un escalofrío . La mujer dulce y preocupada que me había besado minutos antes desapareció. En su lugar, quedó una mujer con hombros caídos por el aburrimiento y un rostro cargado de un desprecio que no creía posible en un ser humano .

El desprecio destilado

Carla se acercó a la repisa donde estaba el oso. Pude ver su rostro en primer plano; sus ojos verdes, que yo tanto había admirado, ahora parecían dos pozos de agua estancada.

—Así que Alejandro te trajo un osito… —dijo Carla con una voz que ya no era dulce, sino fría y metálica, cargada de un veneno que me hizo apretar los dientes .

Se rió, una risita seca que retumbó en mis auriculares.

—Qué tierno, Elena. ¿De verdad crees que este pedazo de trapo te va a salvar, vieja inútil? .

Mi madre intentó decir algo, pero su voz era apenas un susurro ahogado por la mascarilla de oxígeno. Carla ignoró su fragilidad y caminó hacia la mesita de noche. Mis ojos no se apartaban de la pantalla. Vi cómo agarraba el vaso de agua que las enfermeras habían dejado para doña Elena .

—Tienes sed, ¿verdad? —preguntó Carla con una sonrisa cruel .

Mi madre asintió débilmente. Vi cómo Carla metía un dedo en el agua, lo sacaba y dejaba caer una sola gota sobre los labios resecos de mi madre, burlándose de su agonía . Luego, con un movimiento lento y deliberado, giró la mano y vertió el resto del agua directamente sobre el suelo, manteniendo el contacto visual con los ojos aterrorizados de mi madre .

—¡Ups! Se cayó… —dijo con una risita . —Qué torpe soy. Ahora tendrás que esperar a que vuelva tu hijo para beber. Y sabes qué… creo que no va a volver a tiempo para despedirse .

En la camioneta, golpeé el volante con una rabia sorda. Quería correr hacia arriba, quería arrancarle esa sonrisa de la cara, pero sabía que si lo hacía antes de tiempo, ella encontraría la forma de escapar .

La química del asesinato

Carla se alejó de la cama y rebuscó en su bolso de diseñador. Sacó un frasco pequeño, de vidrio ámbar, sin ninguna etiqueta . Lo levantó contra la luz de la lámpara, observando el líquido con la fascinación de un alquimista loco.

—¿Sabes qué es esto, Elena? —susurró, paseándose por la habitación como un tiburón en una pecera . —Es potasio. Cloruro de potasio. Una dosis un poco alta y puf… tu corazón viejo y cansado simplemente se detendrá .

Me puse los auriculares más fuerte, el corazón me martilleaba el pecho.

—Paro cardíaco natural —continuó ella con una calma que me dio náuseas. —Sin autopsia, sin preguntas. Solo una nuera triste y un hijo millonario que heredará todo… y que se casará conmigo en dos meses .

El nivel de su maldad no tenía límites. No solo estaba planeando matarla, estaba disfrutando del proceso de contárselo . Carla miró su reloj de pulsera con impaciencia.

—Tengo que esperar a que sea más tarde, cuando el cambio de turno deje el pasillo vacío —dijo, volviendo a sentarse en la silla y cruzando las piernas con elegancia . —Mientras tanto, vamos a divertirnos recordándote por qué eres un estorbo .

El fraude final

Carla sacó un documento doblado de su bolso. Era un papel que yo no reconocía, pero ella lo manejaba con una familiaridad siniestra.

—¿Recuerdas tu testamento? —preguntó, desdoblándolo frente a los ojos de mi madre . —Ese que firmaste la semana pasada cuando estabas “confundida” por las medicinas que te di . Alejandro cree que todo es para él, pero mira aquí… cláusula cuatro .

Pude ver el papel a través de la cámara del oso. Carla señaló un párrafo específico.

—En caso de incapacidad o muerte, la administración de los bienes pasa a su cónyuge legal o pareja de hecho registrada —leyó con una sonrisa de triunfo . —Y adivina quién registró nuestra unión de hecho esta mañana falsificando tu firma y la de Alejandro. Ya soy una Valladares ante la ley, Elena .

Me quedé paralizado. No solo iba a matar a mi madre; iba a robarle todo el legado de mi padre, la empresa, nuestra casa, nuestra identidad . Mi mundo se estaba desmoronando a través de una pantalla de 10 pulgadas.

—Carlos —dije por el intercomunicador hacia mi jefe de seguridad, mi voz sonando como si viniera de ultratumba . —¿Estás viendo esto?

—Lo estoy viendo y grabando, señor —respondió Carlos con la misma gravedad . —Tenemos la conspiración completa. Entramos ya.

—No —dije, observando cómo Carla sacaba su teléfono . —Todavía no. Mencionó que alguien le consiguió el potasio. Necesito el nombre del cómplice. Si entramos ahora, ella cae, pero el que le dio el veneno queda libre y puede volver a intentarlo .

La sociedad de las sombras

En la pantalla, Carla marcó un número. La llamada se conectó de inmediato.

—Hola… sí, soy yo —dijo Carla, y su tono cambió de nuevo a uno de negocios fríos . —Él se fue. El idiota se tragó todo el cuento. Sí, todo está listo para esta noche .

Hizo una pausa, escuchando al interlocutor.

—Necesito que te asegures de que la enfermera entrometida, esa tal Rosa, no esté en este piso —ordenó Carla con un tono autoritario . —Mándala a urgencias o despídela, no me importa. Quiero el camino despejado a las 10:00 PM.

Hubo otra pausa. Carla sonrió.

—Perfecto, Dr. Mendieta. No me falles y tendrás tu parte .

¿El doctor Mendieta? El subdirector del hospital. El hombre que firmaba las actas de defunción . El círculo se cerraba de la manera más macabra posible. Eran socios en el asesinato de mi madre.

La llegada del brazo de la ley

Arranqué la camioneta. No para irme, sino para cambiar de posición y bloquear la salida del estacionamiento de médicos . Mi teléfono vibró; era Carlos. El inspector Rivas y su equipo táctico ya estaban en la zona de ambulancias .

Bajé del vehículo y corrí hacia ellos. Rivas, un hombre canoso y de mirada dura, me recibió con la tablet en la mano .

—Alejandro, me dijeron que la situación es crítica —dijo Rivas sin preámbulos .

—Míralo tú mismo, inspector —le dije, mostrándole el feed en vivo .

Rivas observó la pantalla en silencio. Vio a Carla tarareando una canción suave mientras desenvolvía una jeringa sellada . Vio cómo succionaba el líquido ámbar del frasco con una precisión escalofriante . Vio el terror paralizante en los ojos de doña Elena, que seguía cada movimiento de su verdugo sin poder gritar .

—¡Dios santo! —murmuró el inspector. —Es una ejecución .

—Quiero entrar —dije, sintiendo que la adrenalina me quemaba las venas .

—Espera —ordenó Rivas, levantando una mano . —Si entramos antes de tiempo, sus abogados alegarán que solo estaba preparando una dosis y que tú manipulaste el video. Necesitamos el acto en sí. En el momento en que ella se acerque a la vía intravenosa, reventamos la puerta .

El odio de Carla

Subimos por el ascensor de servicio en un silencio sepulcral . Al llegar al tercer piso, nos posicionamos junto a la puerta de la 304. Yo seguía mirando la tablet.

Carla se detuvo antes de inyectar. Se sentó muy cerca de la cara de doña Elena y le acarició la mejilla con una ternura que resultaba más aterradora que cualquier golpe .

—¿Sabes, Elena? —susurró Carla, y su voz resonó en mis auriculares mientras yo estaba a metros de ella, separado solo por una pared . —Siempre me pregunté por qué nunca te agradé. Desde el día que Alejandro me trajo a casa, me miraste con juicio. “Es una cazafortunas”, le dijiste a tu hermana. Lo escuché todo .

Hizo una señal a los policías para que esperaran. Quería escuchar hasta la última gota de su confesión.

—Tenías razón, por supuesto —continuó Carla, riendo suavemente . —Soy una cazafortunas. Alejandro es aburrido, obsesivo con el trabajo y demasiado blando… pero es rico, muy rico . Y tú eres el único obstáculo entre yo y el control total de sus cuentas. Mientras tú vivas, él te escucha a ti .

En la pantalla, mi madre lloraba en silencio.

—No llores, suegra —dijo Carla, secándole una lágrima con el pulgar . —Deberías agradecerme. Te voy a liberar de este cuerpo viejo e inútil y voy a cuidar muy bien de tu dinero. Me voy a comprar esa casa en Italia de la que siempre hablabas… tal vez hasta ponga una foto tuya en el baño de servicio .

La crueldad era tan pura que sentí que me mareaba . Pero entonces, Carla se puso de pie y agarró la jeringa con firmeza .

—Bueno, Elena, se acabó la charla. Hora de dormir —dijo, levantando la aguja y dándole un golpecito para sacar las burbujas de aire .

Alejandro miró a Rivas. El inspector levantó tres dedos.

Tres.

Carla agarró el tubo de la vía intravenosa.

Dos.

Carla quitó el tapón de la aguja.

Uno.

—¡AHORA! —gritó Rivas .

La puerta de la habitación 304 no se abrió; explotó hacia adentro bajo la fuerza del equipo táctico .

CAPÍTULO 5: LA MÁSCARA DESTROZADA Y EL GRITO DE LA JUSTICIA

El estruendo de la puerta al estallar contra la pared no fue solo un sonido físico; fue la fractura definitiva de la mentira en la que había vivido los últimos dos años. La habitación 304, que segundos antes era el escenario de un asesinato silencioso y quirúrgico, se transformó en un campo de batalla iluminado por las linternas tácticas y la furia contenida de la ley. Entré primero, con los pulmones ardiéndome y el corazón martilleando contra mis costillas, impulsado por una fuerza que no sabía que poseía. Detrás de mí, el inspector Rivas y su equipo se desplegaron con una precisión letal, sus armas cortando el aire pesado de la estancia.

—¡Policía! ¡Suelte la jeringa! ¡Suéltala ahora mismo o disparo! —bramó Rivas, su voz resonando como un trueno en el espacio confinado.

El péndulo de la muerte

Carla dio un salto violento, soltando un grito agudo que parecía desgarrar el aire. Por el puro impacto del susto, sus dedos perdieron el agarre sobre la jeringa cargada de potasio. Por un milisegundo que pareció durar una eternidad, vi el arma letal caer, pero no llegó al suelo. Quedó enganchada peligrosamente en el dobladillo de la sábana, balanceándose como un péndulo de la muerte a escasos centímetros de la vía intravenosa conectada al brazo de mi madre. Era una imagen que me perseguiría en mis pesadillas: la vida de doña Elena pendiendo literalmente de un hilo y de un error de gravedad.

—¡Alejandro! —chilló Carla, levantando las manos instintivamente, con los ojos desorbitados por el pánico.

Su mente, esa maquinaria retorcida y rápida, no tardó ni un segundo en intentar fabricar una nueva salida. En un parpadeo, sus facciones se contorsionaron; el odio que acababa de ver en la pantalla de la tablet fue reemplazado por una máscara de alivio histérico.

—¡Gracias a Dios llegaste! ¡Alejandro, me salvaste! —gritó ella, dando un paso hacia mí como si yo fuera su protector y no su cazador. —¡Ella… ella intentó suicidarse! ¡Se robó esa cosa de una enfermera y yo se la quité justo a tiempo! ¡Quiere culparme, Alejandro! ¡Tu madre está loca!.

La calma después de la tormenta

No me detuve a escucharla. Crucé la habitación en dos zancadas largas, ignorándola como si fuera un mueble estorboso. Mi único objetivo era esa jeringa. Con una mano que no dejaba de temblar, la arranqué de las sábanas y la alejé del cuerpo de mi madre, entregándosela a un oficial que la guardó de inmediato en una bolsa de evidencia. Solo cuando estuve seguro de que el veneno ya no podía tocar a doña Elena, me giré para enfrentar a mi prometida.

El silencio que siguió fue más pesado que el plomo. Carla seguía con las manos en alto, su pecho subiendo y bajando agitadamente, evaluando mis ojos en busca de una grieta, de un rastro del idiota enamorado que ella creía controlar.

—Amor, escúchame… —empezó ella, forzando un sollozo seco, intentando usar esa voz dulce que alguna vez fue mi refugio.

—Deja de actuar, Carla —dije con una voz tan fría que la temperatura de la habitación pareció bajar diez grados.

Con una calma glacial, levanté mi mano libre y señalé hacia la repisa donde el oso de peluche seguía sentado, observando todo con su ojo de plástico.

—Saluda a la cámara, Carla —sentencié.

El fin del teatro

Ella siguió la dirección de mi dedo. Al ver el pequeño brillo del lente oculto en el ojo del oso, su rostro palideció hasta volverse del color de la cera de un cirio. La boca se le abrió en un grito mudo; la comprensión de su ruina absoluta la golpeó con la fuerza de un tren de carga. Ya no había salida. Habíamos grabado el potasio, habíamos grabado su sociedad con Mendieta, y sobre todo, habíamos grabado su desprecio.

—”Cazafortunas”… —repetí, citando sus propias palabras con un asco que me llenaba la boca. —”Cuerpo viejo e inútil”. Lo oí todo, Carla. Cada palabra de veneno que escupiste sobre mi madre.

Rivas avanzó, agarrando a Carla por el brazo con una firmeza que la hizo gemir. La giró bruscamente contra la pared y el sonido metálico de las esposas al cerrarse sobre sus muñecas fue la melodía más satisfactoria que había escuchado en años.

—Carla Santoro, queda usted detenida por intento de homicidio premeditado, conspiración y maltrato a una persona vulnerable —declaró Rivas con voz profesional y severa. —Tiene derecho a guardar silencio, aunque le sugiero que lo use antes de que lleguemos al doctor Mendieta.

La traición de la traidora

Al escuchar el nombre de su cómplice, la poca dignidad que le quedaba a Carla se evaporó. Sus piernas fallaron y los oficiales tuvieron que sostenerla para que no se desplomara.

—¡Fue idea de él! —gritó de repente, revelando su verdadera naturaleza traicionera al vender a su socio en una fracción de segundo. —¡Mendieta me obligó! ¡Dijo que necesitaba el dinero por deudas de juego! ¡Yo tenía miedo, Alejandro! ¡Él me amenazó con matarte a ti si no lo ayudaba!.

—¡Cállate! —le grité, perdiendo la compostura por un segundo. —Deja de mentir. Te vi disfrutarlo en la pantalla. Te vi torturarla mientras te reías de su sed. No eres una víctima, Carla. Eres un monstruo.

A mi lado, doña Elena comenzó a sollozar. Ya no era el llanto de terror de quien espera la muerte, sino un sonido profundo y liberador. Era el llanto de alguien que finalmente ha salido a la superficie después de estar meses bajo el agua. Me arrodillé junto a la cama y la abracé con una desesperación que me sacó las lágrimas.

—Hijo… sabía que vendrías… —balbuceó ella entre sollozos, aferrándose a mi cuello con una fuerza sorprendente para alguien en su estado.

—Perdóname, mamá. Perdóname por ser tan ciego —le supliqué, hundiendo la cara en su hombro, sintiendo el aroma del hospital mezclado con el calor de su vida recuperada.

El veneno final

Mientras los oficiales arrastraban a una Carla histérica hacia la puerta, ella se resistió por un momento al pasar junto a nosotros. Su máscara de víctima había desaparecido para dar paso a un odio puro y destilado.

—¡Tú no eres nadie sin mí, Alejandro! —me escupió con un veneno que parecía quemar. —¡Eres un niño rico y patético que necesita a su mami para respirar! ¡Me aburrí de ti desde el primer mes! ¡Dormir contigo era una tortura peor que la cárcel!.

Rivas no la dejó seguir y la empujó fuera de la habitación.

—Sáquenla de aquí y envíen una unidad al despacho del doctor Mendieta ahora mismo —ordenó por su radio. —Bloqueen todas las salidas del hospital. Que nadie salga.

La habitación quedó repentinamente en calma, aunque el aire seguía cargado de la electricidad del conflicto. Me levanté, secándome las lágrimas, y miré al inspector.

—Quiero esa grabación copiada en tres servidores diferentes, Rivas. Quiero que esa mujer no vea la luz del sol por el resto de su vida.

—Considéralo hecho —respondió él. —Pero Alejandro, esto no ha terminado. Mendieta sigue en el edificio y si se entera de que ella cayó, puede intentar algo desesperado.

La nueva amenaza

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y Rosa, la enfermera, entró corriendo con el rostro desencajado por el pánico.

—¡Señor! —gritó, señalando hacia el pasillo. —¡El doctor Mendieta! Lo vi correr hacia las escaleras de emergencia cuando vio pasar a los policías con Carla. ¡Creo que va hacia el techo!.

Sentí una nueva oleada de furia. Mendieta no iba a escapar; no después de haber facilitado el veneno para matar a mi madre por un puñado de billetes.

—Quédate con ella, Rosa —ordené, señalando a mi madre. —Cierra la puerta con llave y no abras a nadie excepto a mí o al inspector.

—¿A dónde vas? —preguntó Rivas desenfundando su radio.

—A asegurarme de que la justicia sea completa —respondí mientras salía corriendo hacia el pasillo.

Subí los escalones de emergencia de dos en dos, con la imagen de los moretones de mi madre grabada en mi mente. Carla había caído, pero el arquitecto médico del crimen seguía suelto, y no iba a permitir que un cobarde con bata blanca se librara de su destino. La noche más larga de mi vida aún tenía un capítulo final en las alturas del hospital.

CAPÍTULO 6: EL ABISMO DE LA TRAICIÓN Y EL ARQUITECTO DEL CRIMEN

El aire en el hueco de las escaleras de emergencia era pesado, con ese olor metálico a pintura vieja y encierro que parece multiplicarse cuando el miedo y la adrenalina corren por tus venas. Subí los escalones de dos en dos, mis pulmones ardían y mis piernas se sentían como plomo derretido, pero no me detuve. Cada piso que dejaba atrás era una capa de mi antigua vida que se desprendía. Ya no era el exitoso empresario de San Pedro; era un hijo cazando al hombre que había puesto precio a la vida de su madre.

Al llegar al último nivel, empujé la pesada puerta de metal de una patada. El estruendo resonó en la azotea como un disparo, y de inmediato, el viento gélido de la noche regia me golpeó el rostro, mezclándose con el aullido constante de las sirenas que ya rodeaban el edificio allá abajo. Monterrey se extendía ante mí como un tapete de luces infinitas, pero mi mirada solo tenía un objetivo: la figura patética que se recortaba contra el cielo oscuro junto al borde del helipuerto.

El encuentro con el cobarde

—¡Mendieta! —rugí, y mi voz se perdió parcialmente en la ráfaga de aire nocturno.

A unos diez metros, cerca de la barandilla de seguridad donde terminaba el concreto y comenzaba el vacío, estaba el doctor. Ya no tenía la arrogancia que mostraba en su despacho de subdirector, ni esa actitud de autoridad impostada que usaba para intimidar a las enfermeras. Estaba despeinado, sin sus gafas, y su bata blanca ondeaba violentamente como una bandera de rendición que él todavía no se atrevía a izar.

Se giró hacia mí con los ojos desorbitados, llenos de un pánico que lo hacía parecer un animal acorralado. Al verme avanzar, retrocedió un paso más, quedando peligrosamente cerca del borde.

—¡No te acerques! —gritó Mendieta, su voz quebrándose por el terror—. ¡Te juro que salto! ¡Si me tocas, me tiro!.

Me detuve a unos metros, pero no por miedo a que saltara. Lo hice porque la furia que sentía ya no era explosiva; era una determinación de acero, fría y sólida.

—No vas a saltar, Mendieta —le dije, mi voz sonando como el filo de un bisturí—. Los hombres como tú, que juegan a ser Dios con la vida de los demás, tienen demasiado terror a perder la suya propia. Eres un cobarde, y los cobardes prefieren la cárcel antes que el vacío.

La economía del asesinato

Mendieta levantó las manos temblorosas, como si intentara empujar el aire entre nosotros.

—¡Fue ella! —chilló, buscando desesperadamente a quién culpar—. ¡Carla me envolvió, Alejandro! ¡Esa mujer es una bruja! Me buscó porque sabía que yo tenía deudas… deudas de juego peligrosas, gente que quería romperme las piernas si no pagaba la lana.

—¿Y por eso decidiste que la vida de mi madre valía medio millón? —pregunté, sintiendo una náusea violenta—. ¿Ese fue el precio que le pusiste a una anciana indefensa?.

—Ella me prometió que doña Elena estaba sufriendo —balbuceó él, intentando una última defensa moral—. Me dijo que era un acto de piedad, que era mejor que se fuera pronto….

—¡Piedad! —escupí la palabra como si fuera veneno—. ¿Llamas piedad a inyectar potasio a una mujer que te confiaba su salud? ¿Llamas piedad a ver cómo tu cómplice la torturaba psicológicamente mientras tú mirabas hacia otro lado? Eres un médico, Mendieta. Hiciste un juramento para salvar vidas, no para subastarlas al mejor postor.

El doctor soltó una risa histérica que terminó en un sollozo seco.

—El juramento no paga a los prestamistas, Valladares —dijo con un rictus de odio—. Tú no sabes lo que es estar desesperado. Tú naciste en cuna de oro, con el apellido y las cuentas llenas. Para ti es fácil hablar de ética.

El secreto de la caja fuerte

Di un paso hacia adelante, cerrando los puños. Estaba listo para saltar sobre él si intentaba huir por las escaleras de servicio.

—Se acabó, Mendieta. La policía está subiendo. Carla ya cayó; cantó como un canario en cuanto sintió las esposas. Tienes dos opciones: te entregas y tal vez no pases el resto de tu vida en una celda de máxima seguridad, o intentas pelear conmigo. Y te aseguro que la caída desde aquí será la parte menos dolorosa de tu noche.

El médico escuchó el eco de las botas tácticas golpeando las escaleras de metal detrás de la puerta. Sabía que estaba atrapado. Su rostro se contorsionó; el miedo desapareció para dar paso a una maldad pura, la de quien sabe que ha perdido todo y quiere causar el mayor daño posible antes de caer.

—¿Crees que ganaste, niño rico? —siseó, metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón.

Me tensé, pensando que sacaría un arma, pero solo sacó un teléfono móvil.

—Carla no es la única que tiene secretos —dijo con una sonrisa torcida—. Ella te odia, Alejandro. ¿Sabes lo que me contaba en la cama? Sí, nos acostamos muchas veces en tu propia casa, en tu propia cama, mientras tú te matabas trabajando para pagarle sus lujos. Se reía de ti. Decía que eras un niño grande y estúpido, fácil de manipular.

Cada palabra era un golpe físico, pero no le daría la satisfacción de verme roto.

—Lo que esa mujer piense de mí me tiene sin cuidado —respondí con una calma glacial—. Lo único que me importa es que ni ella ni tú volverán a tocar a mi madre. Nunca.

Mendieta soltó una carcajada enferma.

—¿Estás tan seguro? ¿Y si te digo que el potasio no era el único plan? Llevamos semanas cambiándole la medicación del corazón por placebos y dosis masivas de betabloqueantes para bajarle el ritmo artificialmente. Revisa su historial real, el que tengo en mi caja fuerte, no el que está en el sistema del hospital. Su corazón está tan débil que cualquier susto, cualquier emoción fuerte ahora mismo, podría matarla. La dejaste viva, pero es una bomba de tiempo que yo fabriqué.

El estallido de la ira

—¡Maldito seas! —gritó Alejandro.

No pude contenerme más. Me lancé hacia adelante con toda la furia que había acumulado durante meses de engaños. Mendieta intentó esquivarme, pero lo plaqué con la fuerza de un tren, derribándolo sobre el suelo de grava de la azotea. El impacto nos sacó el aire a ambos, y vi cómo su teléfono salía volando, deslizándose hacia el borde del edificio.

Mendieta peleó como una rata acorralada, intentando clavar sus dedos en mis ojos mientras soltaba alaridos de terror. Pero la ira de un hijo es una fuerza imparable. Le atrapé las muñecas y las golpeé contra el suelo, inmovilizándolo bajo mi peso.

—¡Dime qué le dieron! —le grité en la cara, mientras él escupía sangre por el impacto—. ¡Dime qué está tomando o te juro por Dios que te tiro por el borde yo mismo!.

—¡Suéltame! ¡Estás loco! —gritaba él, retorciéndose.

En ese momento, la puerta de la azotea se abrió de golpe y las linternas de la policía nos cegaron.

—¡Policía! ¡Aléjense! ¡Manos arriba! —el inspector Rivas y tres oficiales nos apuntaron con sus armas.

—¡Alejandro, suéltalo! —ordenó Rivas con voz firme—. No te manches las manos con esta basura. Ya lo tenemos.

Respiraba con dificultad, mirando el rostro aterrorizado del hombre que había planeado la muerte de mi madre. Tenía el puño levantado, listo para destrozarle la nariz, para cobrarme cada moretón en los brazos de doña Elena. Quería hacerlo. Pero en ese segundo, la voz de mi madre resonó en mi mente: “No te conviertas en lo que odias”.

Lentamente, bajé el puño. Me puse de pie, limpiándome la grava de los pantalones y retrocedí con las manos en alto.

—Es todo suyo, inspector —dije, tratando de controlar el temblor de mi voz—. Pero tengan cuidado. Dice que alteraron los medicamentos de mi madre durante semanas. Necesito que lo interroguen ahora mismo. Necesito saber qué le dieron para salvarla.

Los oficiales se abalanzaron sobre Mendieta, esposándolo con una brusquedad que lo hizo llorar de nuevo. Mientras se lo llevaban a rastras, él seguía gritando, intentando negociar su condena a cambio de la información médica. Lo ignoré.

Me giré hacia la vista de Monterrey, dejando que el viento frío secara el sudor de mi frente. Había terminado la cacería física, pero ahora empezaba la batalla más difícil: sanar el daño invisible que estos monstruos habían dejado en el cuerpo de mi madre.

—Inspector —dije sin voltear—, asegúrese de que Carla y él no estén en celdas cercanas. No quiero que alineen sus historias. Quiero que se hundan por separado.

—Estarán en pabellones opuestos, Alejandro —respondió Rivas, poniéndome una mano en el hombro—. Buen trabajo. La mayoría habría perdido la cabeza ahí arriba.

Miré mis manos. Todavía temblaban. Bajé las escaleras detrás de la policía, sintiendo el peso de la traición caer sobre mis hombros, pero con una certeza absoluta: doña Elena no iba a morir esa noche. No bajo mi guardia.

La noche más larga de mi vida aún tenía un amanecer pendiente en la habitación 304.

CAPÍTULO 7: EL SEGURO DE SANGRE Y LA SOMBRA DEL SICARIO

El regreso desde la azotea hacia la habitación 304 fue un viaje borroso a través de una realidad que ya no reconocía. Los pasillos del hospital, que antes me parecían lugares de tránsito aséptico, ahora bullían con el murmullo de enfermeras que cuchicheaban al verme pasar y policías que tomaban declaraciones en cada esquina. La noticia del arresto del Dr. Mendieta y de mi prometida, la futura señora Valladares, corría como la pólvora por todo el edificio. Al llegar frente a la puerta del cuarto de mi madre, me detuve en seco. Sentí un peso insoportable en el pecho, una mezcla de náusea y vergüenza que me impedía girar el pomo. Yo, el gran estratega de Monterrey, el hombre que cerraba contratos millonarios, había metido al lobo en el corazón de mi hogar y le había entregado las llaves de la vida de mi madre.

Rosa, la enfermera que se había convertido en mi única aliada real, me vio a través del cristal y abrió la puerta desde adentro. Tenía los ojos rojos, testigos del llanto y el estrés de las últimas horas, pero me dedicó una sonrisa cargada de una humanidad que me desarmó. “Pase, licenciado”, susurró con suavidad. “Ella lo está esperando”.

El reencuentro con la verdad

La habitación estaba sumida en una calma casi irreal después de la tormenta. Habían retirado la jeringa de la muerte, el oso de peluche que sirvió de testigo silencioso y todo rastro de la lucha. Solo quedaba doña Elena, recostada sobre las almohadas blancas, luciendo más pequeña y frágil que nunca, pero con un brillo de vida en los ojos que me devolvió el alma al cuerpo.

Al verme, mi madre extendió sus brazos temblorosos. No hubo necesidad de palabras en ese primer instante; me derrumbé sobre su pecho como si volviera a tener cinco años y me hubiera raspado las rodillas, aunque este dolor era una herida abierta en el espíritu que ningún vendaje podría cubrir.

—Perdóname, mamá… perdóname, por favor —repetía una y otra vez, mojando su bata de hospital con mis lágrimas de culpa. —Fui un estúpido, estaba ciego y dejé que esa mujer te hiciera daño.

Ella me acarició el cabello con sus dedos deformados por la artritis, moviéndose con una ternura infinita que me dolió más que cualquier reproche.

—Shh, mi amor, ya pasó —me consoló con una voz débil pero firme. —No fue tu culpa. El mal sabe disfrazarse muy bien, y ella tenía una máscara hermosa que hasta yo llegué a creer al principio.

Me separé un poco para mirarla, tocando con suavidad extrema los moretones violáceos que marcaban sus mejillas. “¿Te duele mucho?”, le pregunté con el corazón roto. Su expresión se oscureció de inmediato.

—Lo que me dolía no eran los golpes, Alejandro —confesó, y sentí que la temperatura de la habitación bajaba —. Era lo que me decía al oído cuando estábamos solas. Me juraba que tú ya estabas harto de cuidarme, que querías meterme en un asilo barato para que muriera sola y dejaras de gastar tu fortuna en mis tratamientos.

Cerré los ojos, sintiendo una punzada de odio puro hacia Carla. “Jamás, mamá. Tú eres mi vida entera”, juré con vehemencia. Ella asintió, pero me reveló el horror químico que Mendieta había mencionado en la azotea: Carla le daba pastillas diciéndole que eran vitaminas, pero en realidad eran sedantes que la dejaban atrapada en su propio cuerpo, incapaz de moverse o pedir ayuda, escuchando cómo planeaban su funeral por teléfono frente a ella.

La tortura documentada

Rosa se acercó tímidamente, sosteniendo una carpeta que el Dr. Mendieta había olvidado en su huida desesperada.

—Señor Valladares, revisé esto mientras usted estaba arriba —dijo Rosa con la voz entrecortada por la indignación profesional —. Tenía razón el doctor. Le estaban administrando betabloqueantes en dosis masivas para bajarle el ritmo cardíaco artificialmente y simular una insuficiencia terminal. Y sedantes… muchos sedantes para mantenerla dócil mientras el veneno hacía su trabajo.

Tomé la carpeta y leí los garabatos médicos con horror. Era una tortura química documentada, un plan de asesinato lento y sistemático. Miré a Rosa y supe que nunca podría pagarle lo suficiente.

—Vamos a necesitar un toxicólogo forense de inmediato —ordené, recuperando mi tono de ejecutivo, pero esta vez con un propósito de justicia —. Rosa, a partir de este momento, tú estás a cargo de todo. No confío en ningún otro médico de este hospital. Te voy a triplicar el sueldo… no, te lo voy a multiplicar por diez, y traeré especialistas externos para que te apoyen.

Rosa negó con la cabeza, conmovida. “No necesito dinero, señor. Solo quiero que ella esté bien”. Pero mi decisión estaba tomada: la lealtad se premia, y la de ella era incalculable.

El hallazgo en el bolso de la serpiente

Fue entonces cuando mi mirada cayó sobre el bolso de diseño que Carla había dejado olvidado en una silla en la esquina durante su arresto. Era una pieza de cuero costosa, un regalo mío, que ahora parecía un objeto contaminado. La policía se lo llevaría como evidencia, pero sentí un impulso irreprimible de saber qué más ocultaba esa mujer.

Lo abrí con asco. Había maquillaje, llaves de nuestra casa y su cartera de piel de cocodrilo. Pero en un bolsillo interior con cremallera, encontré un sobre doblado que me hizo palidecer. Eran documentos legales. No solo estaba el testamento falsificado que ya conocíamos, sino algo mucho más siniestro.

—¿Qué es, hijo? —preguntó mi madre al ver cómo se me desencajaba el rostro.

—Es una póliza de seguro de vida a mi nombre —susurré, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies —. La sacó hace apenas dos semanas. La beneficiaria única es Carla Santoro, por una suma de 20 millones de dólares.

Elena se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. Pero no era todo. Debajo de la póliza, encontré una confirmación de reserva: un vuelo de ida hacia las Islas Caimán para el lunes siguiente, apenas dos días después de nuestra boda. La magnitud del plan se reveló en toda su monstruosidad: Carla no solo quería matar a mi madre para heredar su parte; quería casarse conmigo, cobrar el seguro y luego deshacerse de mí también.

La sombra del “Ruso”

En ese momento de revelación, mi teléfono vibró con una urgencia que me hizo saltar. Era el inspector Rivas.

—Alejandro, escucha bien —dijo Rivas con una voz tensa que me erizó la piel —. Recuperamos el teléfono de Carla. Encontramos un mensaje enviado hace apenas dos horas que lo cambia todo. Dice literalmente: “La vieja muere hoy. El idiota firma los papeles de la fusión mañana. Prepara el accidente del coche para el fin de semana. Quiero ser viuda antes de la luna de miel”.

Sentí un frío glacial. Yo era el siguiente en la lista.

—Hay algo más —continuó Rivas —. Ya rastreamos el número al que escribió. Es de un facilitador de los bajos fondos, un sicario profesional conocido como “El Ruso”. Y Alejandro, no sabemos si el sicario recibió la orden de abortar o si el plan sigue activo.

Miré hacia la ventana oscura del hospital, sintiéndome como un blanco en una vitrina. “¿Me estás diciendo que todavía estoy en la mira?”, pregunté.

—Te estoy diciendo que no salgas de ese hospital sin escolta armada —advirtió Rivas —. Mendieta y Carla están presos, pero quien sea que esté al otro lado de ese teléfono sigue libre y ya tiene el trabajo pagado.

Colgué el teléfono lentamente, tratando de que mi madre no notara el pánico en mis ojos. La bestia estaba enjaulada, pero las sombras que ella había convocado seguían acechando afuera, esperando en la oscuridad de Monterrey.

—¿Qué pasa, hijo? —preguntó Elena con preocupación.

Forzé una sonrisa, aunque sentía que los músculos de mi cara se rompían. “Nada, mamá. Solo la policía confirmando que todo está bajo control. Nadie nos va a hacer daño nunca más. Te lo prometo”.

Me senté en el borde de la cama, tomando su mano con una fuerza que era tanto para ella como para mí. “Rosa, cierra las cortinas y traba la puerta con el sillón, además del cerrojo”, ordené con una urgencia que Rosa captó de inmediato. Me quedé allí, velando el sueño de mi madre con los ojos fijos en la puerta, sabiendo que la guerra contra Carla había terminado, pero que la batalla por nuestra supervivencia apenas comenzaba. El sonido del monitor cardíaco, bip… bip…, era el único recordatorio de que seguíamos vivos, pero cada latido se sentía como una cuenta regresiva hacia un peligro que aún no podíamos ver.

CAPÍTULO 8: EL AMANECER DE LA JUSTICIA Y EL VUELO HACIA LA PAZ

El descenso al infierno de concreto

El aire dentro de la comisaría de Monterrey era viciado, una mezcla densa de café quemado, sudor frío y esa desesperación burocrática que parece filtrarse por las paredes de concreto. Eran las tres de la madrugada, pero para mí, Alejandro Valladares, el tiempo se había detenido en seco en aquel instante en que vi la jeringa rozar la piel de mi madre. Caminaba por el pasillo hacia la sala de interrogatorios con la mandíbula tan apretada que sentía que mis dientes se romperían, ignorando por completo las miradas curiosas de los oficiales que susurraban al ver pasar al “Licenciado”, al dueño del imperio que acababa de estallar en las noticias.

El inspector Rivas me detuvo justo antes de llegar a la puerta metálica. Me puso una mano firme en el pecho, deteniéndome.

—Alejandro, no tienes que hacer esto —me advirtió con voz grave. —Tenemos sus huellas, tenemos el video del oso de peluche, y el Dr. Mendieta está cantando como un canario en la sala de al lado para salvar su propio pellejo. Ella está acabada, no necesitas verla.

—Sí, necesito —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, como si viniera de alguien que ya no era yo. —Hay un sicario suelto, Rivas. Un hombre que ella contrató para matarme. Mendieta no sabía esa parte, él solo era el peón médico. Carla es el cerebro, y necesito que me diga quién es ese tipo antes de que alguien más salga lastimado.

Rivas suspiró, giró la llave y desbloqueó la puerta. “Tienes diez minutos, Alejandro. Y por lo que más quieras, no la toques. Si le pones una mano encima, me arruinas el caso y la cámara está grabando”.

La rata en la jaula

Entré. La sala era pequeña, asfixiante, con paredes grises y un espejo unidireccional que parecía observarnos con juicio. Carla estaba sentada al otro lado de una mesa de metal atornillada al suelo. Apenas habían pasado cuatro horas desde que la policía la sacó del hospital, pero la transformación era impactante. Sin su maquillaje de diseñador, sin sus joyas de miles de pesos y vestida con un uniforme naranja que le quedaba grande, parecía pequeña, casi frágil.

Pero en cuanto levantó la vista, supe que la fragilidad era otra mentira. Sus ojos verdes seguían teniendo ese brillo venenoso, esa chispa de maldad que no se quita con agua y jabón. Al verme, no bajó la mirada; al contrario, esbozó una sonrisa burlona.

—Vaya, vaya… el niño de mamá vino a visitarme. ¿Me extrañas, amor? —su tono era ácido, destilando un sarcasmo que me revolvió el estómago.

Me senté frente a ella, manteniendo una calma glacial que me costaba cada gramo de fuerza de voluntad. Apoyé las manos sobre la mesa fría, entrelazando los dedos para ocultar que temblaba de pura rabia.

—El juego terminó, Carla. Mendieta ya confesó todo: el potasio, los betabloqueantes, la falsificación del testamento y tu unión de hecho fraudulenta. Te vas a pasar el resto de tu vida en una celda de dos por dos.

Carla soltó una carcajada seca que resonó en las paredes desnudas.

—Mendieta es un cobarde que dirá cualquier cosa, pero sin mi confesión, no tienes nada sólido sobre quién planeó qué. Mi abogado dirá que el video es circunstancial, que era un juego de rol, o que tengo estrés postraumático por cuidar a tu madre. Soy buena actuando, Alejandro, ya lo sabes. Te hice creer que te amaba durante dos años mientras vomitaba cada vez que me tocabas.

El trato con el diablo

Sus palabras buscaban herirme, romperme el orgullo, pero yo ya estaba blindado por el dolor de ver a mi madre boqueando por aire.

—No vine a hablar de nosotros, Carla. “Nosotros” nunca existió, fue solo una transacción donde yo puse el amor y tú pusiste el veneno. Vine a ofrecerte un trato.

Ella arqueó una ceja, interesada. La ambición seguía viva en ella, incluso bajo el uniforme naranja.

—Sé lo del sicario —solté, y vi cómo su sonrisa vacilaba por una fracción de segundo. Sus pupilas se contrajeron. —Leí el mensaje en tu celular. El que decía: “El idiota firma mañana… prepara el accidente”. Sé que contrataste a alguien para matarme antes de la boda y cobrar la póliza de 20 millones.

Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal.

—Aquí está la oferta: me das el nombre y la ubicación de ese tipo ahora mismo para que la policía lo detenga, y yo hablaré con el fiscal para que te envíen a una prisión federal de mínima seguridad. Si no, dejaré que te pudras en la estatal de máxima seguridad, donde las reclusas no son muy amables con las que intentan matar a ancianitas indefensas.

Carla me miró fijamente, evaluando sus opciones con la rapidez de una computadora. El silencio se estiró, tenso como una cuerda a punto de romperse. Finalmente, se recostó en la silla y cruzó los brazos.

—Púdrate, Alejandro.

—Si yo muero, Carla, tú no cobras ni un peso —ataqué de nuevo. —La póliza se anula si se demuestra que fuiste cómplice, y con lo que tenemos, se demostrará. Pero si ese sicario mata a alguien más en el proceso, te acusarán de homicidio con agravantes de terrorismo. Eso es cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. ¿Realmente quieres morir en la cárcel por un plan que ya falló?.

Vi la duda en sus ojos. Ella era malvada, pero sobre todo, era una superviviente pragmática.

—Quiero inmunidad por el cargo de conspiración de asesinato contra ti —negoció ella.

—No estás en posición de exigir nada —corté de inmediato. —Mínima seguridad. Tienes diez segundos antes de que me levante y te deje con las asesinas seriales. Uno… dos….

—¡Está bien! —gritó ella, golpeando la mesa con las esposas. —Se llama “El Ruso”. No sé su nombre real, contactamos por Telegram y le pagué en criptomonedas.

—¿Cuál es el plan? —presioné.

—Tu Mercedes negro —escupió con odio. —Él cortó los frenos hidráulicos y manipuló la dirección. Está programado para fallar a alta velocidad en la autopista cuando vayas a la oficina mañana.

Sentí un escalofrío. Si hubiera salido del hospital en mi coche habitual, ya estaría muerto. “¿Dónde está él ahora?”.

—No lo sé —dijo ella con desprecio. —Dijo que se quedaría cerca para confirmar el trabajo y tomar la foto para el cobro final. Probablemente esté vigilando tu casa o la oficina.

Me levanté lentamente. Tenía lo que necesitaba. Miré a la mujer que alguna vez pensé que sería la madre de mis hijos con una lástima profunda.

—Te equivocas en una cosa, Carla. Dijiste que siempre seré un hombre solo. Pero mi madre me ama, y Rosa arriesgó su vida por una desconocida. Tú tienes el alma vacía, y eso no se llena con toda la feria del mundo.

Salí de la sala dejando atrás sus gritos e insultos.

La cacería del Ruso

En el pasillo, Rivas ya estaba dando órdenes por la radio. “Código rojo. Perímetro alrededor de la residencia Valladares y las oficinas centrales. Unidad de explosivos al estacionamiento del hospital… revisen el Mercedes negro”.

—Se acabó, Rivas —dije, apoyándome contra la pared.

—Todavía no —respondió el inspector, desenfundando su arma. —Vamos a cazar al Ruso. Tú te quedas aquí protegido.

—No —dije con firmeza. —Voy al hospital. Mi madre está sola, y si ese tipo ve que no uso el coche, podría intentar ir tras ella para forzarme a salir.

Regresamos al hospital en un convoy policial bajo los primeros rayos de un sol gris plomizo. El edificio estaba rodeado de luces azules y rojas. Mientras subíamos al tercer piso, la radio de Rivas crepitó: “Comandante, tenemos visual. Sujeto masculino en un sedán gris… intentó huir cuando vio las patrullas”.

—¿Lo atraparon? —pregunté con el corazón en la garganta.

—Afirmativo. Chocó contra la barricada. Encontramos herramientas y un detonador remoto en su asiento. Lo tenemos, Alejandro. El Ruso está fuera de juego.

Me dejé caer en una silla de espera, cubriéndome la cara. La tensión de las últimas doce horas se liberó de golpe, dejándome temblando como un niño. Realmente había terminado.

El milagro de doña Elena

Una mano suave se posó en mi hombro. Era Rosa. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa cansada pero genuina.

—Ya pasó todo, señor —dijo suavemente.

—Gracias, Rosa. Gracias por salvarnos la vida —le dije, apretando su mano con fuerza.

Entramos en la habitación 304. La luz del amanecer bañaba la cama en un tono dorado esperanza. Doña Elena estaba sentada, ya sin tantas vías, y el color había vuelto a sus mejillas. Al verme, sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio.

—¡Hijo! —exclamó. Me lancé a sus brazos, cuidando de no lastimarla.

—Estoy aquí, mamá. Ya los atraparon a todos. Nadie nos va a volver a tocar.

—Tuve tanto miedo, Alejandro —susurró ella. —No por mí, yo ya viví. Tenía miedo de dejarte en manos de esa víbora.

—Soy un idiota, mamá. ¿Cómo pude meterla en casa? —me recriminé.

Ella me tomó la cara con sus manos. “El amor es ciego, mi niño, y la soledad es mala consejera. Tu corazón es noble, y ella usó esa nobleza como arma. La culpa es de quien traiciona, no de quien confía”.

Ese mismo día, doña Elena recibió el alta. Salimos del hospital bajo el aplauso del personal que conocía la historia. La prensa estaba afuera, y por primera vez, permití que nos fotografiaran juntos: mi madre y yo, el verdadero equipo.

Seis meses después: El paraíso recuperado

Seis meses más tarde, la mansión Valladares en Monterrey respiraba una paz que nunca antes había conocido. Ya no había rastro del minimalismo frío y desalmado que Carla había impuesto; ahora había flores frescas, el aroma de los caldos de Rosa y las ventanas abiertas de par en par al sol regio.

La recuperación de mi madre fue un milagro lento guiado por Rosa. El juicio fue el punto final: Carla Santoro fue condenada a 35 años por intento de asesinato, conspiración y fraude. Mendieta recibió 15 años y el Ruso 10.

Borré cada rastro de Carla de mi vida. Doné sus vestidos, quemé sus muebles y cambié hasta el último colchón. Rosa ya no era nuestra enfermera; era la Directora de la “Fundación Elena Valladares para la Dignidad del Adulto Mayor”, con un sueldo que le aseguró el futuro a sus hijos y una oficina propia desde donde ya ayudamos a miles.

Una tarde, me senté a los pies de mi madre en el jardín. “El abogado llamó, mamá. Ya no hay más recursos para ella. El capítulo está cerrado para siempre”.

—Todavía me siento culpable por mi ceguera —le confesé.

—Escúchame, Alejandro —me dijo ella con severidad amorosa —. Te crié para ser bueno, no un cínico. El día que dudes de tu bondad porque otros son malos, ese día ellos ganan de verdad. Tu corazón es noble, hijo.

Rosa entró con tazas de té, sonriendo. Nos miramos y supimos que éramos familia.

—Te amo, madre —le dije con una sencillez brutal.

—Yo a ti, mi niño. Ahora… ¿qué va a pasar con esa casa de playa en Italia de la que tanto hablaba Carla? —preguntó ella con una chispa traviesa.

Sonreí. “La compré, mamá. Pero no para ella. El avión sale en un mes. Tú, yo y Rosa. Es hora de que volvamos a reírnos sin miedo por el resto de nuestras vidas”.

Doña Elena apretó mi mano. Las lágrimas en sus ojos ya no eran de terror, eran de gratitud pura. Salimos de la sombra de la traición para caminar bajo la luz de la verdad. La pesadilla había terminado, y el amor inquebrantable entre madre e hijo nos había hecho, por fin, invencibles.

FIN.

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