
YO SOY MATEO, Y ESTA ES MI VERDAD.
PARTE 1
CAPÍTULO 1: Monedas en el Suelo
El olor a humedad del Centro Comunitario San Rafael siempre se me quedaba pegado en la nariz, pero ese día, con la lluvia cayendo a cántaros sobre la Ciudad de México, el olor era insoportable. O tal vez eran mis nervios. Me llamo Mateo Vargas, tengo 10 años, y en mi mochila no traía cuadernos, sino una caja de zapatos Nike vieja que valía más que mi propia vida.
—Aquí no queremos niños de la calle ensuciando nuestro escenario.
La voz de Valeria cortó el aire como un cuchillo. Ni siquiera me estaba mirando. Estaba tecleando furiosamente en su laptop, con esas uñas largas y decoradas que hacían un clic-clic-clic que me taladraba el cerebro. Yo estaba parado al otro lado del mostrador de registro, escurriendo agua sucia sobre el piso de linóleo. Había caminado cuarenta minutos bajo el aguacero porque no quería gastar ni cinco pesos en el pesero.
Mi cerebro tardó un segundo en procesar el insulto. ¿Niño de la calle? Tenía casa. Bueno, un departamento de interés social en Iztapalapa que se caía a pedazos, pero era una casa.
—Vengo a registrarme para la competencia de talento “Voces del Futuro” —dije. Mi voz salió más firme de lo que me sentía.
Valeria por fin levantó la cara. Sus ojos me barrieron con un desprecio tan puro que casi pude sentirlo físicamente. Se detuvo en mis tenis, que alguna vez fueron blancos y ahora eran del color del lodo, subió por mis jeans rotos (y no por moda), hasta llegar a mi sudadera gris que me quedaba dos tallas grande.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó, arrugando la nariz.
—Diez.
—¿Nombre?
—Mateo Vargas.
Ella suspiró, como si mi existencia le quitara oxígeno. Agarró mi hoja de registro con la punta de dos dedos, manteniéndola alejada de su cuerpo inmaculado.
—Sin correo electrónico, sin teléfono celular… —murmuró—. Mateo, déjame ser directa contigo. Este programa está diseñado para niños con trayectoria. Nuestros participantes han tomado clases de canto desde que aprendieron a hablar. Tienen coaches, tienen experiencia en teatro. —Se recargó en su silla de piel, cruzando los brazos—. ¿Tú qué tienes?
Pensé en el cuarto de intendencia del hospital donde mi mamá trabajaba antes de enfermarse. Pensé en cómo me escondía ahí entre las cubetas y los trapeadores para cantar, porque la acústica entre los botes de cloro era increíble. Pensé en cómo cantaba para ella ahora, bajito, mientras dormía conectada a esas máquinas que hacían bip-bip-bip.
—Yo sé cantar —dije simplemente.
Valeria soltó una carcajada. Fue un sonido agudo, cruel, que rebotó en las paredes vacías.
—Ay, ternurita. Estoy segura de que tu mamá te dice eso. Pero esto es diferente. Tenemos estándares. La cuota de inscripción es de $4,500 pesos. Y no es reembolsable cuando pierdas.
—Tengo el dinero.
La sonrisa de Valeria se afiló.
—¿Y tu mamá aprobó esto? ¿Mandarte bajo la lluvia con esa cantidad de dinero? Me parece… irresponsable.
Sentí una presión en el pecho, justo donde duele cuando tienes ganas de llorar pero no puedes.
—Ella está enferma. Está en el hospital.
Por una fracción de segundo, algo parpadeó en la cara de Valeria. ¿Lástima? No, fue incomodidad. Pero desapareció rápido.
—Qué pena. Pero eso no cambia la realidad. Sin preparación, solo vas a hacer el ridículo. Ahorra tu dinero, niño. Cómprate ropa decente. O mejor, ayuda a tu madre con sus medicinas.
—Voy a ganar —dije. La certeza en mi voz la hizo pausar.
—No, no vas a ganar.
Valeria levantó mi hoja de registro hacia la luz, la miró un segundo y, sin previo aviso, abrió los dedos. El papel cayó, planeando suavemente hasta aterrizar en el charco de agua sucia que se había formado alrededor de mis pies.
Me quedé mirando cómo la tinta de mi nombre empezaba a correrse, mezclándose con el lodo. Mateo Vargas se estaba disolviendo.
—Ups —dijo ella, sin ninguna emoción—. Qué torpe soy.
La sangre me hirvió. Imaginé tirar su escritorio, ver su laptop estrellarse contra el suelo. Mis manos se cerraron en puños tan fuertes que mis uñas se clavaron en las palmas. Pero entonces escuché la voz de mamá en mi cabeza: “Eres mi hombrecito fuerte, Mateo. La fuerza no es golpear, es aguantar”.
Me agaché lentamente. El agua fría me empapó los dedos mientras rescataba el papel empapado. Lo pegué contra mi pecho, manchando mi sudadera de tinta azul.
En ese momento, la puerta detrás de Valeria se abrió.
Un hombre entró. Alto, seguro, con una chamarra de cuero que costaba más que todo lo que mi familia había ganado en un año. Estaba mirando su iPhone.
—Valeria, necesito la lista de participantes para el viernes. Los de iluminación quieren saber si…
Se detuvo a mitad de la frase.
Yo me había girado al escuchar la puerta. El hombre levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos. Se quedó helado. Su boca se abrió ligeramente. El teléfono se le resbaló de la mano, pero lo atrapó torpemente contra su pecho.
No miraba mi ropa. No miraba el lodo. Me miraba a mí. A mi cara. A mis ojos.
—¿Quién es este? —preguntó. Su voz sonó rasposa, como si le faltara el aire.
—Señor Mendiola, es solo un… un chico que entró de la calle —dijo Valeria rápidamente, enderezándose—. Le estaba explicando que nuestro programa requiere…
—Carlos Mendiola —interrumpí. Lo reconocí de los carteles. “El Rey Mendiola”. El juez invitado. El productor que había lanzado a las estrellas más grandes de México.
Carlos pareció sacudirse un hechizo.
—Sí, soy yo. —Su voz era baja, cautelosa—. ¿Cómo te llamas?
—Mateo Vargas.
Algo pasó por la cara de Carlos cuando escuchó mi apellido. Su mandíbula se tensó.
—Vargas… —repitió lentamente, probando la palabra en su lengua.
Hubo un silencio extraño. Valeria miraba confundida entre los dos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Carlos, recuperando la compostura.
—Nada de qué preocuparse —dijo Valeria, con su sonrisa falsa de nuevo en su lugar—. Le estaba explicando nuestros estándares.
—Ella tiró mi hoja al charco —dije. Mi voz salió fuerte, clara—. Y dijo que yo ensuciaría el escenario.
Las cejas de Carlos se juntaron. Giró la cabeza hacia Valeria lentamente.
—¿Dijiste qué?
—Señor Mendiola, yo solo estaba manteniendo la…
—¿Le dijiste que ensuciaría el escenario? —La voz de Carlos era tranquila, pero tenía un filo peligroso.
Valeria tragó saliva.
—Pude haber expresado preocupaciones sobre su presentación personal.
Carlos miró el suelo mojado, mi hoja deshecha en mis manos, y luego a Valeria.
—¿Cuál es la cuota?
—$4,500 pesos —respondí yo.
Carlos me miró de nuevo.
—¿Tienes eso?
Asentí. Me agaché y levanté la caja de zapatos que había dejado en el suelo seco cerca de la entrada. Una caja vieja, con las esquinas pegadas con cinta. El cartón estaba suave de tanto abrirse y cerrarse.
—Mateo, tal vez deberíamos discutir… —empezó Valeria.
No la dejé terminar. Quité la tapa. La volteé sobre su inmaculado escritorio de vidrio.
El sonido fue glorioso.
¡CLANG! ¡CRASH! ¡PING!
Monedas de diez pesos rebotaron sobre la superficie. Monedas de cinco rodaron hasta el borde. Billetes de veinte, cincuenta y cien pesos, arrugados y alisados mil veces, cayeron como lluvia.
Valeria saltó hacia atrás en su silla, chocando contra la pared, con las manos arriba como si la estuviera asaltando.
Empecé a ordenar el dinero inmediatamente. Mis manos se movían con la eficiencia de quien ha contado esos mismos billetes cada noche durante un año. Pilas de diez. Pilas de cien.
Carlos se acercó. No miraba el dinero. Miraba mis manos. Miraba los callos en mis palmas, la tierra bajo mis uñas, la precisión automática de mis dedos.
Cuatro minutos de tintineo y papel crujiendo.
Finalmente, levanté la vista.
—Cuatro mil quinientos pesos. No falta ni un centavo.
Valeria miraba el dinero con horror y fascinación.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me lo gané.
—¿Cómo?
—Lavando coches, barriendo en la peluquería de Don Chuy, cargando bolsas en el mercado. Lo que fuera. —La miré directo a los ojos—. Me tomó un año. Un año de levantarme a las 5 de la mañana. Un año de manos ampolladas. Un año de echar todo en esta caja y ver cómo crecía tan lento que daban ganas de gritar.
—Tienes diez años… —dijo Valeria, con un hilo de voz.
—Sí, señora.
Carlos me miraba con esa expresión extraña de nuevo. Como si estuviera viendo un milagro o una tragedia.
—¿Te ganaste todo esto tú solo… para un concurso de canto?
Dudé. Pensé en mamá. Pensé en la etapa 3. Pensé en el premio: $1,500,000 pesos. El único número más grande que $1,200,000 que yo podía alcanzar.
—Sí, señor.
Valeria sacó una toallita desinfectante y empezó a limpiar su escritorio, esquivando las monedas.
—Incluso con la cuota pagada, tienes que entender… los otros participantes llevan entrenando desde que usaban pañales.
—Entonces él trabajará más duro —cortó la voz de Carlos.
Él tomó una hoja de registro nueva y limpia de la impresora y me la extendió.
—Llénala.
Valeria boqueó.
—¡Señor Mendiola! Como directora del programa, tengo que…
—Y yo no me importa —dijo Carlos. Su tono hizo que Valeria cerrara la boca de golpe—. Este concurso está abierto a cualquier niño que pueda pagar la cuota. Eso es lo que anunciamos. ¿Estás sugiriendo que excluyamos a ciertos aplicantes basándonos en su nivel económico?
La cara de Valeria se puso roja como un tomate.
—Por supuesto que no.
—Bien. Terminamos aquí.
Valeria empezó a recoger el dinero con la punta de los dedos, dejando caer cada moneda en un sobre como si estuvieran contaminadas de lepra.
—Está bien, puede registrarse. Pero cuando haga el ridículo, no me culpen a mí.
Llené la forma nueva con cuidado, protegiéndola de mi ropa mojada. Cuando terminé, la deslicé por el escritorio. Valeria la selló con una fuerza innecesaria. ¡PUM!
—Ronda preliminar el viernes a las 6:00 p.m. No llegues tarde.
—No lo haré.
Tomé mi caja de zapatos vacía y me di la vuelta hacia la puerta. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, pero mantuve la espalda recta. Casi llegaba a la salida cuando Carlos habló.
—Mateo.
Me detuve. Me giré.
Carlos estaba parado con las manos en los bolsillos de su pantalón de diseñador. Había algo en su expresión… dolor. Reconocimiento.
—Buena suerte —dijo en voz baja.
Asentí una vez, y empujé la puerta hacia la lluvia.
Detrás de mí, escuché la voz chillona de Valeria:
—Ese niño se va a humillar a sí mismo.
Y la respuesta de Carlos, apenas audible:
—Tal vez. O tal vez todos nos vamos a llevar una sorpresa.
CAPÍTULO 2: $1,200,000 Pesos
El departamento olía a cloro y a esa medicina amarga que mamá tomaba. Era un olor que se te metía en la ropa y no se iba nunca. Había tallado el baño esa mañana antes de ir a la escuela, tratando de quitar el moho que siempre regresaba, sin importar cuánto cloro usara.
Gota. Gota. Gota.
La llave de la cocina goteaba otra vez. Ese sonido lento y constante que me volvía loco en las noches.
Estaba parado sobre una silla de plástico, con una llave inglesa oxidada en la mano, tratando de apretar la tubería debajo del fregadero. Mis brazos me dolían de mantenerlos levantados, y mis dedos resbalaban en el metal húmedo. Había visto un video en YouTube en la biblioteca sobre cómo arreglar goteras, pero el señor del video lo hacía ver mucho más fácil.
—Mi amor, no tienes que hacer eso.
Miré por encima de mi hombro. Mi mamá, Lupita, estaba parada en el marco de la puerta de su recámara, apoyándose con una mano para no caerse. Había perdido más peso desde la última vez que salió del hospital. Sus pómulos resaltaban demasiado, afilados, y la pañoleta que usaba en la cabeza se le resbalaba un poco, mostrando los parches donde se le había caído el cabello.
—Yo puedo, má —dije, dándole otra vuelta a la llave—. Solo necesita apretarse más.
—Mateo Santiago Vargas. —Su voz tenía ese tono firme de mamá, aunque le faltaba fuerza—. Bájate de ahí ahora mismo.
Suspiré y me bajé de la silla. Me limpié las manos en mis jeans y la miré. De verdad la miré. Traía la misma pijama de franela desde hacía tres días. Tenía círculos oscuros bajo los ojos que parecían moretones.
—Deberías estar descansando —le dije, sintiendo ese nudo familiar en la garganta.
Lupita caminó despacio hacia la cocina. Cada paso parecía costarle un mundo. Extendió la mano y tocó mi cara. Su palma estaba fría.
—Y tú deberías estar jugando con tus amigos, siendo un niño. Echando la cáscara en la cancha.
Me aparté suavemente.
—No tengo tiempo para eso, má.
—Mateo, no…
—Estoy bien. Estamos bien.
Pero no estábamos bien. La pila de facturas y avisos de cobro en la mesa de la cocina era la prueba. Yo las había revisado ayer mientras ella dormía. Había sumado todo con la calculadora de mi celular viejo. El total seguía creciendo.
La última carta, la que había llegado en un sobre con el logo del Hospital Privado (el único que tenía el especialista que necesitaban), era para la cirugía. La que el doctor dijo que necesitaba “urgente” si quería llegar a Navidad.
$1,200,000 pesos.
El número vivía en mi cabeza como un parásito. Me despertaba en la noche y lo veía escrito en el techo. Un millón doscientos mil. Podrían haber sido un millón de dólares. Era imposible.
—Hablé con la trabajadora social hoy —dijo mamá en voz baja, recargándose en la mesa—. Nos dieron 20 días para conseguir al menos la mitad para apartar el quirófano. Si no…
No terminó la frase. No tenía que hacerlo. Sabía lo que pasaba si no. La cirugía se cancelaba. El cáncer seguía creciendo. Mamá se moría. Así de simple.
—Voy a ganar esa competencia —dije. Mis manos se cerraron a mis costados.
Lupita cerró los ojos y suspiró.
—El premio es un millón y medio. Es suficiente. Es más que suficiente.
—Mateo, mi vida, por favor. No puedes. No puedes ponerte ese peso encima. Tienes diez años.
—Soy el hombre de la casa.
—¡No! —Mamá sacudió la cabeza y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas—. No, mi amor. Eres mi hijo. Eres un niño. Esta no es tu responsabilidad. ¿Dónde está tu infancia?
Pero sí era mi responsabilidad. Porque si yo no hacía algo, si me quedaba sentado viendo la tele como ella quería, ella se iba a morir. Y yo no iba a permitir eso.
Pensé en mi padre. El hombre del que mamá se negaba a hablar. Todo lo que sabía era que había sido cantante, que se había largado antes de que yo naciera, y que los ojos de mamá se ponían tristes y muertos cada vez que yo preguntaba por él.
“Él tomó su decisión”, era todo lo que decía. “No lo necesitamos”.
Pero tal vez sí lo necesitábamos. Tal vez si él supiera…
No. Empujé el pensamiento lejos. Mi padre se había ido. Había elegido su carrera, su libertad, sobre nosotros. Había decidido que un bebé era un estorbo. Una vez escuché a mamá hablando con mi tía por teléfono, llorando, diciendo cómo él había dicho que “necesitaba espacio para crear”.
Cobarde.
Caminé hacia mi cuarto. Apenas cabía mi colchón individual en el suelo y la caja de plástico donde guardaba mi ropa. En la pared, pegué el volante de la competencia con diurex.
VOCES DEL FUTURO – GRAN PREMIO $1,500,000 MXN + CONTRATO DE GRABACIÓN.
Debajo, pegué la factura del hospital. La de los números rojos.
Tomé un rollo de cinta adhesiva blanca, de esa que usaba para vendarme los dedos cuando trabajaba cargando cosas. Corté un pedazo y me lo envolví en la muñeca derecha, apretado, para sentirlo. Luego tomé un plumón permanente negro y escribí sobre la cinta en mayúsculas:
SALVAR A MAMÁ.
Miré las palabras un momento. Luego envolví mi otra muñeca. Escribí lo mismo. Mis manos no temblaban.
Desde la cocina, escuché a mamá llorando. Sollozos calladitos, tratando de no hacer ruido para no preocuparme.
Cerré los ojos y respiré hondo.
—Yo puedo, jefa —susurré para mí mismo—. Yo puedo.
Esa noche, acostado en mi colchón, miraba el techo. La llave de la cocina goteaba otra vez. No la había arreglado bien.
Gota. Gota. Gota.
20 días. La cirugía estaba programada para dentro de 20 días, lo que significaba que tenía 19 días para ganar la competencia, cobrar el cheque y pagarle al hospital.
Lupita apareció en la puerta, una sombra recortada por la luz del pasillo.
—¿Estás despierto, mi amor?
—Sí.
Entró despacio y se sentó en la orilla de mi colchón. Los resortes rechinaron bajo su peso, el poco peso que le quedaba. Me tomó la mano, sus dedos rozando la cinta en mi muñeca.
—¿Qué es esto? —preguntó suavemente.
—Nada. Algo mío.
Ella leyó las palabras en la penumbra. Cuando levantó la vista, sus ojos brillaban con lágrimas.
—Oh, Mateo… No puedes. Es demasiado.
—Lo voy a hacer de todos modos.
—Mateo…
Me senté y la miré directo a los ojos.
—Sé que quieres que juegue fútbol. Sé que quieres que vaya a la escuela y no me preocupe. Pero no puedo, má. Porque si no hago algo, te vas a ir. Y no voy a dejar que eso pase. Así que, o me ayudas, o no me estorbes. Pero no voy a parar.
Las palabras salieron más duras de lo que quería, más adultas. Como si yo fuera el papá y ella la hija.
Mamá me miró un largo rato. Luego me abrazó, tan fuerte que casi me saca el aire. Su cuerpo temblaba.
—Está bien —susurró en mi pelo—. Está bien, mi amor. Pero prométeme algo.
—¿Qué?
—Prométeme que después de esto, cuando todo pase… volverás a ser un niño. Aunque sea un poquito.
No contesté. No podía prometer eso. Porque incluso si ganaba, seguiría habiendo renta, luz, gas. Pero la abracé y dejé que llorara.
Gota. Gota. Gota.
El sonido era como una cuenta regresiva. Y el tiempo se acababa.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Triste y la Verdad
El auditorio del Centro Cultural San Rafael era mucho más grande por dentro de lo que parecía por fuera. Filas y filas de butacas de terciopelo rojo se extendían hacia la oscuridad, y las luces del escenario colgaban del techo como enormes arañas mecánicas esperando para atacar. El aire olía a madera vieja, a limpiador de pisos barato y al sudor nervioso de cincuenta niños que soñaban con ser estrellas.
Yo estaba parado entre bastidores, espiando a la competencia. Todos parecían pertenecer ahí. Niñas con vestidos de lentejuelas y peinados de salón, niños con trajes a la medida y zapatos boleados. Sus padres revoloteaban alrededor como helicópteros, ofreciéndoles botellas de agua Fiji, atomizadores para la garganta y palabras de aliento en voz baja.
—Endereza la espalda, mi amor. Recuerda sonreírle a la cámara tres.
A unos metros de mí, un chico de mi edad estaba calentando la voz. Hacía escalas con una facilidad que daba miedo.
—Mi-mi-mi-ma-ma-ma…
—Ese es Julián Harper —susurró alguien a mi lado.
Volteé. Era una niña con un vestido rosa esponjoso que parecía un pastel de quinceañera.
—¿Julián Harper? —pregunté.
—El hijo de Valeria. La directora. —La niña rodó los ojos—. Lleva tomando clases con los mejores tenores de la ciudad desde que tenía cuatro años. Va a ganar. Todos lo saben. Su mamá prácticamente es dueña del lugar.
Miré a Julián. Tenía esa confianza relajada de quien nunca ha tenido que preocuparse por la renta. Su ropa era de marca, su cabello estaba perfectamente peinado con gel.
—Ya veremos —dije, más para mí que para ella.
La niña me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi camisa blanca de la escuela (la única decente que tenía), que me quedaba un poco apretada del cuello, y mis pantalones negros que mamá había teñido para que no se notara lo deslavado.
—Tú eres ese niño… —dijo, abriendo los ojos—. El del video. El de las monedas.
Sentí que el estómago se me hacía nudo.
—¿El video?
—Sí, está en todos lados. Alguien te grabó en el registro. Tienes como cinco millones de vistas en TikTok. Te dicen “El Niño de las Monedas”.
Genial. Ahora era un meme.
—Siguiente participante: ¡Julián Harper! —anunció el presentador.
Las luces de la sala se atenuaron y un reflector solitario golpeó el centro del escenario. Julián caminó hacia la luz con una sonrisa de comercial de pasta de dientes. Saludó al público con naturalidad, tomó el micrófono y asintió al ingeniero de sonido.
La música empezó. Era un cover moderno de una canción de Luis Miguel. Julián cantaba perfecto. Técnicamente, no había ni un error. Cada nota estaba en su lugar, cada respiración medida, cada movimiento de mano coreografiado. Era como escuchar un disco. Perfecto. Pulido. Y completamente frío.
Desde la mesa de jueces, Valeria brillaba de orgullo. Apenas terminó la última nota, ella ya estaba escribiendo en su tarjeta. Los otros jueces aplaudieron con entusiasmo. Todos excepto Carlos Mendiola. “El Rey” estaba sentado al final de la mesa, con la barbilla apoyada en una mano, su expresión ilegible.
Valeria levantó su tarjeta: 9.8.
Los otros jueces dieron 9.5 y 9.6.
Carlos levantó un 9.0. Valeria le lanzó una mirada asesina que podría haber cortado vidrio.
—¡Y ahora, recibamos al participante número 45! —tronó la voz del presentador—. ¡Mateo Vargas!
Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas. Mis palmas empezaron a sudar frío. Sentí la cinta adhesiva en mis muñecas apretándome la piel. Salvar a mamá. Salvar a mamá.
Caminé hacia el escenario. El reflector me cegó al instante. No podía ver al público, solo una pared de luz blanca y, más allá, la oscuridad donde cientos de ojos me juzgaban.
—Participante 45 —la voz de Valeria sonó desde la oscuridad, goteando una dulzura falsa—. Una entrada autofinanciada… con mucho esfuerzo, entiendo. Sin acompañamiento musical solicitado.
Escuché algunas risitas entre el público. Julián me miraba desde un lado del escenario con una media sonrisa burlona.
Caminé hasta el micrófono. El metal estaba frío bajo mis dedos. Cerré los ojos.
No pensé en Valeria. No pensé en Julián y sus clases caras. Pensé en el hospital. Pensé en la mano de mamá, tan delgada que parecía hecha de papel, sosteniendo la mía. Pensé en el número: $1,200,000. Pensé en el cuarto de intendencia y el olor a cloro. Pensé en todas las veces que me dijeron que no podía.
Abrí la boca.
No había pedido pista musical. Iba a cantar a capella.
La canción era “El Triste”, de José José. Una canción que le quedaba grande a cualquiera, y mucho más a un niño de diez años. Pero era la canción favorita de mamá.
—Qué triste fue decirnos adiós…
Mi voz salió un poco temblorosa al principio. Era el miedo. Pero entonces, recordé por qué estaba ahí. No estaba cantando para ganar un trofeo. Estaba cantando para comprar vida.
—Cuando nos adorábamos más…
Algo se rompió dentro de mí y la voz fluyó. Dejé de intentar cantar “bonito” y empecé a cantar con verdad. Mi voz no era perfecta como la de Julián. Era rasposa en los bordes, cruda, potente. Tenía tierra y dolor. Tenía el peso de las facturas no pagadas y las noches sin dormir.
Cuando llegué al estribillo, me olvidé del micrófono. Me olvidé del escenario.
—Hoy quieeeeeero sabooorear mi doloooor…
Mantuve la nota. La sostuve con todo el aire que mis pulmones de niño podían aguantar. Sentí las venas de mi cuello hincharse. Mis cejas se juntaron, mis ojos se cerraron con fuerza, mi cara se contorsionó en una mueca de esfuerzo puro, idéntica a la que ponía Carlos Mendiola en las portadas de sus viejos discos cuando cantaba sus baladas más desgarradoras.
En la mesa de jueces, Carlos soltó la pluma. El plástico golpeó la mesa, pero él no parpadeó. Se inclinó hacia adelante, con los ojos clavados en mí como si estuviera viendo una aparición.
La gente en el público se inclinó hacia adelante. La niña del vestido rosa tenía la boca abierta tras bambalinas. La sonrisa de Julián se había borrado.
Seguí subiendo. La canción exigía más y más, y yo se lo di todo. En la última nota, mi voz se quebró un poco. Un “gallo”. Un error técnico imperdonable en una competencia. Pero ese quiebre sonó tan real, tan lleno de desesperación, que se sintió como un grito de auxilio.
Silencio.
Durante tres segundos eternos, no se escuchó ni una mosca en el auditorio.
Y luego, estalló.
La gente no solo aplaudió. Se pusieron de pie. Vi a señoras secándose los ojos con pañuelos. Escuché un “¡Bravo!” ronco desde el fondo.
En la mesa de jueces, Carlos Mendiola tenía las manos sobre la boca, ocultando su expresión. Sus hombros se movían ligeramente. Valeria estaba petrificada, con su tarjeta de puntuación aún sobre la mesa.
Me quedé ahí, jadeando, parpadeando bajo la luz, tratando de entender qué acababa de pasar.
—Calificaciones, por favor —dijo el presentador, sonando un poco conmocionado.
Los jueces levantaron sus tarjetas. 9.9. 9.8.
Luego, Valeria. Su mano temblaba un poco, pero su expresión era de piedra. Levantó la tarjeta: 7.5.
El público abucheó. Fue un sonido feo, grave. Alguien gritó: “¡Fraude!”.
Valeria se acercó al micrófono.
—Falta de técnica —dijo, su voz cortante sobre los abucheos—. Hubo un quiebre evidente en el falsete final. La afinación en los graves fue inestable. El talento bruto no es suficiente en este nivel.
Finalmente, Carlos.
Se quitó las manos de la cara. Sus ojos estaban rojos. Brillantes. Tomó su tarjeta. Me miró. Realmente me miró, como si quisiera leer mi alma a través de mis ojos.
Levantó la tarjeta. 10.
El auditorio rugió. Fue tan fuerte que el piso vibró bajo mis pies. Incluso con el 7.5 de Valeria, mi promedio era el más alto de la noche.
Salí del escenario con las piernas hechas gelatina. Julián estaba en las sombras. Me miró al pasar, y por un segundo vi miedo en sus ojos. Miedo real.
—Necesito aire —murmuré.
Empujé la puerta trasera y salí al callejón detrás del teatro. El aire frío de la noche de la Ciudad de México me golpeó la cara sudada. Olía a tacos de la esquina y a escape de camión, pero me supo a gloria. Me recargué contra la pared de ladrillo, temblando.
La puerta se abrió de nuevo. Esperaba ver a algún guardia de seguridad regañándome, pero era Carlos.
El gran productor se quedó parado en el umbral, con la luz dorada del interior recortando su silueta. Sacó una cajetilla de cigarros, la miró y la volvió a guardar sin sacar ninguno.
—¿Dónde aprendiste a cantar así? —preguntó. Su voz sonaba diferente. Menos “rey”, más humana.
—Me enseñé solo —dije, abrazándome a mí mismo para dejar de temblar—. Viendo videos en el internet de la biblioteca. Y… cantándole a mi mamá.
Carlos soltó una risa breve, sin humor.
—Videos… Dios mío.
Dio un paso hacia mí.
—Cuando cantas… cuando subes a esas notas altas… haces algo con las cejas. Las juntas así. —Hizo el gesto con sus propios dedos sobre su frente—. Y tu labio superior se tensa de un lado.
—No me doy cuenta —admití.
—Lo sé. —Carlos metió las manos en los bolsillos de su chamarra de cuero—. Yo hago lo mismo. Siempre lo he hecho. Desde que era un niño cantando en los camiones.
Sentí un escalofrío extraño que no tenía nada que ver con el frío.
—Señor Mendiola…
—Dime Carlos.
—Carlos… ¿por qué me dio el diez? Valeria dijo que tuve errores. Se me salió un gallo al final.
Carlos se quedó callado un momento, mirando el cielo nublado donde no se veía ni una estrella por la contaminación.
—Porque eso que hiciste allá adentro no fue una presentación, Mateo. Fue la verdad. Y la verdad siempre vale un diez.
Se dio la vuelta para entrar.
—Descansa, niño. La final va a ser una guerra. Y Valeria no juega limpio.
Se fue, dejándome solo en el callejón con mis manos temblorosas y el eco de los aplausos todavía zumbando en mis oídos.
CAPÍTULO 4: El Precio de la Fama y la Sabotaje
Mi celular, un modelo estrellado que habíamos comprado usado en el tianguis, empezó a vibrar a las 6:00 a.m. del día siguiente. No paró. Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt.
Me había quedado dormido en el suelo, con la ropa de la competencia puesta. Agarré el teléfono con los ojos lagañosos.
Notificaciones. Cientos. Miles.
Abrí Facebook. El primer video en mi feed era yo.
Título: “NIÑO MEXICANO HACE LLORAR A LOS JUECES Y HUMILLA A LA DIRECTORA CLASISTA”.
Vistas: 3.4 millones.
—No manches… —susurré.
Hice clic. Alguien había grabado mi actuación completa desde el público. La calidad era mala y se movía mucho, pero el audio era claro. Mi voz rompiéndose en “El Triste” sonaba en el pequeño altavoz.
Los comentarios eran una locura:
“¡Piel de gallina! Este niño tiene un don de Dios.”
“¿Vieron la cara de la jueza rubia? ¡Se quería morir del coraje!”
“Alguien dele un contrato ya.”
“¡Ese es mi vecino! ¡Vvive en la unidad San Rafael!”
“#JusticiaParaMateo #ElNiñoDelAlma”
Mi mamá apareció en la puerta de mi cuarto, sosteniendo su propio teléfono con manos temblorosas.
—Mateo… ¿ya viste esto?
—Sí, má. Soy viral.
—No, no eso. —Se sentó en la orilla de mi colchón y me enseñó la pantalla—. Mira.
Era una página de Donadora. Título: “Ayudemos a Mateo ‘El Sol’ Vargas a salvar a su mamá”.
La foto era una captura de pantalla del video donde yo salía limpiando las lágrimas con mi manga.
Meta: $1,200,000 MXN.
Recaudado: $350,000 MXN.
—Trescientos cincuenta mil pesos… —dije, sintiendo que me faltaba el aire.
En una noche. Mientras dormíamos, gente extraña, gente que no nos conocía, había donado más dinero del que mi mamá ganaba en cinco años de trabajo.
Lupita empezó a llorar.
—La gente es buena, Mateo. La gente es tan buena…
Pero mi cerebro ya estaba haciendo matemáticas. $350,000 era increíble. Era un milagro. Pero faltaban $850,000. Y la cirugía era en 18 días. Las donaciones se iban a detener eventualmente. Siempre pasaba. La gente se olvida, el internet pasa al siguiente video viral de gatitos.
Necesitaba ganar el premio.
Llegar a la escuela el lunes fue surrealista. Los mismos niños que la semana pasada me hacían burla por mis tenis rotos, ahora querían selfies.
—¡Qué onda, Mateo! ¡Siempre supe que eras un crack!
—Oye, ¿me cantas las Mañanitas para mi historia de Insta?
—Mateo, hermano, te guardé un lugar en el almuerzo.
Falsos. Todos falsos.
Me sentí más solo que nunca rodeado de toda esa gente.
A la hora del recreo, me fui a esconder detrás de las canchas de básquetbol, comiéndome mi torta fría.
—Oye.
Alcé la vista. Era Julián.
No traía su séquito habitual. Se veía nervioso, mirando hacia todos lados como si estuviera haciendo algo ilegal.
—¿Qué quieres? —le pregunté a la defensiva.
—Tu presentación estuvo… estuvo densa, güey. De verdad. Cantas muy cañón.
—Gracias.
Julián se sentó en la banqueta, a un metro de distancia.
—Mi mamá está furiosa.
—Ya me di cuenta. Me puso 7.5.
—No, no entiendes. Está loca de furia. —Julián bajó la voz—. La escuché anoche hablando por teléfono con sus abogados. Está buscando basura sobre ti. Quiere descalificarte.
Dejé de masticar.
—¿Descalificarme? ¿Por qué? No he hecho nada.
—No sé, pero ella siempre encuentra algo. El año pasado hizo que descalificaran a una niña porque su papá tenía antecedentes penales o algo así. Solo… ten cuidado, ¿va? Cuídate la espalda.
Julián se levantó rápido y se fue antes de que alguien lo viera hablando con el enemigo.
El golpe llegó dos horas antes de la Gran Final.
Estaba en casa, tratando de planchar mi camisa (que ya tenía una mancha amarilla de sudor que no salía), cuando sonó la notificación de correo en el celular de mi mamá.
DE: COMITÉ ORGANIZADOR VOCES DEL FUTURO
ASUNTO: URGENTE – NOTIFICACIÓN DE ELEGIBILIDAD
El corazón se me cayó a los pies. Abrí el correo.
“Estimado Sr. Vargas:
Se ha traído a nuestra atención una violación grave a las normas de derechos de autor y propiedad intelectual del concurso.
Hemos detectado un canal de YouTube bajo el nombre “MateoCantaOficial” que contiene 42 videos suyos interpretando canciones protegidas por derechos de autor sin las licencias correspondientes.
Según la cláusula 14.2 del reglamento, cualquier participante que lucre o distribuya material ilegal será descalificado automáticamente para proteger la integridad legal del certamen.
Queda usted formalmente fuera de la final de esta noche.
Atentamente,
Valeria Harper, Directora del Programa.”
Leí el correo tres veces. Las letras bailaban.
El canal. Mi viejo canal. Lo había abierto cuando tenía 8 años. Subía videos cantando con el celular de mamá. Tenía como 15 suscriptores. No “lucraba”. No ganaba ni un peso.
—¡Mamá! —grité.
Lupita salió del baño, pálida. Leyó el correo y se tuvo que sentar en el sofá para no caerse.
—No pueden hacer esto… Son videos de un niño cantando en su cocina.
—Dice que es automático. —Sentí las lágrimas picándome los ojos. No de tristeza, de rabia. Pura rabia roja—. Me quieren sacar porque saben que voy a ganar.
—Vamos a ir —dijo mamá, levantándose con un esfuerzo que me dolió ver—. Vamos a ir y vamos a hablar con ellos.
—No nos van a escuchar. Es Valeria.
—Entonces hablaremos con alguien más.
Llegamos al Centro Cultural a las 4:30 p.m. Faltaban dos horas para el show. Valeria estaba en su oficina de cristal, riéndose mientras hablaba por teléfono. Cuando nos vio entrar, su sonrisa se transformó en una mueca de satisfacción. Colgó.
—Señora Vargas, Mateo. Qué pena que hayan venido en balde. Les mandé el correo para ahorrarles el viaje.
—Esto es injusto —dije, plantándome frente a su escritorio. La caja de zapatos ya no estaba, pero sentí el mismo fuego—. Esos videos son viejos. No gano dinero con ellos. Es “Uso Justo”.
—Ah, miren al pequeño abogado —se burló Valeria—. Las reglas son las reglas, cariño. Sin licencias, no hay escenario. No podemos arriesgarnos a una demanda. Imagínate qué vergüenza para el Centro.
—La única vergüenza aquí eres tú.
La voz vino desde la puerta.
Carlos Mendiola entró. No traía chamarra de cuero hoy, traía un traje negro impecable, pero se veía más peligroso que nunca.
—Carlos, esto no te incumbe —dijo Valeria, perdiendo un poco de su arrogancia—. Son temas administrativos.
—Me incumbe porque es MI show también —Carlos azotó una carpeta sobre el escritorio de Valeria—. Y hablando de temas administrativos… ¿hablemos de derechos de autor?
Valeria parpadeó.
—¿De qué hablas?
Carlos abrió la carpeta. Sacó una hoja impresa.
—Este es el video de audición de tu hijo, Julián. Está cantando “La Incondicional”. Muy bonito. Pero el arreglo musical de fondo… —Carlos señaló el papel—. Es una pista profesional robada de un karaoke japonés que tiene copyright estricto. Julián no compró la licencia. Tú no compraste la licencia.
Valeria se puso pálida.
—Eso es diferente… es solo para uso interno…
—Ah, ¿sí? —Carlos se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio—. Pues según la cláusula 14.2, Julián está distribuyendo material ilegal. Debería ser descalificado automáticamente. ¿O las reglas solo aplican para los niños pobres, Valeria?
Valeria abrió la boca y la cerró como un pez fuera del agua. Miró a Carlos, luego a mí, luego a los papeles.
—Además —continuó Carlos, bajando la voz a un susurro letal—, tengo a un amigo periodista de El Universal esperando en el lobby. Le encantaría la historia: “Directora de concurso de niños ricos descalifica al niño viral de Iztapalapa por cantar covers en YouTube mientras encubre a su propio hijo”. ¿Te imaginas el escándalo? ¿Te imaginas lo que dirá la mesa directiva?
Valeria temblaba. De verdad temblaba. Sabía que estaba acorralada.
El odio en sus ojos cuando me miró fue algo que nunca voy a olvidar. Pero el miedo era más fuerte.
Se giró hacia su computadora y tecleó con furia.
—Está reinstalado —escupió las palabras—. Pero te lo advierto, Mendiola. Si ese niño gana, voy a impugnar todo el proceso.
—Que intente ganar primero —dijo Carlos, tranquilo—. Vámonos, Mateo. Tienes una prueba de sonido.
Salimos de la oficina. En el pasillo, mi mamá se tuvo que recargar en la pared, respirando agitada. Carlos la sostuvo del brazo con una delicadeza sorprendente.
—Gracias —le dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Gracias por defender a mi hijo.
Carlos miró a mi mamá. Hubo un silencio largo, pesado. Carlos parecía querer decir algo, algo importante. Abrió la boca, pero luego miró mi muñeca, donde la cinta adhesiva con “SALVAR A MAMÁ” asomaba bajo la manga de mi camisa.
—Nadie debería pelear solo —dijo Carlos finalmente, con la voz rota—. Menos un niño.
Se giró hacia mí.
—Sube al escenario, Mateo. Y cántales hasta que les duela.
Asentí. Faltaba una hora. Una hora para cambiar mi vida o perderlo todo.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Grito de Iztapalapa
El auditorio era un monstruo de mil cabezas esa noche. Había gente hasta en los pasillos. Las cámaras de Televisa y TV Azteca estaban instaladas al fondo, con sus luces rojas parpadeando como ojos de depredadores. El video viral había convertido la final local en un evento nacional.
El backstage era un caos de laca para el pelo, lentejuelas y mamás gritando órdenes. Yo estaba en una esquina, tratando de no vomitar. Mi traje nuevo (bueno, nuevo para mí, comprado en la Lagunilla esa mañana) me picaba un poco en el cuello, pero me veía bien. Me veía… serio.
Mi mamá estaba sentada en una silla plegable a mi lado. Se había maquillado para ocultar las ojeras y se había puesto su mejor vestido, aunque le quedaba un poco grande ahora.
—Te ves guapo, mi cielo —me dijo, acomodándome el cuello de la camisa—. Como todo un artista.
—Tengo miedo, má.
—El miedo es bueno. Te mantiene despierto.
De repente, un ruido en la puerta trasera hizo que todos voltearan.
Entró un grupo de personas que definitivamente no encajaban con el ambiente de “niños prodigio” del lugar.
Eran Don Chuy, el de la peluquería, con su guayabera de los domingos. Doña Tere, la de los tamales, cargando una pancarta enrollada. El “Rocas”, el mecánico que siempre me dejaba ver cómo arreglaba motos. Y como quince vecinos más de la unidad habitacional.
Todos traían camisetas blancas que decían con letras negras pintadas a mano: TEAM MATEO.
—¡Sorpresa, campeón! —gritó Don Chuy, abriendo los brazos.
Sentí que los ojos se me llenaban de agua. Corrí a abrazarlos. Olían a barrio, a trabajo, a casa.
—¿Cómo llegaron aquí? —pregunté.
—Hicimos una vaquita para la gasolina de la combi —dijo Doña Tere, apretándome los cachetes—. No nos íbamos a perder esto, mijo. Vamos a hacer tanto ruido que esos jueces no van a tener de otra que darte el premio.
El jefe de piso gritó: “¡Cinco minutos! ¡Todos a sus lugares!”.
La competencia empezó. Los primeros niños estuvieron increíbles. Una niña cantó ópera que hizo temblar las paredes. Otro niño tocó el piano como si tuviera cuatro manos. El nivel era altísimo.
Luego fue el turno de Julián.
Salió con un traje blanco impecable. Cantó una balada poderosa, “El día que me quieras”. Fue… perfecto. No había otra palabra. Su voz era seda pura. Subía y bajaba con un control que yo no tenía. Cuando terminó, la gente aplaudió con ganas. Un aplauso educado, fuerte, de admiración.
Valeria le puso un 10. Los otros jueces, 9.8 y 9.9. Carlos le puso un 9.5.
—¡Y ahora, para cerrar la noche… Mateo Vargas!
Caminé hacia el centro.
El reflector me golpeó. Pude ver a mi “porra” en la primera fila, con sus camisetas blancas brillando en la oscuridad. Pude ver a Valeria, cruzada de brazos, con una cara de “hazme perder el tiempo”. Y a Carlos, inclinado hacia adelante, con las manos entrelazadas.
No pedí música. Le hice una señal al de sonido para que no pusiera nada.
Iba a cantar “Hasta que te conocí”, de Juan Gabriel. Pero no la versión suave. La versión que duele.
—Yo no sabía de tristezas, ni de lágrimas, ni nada…
Empecé casi susurrando. La letra hablaba de dolor, de aprender a sufrir. Y vaya que yo había aprendido. Canté pensando en mi papá, el hombre fantasma que nunca conocí. Canté pensando en ver a mi mamá doblarse de dolor en la cocina. Canté pensando en el hambre, en el frío, en las monedas contadas.
—Hasta que te conocí… vi la vida con dolor…
Mi voz creció. Se llenó del auditorio. No estaba actuando. Estaba contando mi historia. Caminé por el escenario, mirando a la gente a los ojos. Miré a Valeria cuando canté sobre el desprecio. Miré a Carlos cuando canté sobre la soledad.
—Y muy tarde comprendí… que no te debía amar…
En el clímax de la canción, me dejé ir. Solté todo el aire, toda la rabia, todo el miedo de perder a mi mamá. Mi voz se rompió, sí. Un grito rasgado, imperfecto, brutal.
—¡Por eso vete! ¡Olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta!
Caí de rodillas en la última nota, con el pecho agitado, las lágrimas corriéndome por la cara sin control.
Silencio.
Y luego, el estruendo.
No fue un aplauso. Fue una explosión. La gente gritaba, zapateaba. Mi porra estaba saltando y abrazándose. Doña Tere agitaba su pancarta como loca.
Me levanté, mareado.
Miré a la mesa de jueces.
Carlos Mendiola estaba llorando abiertamente, sin intentar ocultarlo. Valeria estaba pálida, inmóvil, como si hubiera visto un accidente de coche.
Las calificaciones:
Juez 1: 10
Juez 2: 10
Valeria… dudó. Miró al público, que la observaba como una jauría de lobos esperando atacar. Miró a Carlos. Lentamente, levantó su tarjeta.
Valeria: 9.0 (Hubo abucheos, pero ya no importaba).
Carlos tomó su tarjeta. Se puso de pie.
Carlos: 10.
El presentador hizo las sumas. Hubo un momento de tensión matemática que pareció durar horas.
—En tercer lugar… Sofía Méndez.
—En segundo lugar… Julián Harper.
Julián bajó la cabeza un segundo, decepcionado, pero luego sonrió y aplaudió. Se veía… aliviado.
—Y el ganador del Gran Premio de $1,500,000 pesos y el contrato de grabación… ¡MATEO VARGAS!
El mundo se volvió borroso. Confeti dorado estalló desde el techo. Mi mamá corrió al escenario, más rápido de lo que la había visto moverse en meses, y me abrazó tan fuerte que caímos al suelo. Don Chuy y los vecinos invadieron el escenario cargándome en hombros.
Me dieron un cheque gigante de cartón. Lo abracé como si fuera un salvavidas en medio del mar.
—¡Lo hicimos, jefa! —le grité a mi mamá sobre el ruido—. ¡Ya está! ¡Te vas a operar!
Ella lloraba y reía al mismo tiempo, besándome la cara llena de sudor y lágrimas.
—Lo hiciste tú, mi vida. Tú nos salvaste.
En medio de la locura, busqué a Carlos con la mirada. Él estaba de pie junto a la mesa de jueces, aplaudiendo lentamente, con una sonrisa triste que no le llegaba a los ojos.
CAPÍTULO 6: La Sangre y el Cheque
La fiesta en el escenario duró una hora. Fotos, entrevistas, abrazos de gente que no conocía. Cuando por fin logramos escapar, mi mamá y yo estábamos agotados hasta los huesos.
Caminábamos hacia la salida trasera, cargando el cheque gigante bajo el brazo, cuando una voz nos detuvo.
—Mateo. Lupita. Esperen.
Era Carlos. Estaba parado en la penumbra del pasillo, lejos de las cámaras. Se veía terrible. Ojos rojos, corbata desajustada, las manos temblándole ligeramente.
—Señor Mendiola —dijo mi mamá, poniéndose tensa de inmediato. Su mano apretó mi hombro—. Ya nos íbamos. Estamos muy cansados.
—Lo sé. Lo siento. Pero… necesito hablar con ustedes. Cinco minutos. Por favor. En privado.
Había algo en su voz… una desesperación que me asustó. Nunca había escuchado a un adulto sonar así de roto.
Nos llevó a una pequeña bodega donde guardaban sillas. Cerró la puerta y se recargó en ella, como si necesitara soporte para no caerse.
—Felicidades, Mateo —dijo—. Estuviste increíble.
—Gracias —dije, abrazando mi cheque—. Gracias por el diez.
—Te lo ganaste.
Hubo un silencio incómodo. Carlos miraba a mi mamá, y mi mamá miraba al suelo, negándose a hacer contacto visual.
—Tengo que decirle —dijo Carlos de repente, mirando a mi mamá.
—No —dijo ella, tajante. Levantó la vista y sus ojos echaban chispas—. No tienes derecho. Ni se te ocurra, Carlos.
—¡Tiene derecho a saber, Lupita! ¡Míralo! ¡Míranos!
—¿Saber qué? —pregunté, mirando entre los dos. El miedo empezó a treparme por la espalda como una araña fría.
Carlos se agachó para quedar a mi altura. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los que yo veía en el espejo cada mañana, estaban llenos de lágrimas.
—Mateo… —Su voz se quebró—. Yo soy tu papá.
El tiempo se detuvo. El zumbido del aire acondicionado desapareció. Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
—No —dije. Fue una reacción automática—. No es cierto. Mi papá era un cantante que nos abandonó.
—Ese era yo —dijo Carlos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Yo era ese cantante.
Miré a mi mamá, buscando que lo negara. Buscando que le gritara mentiroso y nos sacara de ahí.
Pero ella solo se cubrió la cara con las manos y sollozó.
—¿Mamá? —pregunté, con un hilo de voz.
—Es verdad, mi amor —susurró ella—. Es él.
Volví a mirar a Carlos. Y de repente, lo vi. Vi mi nariz en su cara. Vi la forma de mis manos en las suyas. Vi el gesto que hacía con las cejas.
La náusea me golpeó fuerte.
—Tú… —Di un paso atrás, chocando con una pila de sillas—. Tú nos dejaste.
—Sí. —Carlos no intentó defenderse—. Tenía 23 años. Estaba empezando mi carrera. Tenía miedo. Pensé que un bebé… pensé que arruinaría mi oportunidad. Fui un cobarde, Mateo. Un estúpido y maldito cobarde.
—Nos dejaste solos —mi voz empezó a subir de volumen—. Mi mamá trabajaba doble turno. A veces no teníamos para comer. Yo tuve que… yo tuve que pegar mis tenis con cinta porque no teníamos para otros.
—Lo siento… Dios, lo siento tanto…
—¿Lo sientes? —Grité. La rabia explotó—. ¿Dónde estabas cuando nos desalojaron del cuarto en la Doctores? ¿Dónde estabas cuando a mamá le dio cáncer? ¿Dónde estabas cuando yo tenía ocho años y vendía chicles en el metro?
Carlos se estremeció con cada pregunta como si lo estuviera golpeando.
—No sabía… Te juro que no sabía lo del cáncer. Lupita nunca me…
—¡Porque no te importábamos! —le grité en la cara—. ¡Tú eras “El Rey Mendiola”, viviendo en tu mansión, y nosotros no éramos nada!
—Mateo, por favor…
—¡No me digas Mateo! ¡No me toques!
Carlos metió la mano en el bolsillo interior de su saco. Sacó un papel doblado. Le temblaba tanto la mano que el papel vibraba.
—Ten —dijo, extendiéndolo hacia mí.
—No quiero nada tuyo.
—Es un recibo —dijo rápido—. Del hospital. Pagué la cirugía de tu mamá esta mañana. Toda. El millón doscientos mil. Y la quimioterapia que sigue. Y la recuperación. Está todo pagado.
Me quedé helado. Miré el papel. Ahí estaba el sello del hospital. “PAGADO”.
—El dinero del premio… —continuó Carlos, hablando atropelladamente—. Quédatelo. Es tuyo. Cómprate una casa. Estudia. Haz lo que quieras. Pero tu mamá ya está a salvo. No necesitas gastar tu premio en eso.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo un nudo gigante en la garganta—. ¿Por qué ahora?
—Porque no puedo cambiar los últimos diez años —dijo Carlos, llorando abiertamente—. No puedo borrar el hambre que pasaron ni las veces que lloraste solo. Pero puedo hacer esto. Puedo salvarle la vida a ella. Puedo quitarte ese peso de encima.
Dejó el papel sobre una silla porque yo no lo tomaba.
—No estoy pidiendo que me perdones, Mateo. Sé que no me lo merezco. No estoy pidiendo ser tu papá. Sé que perdí ese lugar hace mucho. Solo… solo déjame ayudar. Por favor.
Miré el recibo. Miré a mi mamá, que lloraba en silencio en un rincón. Miré el cheque gigante de cartón que seguía bajo mi brazo.
Mi mamá iba a vivir. Eso era lo único que importaba. Él había pagado.
Tomé aire. Me limpié las lágrimas con la manga de mi traje nuevo.
—Gracias por pagar la cirugía —dije. Mi voz sonó fría, dura. Una voz que no parecía de niño—. De verdad, gracias. Eso salva a mi mamá.
La cara de Carlos se iluminó con una esperanza patética.
—Pero eso no te hace mi papá —dije, clavándole la mirada—. Tú eres Carlos Mendiola. Eres un juez. Eres un productor. Pero no eres mi papá.
La esperanza en su cara se rompió en mil pedazos.
—Mateo…
—Mi papá no nos hubiera dejado —continué, implacable—. Mi papá hubiera estado ahí para enseñarme a rasurarme, o para ir a mis partidos, o para abrazar a mamá cuando le dijeron que tenía cáncer. Yo he estado bien sin papá diez años. Voy a estar bien otros diez.
Caminé hacia la puerta y la abrí.
—Vámonos, mamá.
Mi mamá se acercó a Carlos. Le puso una mano en el brazo, brevemente.
—Gracias por el dinero, Carlos. Adiós.
Salimos al pasillo.
Detrás de nosotros, escuché el sonido de Carlos rompiéndose. Un sollozo ahogado, profundo, de un hombre que se da cuenta de que todo el dinero del mundo no puede comprar el tiempo perdido.
No volteé. Caminé hacia la salida con mi mamá y mi cheque, dejando a mi padre biológico llorando en una bodega de sillas.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: El Perdón no es Olvido
El estacionamiento estaba casi vacío. El aire frío de la noche me golpeó la cara, secándome las lágrimas, pero el frío que sentía por dentro no se iba. Caminábamos en silencio hacia la parada del pesero. Yo cargaba el cheque gigante de cartón como si fuera una tabla de surf; era incómodo y ridículo, pero no lo iba a soltar.
—Mateo… —dijo mi mamá suavemente.
—No quiero hablar, má.
—Hijo, él realmente pagó todo. El hospital me llamó en la tarde para confirmar. No te lo dije para no ponerte nervioso antes de cantar.
Me detuve bajo la luz amarillenta de una farola.
—¿Por qué no me dijiste que él era mi papá? ¿Por qué me dejaste concursar frente a él sin saberlo?
—Porque tenía miedo —admitió ella, bajando la cabeza—. Miedo de que te lastimara. Miedo de que te rechazara otra vez. Y… miedo de que lo quisieras más que a mí porque él es rico y famoso.
—Eso es una tontería —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Tú eres mi mamá y mi papá. Tú eres todo. Él es solo… un señor con dinero.
Llegamos a la parada. Nos sentamos en la banca de metal fría. El cheque gigante estaba entre nosotros como una barrera.
$1,500,000 pesos.
Más el millón doscientos que Carlos había pagado al hospital.
De repente, me sentí… vacío.
Había pasado el último año obsesionado con salvar a mamá. Cada minuto, cada pensamiento, cada moneda guardada era para eso. Y ahora… ya estaba hecho. Un extraño había sacado su tarjeta de crédito y había resuelto el problema más grande de mi vida en cinco minutos.
—Me siento mal —confesé en un susurro.
—¿Por qué, mi amor? Ganaste. Eres un campeón.
—Porque quería salvarte yo. Quería ser yo el héroe. Y al final… él lo hizo. Él es el héroe.
Lupita me tomó la cara con sus manos. Sus dedos estaban calientes ahora.
—Escúchame bien, Mateo Vargas. Carlos firmó un papel, sí. Pero tú me diste una razón para luchar cada día. Tú me cuidaste, tú me alimentaste, tú me hiciste reír cuando quería morirme. Tú me salvaste el alma, Mateo. Eso vale más que cualquier cheque.
Un coche negro y lujoso se detuvo frente a nosotros. La ventanilla bajó.
Era Carlos.
—Se van a ir en pesero a esta hora con un cheque gigante —dijo. No era una pregunta. Tenía los ojos hinchados, pero su voz estaba controlada—. Es peligroso.
—Estamos bien —dije, mirando al frente.
—No estoy pidiendo ser tu amigo, Mateo. Estoy ofreciendo un aventón. Por favor. No quiero que los asalten.
Miré la calle oscura. Miré a mi mamá, que temblaba un poco de frío.
—Está bien. Pero yo voy adelante.
El viaje fue silencioso. El coche olía a cuero nuevo y a esa colonia cara que él usaba. Carlos manejaba con las dos manos en el volante, tensas.
Cuando llegamos a la unidad habitacional, el contraste fue brutal. Su coche brillaba como una nave espacial entre los edificios despintados y los baches.
Se estacionó frente a nuestro edificio.
—Gracias —dije secamente, abriendo la puerta.
—Espera.
Carlos sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo. La puso en el tablero.
—Sé que no quieres saber nada de mí como padre. Lo respeto. Me lo merezco. Pero… tienes un talento que da miedo, Mateo. Un talento que necesita cuidarse.
No dije nada.
—Si alguna vez… si algún día decides que quieres hacer esto en serio, profesionalmente… llámame. No como tu papá. Como tu mánager. Como alguien que conoce el negocio y no va a dejar que te coman vivo como me pasó a mí.
—No necesito tu ayuda.
—Lo sé. Pero la oferta está ahí. Abierta para siempre.
Bajé del coche. Mi mamá se despidió con un movimiento de cabeza.
Mientras el coche negro se alejaba, perdiéndose entre las calles de Iztapalapa, sentí algo extraño. No era perdón. Todavía no. Pero el odio ardiente que había sentido hace una hora se había enfriado un poco. Se había convertido en… curiosidad.
CAPÍTULO 8: El Sol Sale para Todos
UN AÑO DESPUÉS
El Auditorio Nacional estaba a reventar. Diez mil personas gritando mi nombre.
“¡Ma-te-o! ¡Ma-te-o!”
Estaba detrás del telón, ajustándome el in-ear. Mis manos ya no temblaban. Ya no usaba cinta adhesiva en las muñecas con mensajes desesperados. Ahora usaba un reloj que me había regalado mi mamá.
—Treinta segundos, “Sol” —dijo una voz familiar a mi lado.
Carlos estaba ahí, con su eterna chamarra de cuero y una tablet en la mano. Se veía más viejo, más cansado, pero sonreía más.
—¿Listo?
—Listo.
—Recuerda el cambio de tono en la tercera estrofa. No te aceleres. Respira.
—Sí, jefe.
Carlos sonrió.
—No me digas jefe. Dime Carlos. O mánager. O “viejo gruñón”.
Nuestra relación era… complicada. No le decía “papá”. Nunca le había dicho “papá”. Pero habíamos encontrado un punto medio. Era mi mentor. Mi guía. Y, a veces, solo a veces, cuando estábamos comiendo tacos después de un ensayo largo, se sentía como un amigo.
Había cumplido su promesa. No intentó forzar nada. Solo estuvo ahí. En cada ensayo, en cada contrato, cuidando que nadie se aprovechara de mí.
—Tu mamá ya está en su lugar —me dijo—. Fila uno, centro. Se ve hermosa. Está radiante.
La cirugía había sido un éxito total. El cáncer se había ido. Mamá había recuperado su cabello, su peso y su risa escandalosa. Ahora trabajaba administrando una fundación que habíamos creado con parte del dinero del premio: “Voces de Esperanza”, para apoyar a niños artistas de bajos recursos.
—Oye —dije, justo antes de salir.
—¿Qué?
—Gracias. Por estar aquí. Hoy.
Carlos me apretó el hombro. Un apretón fuerte, sólido.
—No me lo perdería por nada del mundo. Ahora sal y enséñales quién manda.
Salí al escenario. La luz me bañó. El grito de diez mil almas me golpeó el pecho.
Empecé a cantar.
No canté sobre tristeza esta vez. Canté sobre sobrevivir. Canté sobre un niño con una caja de zapatos y un sueño. Canté sobre una madre que nunca se rindió. Y canté sobre el perdón, sobre cómo perdonar no es olvidar, sino soltar el veneno para poder volar.
A la mitad del concierto, invité a alguien al escenario.
—Quiero presentarles a un amigo —dije al micrófono—. Alguien que me enseñó que la competencia no tiene que ser guerra. ¡Julián Harper!
Julián salió con su guitarra. La gente aplaudió. Ya no era el niño mimado de hace un año. Había dejado a su mamá (quien, por cierto, había sido despedida y vetada del medio) y ahora vivía con su papá. Tocaba en mi banda. Éramos socios.
Tocamos juntos una canción nueva. Nuestras voces, tan diferentes, se mezclaban perfecto.
Cuando terminó el concierto, con el sudor corriéndome por la espalda y el corazón lleno, busqué a mi mamá entre el público. Ahí estaba, de pie, llorando y mandándome besos. Y a su lado, en una esquina discreta, estaba Carlos, mirándome con un orgullo que no necesitaba palabras.
Bajé del escenario y abracé a mamá.
—Lo logramos, jefa.
Luego miré a Carlos. Él se mantuvo a distancia, respetando el espacio, como siempre.
Le hice una seña con la cabeza. Un pequeño asentimiento.
Te veo.
Gracias.
Estamos bien.
Esa noche, mientras regresábamos a nuestra casa (una casa bonita, con jardín, pero en el mismo barrio, porque nunca hay que olvidar de dónde vienes), miré mi muñeca.
La piel estaba limpia. Sin marcas. Sin cinta.
Pero en mi corazón, el mensaje seguía ahí, grabado a fuego.
SALVAR A MAMÁ.
Misión cumplida.
Y ahora, tenía una nueva misión: VIVIR.
El niño de la caja de zapatos se había ido.
Mateo “El Sol” Vargas había llegado para quedarse.
FIN.