De Plantada en el Altar a Dueña de una Fortuna: El Gran Salto de Rita

Capítulo 1: El eco de un silencio de veinte años

Todavía puedo oler la lluvia mezclada con el polvo de las calles de Neza. Ese olor a tierra mojada que, para muchos, es romántico, pero para los que venimos de abajo, solo significa que el techo de lámina va a gotear de nuevo. Me llamo Mateo, y durante veintiocho años, ese fue mi mundo. Un mundo de “chambearle duro”, de estirar los pesos para que la quincena no se muriera el miércoles y de ver a mi madre, Doña Elena, desgastarse las manos lavando ajeno para que a mí no me faltara un taco de frijoles.

Mi jefa era una mujer de pocas palabras, pero de ojos cansados que parecían cargar con el peso de toda una ciudad. Siempre sospeché que había algo más detrás de sus silencios prolongados cuando pasábamos frente a las noticias de los empresarios de Polanco o de las bodas de la alta sociedad que salían en los periódicos que usábamos para limpiar los vidrios. Ella bajaba la mirada, apretaba los labios y seguía tallando.

La noche que todo cambió, el cielo de México parecía estarse cayendo. Los truenos retumbaban tanto que las ventanas de nuestra pequeña casa vibraban como si tuvieran miedo. Mi madre estaba en su cama, su respiración era un silbido débil que me partía el alma. El cáncer no perdona, y menos cuando no tienes para el tratamiento que te prometieron en el seguro hace seis meses.

—Mateo… —me llamó con una voz que era apenas un susurro.

Me acerqué a ella, tomándole su mano fría y callosa. Esa mano que me había acariciado cuando de niño me raspaba las rodillas, y que ahora se sentía como un pájaro herido.

—Aquí estoy, jefa. No se me esfuerce —le dije, tratando de tragarme el nudo que tenía en la garganta.

—Debajo del colchón… —continuó ella, ignorando mi súplica—. Busca la caja de galletas de metal. La que tiene la Virgen de Guadalupe.

Yo sabía de esa caja. Pensaba que eran solo hilos, agujas y viejos botones. La saqué con cuidado, sintiendo el metal frío y oxidado entre mis dedos. Al abrirla, el olor a humedad y a papel viejo me golpeó. Debajo de los carretes de hilo, había un sobre de papel manila, amarillento por el tiempo, sellado con una cera que ya se estaba deshaciendo.

—Prométeme que no vas a odiarme, hijo —dijo ella, y una lárima solitaria rodó por su mejilla pálida—. Lo hice para protegerte. Los hombres de esa familia… son lobos.

—¿De qué habla, mamá? ¿Qué familia?

Pero ya no hubo respuesta. Doña Elena exhaló su último suspiro en esa habitación que olía a medicina barata y a despedida. El silencio que siguió fue el más pesado de mi vida. Me quedé ahí, solo con mi dolor, mientras afuera la tormenta arreciaba. Con las manos temblorosas, abrí el sobre.

Lo que encontré dentro no tenía sentido. Eran fotos de una mansión que parecía un castillo, una acta de nacimiento con un apellido que yo solo había escuchado en la televisión: De la Vega. Y una carta escrita a mano, con una caligrafía elegante, que decía: “Si algún día decides volver, Elena, recuerda que el precio de tu silencio fue la vida de tu hijo. No lo buscaremos, mientras tú no existas para nosotros”.

Mi cabeza daba vueltas. ¿Mi apellido no era el que yo creía? ¿Quiénes eran los De la Vega y por qué mi madre había huido de ellos como si fueran la mismísima muerte? Me di cuenta de que mi vida entera había sido una construcción de humo. Mi pobreza, mis carencias, el hambre que pasamos… todo había sido un refugio, o tal vez, una condena impuesta por alguien más.


Capítulo 2: El intruso en el paraíso de cristal

El funeral fue sencillo, como lo fue su vida en el barrio. Solo unos cuantos vecinos y yo. Pero mientras echaban la tierra sobre el ataúd de madera corriente, yo sentía un fuego creciendo en mi pecho. No era solo tristeza, era una rabia fría que se me metía en los huesos. Si mi madre había sufrido tanto para protegerme, quería saber de quién.

Dos días después, con los ojos hinchados y el sobre guardado en mi mochila vieja, tomé el Metro. De la Línea B a la 1, y luego caminé hacia las Lomas de Chapultepec. El cambio de escenario es brutal en esta ciudad. Pasas de las fachadas de tabique gris y los cables enredados a las calles arboladas, con guardias de seguridad en cada esquina y casas que parecen fortalezas de mármol.

Me sentía como un bicho raro. Mi ropa, aunque limpia, gritaba mi procedencia. Mis tenis gastados no encajaban en esas banquetas perfectas. Finalmente, llegué a la dirección que aparecía en el reverso de una de las fotos: Paseo de los Virreyes 1040.

Era una propiedad imponente. El portón de hierro forjado tenía el escudo de los De la Vega. Me quedé ahí parado, sintiendo que el corazón me iba a estallar. ¿Qué estaba haciendo? Podían llamar a la policía en cualquier momento. Pero el pensamiento de mi madre muriendo por falta de medicina mientras los dueños de esta casa seguramente desayunaban en vajilla de oro, me dio el valor que me faltaba.

Toqué el timbre. Un hombre con uniforme de seguridad apareció por la cámara. —¿Qué se le ofrece? Aquí no se permiten ventas —dijo con un tono despectivo.

—No vengo a vender nada —respondí, tratando de que no me temblara la voz—. Vengo a ver al señor Julián De la Vega.

El guardia soltó una carcajada seca. —El señor no recibe a gente… como usted, sin cita. Retírese o llamo a la patrulla.

—Dígale que traigo noticias de Elena. Elena Martínez.

Hubo un silencio del otro lado. El guardia pareció dudar. Pasaron unos segundos eternos. Mi respiración se aceleraba. De pronto, el portón eléctrico empezó a abrirse con un zumbido metálico que sonó como una advertencia.

Caminé por el sendero rodeado de jardines perfectamente podados. Al final, en la entrada de la mansión, estaba un hombre de unos sesenta años, vestido con una bata de seda impecable. Tenía el mismo mentón que yo veía cada mañana en el espejo. Se quedó petrificado al verme.

—No puede ser… —susurró, y su rostro se puso lívido—. Ella me dijo que habías muerto.

—Pues aquí estoy —dije, sacando el sobre—. Y mi madre acaba de morir de verdad, en una cama que no vale ni lo que cuesta su bata.

En ese momento, una mujer joven y elegante salió de la casa. Era hermosa, pero su mirada tenía una crueldad que me heló la sangre. —¿Quién es este mugroso, papá? ¿Por qué lo dejaste pasar?

Julián no respondió. Me miraba como si estuviera viendo a un fantasma. Yo sabía que en ese momento mi vida de antes se había acabado para siempre. Había entrado a la boca del lobo, y no estaba seguro de si iba a poder salir de ahí con vida, o si el odio que veía en los ojos de esa mujer terminaría por destruir lo poco que me quedaba de humanidad.

—Soy Mateo —dije, dando un paso al frente y sosteniéndole la mirada—. Y según estos papeles, esta casa también es mía.

Capítulo 3: El aroma del orgullo y el adobe

El silencio en la humilde casa de mi padre se podía cortar con un machete. Ahí estaba yo, todavía con el alma hecha pedazos por la humillación de Homer, pero con un contrato millonario bajo el brazo y a un “junior” de las Lomas de Chapultepec parado en medio de mi sala. Fausto Villanueva parecía un astronauta que acababa de aterrizar en Marte sin casco. Miraba las paredes de adobe y el techo de lámina como si esperara que le saltara una peste en cualquier momento.

—Huele a rayos aquí dentro, de verdad —soltó Fausto mientras se tapaba la nariz con un pañuelo de seda que probablemente costaba más que nuestra televisión. —No sé cómo pueden vivir así. Qué asco.

Yo sentí que la sangre me hervía. Quería gritarle que ese “asco” era el hogar que mi padre había levantado con callos en las manos, pero me tragué el coraje. Tenía que cumplir mi parte del trato con Don Germán: un mes para hacerlo un hombre de bien o el dinero se esfumaba.

—Pues acostúmbrate, “principito” —le dije, cruzándome de brazos. —Porque este va a ser tu palacio por las próximas cuatro semanas. Aquí no hay aire acondicionado, ni servicio a la habitación, ni choferes.

En ese momento entró mi padre, Don Agustín. Su cara era un poema de dolor y decepción. Verlo así me dolía más que el desplante de Homer. Él no entendía lo del contrato; solo veía que su hija, a la que acababan de dejar vestida y alborotada, ahora traía a otro hombre a la casa como si nada.

—Rita, ¿qué es esto? —preguntó mi padre con la voz quebrada. —Apenas hace unas horas estabas llorando por ese malnacido de Homero y ahora te apareces con este tipo.

—Papá, es por nuestro bien, confía en mí —intenté explicarle. —Nos ofrecieron mucho dinero para que este muchacho aprenda a trabajar la tierra.

—¡Te vendiste, hija! —gritó él, y sentí un golpe en el pecho. —Pensé que tenías dignidad. Con lo poco que tenemos nunca nos faltó lo básico, y ahora haces esto. Prefiero meterle unos machetazos al Homero para que no te vuelva a humillar antes que verte vendida.

Mi padre se dio la vuelta y se encerró en su cuarto. Me quedé sola con Fausto, que seguía mirando las esquinas de la casa con desprecio.

—¿Ves? Hasta tu viejo sabe que esto es una ridiculez —dijo Fausto con una sonrisita cínica. —¿De verdad crees que la gente pobre es pobre porque quiere? Qué mentalidad de escasez tienen.

—Cállate la boca, Fausto —le respondí, acercándome a él hasta que pudimos sentir la respiración del otro. —Tú no sabes lo que es el hambre. Solo sabes lo que es estirar la mano. Tu papá tiene razón: debajo de esa capa de prepotencia y avaricia, tiene que haber algo que valga la pena, aunque por ahora no veo ni el rastro.

Esa primera noche fue eterna. Fausto se quejaba de los mosquitos, de la dureza del catre y del ruido de los grillos. Yo me quedé mirando el techo, pensando en el espectacular que Don Germán me había prometido poner en la entrada del pueblo. Quería que Homer lo viera. Quería que supiera que mientras él se iba con su “mujer de clase”, yo me estaba convirtiendo en la heredera de la fortuna más grande de la región. Pero el precio era alto: la mirada de decepción de mi padre y tener que aguantar a un hombre que pensaba que el mundo se terminaba donde se acababa el pavimento.


Capítulo 4: Manure, sushi y lecciones de humildad

El gallo ni siquiera había terminado de cantar cuando arrastré a Fausto fuera de su catre. Si iba a ser un campesino, iba a empezar desde el fango, literalmente. Lo llevé directo al corral de las gallinas. Él caminaba como si estuviera pisando brasas ardientes, tratando de que sus zapatos de marca no tocaran el suelo.

—¿Qué es esto? —preguntó señalando un balde con sobras de comida y grano. —Parece basura reciclada.

—Es la comida de las gallinas, genio —le dije, dándole el balde. —¿O qué pensabas que comían? ¿Sushi? Ándale, dales de comer.

Fausto se acercó al corral con una mueca de horror. —”Chick, chick”, o lo que sea que digan —murmuró con fastidio.

De repente, una de las gallinas voló hacia él y Fausto dio un salto digno de una película de terror. Casi tira el balde y se puso pálido como un papel.

—¡Cuidado! ¡Me va a dar gripe aviar o algo así! —gritó, retrocediendo hacia mí.

—No seas payaso, Fausto —me burlé. —A ver si aprendes algo de humildad, que es lo que tu papá quiere. O vas a seguir siendo un mantenido toda la vida.

En medio de nuestro pleito, apareció Miguel. Miguel es de esos hombres que en el pueblo llamamos “mil usos”. Es mecánico, arquitecto, mesero y, sobre todo, tiene una paciencia que yo ya estaba perdiendo.

—Qué buena pareja hacen —dijo Miguel con una sonrisa picarona.

—¡No somos pareja! —gritamos Fausto y yo al mismo tiempo.

Miguel se acercó a Fausto, que estaba todo salpicado de agua y suciedad porque ya había logrado derramar la mitad del balde sobre sus propios pantalones.

—Mire, joven —le dijo Miguel con calma. —En el campo no se aprende gritando ni enojándose. Se enseña con maña, con cariño a la tierra. Usted no distingue una pala de una escoba, pero si se relaja, tal vez encuentre esa paz que ni todo su dinero le ha dado.

Miguel se ofreció a enseñarle cómo usar la pala, pero Fausto, herido en su orgullo, lo rechazó de mala gana. “No te necesito”, le soltó. Pero apenas Miguel se dio la vuelta, Fausto intentó cargar un bulto de abono y terminó de bruces contra el suelo.

—¡Dios, dame paciencia porque si me das fuerza lo mato! —exclamé mirando al cielo.

Esa tarde, el trabajo fue rudo. Lo puse a limpiar el estiércol, a cargar agua y a desyerbar. Cada cinco minutos se detenía para quejarse del sol, del sudor o del olor. Pero hubo un momento, justo cuando el sol se estaba ocultando tras los cerros, en que lo vi quedarse quieto, mirando el horizonte. El aire estaba fresco y el silencio del rancho envolvía todo. Por un segundo, su mirada prepotente desapareció y vi a un hombre cansado, tal vez incluso un poco solo.

—Es bonito, ¿verdad? —le pregunté, acercándome con un poco menos de veneno en la voz.

—El paisaje no está mal —admitió él, sin mirarme. —El aire… se siente diferente.

—Es el aire de la gente que trabaja, Fausto. El aire que Homer no pudo soportar porque pensaba que la pobreza se pega como la peste.

Él no dijo nada, pero por primera vez en todo el día, no hizo ningún comentario sarcástico. Sin embargo, la calma duró poco. Mi padre salió de la casa y, al ver a Fausto todavía ahí, su mirada de reproche volvió a caer sobre mí. Sabía que ganar el dinero de Don Germán iba a ser difícil, pero recuperar el respeto de mi padre y transformar el corazón de este junior iba a ser una batalla que apenas comenzaba.

Capítulo 5: Melodías en la oscuridad y el eco de la ausencia

La noche en el rancho de Sonora tiene un peso distinto. No es el silencio vacío de la ciudad; es un murmullo constante de grillos, viento entre las ramas y el crujir del adobe que parece respirar. Después de días de ver a Fausto pelearse con las palas y maldecir cada vez que una vaca se le acercaba, algo empezó a cambiar en el aire. Ya no era solo el junior caprichoso; el cansancio físico estaba empezando a agrietar su armadura de arrogancia.

Una noche, mientras el cansancio me pesaba en los párpados, escuché algo que no encajaba con el campo. Era una melodía, suave pero firme, que parecía flotar desde el viejo cobertizo donde guardábamos unas cosas de mi madre. Me acerqué con cuidado, pensando que tal vez un radio se había quedado encendido, pero lo que vi me detuvo en seco. Fausto estaba ahí, sentado frente al viejo piano vertical que mi madre tanto amaba y que nadie había tocado desde que ella se fue. Sus manos, ahora manchadas de tierra y con algunas ampollas por el trabajo, se movían con una elegancia que me dejó sin habla.

—Cantas muy bonito, lo haces muy bien —le dije, rompiendo el hechizo. Él se sobresaltó, cerrando casi de golpe la tapa del piano, pero luego suspiró y dejó que sus hombros cayeran.

—Mi madre me enseñó —confesó con una voz que nunca le había escuchado. —Ella me enseñó a tocar el piano porque decía que eso desahoga el alma.

Fue la primera vez que escuché a Fausto decir algo que no sonara a burla o a sarcasmo. En ese momento, bajo la luz tenue de una bombilla vieja, entendí que su prepotencia era solo una máscara. Me confesó que siempre estaba fingiendo con su familia y sus amigos, manteniendo una imagen porque eso es lo que se esperaba de él. Pero ahí, rodeado de gallinas y silencio, por primera vez no tenía que pretender ser nada.

—¿Y dónde está ella? —pregunté, refiriéndome a su mamá.

—Murió cuando yo tenía doce años —respondió él, mirando sus manos.

Sentí un nudo en la garganta. —La mía también murió —le dije, sentándome en una caja de madera cerca de él. —Ella hacía pan y chiles rellenos, y me cantaba todo el tiempo. Recuerdo que se reía incluso cuando yo lloraba. A veces no sé si la extraño a ella o solo extraño tener un recuerdo que no duela tanto.

Nos quedamos en silencio, compartiendo ese vacío que el dinero no puede llenar. Fausto me miró de una forma distinta, sin el desprecio de los primeros días. Le dije que debería mostrar esa versión de sí mismo a los demás, que tal vez así alguien podría amarlo de verdad. Él sonrió con tristeza y admitió que no planeaba enamorarse de nadie en su “versión de rancho”, pero que había más verdad entre las gallinas y el fuego que en toda la ciudad llena de ruido.

En ese instante, el trato de Don Germán dejó de ser solo por el dinero. Empecé a ver al hombre detrás del junior. Pero el destino no nos iba a dar tregua. Mi padre apareció, rompiendo el momento con su desconfianza de siempre, mandándonos a dormir porque “mañana los bueyes no esperan a nadie”. Pero algo ya se había encendido. Al día siguiente, le pedí a Miguel que le llevara un mensaje a Fausto: quería una cita con él, un almuerzo romántico de verdad. Quería ver si lo que sentimos bajo la luna era real o solo el espejismo de dos almas solitarias.


Capítulo 4: El banquete de la traición y el despertar del gigante

Me puse el vestido más bonito que tenía, uno que guardaba para ocasiones que nunca llegaban. Cuando Fausto me vio, se quedó sin palabras. Me dijo que me veía hermosa y que el vestido me lucía increíble. Él también se había esforzado; aunque seguía usando su ropa cara, ya no parecía un extraño en su propia piel. Miguel, siempre oportuno, nos recibió en el restaurante con sus bromas de siempre, llamándonos “tortolitos”.

El lugar era precioso, mucho mejor que comer en el establo donde las vacas nos perseguían. Fausto estaba diferente, más relajado. Confesó que estas últimas semanas conmigo habían sido maravillosas, a pesar de que al principio fueron un horror.

—Sé que va a sonar loco —dijo, tomándome de las manos sobre la mesa, —pero de verdad quiero casarme contigo. Quiero esto para nosotros. Quiero salir a cenar, pero también vivir en el campo. No me importa si las gallinas me pican los pies, amo todo eso.

Mi corazón saltó. Por fin alguien me veía por quien era y no por lo que tenía. Estábamos a punto de sellar nuestro compromiso cuando la puerta del restaurante se abrió y el aire se volvió pesado. Eran ellos: Homer y Wendy, la mujer por la que me dejó plantada.

—Rita, ¡qué sorpresa! —soltó Wendy con una voz cargada de veneno. —¿Quién dejó entrar a la servidumbre? ¿Vienes a lavar los platos sucios?.

Homer se rió, mirándome con una lástima que me revolvió el estómago. —No seas así, amor —le dijo a Wendy. —Rita no puede superarme, tuvo que buscarse un actor de segunda para darme celos.

Fausto se levantó de la silla con una calma que daba miedo. —Soy Fausto Villanueva —dijo, con una voz que resonó en todo el lugar.

—¡Sí, claro! —se burló Wendy. —Y yo soy la reina de Inglaterra. Escucha, “Villanueva”, este es un lugar exclusivo. La gente que viene vestida de mercado no es bienvenida aquí.

Lo que siguió fue una humillación pública. Wendy y Homer, que resultaron ser los dueños del restaurante, llamaron al personal para que nos echaran a empujones. Nos tocaron, nos empujaron hacia la calle como si fuéramos basura.

—¡Esto no se va a quedar así! —gritó Fausto mientras nos sacaban a la fuerza. —¡Mañana mismo los vamos a cerrar!.

Homer soltó una carcajada final. —¡Sigue soñando, muerto de hambre! —gritó antes de cerrarnos la puerta en la cara.

Yo estaba temblando de rabia y vergüenza. Quería desaparecer. Pero Fausto me abrazó con fuerza. Ya no era el junior que se quejaba del olor; era un hombre decidido. Sacó su teléfono y llamó a su padre. No para pedir dinero, sino para reclamar su lugar.

—Papá, soy Fausto. Se acabó el juego —dijo con frialdad. —Necesito que ejecutes la compra de la propiedad de la calle principal. Sí, la de los Fuentes. Mañana mismo quiero la orden de desalojo.

Homer no sabía que al humillarnos, acababa de firmar su sentencia de ruina. La “pobre Rita” y el “junior inútil” estaban a punto de darles la lección de sus vidas, una que no se aprende con dinero, sino con el peso de las consecuencias.

Capítulo 7: El peso de la justicia y el ocaso de los traidores

La mañana siguiente al incidente en el restaurante, el cielo de Sonora no era azul, sino de un gris plomizo que presagiaba una tormenta, pero no de lluvia, sino de justicia. Yo no pude pegar el ojo en toda la noche. El eco de las risas de Homer y Wendy seguía taladrándome los oídos. Me veía a mí misma en el suelo de aquel restaurante, siendo empujada, mientras el hombre que juró amarme me miraba con asco. Pero ya no era la Rita que lloraba por los rincones; la rabia se había transformado en una determinación fría y cortante.

Fausto tampoco durmió. Lo vi caminar por el patio del rancho, hablando por teléfono en voz baja, con una seriedad que nunca le había visto. Ya no era el junior caprichoso; era un hombre protegiendo lo que empezaba a amar. Don Germán llegó al amanecer en una camioneta negra, bajándose con un sobre amarillo en la mano. No hubo necesidad de palabras. Su mirada hacia su hijo era de orgullo, y hacia mí, de un respeto profundo.

—Es hora, Rita —me dijo Fausto, tomándome de la mano. —Vamos a recuperar tu dignidad y a enseñarles que en este mundo, el dinero no compra el derecho de pisotear a la gente.

Llegamos al restaurante de Wendy y Homer justo cuando estaban abriendo. Se veían felices, seguramente burlándose todavía de la “escena” de la noche anterior. Cuando nos vieron entrar, la cara de Wendy se transformó en una mueca de fastidio absoluto.

—¿Otra vez ustedes? —chilló ella, cruzándose de brazos. —¿No les quedó claro anoche? Llamen a la policía, que estos muertos de hambre no entienden.

Homer salió de la cocina con una sonrisa burlona que se le borró en un segundo cuando vio a Don Germán entrar detrás de nosotros. Don Germán no se detuvo ante los insultos. Se paró frente a ellos con la autoridad de quien sabe que es el dueño de la verdad.

—¿Usted es la señora Wendy García? —preguntó Don Germán con una voz que hizo que los meseros se detuvieran en seco.

—Sí, soy yo. ¿Y usted quién es para entrar así a mi negocio? —respondió ella, tratando de mantener su aire de superioridad.

—Mi nombre es Germán Villanueva —dijo él, y el silencio que siguió fue absoluto. —Y soy el nuevo dueño de este local. En este documento está la orden de desalojo firmada por un juez. Les pido que desalojen este lugar inmediatamente.

Homer dio un paso al frente, pálido como un muerto. —Esto tiene que ser una broma… ¡Nosotros somos los dueños!.

—Ustedes eran arrendatarios con opción a compra, una opción que perdieron por falta de solvencia y comportamiento indebido —continuó Don Germán, entregándoles los papeles. —Y tú, Homero Fuentes, quiero que sepas que estás fuera de este negocio y de cualquier otro que esté bajo mi nombre.

Homer me miró, y por primera vez en su vida, vi el miedo real en sus ojos. Se dio cuenta de que el hombre que estaba a mi lado no era un actor de segunda, sino el heredero de la fortuna de los Villanueva.

—Rita… por favor, no puedes hacernos esto —suplicó Homer, acercándose a mí. —Fue un error, yo…

—No fue un error, Homer —le dije, sosteniéndole la mirada sin que me temblara la voz. —Fue tu naturaleza. Me llamaste tu “momento más humilde”, pues ahora este es el tuyo. Te quedas sin restaurante, sin dinero y sin la dignidad que nunca tuviste.

Wendy empezó a gritar, histérica, reclamando que era su negocio y que era todo lo que tenía. Pero la policía ya estaba en la puerta para ejecutar la orden de desalojo. Los vimos salir a la calle con sus pertenencias en cajas, bajo la mirada de todo el pueblo que se había reunido para ver la caída de los que siempre se creyeron mejores que los demás. No sentí alegría, sentí paz. El ciclo de humillación se había cerrado.


Capítulo 8: El amanecer de un nuevo legado

Dos meses pasaron desde que el restaurante de los Fuentes cerró sus puertas para siempre. El rancho de mi padre ya no era un lugar de carencias; con la ayuda de Fausto y Don Germán, se había convertido en un modelo de trabajo y dignidad. Pero el cambio más grande no estaba en las tierras, sino en nosotros. Fausto se había convertido en un hombre de campo, sensible y trabajador, que ya no le temía al lodo ni al sudor.

Don Germán, viendo que su misión de transformar a su hijo se había cumplido gracias a mí, tomó una decisión que nos cambió la vida. Nos reunió a todos en el patio de la casa de mi padre, bajo el mismo árbol donde antes yo lloraba mis penas.

—Hijo, me has demostrado que eres un hombre cabal —dijo Don Germán con los ojos empañados. —Y tú, Rita, eres la mujer más maravillosa que he conocido. Por eso, he decidido que toda mi fortuna les pertenece ahora.

Nos quedamos mudos. No por el dinero, sino por la confianza. Don Germán nos explicó que él se quedaría con lo necesario para viajar y disfrutar los años que le quedaban, y quería que Don Agustín lo acompañara a ver el mundo.

—¿Yo? ¡Pero si yo nunca he salido del rancho! —exclamó mi padre, rascándose la cabeza, pero con una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Es hora de que disfrute, Don Agustín —le dijo Fausto, abrazándolo. —Nosotros cuidaremos de todo aquí.

La despedida de nuestros padres fue emotiva. Se fueron juntos, dos hombres que empezaron desde abajo y que ahora iban a conocer otros cielos. Fausto y yo nos quedamos frente a la casa, mirando cómo se alejaban. El rancho estaba en calma, y Miguel pasó por ahí con su eterna sonrisa, recordándonos que después de la tormenta siempre llega la calma.

Pero teníamos una última sorpresa que darles a nuestros padres cuando volvieran de su primer viaje. Dos meses después, mientras caminábamos por el campo que ahora florecía más que nunca, Fausto me tomó de la cintura y me dio un beso lleno de futuro.

—¿Estás lista para decírselos? —me preguntó con ternura.

—Sí —respondí, sintiendo una felicidad que nunca creí posible.

Cuando nuestros padres regresaron de su viaje por Europa, los recibimos con una fiesta en el rancho. Estaban felices, morenos por el sol de otros lares. En un momento de silencio, Fausto y yo nos pusimos frente a ellos.

—Papá, suegro… tenemos noticias —dijo Fausto emocionado. —¡Van a ser abuelos!.

El grito de alegría de Don Agustín y el abrazo de Don Germán se escucharon en todo el valle. Estábamos completando el círculo. El hijo de una “pobre” y un “junior” iba a nacer en una familia donde el valor real no se mide en pesos, sino en la capacidad de amar y de levantarse después de cada caída.

Mientras el sol se ocultaba, dándole paso a una noche estrellada en Sonora, miré hacia el horizonte. Recordé a mi madre cantando en el piano y supe que ella, desde donde estuviera, estaba sonriendo. Mi historia no terminó en un altar vacío; comenzó en el momento en que decidí que mi valor no dependía de quién me amara, sino de cuánto me amara yo misma. Y hoy, con Fausto a mi lado y mi bebé creciendo dentro de mí, sé que la verdadera fortuna es la paz que finalmente encontramos.

FIN.

LA SOMBRA EN EL SURCO: EL ÚLTIMO JUEGO DE HOMER

Capítulo 1: El Espectacular que dolía como un balazo

En la entrada de nuestro pueblo, justo donde el pavimento se rinde ante la tierra roja, se alzaba lo que yo había pedido en aquel trato con Don Germán: un espectacular gigante. En él, Fausto y yo aparecíamos sonrientes, rodeados del verde de la milpa. Para el pueblo era una señal de prosperidad; para Homer Fuentes, era una bofetada diaria que le recordaba su propia ruina.

Homer vivía ahora en un cuartucho de mala muerte en las afueras de Hermosillo. Ya no había trajes de marca, ni perfumes caros, ni aquel aire de superioridad con el que me llamó su “momento más humilde”. Ahora, su aroma era el del cigarro barato y la desesperación.

Wendy, la mujer por la que me dejó plantada, no lo había dejado, pero no por amor. Se habían quedado encadenados por la miseria mutua. Desde que Don Germán compró su restaurante y los desalojó, sus vidas se habían convertido en un campo de batalla de reproches.

—¡Míralos, Homer! —gritó Wendy una tarde, arrojando un periódico viejo sobre la mesa coja. —Rita está embarazada. Va a tener al heredero de los Villanueva mientras nosotros no tenemos ni para el gas.

Homer miró la foto. Sus ojos, antes llenos de una soberbia vacía, ahora estaban inyectados de sangre. Recordó cómo se burló de mí, diciéndome que me hacía un favor al salir conmigo. Ver que yo, la “pobre Rita”, ahora era la dueña de su destino, era un veneno que le corroía las entrañas.

—Ese niño no debería nacer en cuna de oro —susurró Homer con una voz que me habría dado escalofríos si la hubiera escuchado. —Esa lana era para nosotros. Si ella no se hubiera cruzado con ese viejo millonario, ahora estaríamos en la cima.

Homer no entendía que su caída no fue culpa de mi suerte, sino de su propia arrogancia. Pero la envidia es ciega y muy peligrosa. Esa noche, mientras nosotros dormíamos en la paz del rancho, ellos empezaron a trazar un plan nacido del hambre y el rencor.

Capítulo 2: El plan de los desesperados

Homer sabía que no podía acercarse a la casa principal. Fausto ya no era el junior inútil que no sabía agarrar una cubeta; ahora era un hombre de campo que recorría las tierras con un rifle al hombro y el respeto de los trabajadores. Además, Miguel, el mil-usos, siempre estaba alerta.

—No vamos por ella —dijo Homer, extendiendo un mapa rudimentario del rancho sobre el suelo. —Vamos por lo que más les duele después del chamaco: la producción de semillas premium que Fausto ha estado presumiendo.

Fausto había logrado desarrollar una semilla de maíz resistente a la sequía, una innovación que Don Germán pensaba anunciar en todo México. Era el orgullo del rancho. Si lograban quemar los silos o robar la patente que Fausto guardaba en la oficina del granero, podrían hundirnos financieramente y pedir un rescate que los sacara de la miseria.

Wendy, con el rostro demacrado y las uñas pintadas de un rojo descascarado, asintió. —Mañana es la fiesta de la cosecha. Todos estarán distraídos. Es el momento, Homer. O salimos de esta, o nos hundimos para siempre.

Mientras tanto, en el rancho, yo me sentía extraña. Una pesadez en el pecho no me dejaba tranquila. Fausto me encontró sentada frente al piano de mi madre. Mis manos acariciaban las teclas, pero no emitían sonido.

—¿Qué tienes, mi cielo? —me preguntó Fausto, rodeándome con sus brazos que ahora olían a sol y a trabajo.

—No sé, Fausto. Siento que el aire está muy quieto. Como cuando va a venir un ciclón —le confesé, apoyando mi cabeza en su hombro.

—No te preocupes. Nada les va a pasar a ti ni al bebé. He puesto a Miguel a vigilar los linderos. Mañana será un gran día.

Pero el destino tenía una última prueba para nosotros. Una prueba que no se resolvería con dinero, sino con el valor que la tierra nos había enseñado.

Capítulo 3: Fuego en el horizonte

La fiesta de la cosecha estaba en su apogeo. Había música de banda, chiles rellenos como los que hacía mi madre y el pueblo entero celebraba. Don Agustín y Don Germán estaban en su viaje por el mundo, así que nosotros éramos los anfitriones.

A mitad de la noche, un resplandor anaranjado iluminó el cielo hacia el lado norte, donde estaban los silos de almacenamiento. Un grito desgarró la música:

—¡Fuego! ¡Se queman los silos!

Fausto reaccionó como el hombre en el que se había convertido. No llamó a un asistente; agarró una pala y corrió hacia el incendio. Yo quise seguirlo, pero Miguel me detuvo.

—Quédate aquí, Rita. Esto no es un accidente. He visto una camioneta vieja salir por el camino del monte —me dijo Miguel con la cara tiznada.

Mientras los hombres peleaban contra las llamas, Homer y Wendy se habían colado en la oficina del granero. Homer estaba forzando la caja fuerte donde Fausto guardaba los registros de la nueva semilla. Estaba sudando, nervioso, insultando a la “suerte de los pobres”.

—¡Rápido, Homer! ¡Alguien viene! —chilló Wendy desde la puerta.

Pero no era Fausto quien llegó primero. Fui yo. Aproveché un descuido de Miguel y, conociendo cada rincón de mi rancho, llegué por el pasaje de las caballerizas. Al ver a Homer ahí, ensuciando con su presencia el lugar donde yo había encontrado la felicidad, la paz se me terminó.

—¿Buscando algo, Homer? —pregunté desde la sombra, sosteniendo una pesada lámpara de aceite.

Homer saltó del susto, golpeándose la cabeza con el estante. Al verme, su rostro se transformó en una máscara de odio puro.

—¡Mírate! La gran señora —escupió él, poniéndose de pie. —Sigues siendo la misma gata, Rita. Solo que ahora tienes un collar de diamantes. Dame los papeles o te juro que este rancho no será lo único que arda esta noche.

Capítulo 4: El juicio de la tierra

Wendy se abalanzó sobre mí, pero yo no era la niña asustada de la boda. La vida en el campo me había hecho fuerte. La empujé con una mano, y ella cayó sobre unos bultos de alfalfa. Homer, desesperado, sacó una navaja pequeña.

—Dame la clave de la caja, Rita. No me obligues a lastimarte —dijo él, pero su mano temblaba.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Fausto estaba allí, cubierto de ceniza, con los ojos ardiendo más que el fuego de los silos. Al ver a Homer amenazándome, rugió con una furia que nunca le había visto. No necesitó armas. Se lanzó sobre Homer con la fuerza de alguien que defiende su vida entera.

El forcejeo fue breve. Fausto, que ahora tenía músculos forjados en el arado y la ordeña, desarmó a Homer con una facilidad casi insultante. Lo tiró al suelo, justo donde estaba el estiércol que Fausto alguna vez odió limpiar.

—Este es tu lugar, Homer —dijo Fausto, respirando agitado. —Entre la basura.

La policía llegó poco después, llamada por Miguel. Mientras se llevaban a Homer y a Wendy esposados, Homer gritaba que esto era una injusticia, que él merecía más. Wendy solo lloraba, dándose cuenta de que su ambición la había llevado a una celda fría.

Fausto se acercó a mí y me revisó con cuidado. —Perdóname, Rita. No debí dejarte sola.

—No estuve sola, Fausto. Este es mi hogar y yo también sé defenderlo —le dije, dándole un beso que sabía a humo y a victoria.

El fuego fue controlado antes de llegar a las semillas. Solo perdimos unas toneladas de grano comercial, pero ganamos la certeza de que nada ni nadie podría volver a humillarnos.

Esa noche, bajo las estrellas de Sonora, Fausto y yo caminamos de regreso a la casa principal. El espectacular en la entrada seguía allí, iluminado por la luna. Ya no era un símbolo de venganza para mí, sino un recordatorio de que la verdadera riqueza no está en lo que tienes, sino en lo que eres capaz de superar.

Homer y Wendy pasaron años en prisión por robo y asalto. Nosotros, en cambio, vimos nacer a nuestro hijo en una mañana clara de primavera. Cuando el pequeño Germán Agustín dio su primer llanto, supe que las sombras finalmente se habían disipado. La historia de la novia pobre que se hizo millonaria no era sobre el dinero de los Villanueva, sino sobre la riqueza de un corazón que supo perdonar y volver a empezar entre los surcos de la tierra mexicana.

Related Posts

Our Privacy policy

https://topnewsaz.com - © 2026 News