
PARTE 1: EL SILENCIO Y EL TRUENO
CAPÍTULO 1: LA NOTA IMPOSIBLE
El insulto resonó como un disparo en los techos altos y acústicos del salón de Teoría Musical Avanzada del Instituto Cumbres Altas. Era martes, tercera hora, y el sol de Monterrey entraba a raudales, iluminando el polvo que flotaba sobre los pianos de cola y los estudiantes que valían, cada uno, más que el edificio entero.
En la última fila, pegada a la pared como si quisiera fundirse con ella, estaba Elisa Méndez. No se movía. Apenas respiraba. Elisa no pertenecía allí, y el universo se encargaba de recordárselo cada minuto. Su uniforme, aunque limpio, era de segunda mano; la falda estaba un poco más deslavada que la de las demás, y el suéter tenía esas bolitas de lana que delatan el paso de los años y las muchas lavadas. Estaba en el Cumbres Altas solo por un tecnicismo histórico: la Beca Memorial Sargento Méndez, un fondo olvidado creado hace décadas en honor a su bisabuelo, un héroe local. La beca apenas cubría los libros, pero la administración la mantenía por imagen.
Al frente, la Profesora Castañeda, una mujer que llevaba más laca en el pelo que paciencia en el alma, señalaba la pantalla inteligente.
—Esto —anunció con su voz chillona y educada— es el aria de Der Hölle Rache. La Reina de la Noche de Mozart. Es la cumbre de la soprano de coloratura. Exige una agilidad vocal inhumana y un poder emocional devastador. Pocas profesionales en el mundo pueden dominarla sin parecer ridículas.
Una mano se alzó perezosamente en la segunda fila. Pertenecía a Santiago “Santi” Garza de la Garza.
—Profe —dijo Santi, arrastrando las palabras con esa confianza que solo da el saber que tu papá es dueño de la mitad de la ciudad. Ni siquiera se molestó en enderezarse en su silla—. Ya, en serio. Ninguna de nosotras puede cantar eso. Es puro grito. Suena como cuando pisas a un gato.
La clase soltó una carcajada colectiva. Era la risa de un grupo que sabe quién es el líder de la manada. Santi Garza era el dios de la preparatoria: guapo, rico, y con esa arrogancia natural de quien nunca ha escuchado la palabra “no”.
—No son gritos —dijo una voz suave desde el fondo.
El silencio que siguió fue instantáneo. Veinticuatro cabezas giraron al mismo tiempo. Elisa sintió cómo la sangre se le subía a la cara, calentándole las orejas hasta que dolían. Había hablado sin pensar. Sus manos, ásperas por el cloro y el jabón, empezaron a sudar frío.
Santi entrecerró los ojos. No sabía su nombre. Para él, ella era solo “la hija de la señora Sara”, la chica que a veces veía limpiando las mesas de la cafetería o trapeando los pasillos cuando se quedaban tarde a entrenar.
—Perdón —dijo Santi, girando en su silla con una sonrisa depredadora—. ¿Qué dijiste, chacha?
Elisa tragó saliva. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro atrapado.
—Dije que no son gritos —repitió, con la voz temblorosa pero clara—. La gente confunde los Fa sobreagudos con ruido, pero no lo son. Son el clímax de la furia de una reina. Es… es rabia pura. Se supone que debe ser afilado. Se supone que debe doler.
La Profesora Castañeda miró a Elisa con profunda molestia. No le gustaba que los becados hablaran, mucho menos que corrigieran a los apellidos importantes.
Pero la sonrisa de Santi se ensanchó. Esto era nuevo. Esto era entretenimiento. Se levantó, caminó hacia el frente con esa soltura de quien es dueño del piso que pisa, y pasó de largo el escritorio de la profesora. Tomó un libro viejo, uno de esos tomos de composiciones oscuras del siglo XX que nadie abría nunca, y lo hojeó dramáticamente.
Se detuvo.
Riiip.
El sonido del papel rasgándose fue violento en el silencio del aula. La Profesora Castañeda jadeó, pero no se atrevió a regañarlo. Santi caminó por el pasillo central hasta la última fila y dejó caer la hoja sobre el pupitre de Elisa. Aterrizó suavemente, como una sentencia.
La partitura era una pesadilla visual. Una maraña de notas negras, símbolos extraños y saltos imposibles.
—Muy bien —dijo Santi, y su risa fue coreada por sus amigos—. Ya que sabes tanto de música. Ya que sabes tanto de rabia.
Se inclinó cerca de ella. Olía a perfume caro y a menta. Bajó la voz a un susurro conspiratorio que todo el salón pudo escuchar perfectamente.
—Canta esto en el concurso del Día del Fundador. Cántalo aquí, en la escuela… y me caso contigo.
El salón estalló.
—¡Uuuy! —gritaron algunos.
—¡Graba, graba! —decían otros, sacando sus iPhones último modelo para capturar la humillación.
Elisa miró la hoja. El título apenas era legible: Elegía para una Estrella Fugaz.
Esperaban que llorara. Esperaban que saliera corriendo. No tenían idea de que acababan de cometer el error de sus vidas.
CAPÍTULO 2: LA VIDA A LAS 5 AM
Elisa Méndez vivía dos vidas.
De 8:00 AM a 3:00 PM era la estudiante invisible, la becada que comía su torta sola en una banca alejada. Pero su día real comenzaba mucho antes, y terminaba mucho después.
Vivía con su madre, Sara, en un pequeño departamento de interés social en Santa Catarina, a cuarenta minutos en camión de la zona rica de San Pedro. El lugar siempre olía a ungüento para el dolor muscular y a la comida que su madre preparaba para vender los fines de semana.
Sara era una guerrera, pero una guerrera cansada. Trabajaba limpiando casas ajenas y, por las tardes, limpiaba las oficinas administrativas del colegio. La tos de Sara era la banda sonora de sus noches; una tos seca, persistente, que no se iba con los jarabes de la farmacia de la esquina.
Elisa se despertaba a las 4:30 de la mañana. Se ponía su uniforme de trabajo (un pantalón de mezclilla viejo y una polo azul deslavada) y tomaba el primer camión hacia San Pedro. Entraba al colegio con la llave de servicio de su madre a las 5:00 AM.
De 5:00 a 6:00, el auditorio principal era suyo.
Estaba vacío. Estaba oscuro. La acústica era perfecta, diseñada por ingenieros alemanes para que hasta el susurro más leve se escuchara en la última butaca. Ese era su secreto. Esa era su iglesia.
Se paraba en el escenario masivo, iluminada solo por la luz de emergencia, y cantaba.
Cantaba las canciones que su abuela Rosa le había enseñado. La abuela Rosa no había sido rica, pero había tenido un don. Solía cantar ópera mientras hacía tortillas de harina, llenando su pequeña cocina con tragedias de reyes y reinas italianas. La abuela había muerto hacía dos años, pero la música se había quedado en los huesos de Elisa.
Cantar en el auditorio era el único momento en que Elisa no se sentía pobre. No se sentía sucia. No se sentía invisible. Se sentía poderosa.
A las 6:00 AM, la magia terminaba. Elisa corría a los vestidores de servicio, se cambiaba al uniforme escolar y ayudaba en la cafetería sirviendo desayunos antes de ir a clases. Veía pasar a Santi Garza y a su novia, Fernanda, pidiendo lattes de leche de almendra y croissants, ignorándola como si fuera una máquina expendedora.
Pero esa tarde, después del incidente de la partitura, algo cambió.
Elisa estaba de rodillas en el pasillo principal, fregando una mancha de refresco que alguien había tirado a propósito. La hoja de música, Elegía para una Estrella Fugaz, estaba doblada en su bolsillo. Le quemaba la pierna a través de la tela.
“Canta esto y me caso contigo”.
La humillación le ardía en el pecho, más caliente que el agua con cloro. Terminó su turno a las 7:00 PM, con el cuerpo adolorido. Caminó hacia la parada del camión bajo las luces naranjas de la calle, apretando la partitura en su puño.
Cuando llegó a casa, su madre ya estaba dormida en el sofá, con el uniforme puesto. Había un sobre nuevo sobre la mesa. Blanco, con el logotipo de un hospital privado. “Aviso de Cobro”.
Elisa sintió un hueco en el estómago. Sabía lo que era. Los estudios especiales que le habían hecho a su mamá el mes pasado. La deuda crecía como una mala hierba.
Se fue a su cuarto, que era apenas más grande que un armario, y alisó la hoja de música arrugada sobre su cama.
Era una pieza diseñada para romper a un cantante. Cambios de tiempo absurdos, saltos de octava violentos, y la letra… la letra estaba en húngaro.
—Cree que no soy nada —susurró a la pared despintada—. Todos creen que no soy nada.
Recordó a su bisabuelo, el Sargento Méndez. Recordó a su abuela Rosa, quien siempre le decía: “Tu voz es un regalo de Dios, mija. Es pecado dejarla guardada en la caja”.
Una ira lenta y fría empezó a formarse en su estómago. No era la ira explosiva de un berrinche; era la ira geológica de un volcán que despierta.
Miró la música otra vez.
—Quiere que cante esto —pensó—. Quiere que falle.
Al día siguiente, el colegio estaba tapizado de carteles:
GRAN CONCURSO DEL DÍA DEL FUNDADOR
PREMIO MAYOR: LA BECA PATRONATO
Beca completa para el Conservatorio Juilliard en Nueva York + Manutención completa.
Elisa se quedó helada frente al cartel. Juilliard. No era solo una escuela; era el Olimpo. Y la manutención… el premio en efectivo era suficiente para pagar las deudas del hospital, para sacar a su madre de limpiar pisos, para ser libres.
Pero había un problema. En letras chiquitas, abajo: “Se requiere firma de un profesor patrocinador”.
La Profesora Castañeda jamás firmaría. Se reiría en su cara.
Solo había otra opción. El Profesor Don Roberto.
Don Roberto era el otro maestro de música. Mientras Castañeda era toda imagen y política, Don Roberto era un hombre viejo, cansado, que olía a café rancio y tabaco. Enseñaba “Apreciación Musical” a los alumnos que solo querían créditos fáciles. Llevaba cuarenta años en el colegio y había visto pasar generaciones de niños ricos y malcriados. Estaba harto.
Elisa lo encontró en su pequeña oficina del sótano, entre pilas de discos de vinilo y partituras desordenadas.
—Profesor Roberto —dijo ella, con voz pequeña.
Él gruñó sin levantar la vista.
—¿Qué quieres?
—Necesito una firma. Para el concurso del Día del Fundador.
Don Roberto dejó de ordenar. Giró lentamente en su silla rechinante y la miró por encima de sus lentes bifocales.
—Tú eres Elisa Méndez. La chica de la clase de Castañeda.
—Sí, señor.
—La chica con la que el joven Garza hizo la apuesta.
Elisa sintió que la cara le ardía.
—No es por él, señor. Es por la beca. La beca del Patronato.
Don Roberto soltó una risa seca, sin humor.
—Mija, ¿tienes idea de lo que pides? Ese concurso no es para… bueno, no es para principiantes. Es un tanque de tiburones. Castañeda es la juez principal. Ya eligió a su ganadora: Fernanda, seguramente. Te van a comer viva.
—No me importa —dijo Elisa, y su voz ganó fuerza—. Tengo que intentarlo. Mi bisabuelo no se echó para atrás. Yo tampoco.
Don Roberto la miró fijamente. Algo en sus ojos viejos y cansados se encendió.
—Méndez… eres pariente del Sargento.
—Era mi bisabuelo.
Hubo un silencio largo. Don Roberto suspiró y se sentó al piano vertical que tenía en la esquina, desafinado y lleno de polvo.
—Muy bien. ¿Quieres mi firma? Tienes que ganártela. No voy a firmar mi nombre en una broma. No voy a dejar que te humillen otra vez.
Puso sus manos huesudas sobre las teclas.
—Canta esto —ordenó.
Tocó una escala simple, ascendente.
Elisa cerró los ojos. Se imaginó que estaba en el auditorio a las 5:00 AM, sola, segura.
Abrió la boca y cantó la escala.
Las manos de Don Roberto se congelaron sobre las teclas.
No era solo la afinación. Era el tono. Había una riqueza, una textura en su voz que él no había escuchado en décadas. Era cruda, sí, sin entrenamiento formal, pero estaba ahí. Era el sonido del talento puro, innegable.
Tocó una serie más compleja, un arpegio rápido. Elisa lo repitió, nota por nota, impecable.
Don Roberto giró en la banqueta y la miró de verdad por primera vez. Vio los zapatos gastados, el uniforme viejo, el cansancio en sus ojos… y el fuego.
—Dios santo —susurró—. ¿Cuánto tiempo llevas cantando?
—Toda mi vida, señor.
Él agarró una pluma y garabateó su nombre en el formulario con fuerza, casi rompiendo el papel.
—Las audiciones son este viernes. No solo estaré yo. Castañeda y un juez invitado estarán ahí.
—¿Qué debo cantar? —preguntó Elisa.
Don Roberto miró la hoja arrugada que Elisa traía en la mano, la Elegía que Santi le había tirado.
—Eso no —dijo con el ceño fruncido—. Todavía no. Eso es un arma nuclear, niña. Y tú todavía no sabes apuntar. Vamos a darles algo que no puedan atacar.
Revolvió en un montón de papeles y sacó una pieza sencilla y hermosa de Erik Satie. Je te veux.
—Esto —dijo—. Es simple. Es elegante. No hay dónde esconderse. Ellos esperan a una muchacha de limpieza que grite. Tú les vas a mostrar a una artista.
Elisa tomó la partitura.
—Gracias, Profesor.
—No me des las gracias —gruñó él, volviendo a sus discos—. Solo no seas terrible. Y prepárate, porque la guerra apenas empieza.
CAPÍTULO 3: EL VALS DE LOS INVISIBLES
Elisa llegó a su departamento esa tarde sintiendo que flotaba a tres centímetros del pavimento. El calor de Monterrey era sofocante, pero ella sentía un frío eléctrico recorriéndole la espalda. La firma de Don Roberto en el formulario era una mancha de tinta negra que pesaba como un contrato con el destino.
Al abrir la puerta, el olor a humedad y a “Rocainol” la devolvió a la realidad. Su madre estaba en la mesa de la cocina, rodeada de cupones de descuento recortados con precisión quirúrgica. El sobre blanco del hospital seguía ahí, cerrado, como un tiburón silencioso nadando en la mesa de formica.
—Llegas tarde, mija —dijo Sara sin levantar la vista. Tenía un lápiz detrás de la oreja y las ojeras marcadas como moratones—. Ya se enfriaron los frijoles.
—Tuve que quedarme —dijo Elisa, dejando la partitura de Satie sobre la mesa—. Mamá… voy a entrar al concurso. Al del Día del Fundador.
Sara dejó las tijeras. Se quitó los lentes y se frotó los ojos.
—¿El concurso de la escuela? —Su voz sonó cansada, temerosa—. Ay, Elisa. Ya hablamos de esto. Esa escuela es para ellos. No para nosotras. Tú tienes tus estudios, tienes el trabajo… no tenemos tiempo para juegos de ricos.
—No es un juego, mamá —la voz de Elisa salió firme, sorprendiéndolas a las dos—. El premio mayor. Es la Beca del Patronato. Paga la universidad completa en Nueva York. Y dan dinero. Mucho dinero para gastos.
Sara se quedó inmóvil. Miró a su hija, y luego miró el sobre del hospital. El silencio se estiró, tenso y doloroso.
—¿Nueva York? —susurró, como si hablara de Marte.
—Tengo que intentarlo, ma. La abuela Rosa… ella hubiera querido que lo intentara.
Al mencionar a la abuela, la expresión de Sara se rompió. Vio en los ojos de Elisa ese mismo brillo terco que tenía el Sargento Méndez en la vieja foto que colgaba en la sala.
—Ay, mi niña —dijo Sara, y la tos la interrumpió, un espasmo seco que sacudió su cuerpo delgado—. Está bien. Inténtalo. Pero no te hagas ilusiones, ¿sí? Esos Garza y esos de la Garza… no les gusta perder.
—No voy a perder —prometió Elisa.
El viernes de las audiciones, el salón de recitales del Instituto Cumbres Altas olía a perfume de diseñador y miedo.
Los pasillos estaban llenos de estudiantes calentando la voz. Se escuchaban arpegios perfectos, trinos italianos y risas nerviosas. Fernanda, la novia de Santi, estaba en el centro de todo, luciendo un vestido de ensayo que costaba más que el sueldo anual de Sara. Tenía a su coach vocal personal dándole agua Evian con popote.
Cuando Elisa entró, todavía con su uniforme escolar (que había intentado planchar esa mañana, pero las arrugas de la tela vieja eran tercas), el silencio se hizo notar.
—¿Qué hace aquí la de la limpieza? —preguntó Fernanda en voz alta a sus amigas—. ¿Va a trapear el escenario antes de que cantemos?
Las risas fueron crueles, agudas. Elisa bajó la mirada, apretando la partitura de Je te veux contra su pecho.
—Elisa Méndez —llamó el asistente desde la puerta.
Elisa entró. El salón era pequeño pero intimidante, con paneles de madera y un piano Steinway de gran cola que brillaba bajo las luces.
En la mesa del jurado había tres personas.
En el centro, la Profesora Castañeda, revisando su celular con aburrimiento.
A la izquierda, Don Roberto, mirando sus zapatos viejos.
Y a la derecha, una mujer elegante de cabello plateado que Elisa no conocía. Era Doña Elena Treviño, la presidenta del Patronato Cultural de San Pedro, una mujer temida y respetada por igual.
—Nombre y pieza, querida —dijo Doña Elena con una sonrisa amable.
—Elisa Méndez. Cantaré Je te veux de Erik Satie.
La pluma de la Profesora Castañeda se detuvo. Soltó una risita nasal.
—¿Satie? Qué… pintoresco. Una canción de cabaré. No es exactamente nivel de conservatorio, ¿verdad?
—Solo cante, señorita Méndez —gruñó Don Roberto.
El pianista acompañante, un chico nervioso de lentes, comenzó los acordes suaves, un vals lento y seductor.
Elisa cerró los ojos.
Olvida a Fernanda. Olvida a Santi. Olvida las deudas.
Estaba en el auditorio oscuro. Eran las 5:00 AM.
Abrió la boca y cantó.
No fue un grito. No fue una demostración de fuerza bruta. Fue una caricia. Su voz flotó en la sala, cálida, íntima, con un vibrato natural que sonaba a nostalgia pura. No estaba cantando notas; estaba contando una historia de deseo y soledad.
El pianista abrió los ojos, sorprendido, y suavizó su toque para seguirla a ella.
La Profesora Castañeda dejó el celular. Se enderezó, entrecerrando los ojos con una mezcla de confusión y disgusto. Esa voz… esa voz no debería salir de una chica con zapatos gastados.
Doña Elena Treviño tenía los ojos húmedos. Se había quitado los lentes y escuchaba con una intensidad absoluta.
Cuando la última nota se desvaneció, quedó un silencio denso.
—Bueno —dijo Castañeda rompiendo el hechizo, aclarándose la garganta—. Tu francés es aceptable. Pero la pieza es demasiado simple. No muestra rango. No hay técnica real. Es bonita para una fiesta familiar, pero para Juilliard…
—Disiento completamente —la interrumpió Doña Elena. Su voz era suave, pero tenía el peso del acero—. Eso fue lo más honesto que he escuchado en todo el día. Castañeda, llevamos tres horas escuchando gritos y acrobacias vacías. Esta niña tiene alma.
—Tiene talento —concedió Castañeda con frialdad—, pero es cruda. Sin entrenamiento. En la final la van a destrozar. Fernanda tiene una técnica impecable.
—Entonces hay que entrenarla —dijo Don Roberto, levantando la vista por primera vez—. ¿Para eso es la escuela, no? ¿O solo somos una fábrica de egos?
Castañeda lo fulminó con la mirada.
—Está dentro —sentenció Doña Elena, cerrando su carpeta—. Quiero ver qué hace en la final.
Elisa salió del salón temblando, con el corazón galopando en su garganta. Lo había logrado.
CAPÍTULO 4: FUEGO EN EL SÓTANO
La noticia corrió más rápido que un chisme en grupo de WhatsApp de mamás del colegio. Para cuando Elisa llegó a la cafetería para su turno de la tarde, todos sabían.
La “becada”, la “chacha”, estaba en la final.
Santi Garza estaba en la sala de alumnos VIP, jugando FIFA en la pantalla gigante, cuando Fernanda entró hecha una furia.
—¡No vas a creer esto! —gritó, tirando su bolso Louis Vuitton al sofá—. ¡Pasaron a la gata!
Santi pausó el juego.
—¿De qué hablas?
—Elisa. La de la limpieza. El viejo loco de Roberto y la señora Treviño la pasaron a la final. ¡Va a competir contra mí!
Los amigos de Santi soltaron carcajadas.
—Oye, Santi —dijo uno, dándole un codazo—. ¿No es esa tu prometida?
—¡Cierto! —se burló otro—. “Canta esto y me caso contigo”. ¡Wey, vete comprando el anillo!
La cara de Santi se oscureció. Su broma estúpida se estaba convirtiendo en un problema público.
—Ya cállense —dijo, poniéndose de pie—. Es solo una broma. La van a aplastar en la final. Fernanda canta ópera de verdad. Elisa cantó una cancioncita francesa.
Pero mientras salía de la sala, Santi sintió algo extraño en el estómago. Recordó la voz de Elisa en el salón de clases. “No son gritos. Es rabia”.
El lunes siguiente, el infierno comenzó para Elisa.
Don Roberto no estaba jugando.
—Tienes dos semanas —le dijo en cuanto ella entró a la oficina del sótano—. Vamos a reconstruirte desde cero. Olvídate de dormir. Olvídate de vivir. Vas a comer, respirar y soñar música.
El horario era brutal:
4:00 AM a 6:00 AM: Técnica vocal en el auditorio.
6:30 AM a 8:00 AM: Turno en la cafetería.
8:00 AM a 3:00 PM: Clases normales.
3:00 PM a 5:00 PM: Limpieza de aulas y baños (su trabajo).
5:00 PM a 8:00 PM: Teoría y ensayo con Don Roberto.
—¡Derecha! —le gritaba Don Roberto mientras ella intentaba mantener una nota alta—. ¡Tu columna es de acero! ¡No te encorves! ¡La pobreza se nota en la postura, Elisa, y tú eres una reina en ese escenario!
Le enseñó a respirar con el diafragma hasta que le dolieron las costillas. Le enseñó a proyectar la voz para que golpeara la última pared del auditorio sin esforzar la garganta.
Pero la verdadera tortura venía al final del día.
Don Roberto sacó de un cajón la hoja arrugada que Santi le había lanzado. La Elegía para una Estrella Fugaz.
—¿Por qué practicamos esto? —preguntó Elisa, secándose el sudor—. Dijiste que cantaría la de Satie en la final. Que era segura.
—La de Satie es para ganar la beca —dijo Don Roberto, con una mirada sombría—. Esta… esta es para ti. Y por si acaso.
Puso la partitura en el piano.
—El compositor era un húngaro que perdió a toda su familia en la guerra. Esto no es una canción, Elisa. Es un aullido. Es el sonido de alguien que ve su mundo arder y no puede hacer nada.
Elisa intentó cantarla. Las notas eran disonantes, extrañas. Su voz se quebraba. No le salía. Sonaba falso.
—¡Corte! —gritó Don Roberto golpeando el piano—. ¡Suenas como una niña rica que se rompió una uña! ¡Esto es dolor real!
—¡No puedo! —gritó Elisa, frustrada, con lágrimas en los ojos—. ¡Es demasiado difícil! ¡Es horrible!
—¿Qué te da rabia, Elisa? —preguntó él, bajando la voz, acercándose peligrosamente—. ¿Qué te duele?
—Nada…
—¿Te gusta limpiar la mierda de Santi Garza? ¿Te gusta ver a tu madre tosiendo sangre porque no tienes dinero para un médico decente?
Elisa se quedó helada.
—Cállese.
—¿Te gusta que se rían de ti? —insistió Don Roberto, implacable—. Santi Garza te tiró esto como si fueras basura. Cree que eres un chiste. Cree que vas a subir al escenario y vas a hacer el ridículo para que él se divierta. ¿Vas a dejar que tenga razón?
—¡QUE SE CALLE! —gritó Elisa.
Y entonces, cantó.
No pensó en las notas. Pensó en el sobre rojo de “Último Aviso” que había llegado esa mañana. Pensó en la cara de Fernanda burlándose de sus zapatos. Pensó en Santi y su risa fácil.
Abrió la boca y soltó la primera frase de la Elegía.
Fue un sonido gutural, oscuro, que subió hasta convertirse en un agudo que hizo vibrar los vidrios de la oficina. No era bonito. Era aterrador. Era puro fuego.
Don Roberto se quedó inmóvil, con las manos suspendidas sobre las teclas.
Elisa terminó la frase jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente.
—Bien —susurró Don Roberto. Tenía la piel de gallina—. Eso es. Ahora contrólalo. No dejes que el fuego te queme a ti. Quémalos a ellos.
Esa noche, al llegar a casa, Elisa encontró a su madre sentada en la oscuridad. La luz de la televisión iluminaba el sobre rojo sobre la mesa.
—Mamá… —empezó Elisa.
Sara levantó la vista. Tenía los ojos rojos de llorar.
—Llamaron del hospital, mija. Dijeron que si no pagamos el 50% de la deuda para el viernes… van a suspender el tratamiento.
Elisa sintió que el mundo se detenía. El tratamiento era lo único que mantenía a la tos a raya. Sin él…
Miró el sobre rojo. Luego miró sus manos, las manos que limpiaban pisos y tocaban pianos invisibles.
La competencia ya no era por orgullo. Ya no era por Juilliard.
Era una cuestión de vida o muerte.
—No te preocupes, mamá —dijo Elisa, y su voz sonó extraña, metálica, como la de un soldado antes de la batalla—. Yo lo arreglo.
—¿Cómo, mi niña? No tenemos…
—Dije que yo lo arreglo.
Se fue a su cuarto y sacó la Elegía. Las notas negras parecían mirarla desde el papel.
Santi Garza quería un espectáculo.
Elisa Méndez le iba a dar una guerra.
CAPÍTULO 5: VESTIDA DE DIGNIDAD
El día del concurso del Día del Fundador, el auditorio del Instituto Cumbres Altas parecía más una pasarela de moda de París que una escuela preparatoria.
Afuera, una fila interminable de camionetas blindadas y autos deportivos alemanes dejaba a padres en trajes de marca y madres con joyas que brillaban más que las luces del escenario. En primera fila, imponente como una estatua de granito, estaba Don Santiago Garza Padre, el hombre que prácticamente era dueño de la ciudad, mirando su reloj con impaciencia.
Tras bambalinas, el aire era irrespirable.
Fernanda estaba calentando en una esquina, rodeada de su séquito. Llevaba un vestido rojo de seda hecho a medida que gritaba “ganadora” desde un kilómetro de distancia. Santi Garza caminaba de un lado a otro, ajustándose la corbata, pálido. Él también competía con una pieza de piano compleja, pero no dejaba de mirar su celular, nervioso.
Elisa estaba en un pequeño camerino que solía ser un almacén de utilería.
Don Roberto tocó y entró. Llevaba un esmoquin que había visto mejores épocas, olía a naftalina, pero estaba cepillado impecablemente.
—Elisa.
Ella se giró frente al espejo manchado.
No tenía vestido de diseñador. Llevaba el único vestido elegante que su abuela Rosa había guardado en una caja de cedro durante treinta años. Era de un azul profundo, de corte antiguo, sencillo y recatado. Lo había lavado y planchado con un cuidado religioso.
—Parezco un fantasma —dijo ella, alisando la tela gastada.
—Pareces una dama —corrigió Don Roberto con voz firme—. Pareces la nieta del Sargento Méndez. Tienes dignidad, niña. Y eso no se compra en el Palacio de Hierro.
Le entregó un papelito doblado.
—Mis notas. Recuerda: respira. Apóyate en el piso. Cuéntales la historia. Haz que recuerden lo que es sentir algo de verdad.
—Tengo miedo, profesor.
—Bien. El miedo es gasolina. Úsalo. No dejes que te use a ti.
Don Roberto se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el marco de la puerta.
—Elisa… pase lo que pase allá afuera… ya ganaste. Porque te atreviste.
Elisa se quedó sola. Respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos. Salió al pasillo oscuro detrás del escenario.
Santi Garza estaba allí, recargado en la pared, escondiéndose de su padre. Cuando la vio, se enderezó. Sus ojos recorrieron el vestido azul antiguo, la trenza recogida con sencillez, la cara lavada.
Por primera vez, no vio a la “chacha”. Vio a una chica.
—Vaya —dijo Santi, intentando sonar casual, aunque la voz le falló—. La Cenicienta sí vino al baile.
Elisa lo miró a los ojos. Ya no había miedo. Solo una calma fría, de hielo seco.
—Sí, vine.
Santi se pasó una mano por el cabello perfectamente peinado. Parecía incómodo, culpable.
—Esa canción que vas a cantar… la de Satie. Es… es bonita. Pero Fernanda va a cantar un aria italiana. Técnicamente es perfecta. No vas a ganar con una canción de cuna, Elisa.
—No se trata de ganarle a Fernanda —dijo Elisa—. Ni siquiera se trata de ganar.
—¿Entonces de qué se trata?
Elisa pensó en el sobre rojo. En la tos de su madre.
—Es algo que tengo que hacer.
Santi dio un paso hacia ella, bajando la voz.
—Mira… sobre la broma. Lo de “cásate conmigo”.
—Lo recuerdo —cortó Elisa—. Fue muy gracioso.
—No, escucha —Santi miró a los lados, asegurándose de que nadie escuchara—. Tienes que saber algo. Fernanda… ella le dijo a todos una versión diferente.
Elisa frunció el ceño. —¿Qué versión?
—Les dijo que la apuesta era con la canción de Satie. Que yo te reté a cantar esa canción cursi y que, si lo hacías… era porque estabas desesperada por llamar mi atención. Porque eres una “cazafortunas” que quiere pescar al hijo del millonario.
Elisa sintió como si le hubieran vaciado una cubeta de agua helada.
—¿Qué?
—Creen que esto es tu declaración de amor patética hacia mí —dijo Santi, y por primera vez, parecía genuinamente avergonzado—. No se están riendo contigo, Elisa. Se están riendo de ti. Todos esperan que salgas a humillarte por amor al “príncipe”.
Elisa sintió que el piso se movía. Fernanda había convertido su única oportunidad, su acto de valentía, en un chiste romántico barato. Iba a salir al escenario y, cantara bien o mal, todos verían a la “pobre sirvienta enamorada del patrón”.
—¡Fernanda Cantú! —gritó el jefe de escena—. ¡Sigues tú!
Fernanda pasó junto a ellos como un huracán rojo. Le lanzó una mirada a Elisa, una sonrisa de suficiencia venenosa.
—Suerte, querida —susurró—. Trata de no manchar el escenario de cloro.
Fernanda salió. Los aplausos fueron educados pero estruendosos.
Elisa se quedó en la oscuridad del pasillo. La rabia que Don Roberto había intentado despertar en el sótano, esa rabia que le costaba encontrar… acababa de explotar en su pecho como una supernova.
Santi la miró, asustado por la expresión en su rostro.
—Elisa, lo siento…
—¿Lo sientes? —susurró ella. Su voz era irreconocible.
—Elisa Méndez —llamó el jefe de escena—. Al escenario.
Elisa miró a Santi una última vez. Sus ojos eran dos pozos oscuros de furia.
—¿Querías oír la Elegía para una Estrella Fugaz, Santiago? —dijo suavemente—. No tienes idea de lo que pediste.
Y sin mirar atrás, caminó hacia la luz.
CAPÍTULO 6: LA REINA DE LA NOCHE
Fernanda había sido perfecta. Su actuación fue una máquina de precisión suiza: notas altas clavadas, respiración exacta, postura de reina. El público la ovacionó. La Profesora Castañeda sonreía como si ella misma hubiera cantado.
—Y ahora —anunció Castañeda por el micrófono, con un tono que goteaba desdén—, nuestra última concursante. La señorita Elisa Méndez.
Elisa salió.
El cambio de energía en la sala fue palpable. Después del brillo y la seda roja de Fernanda, el vestido azul antiguo y la figura pequeña de Elisa parecían fuera de lugar.
Un murmullo recorrió las butacas de terciopelo.
—Es la de la limpieza… —susurraban.
—Dicen que está enamorada de Santi…
—Qué pena, pobrecita…
Elisa llegó al centro del escenario. La luz del reflector la cegó por un instante. Podía sentir las mil miradas clavadas en ella como alfileres.
El pianista comenzó los acordes suaves de Je te veux. El vals dulce. La canción segura.
Elisa abrió la boca.
—J’ai compris ta détresse… —cantó.
Pero su voz salió pequeña. Temblorosa.
El murmullo en la sala creció. Alguien soltó una risita en la tercera fila.
Elisa vio, en su mente, la cara de su madre recibiendo el aviso del hospital. Vio a Fernanda riéndose. Escuchó las palabras de Santi: “Creen que es tu declaración de amor”.
Cantar esa canción dulce y romántica en ese momento era una mentira. Era un insulto a su propia dignidad.
Su voz se quebró en la segunda frase. Se detuvo.
El pianista siguió tocando unos segundos más, confundido, hasta que se detuvo también.
El silencio fue absoluto y aterrador.
—Lo sabía —susurró Castañeda en la mesa del jurado—. Pánico escénico.
Castañeda se inclinó hacia el micrófono.
—Señorita Méndez, si no puede continuar, por favor baje del esce…
—No puedo cantar esto —dijo Elisa.
No estaba llorando. Su voz, amplificada por la acústica perfecta del lugar, sonó dura, seca.
—No puedo cantar esto porque es mentira.
El público jadeó. ¿Estaba hablando con los jueces?
Elisa dio un paso al frente, ignorando a Castañeda, ignorando al pianista. Buscó en la oscuridad de la sala hasta que encontró, o creyó encontrar, los ojos de Santi Garza.
—Hace unas semanas —dijo, y su voz ganó potencia, llenando el silencio—, el joven Garza hizo una broma. Arrancó una hoja de un libro y me la tiró a la cara. Me dijo: “Canta esto y me caso contigo”.
Un “¡Ooooh!” escandalizado recorrió el auditorio. Don Santiago Garza Padre se giró para fulminar a su hijo con la mirada. Santi se hundió en su asiento, deseando desaparecer.
—Fue un chiste cruel —continuó Elisa, temblando, no de miedo, sino de adrenalina pura—. Todos se rieron. Pensaron que una chica que limpia sus pisos, que sirve su comida, no podría ni leerla. Pensaron que yo era el chiste.
Elisa cerró los ojos un segundo. Respiró desde el diafragma, sintiendo su columna de acero.
—Tenía razón, joven Garza. Es una pieza imposible. Se llama Elegía para una Estrella Fugaz. Trata sobre la rabia, la pérdida y el dolor.
Abrió los ojos. Brillaban con lágrimas que no iba a derramar.
—Y es la única canción que me queda.
Se giró hacia el pianista.
—No la toques —le dijo—. No tienes la partitura.
—Pero… —balbuceó el chico.
—Yo lo hago sola.
Elisa se paró en el centro del escenario, sola, sin música, sin red de seguridad. Un punto azul en un mar de oscuridad.
Recordó el sótano. Recordó el hambre. Recordó el miedo.
Y soltó a la bestia.
La primera nota no fue humana.
Fue un lamento grave, profundo, que salió de sus entrañas y golpeó al público en el pecho como una onda expansiva. No era la voz dulce de Satie. Era una voz oscura, cargada de metal y sangre.
La Elegía comenzó.
Era una melodía rota, llena de saltos violentos que exigían una agilidad vocal monstruosa. Elisa no solo cantaba las notas; las atacaba. Subía a un agudo lacerante y caía a un grave gutural en cuestión de segundos.
La Profesora Castañeda tenía la boca abierta. Se le había caído la pluma. Esto no era posible. Esa técnica… esa potencia… no se aprendía limpiando baños.
Don Roberto, desde la entrada trasera, se agarraba del marco de la puerta, con los ojos llenos de lágrimas.
—Eso es, mija —susurraba—. Mátalos.
Elisa llegó a la parte central, la “sección del bosque oscuro” que Don Roberto decía que destrozaría sus cuerdas vocales.
Era una serie de escalas cromáticas ascendentes que imitaban un grito de desesperación.
Elisa no se contuvo. Soltó todo.
El sonido fue tan puro, tan dolorosamente afinado y tan cargado de una furia real, que la gente en las primeras filas se echó hacia atrás físicamente.
No estaban escuchando una canción. Estaban presenciando un exorcismo.
Santi Garza estaba paralizado. Miraba al escenario con terror y admiración. Él había creado eso. Él había empujado a esa chica tranquila al abismo, y ella había vuelto volando.
Elisa se acercó al final. La partitura pedía un diminuendo, un desvanecimiento suave.
Pero Elisa cambió el final.
Recordó el sobre rojo pagado con su humillación. Recordó a su abuela.
En lugar de desvanecerse, tomó todo el aire que le cabía en los pulmones y lanzó la nota final. Un Do sobreagudo sostenido.
Fue un rayo de luz blanca hecho sonido.
Claro. Potente. Interminable.
Sostuvo la nota cinco segundos. Diez. Quince.
Su cara estaba roja, las venas de su cuello marcadas, pero no soltó la nota. Obligó a cada persona en esa sala, a cada millonario, a cada alumno burlón, a escucharla. A verla.
Cortó la nota en seco.
El silencio que siguió fue más fuerte que el grito.
Elisa se quedó allí, jadeando, empapada en sudor, con el vestido de su abuela brillando bajo la luz.
Nadie se movió. Nadie respiró.
Había destruido el escenario. Y de paso, había destruido el mundo que ellos creían conocer.
CAPÍTULO 7: LA CAÍDA DE LOS ÍDOLOS
El silencio en el auditorio no era vacío; era pesado, una entidad física que aplastaba los pulmones de los mil asistentes. Elisa seguía en el centro del escenario, con el pecho agitado, el sudor pegando los mechones de cabello a su frente, mirando hacia la oscuridad cegadora de la sala. Había dado todo. Estaba vacía.
Un segundo. Dos segundos. Diez segundos de silencio absoluto.
Desde el fondo de la sala, cerca de las puertas de salida, se escuchó un sonido solitario.
Clap.
Pausa.
Clap.
Era Don Roberto. El viejo profesor estaba de pie, con las manos en alto, aplaudiendo lenta y solemnemente, con lágrimas corriendo libremente por su cara arrugada.
Entonces, en la primera fila, sucedió lo impensable.
Don Santiago Garza Padre, el hombre más temido de San Pedro, el magnate que rara vez sonreía, se puso de pie. Se ajustó el saco, miró a Elisa con una expresión de respeto absoluto —el respeto que un tiburón le tiene a otro— y comenzó a aplaudir.
Fue la chispa que incendió la pradera.
El auditorio estalló.
No fueron aplausos educados de ópera. Fue un rugido. La gente se puso de pie en masa. Los alumnos, los padres, los miembros del consejo, todos gritaban.
—¡Bravo! ¡Bravo!
Era una ovación de pie, estruendosa, violenta, catártica.
La Profesora Castañeda estaba pálida, hundida en su silla, incapaz de moverse. Sabía que acababa de presenciar el fin de su reinado de terror. Doña Elena Treviño, la jueza invitada, lloraba abiertamente y aplaudía con tanta fuerza que sus anillos chocaban.
Entre bambalinas, Fernanda veía la escena con la boca abierta. Su vestido rojo, su técnica perfecta, su coach vocal… nada importaba ya. Se dio cuenta, con un horror frío, de que ella era la nota al pie de página en la historia de Elisa.
En la tercera fila, Santi Garza seguía sentado. No aplaudía. Estaba en shock. Miraba a la chica en el escenario, esa chica pequeña con el vestido viejo, y sentía que el mundo se había inclinado sobre su eje. Él había querido burlarse de ella, y en su lugar, la había liberado. Se sentía pequeño, insignificante ante la magnitud de lo que acababa de escuchar.
Elisa dejó que el sonido la bañara. No sonrió. Solo asintió levemente, una vez, con la dignidad de una reina que recupera su trono. Se dio la vuelta y salió del escenario.
Cuando llegó al pasillo trasero, Don Roberto la estaba esperando. La abrazó, algo que nunca había hecho. El viejo profesor temblaba.
—Lo hiciste, mija —sollozó—. Dios santo, lo hiciste.
Elisa se recargó en él, sintiendo que las piernas le fallaban por fin.
—Ya terminó —susurró ella—. Ya terminó.
Esa noche, los resultados fueron una formalidad. No hubo debate. No hubo deliberación.
Elisa Méndez ganó la Beca del Patronato por decisión unánime.
El cheque gigante, la foto para el periódico, los abrazos falsos de la gente que la había ignorado durante años… todo pasó como en una neblina. Elisa solo pensaba en una cosa: el sobre rojo en su mesa.
CAPÍTULO 8: EL VALOR DEL SILENCIO
Una semana después, el pequeño departamento en Santa Catarina estaba lleno de cajas de cartón.
El aire ya no olía a miedo ni a enfermedad. Olía a café recién hecho y a esperanza.
Sobre la mesa de la cocina, el infame sobre rojo del hospital tenía un sello nuevo, estampado con tinta negra y gruesa: PAGADO.
El premio en efectivo del concurso había cubierto la deuda total, y sobraba suficiente para que Doña Sara no tuviera que trabajar en un año.
—¿Elisa? ¿Ya estás lista? —llamó Sara desde la cocina. Su voz sonaba diferente. La tos seguía ahí, pero era más leve, y había una ligereza en su tono que Elisa no había escuchado desde que era niña.
—Casi, ma —respondió Elisa. Estaba en su cuarto, guardando la foto de la abuela Rosa en su maleta.
Tocaron a la puerta abierta del departamento. Tres golpes secos.
Elisa se giró.
En el umbral estaba Santi Garza.
Pero no era el Santi del colegio. No llevaba su blazer de diseñador ni su reloj de oro. Llevaba unos jeans sencillos, una camiseta blanca de algodón y unos tenis Converse sucios. Se veía… normal. Casi humilde.
Elisa se tensó.
—¿Qué haces aquí?
Santi se rascó la nuca, incómodo. Miró el departamento pequeño, las paredes despintadas, las cajas. No había burla en sus ojos, solo curiosidad y vergüenza.
—Hola, Elisa.
—Hola.
Santi dio un paso adentro, vacilante.
—Mi papá… —empezó, y soltó una risa nerviosa—. Mi papá me castigó. Me quitó el coche, las tarjetas, el teléfono. Me dijo que soy una vergüenza para el apellido.
—Lo siento —dijo Elisa, aunque no lo sentía mucho.
—No lo sientas. Tiene razón. Me consiguió un trabajo. Aquí.
—¿Aquí? —Elisa arqueó una ceja.
—Abajo. En la tintorería. —Santi señaló el piso—. Voy a estar planchando camisas y repartiendo pedidos todo el verano. Dice que necesito aprender lo que cuesta ganar un peso.
Elisa casi sonrió. La imagen del “Rey del Colegio” sudando entre prensas de vapor era justicia poética pura.
—Vine a traerte esto —dijo él, sacando un sobre grueso y elegante de su bolsillo trasero—. Es de mi papá.
Elisa no lo tomó. —¿Qué es?
—Aparte de la beca… mi papá averiguó sobre tu bisabuelo. El Sargento Méndez. Dijo que es una desgracia que la familia de un héroe viva así. Creó un fondo vitalicio para tu mamá. Sus tratamientos, sus medicinas… todo está cubierto. Para siempre.
Elisa sintió un nudo en la garganta. Tomó el sobre con manos temblorosas.
—Gracias —susurró.
—Y esto… —Santi metió la mano en el otro bolsillo y sacó un papel arrugado y pegado con cinta adhesiva. Era la partitura de la Elegía para una Estrella Fugaz. La que él había arrancado. La que había sacado de la basura.
—La encontré en el bote de basura del auditorio después del concurso —dijo él, extendiéndosela—. Creo que te pertenece. Te ganaste cada nota.
Elisa tomó la música. Las notas negras ya no parecían monstruos. Parecían viejas amigas.
Santi se quedó allí un momento, mirándola. Había una admiración genuina en su mirada, algo que iba más allá de la atracción física.
—Oye, Elisa…
—¿Sí?
—Sobre lo que dije en clase. Lo de la boda.
Se puso rojo hasta las orejas.
—Sé que fui un idiota. Pero… bueno, ahora que voy a trabajar aquí abajo, tal vez cuando regreses de Nueva York, podríamos… no sé. Ir por un café. De verdad.
Elisa miró al chico que le había hecho la vida imposible, y vio que el niño mimado estaba empezando a romperse para dejar salir a un hombre decente.
Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero real.
—Santi.
—¿Sí?
—No me voy a casar contigo.
Santi soltó una carcajada, una risa real y honesta.
—Sí, me lo imaginé. Creo que sería mucho esposo para mí de todos modos.
—Mucha suerte con la plancha, Santiago.
—Suerte en Nueva York, Elisa Méndez.
Él se dio la vuelta y bajó las escaleras. Elisa escuchó el claxon de un auto viejo afuera. Era el Vocho de Don Roberto. Su carruaje al aeropuerto.
Elisa tomó su maleta y la partitura. Miró su cuarto vacío por última vez.
Recordó las madrugadas oscuras. El frío. El miedo.
Todo había valido la pena.
Su voz había sido un secreto envuelto en silencio, pero el silencio se había roto para siempre.
Salió al sol de la tarde, lista para que el mundo entero la escuchara.
FIN
TÍTULO: EL PRÍNCIPE DE LA TINTORERÍA Y LA REINA SIN CORONA
CAPÍTULO 1: EL DESPERTAR DEL REY CAÍDO
El despertador sonó a las 6:00 AM. Para la mayoría de la gente trabajadora de Nuevo León, esa era una hora normal, incluso tardía. Pero para Santiago Garza III, sonó como una alarma de incendio en medio de un sueño profundo.
Su mano buscó por instinto el iPhone 15 Pro Max en la mesa de noche, pero sus dedos solo encontraron madera vacía. Gruñó, recordando la realidad con una punzada de dolor en el estómago. No había teléfono. No había notificaciones de Instagram. No había mensajes de su “ganado” adulándolo.
Se sentó en la cama. Su habitación, antes un santuario de tecnología y caos adolescente, ahora se sentía como una celda de lujo. Su padre, Don Santiago, no bromeaba. Había cancelado el servicio de limpieza para su cuarto (“Si quieres vivir como un cerdo, vive en tu propia mugre”, le había dicho), le había quitado las llaves del BMW M4 y, lo más doloroso de todo, le había cortado el flujo de efectivo.
Santi bajó a la cocina. La casa estaba en silencio. La señora del servicio, Doña Mari, estaba preparando café. Cuando vio entrar a Santi, hubo un momento de incomodidad. Antes, Santi ni siquiera la hubiera saludado; habría pasado de largo exigiendo su licuado de proteína. Ahora, la miró. Realmente la miró. Vio las venas en sus manos, el cansancio en sus hombros. Recordó a Elisa. Recordó a la madre de Elisa.
—Buenos días, Mari —dijo Santi, con la voz ronca.
La mujer casi tira la cuchara del azúcar. Lo miró con los ojos muy abiertos, como si el muchacho hubiera hablado en arameo antiguo.
—Buenos días, joven Santiago. ¿Quiere desayunar?
—No tengo tiempo —dijo él, mirando el reloj de pared—. Tengo que… tengo que ir a trabajar.
Salió de la mansión en San Pedro. El calor de Monterrey ya empezaba a sentirse, esa promesa de un horno que se enciende a mediodía. Caminó hasta la parada del camión. Su padre le había dejado una tarjeta de transporte prepagada y 200 pesos en efectivo para la semana.
Subirse al camión fue una experiencia antropológica para él. El olor a humanidad, el reggaetón sonando en el celular de alguien sin audífonos, los empujones. Se sintió pequeño. Se sintió observado, aunque nadie lo miraba. Para ellos, él era solo otro estudiante con uniforme de trabajo, no el heredero de Industrias Garza. Esa invisibilidad, que antes le daba poder para hacer lo que quisiera sin consecuencias, ahora lo hacía sentir vulnerable.
Llegó a la “Tintorería La Espuma”, ubicada estratégicamente debajo de los departamentos de interés social donde vivía Elisa, pero que también daba servicio a la zona rica cercana.
El dueño, Don Chema, era un hombre bajo, calvo y con brazos que parecían troncos de mezquite. No le importaba quién era el papá de Santi.
—Llegas dos minutos tarde, principito —dijo Don Chema, señalando el reloj—. A la otra, te descuento el día. Ponte el mandil. Hoy te toca la prensa de vapor.
Santi miró la máquina industrial. Soltaba silbidos de vapor caliente como un dragón enojado. Tragó saliva.
—Sí, señor.
Mientras Santi luchaba con su primera camisa —una camisa que irónicamente era de la marca que él solía usar—, pensó en Elisa. Pensó en sus manos rojas por los químicos de limpieza. Pensó en cómo ella fregaba los pisos de la escuela mientras él jugaba videojuegos.
El vapor le golpeó la cara, caliente y húmedo.
—Esto es el infierno —murmuró.
—No, mijo —dijo Don Chema pasando a su lado con un montón de ropa sucia—. Esto es ganarse el pan. Bienvenido al mundo real.
CAPÍTULO 2: EL VACÍO EN LOS PASILLOS
Mientras Santi sudaba la gota gorda entre nubes de vapor, en el Instituto Cumbres Altas reinaba un ambiente extraño. Era como si hubiera explotado una bomba de silencio y todos estuvieran caminando entre los escombros.
La partida de Elisa Méndez había dejado un hueco que nadie sabía cómo llenar. No era que la extrañaran como amiga —casi nadie le hablaba—, pero su actuación en el concurso había cambiado la atmósfera. Los becados caminaban con la cabeza un poco más alta. Los “populares” estaban extrañamente callados.
Fernanda Cantú caminaba por el pasillo principal con sus amigas, las “Gossip Girls” de San Pedro. Llevaba su uniforme impecable y su cabello perfecto, pero había una grieta en su armadura.
Ya no era la reina indiscutible. Cuando entraba a un salón, las conversaciones se detenían un microsegundo. Sentía las miradas. No eran miradas de envidia, como antes. Eran miradas de curiosidad morbosa. Ahí va la que perdió contra la de la limpieza, parecían decir.
—No entiendo por qué todos siguen hablando de eso —dijo Fernanda, rompiendo el silencio tenso de su grupo—. O sea, cantó bien, equis. Pero fue puro drama. Puro show de lástima para que le dieran el dinero.
Sus amigas asintieron, pero sin convicción.
—Sí, obvio —dijo Camila, su mano derecha—. Además, Santi… pobre Santi. Dicen que su papá se volvió loco. ¿Alguien ha sabido de él?
—No me importa Santiago —espetó Fernanda, cerrando su casillero con demasiada fuerza—. Si él quiso jugar al héroe romántico con la “chacha”, es su problema. Yo tengo cosas más importantes. El recital de invierno viene pronto y Castañeda me prometió el solo.
Pero la realidad era que la Profesora Castañeda también estaba en la cuerda floja.
En la sala de maestros, el ambiente era gélido. Don Roberto, que solía ser el marginado, el profesor viejo que olía a naftalina, ahora era tratado con una reverencia incómoda. La directora del consejo escolar había venido personalmente a felicitarlo por “descubrir y pulir el talento oculto” de la escuela.
Castañeda, en cambio, estaba sentada en su escritorio, revisando partituras con manos temblorosas. Sabía que Doña Elena Treviño, la presidenta del Patronato, la tenía en la mira.
—Evelyn —dijo Don Roberto, entrando a la sala con su termo de café. Se veía más joven, más vivo que en años.
—Roberto —respondió ella sin levantar la vista.
—Tengo una nueva alumna para las tutorías de la tarde. Una chica de primer año. Becada.
Castañeda apretó los labios.
—¿Tiene talento?
—No lo sé —sonrió Don Roberto—. Pero tiene ganas. Y después de lo de Elisa… creo que ya no vamos a ignorar a nadie, ¿verdad?
Castañeda no respondió. El fantasma de la voz de Elisa, ese Do sobreagudo que había roto sus esquemas, seguía resonando en las paredes del departamento de música.
CAPÍTULO 3: LA LECCIÓN DE HUMILDAD
Habían pasado tres semanas. Las manos de Santi, antes suaves y cuidadas con cremas importadas, ahora tenían dos quemaduras pequeñas y la piel reseca. Le dolía la espalda baja de estar parado ocho horas seguidas.
Ese miércoles por la tarde, la campanilla de la puerta de la tintorería sonó.
Santi estaba de espaldas, colgando unos trajes en el riel giratorio automatizado.
—¡Bienvenido a La Espuma! —gritó, tratando de sonar profesional, aunque el cansancio le pesaba en los párpados.
—Vaya, vaya. Así que los rumores eran ciertos.
Santi se congeló. Conocía esa voz. Era una voz que había escuchado en fiestas, en viajes a la Isla del Padre, en los asientos traseros de su propio coche.
Se giró lentamente.
Fernanda estaba allí, parada en medio de la tintorería con ese aire de superioridad que solía parecerle atractivo y que ahora le resultaba insoportable. Detrás de ella estaban Camila y Jorge, dos de sus antiguos “amigos”. Jorge estaba grabando con su celular, riéndose por lo bajo.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Santi. Su voz salió firme, lo cual lo sorprendió.
—Vinimos a traerte trabajo, Santi —dijo Fernanda, poniendo un énfasis cruel en su nombre—. Digo, ya que ahora te dedicas al servicio al cliente, pensé que podrías ayudarme.
Fernanda puso sobre el mostrador un vestido. No era cualquier vestido. Era el vestido rojo que había usado en el concurso. El vestido de su derrota.
Pero estaba sucio. Tenía manchas oscuras y pegajosas que olían a vino tinto y refresco. Estaba hecho un desastre.
—Ups —dijo ella con una sonrisa inocente—. Tuve una fiesta el fin de semana y creo que alguien me tiró algo encima. Necesito que quede perfecto para el viernes. Y ten cuidado, es seda italiana. Si lo quemas con tus manitas torpes, tu papá lo va a tener que pagar.
Jorge soltó una carcajada y acercó el celular a la cara de Santi.
—Sonríe para la historia, bro. #ElPríncipeCaído.
Santi miró el vestido. Luego miró a Fernanda.
Hace un mes, él hubiera reaccionado con furia. Habría gritado, habría tirado el vestido al suelo, habría llamado a su papá para que despidiera a los padres de Jorge.
Pero algo había cambiado en esas tres semanas de vapor y sudor.
Santi miró las manos de Fernanda. Manicura perfecta. Piel suave. Nunca habían tocado un trapeador. Nunca se habían quemado con una plancha.
Recordó a Elisa fregando el piso mientras ellos se reían. Recordó cómo él mismo había contribuido a esa cultura de crueldad.
Santi respiró hondo. No sintió vergüenza. Sintió lástima.
Tomó el vestido con cuidado, revisando la etiqueta.
—Es limpieza en seco —dijo Santi con voz monótona y profesional—. Y las manchas de vino en seda son difíciles. Va a costar extra.
La sonrisa de Fernanda vaciló. Esperaba gritos. Esperaba humillación. No esperaba servicio al cliente.
—¿Me estás cobrando extra? —preguntó ella, indignada.
—Son las tarifas, señorita —dijo Santi, tecleando en la caja registradora vieja—. Si no le gusta, puede ir a la tintorería de la plaza comercial. Pero le van a cobrar el triple y se van a tardar una semana. Yo se lo tengo para el viernes.
Fernanda parpadeó. Jorge bajó el celular, aburrido por la falta de drama.
—¿Vas a limpiar mi vestido? —preguntó ella, confundida.
—Es mi trabajo —dijo Santi, mirándola a los ojos. Y en esa mirada, Fernanda vio algo que la asustó: Santi ya no era un niño jugando a ser rey. Santi era un adulto.
—Como sea —dijo ella, tirando un billete de 500 pesos sobre el mostrador—. Quédate con el cambio. Cómprate algo bonito.
Se dieron la vuelta para irse.
—Fernanda —la llamó Santi.
Ella se detuvo en la puerta.
—El cambio se abona a tu cuenta para la próxima —dijo él—. Aquí no aceptamos propinas por hacer bien nuestro trabajo.
Fernanda salió dando un portazo.
Don Chema, que había estado observando todo desde la trastienda, salió secándose las manos en un trapo. Miró a Santi, luego al vestido manchado.
—Esa huerquita tiene veneno en la sangre —dijo el viejo—. ¿Estás bien, muchacho?
Santi miró la puerta cerrada. Por primera vez en su vida, se sintió libre de la necesidad de impresionar a esa gente.
—Estoy bien, Don Chema. Enséñeme cómo sacar manchas de vino.
CAPÍTULO 4: LA VISITA INESPERADA
El viernes por la tarde, Santi estaba terminando de envolver el vestido rojo (que había quedado impecable, gracias a dos horas de trabajo meticuloso y la guía experta de Don Chema).
Estaba a punto de cerrar cuando un auto negro, blindado y enorme se estacionó frente al local.
Santi se tensó. Conocía ese auto.
La puerta del copiloto se abrió y bajó Don Santiago Garza Padre. Llevaba su traje italiano de costumbre, pero se había quitado la corbata. Entró a la tintorería. El aire acondicionado del local no funcionaba muy bien, y el contraste con el calor de afuera era brutal.
El padre miró el lugar. Miró el piso de linóleo gastado, la ropa girando en el riel, y finalmente, a su hijo.
Santi llevaba el mandil sucio. Tenía ojeras. Estaba despeinado.
Y Don Santiago nunca lo había visto con tanto orgullo.
—Papá —dijo Santi.
—Santiago —respondió el padre. Caminó hacia el mostrador—. Vine a recoger mis camisas. Mari me dijo que las trajiste tú mismo el lunes.
—Sí. Ya están listas.
Santi buscó el ticket, encontró las camisas, y las puso sobre el mostrador.
—Son 250 pesos.
Don Santiago sacó su cartera. Pagó.
Hubo un silencio incómodo. La relación entre ellos siempre había sido de transacciones: notas por regalos, comportamiento por dinero. Pero esto era diferente.
—Me llamó la señora Treviño —dijo el padre de repente—. Del Patronato.
Santi se tensó. —¿Qué pasó?
—Me contó lo que hiciste con el dinero del premio de Elisa. Que le diste la carta y el fondo para su madre.
Santi bajó la mirada.
—Pensé que te ibas a enojar. Era… era mucho dinero.
—Era mi dinero —corrigió el padre—. Pero fue tu idea.
Don Santiago se apoyó en el mostrador.
—¿Sabes por qué creé la empresa, Santiago?
—Para hacer dinero.
—No. Bueno, sí. Pero al principio… mi abuelo era sastre. Como este lugar. Se quemaba las manos igual que tú. Yo crecí oliendo a vapor y almidón.
Santi miró a su padre sorprendido. Nunca había escuchado esa historia. Siempre pensó que los Garza habían nacido con dinero.
—Cuando vi lo que hiciste en la escuela… esa apuesta estúpida… me avergoncé —dijo el padre, con voz dura—. No porque fueras cruel, sino porque te habías olvidado de dónde venimos. Pensaste que eras mejor que ella porque ella trabajaba con las manos.
El padre suspiró y miró las manos de su hijo, con las curitas en los dedos.
—Pero lo que hiciste después… ir a su casa, dar la cara, aceptar este castigo sin chistar… y enfrentarte a tus amiguitos el otro día…
—¿Supiste lo de Fernanda?
—En esta ciudad yo sé todo, hijo.
Don Santiago extendió la mano y puso una llave sobre el mostrador. Era la llave del BMW.
—Tu castigo termina hoy.
Santi miró la llave. El metal brillaba bajo la luz fluorescente. Representaba libertad, estatus, velocidad. Su vida anterior.
Miró a Don Chema, que estaba al fondo fingiendo no escuchar. Miró la prensa de vapor.
—No —dijo Santi.
El padre arqueó una ceja. —¿No?
—Todavía no termino, papá. Le prometí a Don Chema que me quedaría hasta el final del verano. No puedo dejarlo colgado con la carga de trabajo. Además…
Santi sonrió, una sonrisa torcida y cansada.
—Todavía no aprendo a planchar pantalones de lino sin dejarles doble raya.
Don Santiago miró a su hijo durante un largo minuto. Luego, una sonrisa muy pequeña, casi imperceptible, apareció en su rostro de piedra.
—Quédate con la llave. Úsalo para venir a trabajar. El camión tarda mucho y no quiero que llegues tarde. La puntualidad es virtud de reyes, Santiago.
El padre tomó sus camisas y caminó hacia la salida. Antes de abrir la puerta, se detuvo.
—Por cierto. Llegó esto a la casa. Para ti.
Sacó una postal del bolsillo de su saco y la dejó sobre una mesa de revistas viejas.
Luego salió.
CAPÍTULO 5: ECOS DESDE NUEVA YORK
Santi corrió a tomar la postal. Tenía una foto de la Estatua de la Libertad, pero vista desde un ángulo artístico, medio borroso, como si el fotógrafo estuviera en movimiento.
Le dio la vuelta. La letra era pequeña, cursiva y elegante.
Santiago:
Nueva York es ruidosa. Más ruidosa que la cafetería de la escuela a las 8 AM. A veces abruma. Pero luego encuentro un parque, o una sala de ensayo vacía, y recuerdo el auditorio a las 5 de la mañana.
El profesor de voz es un tirano. Creo que se llevaría bien con Don Roberto. Me dice que mi técnica es “salvaje”, pero que le gusta. Dice que tengo algo que no se puede enseñar.
Tu mamá está bien. Hablé con ella ayer por videollamada. Se ve más fuerte. Ya no tose tanto. Gracias, Santiago. De verdad. No sé si alguna vez pueda pagarte lo que hizo tu familia por nosotras.
Espero que la tintorería no sea tan mala. El trabajo honesto limpia el alma, ¿no? Eso decía mi abuela. Tal vez cuando regrese, te deje invitarme ese café. Pero vas a tener que ir a buscarme en camión, nada de BMWs.
Canta, aunque sea en la regadera. No dejes que se te olvide que tú también tienes voz.
Atte: Elisa.
PD: No quemes la ropa.
Santi rió. Leyó la posdata dos veces. “No quemes la ropa”.
Guardó la postal en el bolsillo de su mandil, justo sobre su corazón.
La puerta se abrió de nuevo. Entró una señora mayor con un abrigo pesado de lana.
—Buenas tardes, joven. ¿Aceptan abrigos de invierno?
Santi se alisó el mandil, se enderezó con la columna recta, como si fuera a cantar un aria, y sonrió.
—Buenas tardes, señora. Claro que sí. Déjeme ver la etiqueta.
Afuera, el sol de Monterrey empezaba a bajar, pintando el Cerro de la Silla de colores naranjas y violetas. Lejos, a miles de kilómetros, una chica cantaba escalas en una sala de práctica de Juilliard. Y allí, en una pequeña tintorería llena de vapor, un chico que solía ser un príncipe aprendía, por fin, a ser un hombre.
El silencio que Elisa había dejado se estaba llenando con nuevas historias. Y esta vez, eran historias que valía la pena contar.
FIN DEL SPIN-OFF