DE LIMPIAR PISOS EN REFORMA A ESPOSA DEL MILLONARIO MÁS TEMIDO DE MÉXICO: EL CONTRATO ERA POR SEIS MESES, PERO EL SECRETO QUE ÉL GUARDABA EN LA LUNA DE MIEL CAMBIÓ LA HISTORIA DE SUS VIDAS PARA SIEMPRE (Y REVIVIÓ A UN MUERTO)

PARTE 1: EL TRATO DEL DIABLO

CAPÍTULO 1: LA INVISIBILIDAD TIENE PRECIO

Sofía Castro conocía el olor del dinero viejo. Olía a lavanda importada, cuero curtido y esa mezcla particular de aire acondicionado central y desprecio. Llevaba tres años trabajando en el Hotel Emperador, una torre de cristal y acero clavada en el corazón de Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. A sus 28 años, Sofía había perfeccionado el arte de ser invisible.

Era una habilidad de supervivencia. Si bajabas la cabeza y mantenías el carrito de limpieza en movimiento, los “pavos reales” —como ella llamaba a los empresarios y socialités que desfilaban por el lobby— no te veían. Solo veían un uniforme azul marino que se mezclaba con las sombras.

Pero ese jueves, la invisibilidad de Sofía falló.

Estaba en el piso 22, limpiando el Salón de Eventos Privados “Chapultepec”. Se suponía que estaba vacío, pero las voces que traspasaban las pesadas puertas de caoba la detuvieron en seco. No eran voces normales; eran voces cargadas de esa desesperación que solo tienen los ricos cuando algo amenaza su poder.

—¡Papá, esto es una estupidez medieval! —bramó una voz joven y profunda. El sonido hizo vibrar el cristal que Sofía estaba puliendo—. ¿Casarme con una desconocida solo para cumplir el capricho del abuelo? ¡Estamos en el siglo XXI, por Dios!

—Es la única manera de que heredes el Grupo Velasco, Damián —respondió una voz mayor, gélida y cortante como el acero—. Tu abuelo fue muy claro en su testamento. Debes estar casado antes de cumplir 30 años o toda la fortuna, los 2,000 millones de dólares, se donan a la beneficencia. Te quedan exactamente seis meses.

Sofía sintió un escalofrío. Damián Velasco. El nombre pesaba en la ciudad como una losa de oro. Era el heredero de Industrias Velasco, dueños de hospitales, constructoras y medio país. Lo había visto en las revistas que los huéspedes dejaban tiradas: mandíbula cuadrada, ojos oscuros como el café sin azúcar y una expresión de quien nunca ha tenido que pedir perdón.

—¿Y qué sugieres? —la voz de Damián goteaba sarcasmo—. ¿Pongo un anuncio en Facebook? “¿Se busca esposa falsa, pago bien?”

Hubo un silencio denso.

—Exactamente eso —dijo el padre—. Encuentra a alguien. Alguien que necesite el dinero desesperadamente. Alguien sin conexiones, sin apellido, sin futuro. Una mujer que entienda que esto es una transacción: le pagas, fingen seis meses, se divorcian y ella desaparece.

—¿Y yo qué gano? —preguntó Damián con amargura.

—Ganas el imperio. Y ella gana suficiente dinero para dejar de ser una miserable. Es una obra de caridad, si lo piensas.

Sofía sintió una náusea repentina. Hablaban de las personas como si fueran ganado. Dio un paso atrás, intentando alejarse sin hacer ruido, pero su codo golpeó el carrito de limpieza. El sonido de una botella de limpiador cayendo al suelo de mármol resonó como un disparo en el pasillo silencioso.

Las puertas de caoba se abrieron de golpe.

Damián Velasco apareció en el umbral. En persona, era aterrador. Alto, impecable en un traje italiano que costaba más que la casa donde Sofía creció, y con una mirada que la atravesó como un láser.

—¿Cuánto escuchaste? —preguntó. Su voz era peligrosamente suave.

—Nada, señor. Solo… solo limpiaba —tartamudeó Sofía, abrazando su trapo como si fuera un escudo.

Damián la escaneó. Vio las zapatillas desgastadas, las manos enrojecidas por los químicos, el cabello castaño recogido en una trenza práctica. Vio la necesidad.

—Mientes mal —dijo él, dando un paso hacia ella—. Te tiemblan las manos. Escuchaste que necesito una esposa. Y por tu aspecto… tú necesitas dinero.

Sofía levantó la barbilla, un gesto de orgullo que sorprendió al millonario.

—Necesito mi trabajo, señor Velasco. Por favor, déjeme ir.

—¿Cuánto? —insistió él, ignorando su súplica—. ¿Tienes deudas? ¿Familia enferma? Siempre es una de las dos.

Sofía pensó en su madre. Pensó en la cama del Hospital General, en los médicos diciéndole que el tratamiento experimental costaba una fortuna que ella jamás reuniría limpiando inodoros. Sintió las lágrimas picarle los ojos.

—Mi madre… necesita una operación.

Damián asintió, como si hubiera resuelto una ecuación matemática.

—Te ofrezco medio millón de dólares. Diez millones de pesos.

El mundo de Sofía se detuvo. El pasillo del hotel comenzó a girar.

—¿Qué?

—Diez millones de pesos —repitió Damián, con la frialdad de quien compra un coche—. Por seis meses. Te conviertes en mi esposa, vives en mi casa, sonríes en las fotos. En seis meses nos divorciamos y no nos volvemos a ver nunca.

Detrás de Damián apareció su padre, Rodrigo Velasco. Miró a Sofía como si fuera una mancha en la alfombra.

—¿Esta es tu candidata? Es una sirvienta, Damián.

—Es perfecta —replicó Damián sin quitarle la vista de encima a Sofía—. No pertenece a nuestro mundo. No tiene ambiciones de quedarse. Tomará el dinero y correrá. ¿Verdad?

Sofía miró a esos dos hombres poderosos decidiendo su destino. Era humillante. Era una locura. Pero luego pensó en el rostro pálido de su madre, en sus manos frías, en la promesa que le hizo de salvarla.

—¿Es… es legal? —preguntó en un susurro.

Damián sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un lobo que acaba de acorralar a un conejo.

—Mis abogados lo harán legal. ¿Tenemos un trato?

Sofía cerró los ojos y, en ese segundo, vendió su alma.

—Sí.

CAPÍTULO 2: LA PRINCESA DE MENTIRA

Las siguientes tres semanas fueron un torbellino que borró a la antigua Sofía.

Fue sometida a un entrenamiento militar, pero en lugar de armas, aprendió a caminar con tacones de doce centímetros y a distinguir entre tres tipos de tenedores. Clara Mendoza, la asistente personal de Damián, fue su general.

—¡Espalda recta! —le gritaba Clara mientras Sofía caminaba por la sala de la mansión Velasco con un libro en la cabeza—. Eres la futura dueña de esta casa, no la que limpia el polvo. ¡Créetelo!

Sofía aprendió la historia falsa de su amor: se conocieron en una galería de arte en la Roma, fue amor a primera vista, él la cortejó en París (aunque Sofía nunca había salido de México).

Vio a Damián pocas veces. Él siempre estaba ocupado, revisando contratos o discutiendo por teléfono. Cuando se encontraban, él la trataba con una cortesía distante, como si fuera una empleada nueva de alto nivel.

—No olvides sonreír cuando estemos en público —le dijo una noche, mientras firmaban el acuerdo prenupcial en su despacho. Un documento de cincuenta páginas que decía, básicamente, que Sofía no valía nada para la empresa—. La prensa buscará cualquier grieta en nuestra historia.

—Soy buena actriz, señor Velasco —respondió ella, firmando con fuerza—. He fingido que estoy bien toda mi vida mientras mi mundo se caía a pedazos. Esto no será diferente.

Damián la miró por un segundo, y hubo un destello extraño en sus ojos oscuros. ¿Curiosidad? ¿Respeto? Desapareció tan rápido que Sofía pensó que lo había imaginado.

El día de la boda llegó con un cielo gris sobre la Ciudad de México. La ceremonia se celebró en el jardín privado de la residencia Velasco en Lomas de Chapultepec. Había más seguridad que en una cumbre presidencial.

Sofía se miró al espejo. El vestido de encaje francés y seda italiana la hacía ver como una reina. Pero sus ojos verdes reflejaban miedo. Ya tenía el cheque del adelanto; el tratamiento de su madre había comenzado. Ya no había vuelta atrás.

Caminó hacia el altar del brazo de Rodrigo Velasco, quien le susurró: “No lo arruines, niña”, con una sonrisa falsa pegada al rostro para las cámaras.

Al final del pasillo, Damián la esperaba.

Se veía devastadoramente guapo en su esmoquin. Cuando sus miradas se cruzaron, el aire se volvió pesado. Sofía sintió que le faltaba el aliento. Por un momento, olvidó el contrato, el dinero, la mentira. Solo vio a un hombre que parecía tan atrapado como ella.

La ceremonia pasó como un sueño borroso. Los votos, los anillos, las palabras sagradas usadas para una farsa profana.

—Puede besar a la novia.

El corazón de Sofía se aceleró. Damián se acercó. Sus manos, grandes y cálidas, tomaron su rostro con una delicadeza que no estaba en el contrato. Se inclinó, y en lugar de besarla en los labios frente a todos, rozó su mejilla y acercó su boca a su oído.

El tiempo se congeló.

—Cambié de opinión —susurró Damián, su voz ronca vibrando contra la piel de ella—. Nada será cancelado. Este matrimonio es real.

Sofía se quedó helada. Se apartó ligeramente para mirarlo, buscando la broma, la crueldad. Pero los ojos de Damián eran dos pozos de seriedad absoluta. No había burla. Había urgencia.

—Sonríe —ordenó él en voz baja, tomando su mano con fuerza—. Nos están mirando.

Sofía sonrió. Fue la mejor actuación de su vida, porque por dentro estaba gritando.

Mientras caminaban de regreso por el pasillo, bajo una lluvia de pétalos blancos y aplausos de la élite mexicana, Sofía apretó el brazo de su ahora esposo.

—¿Qué significa que es real? —siseó entre dientes, manteniendo la sonrisa congelada.

—Significa que el divorcio en seis meses ya no es una opción —respondió Damián, saludando a un senador—. Descubrí quién eres, Sofía. O mejor dicho, quién era tu padre.

Sofía tropezó. Damián la sostuvo con firmeza.

—Mi padre murió antes de que yo naciera.

—Eso es lo que te dijeron —Damián la guio hacia la limusina que los esperaba—. Pero tu padre no está muerto. Y tu madre no está enferma por mala suerte, Sofía. La están envenenando. Y ahora que eres mi esposa, eres el único escudo que tienen para no morir.

La puerta de la limusina se cerró, aislándolos del ruido de la fiesta, pero encerrando a Sofía en una pesadilla mucho más grande.

—Bienvenida a la familia Velasco —dijo Damián, aflojándose la corbata con una calma aterradora—. Ahora empieza el verdadero trabajo.


PARTE 2: LA SANGRE NO SE CANCELA

CAPÍTULO 3: LA NOCHE DE LOS SECRETOS

La limusina avanzaba suavemente por las calles de Polanco, pero dentro, el aire era irrespirable. Sofía miraba a Damián como si estuviera viendo a un monstruo.

—¿Envenenada? —La palabra salió de su boca como un trozo de vidrio—. ¿Estás diciendo que mi madre está siendo asesinada?

—Arsénico —dijo Damián, abriendo un portafolio de cuero y sacando un expediente médico—. Dosis bajas, administradas durante dos años. Lo suficiente para debilitarla, para torturarla, pero no para matarla rápido. Alguien quiere algo de ella, Sofía. Información.

—¡Mientes! —Sofía intentó arrebatarle los papeles, pero sus manos temblaban tanto que se le cayeron al suelo—. Ella es una mujer pobre, limpió casas toda su vida. ¿Qué información podría tener?

Damián recogió una foto vieja del suelo. Era en blanco y negro. Un hombre joven, con los mismos ojos verdes intensos de Sofía, sonreía abrazando a una Elena mucho más joven frente al Observatorio Nacional.

—Tu padre —dijo Damián—. Roberto Salazar. No era un don nadie. Era el contador financiero de la familia Montero.

El apellido Montero cayó como una bomba. Eran los rivales históricos de los Velasco, la otra gran dinastía de México, conocida por sus vínculos oscuros y su crueldad.

—Hace 29 años, tu padre descubrió que los Montero lavaban dinero para los cárteles —explicó Damián—. Iba a testificar. Iba a destruir su imperio. Pero el día antes del juicio, desapareció. Tu madre huyó, se cambió el apellido a Castro y te crio en el anonimato para protegerte.

Sofía sentía que el pecho le iba a estallar. Toda su vida había sido una mentira construida sobre el miedo.

—¿Y tú cómo sabes todo esto? —preguntó, con la voz quebrada por la traición—. ¿Me investigaste?

—Investigué a mi “futura esposa”, sí. Es procedimiento estándar. Pero cuando vi el nombre de tu madre, atué los cabos. Mi abuelo, Ernesto Velasco, era el fiscal que iba a recibir el testimonio de tu padre. Él también murió “accidentalmente” esa misma semana.

Damián se acercó a ella, rompiendo el espacio personal en el asiento trasero.

—Nuestros pasados están atados con sangre, Sofía. Los Montero encontraron a tu madre hace dos años. La han estado envenenando para que les diga dónde escondió Roberto la evidencia antes de desaparecer.

—¿Y por qué te casaste conmigo? —Sofía lo miró con furia—. ¡Podías haberme ayudado sin esta farsa!

—No —negó Damián con dureza—. Si te ayudaba como Damián Velasco, los Montero te matarían al instante. Necesitabas protección legal. Necesitabas el apellido. Ahora eres una Velasco. Tocar a mi esposa es una declaración de guerra. Estás blindada.

—Me usaste —susurró ella, sintiendo las lágrimas calientes correr por sus mejillas.

—Te salvé —corrigió él, aunque su voz se suavizó un poco—. Y tú me vas a salvar a mí. Porque tú eres la única que puede encontrar esa evidencia y liberar a mi familia y a la tuya de esta maldición.

La limusina se detuvo frente a la mansión. No parecía un hogar. Parecía una fortaleza.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Sofía, secándose las lágrimas con rabia. No iba a llorar más. Si su vida era una guerra, ella iba a pelear.

—Ahora —dijo Damián, abriendo la puerta—, vamos a ir a la suite nupcial. Vamos a fingir que tenemos nuestra noche de bodas. Y mañana, vamos a interrogar a tu madre.

CAPÍTULO 4: LA JAULA DE ORO

La mansión Velasco no era una casa, era una declaración de poder esculpida en piedra y mármol. Al cruzar el umbral, Sofía sintió el peso de las miradas del personal de servicio. Eran una docena de personas alineadas en el vestíbulo, todos con uniformes impecables, observándola con una mezcla de curiosidad y juicio. Ella conocía esa mirada; la había recibido mil veces, pero siempre desde el otro lado, cuando ella era la que llevaba el uniforme.

—Buenas noches, señora Velasco —dijo el mayordomo principal con una reverencia que parecía ensayada.

Señora Velasco. El nombre le sonó ajeno, como un disfraz mal ajustado.

Clara Mendoza, la eficiente asistente de Damián, apareció bajando las escaleras principales. Su rostro, habitualmente una máscara de profesionalismo, mostraba grietas de preocupación genuina.

—Todo está listo en la suite principal —anunció Clara, evitando mirar a Damián a los ojos—. He hecho trasladar las cosas de la señorita… de la señora, al vestidor.

—Gracias, Clara. Puedes retirarte —ordenó Damián con voz seca.

Cuando subieron a la segunda planta, el silencio entre ellos era más denso que el aire antes de una tormenta. Damián abrió la puerta de la habitación principal. Era un espacio obscenamente grande, con ventanales que daban a un jardín iluminado y una cama king size que parecía una isla en medio de un océano de alfombras persas.

Sofía se quedó parada en la entrada, abrazándose a sí misma.

—Dijiste que dormiríamos en habitaciones separadas —reclamó, su voz temblando apenas—. Ese era el acuerdo.

—El acuerdo cambió cuando tu vida entró en riesgo —Damián se quitó el saco del esmoquin y lo lanzó sobre una silla con un gesto de cansancio—. Si duermes en otra habitación, el personal hablará. Si el personal habla, los Montero sabrán que nuestro matrimonio es una farsa. Y si saben eso, sabrán que eres vulnerable.

Damián caminó hacia un armario y sacó una almohada y una manta.

—Dormiré en el sofá —señaló el mueble de terciopelo al otro lado de la habitación—. El baño tiene cerrojo. Tu vestidor también. Nadie va a tocarte, Sofía. No soy ese tipo de hombre.

Sofía lo observó. Había algo en su postura, en la forma en que se aflojaba la corbata, que denotaba un agotamiento profundo, no físico, sino del alma.

—¿Por qué? —preguntó ella, dando un paso hacia el centro de la habitación—. Podrías haber contratado seguridad. Podrías haberme mandado lejos. ¿Por qué casarte? ¿Por qué meterme en la boca del lobo?

Damián se giró. Sus ojos negros brillaron bajo la luz tenue de las lámparas.

—Porque la única forma de sacar a la luz la verdad sobre mi abuelo y tu padre es que estemos juntos. Mi abuelo dejó pistas, Sofía. Pistas que solo se activan con la unión de nuestras dos familias. Es como si… como si él supiera que esto iba a pasar.

—Mi padre está muerto —insistió ella, aunque la duda ya había echado raíces en su pecho.

—Mañana lo veremos —Damián apagó la luz principal, dejando la habitación en penumbras—. Mañana iremos al hospital. He ordenado que trasladen a tu madre al Hospital Velasco esta misma noche.

—¡Sin mi permiso! —Sofía se indignó.

—Para salvarle la vida —cortó él, acostándose en el sofá y dándole la espalda—. Buenas noches, esposa.

Sofía se quedó de pie en la oscuridad, con el corazón latiendo desbocado. Se metió al baño, cerró con doble vuelta y se miró al espejo. La “princesa” del vestido de encaje había desaparecido. Lo que quedaba era una mujer con los ojos rojos y una certeza aterradora: estaba sola en un juego que no entendía, casada con un hombre que jugaba ajedrez con vidas humanas.

Esa noche, Sofía soñó con fuego. Soñó que su padre no desaparecía, sino que ardía, y que ella tenía la llave para apagar las llamas, pero no podía encontrar la cerradura.


CAPÍTULO 5: VERDADES EN VENENO

La mañana siguiente llegó con una luz grisácea y una nota de Damián en la mesita de noche: “Tuve una reunión urgente. Clara te llevará al hospital. Te veo allá a las 10:00. No hables con nadie.”

Sofía arrugó el papel con frustración. Odiaba cómo él manejaba su vida como si fuera una sucursal de su empresa. Se vistió con la ropa de diseñador que Clara había colgado en el vestidor —jeans que costaban más que su sueldo de un mes y una blusa de seda— y bajó.

El Hospital Velasco era un edificio de cristal y acero en Santa Fe, muy diferente al hospital público donde su madre había estado languideciendo. Aquí el aire olía a limpio, no a desesperación.

Cuando entró a la suite privada, su madre, Elena, estaba sentada en la cama, rodeada de monitores de última generación. Se veía pálida, frágil, como una flor de papel a punto de romperse.

—¡Mamá! —Sofía corrió a abrazarla.

Elena la recibió con lágrimas, pero su abrazo fue débil.

—Hija… ¿qué hiciste? —susurró Elena, mirando el anillo de diamantes en el dedo de Sofía—. Lo vi en las noticias. Te casaste con un Velasco. ¿Por qué?

—Para salvarte, mamá. Necesitábamos el dinero para el tratamiento.

—¡No es una enfermedad, Sofía! —Elena la apartó con una fuerza sorprendente—. ¡Me están matando! ¡Ellos me están matando!

La puerta se abrió y Damián entró, seguido por un hombre mayor con bata blanca y rostro grave.

—Lo sabemos, Elena —dijo Damián con voz calmada, cerrando la puerta tras de sí—. Por eso la traje aquí.

Elena miró a Damián con terror puro.

—Tú… eres el nieto de Ernesto. Tienes los mismos ojos fríos.

—Y la misma intención de descubrir la verdad —respondió Damián, acercándose a la cama—. Señora Castro, este es el Doctor Armando Ruiz, toxicólogo.

El doctor dio un paso adelante.

—Señora, hemos analizado su sangre. Tiene niveles de arsénico y metales pesados consistentes con un envenenamiento crónico durante al menos 24 meses. No es una enfermedad autoinmune. Alguien ha estado poniendo veneno en su comida o medicina sistemáticamente.

Sofía se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo. Damián tenía razón. Todo era verdad.

—¿Quién fue? —preguntó Sofía, temblando de rabia.

—Los Montero —dijo Elena, dejándose caer en las almohadas, derrotada—. Descubrieron quién soy hace dos años. Querían saber dónde está… dónde está la evidencia.

—¿La evidencia de mi padre? —Sofía tomó la mano de su madre—. Mamá, Damián me dijo que papá no murió. Que desapareció. ¡Dime la verdad!

Elena cerró los ojos, y cuando los abrió, estaban llenos de una tristeza infinita.

—Tu padre, Roberto, descubrió cómo los Montero lavaban dinero para el cártel del Golfo. Tenía libros de contabilidad, grabaciones, nombres. Iba a entregárselo todo a Ernesto Velasco. Pero Ernesto murió… y Roberto supo que había un traidor.

—¿Un traidor? —preguntó Damián, tensándose.

—Alguien dentro de los Velasco —dijo Elena, mirando fijamente a Damián—. Tu abuelo no murió por accidente. Lo asesinaron para que no recibiera la evidencia. Roberto huyó esa noche. Me dijo que si se quedaba, nos matarían a las dos. No sé si está vivo o muerto, Sofía. No he sabido nada de él en 29 años.

Un silencio sepulcral llenó la habitación.

—¿Dónde está la evidencia, Elena? —preguntó Damián—. Si la encontramos, podemos destruir a los Montero y asegurar su protección para siempre.

Elena negó con la cabeza.

—Roberto la escondió. Dejó una pista, pero solo para ti, Sofía. Dijo que el día que estuvieras lista, sabrías dónde buscar.

—¿Qué pista? —preguntó Sofía desesperada.

—Una caja de seguridad —susurró Elena—. En el Banco Nacional. A nombre de “Sofía Salazar Castro”. Dijo que la llave estaba en tu fecha de nacimiento.

Damián sacó su teléfono inmediatamente.

—Vamos ahora mismo.

—¡No puedo dejarla sola! —protestó Sofía.

—Estará segura aquí. Tengo guardias en la puerta —aseguró Damián—. Sofía, cada minuto que perdemos es un minuto que los Montero tienen para encontrarnos.

Salieron del hospital y corrieron hacia el Mercedes blindado de Damián. El trayecto al banco fue un borrón de ansiedad. Al llegar, Damián usó su influencia para que el gerente los atendiera de inmediato en la bóveda.

Cuando el empleado trajo la caja de seguridad número 1996, Sofía sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Necesita una identificación, señora —dijo el empleado.

—Ella es Sofía Castro —intervino Damián—. Pero la caja está a nombre de Salazar.

—No importa —dijo Sofía, sacando una vieja acta de nacimiento que su madre le había dado años atrás “por si acaso”, donde aparecía el apellido real de su padre—. Soy yo.

El empleado verificó los papeles, dudó un momento, pero la mirada fulminante de Damián lo convenció. Introdujo la llave maestra, y Sofía puso el código: su fecha de cumpleaños.

Click.

La caja se abrió.

Estaba vacía.

No había documentos. No había discos duros. Solo había una pequeña nota de papel doblada en el fondo.

Sofía la tomó con manos temblorosas y la desdobló.

“Llegaron tarde. La evidencia es nuestra. Ahora vamos por la madre.”

—¡No! —gritó Sofía.

Damián le arrebató la nota y palideció.

—Es una trampa. Sabían que vendríamos. Nos sacaron del hospital para dejarla sola.

—¡Mamá!

Corrieron de regreso al auto. Damián conducía como un maníaco, ignorando semáforos en rojo y cláxones. Sofía marcaba frenéticamente el número de la habitación de su madre, pero nadie contestaba.

Al llegar al hospital, la escena era un caos. Había alarmas sonando. Enfermeras corrían por los pasillos.

—¡Señor Velasco! —gritó el jefe de seguridad, interceptándolos en el lobby. Tenía sangre en la frente—. Fue un comando. Entraron vestidos de médicos. Inhabilitaron las cámaras.

—¿Dónde está mi madre? —rugió Sofía, agarrándolo por las solapas del uniforme.

—Se la llevaron, señora. Pero… dejaron esto.

El guardia le entregó un teléfono desechable que estaba sonando en ese preciso instante.

Damián lo tomó y puso el altavoz.

—¿Hola? —dijo con voz de hielo.

—Hola, Damián —respondió una voz suave, educada y terrible. Era Diego Montero, el heredero rival—. Felicidades por la boda. Lástima que la luna de miel sea tan corta.

—Si le tocas un pelo, te juro que te mataré con mis propias manos —gruñó Damián.

—Qué agresivo. Tranquilo, la señora Elena está bien… por ahora. Queremos un intercambio. Tú tienes algo que nos pertenece. O mejor dicho, tu esposa lo tiene.

—La caja estaba vacía —dijo Sofía gritando al teléfono—. ¡Ustedes se llevaron todo!

Diego soltó una carcajada seca.

—Oh, querida Sofía. No nos referimos a la caja del banco. Eso fue un señuelo que tu padre dejó para idiotas como nosotros. Roberto era más listo. La verdadera evidencia… la llave maestra… está escondida en un lugar que solo “la pequeña estrella” conoce.

—¿De qué hablas?

—Tienes 24 horas para recordar qué te contaba papi antes de dormir. 24 horas para entregarnos la ubicación real. Si no… bueno, digamos que el tratamiento de arsénico de tu madre se va a acelerar drásticamente.

La llamada se cortó.

Sofía se quedó paralizada en medio del lobby del hospital, con el sonido de las sirenas acercándose.

—¿La pequeña estrella? —murmuró Damián, mirándola—. ¿Qué significa eso, Sofía?

Sofía cerró los ojos, buscando en los rincones más profundos de su memoria, recuerdos bloqueados de una infancia que no sabía que tenía. Y entonces, vino a ella. Una imagen borrosa. Un telescopio gigante. Un techo que se abría al cielo.

—El Observatorio —susurró—. Mi padre me llamaba su pequeña estrella. Me llevaba al Observatorio Nacional antes de que yo tuviera memoria… mamá me contaba historias de eso.

Damián asintió, su mente de estratega trabajando a mil por hora.

—Entonces ahí es donde está. Y ahí es donde iremos. Pero no podemos hacerlo solos.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella.

—Vamos a desaparecer —declaró Damián, tomándola de la mano y arrastrándola hacia la salida de servicio—. Si quieren guerra, les daremos una revolución.


CAPÍTULO 6: LA HUIDA HACIA LA VERDAD

Escapar de la Ciudad de México siendo la pareja más famosa del momento no era fácil. Damián tuvo que cambiar el Mercedes por una camioneta vieja de mantenimiento que el hospital usaba para transporte de carga.

—Deja tu teléfono —ordenó él, lanzando su propio iPhone de última generación a una alcantarilla—. Tienen rastreadores GPS. A partir de ahora somos fantasmas.

Sofía lanzó su celular sin dudarlo. Se sentía extrañamente liberada. La empleada de limpieza invisible estaba regresando, pero esta vez con una misión.

Condujeron durante horas hacia las montañas, alejándose de las luces de la ciudad. El destino era una hacienda abandonada que pertenecía al abuelo de Damián, un lugar que no aparecía en los registros oficiales de la empresa.

La noche cayó sobre la carretera. El silencio dentro de la cabina era denso.

—¿Tienes miedo? —preguntó Damián de repente, sin apartar la vista del camino oscuro.

—Tengo terror —admitió Sofía—. Tienen a mi madre. Son poderosos. Nosotros solo somos dos personas en una camioneta vieja.

—No estamos solos —dijo Damián. Miró a Sofía de reojo y su expresión se suavizó—. Clara está contactando a gente de confianza. Gente leal a mi abuelo, no a mi padre. Vamos a formar un equipo.

—¿Por qué haces esto realmente, Damián? —preguntó Sofía, estudiándolo. La luz del tablero iluminaba sus facciones duras—. Podrías haber entregado la evidencia. Podrías haber negociado. Tienes millones. ¿Por qué arriesgar tu vida por la hija de un contador?

Damián apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Tenía una hermana. Valentina.

Sofía se sorprendió. Nunca había leído sobre una hermana en las revistas.

—Murió hace diez años. Leucemia. —La voz de Damián se quebró por primera vez—. Había un tratamiento experimental en Estados Unidos. Podía salvarla. Pero mi padre… Rodrigo Velasco… estaba cerrando una fusión con una farmacéutica que era competencia directa del laboratorio que ofrecía el tratamiento.

Sofía contuvo el aliento.

—Retrasó el viaje —continuó Damián, con una rabia fría—. Solo una semana. Dijo que era “estrategia de negocios”. Para cuando llegamos a Houston, la infección había avanzado demasiado. Murió en mis brazos, Sofía. Tenía 12 años.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla del millonario.

—Ese día juré que destruiría la forma en que mi familia hace negocios. Que el dinero nunca más valdría más que una vida. Mi abuelo lo sabía. Por eso me dejó el testamento condicionado. Sabía que yo era el único que odiaba el imperio lo suficiente como para limpiarlo.

Sofía sintió una ola de compasión que la golpeó en el pecho. Extendió la mano y, tentativamente, cubrió la mano de él sobre la palanca de velocidades.

—No eres como ellos, Damián.

Él la miró, y en esa cabina oscura y sucia, hubo un momento de conexión eléctrica que fue más real que cualquier voto matrimonial.

—Vamos a recuperar a tu madre, Sofía. Y vamos a encontrar esa maldita llave en el Observatorio. Te lo prometo.

Llegaron a la hacienda de madrugada. Era un lugar antiguo, de piedra volcánica, escondido entre pinos. Clara ya estaba ahí, junto con el Doctor Ruiz y dos hombres más que parecían ex militares.

—Tenemos un plan —dijo Clara, desplegando un mapa del Observatorio Nacional sobre una mesa de madera vieja—. El edificio es propiedad privada ahora. Lo compraron los Montero hace cinco años a través de prestanombres. Tienen guardias, cámaras y sensores de movimiento.

—Es una fortaleza —dijo uno de los militares.

—Es una tumba —corrigió Sofía, mirando el mapa. Señaló la cúpula principal—. Mi padre me decía que las estrellas guardan secretos. La llave no está en una oficina. Está en el telescopio principal.

—Entrar ahí es un suicidio —dijo el Doctor Ruiz.

—Entonces necesitamos una distracción —dijo Damián, sus ojos brillando con esa inteligencia peligrosa—. Una distracción lo suficientemente grande para que miren hacia otro lado mientras nosotros entramos por el techo.

—¿Qué tipo de distracción? —preguntó Clara.

Damián sonrió.

—Vamos a darles lo que quieren. Vamos a decirles que nos rendimos.

—¿Qué? —Sofía saltó.

—Fingiremos rendirnos —corrigió él—. Clara, filtra a la prensa que estamos en el centro de la ciudad, negociando. Haz que todos los ojos de los Montero se vayan hacia allá. Mientras tanto, Sofía y yo escalaremos la cúpula.

—Es una locura —murmuró Sofía.

—Es nuestra única oportunidad.

Damián se giró hacia ella.

—¿Confías en mí, esposa?

Sofía pensó en su madre secuestrada. Pensó en la hermana muerta de Damián. Pensó en su padre desaparecido.

—Confío en ti —respondió ella—. Pero si morimos, te mato.

Damián soltó una carcajada breve y genuina.

—Trato hecho.

Se prepararon en silencio. Ropa negra, arneses, cuerdas. Parecían una pareja de ladrones de película. Pero el miedo en el estómago de Sofía era muy real.

Salieron hacia el Observatorio bajo el manto de la noche. La Ciudad de México brillaba a lo lejos como un mar de lava eléctrica.

Al llegar al perímetro del Observatorio, el silencio era absoluto. Demasiado absoluto.

—Están aquí —susurró Damián, agachándose entre los arbustos. Señaló una sombra en el techo—. Francotiradores.

—¿Cómo entramos entonces? —susurró Sofía.

—Por donde menos lo esperan. —Damián señaló un ducto de ventilación antiguo, oxidado y estrecho, que salía de la base del edificio—. ¿Te acuerdas cuando dijiste que eras invisible?

Sofía asintió.

—Es hora de volver a serlo.

Se arrastraron por el ducto, el olor a óxido y polvo llenando sus pulmones. Sofía iba adelante. Cada metro era una agonía. Si los descubrían, estaban muertos.

Llegaron a la sala principal bajo la cúpula. Estaba en penumbras, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por la ranura del telescopio gigante.

Y ahí estaba. El telescopio. Un gigante de metal dormido.

—Ahí —señaló Sofía—. En la base. Mi padre grabó nuestras iniciales ahí una vez.

Corrieron hacia el telescopio. Sofía pasó sus dedos por el metal frío hasta que encontró las marcas rugosas. R & E. Roberto y Elena.

Presionó sobre las letras. Nada pasó.

—Tiene que haber un mecanismo —dijo Damián, vigilando la puerta—. ¡Rápido, Sofía!

Sofía cerró los ojos. Piensa como él. Piensa como papá.

“Mira las estrellas, mi pequeña”.

Sofía miró por el visor del telescopio. No apuntaba al cielo. Apuntaba a un punto fijo en la estructura interna de la cúpula. Había una inscripción grabada en el vidrio, tan pequeña que solo se veía con el aumento.

Eran coordenadas.

—¡Lo tengo! —susurró—. No es una llave física. Es una ubicación.

Damián sacó una libreta y anotó los números que ella le dictaba.

—Listo. Vámonos.

Pero antes de que pudieran moverse, las luces del estadio se encendieron de golpe, cegándolos.

Una puerta lateral se abrió. Diego Montero entró, aplaudiendo lentamente, rodeado de seis hombres armados con fusiles de asalto.

—Bravo —dijo Diego, su voz resonando en la cúpula acústica—. Qué conmovedor. La hija pródiga encuentra el tesoro. Lástima que nunca saldrán de aquí para usarlo.

Damián se puso delante de Sofía, protegiéndola con su cuerpo.

—Déjala ir, Diego. El problema es conmigo.

—El problema es con tu estirpe, Damián. —Diego hizo una señal y los hombres levantaron las armas—. Mátenlos. Y luego quemen el edificio. Que parezca un accidente romántico.

El sonido de los seguros de las armas quitándose llenó el aire. Sofía apretó la mano de Damián. Era el fin.

Pero entonces, un estruendo ensordecedor sacudió el edificio. El muro detrás de Diego explotó hacia adentro.

Una camioneta blindada atravesó la pared, llevándose por delante a dos de los guardias. Clara conducía, con el rostro lleno de polvo y determinación.

—¡Suban! —gritó ella.

El caos se desató. Disparos. Gritos. Damián empujó a Sofía hacia la camioneta en movimiento.

—¡Corre!

Saltaron a la parte trasera justo mientras las balas rebotaban en el blindaje. Clara aceleró, sacando la camioneta por el mismo agujero que había hecho, derrapando hacia la libertad.

Sofía miró hacia atrás, viendo a Diego Montero gritar de furia entre el polvo y los escombros.

Estaban vivos. Tenían las coordenadas. Pero la guerra acababa de comenzar.

CAPÍTULO 7: EL BOSQUE DE LOS FANTASMAS

La camioneta blindada rugía por la carretera, dejando atrás las luces de la Ciudad de México. El parabrisas tenía un impacto de bala en forma de telaraña justo del lado del copiloto, un recordatorio escalofriante de lo cerca que habían estado de la muerte.

Dentro, la adrenalina comenzaba a bajar, dejando paso al dolor y al miedo frío.

—¿Estás bien? —Damián examinó a Sofía, buscando heridas. Tenía un corte en la mejilla por los cristales rotos, pero sus ojos estaban fijos en el papel con las coordenadas.

—Estoy bien —dijo ella, con la voz extrañamente firme—. ¿A dónde nos llevan estos números, Damián?

Damián sacó una laptop militar robusta que Clara tenía en el asiento delantero y tecleó las coordenadas. El mapa satelital hizo zoom en una zona verde y densa al norte del estado de Puebla.

—La Sierra Norte —murmuró Damián—. Es territorio salvaje. No hay nada ahí, solo bosque y niebla.

—Ahí es donde está —dijo Sofía, sintiendo una certeza que le venía desde las entrañas—. Ahí es donde mi padre escondió todo.

—O donde se escondió él mismo —sugirió Clara desde el volante, mirando por el retrovisor—. No nos siguen, pero Diego Montero no tardará en reagruparse. Tienen helicópteros, drones… tecnología que nosotros perdimos al salir de la red.

—Tenemos ventaja —dijo Damián—. Ellos no tienen las coordenadas. Creen que seguimos huyendo sin rumbo. Tenemos que llegar antes del amanecer.

El viaje fue silencioso y tenso. Mientras avanzaban por caminos de terracería que la camioneta apenas soportaba, Sofía observaba a Damián. Ya no veía al millonario arrogante. Veía a un hombre dispuesto a quemar su propio reino para salvarla.

—Damián —dijo ella suavemente—. Si encontramos esto… si destruimos a los Montero… ¿qué pasa con nosotros?

Damián la miró. En la penumbra de la cabina, sus facciones duras se suavizaron.

—El contrato dice que nos divorciamos en seis meses —recordó él.

—El contrato se quemó en el momento en que me sacaste de ese hospital —respondió Sofía.

Damián no respondió con palabras. Extendió su mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Fue un gesto simple, pero cargado de una promesa muda: Estamos juntos en esto hasta el final.

La camioneta se detuvo abruptamente. El camino terminaba frente a un sendero estrecho que se internaba en el bosque.

—A partir de aquí es a pie —dijo Damián, cargando una mochila con equipo táctico.

Caminaron durante una hora bajo la luz de la luna llena. El bosque estaba vivo, lleno de sonidos de animales nocturnos y viento entre los pinos. Finalmente, llegaron a un claro.

En medio del claro, había una cabaña. No era una ruina. Era una estructura sólida, camuflada con vegetación, con paneles solares en el techo y antenas satelitales discretas.

—Parece una base operativa —susurró Clara.

—Es el escondite de mi padre —dijo Sofía, avanzando como hipnotizada.

La puerta tenía un cerrojo biométrico de última generación, algo imposible para una cabaña perdida en la nada hace 30 años.

—Esto es tecnología reciente —notó Damián, frunciendo el ceño—. Alguien ha estado actualizando este lugar.

Sofía puso su mano en el escáner. Una luz roja la recorrió.

BIP-BIP. Acceso autorizado: Sofía Salazar.

La puerta se abrió con un siseo hidráulico.

El interior olía a café rancio y papel viejo. Había monitores apagados, estanterías llenas de archivos y, en el centro, una mesa con una caja fuerte de acero negro.

—¡Busquen los discos duros! —ordenó Damián. Clara y él comenzaron a revisar los estantes.

Pero Sofía caminó directo a la caja fuerte. Había una nota pegada con cinta adhesiva: “Para mi pequeña estrella, en su cumpleaños 28.”

—Sabía que vendría —murmuró Sofía, con lágrimas en los ojos—. Sabía que vendría hoy.

Damián se acercó.

—Necesita una combinación.

—No —dijo Sofía, recordando las historias de su madre—. Necesita una canción.

Había un pequeño micrófono en el panel. Sofía se inclinó y, con voz temblorosa, comenzó a tararear la canción de cuna que su madre le cantaba todas las noches. Una melodía simple, triste y dulce.

La caja fuerte emitió un clic sonoro y la puerta se abrió pesadamente.

Dentro no había dinero. Había un libro grueso encuadernado en piel y un dispositivo USB dorado.

Damián tomó el libro y lo abrió. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras pasaba las páginas.

—Dios mío… —susurró.

—¿Qué es? —preguntó Sofía.

—Es el Libro Negro de los Montero —dijo Damián, pálido—. Pero no solo de ellos. Aquí hay nombres de senadores, jueces, generales… incluso miembros de mi propia junta directiva. Es el mapa completo de la corrupción en México de los últimos 30 años.

—Es la bomba nuclear —dijo Clara, mirando el libro con terror—. Si esto sale a la luz, el gobierno entero colapsa.

—Por eso mataron a tu abuelo —dijo Sofía—. Por eso cazaron a mi padre.

De repente, un sonido rompió la quietud del bosque. El zumbido inconfundible de aspas cortando el aire.

—¡Helicópteros! —gritó Clara, mirando por la ventana—. ¡Nos encontraron!

—¿Cómo? —Damián miró el dispositivo USB—. El escáner biométrico. Al activar la puerta, envió una señal. Era una trampa de doble filo.

—O una llamada de auxilio —dijo una voz grave desde las sombras de la habitación.

Los tres se giraron, desenfundando las armas que habían traído.

De la oscuridad del rincón más alejado emergió una figura. Un hombre mayor, con barba gris y una cicatriz que le cruzaba la ceja, pero con los mismos ojos verdes intensos que Sofía veía en el espejo cada mañana.

—Hola, pequeña estrella —dijo el hombre, con la voz rota por la emoción.

Sofía soltó el arma. El mundo se detuvo.

—¿Papá?

Roberto Salazar dio un paso hacia la luz. Estaba vivo. Viejo, cansado, marcado por años de esconderse, pero vivo.

—Lamento haber tardado tanto —dijo él, llorando—. Tenía que estar seguro de que eras lo suficientemente fuerte para terminar lo que yo empecé.

—¡Papá! —Sofía corrió y se lanzó a sus brazos. El abrazo fue desesperado, lleno de 29 años de ausencia y dolor.

Pero el momento de reencuentro fue brutalmente corto. El sonido de los helicópteros era ensordecedor ahora. Luces de búsqueda barrían el bosque fuera de la cabaña.

—¡Vienen por nosotros! —gritó Damián—. ¡Tenemos que salir!

—No podemos salir corriendo —dijo Roberto, separándose de su hija—. Hay un ejército allá afuera. Diego Montero no vino solo. Trajo a sus sicarios.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Clara.

Roberto sonrió, una sonrisa triste pero feroz.

—Luchamos. He pasado 30 años preparando esta cabaña para este momento. No es un refugio, Damián. Es una fortaleza.

Roberto caminó hacia un panel de control y presionó un botón rojo.

—Activar Protocolo Lázaro.

Fuera, en el bosque, se escucharon explosiones controladas. Árboles falsos cayeron, revelando torretas automatizadas y barreras de acero que se levantaban del suelo. Las luces de los helicópteros se desviaron, cegadas por bengalas.

—¡Tenemos cinco minutos antes de que rompan el perímetro! —gritó Roberto—. Damián, necesito que subas esa información a la nube. Tengo un enlace satelital directo a la Corte Internacional de La Haya.

—¿La Haya? —Damián conectó el USB a la consola principal.

—Si lo publicamos en la prensa mexicana, lo enterrarán mañana —explicó Roberto—. Si llega a tribunales internacionales, se acabó para ellos.

La barra de carga apareció en la pantalla gigante: SUBIENDO ARCHIVOS… 10%.

El sonido de disparos comenzó a repiquetear contra las paredes blindadas de la cabaña.

—¡Están atacando! —gritó Clara, disparando desde una tronera en la ventana.

—Sofía, ven aquí —Roberto llevó a su hija a un rincón protegido—. Escúchame bien. Si entran, tú sales por el túnel de escape.

—¡No te voy a dejar! —gritó ella, aferrándose a su brazo—. ¡Acabo de encontrarte!

—Hija, mi vida ya se vivió. La tuya apenas empieza. Tienes que vivir para ver a los Montero caer.

—¡No! —Sofía miró a Damián, que tecleaba furiosamente protegiendo la transmisión—. ¡Nos quedamos todos o no se queda nadie!

Una explosión sacudió la puerta principal. El metal gimió.

SUBIENDO ARCHIVOS… 45%.

—¡Están usando explosivos plásticos! —advirtió Damián—. La puerta no aguantará otro golpe.

Sofía vio un rifle de asalto en la mesa. Lo tomó. Nunca había disparado un arma en su vida, pero sus manos no temblaban. La sangre de los Salazar, la sangre de los sobrevivientes, hervía en sus venas.

—Damián, ¿cuánto falta? —gritó ella, apuntando a la puerta.

—¡Dos minutos!

—¡Papá, Clara, cubran las ventanas! —ordenó Sofía, asumiendo el mando con una autoridad que sorprendió a todos—. ¡Damián, no dejes de teclear!

La puerta voló en pedazos.

Humo y escombros llenaron la entrada. Figuras oscuras con máscaras de gas entraron disparando.

—¡Fuego! —gritó Roberto.

El interior de la cabaña se convirtió en un infierno de ruido y destellos. Sofía disparó, el retroceso del arma golpeando su hombro, pero no se detuvo. Vio caer a un hombre. Vio a Clara recargar. Vio a su padre luchar como un león defendiendo a su cría.

Pero eran demasiados.

Un disparo alcanzó a Roberto en el hombro. Cayó al suelo gritando.

—¡Papá! —Sofía corrió hacia él, arrastrándolo detrás de la mesa de metal.

Damián vio la escena. La barra de carga estaba en 88%.

Miró a Sofía, cubierta de polvo y sangre, protegiendo a su padre. Miró a los hombres de Montero avanzando.

Tomó una decisión.

Sacó el USB de la consola y corrió hacia el centro de la habitación, exponiéndose al fuego enemigo.

—¡Diego! —gritó Damián, levantando el dispositivo dorado en el aire—. ¡Lo tengo aquí! ¡Si disparan, lo destruyo!

Los disparos cesaron al instante.

Diego Montero entró por la puerta destrozada, caminando sobre los cuerpos de sus propios hombres. Se quitó la máscara de gas, revelando una sonrisa triunfante.

—Damián, Damián… siempre tan dramático. Entrégame eso y te dejaré vivir. A ti y a tu patética esposa.

—Déjalos ir primero —dijo Damián, respirando con dificultad. Tenía un hilo de sangre bajando por la sien—. Que se vayan por el túnel. Cuando estén a salvo, te doy el disco.

—No —susurró Sofía desde el suelo—. Damián, no lo hagas.

Diego rió.

—Trato hecho. Que se larguen. Solo me importa la información.

Damián miró a Sofía. Sus ojos negros le transmitieron un mensaje desesperado: Vete. Sálvalo a él. Sálvate tú.

—¡Váyanse! —rugió Damián.

Clara ayudó a Roberto a levantarse. Arrastraron a Sofía hacia la compuerta del túnel.

—¡Te amo! —gritó Sofía, con el corazón desgarrándose mientras Clara la empujaba hacia la oscuridad del pasaje subterráneo.

La compuerta se cerró.

Damián se quedó solo frente a Diego y sus sicarios.

—Bien jugado, Velasco —dijo Diego, extendiendo la mano—. Ahora, dame el disco.

Damián miró el USB dorado en su mano. Luego miró la pantalla de la consola detrás de él, que Diego no podía ver.

SUBIDA COMPLETADA. ARCHIVOS ENVIADOS A LA HAYA.

Damián sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—¿Lo quieres? Tómalo.

Lanzó el USB al aire. Diego se lanzó a atraparlo como un perro.

Mientras el disco estaba en el aire, Damián sacó una granada de su cinturón táctico y le quitó el seguro.

—Nada será cancelado —susurró Damián.

Y dejó caer la granada a sus pies.

La explosión consumió la cabaña en una bola de fuego blanco.


CAPÍTULO 8: EL RENACER DE LA REINA

(Seis meses después)

El cementerio de Polanco estaba lleno de gente. Llovía, una lluvia suave y persistente que empapaba los paraguas negros de la élite mexicana.

Sofía estaba de pie frente a una lápida de mármol negro. Llevaba un vestido negro sencillo, pero su postura era la de una reina. A su lado, su padre, Roberto, se apoyaba en un bastón, recuperado de sus heridas pero envejecido por la pérdida. Su madre, Elena, le sostenía el brazo, sana y salva, libre del veneno.

La lápida decía:

DAMIÁN VELASCO
(1994 – 2024)
Dio su vida por la verdad.

La noticia de la “Masacre de la Sierra Norte” había sacudido al mundo. Los archivos enviados a La Haya habían provocado la caída del gobierno. Diego Montero había muerto en la explosión. Su padre y docenas de cómplices estaban en prisiones de máxima seguridad, esperando juicios por crímenes de lesa humanidad.

El imperio Montero había sido desmantelado.

Sofía tocó la piedra fría.

—Lo lograste, mi amor —susurró—. Ganamos.

—Fue un hombre valiente —dijo Roberto, poniendo una mano en el hombro de su hija—. El mejor de nosotros.

Sofía asintió, secándose una lágrima solitaria.

Se dio la vuelta para irse. Tenía una junta directiva que presidir. Como viuda de Damián, había heredado el control total de Industrias Velasco. Estaba usando la fortuna para construir hospitales y escuelas, cumpliendo la promesa que Damián le hizo a su hermana muerta.

Caminaba hacia su auto cuando vio una figura a lo lejos, bajo un árbol, observando el funeral desde la distancia.

Un hombre alto. Con una gabardina larga y un sombrero que ocultaba su rostro. Tenía quemaduras visibles en una mano y cojeaba ligeramente.

El corazón de Sofía se detuvo.

El hombre levantó la vista por un segundo. Unos ojos oscuros como el café sin azúcar se cruzaron con los de ella.

Damián.

Estaba vivo.

Se llevó un dedo a los labios en señal de silencio. Shhh.

Luego, se dio la vuelta y desapareció entre la niebla y las tumbas.

Sofía se quedó paralizada, con el corazón latiendo desbocado en su pecho.

Él había fingido su muerte. Era la única manera de ser verdaderamente libre. Libre del apellido, libre del legado, libre de la carga.

Pero estaba vivo. Y estaba vigilándola.

Una sonrisa lenta y radiante se dibujó en el rostro de Sofía.

Se subió a su auto, donde su chofer la esperaba.

—¿A la oficina, señora Velasco?

Sofía miró hacia donde había desaparecido Damián.

—No —dijo ella, sacando su teléfono—. Llévame al aeropuerto. Tengo un viaje pendiente a París. Creo que tengo una cita en una galería de arte.

Sofía miró su anillo de bodas.

—Nada fue cancelado —susurró—. Esto apenas comienza.

FIN

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