PARTE 1
Capítulo 1: La Pregunta Prohibida
Me llamo Xóchitl “Paty” Ibarra. Tengo 15 años, vivo en una unidad habitacional en los límites de Iztapalapa y el Estado de México, y hoy es el día en que mi vida se va a acabar o va a empezar de nuevo.
Todo huele a cera para pisos y a madera vieja. Es el olor de la UNAM, o al menos de este auditorio en la Facultad de Ciencias. Mi mamá, Doña Elena, dice que huele a oportunidades. Yo digo que huele a que no pertenecemos aquí.
Son las 7:00 PM. El evento se llama “Noche de Matemáticas Abiertas”. Se supone que es para el público en general, para “democratizar el conocimiento”, como dice el folleto brillante que reparten en la entrada. Pero miremos la realidad: aquí solo hay estudiantes de posgrado que quieren quedar bien, donadores con trajes que cuestan más que mi casa, y papás presumiendo a sus hijos genios de escuelas privadas.
Y luego estoy yo.
Estoy sentada en la última fila, pegada a la pared, intentando hacerme chiquita. Mi mamá me coló por la entrada de servicio antes de empezar su turno de la noche.
—Estudia, mija —me susurró, dándome un beso en la frente que olía a cloro—. Tú escucha a los maestros. Yo paso por ti a las 2:00.
Ella piensa que venir aquí me va a pegar algo de su “éxito”. No sabe que para gente como el Dr. Gregorio Salinas, nosotras somos invisibles. O peor, somos manchas en su paisaje inmaculado.
El Dr. Salinas está en el escenario. Es el director del departamento, un tipo que ha construido su carrera sobre la idea de que hay cosas que el cerebro humano simplemente no puede saber. Su fama viene de haber fallado. Sí, falló en resolver la “Conjetura de Goldstein” durante diez años y luego escribió un libro best-seller explicando por qué es irresoluble. Básicamente, se hizo rico diciendo: “Si yo no pude, nadie puede”.
Hoy, tres profesores presentan “Problemas Imposibles”. Salinas dejó la Conjetura para el final, como la joya de la corona de su propia mediocridad glorificada.
Llevo seis meses obsesionada con ese problema. No porque sea famosa, sino porque la encontré en un libro viejo que iban a tirar a la basura en la biblioteca donde mamá limpia los sábados. El libro estaba en alemán. Me bajé Duolingo, vi videos en YouTube y, noche tras noche, con la luz del celular para no despertar a mis hermanos, traduje el texto original de 1823.
Y encontré algo. Un error. No en las matemáticas, sino en la traducción. En la interpretación que todos, incluido el gran Dr. Salinas, han estado usando.
Cuando abrieron la sesión de preguntas y respuestas, me temblaban las manos. Escribí mi pregunta en una tarjeta blanca, como pedían las reglas. Me formé. Fui la última.
Cuando Salinas leyó mi tarjeta, el aire en el auditorio cambió.
—”Paty Ibarra” —leyó mi nombre como si fuera un chiste de mal gusto—. Dice aquí: “Escuela Preparatoria Oficial Número 128”. —Hizo una pausa dramática—. Vaya, no sabía que en las prepas públicas enseñaban teoría de números avanzada. ¿O lo copiaste de Wikipedia, niña?
El auditorio soltó una risita nerviosa. Sentí el calor subiendo por mi cuello.
—No, señor —dije, poniéndome de pie. Mi voz sonó patética en ese espacio tan grande—. Es sobre la traducción del término unvorhersehbar.
Salinas entrecerró los ojos. Levantó mi tarjeta con dos dedos, como si estuviera sucia.
—Miren esto —dijo al micrófono, dirigiéndose a sus colegas—. Doscientos años de las mentes más brillantes de Europa y América, pero una niña que se coló por la puerta de atrás cree que encontró un error de traducción.
Rompió la tarjeta. Raaaas. El sonido fue físico. Me dolió en el pecho.
Tiró los pedazos al suelo y los pisó.
—Siguiente pregunta.
Capítulo 2: El Abismo de los 10 Minutos
Podría haberme sentado. Debería haberme sentado. Eso es lo que nos enseñan en el barrio: agacha la cabeza, no hagas pedo, sobrevive.
Pero vi a mi mamá. Estaba en la puerta lateral, con su carrito de limpieza. Se había detenido a ver. Estaba llorando. No hacía ruido, pero sus hombros se sacudían. La vergüenza de ver a su hija tratada como basura estaba rompiéndola.
La rabia es un combustible extraño. A veces te quema, a veces te ilumina.
—No he terminado —dije.
No grité. Pero el silencio en el auditorio era tal que se escuchó hasta la primera fila.
Salinas se detuvo en seco. Se giró lentamente.
—¿Perdón?
—Dije que no he terminado. —Di un paso hacia el pasillo central—. Usted rompió mi pregunta porque le da miedo la respuesta.
El murmullo estalló. “¡Uhhh!”. Los celulares se levantaron como un campo de luciérnagas. Estaban grabando. Esto era oro para TikTok.
—Seguridad —ladró Salinas, perdiendo la compostura—. Saquen a esta insolente.
Dos guardias grandotes empezaron a caminar hacia mí.
—¡Un momento! —Una voz grave resonó desde la mesa del panel. Era el Dr. Raimundo Castillo, un matemático visitante de la UNAM, conocido por ser uno de los pocos de origen indígena que había llegado a la cima académica internacional.
Castillo se levantó.
—Gregorio, la chica hizo una pregunta válida sobre el texto original en alemán. Si es tan ridícula, respóndela con argumentos, no con seguridad.
Salinas se puso rojo. Odiaba que lo desafiaran. Miró a Castillo, me miró a mí, miró a las 800 personas esperando sangre. Si me echaba, se veía como un tirano. Si me dejaba hablar, se arriesgaba a… bueno, él pensaba que no se arriesgaba a nada.
Sonrió. Una sonrisa de tiburón.
—Tienes razón, Raimundo. Seamos pedagógicos. —Me señaló con el dedo—. Ven aquí.
Caminé por el pasillo. Mis tenis Converse hacían un rechinido horrible en el piso pulido. Sentía 1600 ojos clavados en mi espalda. Subí los escalones del escenario. Salinas olía a colonia cara y a café rancio.
—Dices que la Conjetura de Goldstein se puede resolver —dijo, pasándome un plumón negro grueso—. Tienes 10 minutos. El público quiere espectáculo, dales espectáculo.
Se acercó a mi oído, tapando el micrófono con la mano, y susurró:
—Cuando no puedas escribir ni una línea, voy a asegurarme de que tu madre no vuelva a limpiar ni un baño en esta ciudad. Te vas a arrepentir de haber abierto la boca, pinche escuincla.
Me alejé de él. El miedo se me fue. Se convirtió en hielo.
Miré el pizarrón blanco, inmenso, vacío. Miré el reloj digital en la pared.
—Acepto —dije al micrófono.
El auditorio contuvo la respiración.
Escribí la primera palabra: Das Unvorhersehbar.
—El error no es matemático —dije, mi voz ganando fuerza—. Es lingüístico. Goldstein no dijo que el patrón no existía. Dijo que era impredecible bajo las herramientas de su época.
—Filosofía barata —interrumpió Salinas, cruzando los brazos—. Escribe números o lárgate.
—Los números son un lenguaje, doctor. Y usted ha estado leyendo el dialecto equivocado.
Dibujé dos círculos. Uno representaba el comportamiento local de los números primos. El otro, el comportamiento asintótico (a largo plazo).
—El problema es que intentan usar cálculo continuo para analizar objetos discretos. Es como intentar medir arena con una regla de metal. Necesitan… —dibujé un puente entre los dos círculos— …un operador de frontera.
El Dr. Castillo se inclinó hacia adelante en su silla. Salinas resopló, pero vi cómo sus ojos se movían rápido, escaneando lo que yo dibujaba.
—Eso no existe —lanzó Salinas—. Estás inventando términos.
—Leibniz inventó el cálculo. Newton inventó la física clásica. ¿Desde cuándo está prohibido inventar herramientas nuevas?
—¡Tú no eres Newton! —gritó un estudiante lambiscón desde la tercera fila. Era el asistente de Salinas.
—Y tú no eres el que está en el pizarrón —le contesté sin voltear. El público hizo un sonido de “¡Ooooh!”.
Quedaban 6 minutos. Mi mano volaba. Las ecuaciones empezaban a fluir, conectando cosas que no deberían conectarse. Estaba improvisando sobre meses de trabajo en mis cuadernos.
Pero entonces, llegué al nudo. El paso lógico que me faltaba. Esa mañana, antes de venir, tenía un agujero en la demostración. Una grieta por donde todo se podía caer.
Me detuve. El plumón quedó suspendido en el aire.
Salinas lo notó al instante. Es un depredador; huele la debilidad.
—¿Se te acabó la gasolina, niña genio? —preguntó, acercándose—. Ahí está. El muro. El mismo muro contra el que yo me golpeé diez años. No puedes cruzar de lo discreto a lo continuo sin una constante de normalización. Y esa constante no existe.
Tenía razón. Mierda, tenía razón.
Miré a mi mamá. Se había tapado la boca con las manos.
Miré al público. Algunos se reían ya. “Se acabó”, decían sus caras.
Cerré los ojos un segundo. Recordé el autobús de regreso a casa, las luces de la ciudad pasando rápido, la sensación de estar entre dos mundos: la escuela y la casa, lo rico y lo pobre, lo discreto y lo continuo.
No es un muro. Es una puerta.
Abrí los ojos.
—No necesito una constante de normalización —susurré.
—¿Qué? —preguntó Salinas.
Me giré hacia él, con una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—No necesito normalizarlo. Necesito colapsarlo.
Borré la mitad de la ecuación. El auditorio jadeó.
—¿Qué haces? —gritó Castillo, poniéndose de pie—. ¡Ibas bien!
—Iba por el camino de Salinas —dije, escribiendo furiosamente—. Y ese camino lleva a un callejón sin salida. Voy a tomar mi propio camino.
Quedaban 3 minutos. Y fue ahí donde la guerra realmente empezó.
PARTE 2
Capítulo 3: La Trampa Dorada
El plumón chillaba contra el pizarrón. Mis colapsos de funciones creaban una estructura que nadie había visto antes. Cuando el reloj marcó 00:00, solté el marcador. Me di la vuelta, jadeando, cubierta de sudor frío.
El Dr. Mendoza, un genio del IPN invitado al panel, se puso de pie lentamente, sacando su celular para calcular.
—La estructura… se sostiene —murmuró, lo suficientemente alto para que el micrófono lo captara.
El auditorio estalló. Pero Salinas levantó la mano, cortando el aplauso de golpe.
—Silencio —ordenó. Caminó hacia mi diagrama—. Es un dibujo bonito, niña. Pero esto no es una demostración. Es un esquema. Una filosofía. —Me miró con desdén—. No has probado nada, solo has dibujado un mapa de un tesoro que no sabes si existe.
—Déjela probarlo entonces —intervino el Dr. Castillo, poniéndose de mi lado—. Gregorio, ella acaba de improvisar una nueva rama de análisis modular en diez minutos. Dale una oportunidad real.
Salinas sonrió. Esa sonrisa me heló la sangre. Sabía que estaba acorralado por las cámaras, pero él controlaba el juego.
—Está bien —dijo, proyectando su voz—. Una semana. El próximo domingo, a esta misma hora. Traes la demostración completa, paso por paso. Rigurosa. Sin “filosofía”.
—Acepto —dije rápido.
—Espera, hay condiciones —agregó suavemente—. Será evaluada por un panel de cinco jueces. Si encuentran un solo error lógico, uno solo, la demostración se rechaza, tú admites públicamente que fue un fraude y… —miró hacia la puerta de servicio donde estaba mi madre— nos aseguramos de que esta institución deje de gastar recursos en personal que interrumpe eventos académicos.
Era una trampa. Una sentencia de muerte disfrazada de oportunidad. Si yo fallaba, mi mamá perdía su trabajo.
Miré a Doña Elena. Ella se secó las lágrimas, levantó la barbilla y asintió. Dale, me dijo con los ojos. Rómpelos.
—Trato hecho —dije.
Capítulo 4: El Peso de Iztapalapa
Para el lunes en la mañana, el video tenía 2 millones de vistas. Me llamaban “#LadyMate” y “#LaNiñaDeIztapalapa”. Los comentarios eran una guerra: “Es una genio”, “Es una farsante”, “Seguro se lo robó a alguien”.
No fui a la escuela. Me encerré en el departamento. Mi mesa era el piso de la sala. Cuadernos, hojas sueltas, libros prestados.
El problema era monstruoso. Convertir mi esquema de 10 minutos en una prueba formal de 100 páginas era como construir un rascacielos con palillos en medio de un terremoto.
El miércoles, Tomás, el asistente lambiscón de Salinas, me buscó afuera del edificio.
—El Dr. Salinas me pidió que te diera esto —dijo, extendiéndome una USB—. Son sus notas de hace 10 años. Dice que quiere que tengas “todas las herramientas”.
Lo miré con desconfianza.
—¿Por qué me ayudaría?
—Quizás se siente culpable —dijo Tomás, pero no me miraba a los ojos.
Subí y revisé los archivos. Eran brillantes. Salinas había llegado lejísimos. Su lógica era seductora, te llevaba de la mano… directo al precipicio. Si seguía su camino, me estrellaría contra la misma paradoja que lo detuvo a él.
Era un regalo envenenado. Quería que copiara su método para verme fallar exactamente como él.
Formateé la USB y la tiré a la basura. “Gracias, pero no gracias, doctor”.
Capítulo 5: Lema 9
Para el sábado en la noche, llevaba 40 horas sin dormir. Mis ojos ardían. Las letras bailaban. Mi amiga Mayra me traía tortas y Coca-Cola para mantenerme despierta.
—Paty, ya párale —me dijo Mayra a las 3 AM—. Te vas a morir.
—Si paro, pierdo. Y si pierdo, mi mamá pierde.
Doña Elena llegó de su turno. Me vio llorando sobre la página 89. No me salía. El “Lema 9”, la conexión crítica entre la convergencia y el límite, no cerraba.
Mamá se sentó en el suelo conmigo, con su uniforme oliendo a cloro.
—Mija, mírame. —Tomó mi cara entre sus manos ásperas—. Yo limpio mierda de gente que cree que es mejor que yo. Llevo 20 años haciéndolo para que tú no tengas que hacerlo. Pero no lo hago para que te mates intentando complacerlos. Lo hago para que seas libre. Si esto no sale, no sale. Pero no dejes que te quiten quién eres.
Lloré en su hombro media hora. Y luego, como un rayo, lo vi. No necesitaba forzar la convergencia. Necesitaba dejar que la función eligiera su propio límite.
Escribí el Lema 9 de un tirón. Era hermoso. Era perfecto.
Imprimí las 112 páginas en el café internet de la esquina a las 6 de la mañana del domingo. Tres copias engargoladas.
Estaba lista.
Capítulo 6: La Página en Blanco
El domingo, la Facultad de Ciencias era un zoológico. Había prensa, estudiantes, curiosos. Tuvieron que poner pantallas afuera.
Entré al auditorio. El panel de jueces estaba listo: Salinas, la Decana Flores (neutral), el Dr. Mendoza (aliado), y dos profesores externos que resultaron ser ex-alumnos de Salinas. Tres votos contra dos. Estaba arreglado desde el principio.
Empecé a presentar.
La primera hora fue brutal. Salinas atacaba cada coma, cada referencia. “¿Por qué citas a Kowalski aquí?”, “¿Esto es notación estándar?”. Respondí a todo. No me quebré.
Llegamos a la hora dos. El momento de la verdad.
—Y finalmente —dije, sintiendo que el corazón se me salía—, la prueba de convergencia se basa en el Lema 9, en la página 89.
Los jueces pasaron la página.
El silencio fue extraño.
—Señorita Ibarra —dijo Salinas con una sonrisa depredadora—. La página 89 está en blanco.
—¿Qué? —Sentí un balde de agua helada.
Abrí mi copia. Blanco. Abrí la del Dr. Mendoza. Blanco.
El archivo se había corrompido en el café internet. La página más importante, el corazón de la prueba, no estaba.
—Vaya, vaya —dijo Salinas, recostándose—. Qué conveniente. La parte mágica que resuelve todo… desapareció.
—Yo la escribí —tartamudeé—. Hubo un error de impresión… puedo…
—¿Un error? —Salinas se levantó, dirigiéndose al público—. ¡Esto es lo que pasa cuando dejamos entrar a aficionados! Nos hacen perder el tiempo con excusas de “mi perro se comió la tarea”. La demostración está incompleta. Evaluación terminada. Reprobada.
El auditorio estalló en murmullos. Tomás, en la tercera fila, se reía abiertamente.
Mi mamá se puso de pie en el fondo.
—¡Déjenla escribirla! —gritó con una voz que hizo temblar las ventanas—. ¡Ella la sabe!
—Señora, siéntese o la saco —amenazó Salinas.
—¡Deme 10 minutos! —grité yo, golpeando la mesa—. ¡Si es tan fraude como dice, déjeme escribirla en el pizarrón ahora mismo! ¿O tiene miedo de que sí me la sepa?
La Decana Flores intervino.
—Es justo. Si la sabe, que la escriba. 10 minutos.
CAPÍTULO 7: El Colapso del Ídolo y la Nueva Axiomática
El silencio en el Auditorio Justo Sierra no era la ausencia de ruido; era una presencia física, pesada y asfixiante, como si el aire se hubiera convertido en mercurio. Mil ojos estaban clavados en mi espalda. Podía sentir el calor de las cámaras de transmisión en vivo, esos ojos electrónicos rojos parpadeando, enviando mi inminente humillación a ciento cincuenta mil pantallas alrededor del mundo.
El Dr. Gregorio Salinas se sentó lentamente en su silla de cuero, cruzando las piernas con una elegancia estudiada. Se ajustó los gemelos de oro de su camisa, una sonrisa apenas perceptible curvando la comisura de sus labios. Era la sonrisa de un hombre que acaba de ver a su enemigo pisar una mina terrestre y ahora solo espera la explosión.
—Diez minutos, señorita Ibarra —dijo Salinas. Su voz resonó en los altavoces, suave, casi paternalista, lo que lo hacía aún más cruel—. El tiempo es un recurso finito, igual que nuestra paciencia. Empiece.
El contador digital en la pantalla gigante detrás de mí cambió de color. De un verde pasivo a un rojo agresivo.
10:00
09:59
Mis pies parecían de plomo. Caminé hacia el pizarrón blanco, que se extendía por seis metros de pared. Se veía inmenso, un desierto ártico donde se esperaba que yo construyera una catedral en segundos. Tomé el plumón negro. Estaba tibio, sudado por mi propia mano.
Mi mente estaba en blanco. Totalmente en blanco.
Era el pánico. Ese pánico blanco y zumbante que te borra el disco duro del cerebro. Intenté visualizar la página 89, esa hoja maldita que la impresora del café internet había escupido vacía. Intenté recordar la estructura del Lema 9. Convergencia recursiva… límites acotados…
Pero las ecuaciones se me escapaban como peces en el agua. Recordaba la forma de la demostración, pero no los detalles. Y en matemáticas, el diablo no está en los detalles; el diablo son los detalles. Un signo menos olvidado, un subíndice erróneo, y todo el edificio lógico se derrumba.
—Nueve minutos y treinta segundos —anunció Salinas. No miraba el reloj; me miraba a mí, disfrutando mi parálisis—. Si no sabe por dónde empezar, tal vez debería usar este tiempo para redactar su disculpa a la facultad.
Escuché una risa ahogada en la tercera fila. Tomás, el asistente de Salinas, y su grupo de aduladores.
—¡Tú puedes, Paty! —El grito de mi amiga Mayra perforó la hostilidad del ambiente, pero sonó desesperado, lejano.
Cerré los ojos un segundo. Respira, me dije. Respira, carajo.
Apoyé la punta del plumón en la superficie blanca. El olor a alcohol del marcador me golpeó la nariz, agudo y químico.
Empecé a escribir.
Lema 9: Sea S una secuencia de primos con distribución asintótica tal que…
Mi mano temblaba. Las letras salían chuecas. Escribí la primera línea de la demostración original, la que había pasado tres días perfeccionando.
…entonces existe un epsilon mayor que cero para cada intervalo…
Me detuve. Algo estaba mal. Esa no era la variable correcta. ¿Era epsilon o era delta? En la versión de la página 89, había usado una transformación de Fourier para acotar el error. Pero no recordaba el coeficiente de la transformación.
—Esa es una definición estándar de cálculo de primer año —interrumpió la voz de Salinas. Se había inclinado hacia el micrófono—. ¿Piensa gastar sus diez minutos escribiendo definiciones de libro de texto? El público espera una demostración de la Conjetura de Goldstein, no una clase de regularización para reprobados.
El sudor frío me bajaba por la espalda. Me estaba provocando. Quería que me enojara, que perdiera el foco. Y estaba funcionando.
Borré la línea con el puño, manchándome de tinta negra.
—Estoy estableciendo las bases —dije, mi voz salió estrangulada, débil.
—Está estableciendo su incompetencia —replicó él.
08:15
El Dr. Raimundo Castillo, sentado en el extremo izquierdo del panel de jueces, se inclinó hacia adelante. Su rostro moreno, surcado por arrugas de preocupación, me miraba con intensidad.
—Señorita Ibarra —dijo Castillo, ignorando a Salinas—. Respire. No intente recordar la página. Reconstruya la lógica. Usted conoce la verdad detrás de los números. Encuéntrela.
Reconstruya la lógica.
Lo intenté. Escribí tres líneas más. Pero era como tratar de correr en el lodo. Estaba intentando replicar la demostración “elegante” que había escrito para impresionar a Salinas. Una demostración llena de formalismos académicos, citas oscuras y estructuras barrocas. Estaba intentando hablar su idioma.
Y en su idioma, yo era tartamuda.
Me equivoqué en una integral. Un error estúpido.
—Error en la línea tres —ladró el Dr. Brennan, uno de los jueces externos, ex-alumno de Salinas—. La integral no converge bajo esas condiciones sin un factor de normalización.
—Lo sé, lo sé —mascullé, borrando frenéticamente. El borrador cayó al suelo. Me agaché a recogerlo, y por un segundo, desde el suelo, vi al público.
Vi las caras.
Vi a los estudiantes de matemáticas de la UNAM, con sus cuadernos, mirándome con una mezcla de lástima y morbo. Estaban viendo un accidente automovilístico en cámara lenta.
Vi a los donantes ricos en las primeras filas, consultando sus relojes, aburridos de ver a la “niña pobre” fracasar.
Y vi a mi mamá.
Doña Elena estaba de pie, pegada a la pared del fondo porque los guardias no la dejaban acercarse. Tenía las manos juntas, apretadas contra el pecho, como si estuviera rezando. Pero no estaba llorando. Me estaba mirando fijamente. Sus ojos no tenían lástima. Tenían fuego.
Recordé lo que me dijo cuando tenía siete años y llegué llorando porque unos niños se burlaron de mis zapatos rotos. “Mija, ellos tienen zapatos nuevos, pero tú tienes pies fuertes. Ellos caminan donde les dicen; tú caminas hacia donde quieres. Nunca dejes que te midan con su regla, porque tú eres de otra escala.”
Me enderecé. El borrador en mi mano izquierda, el plumón en la derecha.
06:40
—Se acabó el tiempo de juego —dijo Salinas. Se levantó de su silla y caminó hasta el borde del escenario, mirando hacia la audiencia—. Damas y caballeros, creo que hemos visto suficiente. Es doloroso prolongar esto. La señorita Ibarra claramente fabricó una historia sobre un archivo corrupto para cubrir el hecho de que su demostración nunca tuvo un final lógico. Es un acto de arrogancia juvenil que…
—Cállese —dije.
No lo grité. Lo dije con un tono de voz normal, plano, sin emoción. Pero en la acústica perfecta del auditorio, sonó como un disparo.
Salinas se detuvo en seco. Se giró lentamente, con una expresión de incredulidad ofendida.
—¿Perdón?
Me giré hacia él. Sentí cómo algo hacía clic dentro de mi cerebro. El miedo se evaporó. El pánico desapareció. Lo que quedó fue una claridad fría, cristalina, absoluta.
—Dije que se calle. Estoy trabajando.
El auditorio soltó un jadeo colectivo. Nadie mandaba callar a Gregorio Salinas. Ni siquiera el Rector.
—Tiene cinco minutos, jovencita —sisó Salinas, su rostro poniéndose rojo de ira—. Y cuando terminen, me aseguraré de que no vuelvas a pisar una institución académica en tu vida.
—No necesito cinco minutos —respondí, dándole la espalda y mirando al pizarrón.
Miré las ecuaciones borroneadas y mediocres que había intentado escribir. La “Lema 9” original. Esa demostración compleja, llena de adornos innecesarios para complacer a la academia.
A la mierda con eso.
No iba a reconstruir la página 89. Iba a destruirla.
Borré todo. El pizarrón quedó blanco de nuevo.
—¿Se rinde? —preguntó el juez Brennan.
—No —dije, destapando el marcador con un chasquido—. Voy a cambiar de estrategia. El Lema 9 original era una prueba constructiva. Era débil. Voy a usar una prueba por contradicción. Reductio ad absurdum.
El Dr. Mendoza soltó un pequeño silbido de sorpresa. La prueba por contradicción es un arma de doble filo: es poderosa y brutal, pero si fallas, te cortas la garganta lógicamente. Tienes que asumir que lo opuesto es verdad y llevar esa mentira hasta que rompa la realidad matemática.
—Asumamos —dije, escribiendo y hablando al mismo tiempo, mi voz ganando fuerza— que la convergencia en la frontera discreta-continua NO existe.
Escribí la negación en letras grandes y negras: ¬∃ (Límite).
—Si no existe el límite, entonces la distribución de los huecos entre primos debe crecer infinitamente sin patrón asintótico. —Mis manos volaban ahora. Ya no estaba pensando en las reglas de Salinas. Estaba pensando en la estructura pura de los números. Era como ver la matriz—. Esto implica que la función de densidad D(n) se vuelve caótica.
04:30
Escribí la función de densidad. No usé la notación elegante de Fourier que le gustaba a Salinas. Usé una notación directa, brutal, basada en teoría de grafos, algo que había aprendido en un foro de hackers rusos, no en un aula de Princeton o la UNAM.
—Pero… —dibujé una flecha agresiva hacia el otro lado del pizarrón— si la densidad es caótica, entonces viola el Teorema de los Números Primos en el infinito.
Salinas resopló.
—Eso es trivial. Todo el mundo sabe eso. No estás demostrando nada nuevo. Estás caminando en círculos.
—No estoy caminando —dije, sin dejar de escribir—. Estoy cavando. Espere.
—Si viola el Teorema de los Números Primos —continué—, entonces la suma de los recíprocos debe diverger más rápido que el logaritmo natural.
Escribí la desigualdad.
∑ (1/p) > ln(ln(x)) + Error
—Pero aquí está la trampa —me giré hacia el público por un segundo, con los ojos brillando—. El “Error” en el modelo de Salinas es aleatorio. Pero en mi modelo de frontera dual…
Dibujé el operador que había inventado una semana antes. El símbolo que unía lo discreto y lo continuo.
—…el error no es aleatorio. Es recursivo.
El Dr. Castillo se puso de pie de golpe, tirando su botella de agua.
—¡Madre santa! —exclamó, sin importarle el micrófono—. ¡Está usando la divergencia para forzar la estabilidad!
Salinas pareció confundido por un nanosegundo. Sus ojos recorrieron el pizarrón, buscando el fallo.
—Eso es imposible —gritó Salinas—. ¡La recursividad implicaría que los números primos tienen memoria! ¡Eso es absurdo! ¡Los números no tienen memoria!
—Los números no —respondí, escribiendo la siguiente línea furiosamente—, ¡pero la estructura del espacio que ocupan sí!
02:15
El auditorio estaba electrizado. Ya no había risas. Incluso los estudiantes que habían venido a burlarse estaban inclinados hacia adelante, hipnotizados. Estaban presenciando un duelo a muerte, no con espadas, sino con axiomas.
—Si el error es recursivo —escribí la ecuación final de la contradicción—, entonces asumir que el límite no existe crea una paradoja temporal en la secuencia.
Hice un círculo alrededor del término final.
— 1 ≠ 1 bajo la suposición de divergencia.
Me detuve. Mi respiración era agitada. El silencio volvió, pero esta vez era diferente. No era pesado. Era vibrante. Era el silencio de 800 cerebros intentando procesar lo que acababan de ver.
—Como hemos llegado a un absurdo —dije, bajando la voz, casi susurrando—, la suposición inicial es falsa. La divergencia es imposible.
Escribí las tres letras finales con trazos tan fuertes que la punta del plumón se achataba.
Q.E.D. (Quod Erat Demonstrandum – Lo que se quería demostrar).
00:45
Solté el plumón. Rodó por el suelo del escenario.
Me quedé parada ahí, mirando mi obra. No era la página 89 bonita y limpia. Era un monstruo. Era una cicatriz de tinta negra en la pared blanca. Pero era verdad. Era la cosa más verdadera que había visto en mi vida.
El Dr. Mendoza fue el primero en reaccionar. No aplaudió. Empezó a reír. Una risa de pura incredulidad y alegría.
—Es un atajo… —murmuró Mendoza—. Dios mío, encontró un atajo a través de la teoría del caos.
El auditorio estalló. Pero no fue un aplauso educado. Fue un rugido. La gente se puso de pie. Los estudiantes de atrás saltaban. Mi mamá lloraba abiertamente, con las manos levantadas al cielo.
Pero Salinas no se movió.
Se quedó sentado, pálido como un cadáver. Sus ojos iban y venían sobre la última línea de mi demostración. 1 ≠ 1. La contradicción era innegable. Su carrera, sus libros, sus conferencias sobre la “imposibilidad”, todo se estaba desmoronando frente a una niña de 15 años con una sudadera gastada.
Entonces, su expresión cambió. El miedo desapareció y fue reemplazado por la fría burocracia del poder. Se levantó, abotonándose el saco, y levantó las manos pidiendo silencio. Tardó casi un minuto en callar a la gente.
—Interesante —dijo Salinas. Su voz era seca, desprovista de emoción—. Muy creativo, señorita Ibarra. Visualmente impactante.
—Es correcto —dijo el Dr. Castillo, desafiante.
—Es… plausible —corrigió Salinas con desdén—. Pero, colegas, seamos serios. Esta no es la demostración que ella prometió. Ella prometió el Lema 9 constructivo. Esto es un truco de ilusionismo lógico improvisado en el último minuto.
—¡La lógica se sostiene! —gritó Castillo.
—La lógica requiere revisión —cortó Salinas—. No podemos aceptar una reescritura de los fundamentos de la teoría de números basada en diez minutos de garabatos en un pizarrón. —Miró al público con su mejor cara de “hombre razonable”—. Propongo que esta “demostración” sea enviada a un comité de revisión externa. Yo seleccionaré a los miembros. El proceso tomará… digamos, de seis a ocho meses. Hasta entonces, la Conjetura de Goldstein permanece oficialmente no resuelta. Y la beca de la señorita Ibarra queda suspendida.
Era brillante. Y era malvado. Iba a enterrar mi solución en un cajón, formar un comité con sus amigos, y dentro de seis meses dirían que encontraron un error menor y me desacreditarían en silencio, cuando nadie estuviera mirando.
Me sentí caer. Había ganado la batalla matemática, pero estaba perdiendo la guerra política.
—Eso no será necesario, Gregorio.
La voz vino del centro de la mesa. La Decana Margaret Flores, una mujer de hierro que rara vez hablaba a menos que fuera para dar una sentencia, se puso de pie. Tenía su teléfono celular en la mano.
—¿Perdón, Decana? —Salinas la miró con irritación—. El protocolo dicta que…
—Al diablo con el protocolo —dijo la Decana. Conectó su teléfono al sistema de proyección del auditorio.
La pantalla gigante detrás de mí cambió. El cronómetro rojo desapareció. En su lugar, apareció una bandeja de entrada de correo electrónico.
—Durante el receso de los primeros 60 minutos —explicó la Decana, su voz resonando clara y fuerte—, el Dr. Mendoza tomó la libertad de fotografiar las primeras 80 páginas de la demostración impresa de la señorita Ibarra y enviarlas a tres colegas internacionales para una verificación rápida de la estructura.
—¡Eso es irregular! —protestó Salinas, perdiendo la compostura—. ¡Es material confidencial no publicado!
—Es material que merece ser visto por ojos que no estén ciegos por el ego —replicó ella. Señaló la pantalla—. Acabamos de recibir las respuestas.
El primer correo se abrió en la pantalla. Era del Dr. Terence Tao, de la UCLA, considerado el Mozart de las matemáticas modernas.
El texto era breve:
“Margaret, ¿quién escribió esto? La definición del operador de frontera en la página 45 es la cosa más innovadora que he visto en una década. Si la convergencia se sostiene, esto no solo resuelve Goldstein. Esto abre una nueva rama en la topología numérica. Quiero conocer a esta estudiante.”
El auditorio jadeó. Una carta de Terence Tao era como una carta de Dios para un matemático.
La Decana abrió el segundo correo. Instituto Max Planck, Alemania.
“Hemos corrido la simulación de los primeros 50 lemas. Cero errores. La lógica es impecable. Es agresiva, poco convencional, pero rigurosa. Felicidades a Princeton o a quien sea que tenga a este prodigio.”
La Decana Flores se giró hacia Salinas.
—Parece que la comunidad internacional no necesita seis meses, Gregorio. Les tomó una hora reconocer lo que tú te has negado a ver durante una semana.
Salinas estaba temblando. Literalmente temblando. No de miedo, sino de una furia impotente. Se veía pequeño, encogido dentro de su traje caro.
Bajé del escenario. Mis pasos resonaban en el silencio atónito. Caminé hasta la mesa de los jueces. Los guardias de seguridad dieron un paso adelante, pero la Decana les hizo un gesto para que se retiraran.
Me paré frente a Gregorio Salinas. Solo la mesa de madera nos separaba. Él estaba sentado, yo estaba de pie. Por primera vez en toda esta pesadilla, yo lo miraba desde arriba.
—Dr. Salinas —dije. No usé el micrófono, pero no hizo falta. El silencio era tal que se podía escuchar el zumbido de las luces—. Tengo una pregunta para usted. Una pregunta directa. Y quiero una respuesta honesta frente a todas estas personas y frente a las cámaras.
Salinas levantó la vista. Sus ojos eran pozos de odio.
—¿Qué quieres? —escupió.
—¿Leyó mi demostración? —Hice una pausa, sosteniendo su mirada—. ¿Leyó las 112 páginas que le entregué hace una semana?
Salinas abrió la boca, la cerró. Miró a los lados, buscando una salida. No la había.
—Leí… leí las secciones críticas —balbuceó—. La metodología era…
—No le pregunté eso —lo corté, golpeando la mesa suavemente con los nudillos—. Le pregunté si la leyó. ¿Se sentó usted, el gran experto, a leer el trabajo de la “hija de la de la limpieza”? ¿O vio mi nombre, vio mi código postal, vio el color de mi piel y decidió que no valía la pena su tiempo?
La pregunta quedó flotando en el aire como una guillotina.
—¿Sí o no, Doctor?
Salinas parecía que se iba a ahogar. Se aflojó el nudo de la corbata. Gotas de sudor brillaban en su frente. Si decía que sí, era un incompetente por no haber visto la genialidad que Terence Tao vio en cinco minutos. Si decía que no, era un fraude académico y un prejuicioso.
Estaba en jaque mate.
—No —susurró. Fue tan bajo que casi nadie lo oyó.
—¿Más fuerte, por favor? —insistí implacable.
—¡NO! —gritó, golpeando la mesa y poniéndose de pie, su rostro contorsionado—. ¡No, no la leí completa! ¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres una niña! ¡Vienes de una escuela sin recursos! ¡Tu madre limpia mis pisos! ¡La probabilidad de que tú tuvieras la respuesta que yo busqué por veinte años era cero! ¡Era estadísticamente cero!
El eco de sus gritos rebotó en las paredes. Y entonces, se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Se dio cuenta de que acababa de confesar ante el mundo entero que su “rigor académico” era una mentira. Que sus “estándares” no eran más que un muro para mantener fuera a gente como yo.
El Dr. Castillo se levantó lentamente.
—La estadística no tiene prejuicios, Gregorio —dijo Castillo con una voz gélida—. Pero tú sí. Y acabas de probar que eres indigno de esta silla.
Salinas miró a su alrededor. Vio las caras de asco de los donantes. Vio las cámaras grabando cada segundo de su colapso. Vio a sus propios ex-alumnos, los jueces externos, alejándose físicamente de él.
Se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos.
La Decana Flores tomó el micrófono central.
—En vista de la evidencia presentada, de la validación externa, y de la… admisión del Dr. Salinas —dijo, mirando con desprecio al hombre derrotado—, este panel declara la demostración de la señorita Patricia Ibarra como VALIDA.
—¡La Conjetura de Goldstein ha sido resuelta!
El sonido que siguió no fue humano. Fue una explosión.
La barrera de seguridad se rompió. Los estudiantes corrieron hacia el escenario. Sentí brazos rodeándome. Mayra me tacleó en un abrazo que casi me tira al suelo.
—¡Lo hiciste, pendeja, lo hiciste! —gritaba Mayra llorando en mi oído.
Entre la multitud, busqué una sola cara.
Ahí estaba. Doña Elena avanzaba entre la gente, con su uniforme azul brillando como una armadura real. La gente se apartaba para dejarla pasar, mirándola con un respeto nuevo, reverencial.
Ella llegó hasta mí. No dijo nada. Me tomó la cara con sus manos callosas, ásperas por el cloro y el trabajo duro, y me besó la frente. Luego me abrazó tan fuerte que sentí que mis costillas crujían.
—Ya nadie te va a hacer invisible, mi amor —me susurró al oído—. Nunca más.
Miré por encima del hombro de mi mamá. El escenario estaba lleno de luz y confeti que alguien había lanzado. Y allá, en la mesa de los jueces, vi una silla vacía.
Gregorio Salinas se había ido. Se había escabullido por la puerta de atrás, la misma puerta por la que nosotras solíamos entrar.
Había resuelto el problema matemático de 200 años. Pero mientras abrazaba a mi mamá y escuchaba a 800 personas corear mi nombre, supe que había resuelto algo mucho más difícil.
Había demostrado que la genialidad no pide permiso, ni pasaporte, ni código postal.
La genialidad solo necesita que alguien sea lo suficientemente valiente para levantar la mano cuando todos los demás te dicen que te sientes.
Y yo no me iba a volver a sentar nunca.
CAPÍTULO 8: El Eco de la Tormenta y el Nuevo Axioma
La adrenalina es una droga traicionera. Te sostiene mientras estás en el ojo del huracán, mientras luchas contra gigantes y reescribes la historia en un pizarrón blanco. Pero cuando el huracán pasa, la adrenalina se retira y te deja caer.
Y la caída es dura.
La noche de la victoria fue una borrosidad de luces estroboscópicas. Recuerdo los flashes de las cámaras que me cegaban, los micrófonos empujados contra mi cara como armas, las preguntas gritadas en tres idiomas. “¿Paty, cómo te sientes?”, “¿Sabías que Salinas estaba equivocado?”, “¿Qué vas a hacer con el dinero?”.
Recuerdo a los guardias de seguridad de la UNAM —los mismos que horas antes me miraban con sospecha— formando ahora una barrera humana para protegerme, escoltándonos a mi mamá y a mí hacia un auto privado de la rectoría.
Pero lo que más recuerdo es el silencio del viaje de regreso a casa. No aceptamos el auto de la rectoría. Mi mamá, con esa dignidad inquebrantable que tiene, dijo: “No, gracias. Nosotras sabemos llegar”.
Tomamos un Uber, un lujo impensable para nosotras, pagado por el Dr. Castillo con su tarjeta personal. Mientras el auto avanzaba por la Calzada de Tlalpan, alejándonos de las luces universitarias y adentrándonos en la oscuridad familiar del Estado de México, mi mamá me tomó la mano. No dijo nada. Solo apretó mis dedos, sus palmas ásperas contra mi piel, un ancla en medio de la irrealidad.
Llegamos a nuestro departamento en Iztapalapa a la 1:00 AM. Olía a humedad y a la cena de los vecinos. Me senté en el sofá cama donde dormía, rodeada de mis cuadernos viejos, y por primera vez en siete días, el peso del mundo me aplastó.
—¿Ganamos, ma? —pregunté, mi voz sonando pequeña en la oscuridad.
Mi mamá se quitó el uniforme azul, doblándolo con cuidado como si fuera una bandera sagrada.
—Ganamos, mija —dijo ella—. Pero prepárate. Porque a veces ganar es más difícil que perder.
No entendí lo que quiso decir hasta la mañana siguiente.
La Mañana Después
Me despertó el ruido. No el despertador, ni los gallos del vecino, sino un zumbido constante, como de abejas enojadas.
Me asomé por la ventana que da a la calle. Había tres camionetas de televisión estacionadas en doble fila. Televisa, TV Azteca, incluso una camioneta con logotipos de una cadena gringa. Había gente con cámaras apuntando hacia nuestro edificio despintado.
—¡No manches! —susurré, cerrando la cortina de golpe.
Mi teléfono, que había dejado cargando, tenía 4,500 notificaciones. WhatsApp estaba congelado. Instagram había colapsado.
Salí a la cocina. Mi mamá estaba haciendo chilaquiles, como cualquier lunes, pero tenía la radio encendida a todo volumen.
“…el escándalo académico del siglo. Gregorio Salinas, la vaca sagrada de las matemáticas mexicanas, humillado por una estudiante de preparatoria pública. La UNAM emite un comunicado…”
—Siéntate a comer —dijo mamá, sirviéndome el plato. Sus ojos estaban rojos, no había dormido, pero tenía una sonrisa que no le cabía en la cara.
—Ma, hay gente allá afuera.
—Que esperen. El genio necesita desayunar.
En ese momento, alguien tocó la puerta. No el toque suave de un vecino, sino golpes autoritarios.
Mi mamá y yo intercambiamos una mirada. Ella agarró el cuchillo de la cocina por instinto (vivir en Iztapalapa te deja reflejos), pero luego se relajó.
Abrí. Era la Decana Margaret Flores. Detrás de ella, dos asistentes cargando cajas de regalo y carpetas. La Decana, impecable en su traje sastre, se veía fuera de lugar en nuestro pasillo de concreto gris con la ropa tendida de la vecina Doña Chonita goteando arriba.
—Buenos días, Patricia. Buenos días, Señora Elena —dijo la Decana.
—Pásale, licenciada —dijo mi mamá, secándose las manos en el delantal—. Perdone el desorden, aquí es humilde.
—Es un hogar —corrigió la Decana con una suavidad que no le había visto antes—. Y es el hogar de la mente más brillante que ha pasado por mi facultad en cincuenta años.
Se sentaron en nuestra mesa de plástico. La Decana puso una carpeta de cuero sobre el mantel de frutas.
—Voy a ser directa —dijo Flores—. El Dr. Salinas presentó su renuncia irrevocable a las 8:00 AM de hoy. El consejo universitario la aceptó a las 8:05 AM. Ya no es parte de la institución.
Sentí un hueco en el estómago. Odiaba a Salinas, lo odiaba con cada fibra de mi ser, pero la realidad de haber destruido la carrera de un hombre se sentía extrañamente pesada.
—¿Y qué pasa conmigo? —pregunté.
—Esto —dijo, abriendo la carpeta—. Es una oferta de admisión temprana. Beca completa al 100%. Manutención mensual de 25,000 pesos. Acceso ilimitado a los laboratorios de cómputo y la biblioteca de libros raros. Y… —sacó otro papel— ofertas de colaboración del MIT, Cambridge y el Instituto Max Planck en Alemania. Todos te quieren, Paty. Eres el draft número uno del mundo académico ahora mismo.
Miré los papeles. Eran mi boleto de salida. Eran el fin de preocuparnos por la renta, el fin de contar las monedas para el pasaje.
Pero luego miré a mi mamá. Ella estaba mirando sus manos, las manos que habían limpiado los inodoros de esa misma universidad durante veinte años para que yo pudiera estar aquí.
Cerré la carpeta.
—Tengo condiciones —dije.
La Decana parpadeó, sorprendida.
—Paty, te estamos dando todo…
—No, me están dando lo que me merezco por mi cerebro —la corté—. Pero la universidad tiene una deuda. Y no es conmigo.
Mi mamá me miró, negando con la cabeza levemente. No hagas lío, decían sus ojos.
—El Dr. Salinas humilló a mi madre —continué, mi voz firme—. La trató como si fuera mobiliario. Y no fue el único. Durante años, ella ha sido invisible para ustedes. Si quieren que yo sea la cara de su nueva era de “inclusión y excelencia”, las cosas cambian para ella también.
—¿Qué propones? —preguntó la Decana, sacando una pluma.
—Mi mamá renuncia hoy al equipo de limpieza. —Me giré hacia Doña Elena—. Ma, ya no vas a limpiar la mierda de nadie.
—Paty… —intentó protestar mamá.
—La universidad va a contratarla como Coordinadora de Enlace Comunitario —improvisé el título, pero sonaba bien—. Su trabajo será buscar a otros estudiantes en zonas marginadas, estudiantes como yo que no tienen recursos pero tienen talento. Ella conoce las calles mejor que cualquiera de sus doctores en sociología. Y le van a pagar lo mismo que a un profesor adjunto. Con prestaciones.
La Decana Flores miró a mi mamá. La evaluó, no como a una empleada doméstica, sino como a una mujer que había criado a un genio con un salario mínimo.
—Hecho —dijo la Decana. Extendió la mano—. Señora Elena, bienvenida al personal administrativo.
Mi mamá rompió a llorar. No fue un llanto de tristeza, fue un llanto de alivio, de treinta años de carga cayendo de sus hombros de golpe.
La Carta del Fantasma
Tres días después, recibí un paquete. No tenía remitente, solo las iniciales G.S.
Estaba en la oficina del Dr. Castillo, quien ahora era mi tutor oficial. Él vio el sobre y suspiró.
—Léelo —dijo Castillo—. Es necesario para cerrar el ciclo.
Abrí el sobre. Dentro había una carta manuscrita, con una caligrafía perfecta, casi arquitectónica.
Señorita Ibarra:
He pasado los últimos cuarenta años de mi vida creyendo en una sola cosa: la meritocracia. Creía que las matemáticas eran el único reino puro, donde el origen, la raza o el dinero no importaban, solo la verdad lógica. Me veía a mí mismo como el guardián de esa puerta.
El domingo, usted no solo rompió una conjetura de dos siglos. Usted rompió mi espejo.
Me di cuenta de que mi “defensa de los estándares” no era más que una defensa de mi propio ego y mis prejuicios. No la rechacé porque su matemática fuera mala; la rechacé porque si usted tenía razón, entonces mi mundo entero estaba equivocado. Si una niña de Iztapalapa podía ver lo que yo no vi, entonces mi estatus, mi silla, mi prestigio, no se debían solo a mi intelecto, sino a mi privilegio.
Usted me obligó a ver que he sido un mediocre disfrazado de élite.
No pido su perdón. No lo merezco. Solo quiero que sepa que usted tenía razón en todo. En la matemática y en la vida.
Gracias por destruirme. Creo que era lo único que podía salvarme de morir ciego.
Atte.
Dr. Gregorio Salinas.
Bajé la carta. Sentí una mezcla extraña de piedad y furia.
—¿Qué hago con esto? —le pregunté a Castillo.
—Guárdalo —dijo él, mirando por la ventana hacia el campus—. Salinas fue un tirano, pero al final, tuvo el valor de admitir su derrota. Eso es raro en la academia.
—¿Cree que aprendió?
—Creo que se rompió —dijo Castillo—. Y a veces, tienes que romperte para volver a armarte bien. Tú hiciste eso, Paty. No solo resolviste una ecuación. Le pusiste un espejo a todo el sistema. Y lo que vimos fue feo.
El Regreso al Origen
Pasaron dos meses. Mi demostración fue publicada en Annals of Mathematics. Fue portada mundial. “La Solución Iztapalapa”, la llamaron.
Pero había algo que tenía que hacer antes de irme a Cambridge para el verano.
Volví a mi preparatoria. La Prepa Oficial 128.
El lugar se veía igual: grafitis en las paredes exteriores, vidrios rotos en el segundo piso, la cancha de fútbol que era más tierra que pasto. Pero el ambiente era diferente.
Cuando entré al auditorio de usos múltiples —un gimnasio con sillas de plástico—, había quinientos estudiantes esperándome. Chicos con uniformes desgastados, con cortes de pelo de moda en el barrio, con esa mirada dura que desarrollas para sobrevivir aquí.
Me subí al estrado. El micrófono chilló con acople.
—Hola —dije.
Hubo un silencio incómodo. Ellos me veían en la tele, vestida mejor, entrevistada por CNN. Ya me veían lejana. “La que se fue”.
—Sé lo que están pensando —dije, dejando los papeles de mi discurso preparado a un lado—. Están pensando: “Qué chido por ella, tuvo suerte, se largó”.
Un chico en la tercera fila, Kevin, el que siempre se sentaba atrás en clase de mate a dibujar, levantó la voz.
—Pues sí, ¿no? Tú ya estás del otro lado, Paty. A nosotros nos siguen asaltando en la combi. ¿De qué nos sirve tu teorema?
El director intentó callarlo, pero yo levanté la mano.
—Déjenlo hablar. Tiene razón.
Bajé del estrado y caminé entre las filas.
—Mi teorema no va a arreglar el bache de la entrada. No va a hacer que los asaltantes desaparezcan. Y no va a hacer que la beca Benito Juárez llegue a tiempo —dije, mirando a Kevin a los ojos—. Tienes razón, Kevin. El sistema está jodido. Está diseñado para que pensemos que nuestro techo es el piso de ellos.
Miré a las chicas. Había una niña de primero, chiquita, morenita, que me miraba con los ojos muy abiertos.
—Salinas, el profesor de la UNAM, me dijo que yo no podía ser matemática porque mi mamá limpiaba sus baños. Él pensaba que la inteligencia tiene código postal. Y ¿saben qué es lo peor? Que yo casi le creí.
El auditorio estaba en silencio absoluto.
—Casi me siento y me callo. Casi tiro mis cuadernos. Porque es más fácil creer que somos tontos a creer que el sistema está amañado.
Me detuve en el centro del gimnasio.
—Pero les voy a decir un secreto. Ellos nos tienen miedo. Tienen miedo de que un día, en lugar de agachar la cabeza, levantemos la mano. Tienen miedo de que nos demos cuenta de que somos más fuertes, más resilientes y más creativos que ellos, porque nosotros resolvemos problemas imposibles todos los días solo para llegar a la escuela.
Saqué de mi mochila uno de los libros de texto avanzados que la editorial me había enviado de regalo. Eran carísimos.
—Con el dinero de mi premio, compré cincuenta computadoras para el laboratorio de esta escuela. Y pagué la suscripción vitalicia a las mejores revistas científicas para la biblioteca.
Hubo un murmullo de asombro.
—Pero eso son herramientas. Las herramientas no sirven si no tienen fuego. —Me giré hacia Kevin—. Mi teorema no te va a salvar, Kevin. Pero tu cerebro sí puede. La rabia que tienes, úsala. No la uses para pelearte en la calle. Úsala para estudiar, para pintar, para programar, para escribir. Sé tan bueno, tan innegablemente bueno, que no puedan ignorarte. Oblígalos a verte.
Kevin bajó la mirada, pero vi que apretaba los puños. No con ira, sino con determinación.
La niña de primero levantó la mano tímidamente.
—¿Y si me da miedo? —preguntó con un hilo de voz.
Sonreí. Fui hasta ella y me agaché para estar a su altura.
—A mí me temblaban las piernas cuando subí a ese escenario. Casi me vomito del miedo. El miedo no se quita, nena. Pero el miedo es gasolina. Si no te da miedo, es que no estás soñando lo suficientemente alto.
Le entregué mi plumón. El mismo plumón negro (o uno igual) con el que había resuelto la conjetura.
—¿Cuál es tu nombre?
—Yazmín.
—Yazmín, este es tu plumón ahora. —Se lo puse en la mano—. El próximo problema imposible está ahí afuera. Tal vez sea la cura del cáncer, tal vez sea cómo limpiar el agua de Iztapalapa, tal vez sea una ecuación que nadie ha imaginado. Está esperando a que alguien como tú se atreva a resolverlo.
Yazmín apretó el plumón contra su pecho.
—¿Quién está listo para probar que están equivocados? —grité, mi voz rompiéndose de emoción.
El grito que me devolvieron no fue un aplauso educado de universidad. Fue un rugido de barrio. Fue un grito de guerra.
Epílogo: La Vista desde la Frontera
Esa tarde, subí a la azotea de mi edificio con mi mamá. El sol se estaba poniendo sobre la Ciudad de México, tiñendo el smog de naranja y violeta. Desde aquí, la ciudad parecía un mar infinito de luces y sombras.
—¿Te vas mañana? —preguntó mamá.
—Sí. El vuelo a Boston sale a las 7.
—Cambridge —suspiró ella—. Está lejos.
—Está a un avión de distancia, ma. Te voy a llamar diario.
Ella sonrió y sacó un cigarro. Ya casi no fumaba, pero hoy era una ocasión especial.
—¿Sabes? —dijo, mirando el humo—. Cuando naciste, la doctora me dijo que ibas a ser chiquita porque yo no comí bien en el embarazo. Dijo que probablemente tendrías problemas de aprendizaje.
Me reí.
—Pues falló el pronóstico.
—Falló porque no te midió el corazón, mija. —Me abrazó de lado, recargando su cabeza en mi hombro—. Paty, cambiaste todo. No solo para ti. Las señoras de la limpieza en la UNAM ahora tienen sindicato. Los alumnos de tu prepa tienen computadoras. Hasta ese viejo amargado de Salinas aprendió algo antes de irse.
Miré las luces de la ciudad encendiéndose una a una. Pensé en la frontera. En ese espacio liminal entre lo discreto y lo continuo, entre el ser y el no ser, donde había encontrado mi solución.
La vida es así. Vivimos en la frontera. Entre lo que el mundo dice que somos y lo que sabemos que podemos ser.
—Ma —dije, sacando mi libreta nueva.
—¿Qué pasa? ¿Ya estás pensando en otra ecuación? —se rió ella.
—Algo así. —Abrí la primera página en blanco—. Estaba pensando… la Hipótesis de Riemann lleva 160 años sin resolverse.
Mi mamá soltó una carcajada que espantó a las palomas.
—Ay, mija. No tienes llenadera. Déjales algo a los demás.
—No —dije, mirando al horizonte, sintiendo el futuro abrirse como un abanico infinito—. Apenas estamos empezando.
Escribí la primera variable. La tinta negra brilló fresca sobre el papel blanco.
El mundo estaba lleno de problemas imposibles. Y yo tenía un plumón lleno de tinta.
FIN.
