DESCUBRÍ QUE MI ESPOSA ME ENGAÑABA CON EL VECINO EN SU “BAÑO DE VAPOR” Y EN LUGAR DE DIVORCIARME AL INSTANTE, LES PREPARÉ UNA TRAMPA MORTAL CON TODOS LOS VECINOS DE TESTIGOS: ¡LA VENGANZA MÁS VIRAL, SATISFACTORIA Y HUMILLANTE QUE VERÁS EN TU VIDA!

PARTE 1: LA CEGUERA Y EL DESPERTAR

CAPÍTULO 1: EL PARAÍSO DE LOS INGENUOS

Dicen que el diablo está en los detalles, pero yo creo que el diablo es más astuto que eso: el diablo se esconde en la rutina, en la comodidad de pensar que ya la hiciste en la vida, en esa seguridad pendeja de creer que porque tienes la casa pagada y a la mujer contenta, nada malo te puede pasar. Nunca, ni en mis peores crudas morales, me imaginé que yo, Óscar Mondragón, un hombre de 55 años que se jactaba de tener el colmillo retorcido para los negocios, terminaría siendo el protagonista de una historia tan humillante y, a la vez, tan deliciosamente macabra. La historia de cómo mi esposa salía a gatas, con la piel hirviendo y el alma encuerada, de la “sauna” de mi vecino, se ha convertido en mi carta de presentación ante el destino. Pero no nos adelantemos, porque para saborear el final, tienes que tragarte el principio, aunque sepa a tierra.

Déjame pintarte el cuadro completo para que entiendas por qué me dolió tanto. Yo soy un tipo normal, o eso me gusta creer. Chilango de nacimiento, pero de esos que ya se cansaron del tráfico de la Ciudad de México, del esmog y de vivir a la defensiva. Hace unos diez años, Tania y yo decidimos que ya habíamos cumplido con la patria. Nuestros hijos ya estaban grandes; Rodrigo, el mayor, es un arquitecto chingón que se quedó batallando en la selva de asfalto, ganando bien pero viviendo estresado, y mi princesa, Sofía, se nos fue a Canadá buscando el “sueño primermundista”. Así que nos quedamos Tania y yo, con el nido vacío y una cuenta de ahorros decente gracias a mi constructora.

Compramos un terreno en “Los Encinos”, un fraccionamiento campestre a las afueras, rumbo a la salida a Cuernavaca. Ya sabes el tipo de lugar: caseta de vigilancia con guardias que se duermen a las 3 de la mañana, calles empedradas que te desgracian la suspensión del coche, pero con un aire limpio que te hace sentir que estás viviendo más años. Construimos la casa a nuestro gusto. Yo me encargué de los cimientos, de que no hubiera ni una grieta, de poner la mejor loseta y una chimenea de piedra volcánica que es la envidia de la cuadra. Tania se encargó de hacerlo un hogar. Puso sus plantas, sus cortinas de lino, su cocina integral enorme donde se supone que cocinaríamos juntos hasta hacernos viejitos.

Tania y yo… qué te puedo decir. Llevábamos más de 30 años de casados. Nos conocimos en la prepa, en esas épocas donde uno anda en camión y se come unos tacos de canasta en la esquina compartiendo el refresco en bolsa. Nos casamos muy chavos, enamorados hasta las trancas. Ella siempre fue una mujer de bandera. Guapa, entrona, de esas que no se rajan. Cuando empecé con la constructora y no teníamos ni para pagar la nómina de los albañiles, ella le entraba a la administración, hacía milagros con el dinero y hasta me preparaba las tortas para llevar a la obra. Éramos un equipo, cabrón. O eso pensaba yo.

Con los años, la pasión cambia, eso es natural. Ya no andas colgándote de las lámparas, pero queda el compañerismo, la confianza, el saber que esa persona te cubre la espalda. Tania, a sus 55 años, entró en esa etapa que les da a muchas mujeres (y hombres también, para qué nos hacemos) de querer detener el tiempo. Se obsesionó con verse joven. Empezó con el yoga, luego que el pilates, que la dieta keto, que los jugos verdes que huelen a rayos. Dejó de trabajar hace unos años porque, gracias a Dios, yo podía mantener la casa sin broncas. “Óscar, me voy a dedicar a mí, a mi salud”, me dijo un día. Y yo, como el marido comprensivo y pendejo que era, le dije: “Date, mi reina, te lo mereces”.

Aquí es donde entra la rutina maldita. Los viernes. Ah, los famosos viernes. En mi cabeza, los viernes eran sagrados. Yo llegaba de la obra o de la oficina molido, con ganas de nada más que quitarme las botas, ponerme mis huaraches viejos, destapar una Modelo Especial bien helada y tirarme en el reposet a ver el box o alguna película vieja de Pedro Infante. Tania, por su parte, instauró sus “Viernes de Vapor”.

—Gordo, me voy con las chicas al spa holístico, ese que está por el centro —me decía, saliendo de la recámara arreglada con ropa deportiva de marca, esa pegadita que, la neta, se le veía muy bien—. Vamos a entrar al temazcal y luego al vapor para desintoxicar.
—Órale pues, vieja. Que sudes todo el veneno —le bromeaba yo, sin despegar la vista de la tele.
—Te dejo unos tamales en el refri, nada más caliéntalos. No me esperes despierto, que luego nos quedamos platicando.

Y se iba. Yo me quedaba ahí, disfrutando de mi soledad, pensando: “Qué a toda madre es mi vida”. Tengo mi casa, mi chupe, mi tele y mi mujer se va a relajar para no estarme jodiendo. Era el plan perfecto. O eso creía.

Nuestros vecinos eran parte de ese escenario idílico. En un lugar así, terminas conociendo a todos, aunque sea de vista. Que si el Licenciado de la esquina que nunca saluda, que si la señora de los gatos… y claro, Valerio. Valerio vivía a dos casas de la nuestra. Un tipo más o menos de mi edad, jubilado de no sé qué dependencia de gobierno, con esa pinta de “buen vecino” que te da asco de lo amable que es. Siempre andaba en su jardín, regando sus buganvilias, y si me veía pasar, levantaba la mano: “¡Quihubo, vecino! ¿Cómo va la chamba?”.

Valerio y yo nos hicimos “compadres” de banqueta. De esos con los que te prestas el taladro, con los que te quejas de que el camión de la basura no pasó, o con los que te echas una cuba en la fiesta de fin de año del fraccionamiento. Él tenía a su esposa, una señora bajita, muy callada, que casi no salía. Valerio presumía mucho de las remodelaciones que le hacía a su casa. Un día me invitó a ver su patio trasero.
—Mira, Óscar, checa lo que me armé —me dijo orgulloso, señalando una casita de madera y ladrillo al fondo de su jardín—. Un baño de vapor casero. Le puse un generador de vapor industrial, levanta temperatura en friega. Para los huesos, ya sabes, la edad no perdona.
—Está chingón, Valerio. A ver si un día me invitas —le dije por convivir.
—Cuando quieras, compadre, cuando quieras. Mi casa es tu casa —respondió él con esa sonrisa que, ahora que lo recuerdo, tenía mucho de cínica.

Así pasaban los meses. Viernes tras viernes. Tania se iba a “desintoxicar” y yo me quedaba en mi burbuja de ignorancia. Pero como te dije, el diablo está en la rutina. Empecé a notar cosas. Pequeñeces. Al principio, Tania regresaba a las 10 u 11 de la noche. “Mucho tráfico”, decía. Luego, empezó a dar la medianoche. “Es que Lupita trae un broncón con su marido y nos quedamos aconsejándola”. Después, la 1 de la mañana.

Yo no soy celoso por naturaleza. Confío en lo que construí. Pero hay una diferencia entre confianza y estupidez, y yo estaba cruzando esa línea. Lo que me empezó a hacer ruido no eran los horarios, sino ella. Tania regresaba… diferente. No venía relajada del vapor, venía eufórica. Traía una energía eléctrica, los ojos le brillaban como si se hubiera metido algo, y siempre, siempre, se iba directo a bañar en cuanto entraba a la casa, como si quisiera lavarse algo de encima.

Además, estaba el tema del teléfono. Antes, su celular andaba tirado por la sala. Ahora lo traía pegado como si fuera un marcapasos. Si sonaba un mensaje, brincaba. Se iba al baño a contestar. Se reía sola mirando la pantalla. “Son memes que mandan al grupo de las del yoga”, me decía si yo le preguntaba. Y yo, pendejo, le creía. “Ah, qué bueno que te diviertas”.

La vida en el fraccionamiento seguía su curso. Los sábados, a veces hacíamos carne asada. Invitábamos a algunos vecinos. Valerio venía a veces. Y yo, ciego como un topo, los veía interactuar.
—Hola, Tania, qué rico te quedó el guacamole —decía él.
—Gracias, Valerio, pruébalo con totopos —respondía ella.
Todo tan normal. Tan aséptico. Ni una mirada de más, ni un roce. Eran profesionales del engaño. Ganadores del Óscar a la mejor actuación en una vida suburbana. Yo los veía y pensaba: “Mira qué buena onda que se lleven bien”. Si hubiera sabido que mientras yo volteaba la arrachera en el asador, ellos probablemente se estaban mensajeando para planear su próximo encuentro en el vapor, le hubiera clavado el trinche ahí mismo. Pero no sabía. Aún no.

Mi despertar no fue de golpe, fue una comezón lenta. Un viernes, Tania se fue como siempre. Yo me quedé viendo una serie. Me quedé dormido en el sofá y me desperté con sed a las 2:30 de la mañana. La casa estaba en silencio. Fui a la cocina por agua y vi que el coche de Tania no estaba. Me asomé a la ventana. Nada. La calle estaba desierta, solo se oían los grillos y los perros ladrando a lo lejos. Le marqué al celular. Buzón.

Sentí el primer piquete en el estómago. Ese que te avisa que algo anda mal. Me senté en la sala a esperar. A las 3:15, vi las luces de su camioneta entrar a la cochera. Entró a la casa caminando despacito, tratando de no hacer ruido. Yo estaba ahí, sentado en la penumbra, con mi vaso de agua en la mano.
—¡Ay, cabrón, me asustaste! —dijo ella al verme, llevándose la mano al pecho.
—¿Dónde andabas, Tania? Son las tres de la mañana.
—Ay, Óscar, no empieces. Se nos ponchó una llanta a la salida del spa y tuvimos que esperar a la grúa, fue un relajo. Tengo sueño, mañana te cuento.

Se subió corriendo las escaleras. No me dio tiempo ni de verle bien la cara. Pero cuando pasó junto a mí, dejó una estela de aire. Y te juro por mi madre santa que eso no olía a llanta quemada ni a grúa. Olía a jabón Zest, a humedad… y a tequila. Pero no a cualquier tequila, sino a ese reposado barato que le gusta a Valerio. Lo reconocí porque es el único en la cuadra que toma esa madre que raspa la garganta.

Me quedé ahí parado, en la oscuridad de mi sala “perfecta”, sintiendo cómo se me caía el velo de los ojos. No quise subir a pelear. No quería escuchar más mentiras esa noche. Me quedé despierto hasta que amaneció, viendo cómo la luz del sol entraba por las ventanas, iluminando una vida que, de repente, se sentía completamente falsa.


CAPÍTULO 2: LA CERTEZA DEL DOLOR

Esa semana fue un infierno silencioso. Yo andaba como zombi en la obra. Le gritaba a los albañiles por cualquier pendejada, revisaba los planos tres veces sin entender nada. Mi cabeza estaba en otro lado. Estaba en la casa, en Tania, en ese olor a tequila corriente. Intenté actuar normal, pero “normal” ya no existía. Tania, por su parte, andaba como si nada. Cantaba mientras cocinaba, me preguntaba cómo me fue en el trabajo, me planchaba las camisas. Esa normalidad me enfermaba. ¿Cómo podía ser tan cínica? ¿O será que yo me estaba volviendo loco? A lo mejor sí se le ponchó la llanta. A lo mejor el olor era mi imaginación. Uno se aferra a cualquier clavo ardiendo para no aceptar que te están viendo la cara.

Llegó el siguiente viernes. El aire en la casa se sentía pesado, como antes de que caiga un tormentón. Tania empezó su ritual. Se bañó, se puso crema en todo el cuerpo (cosa que noté, porque antes no lo hacía con tanto esmero), se puso sus leggins negros y una sudadera.
—Ya me voy, gordo. Hoy es cumpleaños de una de las chicas, así que igual y vamos a cenar después. No me esperes.
Me dio un beso en la mejilla. Sentí sus labios fríos.
—Diviértete —le dije, sin mirarla a los ojos.

En cuanto escuché el motor de su camioneta alejarse, me levanté del sillón. No prendí la tele. Me serví un whisky doble, sin hielo, para que quemara al bajar. Caminé por la sala como león enjaulado. Necesitaba saber. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Seguirla? ¿Ponerme una gabardina y unos lentes oscuros como detective de caricatura? Me sentía ridículo. Me sentía viejo y cansado.

Alrededor de las 8 de la noche, sonó el timbre. Mis perros, el Bono y la Shakira, se pusieron como locos. Me asomé por la ventana y vi la camioneta de Sergio, mi compadre de toda la vida. Sergio es un cabrón bien hecho. Nos conocemos desde que estábamos en la facultad de ingeniería, aunque él nunca acabó y se dedicó al comercio. Es de esos amigos que te dicen tus verdades aunque te duelan, y que si te tienes que agarrar a golpes con alguien, él tira el primer puñetazo por ti.

Abrí la puerta. Sergio traía una cara de velorio que me heló la sangre. No traía cervezas, lo cual ya era una mala señal.
—Qué pedo, Checo. Pásale —le dije.
Sergio entró, se quitó la gorra y se pasó la mano por el poco pelo que le queda.
—¿Está tu mujer? —preguntó de sopetón, sin saludar.
—No. Se fue a su… a su vapor. Con las amigas.
Sergio soltó un resoplido, una mezcla de risa amarga y coraje.
—Siéntate, Óscar. Sírveme un trago de lo que estés tomando. Necesitamos hablar de hombres.

Le serví el whisky. Nos sentamos en la barra de la cocina. El silencio pesaba toneladas. Yo veía a mi amigo y sabía que lo que venía iba a doler más que una patada en los bajos.
—Mira, carnal —empezó Sergio, dándole un trago largo a su vaso—. Tú sabes que yo te quiero como a un hermano. Hemos pasado por un chingo de cosas. Y la neta, no me gusta meterme en pedos de faldas, pero… esto ya se pasó de lanza.
—Suéltalo ya, güey. No le des vueltas —le dije, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—Hace rato venía para acá. Quería invitarte a ver la pelea del Canelo al rato. Tomé el atajo, ya sabes, la callejuela de tierra que pasa por detrás de los patios de tu cuadra, porque están arreglando la avenida principal.
Hizo una pausa, como buscando las palabras para no destrozarme.
—Pasé despacito porque hay un chingo de baches. Y vi hacia el patio de Valerio. Su barda de atrás es de malla ciclónica con enredadera, pero la enredadera está seca en una parte. Y vi luz en su casita esa de vapor.
—¿Y? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Y vi a Tania, Óscar. No estaba en ningún spa holístico en el centro. Estaba ahí, en el patio de Valerio. Iba caminando hacia el vapor con una toalla en la cabeza. Y Valerio… Valerio le abrió la puerta. Estaba en toalla, el muy hijo de la chingada. La abrazó por la cintura, le dio una nalgada y se metieron los dos.

CRACK.
Algo se rompió dentro de mí. No fue el corazón, eso es muy romántico. Fue el orgullo. Fue la hombría. Fue la confianza. Sentí una oleada de calor subirme desde los pies hasta la cabeza. Me zumbaron los oídos.
—¿Estás seguro, Sergio? —mi voz sonó ajena, ronca.
—Cabrón, conozco a Tania desde hace 30 años. Sé cómo camina, sé su ropa. Era ella. Y era Valerio. Se están riendo de ti, Óscar. Ahí, a dos casas. Mientras tú estás aquí pensando que ella está meditando, ellos están sudando la gota gorda, y no precisamente por el ejercicio.

Me levanté de golpe y aventé el vaso al fregadero. Se hizo añicos.
—¡Hijos de su puta madre! —grité. El eco retumbó en la cocina vacía—. ¡Voy a ir ahorita mismo a matarlos! ¡Voy a quemar esa pinche casita con ellos adentro!
Caminé hacia la puerta, ciego de ira. Quería sangre. Quería verle la cara a Valerio mientras le partía la madre. Quería ver a Tania llorar y suplicar perdón para luego mandarla al diablo.

Sergio se paró de un salto y me bloqueó el paso. Es más bajito que yo, pero está macizo.
—¡Párate, güey! ¡No seas pendejo! —me gritó, empujándome hacia atrás—. ¿Qué vas a ganar yendo ahorita? ¿Eh? Vas a armar un escándalo, va a salir la policía, te van a llevar al bote por agresiones y ellos… ellos van a quedar como las víctimas. Van a decir que estás loco, que malinterpretaste todo. Tania va a decir que solo fue a pedirle una taza de azúcar y que tú eres un celoso enfermo.

—¡Me vale madres! —bramé, tratando de quitarlo—. ¡Están cogiendo en mi cara, Sergio!
—¡Piensa con la cabeza fría, Óscar! —me zarandeó—. Eres un hombre inteligente. Eres un constructor, carajo. Tú no demoles un edificio a lo pendejo, tú planeas la demolición. Si vas ahorita, pierdes. Si te esperas… si te esperas, los puedes destruir de verdad. Sin ensuciarte las manos. Sin ir a la cárcel.

Sus palabras empezaron a filtrarse en mi cerebro nublado. Respiré agitado, como toro de lidia. Me dejé caer otra vez en el banco de la cocina, tapándome la cara con las manos. Las lágrimas de rabia me quemaban los ojos, pero no las dejé salir.
—¿Qué hago, entonces? —murmuré—. No puedo quedarme aquí sabiendo que están ahí… revolcándose.
—Hoy no haces nada. Hoy te tragas el coraje. Te tomas esa botella conmigo. Y cuando ella llegue, te haces el dormido. Pero mañana… mañana empezamos a planear.

Esa noche fue la más larga de mi vida. Sergio se quedó conmigo hasta las 4 de la mañana, bebiendo y evitando que yo saliera corriendo con un machete. Me contó que ya había rumores en el fraccionamiento. Que la señora de la tienda los había visto muy “jijiji jajaja”. Que el guardia de la entrada había notado que Valerio a veces salía en el coche de Tania. Todo el mundo sabía. Menos yo. El cornudo siempre es el último en enterarse, dice el dicho, y vaya que es cierto.

Cuando Tania llegó, casi al amanecer, yo ya estaba en la cama, fingiendo ronquidos. Entró oliendo a jabón y sexo. Se acostó a mi lado. Sentí su calor y me dio asco. Me dieron ganas de vomitar. Pero me aguanté. Porque en mi mente, entre la bruma del alcohol y el dolor, ya se estaba gestando una idea. Una idea perversa, brillante y definitiva.

Sergio tenía razón. No iba a ser un pleito de callejón. Iba a ser una ejecución pública. Valerio estaba tan orgulloso de su baño de vapor, ¿no? Pues ese baño iba a ser su tumba social. Iba a convertir su nido de amor en una ratonera.

A la mañana siguiente, sábado, me levanté con una cruda espantosa, pero con la mente clara como el agua. Tania me saludó en la cocina con unos chilaquiles.
—Buenos días, amor. ¿Cómo dormiste?
La miré. Realmente la miré. Ya no veía a mi esposa de 30 años. Veía a una desconocida. A una enemiga que dormía en mi cama.
—Bien —mentí, dándole un trago al café—. Oye, fíjate que estaba pensando… hace mucho que no hacemos una reunión con los vecinos. Ya sabes, para convivir. ¿Qué te parece si el próximo viernes armamos una carne asada aquí en el jardín? Invito a todos. A los de la cuadra, al Licenciado… y claro, a Valerio y a su esposa.

Tania se tensó por un microsegundo, pero enseguida sonrió. Esa sonrisa falsa que ahora detectaba a kilómetros.
—Ay, Óscar, pero es viernes. Ya sabes que yo voy al vapor.
—Ándale, mujer. Vas al vapor temprano y te regresas a las 8 para la cena. Yo me encargo de todo. Tú solo llega a disfrutar.
Ella lo pensó. Seguro calculó que podía irse a revolcar con Valerio de 6 a 8 y luego cruzar la calle para la fiesta, fresca como lechuga.
—Está bien, gordo. Me parece buena idea. Sirve que convivo más con los vecinos.

Pobrecita. No tenía ni idea.
Esa semana me dediqué a preparar el escenario. Fui a la ferretería y compré un barrote de madera de pino, grueso, resistente. Compré unos candados. Revisé la barda trasera. Todo tenía que ser perfecto. No iba a ser solo una venganza; iba a ser una obra de teatro donde ellos serían los payasos y yo el director.

Cada vez que veía a Valerio en la calle, lo saludaba con más efusividad.
—¡Quihubo, compadre! No faltes el viernes, eh. Voy a traer unos cortes Rib Eye que te mueres.
—Ahí estaremos, vecino, cuenta con ello —decía él, frotándose las manos, pensando seguramente que se comería mi carne y a mi mujer el mismo día.

Llegó el viernes del juicio final. El clima estaba perfecto, ni frío ni calor. Puse la carpa en el jardín, saqué el asador grande, llené las hieleras con cerveza y refrescos. Invité a medio fraccionamiento. Quería audiencia. Quería testigos. Tania se fue a las 6 en punto.
—No tardo, amor. Me doy un baño rápido y regreso para ayudarte a recibir a la gente.
—Tómate tu tiempo, mi vida. Relájate bien —le dije, dándole un beso en la frente. El beso de Judas, pero al revés.

En cuanto se fue, me serví un tequila. Miré el reloj. Tenía una hora para que empezara a llegar la gente y dos horas para ejecutar mi plan. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un rojo sangre que me pareció muy apropiado. “Disfruten su vaporcito”, pensé, mirando hacia la casa de Valerio. “Porque va a ser el último”.

La trampa estaba lista. La carnada había sido mordida. Ahora solo faltaba jalar la cuerda y verlos asfixiarse en su propia inmundicia.

PARTE 2: LA TRAMPA Y EL ESPECTÁCULO

CAPÍTULO 3: EL ANFITRIÓN DEL DIABLO

El carbón ya estaba al rojo vivo. Me quedé mirando las brasas hipnotizado por unos segundos, sintiendo cómo el calor me golpeaba la cara, muy parecido al calor que sentía en el pecho, pero ese no era por el fuego, era por el coraje contenido. Eran las 7:30 de la noche. Según mis cálculos y la rutina de “relojería suiza” de los infieles, Tania y Valerio ya debían estar en plena acción dentro de esa casita de vapor maldita.

Me tomé un trago largo de mi cerveza, una Victoria bien fría que apenas me refrescaba la garganta seca. Todo estaba listo. La carne marinada, las salsas en la mesa, las hieleras atascadas de bebidas y el playlist de “Rock en Español de los 80s” sonando bajito en la bocina Bluetooth. Parecía el escenario perfecto para una noche de convivencia vecinal, pero en realidad, era la escenografía de mi obra maestra.

Empezaron a llegar los invitados. El primero, como buen compadre y cómplice silencioso, fue Sergio. Llegó con su esposa, Maru, que no tenía ni idea de lo que estaba a punto de pasar.
—¡Quihubo, compadre! Huele a gloria —dijo Sergio, dándome un abrazo fuerte, de esos que te dicen “estoy contigo, cabrón”. Me apretó el hombro y me susurró al oído—: ¿Todo en orden?
—Al tiro, compadre. El espectáculo empieza en breve —le contesté con una media sonrisa que me costó mucho fingir.

Maru, inocente, preguntó por Tania.
—¿Y la patrona? ¿Todavía no llega de su spa?
—Ya ves cómo es, Maru —dije, alzando la voz para que me escucharan los que iban entrando—. Se le pega la sábana platicando. Pero me dijo que llegaba directo a cenar. Tú sírvanse algo, están en su casa.

Poco a poco, el jardín se llenó. Llegó Don Anselmo, el jubilado de la esquina que siempre trae chistes malos; llegó la señora Cuca, la chismosa oficial del fraccionamiento, esa mujer que tiene antenas parabólicas en lugar de orejas (su presencia era vital para mi plan, necesitaba que la noticia corriera como pólvora); llegaron los Martínez con sus hijos adolescentes que se fueron directo al wifi. Todos bebían, reían, comentaban sobre el clima y sobre lo bien que olía la arrachera.

Yo actuaba en piloto automático. Volteaba la carne, servía tragos, reía de chistes que no escuchaba. Mi mente estaba a dos casas de distancia. Mi reloj mental hacía tic-tac con una precisión dolorosa. Imaginaba a Tania quitándose la ropa, imaginaba a Valerio con su toalla ridícula, imaginaba las risitas, los secretos, la burla implícita de estar revolcándose mientras el marido pendejo asaba cebollitas.

A las 8:00 PM, la esposa de Valerio, Carmen, llegó sola. Es una mujer bajita, tímida, siempre con una mirada un poco triste. Me dio un apretón en el corazón verla. Ella tampoco se merecía esto, pero era un daño colateral inevitable.
—Hola, Óscar. Gracias por invitar. Valerio me dijo que tenía que revisar una tubería de emergencia en el patio de atrás, que ya venía —dijo con voz suave.
¡Qué hijo de la chingada! “Revisar una tubería”. La creatividad del infiel no tiene límites.
—No te preocupes, Carmen. Pásale, tómate un vinito. Seguro Valerio llega… acalorado de tanto trabajar —le contesté, mordiéndome la lengua para no soltar una carcajada histérica.

La fiesta estaba en su apogeo. La gente ya estaba medio entonada. Era el momento.
—Oigan, raza —dije, limpiándome las manos en el delantal—. Se me acabaron los hielos. Voy de volada al Oxxo o a ver si Valerio tiene. Ahorita vengo, no se me acaben el guacamole.
—¡No te tardes, que se quema la carne! —gritó Don Anselmo.

Salí de mi casa, pero no fui a ningún Oxxo. En cuanto cerré la puerta principal, mi actitud cambió. Dejé de ser el anfitrión amable y me convertí en el cazador. La noche ya había caído por completo. Me deslicé por la sombra de los árboles, esquivando las luces de los postes. Conocía el camino de memoria, el famoso “atajo” por el callejón de servicio que Sergio había usado. El corazón me latía en las sienes, pum, pum, pum. La adrenalina es una droga potente; me sentía lúcido, ágil, peligroso.

Llegué a la parte trasera de la casa de Valerio. La barda era baja, de piedra volcánica. Me trepé con cuidado de no hacer ruido. Desde ahí, tenía una vista perfecta de su patio trasero. Estaba oscuro, solo iluminado por la luz de la luna y… por el resplandor que salía de la ventanita del baño de vapor.

Ahí estaba. La “casita del pecado”. Era una construcción pequeña, de ladrillo rojo y techo de teja, pegada a la barda del fondo. Se escuchaba el zumbido suave del generador de vapor. Me acerqué agazapado, como un ladrón en la noche.

Al estar a un metro de la puerta de madera maciza, me detuve. Agudicé el oído. Y entonces los escuché.
No eran gritos, ni gemidos de película porno. Eran risas. Risas cómplices. Escuché la voz de Tania, esa voz que yo conocía desde hace 30 años, diciendo algo como: “…ay, sí, Óscar ni cuenta se da, piensa que estoy en el masaje”. Y luego la risa ronca de Valerio. “Ese compadre vive en la luna, mi amor”.

Esas palabras fueron la gasolina que me faltaba. Si tenía alguna duda, algún remordimiento, se esfumó en ese segundo. No solo me engañaban; se burlaban. Me consideraban un accesorio inútil en sus vidas, un estorbo fácil de manipular. Sentí una furia fría, sólida. Ya no temblaba.

Tomé el barrote de madera que había escondido previamente entre los arbustos de la barda colindante (lo había dejado ahí la noche anterior, previsor que es uno). Era una viga de pino de 4×4, pesada, sólida. Me acerqué a la puerta. Ellos estaban tan metidos en su burbuja de vapor y cinismo que no escucharon mis pasos.

La puerta del vapor de Valerio abría hacia afuera. Tenía una manija de hierro forjado. Con un movimiento rápido y silencioso, crucé el barrote a través de la manija, apoyándolo contra los marcos de ladrillo que sobresalían a los lados. Quedó trabado perfectamente. Ni Hulk podría abrir esa puerta desde adentro.

Pero no terminé ahí. Valerio, en su orgullo de ingeniero frustrado, había instalado los controles del generador de vapor en una cajita externa, “por seguridad”. Me acerqué a la caja. Vi la perilla de temperatura. Estaba en un nivel medio, agradable. La giré. No al máximo, porque no quería matarlos (no quería ir a la cárcel por homicidio, solo quería darles una lección), pero sí la subí lo suficiente para que el “agradable calorcito” se convirtiera en un infierno tropical en cuestión de minutos. De “relajante” a “sofocante”.

Me quedé parado ahí unos segundos, escuchando. Al principio, nada. Seguían las risas.
“Disfruten”, susurré. “Suden sus pecados, cabrones”.

Di media vuelta y salí del patio con la misma cautela. Regresé corriendo a mi casa, entré por la puerta de servicio de la cocina, agarré una bolsa de hielos de mi propio congelador (que ya tenía lista) y salí al jardín como si nada hubiera pasado.

—¡Llegaron los hielos! —anuncié triunfal.
Sergio me miró desde el asador, donde estaba cuidando la carne. Me vio a los ojos, notó mi respiración un poco agitada y el brillo de “misión cumplida” en mi mirada. Asintió levemente y me pasó una cerveza.
—Salud, compadre —dijo.
—Salud, Checo. Ahora sí, a esperar a que la carne esté en su punto… y el pavo también.

Pasaron 20 minutos. Veinte minutos que se sintieron eternos. Yo platicaba, reía, servía tacos, pero mi mente estaba cronometrando el calor. A estas alturas, allá adentro debían estar a unos 45 o 50 grados con una humedad del 100%. Ya no debía ser cómodo. El aire debía empezar a faltar. El sudor ya no sería sexy, sería desesperante.

De repente, Carmen, la esposa de Valerio, se acercó preocupada.
—Oye, Óscar, Valerio no contesta el celular. Y ya se tardó mucho. Se me hace raro.
Miré mi reloj. Era el momento del acto final.
—Tienes razón, Carmen. Y Tania tampoco ha llegado. Qué raro. Oigan… —alcé la voz para que todos callaran, bajando el volumen de la música—. Oigan, Valerio me dijo que tenía una sorpresa para nosotros en su patio. Dijo que si se tardaba, fuéramos a buscarlo. ¿Qué tal si vamos todos a ver qué trama? Igual y ya se quedó dormido o se puso a tomar solo el desgraciado.

—¡Vamos por él! —gritó el borrachín de la esquina.
—¡Sí, vamos a sacarlo para que invite la otra ronda! —secundó otro.
La curiosidad es poderosa. Y el morbo, más. Carmen asintió, un poco confundida pero aliviada de no ir sola.
—Vamos, pues. Sirve que vemos su famoso baño de vapor que tanto presume —dije yo, liderando la marcha.

Salimos en procesión. Éramos unas quince personas caminando por la calle empedrada, con vasos en mano, riendo. Yo iba al frente, como el flautista de Hamelín llevando a los ratones, solo que aquí iba a mostrar a las ratas. Al llegar a la reja de la casa de Valerio, Carmen abrió con sus llaves.
—¡Valerio! —gritó ella—. ¡Ya estamos aquí!

Entramos al jardín. Estaba oscuro, pero las luces de nuestros celulares y la luz del patio iluminaban el camino hacia el fondo.
Y entonces, lo escuchamos.


CAPÍTULO 4: LA FUNCIÓN PRINCIPAL

Al principio fueron golpes sordos. Pum, pum, pum. Como si alguien golpeara una pared lejana. Luego, los gritos. Pero no eran gritos claros, eran voces ahogadas, desesperadas, amortiguadas por la madera gruesa y el aislamiento térmico.
—¡Abran! ¡Abran, carajo!
—¡Ayuda! ¡Nos asfixiamos!

El grupo se detuvo en seco. Las risas se apagaron de golpe. Carmen palideció.
—¿Qué es eso? —preguntó Doña Cuca, llevándose la mano a la boca.
—Viene del vapor —dije yo, fingiendo alarma—. ¡Corran!

Corrimos hacia la casita del fondo. Los golpes se volvieron frenéticos. La puerta de madera vibraba con cada impacto.
—¡Valerio! —gritó Carmen, corriendo hacia la puerta.
—¡Esperen! —los detuve justo antes de que llegaran—. La puerta está trabada, miren.

Señalé el barrote atravesado. Todos lo vieron. El cerebro colectivo tardó un segundo en procesar la imagen: una puerta bloqueada desde afuera, gritos de desesperación adentro.
—¡Alguien los encerró! —gritó Sergio, siguiendo el juego (aunque él ya sabía quién había sido ese “alguien”).
—¡Quiten eso, rápido! —ordené yo, pero sin mover un dedo. Dejé que fueran los otros vecinos, los Martínez, los que quitaran el barrote. Quería que ellos fueran los héroes, que ellos abrieran la caja de Pandora.

Uno de los vecinos, un tipo grandote, jaló el barrote y lo tiró al pasto.
—¡Háganse para atrás! —gritó.
Giró la manija y abrió la puerta de golpe.

Lo que salió de ahí no fue solo vapor. Fue una nube blanca, densa, hirviendo, que nos golpeó a todos en la cara con olor a eucalipto rancio, sudor humano y miedo. Y entre la niebla, como dos demonios expulsados del infierno, salieron ellos.

Primero Valerio. Tropezando, tosiendo como si fuera a escupir un pulmón, con la piel roja como un camarón cocido. Llevaba una toalla enredada a la cintura que se le caía a cada paso, revelando sus piernas flacas y temblorosas.
Y detrás de él… Tania.
Mi esposa. La mujer fit, la dama de sociedad. Salía a gatas, literalmente gateando, buscando aire fresco desesperadamente. El rímel (que se suponía era a prueba de agua) le corría por las mejillas rojas e hinchadas. Su toalla apenas le cubría el pecho. El cabello se le pegaba a la cara en mechones empapados.

Cayeron al pasto, boqueando como peces fuera del agua.
—¡Agua! ¡Aire! —jadeaba Valerio.

El silencio que se hizo en el patio fue absoluto. Espantoso. Nadie se movía. Nadie hablaba. Quince pares de ojos estaban clavados en la escena. Primero fue la preocupación: “¿Están bien?”. Pero luego, la neblina se disipó y la realidad golpeó a todos como un ladrillazo en la frente.

Ahí estaban. Valerio y Tania. Solos. En toalla. Encerrados en un baño de vapor un viernes por la noche.
Carmen, la esposa de Valerio, soltó un gemido que me partió el alma. Se llevó las manos a la cara y retrocedió, chocando contra el cerco de arbustos.
—¿Valerio? —susurró—. ¿Qué… qué haces con ella?

Valerio intentó levantarse, pero las piernas le fallaron. Miró a su alrededor, con los ojos inyectados de sangre por el calor y el terror. Vio a sus vecinos. Vio a Doña Cuca con la boca abierta. Vio a Sergio cruzado de brazos con cara de pocos amigos. Vio a su esposa llorando. Y finalmente, me vio a mí.

Yo estaba parado justo enfrente de ellos, iluminado por la luz del porche. No estaba gritando. No estaba llorando. Estaba tranquilo, con las manos en los bolsillos, mirándolos con la misma curiosidad con la que uno mira a un insecto aplastado.

—Vaya, vaya —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó clara y fuerte en la noche—. Así que esta era la sorpresa, Valerio. Una demostración en vivo de cómo funciona tu sauna.

Tania levantó la vista. Al verme, su expresión pasó del alivio por poder respirar al horror absoluto. Se tapó más con la toalla mojada, encogiéndose en posición fetal.
—Óscar… no es lo que… —empezó a balbucear, con la voz ronca.
—¿No es lo que parece? —la interrumpí, soltando una risa seca—. Tania, por favor. Tengan un poco de dignidad. Ya bastante pena están dando ahí tirados.

El murmullo empezó entre los vecinos.
—¡No mames! —susurró el hijo de los Martínez—. ¡Se estaban dando al vecino!
—¡Qué poca madre! —dijo Doña Cuca, escandalizada pero sin perderse detalle—. Y la Carmen aquí parada…

Valerio recuperó un poco el aliento y trató de adoptar una postura digna, lo cual es imposible cuando estás semidesnudo, rojo y rodeado de tus vecinos juzgándote.
—Óscar, déjame explicarte… nos quedamos encerrados, la puerta se trabó… Tania vino a… a ver el generador porque quería comprar uno…
—¡Cállate el hocico, Valerio! —gritó Sergio, dando un paso adelante. Parecía que le iba a soltar un golpe, pero yo le puse la mano en el pecho para detenerlo.
—Déjalo, compadre. Déjalo que hable. Es divertido ver cómo intenta arreglar esto. ¿Iba a ver el generador? ¿En toalla? ¿A oscuras? ¿Y tú también estabas explicándole el funcionamiento en pelotas?

Valerio cerró la boca. Sabía que estaba acabado.
Me acerqué un paso más a Tania. Ella no dejaba de llorar, temblando de frío y de vergüenza.
—¿Y tú, Tania? —le pregunté suavemente—. ¿Qué tal el spa holístico? ¿Te relajaste? Porque te veo muy tensa. Y pensar que yo allá enfrente tengo una carne asada enfriándose, preocupado porque no llegabas. Y tú aquí, sudando la gota gorda con el vecino.

Tania sollozó más fuerte.
—Perdóname, Óscar… perdóname…
—No me pidas perdón a mí —dije, señalando a Carmen—. Pídeselo a ella. Y a ti misma, porque acabas de tirar 30 años de matrimonio a la basura por un revolcón en un cuarto de ladrillo.

Carmen, que había estado en shock, reaccionó. Se acercó a Valerio y, con una fuerza que no sabía que tenía, le soltó una cachetada que resonó en todo el patio. ¡PLAF!
—¡Eres un cerdo! —le gritó—. ¡En mi casa! ¡Con la vecina! ¡Lárgate! ¡No te quiero ver!

Valerio se llevó la mano a la mejilla, humillado.
La escena era grotesca y sublime a la vez. Era la justicia en su forma más cruda. Ya no había secretos. Todos lo sabían. Mañana, todo el fraccionamiento, toda la ciudad, sabría que Tania la “fit” y Valerio el “buen vecino” eran unos traidores.

Me giré hacia los invitados, que seguían pasmados.
—Bueno, señores —dije con calma, sacudiéndome unas hojas imaginarias de la camisa—. Creo que el espectáculo ha terminado. Lamento mucho que hayan tenido que ver esto. La verdad, se me quitó el hambre, pero la carne está buena y hay mucha cerveza en mi casa. El que quiera seguirle, es bienvenido. El que no, entenderé que se quieran ir a lavar los ojos con cloro.

Nadie se movió hacia mi casa. La fiesta había muerto, asesinada por la realidad. La gente empezó a murmurar despedidas incómodas y a escabullirse hacia la salida.
—Lo siento mucho, Óscar —me dijo Don Anselmo, palmeándome la espalda—. Qué chingadera te hicieron.
—Ni modo, Don Anselmo. Así es la vida. A veces uno cree que conoce a la gente.

Me quedé ahí unos momentos más. Viendo cómo Carmen entraba a su casa llorando y cerraba la puerta con llave, dejando a Valerio afuera, en el patio, envuelto en su toalla. Viendo a Tania, que seguía en el pasto, incapaz de levantarse, incapaz de mirarme.

Me acerqué a ella una última vez. Me agaché para quedar a su altura. Olía a sudor rancio y a miedo. Ya no olía a mi esposa.
—Tania —le susurré—. No te molestes en ir a la casa hoy. Voy a cambiar las cerraduras ahorita mismo. Vete a un hotel, vete con tu hermana, o quédate aquí con tu amante en su vaporcito. Me da igual. Pero en mi casa, en la casa que yo pagué con mi trabajo mientras tú jugabas a la señora de las lomas… ahí ya no entras.

Me levanté, sentí una ligereza extraña en el cuerpo. Como si me hubiera quitado una mochila de piedras de encima.
—Vámonos, Sergio —le dije a mi compadre—. Necesito un tequila doble.

Caminamos de regreso a mi casa, dejando atrás los sollozos de Tania y la figura patética de Valerio intentando cubrirse el frío. La venganza estaba servida. Y aunque el sabor era amargo, el regusto final… ah, el regusto final era de pura libertad.

Pero la historia no acaba aquí. Porque una cosa es atraparlos y otra muy distinta es el infierno que viene después. El divorcio, la división de bienes y, sobre todo, ver cómo se arrastran intentando recuperar lo que perdieron. Eso, mis amigos, es donde se pone realmente interesante.

CAPÍTULO 5: EL SILENCIO DE LOS ESCOMBROS

Regresar a mi casa esa noche fue como entrar a un mausoleo. Apenas unos minutos antes, mi jardín estaba lleno de vida, de música ochentera, de olor a carbón y carne asada. Ahora, solo quedaban los vasos de plástico a medio terminar, los platos con restos de salsa seca y el asador apagándose lentamente, lanzando un hilito de humo gris que olía a tristeza. Sergio, mi fiel compadre, entró conmigo. No dijo nada. Sabía que en momentos así, las palabras sobran y solo estorban. Se fue directo al refrigerador, sacó dos cervezas y me puso una en la mano.

—Salud, cabrón —dijo, chocando su botella contra la mía. Su voz sonaba ronca, cansada.
—Salud, Checo. Y gracias —le contesté, dejándome caer en el sillón de piel de la sala. Ese sillón que Tania había escogido hace cinco años porque decía que “le daba clase” a la casa. Ahora me parecía un mueble frío, ajeno.

Sergio se quedó un rato más, asegurándose de que yo no fuera a cometer una locura. Pero la verdad es que la locura ya la había cometido. La adrenalina de la venganza, esa droga potente que me había mantenido lúcido y cruel durante la última hora, se estaba evaporando. Y lo que quedaba en su lugar era un vacío inmenso. Un agujero negro en el pecho que amenazaba con tragarse todo: mis recuerdos, mi orgullo, mi futuro.

—¿Te quedas o te vas? —le pregunté a Sergio cuando vi que cabeceaba.
—Me voy, Óscar. La Maru está hecha un mar de nervios, tengo que ir a calmarla. Pero si necesitas algo, lo que sea, me marcas. No importa la hora.
—Vete tranquilo. Voy a estar bien. Solo voy a cerrar todo.

Cuando Sergio salió, cerré la puerta con doble llave y pasé el cerrojo. Ese sonido metálico, clac-clac, retumbó en la casa como la sentencia de un juez. “Cadena perpetua a la soledad”, pensé. Me quedé parado en el recibidor, escuchando. El silencio era ensordecedor. Ya no estaba el ruido de la televisión de Tania en la recámara, ni el sonido de ella tarareando mientras se ponía sus cremas nocturnas. Solo estaba yo y el zumbido de mis propios pensamientos.

De repente, mi celular empezó a vibrar en la mesa de centro. No era una llamada, eran mensajes. Uno tras otro. Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt. Miré la pantalla.
Tania (5 llamadas perdidas)
Tania: “Óscar, por favor, ábreme.”
Tania: “No tengo a dónde ir.”
Tania: “Déjame explicarte, no es lo que piensas.”
Tania: “Por el amor de Dios, mis cosas están ahí.”

Leí los mensajes con una frialdad que me asustó. “¿No es lo que pienso?”, murmuré, hablándole a la pantalla. “¿Qué parte de verte salir en toalla del vapor del vecino no es lo que pienso?”. Apagué el celular y lo aventé al otro lado del sofá.

Me fui a la cocina. Ahí estaba todo: los imanes en el refrigerador de nuestros viajes a Cancún y a Chiapas, la cafetera que ella programaba todas las noches, su taza favorita con la leyenda “La mejor mamá del mundo” (regalo de nuestra hija). Cada objeto era una puñalada. Me serví otro tequila, esta vez sin vaso, directo de la botella. Caminé hacia la ventana que da a la calle.

Desde ahí tenía una vista perfecta de la casa de Valerio. La escena era patética. Carmen había cumplido su palabra. La casa estaba a oscuras, cerrada a piedra y lodo. Afuera, en la banqueta, estaba el coche de Valerio, un sedán gris del año del caldo. Y adentro del coche, pude distinguir una silueta. Era él. El gran conquistador, el “Don Juan” del fraccionamiento, durmiendo en el asiento del conductor, encogido, probablemente todavía con frío y con la dignidad hecha pedazos.

Me pregunté dónde estaría Tania. No veía su camioneta. Quizás se había ido con alguna de esas “amigas del alma” que le cubrían las espaldas, o tal vez estaba dando vueltas por el fraccionamiento, llorando en el volante. Una parte de mí, esa parte estúpida y leal que la amó por 30 años, sintió un impulso de preocupación. “¿Tendrá frío? ¿Tendrá dinero?”. Pero de inmediato, la imagen de ella saliendo del vapor, roja y despeinada, aplastó cualquier rastro de compasión. “Que se joda”, dije en voz alta.

Subí a la recámara. Nuestra recámara. La cama estaba tendida, perfecta, con esos cojines decorativos que yo odiaba porque había que quitarlos cada noche. Me paré frente al espejo del tocador. Me vi viejo. Las arrugas alrededor de los ojos se veían más profundas, mi pelo más gris. Me vi como un hombre derrotado que acababa de ganar una batalla pírrica. Había destruido al enemigo, sí, pero en el proceso había quemado mi propio castillo.

Esa noche no dormí en la cama. No podía soportar el olor de sus sábanas, ni el vacío a mi lado. Bajé a la sala, agarré una manta vieja y me acosté en el sofá. Mis perros, Bono y Shakira, se acercaron. Ellos sabían. Los animales huelen la tristeza y el conflicto. Se echaron a mis pies, gimiendo bajito, como preguntando: “¿Y mamá? ¿Por qué no está aquí?”.
—Mamá se fue, muchachos —les dije, acariciando la cabeza del Bono—. Mamá se fue a jugar a la casita con el vecino y perdió la llave de regreso.

Me quedé mirando el techo, repasando mi vida como si fuera una película en cámara rápida. ¿En qué momento nos perdimos? ¿Fue cuando los niños se fueron? ¿Fue cuando yo me obsesioné con la chamba para pagar esta casa maldita? ¿O fue simplemente que el amor se nos gastó, como se gasta la suela de un zapato, y ella decidió buscar uno nuevo en lugar de reparar el viejo? Las preguntas daban vueltas y vueltas, mordiéndose la cola, sin respuesta.

Al amanecer, el sol entró por las ventanas sin pedir permiso. Me dolía todo el cuerpo, la espalda, la cabeza, el alma. Me levanté arrastrando los pies. Al abrir la cortina, vi movimiento en la calle. Eran los vecinos. Doña Cuca barriendo la banqueta (a las 7 de la mañana, casualmente), mirando hacia mi casa y luego hacia la de Valerio. El señor de la tienda pasando despacito en su bicicleta. El “radio pasillo” ya estaba transmitiendo en vivo.

Sabía que mi vida privada se había convertido en el entretenimiento de la colonia. “Pobre Óscar”, dirían unos. “Qué bueno que les dio su merecido”, dirían otros. “Pinche vieja loca”, dirían las señoras persignadas. Me había convertido en el “cornudo vengador”. Y aunque la venganza me supo dulce anoche, la resaca era amarga como la hiel.

Salí al porche a recoger el tiradero de la fiesta. Mientras levantaba las latas de cerveza, escuché un motor. Era la camioneta de Tania. Se detuvo frente al portón. Mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba. Bajó del coche. Traía la misma ropa deportiva de ayer (la que llevaba debajo de la toalla, supongo, o la que rescató del vapor), el maquillaje corrido, los ojos hinchados como pelotas de golf. Se veía devastada.

Caminó hacia la reja. Yo me quedé parado en medio del jardín, con una bolsa de basura negra en la mano.
—Óscar… —su voz era un hilo, quebrada, irreconocible.
La miré. No sentí amor. No sentí odio. Sentí una profunda y gélida decepción.
—No tienes nada que hacer aquí, Tania —le dije, sin acercarme.
—Óscar, por favor. Necesito entrar. Necesito ropa, necesito mis medicinas. Dormí en el estacionamiento de una gasolinera, Óscar. No seas inhumano.

“¿Inhumano?”, pensé. Inhumano es engañar a tu esposo de 30 años con el vecino mientras él te prepara la cena.
—Te voy a sacar una maleta —dije seco—. Espera ahí.
—¡No! ¡Quiero hablar! ¡Tenemos que hablar! —gritó, aferrándose a los barrotes de la reja como una prisionera—. ¡No puedes tirar 30 años a la basura así nada más!

Solté la bolsa de basura y me acerqué a la reja, pero me detuve a dos metros de ella. La miré a los ojos.
—Yo no tiré nada, Tania. Tú lo quemaste. Tú lo asfixiaste en ese vapor. ¿De qué quieres hablar? ¿De cómo te reías de mí con Valerio? ¿De cómo planeaban sus encuentros mientras yo trabajaba?
—Fue un error, Óscar… me sentía sola, me sentía vieja… Valerio me escuchaba…
—¡Ah, te escuchaba! —solté una carcajada amarga—. Pues ojalá te escuche ahora que Carmen lo echó a la calle. Porque yo ya no te escucho, Tania. Te veo mover la boca, pero ya no te creo nada.

Di media vuelta y entré a la casa. Ella se quedó gritando mi nombre, llorando, haciendo un escándalo que seguramente Doña Cuca estaba grabando mentalmente para contarlo en el desayuno. Subí a la recámara, agarré una maleta grande y empecé a meter su ropa. No la doble. No tuve cuidado. Agarré vestidos, zapatos, su estuche de maquillaje, sus cremas carísimas, y lo aventé todo adentro como si fuera basura.

Bajé, salí al jardín y le aventé la maleta por encima de la reja. Cayó en la banqueta con un golpe seco. Se abrió un poco y salió una blusa de seda.
—Ahí tienes para unos días —le dije—. Luego te mando el resto con mi abogado.
—¿Abogado? —preguntó ella, pálida—. Óscar, no… el divorcio no… podemos ir a terapia, podemos arreglarlo.
—Vete, Tania. Antes de que llame a la seguridad del fraccionamiento y te saquen por escándalo en vía pública. Eso sería el broche de oro para tu reputación, ¿no crees?

Ella me miró con terror. Sabía que hablaba en serio. Agarró su maleta, metiendo la ropa a empujones, y me lanzó una última mirada de súplica. Pero al ver que yo era una estatua de hielo, se subió a su camioneta y arrancó, dejando una nube de polvo y el final de nuestro matrimonio flotando en el aire.

Me quedé ahí, viendo la calle vacía. Me sentía sucio. Me sentía agotado. Pero por primera vez en meses, sentía que había recuperado el control. Ya no era el idiota que esperaba en el sofá. Era el dueño de mi casa, de mi vida y de mi dolor.


CAPÍTULO 6: LA GUERRA FRÍA Y EL ABOGADO DEL DIABLO

Los días siguientes pasaron en una neblina gris. Me tomé la semana libre en la constructora. No tenía cabeza para revisar planos ni para pelear con proveedores. Mi capataz, el buen Ramiro, entendió que algo pasaba cuando le dije: “No me busques a menos que se caiga el edificio”. Me encerré en mi casa, en mi fortaleza.

El fraccionamiento se convirtió en una zona de guerra fría. Salir a la tienda era sentir las miradas clavadas en la nuca. Si me cruzaba con algún vecino, bajaban la mirada o me daban un saludo rápido y lástima. “Buenas, Don Óscar”. Yo caminaba con la cabeza en alto. No tenía nada de qué avergonzarme. Yo no era el que había traicionado. Pero la vergüenza es pegajosa, se te adhiere aunque no sea tuya.

De Valerio supe poco, pero suficiente. Sergio me contó que Carmen le había vaciado la casa. Literalmente. Había sacado sus cosas al patio y le había cambiado la chapa. Al parecer, Valerio se estaba quedando en un hotelucho de paso en la carretera o en casa de algún pariente que le tuvo lástima. Su famoso baño de vapor, su orgullo, estaba clausurado. Carmen le había puesto un candado enorme y, según dicen, hasta contrató a un albañil para que fuera a demolerlo la próxima semana. Justicia divina.

Pero mi guerra no era con Valerio, él era un cero a la izquierda, un daño colateral. Mi guerra era legal y emocional, y era contra Tania.

Al tercer día, recibí la llamada que esperaba.
—Licenciado Mondragón, buenas tardes —era la voz de mi abogado, Roberto, un viejo lobo de mar en temas de divorcios—. Ya tengo el borrador de la demanda. ¿Quieres que procedamos por adulterio o por mutuo acuerdo?
—Por adulterio, Roberto. Tengo testigos. Tengo a medio fraccionamiento de testigos.
—Mire, Óscar… —Roberto hizo una pausa, su voz bajó de tono, más de amigo que de abogado—. Entendiendo tu coraje, irnos por adulterio es un pleito largo, sucio y costoso. Te van a pedir pruebas, fotos, testimonios… va a ser un circo. Si nos vamos por “diferencias irreconciliables”, sale más rápido. Tú te quedas con la casa porque está a tu nombre y fue adquirida antes de ciertas capitulaciones, le damos una pensión justa por los años de matrimonio y te quitas de pedos. Tú decides: ¿quieres sangre o quieres paz?

Esa pregunta me retumbó. ¿Quería sangre? Ya había tenido sangre la noche del vapor. Ya los había humillado. ¿De qué me servía arrastrarla por los tribunales durante dos años, reviviendo la pesadilla cada audiencia? Yo quería que desapareciera de mi vida. Quería borrarla.
—Quiero paz, Roberto. Pero la casa es mía. Y la cuenta de ahorros de la empresa es mía. Ella tiene su cuenta personal, que se quede con eso y con la camioneta.
—Me parece razonable. Redacto el convenio y se lo mandamos.

Esa tarde, tuve que salir al supermercado. Ya no tenía comida y el alcohol se había acabado. Mientras empujaba el carrito por el pasillo de los licores (ironía de la vida), lo vi.
Valerio.
Estaba parado frente a los tequilas, con la misma ropa de hace días, sin rasurar, ojeroso. Se veía diez años más viejo. Al verme, se tensó. Hizo el amago de huir, pero el pasillo estaba bloqueado por una señora con un carrito lleno. No tenía salida.

Me acerqué lentamente. Él bajó la cabeza, como perro regañado.
—Óscar… —murmuró cuando pasé a su lado.
Me detuve. Giré la cabeza y lo miré con un asco profundo, visceral.
—Ni se te ocurra —le dije en voz baja, pero cargada de veneno—. Ni se te ocurra dirigirme la palabra, Valerio.
—Solo quería decirte que… que lo siento. Que se me fue de las manos. Que perdí todo, Óscar. Carmen no me habla, mis hijos no me contestan… estoy en la ruina.
—¿Y esperas que te tenga lástima? —solté una risa corta—. Tuviste lo que buscaste, cabrón. Jugaste al macho alfa con la mujer del vecino y te salió el tiro por la culata. No perdiste todo, Valerio. Lo regalaste. Lo tiraste por un rato de calentura.
—Pero Tania… ella me decía que tú…
—¡No menciones su nombre! —le corté de tajo, dando un paso hacia él. Valerio retrocedió, chocando con los estantes. Las botellas tintinearon—. Lo que ella dijera o no dijera no te exime de ser una rata traicionera. Éramos amigos, Valerio. O eso creía yo. Comimos en la misma mesa. Y me apuñalaste por la espalda.
—Óscar, por favor…
—Hazme un favor, Valerio. Desaparece. Si te vuelvo a ver cerca de mi casa, o si te veo siquiera respirar mi mismo aire, te juro que lo del vapor va a parecer un juego de niños comparado con lo que te voy a hacer. Y no va a ser legal.

Lo dejé ahí, temblando entre las botellas de tequila, y seguí mi camino. No sentí satisfacción. Solo sentí cansancio. Era desgastante odiar tanto.

Días después, Tania accedió a firmar. Supongo que su abogado le dijo que no tenía caso pelear. Yo tenía todas las cartas: la casa era herencia de mis padres (la pusimos a mi nombre y luego construimos, un detalle legal que me salvó la vida), y el escándalo era tan público que ella no quería más humillación.
Quedamos de vernos en el despacho de Roberto para firmar. Territorio neutral.

Llegué temprano. Iba de traje, recién afeitado, oliendo a mi loción de siempre. Quería verme impecable. Quería que viera lo que había perdido.
Tania llegó diez minutos tarde. Entró a la sala de juntas y el aire se enrareció. Se veía mejor que el día de la reja, más arreglada, pero sus ojos seguían tristes. Se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa de caoba inmensa. Roberto puso los papeles en medio.

—Buenos días —dijo ella, sin mirarme.
—Buenos días —respondí seco.

Roberto empezó a leer las cláusulas. La casa para mí. La camioneta para ella. Una compensación económica única por los años de matrimonio (que me dolió pagar, pero era el precio de mi libertad).
Tania escuchaba en silencio, jugando con un anillo en su dedo… ya no traía la argolla de matrimonio. Eso me dio un piquete en el pecho, pero me aguanté.

—¿Algo que agregar? —preguntó Roberto.
Tania levantó la vista y me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Óscar… ¿de verdad va a terminar así? ¿Treinta años en una firma?
—Tú terminaste esto mucho antes de esta firma, Tania —le contesté, manteniendo la voz firme aunque por dentro estaba temblando—. Tú firmaste esto cada viernes que entrabas a esa casa. Tú firmaste esto cada vez que llegabas a mi cama oliendo a él. Esto… esto es solo el trámite.

Ella se limpió una lágrima.
—Sé que no me vas a perdonar nunca. Pero quiero que sepas que… que me arrepiento. Que extraño mi casa. Extraño mi vida. Valerio… Valerio fue una estupidez. Una fantasía tonta de sentirme deseada. Pero tú eras mi vida, Óscar.
—Era —corregí—. Tiempo pasado. Y sobre sentirte deseada… espero que haya valido la pena. Porque el precio fue muy alto.

Ella bajó la cabeza, tomó la pluma y firmó. Su mano temblaba.
Cuando yo firmé, sentí un peso gigante levantarse de mis hombros. Clac. La pluma sobre el papel sonó como el candado que se abre. Estaba hecho. Estaba divorciado. Estaba solo.

Salí del despacho sin despedirme de ella. No hubo abrazo, no hubo “buena suerte”. Solo un “gracias, Roberto” y la puerta cerrándose a mis espaldas.
Bajé al estacionamiento, me subí a mi coche y me quedé ahí sentado unos minutos, con las manos en el volante.
“¿Y ahora qué?”, me pregunté.
Tengo 55 años. Tengo una casa vacía. Tengo dinero. Y tengo un corazón roto que late por inercia.

La venganza había sido perfecta, sí. Viral en el fraccionamiento, legendaria entre mis amigos. Pero la venganza no te calienta por las noches. La venganza no te prepara el café. La venganza es un plato que se sirve frío, y cuando te lo acabas, te das cuenta de que no te llenó, solo te dejó un mal sabor de boca y ganas de vomitar.

Arranqué el coche. Tenía que seguir. Tenía que aprender a vivir de nuevo. Pero primero, tenía una última cosa que hacer. Tenía que ir a mi casa, mi verdadera casa, y sacar todo lo que quedaba de ella. Iba a hacer una hoguera. No de odio, sino de purificación. Si ella usaba el vapor para “limpiarse”, yo usaría el fuego.

Conduje hacia el atardecer, sabiendo que la parte más difícil no había sido atraparlos, sino lo que venía ahora: sobrevivir a la victoria.

PARTE 3: CENIZAS Y RENACIMIENTO

CAPÍTULO 7: LA HOGUERA DE LAS VANIDADES

Llegar a casa después de firmar el divorcio fue una experiencia surrealista. El sol ya se estaba ocultando, pintando el cielo de esos tonos morados y naranjas que solo se ven en el valle de México cuando la contaminación da tregua. Estacioné mi coche en la cochera, apagué el motor y me quedé escuchando el tic-tac del metal enfriándose. Era el único sonido en kilómetros a la redonda, o al menos así se sentía.

Entré a la casa. Mi casa. Ya no era “nuestra”. Legalmente era mía, pero energéticamente se sentía como un campo de batalla abandonado donde los fantasmas todavía deambulaban. El olor de Tania seguía ahí. No su perfume, sino ese aroma sutil a presencia humana, a costumbre, a 30 años de habitar un espacio. Olía a su suavizante de telas en los cojines, a su champú herbal en el baño de visitas, a la vela de vainilla que le gustaba prender en la tarde.

Ese olor, que antes era hogar, ahora me revolvía el estómago. Era el olor de la mentira.

Me quité el saco del traje y lo aventé al sofá. Me aflojé la corbata como si me estuviera quitando una soga del cuello. Fui a la cocina, abrí el refrigerador y saqué una cerveza. La destapé y le di un trago largo, cerrando los ojos. Necesitaba fuerza. Porque lo que venía a continuación no era una limpieza de primavera; era un exorcismo.

No podía empezar mi nueva vida rodeado de sus cosas. Le había mandado ropa y lo básico, sí, pero la casa seguía llena de “nosotros”. Y “nosotros” ya no existía.

Subí las escaleras con paso pesado. Entré a la recámara principal. Abrí el closet. Aunque ya había sacado mucha de su ropa, todavía quedaban cosas al fondo. Cajas de zapatos viejos, bufandas, recuerditos que guardaba en las repisas altas. Empecé a sacar todo con una furia metódica. No aventaba las cosas, las arrancaba de su lugar.

Encontré una caja de madera en el fondo del armario. La abrí. Eran cartas. Cartas que yo le había escrito cuando éramos novios, cuando yo me iba a trabajar al norte por temporadas cortas para juntar dinero. Papeles amarillentos con mi letra joven y torpe, jurándole amor eterno, diciéndole que ella era mi brújula.
—Pendejo —me dije a mí mismo en voz alta, leyendo una línea al azar: “Sin ti no soy nada, flaca”.
Rompí la carta en dos. Luego en cuatro. El sonido del papel rasgándose fue extrañamente satisfactorio.

Pero no era suficiente. Romper no bastaba. Necesitaba algo definitivo.
Bajé al jardín trasero. El escenario del crimen, el lugar donde hacía apenas una semana había expuesto su vergüenza ante el mundo. El asador seguía ahí, frío y sucio de ceniza vieja. Lo limpié rápido. Fui a la bodega y saqué un bote de gasolina blanca que usaba para limpiar brochas.

Empecé a sacar cosas al jardín. Hice viajes y viajes.
Saqué los cuadros decorativos que ella compró y que a mí nunca me gustaron (esos que dicen “Live, Laugh, Love” y pendejadas así).
Saqué los cojines de la sala.
Saqué el tapete de la entrada que decía “Bienvenidos”.
Saqué su colección de revistas de moda viejas.
Y, lo más difícil: saqué los álbumes de fotos.

Me senté en el pasto, frente al asador, con una pila de álbumes a mi lado. La noche ya había caído por completo. Estaba solo, iluminado apenas por la luz de la cocina. Abrí el primer álbum. Nuestra boda. 1994.
Ahí estábamos. Yo con un traje que me quedaba grande y un bigote ridículo. Ella, hermosa, radiante, con ese vestido blanco que costó los ahorros de mis suegros. Se veía tan inocente. Tan… mía.
Sentí una punzada en el pecho, un dolor agudo y físico. ¿En qué momento esa niña con ojos de esperanza se convirtió en la mujer que se revolcaba con el vecino en un cuarto de vapor? ¿Fue mi culpa? ¿La descuidé? ¿Me volví aburrido?

La duda intentó colarse, pero la imagen de Valerio en toalla la bloqueó de inmediato. No. No fue mi culpa. El aburrimiento se habla, la soledad se platica. La traición es una decisión. Ella decidió cruzar la calle. Ella decidió mentir.

Arranqué la primera foto. El sonido fue seco. Rrrrip.
La aventé al asador.
Arranqué otra. La luna de miel en Acapulco. Rrrrip. Al asador.
El bautizo de Rodrigo. Esa la guardé. No podía quemar a mi hijo. Saqué las fotos donde salían los niños solos y las puse aparte. Pero las que salíamos los dos, o ella sola… esas iban a la pira funeraria.

Cuando el asador estuvo lleno de papel, tela y recuerdos, rocié la gasolina. El olor químico inundó el jardín, tapando por fin el olor a vainilla y mentira.
Saqué un cerillo. Lo prendí. La flama bailó un segundo en la oscuridad, pequeña y frágil.
—Adiós, Tania —susurré.

Dejé caer el cerillo.
¡FWOOSH!
El fuego rugió con hambre. Una columna de fuego naranja iluminó el patio, proyectando sombras largas y danzantes en las paredes de mi casa y… en la barda de la casa de Valerio. Me gustó pensar que, si Valerio o Tania andaban por ahí espiando, verían el resplandor de mi purificación.

Me quedé ahí, sentado en una silla de jardín, con mi cerveza en la mano, viendo arder 30 años de historia. Vi cómo las caras en las fotos se derretían, cómo las sonrisas se convertían en muecas negras y luego en ceniza gris. El calor me golpeaba la cara, secándome las lágrimas que, tengo que admitir, se me escaparon sin permiso.

Lloré. Sí, lloré como un niño. Lloré por el tiempo perdido, por la confianza rota, por el miedo a estar solo a los 55 años. Lloré de rabia y de tristeza. Pero el fuego tiene algo mágico, algo primitivo. Mientras consumía las cosas materiales, sentía que también me cauterizaba las heridas por dentro.

Estuve ahí horas. Alimentando el fuego con más cosas. Ropa que ella dejó, regalos estúpidos, cartas. Hasta que no quedó nada más que una montaña de cenizas humeantes y rescoldos rojos.
Ya era de madrugada. El frío de la noche me calaba los huesos, pero por dentro sentía una calma extraña. Estaba vacío, sí, pero era un vacío limpio. Como un terreno baldío recién desmontado, listo para construir algo nuevo.

Me levanté, eché agua a las brasas para asegurarme de no incendiar el vecindario (bastante drama habíamos tenido ya), y entré a la casa.
Esa noche, por primera vez en semanas, dormí en mi cama. En el centro, desparramado, ocupando todo el espacio. Y no soñé con ella.

Al día siguiente, llamé a un contratista colega mío.
—¿Qué onda, Óscar? ¿Qué necesitas?
—Necesito que vengas. Quiero remodelar.
—¿Qué quieres cambiar? ¿La cocina? ¿El baño?
—Todo, cabrón. Todo. Quiero pintar de otros colores, quiero cambiar los muebles, quiero tirar la pared de la sala para hacerla más grande. Quiero que esta casa deje de parecer un museo de lo que fue y empiece a parecer la casa de un soltero chingón.

Y así empezó mi reconstrucción. Mientras los albañiles tiraban muros, yo sentía que me reconstruían a mí. Cada martillazo, cada bulto de escombro que sacaban, era un peso menos en mi espalda.


CAPÍTULO 8: EL RENACER DEL CENIZO

Han pasado seis meses desde la “Noche del Vapor”. Seis meses que parecen seis años. Si vinieras hoy a mi casa, no la reconocerías. Las paredes color crema y durazno que a Tania le encantaban desaparecieron; ahora todo es gris moderno, azul acero y madera natural. Tiré la pared que separaba la cocina de la sala e instalé una barra enorme, perfecta para mis reuniones con amigos. Compré una pantalla de 80 pulgadas y un sistema de sonido que hace retumbar las ventanas cuando veo el fútbol.

Mi jardín también cambió. Quité los rosales delicados que Tania cuidaba (y que se murieron a la semana de que ella se fue) y puse cactáceas, agaves y plantas de la región que no necesitan que les ruegues para vivir. Como yo. Resistentes, un poco espinosos, pero firmes.

La vida en el fraccionamiento volvió a la normalidad, pero con una nueva jerarquía. Yo pasé de ser “el vecino cornudo” a ser “el soltero codiciado” o, al menos, el “tío buena onda”. Los vecinos me saludan con respeto. Saben que soy un hombre que no se deja, que si me buscan, me encuentran.

¿Y qué pasó con las ratas? Bueno, esa es la parte que más disfruto, no voy a mentir.

Valerio es historia. Carmen, su exesposa, resultó ser más brava de lo que todos pensábamos. Con un buen abogado, lo dejó en la calle. Se quedó con la casa, con la pensión y con la dignidad. Valerio tuvo que vender su coche viejo para pagar deudas. Me contaron que se fue a vivir a un cuarto de azotea en una colonia popular al otro lado de la ciudad. Lo vieron hace poco tratando de vender seguros de puerta en puerta. Dicen que se ve acabado, flaco y amargado.
Ah, y su famoso baño de vapor… eso fue poesía. Carmen contrató una cuadrilla para demolerlo. Yo salí a mi jardín ese día con una cerveza y una silla de playa para ver el espectáculo. Ver cómo los mazos rompían los ladrillos de ese antro de perdición fue casi tan satisfactorio como la noche que los encerré. Cuando terminaron, Carmen me vio desde su patio. Alzó su taza de café en un brindis silencioso. Yo alcé mi cerveza. No hizo falta decir nada. Éramos veteranos de la misma guerra.

Tania… Tania es otro boleto.
Durante los primeros meses intentó contactarme varias veces. Llamadas de números desconocidos, correos electrónicos largos y dramáticos diciendo que me extrañaba, que estaba viviendo en un departamentito oscuro, que había tenido que volver a trabajar de contadora auxiliar en un despacho de mala muerte donde la trataban mal.
“Óscar, a nuestra edad es muy difícil empezar de cero. Me siento sola. Nadie me conoce como tú”, me escribió una vez.

No contesté. Borré el correo. La soledad es cabrona, sí, pero es más cabrona la traición.

La vi hace unas semanas. Fue inevitable, vivimos en la misma ciudad pequeña. Me la topé en el supermercado, en el pasillo de las verduras. Yo iba empujando mi carrito, tranquilo, escogiendo unos chiles para una salsa. Ella venía en sentido contrario.
Se veía… distinta. No mal, pero ya no tenía ese brillo de “señora de sociedad” que tanto presumía. Se le notaban las raíces del tinte, su ropa era más sencilla, y tenía esa mirada de cansancio perpetuo que tiene la gente que vive al día.

Nos quedamos parados frente a frente, bloqueando el paso a los jitomates.
—Hola, Óscar —dijo ella, con una sonrisa tímida, tanteando el terreno.
—Hola, Tania.
—Te ves bien. Bajaste de peso.
—Sí, me metí al gimnasio. Y como mejor.
Hubo un silencio incómodo. Ella miró mi carrito. Vio los cortes de carne, las cervezas artesanales, las botellas de vino bueno. Vio la vida de un hombre que se consiente. Luego miró su canasta: latas de atún, pan de caja, leche genérica. El contraste fue brutal.

—Escuché que remodelaste la casa —dijo, con un dejo de nostalgia.
—Sí. Quedó muy bien. A mi gusto.
—Extraño el jardín. Extraño mis plantas.
—Las plantas se secaron, Tania. Y el jardín ahora es de cactáceas. Ya no hay lugar para cosas delicadas.

Ella entendió la indirecta. Sus ojos se humedecieron.
—Valerio fue un imbécil —soltó de repente, casi con rabia—. No valía la pena. Lo mandé al diablo a la semana.
—Lo sé. Pero eso ya no es mi problema.
—Óscar… ¿de verdad no hay ninguna oportunidad? ¿Ni siquiera para tomar un café? Fuimos todo el uno para el otro por 30 años.

La miré. Y por primera vez, no sentí ni odio ni dolor. Sentí… indiferencia. Esa mujer frente a mí era una extraña con la que compartía recuerdos borrosos.
—Fuimos, Tania. Tiempo pasado. Ese café te va a saber muy amargo porque yo ya no tengo azúcar para ti. Sigue tu camino. Que te vaya bien. De verdad.

Empujé mi carrito y pasé a su lado. No volteé. Sentí su mirada en mi espalda, pero no me detuve. Al salir al estacionamiento, respiré hondo. El aire olía a lluvia fresca. Me subí a mi camioneta nueva (un gusto que me di después del divorcio), puse mi música y arranqué.

Ahora, mientras escribo esto sentado en mi terraza nueva, con una copa de vino tinto y Bono dormido a mis pies, me doy cuenta de algo importante.
La venganza fue dulce, sí. Verlos salir del vapor como ratas asustadas fue un momento glorioso. Pero la verdadera venganza, la más letal y definitiva, no fue esa noche.
La verdadera venganza es esto.
Es estar aquí, tranquilo, en paz. Es despertarme sin dudas. Es saber que soy capaz de ser feliz solo. Es ver que ella perdió un reino por una ilusión barata, y que yo construí un imperio sobre las cenizas de su traición.

Me llamo Óscar, tengo 55 años y estoy soltero. La vida no se acabó cuando ella se fue; la vida, amigos míos, apenas estaba empezando. Y si alguna vez pasan por mi casa y ven humo en el jardín, no se asusten. No es un incendio. Es solo carne asada. Porque en esta casa, el único fuego que se prende es para celebrar la vida.

FIN

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