
CAPÍTULO 1: El Silencio en la Casa Grande
Mateo aprendió a qué sonaba el silencio absoluto la mañana en que la patrulla del sheriff se estacionó frente a su casa en Creel, justo cuando el sol apenas pintaba de naranja los pinos de la sierra. El motor de la patrulla seguía encendido, ronroneando como un animal nervioso. Se bajaron dos hombres. Uno se quitó el sombrero vaquero con lentitud; el otro, un oficial joven, no tuvo el valor de mirarlo a los ojos.
Para el mediodía, la casa se sentía inmensa. Demasiado grande. Demasiado vacía. Era como si cada risa, cada regaño y cada sonido de sus padres hubiera sido succionado por las paredes de adobe, dejando solo un eco frío.
Tres semanas después, esa casa ya no era suya.
El Tío Ramón estaba parado en medio de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba sus botas de trabajo llenas de polvo rojo de la mina y la mandíbula trabada como una puerta oxidada. No gritó. No dijo groserías. Y eso, de alguna manera, lo hizo mucho peor. Su voz era plana, sin emoción, como quien lee una lista de compras.
—No puedo costear mantenerlos a ustedes —dijo secamente—. La comida no es gratis. El gas no es gratis. Y yo no firmé ningún papel para criar tres bocas que no son mías.
Mateo sintió cómo Diego, a su lado, se ponía rígido como una tabla. Los deditos de Valentina se clavaron en la manga de su sudadera, apretando tan fuerte que dolía.
—Pero esta es nuestra casa… —susurró Diego, con la voz temblorosa.
Ramón soltó un bufido, una risa corta y cruel.
—Era la casa de sus padres. Ahora es mía. El papeleo está hecho.
El pecho de Mateo ardía. Quería gritar, quería romper la mesa de centro, quería arrodillarse y suplicar. Todas esas emociones se enredaron en su garganta como un nudo de alambre de púas.
—Trabajaremos —dijo Mateo, dando un paso al frente—. Puedo cortar leña. Sé cazar. Puedo ir a la obra contigo…
Ramón negó con la cabeza, ni siquiera lo miró.
—Tienes 16 años, chamaco. ¿Crees que eso te hace un hombre? El invierno ya está aquí en la Sierra. Ustedes solo van a ser un estorbo.
Valentina empezó a llorar. Fue un llanto quedito, de esos que hacen los niños cuando tienen miedo de que los regañen por hacer ruido. Ramón agarró tres mochilas que estaban en el suelo y las aventó a sus pies.
—Tomen lo que necesiten. Tienen una hora.
Y eso fue todo. Sin adiós. Sin “lo siento”. Solo el sonido de las botas raspando la madera y el portazo final que retumbó en la casa vacía.
Para cuando el reloj marcó las doce, los tres caminaban por el camino de terracería congelada, con toda su vida cargada en la espalda. Mateo llevaba la mochila más pesada: ropa, una olla abollada y el viejo cuchillo de pesca de su papá. Diego llevaba las cobijas. Valentina, su mochila rosa con el cierre roto y las orejas de un conejo de peluche asomándose.
El cielo tenía el color del algodón sucio. Las nubes de nieve bajaban rápidas y bajas sobre los cerros.
—¿A dónde vamos, Mateo? —preguntó Valentina.
Mateo no contestó de inmediato. Miró el horizonte gris.
—A un lugar seguro —dijo finalmente.
No sabía si era verdad. Solo sabía que no podía decir: “No tengo ni la menor idea”.
CAPÍTULO 2: La Boca de la Montaña
Decidieron cortar camino por el bosque en lugar de seguir la carretera. El bosque era más tranquilo. Sin casas, sin gente mirándolos pasar como si fueran un desfile de la lástima.
Al caer la noche, el viento de la sierra se volvió afilado y cruel. Cortaba la chamarra de Mateo como si fuera de papel. Encontraron un tronco caído y se acurrucaron detrás. Mateo intentó prender una fogata, pero la madera estaba húmeda y los cerillos casi se acababan. Cuando por fin prendió una llama pequeña, apenas calentaba.
Compartieron una lata de frijoles fríos. Diego temblaba tanto que se le caía la cuchara. Los labios de Valentina se estaban poniendo azules. Mateo los envolvió a los dos en la cobija más gruesa y los abrazó. Esa noche no durmió. Cada crujido en el bosque sonaba a peligro, a coyotes o a algo peor.
A la mañana siguiente, la nieve había borrado sus huellas. Caminaron más profundo hacia los peñascos grises. Mateo recordaba haber venido aquí una vez con su papá a pescar en verano. Recordaba una abertura oscura en la roca, medio escondida por matorrales.
—Vamos —les dijo.
La encontraron antes del mediodía. La entrada era ancha y chueca, como la boca de un gigante dormido. Aire frío salía de ella, pero adentro… adentro el viento no entraba.
—Huele a piedras mojadas —dijo Diego arrugando la nariz.
—¿Es seguro? —preguntó Valentina.
—Creo que sí.
Entraron. La cueva era más profunda de lo que Mateo esperaba. El suelo bajaba hasta una cámara amplia. Y ahí, en medio, había un estanque congelado, liso como un espejo, que iba de pared a pared. La luz entraba por una grieta arriba, pintando el hielo de azul.
—Parece un lugar secreto —susurró Valentina.
Armaron su pequeña tienda de campaña cerca de la pared, donde la roca se curvaba y protegía del aire. Mateo apiló piedras alrededor para asegurarla. Juntó ramas secas y construyó un pozo de fuego. Cuando la lumbre prendió, la cueva se iluminó de naranja. Las sombras bailaban en las paredes como fantasmas lentos.
Esa noche comieron el último pedazo de pan.
Al segundo día, los encontraron. Dos cazadores entraron a la cueva, sus botas crujiendo sobre la grava.
—¡Vaya, vaya! —dijo uno—. Miren esto. Tres niños de las cavernas.
—No estamos molestando a nadie —se paró Mateo rápidamente.
—Eso es verdad —se rió el hombre—. Pero estarán muertos para Navidad con este frío.
Se fueron riendo. Diego se puso rojo de coraje.
—Piensan que somos estúpidos.
—No importan —dijo Mateo. Pero sentía un hueco en el estómago.
Para el tercer día, la comida se acabó. Mateo se paró al borde del estanque congelado. Debajo del hielo, formas oscuras se movían lento. Truchas.
Recordó cómo su papá le había enseñado a pescar en hielo. Golpeó el hielo con una roca hasta que sus manos se entumieron y sus brazos ardieron. Hizo un agujero. Ató un cordón de zapato a un clip que dobló como anzuelo. Usó un pedazo de carne seca como carnada.
Esperaron.
La línea se movió.
Mateo jaló. Una trucha plateada salió volando del agujero, aleteando en el hielo.
—¡Lo hiciste! —gritó Valentina.
Diego se rió por primera vez en días. Asaron el pescado sobre el fuego. La grasa goteaba en las llamas. No era mucho, pero estaba caliente. Era real.
Esa noche, mientras el viento aullaba afuera, Mateo miró a sus hermanos dormir. Mañana pescaría de nuevo. Mañana haría la tienda más fuerte. Mañana encontraría la forma de mantenerlos vivos, porque nadie más lo iba a hacer.
En una cueva que nadie quería, un niño de 16 años decidió que el invierno no iba a ganar.

CAPÍTULO 3: Construyendo un Castillo de Ramas
La mañana en la cueva no llegaba con sol, llegaba con frío. Un frío que dolía en los huesos.
Mateo se despertó con el cuello tieso. El fuego era pura ceniza gris. Diego y Valentina dormían hechos bolita, como tacos, dentro de la cobija.
“Primer trabajo: fuego”, se dijo Mateo. Sus dedos torpes apenas lograron prender el cerillo.
—¿Ya es de día? —preguntó Diego, frotándose los ojos.
—Más o menos. Día de cueva.
Comieron lo que sobró del pescado. Unos bocados nada más. Después, Mateo salió por leña. La nieve le llegaba a las rodillas. Cada rama que arrastraba pesaba el doble que el día anterior.
Al regresar, Valentina estaba alineando piedritas alrededor del fuego.
—Mira —dijo orgullosa—. Nuestra casa ya tiene cerca.
Mateo sonrió, aunque le dolía la cara por el frío. “Nuestra casa”.
Esa tarde movieron la tienda más al fondo. Mateo usó tiras de una camisa vieja para amarrar mejor los palos. Se veía como algo que un niño desesperado armaría, pero se mantenía en pie.
Esa noche, los cazadores volvieron. Esta vez traían a otro hombre.
—Siguen aquí —dijo uno, escupiendo tabaco al suelo—. ¿Tienen comida?
Mateo no contestó.
—Este invierno los va a matar, chamacos. Váyanse al pueblo a pedir limosna.
Se fueron riendo otra vez.
—¡Los odio! —pateó una piedra Diego cuando se fueron.
—Yo también —dijo Mateo—. Pero les vamos a demostrar que se equivocan.
Al cuarto día, el estanque se volvió su mundo. Mateo aprendió dónde el hielo era grueso. Diego aprendió a tener paciencia.
—¿Puedo intentar? —preguntó Diego.
Mateo le pasó la línea. Diego aguantó la respiración. Un tirón. ¡Jaló!
Sacó una trucha casi tan grande como la de Mateo.
—¡Yo lo hice! ¡Yo lo hice! —gritaba, y su voz rebotaba en las paredes de piedra.
Valentina aplaudía como si estuviera en un show. Esa noche, ella le puso la última pizca de sal que tenían al pescado, como si fuera una chef famosa.
Pero el hambre es traicionera. A la semana, los cachetes de Diego se veían sumidos. El abrigo de Valentina le quedaba enorme.
Una noche, la tormenta pegó duro. La nieve entraba horizontal a la cueva. El fuego casi se apaga.
—¿Se va a caer la cueva? —preguntó Valentina temblando.
—No —dijo Mateo, abrazándola—. La cueva es más fuerte que la tormenta.
A la mañana siguiente, la entrada estaba medio bloqueada por la nieve. Tuvieron que cavar para salir. Y fue ahí cuando la suerte cambió.
Cerca del barranco, Mateo encontró un pedazo de triplay, madera vieja, medio enterrada. Parecía basura de alguna construcción vieja.
La arrastró a la cueva como si fuera oro.
—¿Qué es eso? —preguntó Valentina.
—Nuestro cuarto —dijo Mateo.
Construyeron un refugio dentro de la cueva. Un marco de ramas, techo de cortezas y lodo, y la puerta de triplay. No era bonita, pero paraba el viento.
La primera noche ahí adentro, el aire se sentía tibio.
—Parece una cabaña —dijo Diego mirando el techo bajo.
—Una cabaña de cueva —asintió Mateo.
CAPÍTULO 4: El Invierno se Cuela
Los días se volvieron borrosos. Pescar, leña, fuego, dormir.
Los cazadores dejaron de ir. Quizás pensaron que los niños ya habían muerto congelados.
Las manos de Mateo se llenaron de grietas y callos. Su cara, al reflejarse en el hielo, ya no parecía la de un niño. Se veía dura.
—Tío Ramón no hubiera hecho esto —dijo Diego una noche—. Él se hubiera rendido.
—Sí —dijo Mateo, mirando las llamas.
El invierno no llegó de golpe, se metió poco a poco. El hielo del estanque se hizo más duro. Romperlo tomaba horas.
Una mañana, Mateo golpeaba y golpeaba el hielo con una roca. Nada.
Diego se acercó. —¿Ayudo?
Juntos lograron abrir el agujero. Tiraron la línea. Nada.
Esperaron una hora. Dos. El agua oscura no se movía.
—A lo mejor los peces están durmiendo —dijo Valentina, meciendo a su conejo.
—Los peces no duermen todo el invierno —dijo Mateo, forzando una sonrisa—. Solo son tímidos.
Ese día no comieron. Repartieron un pedazo de carne seca vieja que encontraron en el fondo de una mochila.
Esa noche, Valentina empezó a toser.
No era una tos fuerte. Era seca, pequeña, constante.
Mateo se sentó de golpe. —¿Estás bien?
Ella asintió, pero estaba pálida. Diego la tocó. —Está caliente.
Fiebre.
El miedo le recorrió la espalda a Mateo como una araña fría. Sin medicina. Sin doctores. Sin teléfono.
Envolvió a su hermana con todo lo que tenían. La abrazó para pasarle calor corporal.
En la oscuridad, Mateo pensó en la casa de Tío Ramón. En la calefacción. Se odió por pensarlo.
Al día siguiente, Valentina no se podía levantar.
—Descansa —le dijo Mateo—. Diego y yo nos encargamos.
Salieron al estanque. El silencio era pesado.
—¿Y si no pescamos nada? —le temblaba la voz a Diego.
—Pescaremos.
Pasaron minutos eternos. De repente, la línea dio un tirón violento. Mateo jaló con todas sus fuerzas.
¡Pez!
Lo cocinaron en caldo para que Valentina pudiera comerlo fácil. El color volvió un poco a sus mejillas.
Esa noche, ella sonrió. Y para Mateo, eso valía más que todo el oro del mundo.