Cuidé a mi hijastra como si fuera mi propia sangre, pero sus gritos de terror escondían un secreto oscuro y mortal tras las puertas de nuestra mansión perfecta.

PARTE 1

Capítulo 1: El Desayuno de los Fantasmas

El aroma a tocino crujiente y café de grano inundaba la inmaculada cocina blanca de la residencia en Lomas de Chapultepec. Eran apenas las 6:00 de la mañana, pero Elisa ya estaba completamente despierta, con el delantal perfectamente atado sobre su cintura. Sus manos temblaban ligeramente mientras colocaba los últimos detalles en el plato: unos hot cakes esponjosos cortados en forma de oso, con trozos de fresa como ojos y una sonrisa de jarabe de maple.

Llevaba tres meses casada con Esteban, un empresario regio radicado en la Ciudad de México, dueño de una constructora y heredero de un encanto que desarmaba a cualquiera. Para el mundo exterior, Elisa se había sacado la lotería: una casa que parecía museo, un esposo guapo y protector, y una vida de lujos. Pero puertas adentro, su realidad era una batalla constante contra un enemigo invisible.

Su mayor desafío tenía nombre y apellido: Liliana, o Lili, como le decían de cariño. La hija de cinco años de Esteban, una niña de ojos grandes y tristes que había perdido a su madre biológica un año atrás. Elisa sabía que ocupar ese lugar era imposible, pero estaba decidida a ser el refugio que esa niña necesitaba.

—Huele increíble, amor —la voz grave de Esteban resonó detrás de ella, haciéndola dar un pequeño respingo.

Elisa se giró y lo vio allí, impecable en su traje azul marino hecho a la medida, ajustándose los gemelos de la camisa. Era el tipo de hombre que irradiaba autoridad.

—Son para Lili —dijo Elisa, sonriendo con esperanza—. Ayer mencionó que se le antojaban hot cakes. Espero que hoy sí quiera comer.

Se acercó a él y le acomodó el cuello de la camisa con ternura. Esteban le dio un beso rápido, casi distraído, sin despegar la vista de la pantalla de su celular.

—¿Me sirves el café? Y que esté bien cargado, por favor, señora de Garza —dijo él, sin mirarla a los ojos.

Elisa sintió un pequeño piquete en el estómago. El uso de su apellido de casada sonaba formal, frío, como si fuera su secretaria y no su esposa. “Quizás solo está estresado por la licitación del nuevo edificio”, pensó, excusándolo como siempre hacía.

En ese momento, el sonido de unos pasitos arrastrándose por la escalera de mármol rompió el silencio. Lili apareció en el umbral de la cocina. Llevaba su uniforme del kínder, una falda escocesa gris y un suéter azul que le quedaba un poco grande. Sus trenzas estaban deshechas, cayendo sobre su rostro pálido.

—¡Buenos días, mi vida! —exclamó Elisa, inyectando un entusiasmo exagerado en su voz—. ¡Mira lo que te preparó mamá! Tu desayuno favorito.

Lili se congeló. Al ver a Elisa acercarse con el plato en las manos, los ojos de la niña se abrieron desmesuradamente, como si en lugar de hot cakes le estuvieran ofreciendo veneno. Su mirada saltó frenéticamente hacia su padre, que ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, leyendo las noticias.

La niña no respondió. Caminó cabizbaja, pegada a la pared, como si intentara hacerse invisible, y se sentó en la silla más alejada de Elisa.

—Ven aquí, corazón, déjame arreglarte esas trencitas. No puedes ir así al colegio —dijo Elisa suavemente, estirando la mano para acomodar un mechón rebelde.

—¡NO! —el grito de Lili fue agudo, desgarrador.

La niña se lanzó hacia atrás con tal violencia que su silla rechinó contra el piso de mármol, un sonido que ecoó como un disparo en el comedor silencioso. Lili se cubrió la cabeza con los brazos, temblando.

Elisa se quedó petrificada, con la mano en el aire. El corazón se le fue a los pies. Solo quería peinarla.

El silencio que siguió fue asfixiante. Esteban bajó su celular lentamente. Su rostro, antes indiferente, ahora era una máscara de frialdad absoluta.

—Elisa —dijo, pronunciando cada sílaba con una calma aterradora—, te he dicho mil veces que no seas tan brusca. La asustaste.

—No fui brusca, Esteban. Solo quería peinarla… —la voz de Elisa se quebró. Sentía las lágrimas picándole los ojos—. Lo siento, Lili. No quería asustarte.

Lili no contestó. Miraba fijamente al oso de hot cakes mientras sus manitas temblaban tanto que el tenedor tintineaba contra el plato. Elisa observó ese temblor y un pensamiento oscuro cruzó su mente: ¿Por qué me tiene tanto miedo? ¿Tan mala soy?

El desayuno transcurrió en un silencio sepulcral. Esteban no volvió a dirigirle la palabra y se dedicó a responder correos, ignorando la tensión que se podía cortar con un cuchillo. Cuando llegó la hora de irse, la rutina se convirtió en tortura.

En el porche, el chófer ya tenía el auto listo. Elisa se agachó para quedar a la altura de Lili.

—Que te vaya bien en la escuela, mi cielo. Te puse una notita en tu lonchera.

Lili estaba rígida como una estatua junto a la pierna de su padre. Esteban la miró desde arriba.

—Despídete de tu madre, Liliana —ordenó él. Su tono era suave, pero había una amenaza implícita que hizo que a Elisa se le erizara la piel.

Lili dio un paso vacilante. Elisa, movida por un instinto desesperado de conectar, se inclinó para darle un beso en la mejilla.

El error fue fatal.

Lili soltó un alarido de terror puro, empujó la cara de Elisa con sus manitas frías y corrió a esconderse detrás de Esteban, aferrándose a su pantalón como si su vida dependiera de ello.

—¡Papi! ¡Papi, no! —sollozaba la niña, con la respiración entrecortada.

Elisa, humillada, se quedó agachada en el suelo de la entrada. La señora de la casa de enfrente, que paseaba a su perro, se detuvo a mirar con desaprobación.

Esteban soltó un suspiro largo, de esos que denotan un cansancio infinito. Acarició la cabeza de Lili y luego clavó sus ojos en Elisa. Ya no era el esposo distante; era un juez dictando sentencia.

—¿Qué le hiciste mientras me bañaba, Elisa? —preguntó en voz baja, venenosa.

—¡Nada! ¡Te lo juro por Dios, Esteban! Solo hice el desayuno…

—Una niña no reacciona así de la nada —la cortó él—. Ya basta de tus dramas matutinos. Los vecinos están mirando. Contrólate.

Subió a la niña al auto y cerró la puerta de un portazo. Antes de subir él, le lanzó una última mirada de desprecio.

—Hablamos en la noche. No puedo seguir así.

El auto negro se alejó, dejando a Elisa sola, con el corazón hecho pedazos y la dignidad por los suelos. ¿Por qué? Ella había dado todo: sus ahorros para remodelar la casa, su tiempo, su amor. ¿Por qué Lili la miraba como si fuera un monstruo?

Al levantarse, algo en el suelo llamó su atención. Cerca de una maceta de talavera, había un cuaderno de dibujo que se le había caído a Lili en su huida. Elisa lo recogió. Estaba abierto en una página reciente.

El dibujo estaba hecho con trazos violentos, el crayón rojo presionado con tanta fuerza que casi rompía el papel. Había tres figuras: un hombre alto, una niña pequeña y una mujer con el pelo largo y negro. Pero la mujer no sonreía. Tenía una boca negra, enorme y desencajada, y brazos largos como serpientes que intentaban ahorcar a la niña.

Arriba, con la letra torpe de una niña de cinco años, decía: “Mamá mala”.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elisa. Reconoció el vestido de la mujer del dibujo; era su pijama favorita de seda azul. ¿Quién le había enseñado a dibujar eso? ¿De dónde sacaba una niña de cinco años una imagen tan grotesca?

En ese instante, su celular vibró en el bolsillo de su delantal.

Era un mensaje de texto. Número desconocido.

Elisa lo abrió y leyó la única frase que aparecía en la pantalla:

“Tu marido cuenta muy buenos cuentos, pero se le olvidó tapar un agujero en la historia.”

Elisa miró a su alrededor, a la calle vacía y soleada de las Lomas. El sol brillaba, pero ella sintió que acababa de entrar en una cueva oscura y helada.

Capítulo 2: El Regalo y la Trampa

Esa frase —“Tu marido cuenta muy buenos cuentos”— taladró la mente de Elisa durante todo el día. En su oficina de diseño gráfico, no podía concentrarse. ¿Era una broma de mal gusto? ¿Alguna exnovia celosa de Esteban? Intentó convencerse de que no era nada, pero la imagen del dibujo de Lili no la dejaba en paz.

Decidida a arreglar las cosas, salió temprano del trabajo y pasó a una juguetería exclusiva en Polanco. Recordó que la semana pasada, Lili se había quedado pegada al aparador mirando un oso de peluche gigante con un moño rojo.

“Quizás un gesto de paz”, pensó Elisa, aferrándose a la esperanza. “Si le doy el oso, tal vez entienda que no quiero hacerle daño”.

Compró el oso y condujo de vuelta a casa con la caja enorme en el asiento del copiloto. Al llegar, notó que el auto de Esteban ya estaba en la cochera. Era extraño; él nunca llegaba antes de las 8:00 de la noche.

Al entrar, el aire acondicionado de la casa la golpeó, frío y aséptico. En la sala principal, sobre la alfombra persa, Lili estaba armando un rompecabezas. A su lado estaba Doña Mari, la empleada doméstica que llevaba años con la familia, desde antes de que Elisa llegara.

Doña Mari le sonrió con timidez y murmuró un “buenas tardes, señora”. Pero Lili… la reacción de Lili fue instantánea y brutal.

La niña dejó caer la pieza que tenía en la mano. Se puso rígida, sus pupilas se dilataron y su respiración se aceleró como si acabara de ver entrar a un lobo.

—Hola, mi amor —dijo Elisa, ignorando el nudo en su garganta y forzando una sonrisa—. Mira lo que te trajo mamá.

Se arrodilló, poniendo la caja envuelta en papel brillante frente a la niña.

—Es el oso que viste en la plaza. ¿Lo abrimos juntas?

Lili no se movió. Su pecho subía y bajaba con rapidez.

—Vamos, Lili. No tengas miedo —insistió Elisa, estirando la mano para tocar suavemente el hombro de la niña.

—¡ALÉJATE!

El grito fue mucho peor que el de la mañana. Lili saltó como un resorte, pateando el rompecabezas. Agarró la caja del regalo con una fuerza que parecía imposible para sus bracitos y la lanzó directo a la cara de Elisa.

El golpe fue seco. La esquina dura de la caja impactó en la sien de Elisa.

—¡Ay! —gritó Elisa, llevándose la mano a la cabeza. El dolor fue agudo y mareante.

—¡Virgen santísima! —exclamó Doña Mari, tapándose la boca.

Lili corrió hasta la pared, acorralada, y empezó a gritar tapándose los oídos, con los ojos cerrados fuertemente.

—¡Vete! ¡Vete! ¡No me pegues! ¡Papi, ayúdame!

Elisa la miró horrorizada, con una mano en su sien palpitante. “¿No me pegues?”. Jamás le había puesto una mano encima.

—¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?

La voz de trueno de Esteban retumbó desde el despacho. Salió hecho una furia, con el rostro enrojecido. Vio la escena: el rompecabezas tirado, Elisa en el suelo soándose la cabeza y Lili gritando de terror.

Sin preguntar, Esteban corrió hacia Lili, la cargó y la abrazó protectoramente.

—Ya, ya, mi princesa. Papá está aquí. Nadie te va a hacer daño. Shhh.

Cuando los llantos de Lili bajaron de volumen, Esteban se giró hacia Elisa. Su mirada estaba cargada de un odio tan puro que Elisa sintió ganas de vomitar.

—¿Qué le hiciste ahora, Elisa? —siseó.

—¡Esteban, yo no hice nada! —se defendió ella, con lágrimas de frustración—. Solo le traje un regalo y ella me lo aventó a la cara. ¡Mira, tengo un golpe!

—¡No seas dramática! —ladró él—. Una niña no reacciona así si no la provocan. Seguro la estabas forzando otra vez con tu falsa maternidad para quedar bien con Mari.

—¡Esteban, por Dios!

—¡Cállate! —Esteban señaló la puerta de arriba—. Si no sirves para ser madre, dilo y lárgate. Pero no uses a mi hija para tus experimentos emocionales. ¡Mírala! ¡Está traumatizada!

Esteban subió las escaleras cargando a Lili, dejándola como la villana de la película una vez más.

—Mari, limpia este desastre —ordenó desde el descanso de la escalera—. Y que la señora no suba al cuarto de Lili hoy. No quiero que la altere más.

Elisa se quedó sola en la sala. La humillación ardía más que el golpe en su cabeza. Doña Mari, con pena, empezó a recoger las piezas del suelo.

—Perdónela, señora Elisa —susurró la mujer—. La niña anda muy rara últimamente.

Elisa no respondió. Se agachó para ayudar a recoger el desorden. Al levantar la caja del regalo que Lili había aventado, vio algo brillando entre los cojines del sofá donde la niña había estado sentada.

Era un objeto pequeño y negro. Parecía una USB, pero tenía una luz roja diminuta, casi imperceptible, parpadeando.

Elisa lo tomó. No era una memoria USB normal. Reconoció la marca; era una grabadora de voz de alta fidelidad, de esas que se activan con el sonido.

Su corazón empezó a latir desbocado. ¿Una grabadora escondida en el sofá? ¿Quién la había puesto ahí? ¿Esteban la estaba espiando para tener pruebas de su “maltrato”? ¿O era Lili?

Guardó el dispositivo en el bolsillo de su pantalón rápidamente antes de que Doña Mari lo viera. Subió a la habitación de huéspedes, donde Esteban la había exiliado indirectamente las últimas semanas con la excusa de que “roncaba y despertaba a la niña”.

Se sentó en la cama, sacó la grabadora y la miró. Sus manos temblaban. En ese momento, su celular volvió a vibrar.

Otro mensaje del mismo número desconocido. Esta vez no era texto. Era una foto.

Elisa abrió la imagen y sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Era una fotografía de un ticket de farmacia, de una cadena conocida en la ciudad. La fecha era de hacía dos días. El nombre del cliente: Esteban Garza.

Pero lo que la aterrorizó fue el medicamento. Haloperidol.

Elisa sabía lo que era. Un antipsicótico fuerte. Se usaba para tratar esquizofrenia, estados delirantes agudos. Medicamento controlado.

Debajo de la foto, llegó un último mensaje:

“Pregúntale a tu marido perfecto en qué leche con chocolate está mezclando eso todas las noches.”

Elisa soltó el teléfono sobre la cama como si quemara. Haloperidol. Leche con chocolate.

Lili tomaba leche con chocolate todas las noches antes de dormir. Se la preparaba Esteban, siempre Esteban, como un “momento especial padre e hija”.

De repente, todo cobró un sentido macabro. Los temblores de Lili. Sus ojos desorbitados. Sus gritos histéricos. ¿Y si no era miedo? ¿Y si eran alucinaciones inducidas? ¿Y si Esteban estaba drogando a su propia hija?

Elisa miró la grabadora en su mano y luego la puerta cerrada de su habitación. Tenía que escuchar lo que había en ese aparato. Tenía que saber la verdad, aunque esa verdad destruyera su vida.

Conectó la grabadora a su laptop y se puso los audífonos. El archivo era de hacía tres horas, mientras ella aún estaba en la oficina.

Le dio play.

Al principio, solo ruido estático. Luego, pasos pesados. La voz de Esteban.

—Lili, ven acá.

—No, papá… no quiero jugar a eso —la vocecita de Lili sonaba aterrada.

—Dije que vengas. ¿O quieres que te encierre en el cuarto de máquinas con las ratas otra vez?

Elisa se tapó la boca para ahogar un grito.

—Escúchame bien, Liliana —la voz de Esteban era irreconocible, un gruñido bajo y cruel—. Cuando esa mujer llegue, vas a gritar. Si ella te toca, gritas como si te estuvieran matando. ¿Entendiste?

—Pero… Elisa es buena, papi.

—¡No es buena! —el grito de Esteban en la grabación hizo saltar a Elisa—. ¡Es una bruja! Quiere robarse tu casa. Quiere que yo me vaya. Si la tratas bien, te voy a regalar con el viejo del costal.

Hubo un sonido de tela rasgándose.

—¡Y le voy a cortar la cabeza a tu muñeca si no haces lo que te digo!

El audio terminó.

Elisa se arrancó los audífonos, respirando como si se estuviera ahogando. No estaba loca. No era una mala madrastra. Estaba viviendo con un monstruo. Un psicópata que torturaba psicológicamente a su hija para ponerla en contra de ella.

Pero, ¿por qué? ¿Qué ganaba con eso?

Antes de que pudiera procesarlo, la pantalla de su laptop parpadeó. El cursor se movió solo. Se abrió el bloc de notas y alguien, remotamente, empezó a escribir:

“Sé que estás escuchando, querida esposa. Abre la puerta. AHORA.”

La perilla de la puerta de su habitación comenzó a girar lentamente.

PARTE 2: LA JAULA Y LA VERDAD

Capítulo 3: El Diagnóstico del Diablo

El corazón de Elisa martilleaba contra sus costillas, un pájaro atrapado en una jaula de huesos. La perilla giró por completo y la puerta se abrió suavemente.

Esteban estaba allí.

Pero no era el hombre furioso que había gritado horas antes. Ya no tenía la cara roja ni los puños cerrados. Vestía una pijama de seda azul marino impecable y su expresión era de una calma glacial, casi aburrida. Sus ojos, sin embargo, eran dos pozos negros sin fondo.

—¿Aún despierta, querida? —preguntó con voz suave, demasiado suave.

Elisa retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra el armario. Sus manos temblaban violentamente. En un acto reflejo, antes de que él entrara por completo, su mano derecha se deslizó dentro de su blusa y escondió la memoria USB en su sostén, el único lugar que rezaba para que él no revisara de inmediato.

—Tú… tú hackeaste mi computadora —balbuceó Elisa, con la voz rota por el pánico.

Esteban entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí con un clic que sonó a sentencia de muerte. Caminó tranquilamente hacia el escritorio, ignorando el miedo palpable de su esposa, y miró la pantalla de la laptop, que ahora estaba completamente negra.

—¿Hackear? —soltó una risita seca, frotándose la barbilla—. Tu imaginación está volando muy alto últimamente, Elisa. Solo recibí una alerta de seguridad en mi teléfono sobre actividad inusual en la red de la casa. Vine a ver si tenías un virus.

Se giró hacia ella, escaneándola de arriba abajo con una mirada clínica, desprovista de cualquier afecto.

—Mírate. Estás sudando, temblando, pálida como un papel. ¿Estás viendo cosas que no existen otra vez?

—¡Deja de fingir, Esteban! —gritó ella, sacando fuerzas de su indignación—. ¡Escuché la grabación! ¡Te escuché amenazando a Lili! Le dijiste que me gritara, le dijiste que le cortarías la cabeza a su muñeca. ¡Tú eres el que la maltrata! ¡Tú eres el monstruo!

Esteban no parpadeó. No lo negó. Tampoco lo confirmó. Simplemente la miró con una expresión de profunda lástima, como un doctor observando a un paciente terminal que delira.

Lentamente, extendió la mano hacia la computadora.

—¿Qué grabación, Elisa? Aquí no hay nada.

Abrió la laptop. Tecleó algo rápido. Giró la pantalla hacia ella.

Elisa miró horrorizada. La carpeta estaba vacía. La papelera de reciclaje, vacía. El historial, borrado.

—Ves —dijo él con tono condescendiente—. No hay grabación, no hay pruebas. Solo tú, teniendo un episodio histérico a media noche en tu cuarto.

—¡Lo borraste! ¡Lo borraste remotamente! —Elisa se lanzó hacia la computadora, pero Esteban la cerró de golpe, atrapando casi sus dedos.

—Suficiente —su voz bajó una octava, volviéndose dura como el acero—. Esto ha ido demasiado lejos. Tu estado mental se está deteriorando rápido, Elisa. Estás creando escenarios malvados en tu cabeza para culparme a mí, porque no puedes aceptar la realidad: Lili te rechaza porque siente tu inestabilidad.

Sin previo aviso, Esteban extendió la mano abierta hacia ella.

—Dame tu teléfono.

—¿Qué? ¡No! —Elisa se llevó la mano al bolsillo del pantalón.

—Dámelo —ordenó. No gritó, pero la autoridad en su voz fue aplastante—. A partir de esta noche, estás en un detox digital. Nada de gadgets, nada de internet, nada de noticias tóxicas. Necesitas desconectarte de todo este veneno mental. Mañana vendrá el mejor psiquiatra de Monterrey a verte aquí mismo.

—¿Me vas a encarcelar? —las lágrimas de impotencia comenzaron a correr por sus mejillas—. ¡Esto es secuestro!

—Te voy a curar —corrigió él fríamente.

Antes de que Elisa pudiera reaccionar, Esteban se abalanzó sobre ella. Fue rápido y preciso. La inmovilizó contra la pared con una mano en su pecho y con la otra le arrancó el celular del bolsillo. Elisa intentó forcejear, arañando su brazo, pero él ni se inmutó.

Con el teléfono y la laptop bajo el brazo, Esteban caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y se inclinó hacia su oído. El olor a su costosa loción mezclado con menta le revolvió el estómago.

—Duerme, Elisa. Cierra con llave si quieres, no me importa. Pero recuerda una cosa…

Hizo una pausa dramática, disfrutando el terror que emanaba de ella.

—Nadie te va a creer. Una esposa deprimida, inestable y medicada contra un empresario respetado y amoroso que solo quiere ayudarla. ¿A quién crees que le creerá la policía? ¿O tus padres?

Esteban salió. Elisa escuchó el sonido de la llave girando por fuera.

Estaba atrapada.

Esa noche, Elisa no durmió. Se acurrucó en una esquina de la cama, abrazando sus rodillas, sintiéndose más sola que nunca en esa mansión enorme. La USB seguía en su ropa interior, quemándole la piel. Tenía la prueba, sí, pero sin una computadora o un teléfono para enviarla, era solo un pedazo de plástico inútil.

Capítulo 4: El Eco de Sarah

El día siguiente fue el inicio del verdadero infierno. La casa dejó de ser un hogar para convertirse en una fortaleza de alta seguridad.

Elisa intentó bajar a la cocina a las 8:00 de la mañana. La puerta de su habitación estaba abierta, pero al llegar al vestíbulo, se topó con una realidad brutal. El guardia de seguridad habitual, un señor amable llamado Don Beto, ya no estaba. En su lugar, había un hombre corpulento, de rostro inexpresivo y uniforme táctico, parado frente a la puerta principal.

—No puede salir, señora —dijo el hombre con voz ronca cuando ella intentó abrir la puerta—. Órdenes del señor Garza. Por su propia seguridad.

Elisa corrió a la cocina buscando a Doña Mari. La encontró lavando trastes, con los ojos rojos e hinchados.

—¡Mari! ¡Préstame tu teléfono, por favor! Es una emergencia —suplicó Elisa, agarrando el brazo de la mujer.

Doña Mari se soltó bruscamente y retrocedió, rompiendo en llanto.

—¡No, señora, por favor no me pida eso! —sollozó la empleada—. El señor me dijo que si le presto el teléfono o le ayudo a salir, deja de pagar la diálisis de mi hijo. Él paga todo, señora. Si me corre, mi hijo se muere. ¡Perdóneme!

Elisa sintió que el suelo se abría. Esteban lo tenía todo calculado. Controlaba a todos con dinero y miedo. Estaba completamente aislada.

Desesperada y sin nada que hacer más que esperar al supuesto “psiquiatra”, Elisa comenzó a vagar por la casa como un fantasma. Subió al segundo piso, recorriendo el pasillo largo y silencioso. Sus pasos se detuvieron frente a una puerta que siempre había estado cerrada con llave: el viejo ático que usaban de bodega al final del pasillo.

Curiosamente, el candado estaba puesto, pero mal cerrado. Quizás en su prisa por controlar todo, Esteban había olvidado verificar esa puerta.

Impulsada por una curiosidad mórbida, Elisa entró. El lugar olía a polvo y madera vieja. Había cajas apiladas con etiquetas de años anteriores. En un rincón, vio un baúl de madera antiguo. Algo la llamó hacia él.

Abrió el baúl. Estaba lleno de ropa vieja, manteles y adornos navideños. Pero al fondo, sus dedos tocaron algo rígido. Un cuaderno de piel desgastada.

Lo abrió. En la primera página, con una caligrafía elegante y fina, se leía un nombre: Sarah.

Sarah. La primera esposa. La madre de Lili. La mujer que supuestamente había muerto al caerse de las escaleras en un “trágico accidente doméstico”.

Elisa se sentó en el suelo polvoriento y comenzó a leer. Las primeras entradas eran felices, narrando el embarazo y el nacimiento de Lili. Pero a medida que pasaba las páginas, la tinta parecía volverse más oscura, el trazo más nervioso.

14 de Febrero, 2021:
“Esteban me trajo flores hoy. Dice que me veo cansada. Insiste en que tome las vitaminas que me trajo su amigo doctor. Pero me hacen sentir mareada, como si estuviera flotando fuera de mi cuerpo.”

20 de Marzo, 2021:
“Lili llora cuando la cargo. Esteban dice que es porque estoy ‘rara’ y la asusto. ¿Estoy loca? Hoy desperté con moretones en los brazos que no recuerdo haberme hecho.”

Elisa leía con la respiración contenida. Era un espejo de su propia vida. La misma estrategia. El mismo guion.

Sus ojos se clavaron en la última entrada, fechada dos días antes de la muerte de Sarah. La letra era apenas legible, garabateada con desesperación.

12 de Mayo, 2021:
“Sé que no estoy loca. Lo escuché hablando por teléfono. Quiere el fideicomiso de mi padre. Todo es para Lili, y él no puede tocarlo a menos que yo muera y él quede como tutor legal. Me está envenenando la mente. Si alguien lee esto, la prueba está detrás de la pintura de los girasoles en su despacho. Es mi seguro de vida. Tengo miedo. Creo que viene subiendo…”

El diario se resbaló de las manos de Elisa.

No fue un accidente. Sarah fue asesinada. Y Esteban estaba repitiendo el ciclo, paso a paso, con ella y con Lili. El objetivo final era quedarse con la fortuna familiar que, por lo visto, pertenecía a la línea materna de Sarah, no a él. Él era solo un administrador codicioso dispuesto a matar.

De repente, un sonido agudo rompió el silencio de la casa.

Riiiing. Riiiing.

Elisa saltó. Era el teléfono fijo. ¡El teléfono fijo! Había uno viejo en la sala de estar que casi nunca usaban porque todos tenían celulares. En su obsesión por quitarle el móvil, Esteban debía haber olvidado desconectar la línea terrestre.

Elisa salió disparada del ático, bajando las escaleras de dos en dos. Su corazón latía tan fuerte que le dolía. Llegó a la mesita del rincón donde estaba el aparato color crema.

Levantó el auricular.

¡Tono de línea!

Sus dedos temblorosos marcaron el 911.

—911, ¿cuál es su emergencia? —contestó una voz femenina y calmada.

—¡Ayuda! —jadeó Elisa, mirando hacia la puerta por si entraba el guardia—. Soy Elisa Garza, vivo en Paseo de los Ahuehuetes 450. Mi esposo me tiene secuestrada, está drogando a su hija, él mató a su primera esposa… ¡Tienen que venir!

—Señora, cálmese. ¿Está usted herida?

—¡Él va a matarme! ¡Por favor, manden a algui…!

Antes de que pudiera terminar, una mano grande y pesada, con un reloj de oro en la muñeca, apareció sobre su hombro y presionó el botón de colgar con violencia.

Click.

Elisa sintió que el alma se le iba del cuerpo. El olor a colonia cara la envolvió de nuevo.

—Sabía que serías un problema —susurró la voz de Esteban justo detrás de su oreja.

Elisa se giró lentamente, temblando.

Esteban estaba ahí, sonriendo. Pero no era una sonrisa humana. En su mano derecha sostenía un martillo de construcción.

—¿Qué haces con este teléfono viejo, mi amor? Te dije que necesitabas un detox.

Levantó el martillo y lo dejó caer con una fuerza brutal sobre el aparato telefónico.

¡CRACK!

El plástico estalló en pedazos, saltando por la sala. Elisa gritó y se cubrió la cara.

Esteban pateó los restos del teléfono con su zapato italiano. Luego, miró hacia la entrada principal.

—Llegas justo a tiempo, doctor.

Elisa siguió la mirada de su esposo. En la puerta, flanqueado por la madre de Esteban —una señora elegante y de mirada cruel llamada Doña Catalina— estaba un hombre alto, calvo, con bata blanca y un maletín negro.

—Nuestra paciente está teniendo un episodio agresivo muy fuerte —dijo Esteban con tono de preocupación fingida, sacudiendo la cabeza—. Acaba de romper el teléfono en un ataque de ira.

—No… eso es mentira… —intentó decir Elisa, retrocediendo.

—Sujétenla —ordenó el hombre de la bata.

El guardia de seguridad entró y agarró a Elisa por los brazos. Ella pataleó, gritó, mordió, pero era inútil. Entre el guardia y Esteban la inmovilizaron en el sofá.

Sintió un piquete frío en el brazo.

—Es solo un sedante suave para calmar sus nervios, señora Garza —dijo el doctor, mientras vaciaba la jeringa en su vena.

El mundo de Elisa empezó a dar vueltas. Las luces de la lámpara de araña se volvieron borrosas. Las caras de Esteban y su suegra se deformaron.

—Pobrecita —escuchó decir a Doña Catalina a lo lejos, como si estuviera bajo el agua—. Siempre supe que no tenía la clase para aguantar esta vida. Está loca de remate.

—Descansa, amor —la voz de Esteban fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad se la tragara por completo—. Cuando despiertes, serás una persona nueva. O tal vez… ya no despiertes.

Capítulo 5: La Enfermera de Tacones Altos

Cuando la consciencia regresó a Elisa, sus párpados pesaban como plomo. Tenía la boca seca, con un sabor metálico y amargo. Lo último que recordaba era la sonrisa triunfal de Esteban y el piquete de la aguja.

—Ya despertó la bella durmiente.

Una voz de mujer, afilada y desagradable, cortó la neblina de su mente. Elisa abrió los ojos con dificultad. Reconocía esa voz, pero no era Doña Mari.

Estaba en la sala de estar, recostada en el sofá de cuero. Frente a ella estaba su suegra, Doña Catalina, sentada con la rigidez de una estatua, aferrando su bolso de diseñador como si fuera un escudo. A su lado, Esteban tenía la cabeza gacha, los hombros caídos, interpretando a la perfección el papel del esposo devastado.

—Catalina… —graznó Elisa. Intentó levantarse, pero sus piernas eran de gelatina. Se tambaleó—. Tienes que escucharme… Esteban… él…

Las palabras salían de su boca arrastradas, ininteligibles, como el balbuceo de un borracho. El sedante aún corría fuerte por sus venas.

Doña Catalina la miró con una mezcla de asco y decepción.

—Mírate, Elisa. Dando espectáculos —dijo la anciana, negando con la cabeza—. Yo pensé que eras una mujer decente, capaz de cuidar a mi nieta. Resulta que eres una drogadicta inestable.

—No… no soy… —Elisa intentó acercarse, pero tropezó con la alfombra y cayó de rodillas.

—¡Aléjate! —chilló Catalina, encogiendo las piernas—. Esteban es un santo por no haberte echado a la calle todavía. Contratar médicos privados, enfermeras en casa… y así le pagas. Acusándolo de asesino. ¡Vergüenza debería darte!

—Pero el diario… Sarah… —sollozó Elisa desde el suelo.

—¡Cállate! —bramó Catalina—. ¡No te atrevas a ensuciar el nombre de Sarah con tu boca! Ella murió en un accidente. ¡Deja de inventar historias para justificar tu locura!

Esteban se levantó del sofá, se arrodilló junto a Elisa y la abrazó. Para su madre, parecía un abrazo de consuelo. Pero Elisa sintió cómo los dedos de él se clavaban con saña en el moretón de la inyección, haciéndola gemir de dolor.

—Perdónala, mamá. Está teniendo otro episodio —susurró Esteban con voz quebrada, mientras le dedicaba a Elisa una mirada que prometía dolor—. Amor, necesitas descansar. No hagas más escenas.

Esteban la levantó a la fuerza, arrastrándola prácticamente hacia la habitación de huéspedes.

—¡Lili! ¿Dónde está Lili? —balbuceó Elisa.

—Lili te tiene miedo —escupió Catalina—. Mi nieta se escondió en el baño cuando te oyó gritar. Eres un fracaso como madre.

Esas palabras dolieron más que el sedante. Fracaso. Loca.

Esteban la metió en el cuarto y cerró la puerta. En el instante en que el cerrojo hizo clic, su máscara de tristeza se desvaneció. La empujó sobre la cama con desprecio.

—¿Lo ves? Es inútil —dijo con frialdad—. Mi madre cree en mis lágrimas más que en tus verdades. Para ella, y para el mundo, eres una loca peligrosa.

—Eres un maldito… —susurró Elisa.

—Y tú eres un problema que voy a solucionar pronto —sonrió él—. Como no puedo vigilarte las 24 horas, te traje compañía.

La puerta se abrió de nuevo. Entró una mujer joven, con un uniforme de enfermera blanco y ajustado, demasiado corto para ser profesional. Su cabello era rubio oxigenado y llevaba demasiado maquillaje. Traía una bandeja con un vaso de agua y varias pastillas de colores.

Pero lo que heló la sangre de Elisa no fue su apariencia, sino la forma en que miraba a Esteban: con una complicidad lujuriosa y enferma.

—Hola, señora Garza —dijo la mujer con una sonrisa burlona—. Soy Jéssica. Voy a cuidarla de ahora en adelante.

Elisa reconoció la voz. Era la mujer con la que había escuchado a Esteban hablar por teléfono hacía semanas, la supuesta “clienta difícil”. Jéssica no era enfermera. Era la amante.

Esteban se acercó a Jéssica y le rodeó la cintura con descaro frente a su esposa.

—Cuídala bien, Jess. Asegúrate de que duerma… profundamente.

—Claro, mi amor. Déjamelo a mí —respondió ella, soltando una risita cruel.

Esteban salió, dejando a Elisa atrapada con su carcelera. Jéssica se acercó a la cama, dejó la bandeja y agarró la barbilla de Elisa con sus uñas largas y acrílicas.

—Así que esta es la gran señora de la casa —susurró con desprecio—. Escúchame bien, loca. Tómate esto. Entre más rápido desaparezcas, más rápido Esteban y yo nos quedamos con todo. Así que sé buena niña y traga.

Intentó meterle las pastillas a la fuerza en la boca. Elisa apretó los dientes, llorando, pero no tenía fuerzas para pelear. Sintió la pastilla amarga en su lengua.

En ese momento de desesperación absoluta, recordó el diario de Sarah.

“La prueba está detrás de la pintura de los girasoles en su despacho.”

El despacho de Esteban estaba justo al lado de esa habitación. Compartían pared.

Elisa dejó que Jéssica le metiera la pastilla, pero en lugar de tragarla, la escondió debajo de la lengua. Hizo un gesto de deglución exagerado y tosió un poco.

—Muy bien —dijo Jéssica, satisfecha—. Ahora duérmete. Tengo cosas que hacer en mi celular.

La “enfermera” se fue al sofá de la esquina, se puso unos audífonos grandes y comenzó a ver videos en TikTok, ignorando a su paciente.

Elisa esperó. Cinco minutos. Diez. Escupió la pastilla discretamente en la maceta junto a la cama. Fingió que su respiración se volvía pesada y profunda, imitando el sueño de los sedados.

Jéssica ni siquiera la miró. Estaba demasiado ocupada haciéndose selfies.

Elisa sabía que la puerta al pasillo estaba cerrada con llave. Pero recordaba algo de la estructura de la casa. Era una construcción antigua remodelada. A veces, las habitaciones contiguas tenían puertas comunicantes que los dueños modernos simplemente tapaban con muebles.

Miró hacia el gran armario de roble pegado a la pared derecha. Detrás de ese mueble debía estar la conexión al despacho.

Esperó hasta que Jéssica cerró los ojos, aburrida. Eran las 2:00 de la mañana.

Elisa se deslizó de la cama como una sombra. No hizo ruido; estaba descalza. Se metió en el estrecho espacio entre el armario y la pared. Había polvo y telarañas, pero sus dedos encontraron lo que buscaba: el marco de una puerta antigua.

La perilla estaba oxidada. Elisa se sacó un pasador del pelo. Le tomó tres intentos y un sudor frío recorriéndole la espalda, pero el mecanismo viejo cedió con un clic casi imperceptible.

Empujó la puerta. Estaba duro, pero se abrió lo suficiente para que ella pasara de perfil.

El olor a tabaco caro y cuero la golpeó. Estaba dentro de la boca del lobo. Estaba en el despacho de Esteban.

Capítulo 6: La Máscara de la Pesadilla

La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal que daba al jardín y a la piscina, dos pisos abajo.

Elisa contuvo la respiración. Si había cámaras aquí, estaba muerta. Miró a las esquinas superiores. La luz roja de la cámara de seguridad estaba apagada. Esteban era tan paranoico con su propia privacidad que seguramente desactivaba la vigilancia en su santuario personal.

Se movió rápido hacia el escritorio de caoba. Encima, colgado en la pared, estaba el cuadro. Unos girasoles vibrantes, una réplica de Van Gogh.

Elisa se subió a la silla de cuero de Esteban y descolgó el cuadro con cuidado. Pesaba. Lo bajó al suelo y miró la parte trasera.

Ahí estaba.

Un sobre manila pegado con cinta adhesiva al marco de madera.

Con manos temblorosas, Elisa rasgó el sobre. Dentro había dos cosas: un documento legal y una tarjeta SD pequeña.

Desdobló el documento a la luz de la luna. “Fideicomiso y Última Voluntad”. Leyó rápido. La casa, las cuentas bancarias, las inversiones… todo estaba a nombre del padre de Sarah. Y todo, absolutamente todo, pasaba a ser propiedad exclusiva de Liliana al cumplir 21 años.

Esteban no tenía nada.

Pero había una cláusula macabra al final: “En caso de muerte prematura o incapacidad mental permanente de la beneficiaria (Liliana), la tutela total de los bienes pasará al padre superviviente, Esteban Garza.”

Ahí estaba el motivo. No era solo crueldad. Era codicia pura. Esteban necesitaba que Lili fuera declarada mentalmente incompetente o que muriera para tocar el dinero. Y Elisa era el peón perfecto: la madrastra testigo que declararía ante el juez sobre la “locura” de la niña.

—Maldito parásito —siseó Elisa.

Se guardó los documentos y la tarjeta SD en el sostén, junto con la memoria USB y la grabadora. Ahora tenía todo el arsenal.

Miró la computadora de escritorio de Esteban. La pantalla estaba en reposo. Movió el mouse y se iluminó pidiendo contraseña.

Probó con el cumpleaños de Esteban. Error.
Probó con el aniversario de bodas. Error.
Probó con la fecha de muerte de Sarah. Error.

Por instinto, tecleó el cumpleaños de Lili.

Acceso concedido.

El escritorio se abrió. Pero no había fondo de pantalla. Lo que llenaba el monitor era un sistema de videovigilancia en vivo.

Elisa se acercó a la pantalla y se tapó la boca para no gritar.

Había seis recuadros mostrando diferentes partes de la casa. Pero el recuadro inferior izquierdo mostraba la habitación de Lili en tiempo real.

En la pantalla, la puerta del cuarto de la niña se abría. Entraba una figura. Era Esteban.

Pero no llevaba su pijama de seda. Llevaba una máscara. Una máscara grotesca de látex, con la cara de una bruja vieja, cabello enmarañado y una boca sangrienta.

Elisa vio cómo Esteban se sentaba en la cama de su hija. Sacó algo de detrás de su espalda. Un cuchillo de cocina enorme, brillando en la visión nocturna de la cámara.

Zarandeó a Lili para despertarla.

La niña se despertó en la pantalla. Elisa no podía escuchar el audio, pero vio cómo Lili se encogía contra la cabecera, abriendo la boca en un grito silencioso de terror puro. Pataleaba, lloraba.

Esteban, con la máscara puesta, le acercaba el cuchillo a la cara, luego a su oso de peluche, haciendo gestos de cortar gargantas.

Esa era la “Mamá Mala” de los dibujos. Esteban se disfrazaba cada noche para torturar a su hija, haciéndole creer que una figura materna quería matarla. Por eso Lili gritaba cuando Elisa se acercaba. Por eso temblaba.

Esteban estaba destruyendo la mente de su hija en tiempo real.

La furia que sintió Elisa en ese momento borró todo su miedo. Agarró un trofeo de metal pesado que estaba en el escritorio. Iba a ir a esa habitación y le iba a abrir la cabeza a ese monstruo.

Se giró para correr hacia la puerta, pero se detuvo en seco.

Escuchó voces en el pasillo. Guardias. Y desde la puerta secreta del armario, escuchó la voz pastosa de Jéssica.

—¿Eh? ¿Por qué está abierta esa puerta? ¡Elisa!

Estaba rodeada. Jéssica venía por detrás. Los guardias estaban en el pasillo. Y en el monitor, Lili seguía siendo torturada.

Elisa miró el trofeo en su mano. Miró el gran ventanal. La única salida era saltar.

En ese instante, la puerta principal del despacho se abrió de golpe.

Entró el guardia de seguridad, el hombre corpulento de aspecto rudo. Detrás de él, Jéssica entró corriendo, despeinada y furiosa.

—¡Ahí está! —gritó Jéssica señalando a Elisa—. ¡Agárrala! ¡Se quería escapar!

El guardia dio un paso adelante, con la mano en su macana. Elisa retrocedió hasta chocar con el escritorio, levantando el trofeo como arma.

—¡No se acerquen! —gritó ella.

Al chocar con el escritorio, su codo golpeó el teclado. El monitor de la computadora, que había entrado en reposo un segundo, se encendió de nuevo, iluminando la habitación con la luz espectral de la escena de terror.

Los ojos del guardia se desviaron de Elisa a la pantalla gigante detrás de ella.

Se quedó paralizado.

En la pantalla, Esteban (con la máscara) estaba sosteniendo el cuchillo contra el cuello del oso de peluche, mientras Lili, su propia hija, se convulsionaba de pánico.

El guardia, un hombre que seguramente tenía familia, miró la pantalla con los ojos abiertos de par en par. El silencio en la habitación duró tres segundos eternos.

—¿Qué esperas, imbécil? —chilló Jéssica—. ¡Atrápala o le digo al señor Garza que te despida!

Elisa miró al guardia a los ojos. Bajó el trofeo ligeramente.

—Tiene una hija, ¿verdad? —le preguntó Elisa con voz temblorosa—. ¿Dejaría que le hicieran eso?

El guardia miró a Jéssica. Luego miró a Elisa. Luego miró la pantalla otra vez. Su mandíbula se tensó.

—Lo siento, señorita —dijo el guardia con voz grave.

Jéssica sonrió triunfal.

Pero el guardia no se movió hacia Elisa. Se giró hacia Jéssica.

—Pero no soy un monstruo.

¡PUM!

Con un movimiento rápido, el guardia le dio un golpe seco con la macana en el hombro a Jéssica, no para herirla gravemente, sino para incapacitarla. La mujer cayó al suelo gritando de dolor y sorpresa.

El guardia corrió hacia la puerta del despacho y le puso el seguro por dentro. Se giró hacia Elisa.

—Váyase, señora —dijo él, señalando la ventana—. ¡Salte a la alberca! Yo los detengo aquí. ¡Corra y busque ayuda para la niña!

Elisa no lo dudó.

—Gracias —jadeó.

Agarró una silla pesada y la lanzó con todas sus fuerzas contra el cristal del ventanal. El vidrio templado estalló en mil pedazos. El aire frío de la noche entró de golpe.

Sin mirar abajo, Elisa saltó al vacío.

La caída duró un segundo eterno.

El impacto contra el agua helada de la piscina fue brutal. El frío le sacó el aire de los pulmones, pero la adrenalina la hizo nadar hacia la superficie como un torpedo.

Salió del agua tosiendo, empapada y tiritando. Miró hacia arriba. En la ventana rota del despacho se oían gritos y golpes. El guardia estaba cumpliendo su palabra.

Tenía que sacar a Lili. Esa era su única meta. Pero sabía que si entraba empapada y desarmada, Esteban la mataría antes de llegar a las escaleras. Necesitaba una distracción masiva.

Corrió hacia el costado de la casa, donde estaban los generadores y la caja principal de fusibles. Abrió la caja metálica con las manos mojadas.

—A ver cómo te gusta la oscuridad, maldito —murmuró.

Bajó la palanca principal con fuerza.

CLACK.

Toda la propiedad se quedó negra al instante. Las luces del jardín, la seguridad, las cámaras… todo murió.

Un grito de frustración masculina se oyó desde el segundo piso.

—¡Maldita sea! ¡La luz!

Era su oportunidad. Elisa corrió hacia la reja peatonal de servicio. Sabía que, sin electricidad, el cerrojo magnético se liberaba automáticamente por seguridad. Empujó la reja. Se abrió.

Estaba en la calle. Descalza, mojada y con las pruebas de un crimen atroz pegadas a su pecho.

El asfalto frío le raspaba los pies, pero no sentía dolor. Corrió. Corrió como nunca había corrido en su vida, alejándose de la mansión de las pesadillas, buscando la luz de la única cosa que estaría abierta a esas horas: la tienda de conveniencia OXXO que estaba a un kilómetro de la entrada del residencial.

Ahí, bajo las luces fluorescentes y el olor a café barato, empezaría su contraataque.

PARTE 3: EL JUICIO DE FUEGO

Capítulo 7: La Transmisión

El encargado del turno nocturno del OXXO, un chico joven con audífonos, casi se cae de su banco cuando vio entrar a Elisa. Parecía salida de una película de terror: empapada, descalza, con el pijama pegado al cuerpo y una mirada que mezclaba pánico con una determinación feroz.

—¡Señora! ¿Está bien? ¿Quiere que llame a la policía? —preguntó el muchacho, quitándose los audífonos.

Elisa vio su reflejo en la puerta de los refrigeradores. Parecía una loca. Pero se irguió, sacando dignidad de donde no la tenía.

—Necesito un café bien cargado —dijo con voz firme, ignorando el temblor de sus manos—. Y necesito que me prestes un cargador para mi laptop. Te pagaré el doble.

El chico, asustado por la intensidad de su mirada, corrió a buscar un cargador en la vitrina de atrás. Elisa se sentó en el rincón más alejado, en una mesita alta, y sacó las memorias y la tarjeta SD de su ropa interior. Gracias a Dios, las había envuelto en una bolsa hermética que había agarrado del escritorio de Esteban antes de saltar. Estaban secas.

Conectó todo. Su laptop cobró vida.

Elisa no llamó a la policía local. Sabía que Esteban tenía contactos, que podía sobornar o manipular la situación antes de que ella pudiera decir una palabra. Necesitaba algo más grande. Necesitaba un aliado que odiara a Esteban tanto como ella.

Buscó en internet: Andrés Colina, abogado.

El hermano de Sarah. El hombre que, según el diario, Esteban había incriminado y enviado a la cárcel por fraude para quitarlo de en medio. Un artículo reciente decía: “Abogado Andrés Colina reconstruye su carrera tras ser exonerado”.

Encontró el número de emergencias de su bufete. Le mandó un mensaje encriptado:

“Sr. Colina, soy Elisa Garza, la nueva esposa de Esteban. Tengo pruebas de que su hermana Sarah fue asesinada. Y tengo pruebas de que Lili está siendo torturada ahora mismo. Necesito su ayuda para destruirlo.”

Un minuto después, su teléfono —que había logrado recuperar de la mesa del despacho antes de saltar— sonó.

—¿Quién es usted? —la voz al otro lado era profunda y cautelosa.

—Soy la mujer que acaba de escapar del infierno —respondió Elisa, mirando hacia la calle oscura—. Y tengo videos. Tengo el diario de Sarah. Tengo todo.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Se oyó el sonido de llaves y pasos rápidos.

—Dígame dónde está. Voy por usted. Y voy con refuerzos federales. No se mueva.

Mientras esperaba, Elisa comenzó a subir toda la evidencia a la nube. Videos, audios, fotos del diario. Creó un hilo en Twitter (ahora X), pero lo dejó en borrador. El título era: “Detrás de las puertas de Emerald Creek: La verdadera historia de un padre que creó un monstruo para robar la fortuna de su hija”.

De repente, una alerta de noticias de última hora apareció en la pantalla de la televisión que estaba colgada sobre la caja del OXXO.

“URGENTE: Incendio masivo en residencia de lujo en Lomas de Chapultepec. Bomberos en camino.”

El corazón de Elisa se detuvo. La dirección que aparecía en el cintillo rojo era la suya.

Esteban no la había perseguido. Estaba quemando la evidencia. Estaba quemando la casa.

—¡Lili! —gritó Elisa.

Dejó la laptop abierta, ignoró al cajero y salió corriendo de nuevo a la calle, hacia el humo negro que ya empezaba a manchar el cielo estrellado.

Sus pies sangraban, pero no sentía nada. Al llegar a la barricada de la entrada de su calle, vio el resplandor naranja. La mansión era una antorcha gigante.

Y ahí estaba él. Esteban.

Estaba arrodillado en el asfalto, frente a una patrulla de policía local que acababa de llegar. Tenía la ropa chamuscada y la cara manchada de hollín. Lloraba a gritos, golpeando el suelo con una actuación digna de un Oscar.

—¡Mi esposa! ¡Estaba loca, oficial! —aullaba Esteban—. ¡Tuvo un brote psicótico! ¡Se encerró en el cuarto con mi hija y prendió fuego a las cortinas! ¡Intenté abrir la puerta, pero las llamas…! ¡Oh Dios, mi niña!

Elisa sintió una bilis caliente subir por su garganta. Iba a culparla a ella. Iba a decir que ella mató a Lili y se suicidó. Iba a cobrar el seguro y la herencia, y quedaría como la pobre víctima viuda por segunda vez.

Estaba a punto de cruzar el cordón policial y lanzarse sobre él para desfigurarle la cara a arañazos, cuando una mano fuerte la jaló hacia las sombras de un árbol grande.

—¡Shhh! Señora, soy yo.

Era el guardia de seguridad. Tenía la cara golpeada y el uniforme roto, pero en sus brazos, envuelta en su chaqueta enorme, había un bulto pequeño que temblaba.

—¡Lili! —jadeó Elisa, cayendo de rodillas.

Lili levantó la cabeza. Tenía los ojos desorbitados, pero estaba viva. Al ver a Elisa, no gritó. No huyó. Se lanzó a sus brazos, enterrando la cara en su pecho mojado, sollozando sin control.

—La saqué por la puerta de servicio de la cocina justo cuando él empezó a rociar gasolina en el pasillo —susurró el guardia, temblando—. Lo vi, señora. Él lo hizo. Es un demonio.

—Gracias… gracias… —Elisa besaba la cabeza de Lili, mezclando sus lágrimas con el hollín en el cabello de la niña.

Un auto negro, un sedán elegante y blindado, frenó en seco junto a ellos en la oscuridad. La ventanilla trasera bajó.

Un hombre con gafas de pasta y una mandíbula tensa los miró. Andrés Colina.

—Suban —dijo. Su voz era acero puro.

Elisa, Lili y el guardia subieron al auto.

—¿Están bien? —preguntó Andrés, mirando a su sobrina con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—Vivas —respondió Elisa—. ¿Vio eso? —señaló hacia la calle donde Esteban seguía actuando para las cámaras de los noticieros que empezaban a llegar.

—Piensa que ganó —dijo Andrés, apretando el volante—. Piensa que están muertas ahí dentro.

Elisa sacó su teléfono. Abrió el borrador de su hilo en redes sociales. Adjuntó una última foto: una selfie borrosa que acababa de tomarse con Lili en el asiento trasero del auto, con el incendio de fondo.

—Vamos a dejar que disfrute su victoria esta noche —dijo Elisa con una frialdad que asustó incluso al abogado—. Mañana por la mañana, cuando se despierte pensando que es libre y millonario, vamos a asegurarnos de que todo México conozca su verdadera cara antes de que se tome su café.

Le dio a PUBLICAR.

Capítulo 8: El Final del Monstruo

A la mañana siguiente, el lobby del hospital privado donde habían llevado a Esteban estaba abarrotado de prensa. Él había convocado una conferencia para “agradecer el apoyo y pedir privacidad en su duelo”.

Estaba sentado en una silla de ruedas, con el brazo en un cabestrillo (aunque Elisa sabía que no tenía nada roto). A su lado, su madre lloraba en un pañuelo de encaje.

—Nunca pensé que Elisa fuera capaz de algo así —dijo Esteban ante los micrófonos, con la voz rota—. La amaba, intenté ayudarla con su depresión… pero su obsesión con mi hija se volvió… mortal. Perdóname, Lili. Papá falló en protegerte.

Los flashes disparaban. Los periodistas murmuraban con simpatía.

Pero entonces, un murmullo diferente comenzó a crecer en la sala. Los teléfonos de los reporteros empezaron a vibrar y sonar al unísono. Las caras de lástima cambiaron a confusión, luego a shock, y finalmente a horror.

Un periodista veterano levantó la mano, interrumpiendo el sollozo de Esteban.

—Señor Garza, usted dice que su esposa y su hija murieron en el incendio anoche, ¿correcto?

—Sí… —sollozó Esteban—. Los bomberos aún buscan sus restos…

—Entonces, ¿podría explicar quién está transmitiendo en vivo en la pantalla gigante detrás de usted?

Esteban se giró tan rápido que casi se cae de la silla.

En la enorme televisión de la sala de espera, el canal de noticias había cortado la transmisión regular. Aparecía un cintillo gigante: “EXCLUSIVA: SOBREVIVIENTES DE LOMAS DE CHAPULTEPEC ROMPEN EL SILENCIO”.

Y ahí estaba ella. Elisa. Sentada en una oficina elegante, con un moretón en la sien, pero peinada y vestida con un traje sastre prestado. En su regazo, Lili abrazaba una muñeca nueva.

—Mi nombre es Elisa Garza —la voz de Elisa retumbó en las bocinas del hospital—. Y esta es mi hija, Liliana. No morimos en un incendio. Escapamos de un intento de homicidio premeditado orquestado por mi esposo, Esteban Garza.

—¡Mentira! —gritó Esteban, poniéndose de pie de un salto, olvidando su supuesta lesión—. ¡Eso es un deepfake! ¡Es inteligencia artificial! ¡Apáguenlo!

Pero nadie le hizo caso. En la pantalla, la imagen cambió.

Ahora era el video de seguridad en blanco y negro. La fecha y hora eran claras. Se veía a Esteban entrando al cuarto de Lili con la máscara de bruja y el cuchillo. Se escuchaba el audio nítido:

“Si no gritas cuando ella se acerque, le cortaré la cabeza a tu oso.”

El silencio en el lobby fue sepulcral. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.

Luego, la pantalla mostró el video de Sarah. El testimonio desde la tumba.

“Esteban me empujó. Él quiere el dinero de Lili.”

El mundo de Esteban implosionó en segundos. La simpatía de la prensa se convirtió en una ola de furia.

—¡Asesino! —gritó alguien desde el fondo.
—¡Psicópata! —gritó otro.

Esteban retrocedió, pálido como un muerto, buscando una salida. Su madre, Doña Catalina, miraba la pantalla con la boca abierta, incapaz de articular palabra. Jéssica, que estaba escondida al fondo con unas gafas oscuras, intentó escabullirse hacia la salida de emergencia.

En ese momento, las puertas principales del hospital se abrieron de par en par.

No era una imagen en pantalla. Era Elisa. En carne y hueso.

Caminó por el pasillo central, flanqueada por Andrés Colina y un escuadrón de agentes federales de investigación. Sus pasos resonaban con autoridad.

Se detuvo a dos metros de Esteban.

—Buenos días, Esteban —dijo ella, mirándolo directamente a los ojos con una calma letal—. ¿Qué tal la actuación? Lástima que al público no le gustó el final.

—Tú… —gruñó él, con el rostro descompuesto por el odio—. ¡Maldita perra!

Esteban se lanzó hacia ella, con las manos listas para estrangularla.

No llegó ni a medio metro.

Dos agentes lo taclearon, estampándolo contra el suelo pulido del hospital. El sonido de las esposas cerrándose fue la música más dulce que Elisa había escuchado en su vida.

—¡Suéltenme! ¡Soy Esteban Garza! ¡No saben con quién se meten! —chillaba, pataleando como el niño berrinchudo que en el fondo era.

Andrés Colina se acercó y se inclinó sobre él.

—Oh, sabemos perfectamente quién eres. Eres el sospechoso principal de homicidio, tentativa de feminicidio, abuso infantil, incendio provocado y fraude. Y por cierto, tus cuentas están congeladas desde hace una hora.

Mientras se lo llevaban a rastras, Esteban buscó la mirada de Elisa una última vez.

—¡Me las vas a pagar, Elisa! ¡Voy a salir!

Elisa se acercó un paso más.

—Ahórrate la energía para la cárcel, Esteban —le susurró—. Lili ya recuerda todo. Recuerda que tú empujaste a su mamá por las escaleras. Y ya se lo contó a la policía.

El color abandonó el rostro de Esteban por completo. Su secreto final estaba fuera. Se quedó flácido, y los policías lo arrastraron fuera como un saco de basura.

Doña Catalina soltó un grito ahogado y se desmayó en los brazos de una enfermera.

Elisa respiró hondo. Por primera vez en meses, el aire sabía limpio.


Epílogo: Seis Meses Después

La vida en prisión para Esteban fue breve y brutal; las noticias decían que no la estaba pasando bien. Jéssica había sido detenida en el aeropuerto intentando huir a Miami. Catalina estaba en la ruina, viviendo de la caridad de parientes lejanos.

Pero a Elisa ya no le importaban. Eran fantasmas.

La tarde era dorada en el jardín de una casa modesta pero acogedora en San Pedro, lejos de los recuerdos de la mansión.

—¡Mami! ¡Mira!

Lili corría por el pasto, con las mejillas sonrosadas y sucia de tierra. Sostenía un dibujo en alto.

Elisa tomó el papel. Ya no había crayones rojos ni bocas negras.

Era un dibujo de tres personas bajo un sol sonriente. Una niña en medio, un hombre con gafas a un lado, y una mujer con el pelo largo y un corazón gigante en el pecho al otro lado.

Abajo decía: “La familia nueva de Lili”.

—Está hermoso, mi amor —dijo Elisa, limpiándole una mancha de chocolate de la mejilla—. ¿Y este guapo de lentes es el tío Andrés?

—¡Sí! —Lili asintió con entusiasmo—. Prometió que hoy volaríamos el papalote de águila.

El timbre sonó. Era Andrés, con una caja de pizza y un papalote enorme bajo el brazo. En estos seis meses, había pasado de ser su abogado a su roca, y quizás, algo más.

Más tarde, mientras el sol se ponía, Elisa llamó a Lili.

—Ven, mi cielo. Tienes el pelo hecho un nudo por el viento.

Lili corrió hacia ella. No hubo gritos. No hubo miedo.

La niña se quedó quieta, cerró los ojos y dejó que Elisa le pasara los dedos suavemente por el cabello para desenredarlo. Cuando terminó, Lili se dio la vuelta y abrazó a Elisa por la cintura, hundiendo su carita en su estómago.

—Gracias, mami —susurró—. Te quiero.

Elisa sintió que el corazón le explotaba. Se agachó y la abrazó fuerte, aspirando el olor a niñez y libertad.

—Yo también te quiero, Lili. Siempre.

Arriba, en el cielo que oscurecía, el papalote seguía volando alto, libre de las cuerdas que lo ataban al suelo, bailando con el viento hacia un futuro donde ya no había monstruos bajo la cama.

FIN

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