
PARTE 1: LA TRAICIÓN
Capítulo 1: El color de la lealtad
Llevábamos diez años de casados cuando mi esposo, Esteban, encontró al “amor de su vida”. Según él, ella era un alma pura, una criatura etérea que no se preocupaba por lo material, que no le importaba el dinero. Qué ironía.
Cuando escuché eso, no grité, no lloré. Simplemente giré mi silla de cuero, miré a mi asistente Carla a los ojos y dije con una voz tan fría que heló la oficina:
—Cancela sus tarjetas. Suspende sus medicamentos. Cambia las cerraduras de la casa. Si tanto ama su “alma pura”, que viva de amor. Voy a concederle su deseo.
Pero antes de llegar a ese final, déjenme contarles cómo empezó el día que destruyó mi vida… y cómo renací de las cenizas.
Me senté frente a mi tocador veneciano, observando a la mujer en el espejo. A mis 35 años, las comisuras de mis ojos ya mostraban las primeras líneas de expresión. No eran por la edad; eran las marcas de noches sin dormir preocupada por la auditoría de la empresa, por la insuficiencia renal de mi suegra Doña Elena, y por los interminables “proyectos de investigación” de mi esposo que nunca generaban un centavo.
Ese día elegí un vestido de seda color ciruela. Un tono profundo, regio, poderoso. Tal como mi posición actual en la familia y en el mundo empresarial de la Ciudad de México. Hoy era mi décimo aniversario de bodas con Esteban.
La gente suele decir que la devoción de una esposa nunca queda sin recompensa. Me aferré a esa frase durante una década entera. Yo, Renata, la hija mimada de una familia de abolengo de San Pedro Garza García, acepté casarme con Esteban, un profesor universitario de origen humilde con una carga familiar más pesada que una losa de concreto.
Recuerdo cuando les dije a mis padres. Mi madre, una mujer de sociedad que olía a Chanel N°5 y prejuicios, se opuso vehementemente.
—Renata, por Dios —me dijo mientras dejaba su taza de té—, casarse con un hombre pobre no es el problema. El problema es casarse con una familia que no sabe valorar nada porque nunca ha tenido nada. Son pozos sin fondo, hija.
Yo era joven. Tenía 25 años y creía en el amor romántico, en la bondad y en el intelecto de Esteban. Así que hice oídos sordos. Usé toda mi herencia y mi agudeza para los negocios para construir el imperio que tenemos hoy, mientras simultáneamente sacaba a toda la familia de mi esposo de la miseria.
Abrí el cajón de mi tocador y saqué una lujosa caja de terciopelo rojo. Dentro había un reloj Patek Philippe que había encargado a Suiza hace seis meses. Costaba más de lo que Esteban ganaría en diez años dando clases en la UNAM. Él solía quejarse de que su viejo reloj tenía la correa desgastada y que “no se veía elegante” para reunirse con sus colegas académicos. Yo recordaba cada palabra, cada suspiro, cada fruncimiento de ceño.
Para mí, Esteban no era solo mi esposo; era mi orgullo intelectual. Yo era una empresaria con el aroma del dinero impregnado en la piel, así que veneraba el aire erudito y distinguido de un académico como él. Me hacía sentir que mi vida tenía un propósito más allá de los estados de cuenta.
El teléfono sonó, sacándome de mis pensamientos.
—Señora Renata, todo está listo en la cantina “El Hijo del Cuervo” en Coyoacán —dijo Carla, mi eficiente asistente—. El chef dice que ha preparado los tacos de cochinita pibil exactamente como usted pidió, con el sabor de los viejos tiempos.
Sonreí, un gesto genuino que rara vez mostraba en la oficina.
—Perfecto. Gracias, Carla. No le digas a Esteban. Quiero que sea una sorpresa.
Guardé el reloj en mi bolso Chanel, con el corazón latiendo con fuerza como en los primeros días de nuestro noviazgo.
Capítulo 2: Sombras en Coyoacán
En lugar de reservar en el Pujol o en algún restaurante de Polanco con velas y meseros de guante blanco, decidí celebrar nuestro aniversario justo donde todo comenzó: en esa vieja cantina de Coyoacán, cerca de la universidad.
Hace diez años, nuestra recepción de boda se celebró allí. Éramos muy pobres entonces. Solo unas cuantas mesas con comida sencilla, tacos, cervezas y mucho mezcal. Recuerdo que llovía a cántaros y nuestros zapatos estaban manchados de lodo. Pero en medio de esa dificultad, nunca olvidaría la mirada de Esteban, llena de gratitud. Me tomó la mano frente a nuestros amigos y juró:
—Renata, lucha conmigo ahora, y cuando logre el éxito, te lo pagaré mil veces. Eres mi roca.
Grabé ese juramento en mi corazón. No necesitaba que me pagara con oro y plata. Solo necesitaba su amor incondicional.
Saqué mi camioneta Range Rover del garaje de nuestra casa en Lomas de Chapultepec. Esta casa era el sudor y las lágrimas de mis últimos diez años. Cada ladrillo, cada árbol en el jardín había sido pagado por mí. Pensé en Doña Elena, mi suegra, que acababa de escapar de la muerte gracias al riñón que yo había buscado por cielo, mar y tierra, gastando millones de pesos para asegurar la operación y el tratamiento. Pensé en Yessica, mi cuñada caprichosa y gastadora, que cada mes me pedía dinero para comprar bolsas Louis Vuitton y salir de antro en Masaryk.
Las protegía no porque me sobrara el dinero, sino porque amaba a Esteban. Quería que él pudiera concentrarse en sus libros y sus clases sin preocuparse por si había gas en la casa o comida en el refrigerador.
El tráfico de Insurgentes estaba pesado al atardecer, pero mi corazón se sentía ligero. Imaginaba la cara de sorpresa de Esteban al verme aparecer en la vieja cantina. Él siempre había sido un hombre nostálgico.
Llegué a Coyoacán. Los viejos árboles y el empedrado me trajeron recuerdos. Estacioné en una esquina discreta, me alisé el vestido y me apliqué un poco más de labial rojo. Quería verme radiante. Bajé del auto y la brisa fresca de la noche hizo ondular mi falda de seda.
Caminé hacia la cantina con la caja de regalo en la mano.
“El Hijo del Cuervo”. La puerta de madera estaba entreabierta. Sonreí, pensando que el conserje, a quien yo había sobornado, ya había preparado todo.
Pero algo andaba mal.
Mi corazón dio un vuelco cuando vi el familiar Mercedes negro estacionado discretamente detrás de unos arbustos. Era el auto que le regalé a Esteban el mes pasado por su doctorado. ¿Por qué estaba su auto aquí? ¿Se acordó él también de nuestro aniversario? La idea me reconfortó un poco. Quizás estábamos sincronizados.
Me acerqué de puntitas, planeando asustarlo como en nuestros tiempos de estudiantes. Pero a medida que me acercaba, la intuición de una mujer experimentada hizo que mis pasos se volvieran pesados. No había música. No había ambiente de fiesta. Solo un silencio aterrador roto por el viento.
Decidí no entrar por la puerta principal. Fui por la entrada de servicio que daba a la cocina. La puerta oxidada estaba entreabierta. El olor a humedad y grasa vieja golpeó mi nariz, mezclado con un perfume desconocido, dulce y penetrante, casi vulgar.
Y entonces escuché risas.
No eran las risas de un grupo de amigos. Eran los risitas coquetas de una mujer joven intercaladas con la voz profunda y cálida que había escuchado durante los últimos diez años.
—Eres terrible, Esteban. ¿Por qué me citaste en este antro de mala muerte?
—Es más seguro aquí, mi amor. Más íntimo —respondió la voz de mi esposo—. Además, este lugar tiene muchos recuerdos viejos. Quiero crear nuevos recuerdos contigo. Borrar los antiguos, los caducos.
Las palabras de Esteban fueron como un balde de agua helada arrojado directamente a mi cara. Me quedé helada, apretando la caja de terciopelo rojo tan fuerte que mis uñas se clavaron en mi palma.
¿Borrar los recuerdos antiguos? ¿Mis diez años de juventud, de sacrificio, de compartir penas y alegrías eran para él “cosas viejas” que debían borrarse?
Me escondí detrás de la puerta batiente de la cocina. La rendija apenas dejaba pasar mi mirada, pero fue suficiente.
Bajo la luz amarillenta, Esteban estaba sentado en una de esas sillas de plástico familiares. Pero no estaba solo. En su regazo había una mujer joven, muy joven, con el cabello negro largo y suelto. Llevaba una blusa blanca y una falda excesivamente corta. Las manos que yo solía sostener cada noche, las manos que yo había cuidado, ahora acariciaban la espalda desnuda de otra mujer.
—Esteban… —la voz de la chica era empalagosa—. Ya casi es la fecha de la colegiatura, y mi mamá en el pueblo sigue enferma. No sé cómo voy a hacerle. Creo que tendré que darme de baja este semestre.
Esteban la abrazó más fuerte.
—Niña tonta. Estando yo aquí, ¿por qué te preocupas por dinero? Tú solo concéntrate en estudiar. Yo me encargo de la enfermedad de tu mamá y de la colegiatura. Tú eres un talento. Eres mi musa. No dejaré que te manches con el polvo del mundo.
—Pero… ¿de dónde vas a sacar el dinero? Escuché que tu esposa controla las finanzas muy estrictamente. ¿Ella sabe que me ayudas?
Al mencionarme, la voz de Esteban cambió. Ya no había ternura, sino un resentimiento y desprecio que me golpearon el estómago.
—No menciones a esa vieja amargada. Me matas la inspiración. ¿Qué sabe ella además de dinero y más dinero? Todo el día con la cabeza metida en libros de contabilidad, calculando ganancias y pérdidas. Es una persona tan materialista, tan seca. Junto a ella me siento asfixiado, como en una cárcel de oro.
Me mordí el labio hasta que sentí el sabor metálico de la sangre.
¿Vieja amargada? ¿Materialista?
Ese dinero “materialista” compró la medicina para tu madre, el coche que manejas, la casa donde vives y hasta el título de doctor que cuelgas en la pared. Esos libros de contabilidad “secos” son lo único que ha evitado que tu familia muera de hambre.
La chica soltó una risita triunfal.
—Pues a mí me parece muy capaz. Además, cuida muy bien de tu familia. Escuché que incluso da becas en la universidad. De hecho… yo recibo una beca de su fundación.
Sus palabras fueron como un rayo. Entrecerré los ojos, tratando de ver mejor la cara de la chica.
Ese rostro ovalado… esos ojos grandes de “yo no fui”.
¡Lorena! Era Lorena Pérez, la estudiante de Letras a la que yo misma había firmado la decisión de otorgar la beca por “excelencia y necesidad económica” hace seis meses. 15,000 pesos mensuales. Recuerdo que en su expediente escribió una historia conmovedora sobre su origen humilde. Cuando le entregué el diploma, me tomó la mano con ojos llorosos y dijo: “Gracias, señora Renata. Usted es mi ejemplo a seguir”.
Resulta que estaba siguiendo mi ejemplo robándome al marido.
Esteban soltó una risa burlona, acariciando el cabello de Lorena.
—Su dinero es también mi dinero. ¿Crees que ella es tan brillante? Sin mi apoyo moral, sin que yo maneje las relaciones públicas, ¿cómo podría ella ganar dinero tan fácil? Ella es solo una máquina de imprimir billetes. Pero tú, Lorena… tú eres el alma. Tú entiendes de poesía, de música. Cuando ella llega a casa, solo huele a dinero, a perfumes caros y empalagosos. Me da náuseas solo olerla.
Miré la caja de regalo en mi mano. El Patek Philippe parecía burlarse de mí.
Dejé la caja suavemente sobre la barra sucia de la cocina. Ya no la necesitaba.
Me alisé el cabello. Me alisé el vestido.
No iba a entrar ahí a hacer una escena de celos como una mujer arrabalera. Iba a entrar como lo que soy: Renata, la dueña del Grupo Áncora.
Caminé hacia la puerta batiente y le di una patada seca y fuerte.
¡PUM!
El sonido hizo saltar a la pareja adúltera.
Lorena soltó un grito ahogado y empujó a Esteban, tratando de abotonarse la blusa. Esteban se puso pálido como un fantasma.
Me paré en el umbral, mi sombra alargándose sobre el piso de baldosas viejas.
—Esteban —dije con una calma terrorífica—. ¿Qué decías hace un momento? ¿Vieja, amargada, materialista y seca?
PARTE 2: LA CAÍDA
Capítulo 3: El descaro de los parásitos
El sonido de mi patada contra la puerta batiente de la cocina resonó como un disparo en el silencio de la cantina. La madera vieja crujió y golpeó la pared con violencia, levantando una nube de polvo que bailó bajo la luz amarillenta y mortecina del lugar.
El efecto fue inmediato. La escena “romántica” se desmoronó. Lorena soltó un chillido agudo, saltando del regazo de Esteban como si la silla hubiera comenzado a arder. En su prisa, tiró una botella de cerveza Victoria que se hizo añicos contra el piso, salpicando espuma sobre sus zapatos baratos. Esteban, por su parte, se quedó paralizado. Su rostro, segundos antes iluminado por la lujuria y la arrogancia intelectual, se drenó de todo color hasta quedar con una palidez cadavérica. Sus ojos se desorbitaron al verme parada ahí, recortada contra la oscuridad del pasillo de servicio como un ángel vengador envuelto en seda color ciruela.
No dije nada durante los primeros diez segundos. Dejé que el silencio los torturara. Dejé que el único sonido fuera el zumbido del refrigerador viejo y la respiración entrecortada de Lorena. Caminé lentamente hacia ellos. El tac-tac-tac de mis tacones de aguja sobre el piso de mosaico resonaba con un ritmo militar, inexorable.
—Es… Esteban… —balbuceó él, intentando ponerse de pie, pero sus piernas le fallaron y tuvo que apoyarse en la mesa de plástico—. Re… Renata. Mi amor. ¿Qué… qué haces aquí?
Llegué hasta su mesa. Los miré desde arriba, con la barbilla en alto.
—¿Que qué hago aquí? —repetí, con una voz suave, peligrosamente tranquila—. Curiosa pregunta. Hoy es nuestro décimo aniversario, querido. Vine a darte una sorpresa. Traje cochinita pibil, tu favorita. Y mira nada más… parece que tú ya tenías tu propio banquete servido.
Mi mirada se deslizó hacia Lorena. La chica temblaba como una hoja, intentando abrocharse torpemente los botones superiores de su blusa, pero sus manos sudorosas no atinaban a los ojales.
—Y tú… —dije, arrastrando las palabras—. La estudiante estrella. La promesa de las Letras Hispánicas.
—Señora Renata… por favor… no es lo que parece —lloriqueó Lorena, con esa voz chillona que solía usar para pedir extensiones en los plazos de entrega—. El profesor y yo… solo estábamos discutiendo… poesía.
Solté una carcajada seca, carente de cualquier humor, que hizo eco en las paredes vacías.
—¿Poesía? ¿Sentada en sus piernas y con la falda subida hasta la cintura? Vaya, la metodología de enseñanza ha cambiado mucho desde mis tiempos. —Mi tono se endureció de golpe—. ¡Cállate! No insultes mi inteligencia, niña estúpida. Te he escuchado. He escuchado cada palabra podrida que salió de sus bocas.
Me senté en una silla libre, cruzando las piernas con una elegancia que contrastaba brutalmente con la sordidez del lugar. Puse mi bolso Chanel sobre la mesa pegajosa, justo al lado de los cacahuates y la salsa Valentina.
—Siéntate, Esteban —ordené.
Él obedeció, cayendo pesadamente en su silla. Trató de recuperar esa postura de académico digno que tanto le gustaba ensayar frente al espejo, se acomodó los lentes y carraspeó.
—Renata, estás haciendo una escena —dijo, intentando que su voz sonara autoritaria, aunque le temblaba el labio inferior—. Esto es… complejo. No espero que una mente tan pragmática y cuadrada como la tuya entienda las complejidades del alma humana. Lorena y yo… conectamos en un nivel que tú y yo perdimos hace años.
—¿Complejidades del alma? —interrumpí, arqueando una ceja—. ¿Así le llamas ahora a ser un rabo verde de cuarenta años que se aprovecha de una becaria? No me vengas con tus discursos filosóficos baratos, Esteban. Te escuché decir que soy una “vieja amargada”, “seca” y “materialista”.
Esteban se enrojeció de ira, su ego herido superando a su miedo momentáneamente.
—¡Pues es la verdad! —gritó, golpeando la mesa—. ¡Mírate! ¡Míranos! Todo en tu vida es dinero, contratos, fusiones, adquisiciones. Llego a casa y solo hablas de cuánto subieron las acciones. Me siento castrado a tu lado, Renata. Me siento un mueble más en esa mansión fría que construiste. Lorena… ella ve al hombre, no a la cuenta bancaria. Ella me admira por mi intelecto, por mi arte.
Me volví hacia Lorena, quien al ver que Esteban la defendía, levantó un poco la cabeza, ganando una confianza estúpida e infundada.
—Es cierto, señora —dijo la chica, secándose las lágrimas y mirándome con desafío—. Usted no lo valora. Esteban es un genio incomprendido. Usted cree que puede comprarlo todo, pero el amor verdadero no se compra. Nosotros tenemos una conexión espiritual.
—¿Una conexión espiritual? —pregunté, asintiendo lentamente—. Interesante teoría, Lorena Pérez. Déjame refrescarte la memoria. Hace seis meses, enviaste una carta a mi fundación. ¿La recuerdas? “Solicitud de apoyo por extrema necesidad económica”. Escribiste tres cuartillas llorando sobre cómo tu madre en el pueblo no tenía para comer y cómo tú ibas a dejar la carrera si no recibías ayuda.
La cara de Lorena palideció de nuevo.
—Yo…
—Yo leí esa carta —continué, implacable—. Yo firmé el cheque. Yo autoricé que se te depositaran 15,000 pesos mensuales para que pudieras, y cito textualmente, “dedicarte a cultivar tu mente sin las cadenas del hambre”. Y resulta que usas mi dinero para comprarte esa blusita de Zara, ponerte uñas de acrílico y venir a revolcarte con mi marido en una cantina de mala muerte. ¿Esa es tu “conexión espiritual”? ¿O es que viste que el profesor llegaba en un Mercedes y pensaste que habías pescado un pez gordo?
—¡No hables de ella así! —bramó Esteban, poniéndose de pie—. ¡Ella es pura! ¡Ella no es como tú!
Justo en ese momento, la puerta principal de la cantina se abrió de golpe. El viento de la calle trajo consigo voces conocidas y risas estridentes.
—¡Ay, qué emoción! ¡Ya llegamos! —gritó una voz femenina chillona.
Me giré. Eran Doña Elena y Yessica.
Venían vestidas como si fueran a una boda en el Club Campestre. Elena llevaba un vestido de encaje azul marino que yo le había comprado en Palacio de Hierro para Navidad, y Yessica lucía un conjunto de marca y esa bolsa Louis Vuitton por la que me estuvo rogando dos meses.
Al parecer, también venían a la “sorpresa” del aniversario. El conserje, ese traidor, debió avisarles que habría comida y bebida gratis, pero olvidó mencionarles que yo ya estaba adentro.
Al entrar y ver el cuadro —Esteban sudando y despeinado, Lorena llorando en una esquina y yo sentada como una reina de hielo—, se detuvieron en seco.
—¿Pero qué está pasando aquí? —preguntó Elena, llevándose una mano al pecho—. ¿Por qué esas caras tan largas? ¿Dónde están los mariachis?
—Mamá… —Esteban corrió hacia ella como un niño pequeño buscando las faldas de su madre—. Renata… Renata nos descubrió. Está insultando a Lorena. Está arruinando todo.
Elena miró a Lorena, luego a mí, y finalmente a su hijo. Yo esperé, ingenuamente, un momento de decencia. Esperé que mi suegra, la mujer a la que le pagué los mejores cardiólogos, la mujer a la que traté como a una segunda madre, se indignara. Esperé que le diera una bofetada a su hijo por faltarme al respeto.
Pero lo que sucedió me demostró que la podredumbre venía de raíz.
Elena soltó un suspiro de fastidio, caminó hacia mí y me puso una mano en el hombro con una condescendencia que me revolvió el estómago.
—Ay, Renata, por Dios. No seas dramática. Ya me imaginaba que esto pasaría tarde o temprano.
—¿Disculpe? —dije, quitándome su mano con un movimiento brusco.
—Mijita, tienes que entender —continuó Elena, como si estuviera explicándole a una niña berrinchuda—. Esteban es un hombre con necesidades. Es un artista, un académico de alto nivel. Su mente vuela alto. Tú… bueno, tú eres muy buena administradora, pero eres muy simple. Muy gris. Es natural que él busque inspiración en la juventud.
Me quedé petrificada. Sentí cómo la sangre me hervía en las venas.
—¿Usted sabía? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Usted sabía que su hijo tenía una amante?
—¡Pues claro que sabíamos! —intervino Yessica, acercándose a la mesa y tomando un puñado de cacahuates sin vergüenza alguna—. Lorena es un amor. Nos ha acompañado al bingo cuando tú estabas “muy ocupada” trabajando. Ella sí tiene tiempo para la familia. No como tú, que te crees la gran cosa porque pagas las cuentas.
—Exacto —añadió Elena—. Mira, Renata, sé inteligente. Como mujer, tu deber es aguantar y mantener la familia unida. Si Esteban tiene una “aventurilla”, pues hazte de la vista gorda. Al final del día, él vuelve a casa a cenar, ¿no? No seas egoísta. Déjalo que sea feliz un rato y tú sigue en lo tuyo, haciendo dinero, que es lo único que sabes hacer bien.
Miré a esas tres personas. Mi “familia”.
Esteban, el cobarde arrogante.
Elena, la matriarca hipócrita.
Yessica, la parásita envidiosa.
Y Lorena, la oportunista agazapada detrás de ellos, sonriendo levemente al ver que tenía aliados.
De repente, todo se aclaró. La venda que había tenido en los ojos durante una década cayó al suelo y se desintegró. No era amor lo que ellos sentían por mí. Nunca lo fue. Yo era un cajero automático con piernas. Yo era la mula de carga que llevaba sus lujos sobre la espalda mientras ellos me latigueaban con su desprecio.
Una calma absoluta, fría y cristalina, descendió sobre mí.
Me puse de pie lentamente. Alisé mi vestido de seda. Tomé mi bolso.
—Tienen toda la razón —dije. Mi voz ya no temblaba. Era firme, resonante, la voz de la CEO que cerraba tratos millonarios—. Soy muy egoísta. Soy muy materialista. Y tienen razón en otra cosa: lo único que sé hacer bien es hacer dinero… y administrarlo.
Caminé hasta quedar frente a Esteban. Él me miró con desafío, sintiéndose protegido por su madre y su hermana.
—¿Así que te sientes un mantenido a mi lado, Esteban? ¿Te asfixia mi dinero?
—Sí —respondió él, inflando el pecho—. Me das lástima, Renata. Crees que puedes comprarme, pero yo tengo dignidad.
—Perfecto —sonreí. Fue una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Me alegra tanto escuchar eso. Porque a partir de este preciso instante, te devuelvo tu dignidad intacta. Y para asegurarme de que nunca más te sientas asfixiado por mi “asqueroso dinero”, voy a retirarlo por completo de tu vida.
Me giré hacia Elena y Yessica.
—Y ustedes… veo que prefieren la compañía y el tiempo de Lorena. Me parece excelente. Espero que Lorena tenga mucho tiempo libre para llevarlas al bingo y al médico, porque van a necesitar mucho transporte público a partir de mañana.
—¿De qué estás hablando, loca? —escupió Yessica—. No nos amenaces. La casa es de mi hermano también.
—Error —dije, disfrutando cada sílaba—. La casa está a mi nombre. Bienes separados. ¿Recuerdan? Aquel papelito que firmaron refunfuñando antes de la boda porque mis padres los obligaron. Qué visión tuvieron mis padres.
Saqué mi celular del bolso. La pantalla brilló en la penumbra.
—Me voy. Pero antes… —Marqué un número y puse el altavoz.
—¿Señora Renata? —contestó Carla al primer tono.
—Carla, código rojo. Ejecuta el Plan Cero. Ahora.
—¿Plan Cero, señora? ¿Está segura? Eso implica…
—Sí, Carla. Escucha bien: Bloquea todas las tarjetas de crédito suplementarias a nombre de Esteban Grant, Elena Grant y Yessica Grant. Reportalas como robadas si es necesario. Cancela el servicio de chofer. Da de baja los celulares corporativos.
—Entendido.
—Y Carla… comunica al seguro de gastos médicos mayores la baja inmediata de los beneficiarios. Y llama al Hospital Ángeles. Cancela la reserva del quirófano para el trasplante de la señora Elena. Retira el depósito de garantía.
Un grito ahogado salió de la garganta de Elena. Se llevó las manos a la boca, sus ojos saliéndose de las órbitas.
—¡No! —gritó Esteban, abalanzándose hacia mí—. ¡No puedes hacer eso! ¡Es mi madre! ¡Se va a morir!
Mis guardaespaldas, que habían estado esperando discretamente afuera, entraron al escuchar los gritos. Mike, una mole de dos metros, se interpuso entre Esteban y yo, empujándolo hacia atrás con un solo brazo como si fuera un muñeco de trapo.
Miré a Esteban desde detrás de mi muro de seguridad.
—¿Ahora te importa, Esteban? Hace cinco minutos mi dinero te daba náuseas. Pues ahí tienes la cura. Ya no hay dinero. Ahora tienen “dignidad”, “poesía” y “amor verdadero”. Paguen el trasplante con versos. Compren la despensa con su superioridad moral.
Me giré hacia la salida.
—¡Renata! ¡Espera! —gritó Elena, cayendo de rodillas, su orgullo aristocrático desapareciendo ante el terror de la muerte—. ¡Era una broma! ¡Te queremos! ¡Perdónanos!
Me detuve en el umbral de la puerta. La lluvia había comenzado a caer afuera, lavando las calles de Coyoacán. Me volví una última vez.
—Ah, y una cosa más. Lorena… —La chica me miró aterrorizada—. Disfruta a tu “genio”. Te lo regalo. Pero te advierto: come mucho, ronca, y sin mi tarjeta Platinum, no es más que un hombre de mediana edad con calvicie incipiente y muchas deudas. Suerte con eso.
Salí a la noche lluviosa, dejando atrás los gritos, los llantos y las súplicas. Subí a mi camioneta blindada, donde el aire acondicionado y el olor a cuero limpio me recibieron.
—¿A dónde, señora? —preguntó el chofer.
—A mi penthouse en Santa Fe, Pedro. Y pon música. Algo alegre. Hoy celebro mi libertad.
Mientras el auto se alejaba, vi por el retrovisor cómo la dueña de la cantina los sacaba a empujones porque, obviamente, ninguno de ellos traía un peso para pagar la cuenta de las cervezas que habían roto.
El espectáculo apenas comenzaba.
Capítulo 4: La noche de los portazos y las tarjetas declinadas
Mientras yo cruzaba la ciudad en la seguridad silenciosa y climatizada de mi camioneta blindada, dirigiéndome a mi santuario secreto en Santa Fe, en la mansión de Las Lomas de Chapultepec se estaba gestando la tormenta perfecta. Yo no estaba allí físicamente para verla, pero gracias a las cámaras de seguridad de alta definición y a los reportes en tiempo real de Mike, mi jefe de seguridad, pude presenciar la caída de los “reyes” como si estuviera en primera fila de un cine VIP.
Llegué a mi penthouse en la Torre Paradox. El lugar olía a limpieza, a lavanda y a paz. Me serví una copa de vino tinto Gran Ricardo, me quité los tacones que habían resonado como martillos de guerra en la cantina, y me senté frente a los monitores de seguridad en mi despacho.
—Que empiece el show —murmuré, dando un sorbo al vino.
Escena 1: La realidad muerde en la banqueta
Eran las 5:45 PM. El cielo de la Ciudad de México se estaba poniendo gris plomo, amenazando con una de esas lluvias torrenciales típicas de la temporada.
Un taxi Tsuru, viejo y ruidoso, se detuvo frente al imponente portón negro de mi casa. Del asiento trasero bajó Doña Elena. Venía de su partida de canasta con sus amigas de la “alta sociedad”, señoras que, a diferencia de ella, sí tenían dinero propio. Elena caminaba con dificultad, arrastrando los pies hinchados, pero manteniendo la nariz en alto.
Se acercó a la ventanilla del conductor.
—Cobrese de aquí, joven —dijo con desdén, extendiendo la tarjeta American Express Centurion adicional que yo le había dado hace años. Ni siquiera miró al hombre a los ojos.
El taxista, un señor de bigote cano y cara de pocos amigos, tomó el plástico y lo pasó por su terminal portátil.
La máquina emitió un pitido agudo y desagradable. BEEP-BEEP.
El taxista frunció el ceño y lo intentó de nuevo. BEEP-BEEP.
—Señora, no pasa —dijo el hombre, golpeando la terminal contra el volante como si fuera culpa del aparato—. Dice “Fondos Insuficientes” y “Retener Tarjeta”.
—¡¿Cómo que no pasa?! —chilló Elena, ofendida como si le hubieran mentado la madre—. ¡Es una Centurion Black! ¡Tiene crédito ilimitado! Mi nuera le depositó ayer. Seguramente su maquinita esa es la que no sirve porque es vieja. Intente otra vez.
—Señora, ya le di tres veces. Está bloqueada. Págueme en efectivo, son 250 pesos.
—¡No traigo efectivo! Yo nunca cargo billetes, eso es de gente vulgar. ¡Déjeme entrar a mi casa y ahorita sale la sirvienta a pagarle!
El taxista apagó el motor y se bajó del auto, cruzándose de brazos.
—Mire, doñita, a mí no me venga con cuentos. Me paga o le llamo a la patrulla. Ya estoy harto de gente fresa que quiere viajar gratis.
Elena se puso roja de vergüenza. Miró a los lados, asegurándose de que ningún vecino la viera discutiendo con un taxista.
—¡Qué insolente! ¡Usted no sabe quién soy yo! Soy Elena Grant.
—Pues mucho gusto, Elena Grant, págueme mis 250 varos.
Acorralada y sin opciones, Elena tuvo que hacer lo impensable. Con manos temblorosas, se quitó un anillo de oro con un pequeño rubí, una joya familiar que presumía en todas las reuniones.
—Tenga —le aventó el anillo—. Vale diez veces más que su miserable viaje. Y lárguese.
El taxista atrapó el anillo en el aire, lo mordió para ver si era real, y soltó una risa burlona.
—Con esto la armamos. Ándele pues, que le vaya bien en su mansión.
El taxi arrancó, dejando una nube de humo negro en la cara de Elena. Ella tosió, se alisó el vestido y se dirigió al interfón con paso furioso.
—Voy a despedir a Renata… voy a hacer que mi hijo la deje en la calle por esta humillación —mascullaba.
Puso su dedo índice en el lector biométrico de la entrada peatonal.
Esperaba el suave clic de apertura.
En su lugar, el sistema emitió una voz robótica y fría:
ACCESO DENEGADO. HUELLA NO RECONOCIDA. ALERTA DE INTRUSO.
—¿Qué? —Elena golpeó el sensor—. ¡Abre, maldita sea! ¡Soy yo!
Escena 2: El guardián de la puerta
La puerta de servicio se abrió, pero no fue la ama de llaves quien salió. Fue Mike. Vestido con su uniforme táctico negro, parecía una torre inamovible.
Elena suspiró aliviada al verlo.
—¡Mike! ¡Gracias a Dios! Esta cochinada de aparato se descompuso. Ábreme rápido, que va a empezar a llover y me duelen las piernas. Y dile a María que me prepare un té de tila, tuve un día espantoso.
Mike no se movió. Se quedó parado detrás de la reja cerrada, con las manos cruzadas en la espalda.
—Buenas tardes, señora Elena. No puedo abrirle.
—¿Cómo que no puedes? ¿Se te perdió la llave o qué? ¡Soy la dueña de esta casa, imbécil! ¡Ábreme!
—Corrección, señora —dijo Mike con su voz grave y calmada—. La dueña es la señora Renata. Y ella ha dado instrucciones precisas y estrictas: Usted, el señor Esteban y la señorita Yessica tienen prohibido el acceso a la propiedad bajo cualquier circunstancia.
Elena soltó una carcajada nerviosa.
—¿Renata? ¿Esa gata igualada te dio órdenes? Mira, Mike, no sé cuánto te paga, pero mi hijo te puede pagar el doble. Déjame entrar y no le diré a Esteban que te despida.
—Mi empleadora es la señora Renata, señora. Y por cierto… —Mike señaló con la cabeza hacia una esquina de la banqueta, donde se apilaban cinco cajas de cartón de huevo, de esas baratas del supermercado—. Esas son sus cosas. La señora Renata ordenó empacar sus pertenencias personales. Ahí está su ropa, sus medicinas del día y sus zapatos.
Elena miró las cajas con horror.
—¿Me estás echando? ¿A mí? ¿A una señora de la tercera edad enferma?
—Yo solo sigo órdenes. Le sugiero que se retire antes de que active la alarma silenciosa y llegue la policía municipal. No creo que quiera que sus vecinos de Las Lomas la vean siendo subida a una patrulla.
—¡Malditos! ¡Malditos todos! —gritó Elena, golpeando los barrotes de hierro con sus puños llenos de anillos hasta que se lastimó—. ¡Esta es mi casa! ¡Mi hijo la pagó!
—Las escrituras dicen otra cosa, señora. Buenas noches.
Mike dio media vuelta y entró a la caseta de vigilancia, cerrando la puerta y bajando la persiana, ignorando los alaridos de la mujer que, minutos antes, se creía la dueña del mundo.
Escena 3: La princesa destronada
Pasaron dos horas. La lluvia ya caía con fuerza, una cortina de agua fría que empapaba las cajas de cartón y convertía el costoso peinado de Elena en una masa pegajosa. Ella se había sentado sobre una de las cajas, temblando, cubriéndose con una bolsa de plástico que encontró tirada.
A las 8:00 PM, un Uber se detuvo. De él bajó Yessica. O más bien, tropezó al bajar.
Venía del antro. Estaba borracha, con el rímel corrido y un zapato en la mano porque se le había roto el tacón.
—¡Gracias, guapo! —le gritó al conductor—. ¡Cárgalo a la tarjeta!
—¡Oiga, señorita! —gritó el conductor—. ¡La aplicación dice “Método de pago inválido”! ¡La tarjeta fue rechazada! ¡Necesito que me pague!
Yessica se tambaleó y soltó una risa floja.
—Ay, qué latoso eres. Seguro el sistema se cayó. Toma… —Buscó en su bolso y sacó un billete de 200 pesos arrugado—. Quédate con el cambio, naco.
El auto se fue y Yessica se giró hacia la casa, tarareando una canción de reguetón. Entonces vio el bulto en la banqueta.
—¿Mamá? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Qué haces ahí sentada como pordiosera? ¡Qué oso, mamá! Los vecinos te van a ver. Métete, está lloviendo.
Elena levantó la cara. Estaba pálida, con los labios morados de frío.
—No puedo entrar… Esa maldita… Renata… cambió las chapas. Nos echó, Yessica. Nos echó a la calle.
Yessica soltó una carcajada incrédula.
—Ay, mamá, qué dramática eres. Seguro se pelearon y ella está haciendo berrinche. Ahorita yo arreglo esto. A mí nadie me deja afuera.
Yessica caminó hacia el portón y empezó a patearlo con su pie descalzo.
—¡Renata! ¡Renata, abre la puerta! ¡Ya llegué y quiero cenar! ¡Deja de hacer tus dramas de telenovela barata y ábrenos! —Gritó—. ¡Soy Yessica Grant!
Nadie respondió. La casa permanecía oscura, excepto por las luces de seguridad del jardín que iluminaban la lluvia como barrotes de prisión.
Yessica sacó su celular para llamarme.
—Vas a ver, le voy a decir sus verdades.
Marcó mi número. Tu llamada está siendo transferida al buzón…
—Me colgó la perra. Bueno, voy a pedir comida por Uber Eats porque tengo un hambre…
Abrió la aplicación.
ERROR: Su método de pago ha sido rechazado. Contacte a su banco.
—¿Qué? —Yessica frunció el ceño. Abrió su app del banco.
ACCESO DENEGADO. CUENTA BLOQUEADA O INEXISTENTE.
—Mamá… —dijo, y la borrachera se le bajó de golpe, reemplazada por un frío terror—. Mis tarjetas… no pasan. La app del banco no abre.
—Te lo dije —sollozó Elena—. Nos quitó todo, Yessica. Bloqueó todo. Estamos en la calle.
—No… no puede ser. Mi hermano… Esteban lo va a arreglar. Él es el hombre de la casa. Él la va a poner en su lugar.
Escena 4: La llamada de la muerte
En ese momento de desesperación absoluta, el celular de Elena sonó. El tono de llamada resonó tétrico en la calle vacía.
Elena miró la pantalla. Sus ojos se iluminaron con una esperanza desesperada.
—Es el Hospital Ángeles —susurró—. Es el doctor Mondragón. Seguro ya tienen el riñón. Si me operan, puedo quedarme en la suite del hospital. Ahí hay comida y cama caliente.
Contestó con manos temblorosas.
—¿Bueno? ¿Doctor Mondragón? Dígame que son buenas noticias, por favor. Estoy pasando una noche terrible.
Yo escuchaba la conversación gracias a que había intervenido sus líneas telefónicas como parte de la auditoría familiar. La voz del doctor sonaba metálica pero clara.
—Señora Elena, lamento llamarla a esta hora, pero es urgente. Me acaba de notificar el departamento de finanzas que su póliza de Seguro de Gastos Médicos Mayores ha sido cancelada por el titular hace una hora.
—¿Qué? —Elena sintió que el suelo se abría—. No, debe haber un error. Mi nuera paga eso.
—Exacto, señora. La señora Renata solicitó la baja y el retiro de la garantía financiera para su trasplante.
—Pero… pero la operación es la próxima semana… —Elena empezó a hiperventilar—. Doctor, sin ese riñón me voy a morir. Mis niveles de creatinina están por los cielos.
—Lo sé, y lo lamento profundamente. Pero el hospital no puede proceder sin una garantía de pago. La cirugía cuesta un millón y medio de pesos, más los gastos postoperatorios. A menos que usted pueda hacer un depósito de garantía ahora mismo por el 80% del total, estamos obligados a cancelar el procedimiento y ceder el órgano al siguiente paciente en la lista de espera. Tiene hasta mañana a las 8:00 AM.
—¿Un millón y medio? —Elena miró las cajas de cartón mojadas, a su hija borracha y el portón cerrado—. Doctor… no tengo ni para un taxi.
—Entonces lo siento mucho, señora Elena. Procederemos a dar de baja su expediente. Buenas noches.
La llamada se cortó.
El teléfono se deslizó de la mano de Elena y cayó al charco de agua sucia.
—Me mató… —susurró, llevándose las manos al pecho donde el corazón le latía desbocado—. Yessica… me canceló la operación. Me condenó a muerte.
Yessica gritó, un grito de frustración y miedo.
—¡La voy a matar! ¡La voy a matar!
Escena 5: La cena de la victoria
En mi penthouse, mi cena estaba servida. Un corte New York término medio, espárragos y puré de trufa.
Mi celular personal sonó. Era el número de Esteban.
Sonreí. Había tardado más de lo que pensaba. Seguramente se quedó consolando a su “musa” un buen rato antes de darse cuenta de la magnitud del desastre.
Contesté y puse el altavoz mientras cortaba un pedazo de carne.
—Buenas noches. Residencia de la mujer libre y soltera. ¿Con quién hablo?
—¡RENATA! —El grito de Esteban casi revienta la bocina—. ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Estás demente! ¡Acabo de hablar con Yessica! ¡Dice que mi madre está tirada en la banqueta bajo la lluvia!
—Ah, sí —dije, masticando con calma—. Según el reporte del clima, va a llover toda la noche. Deberían buscar un techo pronto. La neumonía a la edad de tu madre es complicada.
—¡Eres un monstruo! —bramó él. Podía escuchar de fondo los llantos de Lorena—. ¡Sacar a mi madre a la calle! ¡Quitarle su operación! ¡Eso es intento de homicidio! ¡Te voy a demandar! ¡Te voy a meter a la cárcel!
—Uy, qué miedo. Mira cómo tiemblo —me burlé—. Esteban, querido, vamos a poner los puntos sobre las íes. Número uno: No es intento de homicidio, es cese de caridad. Yo no tengo ninguna obligación legal de mantener a tu madre. Eso te toca a ti, como su hijo.
—¡Yo no tengo ese dinero y lo sabes!
—Pues ponte a trabajar. O vende el Mercedes… ah, no, espera, el Mercedes está a nombre de la empresa. Mañana paso por él.
—¡Esa casa es mía! —insistió, desesperado—. ¡Es el hogar conyugal! ¡No puedes cambiar las chapas!
—Ay, Esteban. ¿De verdad nunca leíste las capitulaciones matrimoniales? —Suspiré, como quien le explica a un niño lento—. La casa de Las Lomas era de mis abuelos. Es herencia. Bien propio. Tú firmaste renunciando a cualquier derecho sobre ella. Legalmente, eres un intruso. Y si intentas entrar, Mike tiene órdenes de disparar… balines de goma, claro. No quiero manchar el piso.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Solo se escuchaba su respiración agitada.
—Renata… —Su voz cambió. Ya no era furia, era miedo—. Por favor. Mi mamá se va a morir sin esa operación. Yessica no tiene a dónde ir. Lorena está embarazada… o eso cree. No nos hagas esto. Podemos hablarlo. Regresa a la casa y lo arreglamos como gente civilizada.
Solté una carcajada genuina.
—¿Hablarlo? ¿Como gente civilizada? ¿Como tú hablaste de mí en esa cantina? ¿Diciendo que te asfixiaba? ¿Que te daba asco?
Mi voz se volvió de hielo.
—Te estoy haciendo un favor, Esteban. Te estoy dando lo que querías. Libertad. Sin mi dinero asfixiante. Ahora eres el hombre de la casa. Salva a tu madre. Mantén a tu hermana. Cuida a tu amante. Hazlo tú solo. Demuéstrame que ese “intelecto superior” del que tanto presumes sirve para algo más que para engañar a tu esposa.
—¡Renata, por favor!
—Buenas noches, Esteban. Ah, y no olviden recoger sus cajas. Se ven muy feas en mi banqueta.
Colgué.
Bloqueé el número.
Me serví otra copa de vino y miré por el ventanal hacia la ciudad lluviosa.
En algún lugar allá abajo, en la oscuridad y el frío, la familia Grant estaba aprendiendo la lección más cara de sus vidas: Nunca muerdas la mano que te da de comer, porque esa mano puede cerrarse en un puño y aplastarte.