
PARTE 1: LA ILUSIÓN Y LA GRIETA
CAPÍTULO 1: El Príncipe de la Kermés
Déjame contarte algo, y quiero que me escuches bien. Mi nombre es Paulina, y cariño, lo que estoy a punto de compartir contigo va a sacudirte hasta los huesos. Esta historia no es solo sobre una traición cualquiera. Es sobre supervivencia, es sobre dignidad y, sobre todo, es sobre ese tipo de venganza que deja a la gente hablando por años en cada rincón del barrio.
Así que agarra tu café, o mejor, un tequilita, acomódate y déjame contarte cómo pasé de ser la esposa perfecta, la que todas las señoras de la iglesia ponían de ejemplo, a convertirme en la mujer que acaparó los titulares de los periódicos locales cuando los paramédicos tuvieron que separar a mi esposo infiel y a su amante. Literalmente pegados, como dos perros en la calle, gracias a un poco de pegamento escolar y mucha justicia divina. Pero antes de llegar a la parte jugosa, a ese momento en que cambié su precioso aceite por pegamento y dejé que el karma hiciera su magia, tenemos que empezar por el principio. Porque, hija, esta historia tiene más capas que un pastel de mil hojas, y cada capa importa.
Conocí a Toño en una kermés de la iglesia por allá del 2003. Dios mío, ese hombre estaba para comérselo. Media un metro ochenta y cinco, piel morena clara, y una sonrisa que podía iluminar todo el santuario de la Virgen. Trabajaba en la construcción en ese entonces, como maestro de obra, y siempre hablaba de sus grandes sueños. Me decía que iba a construir residenciales, que iba a poner su propia constructora, que iba a ser alguien importante. Y yo… bueno, yo tenía 22 años, recién salida de la universidad con mi título en administración, trabajando en un despacho contable en el centro.
Mis padres, Don Ernesto, que era diácono, y mi mamá Doña Rubí, se habían asegurado de que yo fuera una mujer educada e independiente antes de siquiera pensar en casarme. “Paulina”, me decía mi mamá mientras batía la masa para los tamales, “asegúrate de que puedes valerte por ti misma antes de dejar que un hombre te cuide. La independencia es el cimiento del respeto, mija”.
Mi papá era aún más directo, como buen norteño. “Mija, no te estoy criando para que seas la carga de nadie. Consigue tu título, consigue tu chamba, ten tu propio dinero. Luego, si llega un hombre que te merezca, bueno. Pero que no lo necesites. Que lo quieras. Hay una gran diferencia”.
Y no estaban jugando. Antes de que pudiera ponerme seria con alguien, mi papá se aseguró de que tuviera mi cuenta de ahorro en el banco, mi cochecito pagado y contactos en tres empresas diferentes por si necesitaba cambiar de jale. Mamá incluso me ayudó a empezar un pequeño negocio de banquetes los fines de semana, enseñándome sus recetas secretas de mole y cochinita pibil. Querían asegurarse de que su hija nunca tuviera que quedarse en una situación por no tener a dónde ir. Padres sabios, de verdad. Muy sabios.
Pero el amor… ay, el amor te hace hacer pendejadas a veces.
Toño me cortejó a la antigua, eso sí se lo reconozco. Misa todos los domingos, agarraditos de la mano durante el Padre Nuestro, saludando a mis padres con un “buenos días, suegros” lleno de respeto. Hablaba de nuestro futuro como si ya estuviera escrito en piedra y firmado ante notario. “Paulina, tú y yo vamos a construir algo hermoso. Te voy a tratar como la reina que eres”. Y, tonta de mí, le creí cada palabra.
Nos comprometimos al año y medio. Boda grande en la iglesia del pueblo en 2005. Vestido blanco ampon, cinco damas de honor vestidas de color durazno, recepción en el salón de eventos con grupo versátil. Mi mamá se aseguró de que todo fuera perfecto, y mi papá me llevó al altar con los ojos llenos de lágrimas. Me sentía flotando en las nubes, lista para empezar esa vida hermosa con mi marido.
Pero ya saben lo que dicen, la luna de miel no dura para siempre, y menos cuando hay hambre.
Tres meses después de casarnos, Toño perdió su trabajo en la obra. “Es temporal, flaca”, me dijo, tirado en el sofá en camiseta de tirantes y shorts de fútbol. “La constructora está haciendo recortes. Encontraré algo rápido, vas a ver”.
“Rápido” se convirtió en seis meses. Seis meses de yo levantándome a las 6:00 a.m. para agarrar el camión y el metro e irme a trabajar, mientras él roncaba hasta el mediodía. Seis meses de llegar a casa y encontrarlo en el mismo sofá, jugando Xbox o viendo la tele. Seis meses de preguntarle: “¿Metiste alguna solicitud hoy, amor?” y recibir jetas y mala actitud a cambio. “Paulina, deja de presionarme. Estoy viendo mis opciones. Un hombre necesita encontrar la oportunidad correcta, no agarrar cualquier chambita de chalán”.
¿La oportunidad correcta? ¡Por favor! Mientras tanto, los recibos no esperaban su “oportunidad correcta”. La renta vencía el día primero. A la Comisión Federal de Electricidad le valía gorro sus sentimientos. En el mercado no fiaban a esposos desempleados con el orgullo herido.
Así que yo di el paso al frente. ¿Qué más iba a hacer? Empecé a meter horas extra en el despacho. Agarré más eventos de banquetes con mi mamá los fines de semana. Y ¿saben qué? No me quejé. Eso es lo que hacen las esposas mexicanas, ¿no? Aguantamos vara, sostenemos el fuerte cuando el hombre flaquea. Eso fue lo que me enseñaron. Lo que creía en mi corazón.
Pero aquí está la cosa que me empezó a carcomer por dentro. No era solo el dinero. Era la forma en que él empezó a tratar mis esfuerzos como si no valieran nada. Como si el hecho de que yo nos mantuviera a flote fuera mi obligación y no una hazaña.
Un día, llegué a casa después de un turno de 12 horas. Teníamos cierre de mes y me quedé para sacar el bono. Entré a nuestro departamento chiquito, con los pies palpitando, lista para sentarme y tal vez pedir unos tacos porque estaba demasiado cansada para cocinar. Toño estaba en la sala con sus amigos, el “Tuercas” y el Beto, tragándose el pollo con mole que yo había dejado hecho la noche anterior, con envases de caguama vacíos en mi mesa de centro.
—Qué onda, flaca —dijo sin despegar la vista del partido de fútbol en la tele—. Se nos acabó la cheve. ¿Te lanzas al Oxxo por unas?
Me quedé parada ahí, todavía con mi ropa de oficina, con la bolsa pesada en el hombro, mirando a estos huevones que habían estado aplastados en mi sala todo el día mientras yo me partía el lomo.
—Toño, estoy muerta de cansancio —dije bajito.
—Ándale, amor. Es rapidito. Ya sabes cómo es cuando vienen los muchachos.
“Sus muchachos”. En mi departamento. Comiendo mi comida. Bebiendo mi cerveza comprada con mi sueldo. Pero fui a la tienda. ¿Saben por qué? Porque lo amaba. Porque creía que el matrimonio era sacrificio. Porque mi abuela siempre decía: “La mujer sabia edifica su casa”. Lo que no entendía entonces era la diferencia entre apoyar a un hombre que está pasando un mal momento y mantener a un parásito que está cómodo en su mediocridad.
CAPÍTULO 2: La Grieta en los Cimientos
Las cosas se pusieron peor cuando empezamos a intentar tener hijos. Después de un año de casados, pensamos que ya era hora. Toño estaba emocionado con la idea de ser papá, de tener a su “heredero”, y yo estaba lista para ser mamá. Pero pasaron los meses, y más meses, y nada.
—A lo mejor deberíamos ir al doctor —sugerí después de un año intentando.
—Yo no tengo nada malo —dijo, poniéndose todo defensivo, como gallito de pelea—. A veces estas cosas tardan, mujer. No seas desesperada.
Pero yo estaba preocupada. Hice cita con mi ginecóloga, la Dra. Villalobos. Me hizo ultrasonidos, análisis, de todo. Y todo salió normal. “Señora Paulina”, me dijo en su consultorio, “usted está perfectamente sana. A veces el problema es de la otra parte. ¿Su esposo se ha hecho estudios?”.
Cuando se lo mencioné a Toño, se puso furioso.
—¿Me estás diciendo que no soy lo suficientemente hombre para preñarte?
—Amor, no estoy diciendo eso. La doctora dijo que…
—¡Me vale madre lo que diga la doctora! ¡Yo estoy bien!
Pero insistí. Finalmente, después de meses de presión suave y una noche donde me quebré llorando, aceptó hacerse el conteo. Los resultados llegaron claros como el agua: Toño tenía conteo bajo y problemas de movilidad. Tratable, sí, pero definitivamente era la razón por la que no quedaba embarazada.
¿Y saben qué dijo cuando el doctor nos explicó esto?
—Esto no sale de este cuarto.
No dijo: “Vamos a ver cómo lo arreglamos”. No dijo: “Perdón por hacerte sentir que era tu culpa, mi amor”. Solo dijo: “Esto no sale de este cuarto”. Porque Dios nos libre de que su familia o sus amigos de la construcción se enteraran de que su precioso Toño tenía “balas de salva”.
Así que cuando mi suegra, Doña Dorotea, empezó a tirar indirectas en las comidas familiares sobre mi “vientre seco”, yo me callé. Cuando mi cuñada Vanessa empezó a preguntar para cuándo le daba sobrinos, yo solo sonreí y dije: “En los tiempos de Dios”. Cuando las señoras chismosas del barrio murmuraban, yo levantaba la cabeza. Mientras tanto, me moría por dentro. Cada comentario era una puñalada, especialmente sabiendo la verdad. Pero me quedé callada porque eso hacen las buenas esposas, ¿verdad? Protegemos el ego de cristal de nuestros maridos aunque nos cueste nuestra propia paz.
Finalmente quedé embarazada en 2008, después de tres años de intentar y dos años de tratamientos que YO pagué. Toño no puso ni un peso para esas consultas, ni para las medicinas, ni para los procedimientos. Pero cuando nació el pequeño Malik (bueno, le pusimos Mateo, pero le diremos Mateo para esta historia), hubieran pensado que Toño había movido montañas.
—¡Ese es mi muchacho! —anunció a todos en la sala de espera del Seguro Social—. ¡Les dije que les iba a dar un nieto varón!
Yo estaba ahí tirada, deshecha después de 18 horas de parto, viéndolo llevarse el crédito por algo que me había costado sangre, sudor y miles de mis pesos. Pero sonreí. Estaba tan feliz de ser mamá.
Y Toño pareció genuinamente emocionado de ser papá… por unos seis meses.
Una vez que la novedad pasó, una vez que Mateo empezó a llorar en la noche y a necesitar atención constante, una vez que ser padre se convirtió en trabajo real y no solo en presumir, Toño se desconectó otra vez.
—Flaca, ¿te puedes encargar tú de la toma de las 2 a.m.? Tengo que madrugar mañana.
Excepto que no tenía que madrugar. Finalmente había conseguido otro trabajo en una obra, pero era medio tiempo y usualmente se arrastraba fuera de la cama al último minuto posible.
—Toño, yo también trabajo. Estoy agotada.
—Sí, pero tú eres mejor con él. Las madres tienen ese instinto natural.
“Instinto natural”. Código para “no quiero hacer la parte difícil”. Así que yo hacía las tomas nocturnas, los cambios de pañal, las citas con el pediatra. Me sacaba leche en el baño de la oficina, corría a casa en mi hora de comida, arreglaba la guardería, y de alguna manera se esperaba que mantuviera la casa limpia, hiciera la cena y estuviera disponible para lo que el señorito Toño necesitara.
Tuvimos dos hijos más, Jazmín en 2010 y el pequeño Toñito Jr. en 2012. Con cada embarazo esperaba que las cosas fueran diferentes. Cada vez pensaba que tal vez, al ver crecer la familia, Toño maduraría. En cambio, se volvió más cómodo. “Paulina lo tiene bajo control”, se volvió su respuesta estándar. “Ella es buena para esas cosas de mamás”.
Pero lo que realmente me rompió el corazón no fue que no ayudara. Fue que ni siquiera podía reconocer lo que yo hacía. En su mente, tomar tres camiones, trabajar 10 horas y criar tres hijos no era un sacrificio; era simplemente “lo que me tocaba”.
Y la situación del dinero, uff, esa se puso peor.
Para el 2011, me habían ascendido a supervisora en el despacho. Ganaba decente, tenía prestaciones y mi negocio de banquetes estaba creciendo. Se corría la voz de que la hija de Doña Rubí tenía un sazón de los dioses. Mientras tanto, Toño seguía de chambitas temporales, siempre hablando de “armar su cuadrilla”, pero nunca haciéndolo.
Pero lo que me ardía la sangre era que, frente a la gente, él hablaba como el gran proveedor.
—Sí, estamos pensando en comprarnos una casa más grande —decía en las carnes asadas, con una mano en mi hombro y una Tecate en la otra—. Estamos viendo terrenos.
“Estamos”. Como si él tuviera algo que ver con el dinero que yo estaba ahorrando en secreto.
—A Toño le va tan bien —decía Doña Dorotea—. Cuida tan bien de Paulina y los niños.
Y yo ahí, asintiendo como mensa, protegiendo su orgullo. Creía que protegiendo su ego protegía mi matrimonio.
En 2013, finalmente junté lo suficiente para el enganche de una casa. No rentar, comprar. Una casa de verdad en una colonia buena, cerrada, con vigilancia. Había estado guardando cada centavo, reciclando uniformes, cazando ofertas.
—Amor —le dije a Toño enseñándole las fotos en la laptop—, mira esta casa. Es perfecta. Tres recámaras, jardín para los niños. Y ya tengo el enganche.
Vi cómo se le transformó la cara. No fue alegría. Fue envidia. Fue miedo.
—¿Cuánto es el enganche? —preguntó seco.
—Doscientos mil pesos. Los tengo ahorrados.
—¿Doscientos mil? —Su voz bajó de volumen—. ¿Tú ahorraste doscientos mil pesos sin decirme?
No sabía porque nunca le importaron las finanzas más allá de tener para sus vicios. Descubrir que su esposa tenía un capital guardado mientras él andaba pidiendo prestado para la gasolina le pegó duro en el machismo.
—No podemos costear una casa ahorita —dijo, cerrando la computadora de golpe.
—Pero ya tengo el dinero…
—¡Hay más gastos, Paulina! Mantenimiento, predial… ¿Qué tal si pierdo la chamba otra vez?
—Pues le hacemos como siempre, yo resuelvo.
Esa fue la frase equivocada. Le recordó que “resolver” siempre significaba que YO resolvía. Peleamos por semanas. Pero al final, tomé una decisión que cambió todo. Compré la casa de todos modos. Yo sola. Mi firma, mi crédito INFONAVIT cofinanciado con el banco, mis escrituras.
—Nos mudamos en tres semanas —le solté una noche.
—¿Compraste la casa sin mi permiso?
—Intenté hablarlo contigo. Solo me dabas excusas. Hice lo que tenía que hacer por mis hijos.
—El hombre es la cabeza del hogar, Paulina. El hombre decide estas cosas.
—Pues entonces sé la cabeza. Trae el dinero. Mantén a tu familia.
Se quedó callado porque sabía la verdad. Yo había sido la cabeza de esa familia por años; solo le había dejado usar la corona de cartón para que no llorara.
Mudarnos debió ser el momento más feliz, y lo fue al ver a mis hijos correr en un jardín seguro. Pero marcó el inicio del fin con Toño. Se volvió resentido, callado. Vivir en la casa que su mujer compró era un insulto diario para él. Y yo, tonta, seguía sin ver las señales de lo que se venía. No noté cuando empezó a arreglarse más, a perfumarse, a llegar tarde.
Hasta que encontré la botellita. Un aceite corporal caro, escondido en el bolsillo de sus pantalones de mezclilla sucios. Y ahí, amigas, fue donde la venda se me cayó de los ojos y se me encendió el foco.
PARTE 2: LA VENGANZA PEGAJOSA Y EL RENACER
CAPÍTULO 3: El Aceite de la Discordia
Encontré la botella a finales del 2014. Estaba revisando los bolsillos de sus pantalones antes de meterlos a la lavadora —porque Dios guarde que el señor vacíe sus propios bolsillos— y sentí el bulto. Era un frasco pequeño, de vidrio ámbar, con una etiqueta dorada medio desgastada que decía “Aceite de Masaje Sensual – Lavanda y Ylang Ylang”.
Me quedé helada frente a la lavadora. Toño no sabía qué era el Ylang Ylang. Toño pensaba que la crema corporal era “cosa de viejas”. ¿Qué hacía con esto?
Esa noche, cuando llegó, se lo mostré casualmente.
—Oye, amor, ¿y esto? Casi lo lavo.
Se puso pálido un segundo, pero recuperó el color rápido.
—Ah, eso. Me lo dio el “Gordo” en la obra. Dice que es buenísimo para los dolores de espalda después de cargar cemento. Me lo regaló porque a él le dio alergia.
—¿Aceite sensual para el dolor de espalda? —le pregunté arqueando una ceja.
—Pues es aceite, ¿no? Todo sirve pa’ lo mismo. Ya sabes cómo es el Gordo, compra puras tarugadas.
Lo dejé pasar. Quise creerle. Quise ser esa esposa que no desconfía. Pero sembró la duda. Y una vez que la duda entra, uno empieza a ver cosas que antes ignoraba. Empecé a notar que la botellita bajaba de nivel y luego aparecía llena otra vez. Toño se bañaba inmediatamente al llegar del trabajo, cosa que antes no hacía ni obligado. Empezó a lavar su propia ropa interior a mano “para que no se maltratara”. ¿Desde cuándo le importaban a él sus calzones agujereados?
Y luego, la distancia. Dejó de tocarme. En la cama, me daba la espalda y se quedaba en el celular hasta que yo me dormía. Si intentaba abrazarlo, se ponía rígido. “Estoy cansado, flaca”. “Me duele la espalda”. Siempre había una excusa. Mis hijos empezaron a notarlo.
—Mami —me dijo Mateo un día—, ¿por qué mi papá ya no juega con nosotros?
—Está cansado por el trabajo, mi amor.
—Pero siempre está en el teléfono sonriendo.
El golpe final llegó en la primavera de 2015. Fui al centro comercial con los niños a comprar útiles escolares. Estábamos en el área de comida rápida cuando Jazmín me jaló la blusa.
—Mami, ¿ese no es mi papá?
Volteé. Y ahí estaba. Mi esposo. El que supuestamente estaba “dobleteando turno” en una obra al otro lado de la ciudad. Estaba sentado en una mesa de McDonald’s, compartiendo un helado con una mujer. No era cualquier mujer. Era joven, bonita, con el pelo planchado y uñas acrílicas perfectas. Se reían. Él le limpió una mancha de helado de la nariz con una servilleta, con una ternura que no había tenido conmigo en años.
Sentí como si me hubieran echado un cubetazo de agua helada. Mis hijos lo vieron. Vieron a su padre con otra mujer.
—Vámonos —dije, empujando a los niños hacia la salida antes de que Toño nos viera.
—Pero mami, es papá —dijo Toñito Jr.
—No, mi amor. Se parece, pero no es. Papá está trabajando.
Les mentí para protegerlos, pero por dentro estaba hirviendo. Esa noche, cuando llegó, lo confronté.
—Te vi, Toño.
—¿De qué hablas?
—En el centro comercial. Con ella.
Se hizo el ofendido.
—Estás loca. Yo estaba trabajando. Seguro viste a alguien parecido. Tienes que dejar de ser tan celosa, Paulina, te estás imaginando cosas.
Me hizo sentir loca. Me hizo dudar de mis propios ojos. Eso se llama “gaslighting”, amigas, y es la herramienta favorita de los cobardes. Pero yo sabía lo que vi. Y sabía lo que tenía que hacer.
No iba a hacer un escándalo. No iba a gritar. Iba a darle una lección que nunca olvidaría.
Fui a una ferretería industrial lejos de mi colonia. Compré un pegamento de contacto de alta resistencia, de esos que usan para pegar suelas de zapatos o alfombras. Y compré aceite de bebé barato. Hice pruebas en mi cocina como si fuera una científica loca. Mezclé, probé texturas, hasta que logré una consistencia aceitosa pero terriblemente pegajosa al contacto con el calor y la fricción.
Vacié su preciosa botellita de “aceite para el dolor de espalda”, la lavé bien y la llené con mi mezcla especial. La puse de vuelta en su cajón. Y esperé.
El sábado 19 de marzo de 2016, Toño se arregló más de lo normal.
—Me salió una chambita urgente nocturna —dijo, echándose loción—. Voy a llegar tarde, no me esperes despierta.
Lo vi agarrar la botellita y metérsela al bolsillo.
—Que te vaya bien, amor —le dije con mi mejor sonrisa—. Cuídate la espalda.
En cuanto salió, llamé a mi comadre Mónica.
—Comadre, ya es hora. Tráete el coche.
—¿Vas a hacerlo?
—Vamos a ver el espectáculo.
Subí a los niños al coche de Mónica. “¿A dónde vamos, mami?”, preguntaron. “A dar un paseo nocturno”. Sabía a dónde iba Toño. Llevaba semanas rastreando su ubicación con una aplicación que le instalé en el celular cuando lo dejó desbloqueado. Motel Las Palmas, salida a la carretera, habitación 42.
Llegamos y nos estacionamos enfrente, discretamente. No tuvimos que esperar mucho. A los 40 minutos, se escucharon gritos. No gritos de placer. Gritos de terror.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡No nos podemos separar!
Se prendieron luces. Salió gente de otras habitaciones envuelta en toallas. Y luego, las sirenas. Una ambulancia, una patrulla. Vi a los paramédicos entrar corriendo a la habitación 42.
Mis hijos estaban medio dormidos en el asiento de atrás, pero Mónica y yo estábamos en primera fila. Sacaron una camilla. Y ahí venían. Toño y la mujer del centro comercial. Cubiertos con una sábana blanca, pero era evidente: estaban pegados. Uno encima del otro, en una posición… bueno, ya se imaginarán.
La gente grababa con sus celulares. Los paramédicos batallaban para subirlos a la ambulancia porque no cabían bien por la puerta en esa posición. Se escuchaba a Toño lloriquear: “¡Me arde! ¡Despéguennos ya!”.
Mónica se estaba orinando de la risa.
—Te pasaste de lanza, Paulina. Eres el diablo.
—No, comadre. Soy una mujer que se cansó de ser la tonta.
CAPÍTULO 4: El Hospital de la Vergüenza
Regresamos a casa. Acosté a los niños y me senté a esperar la llamada. Sonó a las 11:30 p.m. Era un número desconocido.
—¿Señora Paulina Jenkins? Habla la enfermera del Hospital General. Tenemos a su esposo aquí. Tuvo un… accidente.
—¿Está bien? —pregunté con mi mejor voz de preocupación.
—Está estable, pero… necesitamos que venga. Y traiga ropa. Tuvieron que… cortar la que traía puesta o lo que quedaba de ella. Y señora, venga preparada. Es una situación delicada.
Llegué al hospital en la mañana con los niños, porque no tenía con quién dejarlos (y porque quería que vieran a su padre “trabajador”). La sala de espera era un circo. Resulta que la familia de la “otra”, que se llamaba Berenice, ya estaba ahí. Y estaban furiosos.
Al parecer, Toño le había dicho a Berenice que era divorciado. Que vivía con su ex por los niños, pero que ya no teníamos nada que ver. ¡Háganme el favor!
Entré a la habitación y ahí estaban, en camas separadas pero empujadas juntas porque los doctores todavía estaban trabajando con solventes especiales para despegarlos sin arrancarles la piel. Olía a químico y a vergüenza.
—¿Paulina? —dijo Toño cuando me vio entrar con los niños. Tenía la cara roja como tomate.
—Hola, amor. La enfermera dijo que tuviste un accidente en el trabajo. —Miré a Berenice, que estaba llorando en silencio—. ¿Ella es tu compañera de la obra?
La mamá de Berenice se levantó de un salto.
—¿Usted es la esposa? ¡Este desgraciado nos dijo que estaba divorciado! ¡Le prometió matrimonio a mi hija!
—Señora, llevamos 10 años casados y muy felizmente —dije sacando mi INE donde salía mi dirección, la misma que la de él—. O eso creía yo hasta que su hija se le pegó a mi marido. Literalmente.
—¡Yo no sabía! —chilló Berenice—. ¡Él me dijo que tú estabas loca y que ya no lo querías!
Toño no sabía dónde meterse. Los niños miraban confundidos.
—Mami, ¿por qué papá está pegado a esa señora? —preguntó Mateo.
—Porque papá dijo mentiras, mi amor. Y las mentiras tienen patas cortas y pegamento fuerte.
El doctor nos pidió que saliéramos para seguir el procedimiento. Afuera, la familia de Berenice casi lincha a Toño (bueno, a la puerta, porque no podían entrar). Yo me mantuve serena.
—Toño —le dije antes de irme—, cuando logren despegarte, no vayas a la casa. Tus cosas van a estar en bolsas de basura en el patio de tu mamá.
—¡Paulina, no me puedes hacer esto! ¡Soy el hombre de la casa!
—Eras. Ahora eres el chiste del hospital.
CAPÍTULO 5: El Divorcio y la Guerra Sucia
Si pensaban que el episodio del pegamento y el hospital había sido el clímax de esta telenovela, estaban muy equivocadas. Aquello fue solo el piloto. La verdadera guerra, la de trincheras, la que te quita el sueño y te hace dudar de tu propia cordura, empezó el lunes siguiente a que dieran de alta a Toño.
Yo ingenuamente pensé que la humillación pública sería suficiente para que él agarrara sus cosas, bajara la cabeza y desapareciera un rato para lamerse las heridas. Creí que la vergüenza de haber salido en camilla, pegado a su amante como si fueran siameses de circo, le daría un poco de humildad. ¡Ja! Qué poco conocía yo el ego herido de un hombre mediocre.
Toño no sentía vergüenza. Sentía rabia. Y esa rabia tenía un solo objetivo: destruirme.
La Primera Llamada
La mañana del martes, mientras yo preparaba el desayuno para los niños intentando mantener una normalidad que ya no existía, sonó el teléfono de la casa. Era él.
—¿Ya terminaste tu numerito? —me soltó sin ni siquiera un “buenos días”. Su voz sonaba rasposa, cargada de veneno.
Respiré hondo, apretando el auricular.
—Si por numerito te refieres a que casi te quedas sin piel por andar de infiel, pues sí, supongo que ya terminó la parte médica. ¿Cómo te sientes, Toño? ¿Ya te puedes sentar o todavía te arde la conciencia?
—Cállate, Paulina. No tienes idea de lo que hiciste. Me humillaste frente a todo el mundo. Mi mamá no me habla, la familia de Berenice me quiere linchar y en la chamba ya me pusieron de apodo “El Pegajoso”.
Tuve que morderme la lengua para no soltar una carcajada, pero sabía que esto era serio.
—Tú te humillaste solo, Toño. Yo no te obligué a meterte a ese motel. Yo no te obligué a mentir durante dos años. Tú tomaste tus decisiones, yo solo aseguré que no se te “resbalaran” las consecuencias.
—Mira, no te estoy hablando para discutir estupideces —interrumpió—. Te hablo para decirte que voy a ir a la casa hoy en la tarde. Necesito ropa y voy a dormir ahí. Es mi casa también.
Sentí un frío en el estómago, pero recordé las palabras de mi padre: “El miedo no paga la renta, mija. Usted defienda lo suyo”.
—No, Toño. Tú no vas a poner un pie en esta casa.
—¿Perdón? —Se rió, una risa seca y fea—. Estamos casados por bienes mancomunados, Paulina. Esa casa es tan mía como tuya. No puedes prohibirme la entrada. La ley me ampara.
—La ley ampara a los dueños, Toño. Y si revisas bien, vas a ver quién pagó el enganche, quién paga la hipoteca y a nombre de quién están las escrituras. Pero si quieres venir, ven. Aquí te va a estar esperando una patrulla, porque ya pedí una orden de restricción temporal por violencia psicológica y conducta imprudente frente a menores. Tú decides: ¿quieres dormir en tu camita o en los separos?
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Sabía que estaba blofeando con lo de la orden —apenas iba a ver a la abogada esa tarde— pero él no lo sabía. Y Toño, en el fondo, era un cobarde.
—Me las vas a pagar, Paulina. Te juro que me las vas a pagar. Te voy a quitar todo. Los niños, la casa, el dinero. Te voy a dejar en la calle.
Colgó. Me quedé temblando, no de miedo, sino de pura adrenalina. Ahí supe que el Toño que yo amé, o el que creí amar, estaba muerto. Este era un enemigo. Y a los enemigos no se les da agua.
La Estrategia Legal: “La Tiburona” Washington
Esa misma tarde pedí permiso en el trabajo y fui al despacho de la Licenciada Patricia Washington. Me la había recomendado una amiga del trabajo que se divorció de un tipo que le escondía el dinero. Me dijo: “Esa mujer no litiga, esa mujer depreda. Es una tiburona”. Eso era exactamente lo que yo necesitaba.
Cuando entré a su oficina, con mis carpetas de recibos bajo el brazo y las ojeras marcadas, la Licenciada Washington me escaneó de arriba a abajo. Era una mujer imponente, de unos cincuenta años, siempre impecable.
—Siéntese, señora Jenkins. He escuchado rumores de un incidente en el Motel Las Palmas. ¿Usted es la arquitecta de esa obra de arte? —preguntó con una media sonrisa.
—Sí, licenciada. Soy yo.
—Brillante. Moralmente cuestionable, tal vez, pero legalmente… brillante. Nos da una ventaja táctica invaluable: prueba irrefutable de adulterio con testigos, reporte policial y registro médico. Ahora, dígame a qué nos enfrentamos.
Le conté todo. La amenaza de la mañana, su desempleo crónico, el hecho de que yo había pagado absolutamente todo desde hacía años.
—Él dice que quiere la mitad de la casa y la custodia de los niños —le dije con la voz quebrada—. Licenciada, esa casa es el patrimonio de mis hijos. No puedo dejar que se la quede o que la obligue a vender para gastarse el dinero en otra mujer.
La Licenciada Washington abrió mi carpeta de finanzas. Sus ojos se movían rápidos sobre los estados de cuenta, las facturas del hospital, los recibos de la escuela.
—Tranquila, Paulina. En este país, el régimen de bienes mancomunados es el estándar, sí. Pero… —Hizo una pausa dramática y sacó una pluma dorada— hay excepciones. Usted tiene una trazabilidad financiera perfecta. Aquí veo que el enganche salió de una cuenta que usted tenía desde antes del matrimonio o que alimentó sola. Veo que los pagos de la hipoteca salen de SU nómina. Veo que él tiene lagunas laborales de meses y meses donde su aporte al hogar fue cero.
—¿Entonces?
—Entonces vamos a alegar “enriquecimiento ilícito sin causa” por parte de él si intenta pedir la mitad. Pero más importante, vamos a usar la carta de la “conducta inmoral”. Un juez de lo familiar no ve con buenos ojos a un padre que gasta el dinero de la leche en moteles y aceites, mientras la madre trabaja doble turno.
—Él me amenazó con quitarme a los niños.
La abogada soltó una carcajada elegante.
—Los hombres como su marido siempre amenazan con eso, Paulina. Es su última carta para asustarla. Pero créame, hombres como Antonio no quieren a los niños; quieren no pagar pensión. Son cosas muy distintas. Vamos a solicitar el divorcio necesario por causal de adulterio, custodia total para usted, y pensión alimenticia.
—No tiene dinero para la pensión, licenciada.
—No me importa. Que se le acumule la deuda. Si no paga, no tiene derechos. Vamos a asfixiarlo legalmente hasta que firme lo que nosotros queramos. ¿Está lista para la guerra?
Asentí, sintiendo cómo me volvía el alma al cuerpo.
—Estoy lista.
La Campaña de Desprestigio
Pero Toño no esperó a los tribunales. Llevó la guerra a las calles, a la iglesia y al barrio.
El domingo siguiente, fui a misa con los niños como siempre. Al entrar, sentí las miradas. No eran miradas de apoyo; eran miradas de juicio. Vi a la Señora Candelaria, la chismosa oficial de la colonia, cuchicheando con otras dos señoras y señalándome discretamente con su abanico.
Al salir, mi comadre Mónica me jaló del brazo hacia un rincón del atrio.
—Comadre, tienes que saber lo que se está diciendo.
—¿Qué están diciendo ahora? ¿Que soy bruja?
—Peor. Toño ha estado yendo a la cantina y a la tienda de Don Pepe contando su versión. Dice que tú te volviste loca de celos infundados. Que lo del pegamento fue un intento de homicidio. Pero lo más grave… Paulina, está diciendo que tú tienes un amante.
—¿Qué?
—Dice que tú tienes un “sugar daddy” en el trabajo, que por eso te ascendieron tan rápido y que por eso tienes dinero para la casa. Dice que él “se buscó consuelo” porque tú lo tenías abandonado por andar de coscolina con tu jefe.
Sentí que la sangre me hervía en la cara. ¡El descaro! ¡La audacia de este infeliz! Yo, que llegaba a la casa con los pies hinchados de trabajar, que no tenía tiempo ni para pintarme las uñas, ¿ahora resultaba que tenía un amante rico?
—Déjalos que hablen, Mónica —dije, tratando de que los niños no me vieran llorar de coraje—. La verdad siempre sale a flote.
Pero el daño estaba hecho. Algunas personas me retiraron el saludo. La narrativa del “pobre hombre víctima de una mujer loca y ambiciosa” pega muy fuerte en una sociedad machista. Toño sabía exactamente qué botones apretar. Se hacía la víctima perfecta: el hombre sencillo, trabajador, desplazado por una mujer “moderna” y cruel.
El Sabotaje Laboral: Golpe Bajo
Dos semanas después, el ataque subió de nivel. Estaba yo en mi oficina revisando unas facturas cuando me llamó la directora de Recursos Humanos, la señora Henderson.
—Paulina, por favor cierra la puerta.
Mi corazón se detuvo. La señora Henderson siempre había sido amable, pero su cara era de funeral.
—¿Pasa algo, señora?
—Recibimos una llamada anónima esta mañana en la línea de ética de la empresa. Y también llegó un correo electrónico a la dirección general.
Me pasó una hoja impresa. Mis manos temblaban al leerla. Era un correo lleno de faltas de ortografía, pero con acusaciones gravísimas: “La empleada Paulina Jenkins está robando suministros de la empresa para su negocio personal de comida. Además, utiliza las horas de oficina para cocinar y vender dentro de las instalaciones, descuidando sus labores. Se adjuntan fotos”.
Las fotos eran borrosas. Se veía una figura (que podía ser yo) cargando unas cajas al salir del edificio. Eran cajas de archivo muerto que me habían regalado legalmente para reciclar, pero en el contexto del correo parecían mercancía robada.
—Señora Henderson, esto es mentira —dije, sintiendo que se me cerraba la garganta—. Esas cajas eran las que usted me autorizó llevarme el mes pasado. Y jamás, jamás he cocinado en horas de trabajo. Mi negocio de banquetes es de fin de semana.
—Lo sé, Paulina. O al menos, quiero creerlo. Pero la acusación menciona que estás “distrayendo recursos financieros”. Como supervisora de facturación, eso es muy delicado. Tengo que abrir una auditoría interna.
—¿Una auditoría? Pero eso va a manchar mi expediente…
—Es protocolo. Mientras dure la investigación, voy a tener que restringir tu acceso a las cuentas bancarias de la empresa. Y Paulina… el correo menciona detalles muy personales de tu vida. ¿Tienes idea de quién pudo enviar esto?
Claro que tenía idea. El correo estaba firmado por un tal “Ciudadano Preocupado”, pero olía a Toño a kilómetros. Él sabía que mi mayor miedo era perder mi trabajo, porque sin ese sueldo, mis hijos no comían.
Salí de esa oficina conteniendo el vómito. Me fui al baño y lloré cinco minutos de pura impotencia. Quería gritar, quería ir a buscarlo y arrastrarlo del pelo. Estaba jugando con la comida de sus propios hijos. ¿Qué clase de padre intenta que despidan a la madre de sus hijos?
Esa noche llamé a la Licenciada Washington.
—Esto es acoso, licenciada. Está intentando destruirme.
—Tranquila. ¿Tienen pruebas? No. ¿Usted ha robado algo? No. Entonces que hagan la auditoría. Saldrá limpia. Pero esto nos sirve, Paulina. Guárdeme ese correo. Si podemos probar que vino de una IP asociada a él o a algún cibercafé cerca de donde se está quedando, lo refundimos. Esto ya no es un divorcio, es una guerra de desgaste. Y usted tiene más resistencia.
La auditoría duró una semana infernal. Mis compañeros me miraban raro. Me sentía vigilada. Pero al final, como predijo la abogada, todo cuadró al centavo. No faltaba nada. La señora Henderson me pidió disculpas, pero el estrés de esos días me quitó cinco años de vida.
Manipulando a los Inocentes
Pero si el ataque al trabajo fue bajo, lo que hizo con los niños fue imperdonable.
El juez había dictado visitas supervisadas provisionales los fines de semana, pero Toño apeló diciendo que él no tenía dinero para pagar un supervisor y que su madre, Doña Dorotea, podía supervisar. El juez, queriendo fomentar la convivencia familiar, accedió. Grave error.
El primer sábado que se los llevó, yo estaba con el alma en un hilo. Cuando regresaron el domingo en la tarde, supe que algo andaba mal. Mateo, mi hijo mayor, venía callado, con la mirada oscura. Jazmín venía llorando.
—¿Qué pasó, mi amor? —le pregunté a Jazmín mientras le quitaba la mochila.
—Papá dice que ya no nos quieres —soltó ella entre hipidos.
Sentí como si me hubieran dado una cachetada. Me hinqué para estar a su altura.
—¿Qué? ¿Por qué dijo eso?
—Dijo que tú… que tú le robaste su casa y que ahora quieres traer a otro hombre a vivir ahí para que sea nuestro nuevo papá. Dijo que tú rompiste la familia porque te gusta más el dinero que nosotros.
Volteé a ver a Mateo. Él estaba parado en la puerta de la cocina, con los puños apretados.
—¿Es cierto, mamá? —me preguntó, con esa voz que empieza a cambiar a la adolescencia—. ¿Es cierto que le quitaste todo a mi papá y lo dejaste en la calle? Él está viviendo en un cuartito en casa de mi abuela, durmiendo en un sofá, mientras nosotros tenemos cada quien su cuarto. Dice que no es justo.
Respiré hondo. Quería matar a Antonio. Lo quería matar con mis propias manos. Estaba usando la pobreza que él mismo se buscó para manipular a un niño de 12 años.
—Siéntense los tres. Ahorita mismo.
Los senté en la mesa. Les serví leche con chocolate, aunque me temblaban las manos.
—Escúchenme bien. Su papá está triste y está enojado, y cuando la gente está así, a veces dice mentiras para que otros se sientan mal como ellos. Yo no le robé nada a nadie. Esta casa la compré yo, trabajando. Ustedes me han visto salir a las 6 de la mañana y regresar de noche. Ustedes me han visto cocinar banquetes los domingos. Todo lo que tenemos es fruto de trabajo, no de robo.
—Pero él no tiene dinero… —murmuró Mateo.
—Él es un adulto, hijo. Los adultos somos responsables de nuestras vidas. Si papá no tiene dinero, es porque papá necesita trabajar más o gastar menos en cosas que no debe. Yo no lo dejé en la calle; él tomó decisiones que lo sacaron de esta casa. Y sobre traer a otro hombre… —Los miré a los ojos—: En esta casa no entra nadie que no sea familia. Mi prioridad son ustedes. Que les quede claro: nadie los va a querer más que yo, y precisamente por eso, no voy a permitir que nadie les llene la cabeza de veneno.
Esa noche dormí con ellos en mi cama, abrazados, como si fuéramos náufragos en una balsa. Pero mi corazón se endureció un poco más. Toño había cruzado la línea sagrada.
El Incidente de la Visita (El Punto de Quiebre)
La guerra llegó a su fin de la manera más patética posible un mes después. Era miércoles, día de visita de media semana. Toño tenía que venir a cenar con los niños de 6 a 8 p.m.
Llegó a las 7:15. Desde que se bajó del coche (un Tsuru prestado que se caía a pedazos), noté que algo andaba mal. Caminaba chueco. Al llegar a la reja, el olor me golpeó antes de que hablara. Olía a mezcal barato y a chicles de menta tratando de disimularlo.
—Vengo… vengo a ver a mis hijos —balbuceó, recargándose en el timbre.
Salí hecha una furia, pero cerré la puerta detrás de mí para que los niños no vieran.
—Estás borracho, Antonio.
—Me eché un par de tequilas nada más… pa’l coraje. Déjame ver a mis hijos. Es mi derecho.
—Tu derecho termina donde empieza la seguridad de ellos. No vas a entrar así a mi casa. Mírate, das pena. Ni siquiera te puedes sostener en pie.
—¡Tú te crees mucho! —gritó, y vi cómo se asomaban los vecinos—. ¡Te crees la gran señora porque tienes tu negocio y tu casita! ¡Pero no eres nada sin mí! ¡Yo te hice mujer!
Saqué mi celular discretamente y empecé a grabar.
—Vete, Toño. O llamo a la policía.
—¡Llama a quien quieras! ¡Quiero ver a Mateo! ¡Mateo! —empezó a gritar hacia la ventana de arriba.
En ese momento, la puerta se abrió y salió Mateo.
—Papá, vete por favor —dijo mi hijo, con lágrimas en los ojos y una vergüenza que ningún niño debería sentir por su padre—. Estás borracho. Nos estás avergonzando.
Toño se quedó helado. Ver el rechazo en los ojos de su hijo varón, su orgullo, fue un golpe que ni el pegamento pudo darle.
—¿Tú también? —dijo Toño, arrastrando las palabras—. ¿Tú también estás contra mí?
—Vete, papá. Por favor.
Toño me miró con un odio puro, escupió al suelo cerca de mis zapatos y se tambaleó de regreso al coche.
—Esto no se queda así —masculló.
Cuando arrancó y se fue zigzagueando por la calle, terminé de grabar el video. Entré a la casa, abracé a Mateo que lloraba en silencio, y le mandé el video a la Licenciada Washington con un mensaje: “Se acabó. Destrúyelo”.
El Juicio Final
La audiencia definitiva fue dos semanas después. Toño llegó con un abogado de oficio que se veía tan cansado como su traje. Él intentó ir bien vestido, pero se le notaba la derrota en los hombros.
Cuando entramos a la sala, la Licenciada Washington era una máquina de guerra. No tuvo piedad.
—Su Señoría —empezó—, estamos ante un caso claro de alienación parental, acoso laboral y negligencia criminal. El señor Antonio no solo ha incumplido con sus obligaciones alimentarias desde el nacimiento de sus hijos, sino que ahora, activamente, intenta sabotear la fuente de ingresos de la madre, poniendo en riesgo el sustento de los menores.
Presentó todo. El reporte médico del hospital (con fotos incluidas, el juez tuvo que ajustarse los lentes para creer lo que veía). Los estados de cuenta bancarios que mostraban cero aportaciones de él en años. La carta de Recursos Humanos sobre la llamada anónima y el resultado de la auditoría. Y, finalmente, el video de él borracho gritando fuera de mi casa.
El abogado de Toño intentó alegar que él estaba “deprimido” por la separación y que era un “buen hombre que cometió errores”.
El juez, un hombre mayor con cara de pocos amigos, detuvo al abogado con un gesto de la mano. Se dirigió directamente a Toño.
—Señor Antonio, he visto muchas cosas en esta corte. He visto padres pelear por amor a sus hijos. Pero lo que veo aquí es a un hombre peleando por su ego. Usted no está pidiendo custodia porque quiera cuidar a los niños; si quisiera cuidarlos, no llegaría intoxicado a su casa un miércoles por la noche. Usted quiere la custodia para no pagar, y quiere la casa para no trabajar.
Toño intentó protestar:
—Es que ella me provocó, Su Señoría. Ella…
—¡Silencio! —tronó el juez—. La señora Paulina ha demostrado ser la proveedora única, la cuidadora principal y la única adulta responsable en esta ecuación.
El fallo fue devastador para él y glorioso para mí.
- Divorcio concedido por causal de adulterio y violencia intrafamiliar.
- Custodia total para mí. Él se quedaba solo con visitas supervisadas en un centro de convivencia familiar del estado (CECOFAM), dos horas cada quince días. Nada de llevárselos con la abuela.
- Pérdida de derechos sobre la casa. El juez determinó que, al haber yo demostrado que el 100% de los pagos vinieron de mi cuenta, la casa se quedaba conmigo. A él le tocaba… su ropa y sus herramientas.
- Orden de restricción permanente. No podía acercarse a mi trabajo ni a mi domicilio a menos de 500 metros.
Cuando salimos del juzgado, Toño estaba sentado en una banca del pasillo, con la cabeza entre las manos. Berenice ya lo había dejado definitivamente (se enteró de que él usaba el dinero que ella le prestaba para pagar las copas). Su mamá estaba decepcionada. Sus hijos le tenían miedo.
Me detuve un segundo frente a él. La Licenciada Washington me hizo un gesto de “vámonos”, pero yo necesitaba cerrar esto.
—Toño —le dije suavemente.
Levantó la vista. Tenía los ojos rojos.
—¿Estás contenta? —me preguntó—. Me quitaste todo.
—No, Toño. Yo no te quité nada. Tú lo tiraste todo a la basura por una aventura y por tu orgullo. Pudiste haber sido un buen padre divorciado. Pudiste haber sido un hombre decente. Pero elegiste la guerra sucia. Y en la guerra, el que tiene la verdad y los recibos, siempre gana.
—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó, y por primera vez sonó como un niño perdido, no como el macho que pretendía ser.
—Eso, Toño, ya no es mi problema. Por primera vez en diez años, tu vida es tu problema. Resuélvelo.
Me di la media vuelta y caminé hacia la salida, donde el sol brillaba fuerte sobre la calle. Mis tacones resonaban en el piso de mármol: clac, clac, clac. Sonaba a música. Sonaba a libertad. Sonaba a victoria.
Esa noche, cené pizza con mis hijos en el suelo de la sala, riéndonos de cualquier tontería en la televisión. No había hombre en la casa, es cierto. Pero tampoco había mentiras, ni borrachos, ni miedo. Y por primera vez en mucho tiempo, supe que todo iba a estar bien. La guerra había terminado. Y la Reina seguía en su trono.
CAPÍTULO 6: El Renacer de la Reina (Y de Cómo el Mole Cura el Alma)
El Silencio que ya no Pesaba
Dicen que cuando te quitas un zapato que te aprieta, el alivio es inmediato. Pero cuando te quitas a un marido que te asfixia, el alivio viene en oleadas. La primera semana después de que el juez dictó sentencia y Toño tuvo prohibido acercarse a mi casa, lo primero que noté no fue la soledad, sino el silencio.
Pero no era ese silencio incómodo y tenso de antes, cuando Toño estaba en la sala con su jeta de pocos amigos y todos teníamos que caminar de puntitas para no “molestar al señor”. No. Este era un silencio de paz. Un silencio limpio.
Me desperté ese primer sábado “libre” a las 7:00 a.m. por costumbre. Me quedé mirando el techo, esperando sentir esa opresión en el pecho, esa ansiedad de “¿qué humor traerá hoy?”, “¿me pedirá dinero?”, “¿olerá a perfume barato?”. Pero no había nada. La cama era enorme y era toda mía. Las sábanas olían a mi suavizante de lavanda, no a sudor rancio ni a mentiras.
Me estiré como gato, ocupando todo el espacio, en diagonal.
—Buenos días, Paulina —me dije a mí misma en voz alta—. Bienvenida a tu vida.
Bajé a la cocina. Mis hijos seguían dormidos. Antes, yo ya estaría corriendo, haciendo chilaquiles para el rey, planchando su ropa, atendiendo sus caprichos. Ese día, me hice un café de olla con mucha canela, me serví en mi taza favorita (la que él decía que estaba “naca” porque era de barro) y me salí al jardín.
Miré mis plantas, mis rosales que había descuidado por andar cuidando a un hombre grande. Y ahí, con el sol pegándome en la cara, me hice una promesa: Nunca más. Nunca más voy a hacerme chiquita para que otro se sienta grande.
Limpieza Profunda (Del Hogar y del Alma)
Ese fin de semana me entró una fiebre de limpieza que ni mi mamá hubiera creído. No era solo limpiar polvo; era exorcizar la casa.
—Niños, ¡arriba! —les grité a las 9:00 a.m. con música de Juan Gabriel a todo volumen—. ¡Hoy es día de fiesta y de talacha!
Mateo bajó tallándose los ojos, todavía confundido.
—¿Va a venir gente, ma?
—No, mi amor. Se fue gente. Y vamos a sacar hasta su última vibra de aquí.
Sacamos bolsas negras de basura. La ropa que Toño no se había llevado (sus camisetas viejas, sus calcetines sin par) se fue directo a la basura. No a donar, a la basura. No quería que nadie más cargara con su mala suerte.
Movimos los muebles. Cambié la sala de lugar. Pinté la pared de la recámara de un color azul cielo, tapando ese gris deprimente que a Toño le gustaba. Compré sábanas nuevas.
Jazmín encontró una caja de herramientas vieja de su papá en el garaje.
—¿Esto se lo guardamos, ma?
Lo pensé un segundo. Eran herramientas oxidadas que él juraba que usaría para arreglar la casa y que jamás tocó.
—No, mi vida. Si tu papá no arregló nada en diez años, no lo va a arreglar ahora. A la basura.
Cuando terminamos, la casa se sentía diferente. Más luminosa. Más grande. Y mis hijos, aunque cansados, se reían. Comimos pizza en el suelo de la sala recién reacomodada, riéndonos a carcajadas sin miedo a que alguien nos mandara callar.
—Mamá —dijo Toñito Jr. con la boca llena de queso—, me gusta más la casa así.
—¿Cómo así, mi amor?
—Sin gritos.
Se me estrujó el corazón, pero le sonreí.
—A mí también, mi cielo. A mí también.
De “Chambitas” a Imperio: El Nacimiento de la Jefa
Con la casa en orden y el divorcio finalizado, mi energía, que antes se desperdiciaba en pelear y llorar, necesitaba un lugar a dónde ir. Y se fue directo a la cocina.
Mi negocio de banquetes, que hasta entonces había sido un “extra” para pagar las deudas de Toño, empezó a demandar atención. La gente en el barrio ya conocía mi sazón, pero después del escándalo del pegamento, pasó algo curioso: la gente quería conocerme a mí.
Al principio me daba vergüenza. Iba al mercado de abastos y sentía los cuchicheos.
—Mira, es ella. La del pegamento.
—¿Esa es la que los pegó? Se ve muy tranquila.
—Dicen que su mole es tan bueno que te amarra más que el Resistol 5000.
Un día, una señora muy elegante se me acercó mientras escogía chiles anchos.
—Disculpe, ¿usted es Paulina Jenkins?
Me enderecé, lista para defenderme.
—A sus órdenes.
—Me han contado maravillas de su cochinita pibil. Y, francamente, me han contado su historia. Mi hija se casa en dos meses. Quiero que usted haga el banquete.
—Señora, yo hago eventos pequeños, bautizos, primeras comuniones…
—Son 300 personas. Y quiero a una mujer fuerte en mi cocina. Alguien con carácter. Si usted pudo despegarse de un parásito, seguro puede sacar adelante una boda. Pago por adelantado.
Ese fue el empujón que necesitaba.
Acepté el contrato. Pero 300 personas no son enchiladas. Necesitaba equipo, necesitaba manos y necesitaba dejar de jugar a la “cocinera de fin de semana”.
Renuncié a mi trabajo en el despacho. Mis compañeras me dijeron que estaba loca, que cómo iba a dejar un sueldo seguro siendo madre soltera.
—El sueldo seguro me da para comer —les dije—, pero el negocio me va a dar para vivir.
Fue aterrador. Las primeras semanas trabajaba 18 horas diarias. Mi cocina parecía zona de guerra. Contraté a Doña Chuy y a su hija Marisol, dos vecinas que necesitaban chamba. Convertimos mi garaje en un centro de producción industrial.
Hubo noches en las que lloré de cansancio sobre ollas de 50 litros de frijoles. Hubo momentos de pánico cuando el proveedor de carne me falló un día antes del evento.
—¡Mamá, se quemó el arroz! —gritó Jazmín un viernes en la noche.
Me senté en el piso de la cocina, llena de harina, con ganas de tirar la toalla. “Toño tenía razón”, pensé por un segundo. “No puedo sola”.
Pero entonces entró Mateo. Sin decir nada, agarró la escoba y empezó a barrer el arroz quemado. Toñito Jr. me trajo un vaso de agua.
—Tú puedes, ma —me dijo Mateo—. Eres la jefa. Acuérdate.
Me levanté, me sequé las lágrimas con el delantal y volví a empezar el arroz. La boda fue un éxito rotundo. Y de ahí, la recomendación boca a boca corrió como pólvora.
Para finales de año, “Banquetes Doña Pau” ya no cabía en mi casa. Renté un local comercial, compré una camioneta usada (pero mía, pagada de contado) y contraté a cuatro personas más.
Me convertí en una mujer de negocios. Aprendí a negociar con proveedores (hombres machistas que querían verme la cara y se topaban con pared), aprendí de contabilidad, aprendí a mandar.
Ya no era la esposa sufrida. Era la patrona.
La Conversación Pendiente
Pero el renacer no estaría completo sin cerrar el último círculo del pasado.
Era un martes por la noche, casi seis meses después del divorcio. Estaba en el local cerrando la caja del día cuando sonó mi celular. Número desconocido. Normalmente no contestaba, pero esperaba una llamada de un cliente.
—¿Bueno? —dije con mi voz profesional.
Hubo un silencio al otro lado. Solo una respiración agitada.
—¿Paulina?
Reconocí la voz al instante. Era una voz que había escuchado en mis pesadillas, pero también en los gritos del motel.
—Berenice.
Sentí que se me tensaban los hombros. ¿Qué quería ahora? ¿Reclamarme? ¿Presumirme que Toño había vuelto con ella?
—Mira, si me hablas para pedirme que le diga a Toño que te pague algo, te equivocaste de ventanilla. Ese señor ya no es mi problema.
—No, no… —su voz sonaba quebrada, humilde—. No te hablo por él. Te hablo… te hablo para pedirte perdón.
Me quedé callada. Me recargué en el mostrador de acero inoxidable de mi cocina, mirando mi reflejo borroso.
—¿Perdón?
—Sí. Sé que me odias. Sé que fui la “otra”. Pero te juro por lo más sagrado que yo no sabía toda la verdad. Él me dijo que vivían juntos por los niños, que dormían en cuartos separados, que tú eras… que tú eras una amargada que no lo dejaba ser feliz.
Solté una risa corta, sin humor.
—Clásico. El guion número uno del manual del infiel.
—Lo sé. Ahora lo sé. —Hizo una pausa—. Paulina, lo intenté. Después del hospital, cuando tú lo corriste… yo lo recibí. Pensé: “Bueno, ya estamos quemados, ya pasamos la vergüenza, vamos a intentarlo”. Pensé que tal vez, si le daba amor y apoyo, él cambiaría.
—¿Y? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Es un parásito, Paulina. Es un agujero negro. A las dos semanas ya me estaba pidiendo prestado para cigarros. Al mes, dejó el trabajo que le consiguió mi papá. Se pasaba el día viendo tele en mi sillón, quejándose de ti, quejándose de la vida, quejándose de que el pegamento le había dejado cicatrices…
—Cicatrices le debió haber dejado en la conciencia, pero dudo que tenga —interrumpí.
—Me robó, Paulina. Me sacó dinero de la cartera. Y cuando le reclamé, me dijo lo mismo que seguro te decía a ti: que estaba loca, que era una histérica. Ahí entendí. Entendí que tú no eras la villana de la historia. Tú eras la sobreviviente.
Escuchar eso… escuchar a la mujer por la que mi marido me había dejado, admitir que yo tenía razón, fue una sensación extraña. No fue alegría. Fue validación.
—Berenice, te voy a decir algo de mujer a mujer. Ese hombre no busca una esposa, busca una madre. Y busca una madre que le aguante sus berrinches. Yo renuncié a ese puesto. Si tú ya renunciaste también, felicidades.
—Lo corrí ayer. Le tiré sus cosas a la calle. Me amenazó, igual que a ti.
—No te va a hacer nada si te mantienes firme. Es un perro que ladra porque no tiene dientes.
—Paulina… gracias.
—¿Gracias de qué? Si te pegué a él con Kola Loka.
—Gracias por abrirme los ojos. Si no hubieras hecho eso, si no nos hubieras exhibido… yo seguiría perdiendo mi juventud con él, creyéndome sus mentiras. Me salvaste de una vida miserable. Tu venganza fue mi medicina.
Colgué el teléfono con una sensación de ligereza absoluta. No nos hicimos amigas, tampoco nos íbamos a ir a tomar el café, pero el odio se había disipado. Ya no la veía como la enemiga que destruyó mi hogar; la veía como otra víctima que logró escapar del mismo naufragio.
Los Hijos y la Nueva Normalidad
Mientras mi negocio crecía, mi mayor preocupación seguían siendo mis hijos. El divorcio deja huellas, y yo vigilaba las suyas como halcón.
Mateo, mi mayor, maduró de golpe. Al principio, intentó tomar el lugar de “el hombre de la casa”. Quería cargar las cosas pesadas, quería regañar a sus hermanos, quería protegerme.
Un día lo caché revisando si las puertas estaban bien cerradas con una ansiedad que no era normal para un niño de 13 años.
—Mateo, ven acá —lo llamé.
—Solo checaba los cerrojos, ma. Por si viene mi papá borracho otra vez.
Lo abracé fuerte. Sentí sus hombros tensos relajarse poco a poco.
—Hijo, escúchame. Tú eres un niño. Tu único trabajo es sacar buenas calificaciones, jugar fútbol y dejar tus calzones sucios en el bote, no tirados en el piso. La seguridad de esta casa es mi trabajo. Yo soy la adulta. Yo soy la que cuida. Tú no tienes que protegerme a mí.
—Pero estás sola, mamá.
—No estoy sola. Los tengo a ustedes. Y sobre todo, me tengo a mí. Soy mucho más fuerte de lo que parezco, mi amor. Tu papá ya no puede lastimarnos. Te lo prometo.
Poco a poco, Mateo volvió a ser niño. Volvió a reírse, volvió a salir con sus amigos.
Jazmín, por otro lado, floreció. Sin la preferencia machista de Toño (que siempre le daba todo a los varones y a ella la ignoraba), mi hija se volvió segura. Empezó a ayudarme en el negocio los fines de semana, no por obligación, sino porque le encantaba decorar los postres.
—Mamá, cuando sea grande quiero ser jefa como tú —me dijo un día mientras ponía fresas en un pastel.
Me tuve que meter al baño a llorar de pura felicidad. Estaba rompiendo el ciclo. Mi hija no aspiraba a “encontrar un buen marido que la mantuviera”; aspiraba a ser la dueña del negocio.
El Dinero y el Placer de Gastarlo
Hablemos de dinero, porque en esta historia el dinero importa. Durante diez años, yo había sido la que estiraba el gasto. Yo compraba la ropa de segunda mano para mí para que Toño tuviera sus tenis de marca. Yo comía las sobras para que hubiera carne para él.
Seis meses después del divorcio, cerré un contrato grande con una maquiladora para darles el servicio de comedor industrial. El anticipo cayó en mi cuenta un viernes.
Miré el saldo en el cajero automático. Tenía más ceros de los que había visto juntos en mi vida. Y todo era mío. No tenía que esconderlo para que Toño no se lo gastara. No tenía que pagar sus deudas de juego ni sus multas de tránsito.
Ese fin de semana, hice algo loco.
—¡Vístanse todos! —les grité a los niños—. ¡Nos vamos al centro comercial!
—¿A ver qué compramos, ma? —preguntó Toñito.
—A comprar lo que se nos pegue la gana.
Entramos a una tienda de deportes.
—Mateo, agarra los tachones de fútbol que querías. Los originales, no los de imitación.
Se le iluminaron los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Jazmín, ve por el estuche de arte profesional.
—Toñito, agarra el videojuego ese del fontanero bigotón.
Y yo… yo entré a una tienda departamental. Me fui a la sección de lencería y me compré ropa interior fina. No para que la viera un hombre. Para mí. Porque durante años usé calzones remendados. Luego fui a perfumería y me compré el perfume más caro que encontré, uno que olía a éxito y a sándalo.
Cuando pagué con mi tarjeta de débito y vi “Aprobada” sin miedo a que rebotara, sentí un poder que no se puede explicar. No era materialismo. Era dignidad. Era saber que mi sudor se convertía en bienestar para mi manada.
Esa noche, cenamos sushi (que a Toño no le gustaba porque decía que era “comida de pájaros”) y brindamos con refresco.
—¿Somos ricos, mamá? —preguntó Toñito inocentemente.
—Somos algo mejor que ricos, hijo —le contesté—. Somos libres.
La Llegada de la Calma
Para cuando se cumplió el primer aniversario del “Incidente del Pegamento”, mi vida era irreconocible.
Había bajado de peso, no por dieta, sino porque ya no me comía mis emociones ni mi estrés. Me corté el pelo moderno, me pinté los labios de rojo. La Paulina gris y apagada se había quedado en el pasado.
Toño se había ido a vivir a otro estado, derrotado, incapaz de vivir en un pueblo donde todos conocían su humillación. Mandaba la pensión cuando se acordaba (o cuando la Licenciada Washington le embargaba el sueldo), pero su presencia en nuestras vidas se había vuelto un fantasma lejano.
Un viernes por la noche, estaba sentada en mi jardín recién remodelado, con una copa de vino en la mano, viendo las luciérnagas. Mis hijos estaban adentro viendo una película. El negocio estaba cerrado y con ganancias récord.
Me acordé de mis padres, que en paz descansen. Me acordé de mi papá diciéndome: “Que no lo necesites, que lo quieras”.
—Tenías razón, viejo —susurré al viento—. Me tardé en entenderlo, pero aprendí.
No necesitaba a un hombre para que me cambiara un foco; yo contrataba al electricista. No necesitaba a un hombre para que me validara; mis clientes y mi cuenta bancaria lo hacían. No necesitaba a un hombre para ser madre; mis hijos eran felices y sanos.
En ese momento, me sentí completa. No “sola”, no “divorciada”, no “abandonada”. Completa. Era una naranja entera, no la media naranja de nadie.
Y fue justo ahí, en la cima de mi amor propio, cuando la vida decidió que estaba lista para el siguiente capítulo. Porque dicen que el amor te encuentra cuando dejas de buscarlo desesperadamente.
Pero esa… esa es historia para el siguiente capítulo. Por ahora, solo quiero que se queden con esta imagen: Yo, Paulina, sentada en mi trono (mi silla de jardín acolchada), dueña de mi tiempo, de mi dinero y de mi destino. La Reina había renacido, y déjenme decirles… la corona me quedaba divina.
CAPÍTULO 7: El Éxito es la Mejor Venganza (y el Amor cuando no lo Buscas)
La Cima de la Montaña (O del Edificio Corporativo)
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero yo descubrí que mi venganza sabía a mole poblano, a chiles en nogada y a contratos millonarios calientitos.
Habían pasado dos años desde el “Incidente del Pegamento”. Dos años desde que saqué la basura de mi vida. Y si alguien me hubiera dicho en aquel entonces, mientras lloraba en el baño de mi oficina de facturación, que hoy estaría parada en el piso 40 de la Torre Reforma, firmando un contrato de exclusividad, le hubiera dicho que dejara las drogas.
Pero ahí estaba. “Banquetes Doña Pau” ya no era un negocito de garaje. Era una S.A. de C.V. Tenía una flotilla de tres camionetas, una cocina industrial en la colonia Santa María la Ribera y una nómina de quince empleados que dependían de mí.
Recuerdo el día que firmé con “Grupo Logístico del Norte”. El gerente, un hombre de negocios serio, probó mis mixiotes en una degustación y cerró los ojos.
—Señora Paulina —me dijo—, esto sabe a la cocina de mi abuela en Michoacán. Quiero que alimente a mis 500 empleados todos los días. ¿Puede con el paquete?
Me acomodé el saco de mi traje sastre (comprado en Liverpool, ya no en el tianguis) y lo miré a los ojos sin parpadear.
—Licenciado, yo he criado a tres hijos sola y me deshice de un marido parásito sin despeinarme. Darle de comer a 500 personas es pan comido.
Firmamos por una cantidad que me mareó al ver los ceros. Esa noche, llegué a casa, abrí una botella de vino tinto y me senté en mi sala. Mis hijos estaban haciendo la tarea con laptops nuevas. La casa olía a limpio y a paz.
No había nadie preguntándome “¿qué hay de cenar?” con tono exigente. No había nadie gastándose el dinero de la luz en caguamas.
Me di cuenta de algo poderoso: El éxito no se trata solo de la lana (aunque ayuda muchísimo, no nos hagamos tontos); se trata de la libertad de decir “no” a lo que no te sirve y “sí” a lo que te mereces.
El Encuentro Inesperado
Fue en uno de esos eventos corporativos donde conocí a Miguel.
Yo estaba en la cocina improvisada del salón de eventos, gritándole instrucciones a mis meseros porque el servicio iba retrasado. Estaba sudando, con el chongo medio deshecho y una mancha de salsa verde en el delantal. Cero glamorosa.
De repente, se fue la luz. El salón quedó a oscuras. Pánico total. Los meseros se congelaron.
—¡Nadie se mueva! —grité—. ¡Saquen las lámparas de emergencia y sigan sirviendo las entradas frías! ¡A moverse!
Estaba tratando de conectar una planta de luz portátil que siempre cargaba (mujer prevenida vale por dos), pero la maldita cosa pesaba horrores y no arrancaba.
—Permítame, jefa. Esa maña tiene su truco.
Una voz grave sonó a mis espaldas. Me volteé y vi a un hombre, iluminado apenas por la linterna de un celular. Alto, de hombros anchos, con un traje gris bien cortado pero sin corbata. Tenía canas en las sienes y manos grandes, manos de alguien que ha trabajado.
Sin esperar permiso, se agachó, movió una palanca del generador que yo no había visto y jaló la cuerda con fuerza. El motor rugió y la luz volvió a la cocina.
—Gracias —le dije, recuperando el aliento—. ¿Usted es del mantenimiento del edificio?
Él soltó una carcajada ronca y agradable.
—No, soy el dueño de la empresa de transportes que está celebrando allá afuera. Soy Miguel. Y usted debe ser la famosa Doña Pau. Su cochinita pibil tiene a mis socios chupándose los dedos.
Me puse roja como un tomate. ¡Había confundido al cliente principal con el conserje!
—Ay, perdóneme, Don Miguel. Es que con el estrés y la oscuridad…
—No se disculpe. Me gusta ver a una patrona que se mete a la trinchera y se ensucia las manos. Eso escasea hoy en día.
Se quedó un momento mirándome. No me miró como Toño, que me veía como un objeto útil o una molestia. Me miró con curiosidad, con respeto.
—Si necesita ayuda con algo más pesado, avíseme. Estaré en la mesa 4.
Y se fue. Y yo me quedé ahí, con el corazón latiendo un poquito más rápido de lo normal, y no era por el susto de la luz.
El Cortejo: Rompiendo mis Murallas
Miguel no se anduvo con rodeos. A la semana siguiente, llamó a mi oficina.
—Paulina, quiero invitarte a cenar. No de negocios. Una cena de verdad.
Mi primera reacción fue el pánico. Mi sistema de defensa automático, ese que desarrollé tras diez años de mentiras con Toño, saltó de inmediato. “Seguro quiere descuento”, “seguro es un mujeriego”, “seguro busca una enfermera”.
—Miguel, muchas gracias, pero no tengo tiempo. El negocio, mis hijos…
—Paulina —me interrumpió suavemente—, sé que tienes tres hijos, sé que estás divorciada y sé que eres una leona para los negocios. No busco a una socia, ni a una aventura. Soy viudo desde hace cinco años. Sé lo que es la soledad y sé lo que es el trabajo duro. Solo quiero un café y platicar con una mujer inteligente. Dame 45 minutos.
Acepté. Y esos 45 minutos se convirtieron en tres horas.
Cenamos en un restaurante argentino. Cuando llegó la cuenta, instintivamente saqué mi cartera. Era un reflejo condicionado: con Toño, si yo no pagaba, nos lavaban los platos.
Miguel puso su mano suavemente sobre la mía.
—Guarda eso, Paulina.
—Yo puedo pagar lo mío, Miguel. No necesito que nadie me invite.
—Lo sé. Sé que puedes comprar el restaurante entero si quieres. Pero te estoy invitando yo. Déjate consentir, mujer. Ser fuerte no significa cargar todo tú sola.
Esa frase me desarmó. “Ser fuerte no significa cargar todo tú sola”.
Me permití bajar la guardia. Solo un poquito.
El Fantasma del Pasado (Toño y su Miseria)
Mientras mi vida florecía, el karma seguía haciendo su trabajo con Toño. No me alegraba de su desgracia (bueno, un poquito sí, la verdad), pero servía de contraste.
Me enteré por mi comadre Mónica, que todo lo sabe.
—Comadre, ¿ya supiste de tu ex?
—Ni me lo mientes, que se me corta la leche. ¿Qué hizo ahora?
—Lo corrieron de la obra en Veracruz. Dicen que por borracho y conflictivo. Regresó al pueblo. Está viviendo en un cuartito de azotea que le presta una tía lejana porque Doña Dorotea ya no lo aguanta en su casa.
—¿Y Berenice?
—¡Uy, no! Berenice ya se casó con un contador. Toño anda solo, flaco y debiendo dinero a medio mundo. El otro día lo vieron en el sitio de taxis pidiendo chamba de lavacoches.
Sentí una punzada de lástima. No amor, lástima. El hombre que se creía el rey del mundo, el que me decía que yo no era nada sin él, ahora estaba en el fondo del barril.
—Que Dios lo bendiga —dije sinceramente—, pero que lo haga lejos de mí.
La Prueba de Fuego: Los Hijos
Llevaba tres meses saliendo con Miguel cuando decidí que era hora de presentarlo. Esta era la prueba final. Mis hijos, especialmente Mateo, eran mis guardianes. Si ellos no lo aprobaban, Miguel se iba, por muy guapo y millonario que fuera.
Organizamos una carne asada en mi jardín. Miguel llegó puntual (punto a favor), con helado para los niños y un vino para mí. No trajo juguetes caros para comprarlos; trajo respeto.
Mateo, que ya tenía 14 años y se sentía el hombre de la casa, lo recibió con los brazos cruzados.
—¿Usted qué intenciones tiene con mi mamá? —le soltó antes de que Miguel pudiera siquiera decir “hola”.
Casi me infarto.
—¡Mateo!
Pero Miguel se rió y le extendió la mano a mi hijo.
—Haces bien en preguntar, muchacho. Se nota que cuidas a tu madre. Mis intenciones son simples: quiero que ella sonría. Ha trabajado mucho. Creo que se merece que alguien la cuide a ella un ratito, ¿no crees? Pero ojo, yo no vengo a ser tu papá. Tú ya tienes padre, sea como sea. Yo vengo a ser compañero de tu mamá y amigo de ustedes, si me dejan.
Mateo le sostuvo la mirada unos segundos. Luego, bajó los brazos y le estrechó la mano.
—A mi mamá le gusta el término medio en la carne. Si la quemas, te vas.
Miguel soltó una carcajada.
—Trato hecho.
Ver a Miguel en la parrilla, enseñándole a Toñito Jr. cómo voltear la carne sin que se pegue, platicando de música con Jazmín y respetando mi espacio… fue sanador.
No intentaba mandar. No se sentó a que yo le sirviera. Lavó los platos conmigo al final.
—Tus hijos son increíbles, Paulina —me dijo mientras secaba un vaso—. Hiciste un trabajo monumental tú sola.
—No fue fácil.
—Lo bueno casi nunca es fácil.
La Propuesta (No de Matrimonio, sino de Vida)
Pasó un año. Mi negocio seguía creciendo, y mi relación con Miguel era ese puerto seguro que nunca pensé encontrar.
Un fin de semana, me llevó a una cabaña en la sierra. Estábamos sentados frente a la chimenea, con una copa de vino.
—Pau —me dijo, poniéndose serio—, sé que valoras tu independencia más que a nada. Sé que te costó sangre recuperarla. Y te juro que nunca voy a pedirte que la sacrifiques.
—¿A dónde vas con esto, Miguel? —pregunté, sintiendo mariposas en el estómago.
—A que no quiero que seas mi esposa para que me laves la ropa o para que me críes hijos. Ya estamos grandes para eso. Quiero que seas mi esposa para que viajemos, para que crezcamos nuestros negocios juntos, para que nos riamos de la vida. Quiero ser tu socio en todo.
Me quedé mirando el fuego. Pensé en la Paulina de hace cinco años: humillada, pegando a su marido con Kola Loka, llena de rabia y miedo. Y miré a la Paulina de hoy: empresaria, fuerte, amada sanamente.
Toño me había enseñado lo que NO quería. Me enseñó que el “amor” no debe doler, no debe restar, no debe humillar.
Miguel me estaba enseñando que el amor suma. Que el amor es admiración.
—No necesito que me mantengas, Miguel —le dije, mirándolo a los ojos.
—Lo sé. Ganas más que yo algunos meses. Y eso me encanta.
—No voy a dejar de trabajar.
—Me divorciaría de ti si lo hicieras. Admiro a la Paulina empresaria.
—Tengo tres hijos que son mi prioridad.
—Y que ya me dicen “Tío Mike” y me piden consejos. Los quiero, Pau.
Sonreí. Una sonrisa que me llegó hasta el alma.
—Entonces, creo que tenemos un trato. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Si alguna vez me engañas, ya sabes que tengo experiencia con pegamento industrial y no dudaré en usarlo.
Miguel se rió tan fuerte que asustó a los pájaros afuera.
—Mensaje recibido, jefa. Mensaje recibido.
El Final del Capítulo
Esa noche, me di cuenta de que mi venganza estaba completa.
Toño vivía en la miseria de sus propias decisiones, solo y olvidado.
Yo vivía en la abundancia de mis esfuerzos, rodeada de amor y éxito.
El mejor castigo para quien te desprecia no es devolverle el daño; es demostrarle que tú eras el premio que él no supo ganar. Él perdió una reina por jugar a las damas. Y yo… yo construí mi propio castillo.
Y así, amigas, es como pasé de ser la “loca del pegamento” a ser la Señora Paulina, la dueña de su destino. Y créanme, la vista desde aquí arriba es espectacular.
CAPÍTULO 8: El Final Feliz (Para Mí) y el Arte de Soltar
El Último Encuentro: Ecos de un Pasado Borroso
Dicen que el tiempo pone a cada quien en su lugar, pero a veces el tiempo se tarda un poquito y uno tiene que ayudarle con un empujón. En mi caso, el tiempo y el karma hicieron una mancuerna perfecta.
Pasaron tres años desde que empecé mi relación con Miguel y cinco desde el divorcio. Mi vida era una maquinaria perfecta de éxito y tranquilidad. Pero el destino, que tiene un sentido del humor muy peculiar, quiso que tuviera un último cara a cara con el pasado para cerrar el ciclo definitivamente.
Fue en la graduación de secundaria de Mateo.
Llegué al auditorio del colegio pisando fuerte, con un vestido color esmeralda que me quedaba pintado, del brazo de Miguel y con mis otros dos hijos, Jazmín y Toñito, guapísimos y bien peinados. Nos sentamos en las primeras filas.
De repente, lo vi. En la fila de atrás, pegado a la pared como queriendo fundirse con el cemento, estaba Toño.
Se veía… gris. No hay otra palabra. Había perdido peso, pero no de esa manera saludable de quien va al gimnasio, sino de quien come mal y duerme peor. Tenía el pelo ralo y una camisa que, aunque limpia, se veía vieja y deslavada.
Cuando terminó la ceremonia y Mateo bajó del estrado con su diploma y su medalla de honor, corrió a abrazarme.
—¡Lo logré, ma!
—¡Estoy tan orgullosa de ti, mi cielo! —le dije, llenándole la cara de besos.
Miguel le dio un abrazo de oso.
—Felicidades, campeón. Te lo ganaste a pulso.
En ese momento, Toño se acercó. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, como pidiendo permiso para existir. La gente a nuestro alrededor se calló un poco; todos conocían la historia, todos sabían quién era él y quién era yo ahora.
—Felicidades, hijo —dijo Toño con voz débil.
Mateo se tensó un poco, pero (porque yo lo crié para ser un caballero) le extendió la mano.
—Gracias, papá. Qué bueno que pudiste venir.
—No me lo iba a perder —Toño sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. Oye, hijo… ¿crees que podamos tomarnos una foto? Ya sabes, para el recuerdo.
Mateo me volteó a ver, buscando mi aprobación. Yo asentí levemente. No soy un monstruo.
Se tomaron la foto. Toño intentó poner su mano en el hombro de Mateo, pero mi hijo, que ya era casi tan alto como él, se movió sutilmente, dejando la mano de su padre en el aire. Fue un rechazo inconsciente, pero brutal.
Cuando Mateo se fue a saludar a sus amigos, Toño se quedó parado frente a mí y Miguel. Miguel, como el señorón que es, le dio un asentimiento cortés y se alejó unos pasos para darnos privacidad, pero se quedó lo suficientemente cerca para intervenir si era necesario. Un guardián silencioso.
—Te ves muy bien, Paulina —dijo Toño. Sus ojos recorrieron mi vestido, mis joyas discretas pero finas, mi postura.
—Gracias, Toño. Tú te ves… cansado.
—La vida da muchas vueltas. La chamba en el norte no funcionó. Regresé a trabajar de taxista aquí. Es… es difícil empezar de cero a los cuarenta.
Me dio una punzada de lástima, pero la aplasté rápido. Él tuvo todas las oportunidades.
—La vida es difícil cuando uno se la complica, Toño.
—Lo sé. —Bajó la mirada—. Veo a los niños y veo lo grandes que están. Lo educados. Lo felices. Y sé que eso es obra tuya.
—Totalmente mía. Y de ellos.
—A veces pienso… —Hizo una pausa y se le quebró la voz— a veces pienso en lo estúpido que fui. Tenía a una reina y la cambié por una fantasía barata. Tenía un palacio y me fui a un motel de paso.
Suspiré. Ya no sentía rabia. Ya no sentía dolor. Solo sentía una inmensa lejanía, como si estuviera hablando con un extraño que leyó mi biografía en una revista.
—Toño, no te castigues pensando en lo que perdiste. Mejor concéntrate en lo que te queda. Tienes tres hijos que, a pesar de todo, te saludan. Trata de no fallarles en lo poquito que te queda de tiempo con ellos.
—¿Eres feliz con él? —preguntó, señalando a Miguel con la cabeza.
Lo miré a los ojos, directa y sin dudar.
—Soy inmensamente feliz, Toño. Pero no por él. Soy feliz por mí. Él solo es la cereza del pastel. La felicidad me la construí yo solita, ladrillo por ladrillo, el día que decidí dejar de cargarte.
Toño asintió, derrotado.
—Me lo merezco. Que te vaya bien, Paulina.
—Que te vaya bien, Antonio.
Se dio la vuelta y se fue, perdiéndose entre la multitud de familias felices. Y yo sentí que se me caía el último granito de arena del costal que cargué por diez años.
La Boda: Una Fiesta, No Un Rescate
Seis meses después, me casé con Miguel.
No fue una boda de princesa de Disney, porque ya no creo en cuentos de hadas. Fue una boda de Reina. Fue en un jardín precioso en Cuernavaca, al atardecer.
No vestí de blanco virginal (ya tengo tres hijos, por favor), sino de un color champaña dorado que brillaba con el sol.
La comida, por supuesto, fue de “Banquetes Doña Pau”. Mis empleados se pelearon por trabajar en mi boda.
—Jefa, si no nos deja cocinarle, nos ofendemos —me dijo Doña Chuy—. Nadie va a sazonar su felicidad mejor que nosotros.
Hubo mole, hubo pipián, hubo mezcal.
El momento más emotivo no fue el “sí, acepto”. Fue cuando mis tres hijos se levantaron a dar el brindis.
Mateo tomó el micrófono, ya con voz de hombre.
—Muchos dicen que mi mamá tuvo suerte de encontrar a Miguel —dijo, y todos se rieron—. Pero la verdad es que la suerte la tenemos nosotros. Mi mamá nos enseñó que el amor no es aguantar groserías. El amor es equipo. Miguel, bienvenido al equipo. Pero ojo, si le haces algo a la Jefa… —Mateo sacó de su bolsillo un tubo pequeño de pegamento Kola Loka y lo levantó—. Ya conoces la historia familiar.
El jardín entero estalló en carcajadas y aplausos. Miguel se reía tanto que se tuvo que limpiar las lágrimas.
—¡Entendido, capitán! —gritó Miguel.
Bailamos. Bailamos cumbias, salsas y baladas. Bailé hasta que me dolieron los pies, y luego me quité los tacones y seguí bailando descalza. Porque la libertad se siente mejor sin zapatos.
La Redención de Doña Dorotea
Durante la fiesta, sentí un toquecito en el hombro. Me di la vuelta y vi a Doña Dorotea, mi ex suegra. Caminaba ya con bastón, se veía muy anciana. Yo la había invitado porque, al final del día, es la abuela de mis hijos y nunca me hizo nada directo, solo callar.
—Paulina… —dijo con voz temblorosa.
—Doña Dorotea. Gracias por venir. ¿Está comiendo bien?
—La comida está deliciosa, hija. Como todo lo que haces.
Se quedó callada un momento, apretando el mango de su bastón.
—Necesito decirte algo antes de morirme, Paulina.
—No diga eso, todavía le queda cuerda.
—No, escúchame. —Me miró con los ojos aguados—. Durante años, vi cómo mi hijo te trataba. Vi cómo llegabas cansada y él no movía un dedo. Vi tu tristeza. Y me callé. Me callé porque… porque así me enseñaron. “Los trapos sucios se lavan en casa”, decían. “La mujer debe ser prudente”, decían.
Me tomó la mano. Sus manos eran papel de arroz, frías y secas.
—Fui una cobarde, Paulina. Crie a un hijo machista y luego permití que lastimara a una buena mujer. Cuando hiciste lo que hiciste… lo del pegamento… al principio me enojé. Pero luego… luego me dio orgullo.
—¿Orgullo?
—Sí. Orgullo de ver que al menos una mujer en esta familia tuvo los ovarios que a mí me faltaron. Tú rompiste la cadena, hija. Mis nietos son hombres de bien gracias a ti, no a mi hijo. Gracias por no dejar que se convirtieran en su padre.
Se me hizo un nudo en la garganta. Abracé a esa viejita que fue cómplice por omisión, pero que ahora entendía.
—Gracias, Doña Dorotea. Sus nietos la quieren. Eso es lo que importa.
Reflexión Final: El Moral de la Historia
Hoy, estoy sentada en la terraza de mi casa (sí, la casa que YO compré, que ya tiene un segundo piso y alberca). Estoy escribiendo esto mientras veo a Miguel jugar ajedrez con Toñito y a Jazmín diseñando el menú para el evento de la próxima semana.
Miro atrás y veo a la Paulina de antes: la que contaba las monedas para el camión, la que lloraba en silencio en la almohada, la que creía que no valía nada si no tenía un hombre al lado. Y me dan ganas de viajar en el tiempo y abrazarla.
Me dan ganas de decirle: “Aguanta, mi reina. Ya viene tu momento. Pero tienes que soltar el lastre para poder subir”.
Amigas, si llegaron hasta aquí en esta historia, quiero que se lleven algo más que el chisme del pegamento.
El pegamento fue la anécdota, fue el chiste, fue el momento viral. Pero la verdadera herramienta no fue el adhesivo industrial.
La verdadera herramienta fue el AMOR PROPIO.
Ese es el pegamento más fuerte que existe. Es el que une tus pedazos rotos cuando te han destrozado el corazón. Es el que te mantiene de pie cuando el mundo te empuja.
La moraleja es esta:
No eres responsable de educar a un hombre adulto.
No eres un centro de rehabilitación para patanes.
No eres la “segunda opción” de nadie.
Si estás con alguien que te hace sentir que eres difícil de amar, que eres “demasiado”, o que tus logros son una amenaza… sal de ahí. Corre. Y si no puedes correr, camina. Y si no puedes caminar, arrástrate. Pero vete.
El éxito es la mejor venganza, sí. Pero no el éxito para que él lo vea y se arrepienta. No. El éxito para que TÚ lo veas y te des cuenta de que nunca lo necesitaste.
Mi nombre es Paulina Jenkins. Soy empresaria. Soy madre. Soy esposa de un hombre que me adora. Pero, sobre todo, soy la mujer que se atrevió a cambiar el aceite por pegamento y el dolor por libertad.
Y si alguna vez se encuentran en una situación parecida, recuerden mi historia. Recuerden que siempre hay una salida. Y recuerden que, a veces, un poquito de Kola Loka en el lugar correcto puede arreglarte la vida.
¡Salud, mis reinas! Y que nadie, absolutamente nadie, les apague el brillo. ✨
FIN