
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA LLAMADA DE LAS TRES Y TRECE
Dicen los viejos del pueblo que a las tres de la mañana con trece minutos es cuando el velo se rompe. Es la hora en que Dios parpadea y el Diablo aprovecha para meter la pata. Yo nunca creí en esas supersticiones de rancho. Para mí, Carlos, un tipo que se mataba trabajando doce horas diarias en un cubículo gris de la Ciudad de México, las tres de la mañana solo significaban insomnio, gastritis y la soledad de un departamento que olía a encierro y a comida china barata.
Pero esa noche fue distinta. Esa noche, el silencio en la colonia Narvarte era absoluto, algo raro en una ciudad que nunca se calla. Ni sirenas de patrullas, ni el camión de la basura, ni los borrachos saliendo del bar de la esquina. Nada. Solo el zumbido eléctrico del refrigerador y mi propia respiración.
Entonces, el celular vibró.
No sonó. Solo vibró sobre la madera barata de mi buró. Bzzzt. Bzzzt. El sonido fue seco, como el estertor de un insecto agonizante.
Me desperté de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas, bañado en un sudor frío que me pegaba la camiseta a la espalda. Miré el reloj digital: 03:13. Sentí un hueco en el estómago, esa sensación visceral que te avisa que algo se rompió en el universo. Nadie te llama a esa hora para contarte un chiste. A esa hora solo llaman las tragedias.
Estiré la mano temblorosa y tomé el aparato. La luz de la pantalla me lastimó los ojos. El nombre brillaba con una urgencia aterradora: “Tía Lupe – Casa”.
Me quedé congelado un segundo. Mi tía Lupe, la hermana mayor de mi papá, era una mujer de antes, de las que creen que el teléfono celular te roba el alma y que las ondas te secan el cerebro. Ella solo usaba el teléfono de disco que tenía en el pasillo de la casa de la abuela, y solo para emergencias extremas. La última vez que llamó fue hace cinco años, cuando el abuelo se cayó del caballo y no se volvió a levantar.
Deslicé el dedo para contestar, sintiendo que la boca me sabía a cobre.
—¿Bueno? —mi voz salió rasposa, ajena, como si alguien más hablara por mí.
Al otro lado de la línea solo escuché estática. Un ruido blanco, crepitante, como si la llamada viniera de muy lejos, de un lugar donde la señal no debería llegar.
—¿Tía? ¿Pasa algo?
—…Mijo… —La voz de Lupe sonó quebrada, irreconocible. No era la voz firme y regañona que recordaba. Sonaba pequeña, aterrorizada, como si estuviera escondida debajo de una cama—. Carlos, tienes que venir.
—¿Qué pasó? ¿La abuela está bien? —Me senté en la cama, encendiendo la lámpara. La luz amarilla apenas disipó las sombras de la habitación.
Se escuchó un sollozo ahogado, un sonido gutural y húmedo. Luego, tomó aire, un respiro largo y tembloroso.
—No es tu abuela… es Beto. Tu hermano… Beto ya descansó.
El mundo se detuvo. Literalmente sentí cómo el aire salía de la habitación. Las paredes parecieron cerrarse sobre mí. “Ya descansó”. Ese eufemismo maldito que usamos los mexicanos para no decir la palabra que nos aterra. Muerte.
—No… no mames, tía. No juegues con eso —dije, sintiendo cómo la ira me subía por el cuello, una defensa inútil contra el dolor—. Hablé con él… bueno, no hablé, pero vi que estaba conectado hace dos días. Beto está chavo, tiene veinticinco años, tía. No mames.
—Lo encontraron en el monte, Carlos —me interrumpió, y su voz bajó a un susurro, como si tuviera miedo de que alguien más la escuchara—. Cerca de la Peña del Diablo. Dicen que… dicen que fueron los animales. Pero tienes que venir. Tu abuela dice que hay que velarlo hoy mismo. Ahorita mismo.
—¿Cómo que ahorita? Son las tres de la mañana. ¿Y el forense? ¿Y los papeles? Tía, no pueden enterrarlo así nomás. Tengo que ir, tengo que ver qué pasó. ¡Seguro fue bronca de lana! —grité, pensando en las deudas de juego que Beto siempre arrastraba—. ¡Le dije que no se metiera con esos cabrones del norte!
—¡Cállate! —El grito de Lupe fue tan agudo que tuve que separar el teléfono de mi oreja—. ¡No digas pendejadas! No fue dinero, ni fueron narcos. Ojalá hubiera sido eso.
Se hizo un silencio espeso. Escuché de fondo, muy a lo lejos en la casa de mi abuela, un sonido rítmico. Tac… tac… tac. Como alguien clavando madera.
—¿Qué es ese ruido, tía?
—Ven ya, Carlos. No te pares por nada. Y por lo que más quieras… si ves algo en la carretera, no te pares. Aunque veas a un niño, a una mujer, a un perro herido. ¡No te pares!
La línea se cortó.
Me quedé mirando el teléfono con la pantalla negra, reflejando mi propia cara pálida y desencajada. Beto. Mi hermano. Mi “carnal”. La última vez que nos vimos, nos agarramos a golpes en el patio de la casa por la venta de unos terrenos. Le grité que era un inútil, un parásito que solo quería vender la herencia de la abuela para comprarse una camioneta y largarse. Él me gritó que yo era un “fresa” de ciudad que se creía mejor que todos por tener un título universitario y que ya no pertenecía al pueblo.
“Ojalá te mueras de hambre en tu pinche ciudad”, fue lo último que me dijo.
Y ahora estaba muerto. Y yo estaba aquí, con el remordimiento clavado en el pecho como un puñal oxidado.
Me levanté mecánicamente. No hice maleta. Agarré las llaves del coche, mi cartera y una chamarra de mezclilla. Salí del departamento azotando la puerta, bajé las escaleras de dos en dos y me subí a mi viejo Chevy. El motor rugió, rompiendo el silencio de la madrugada, y arranqué quemando llanta.
El viaje a San Isidro normalmente tomaba seis horas. Esa noche, mi pie derecho pesaba como plomo sobre el acelerador. La ciudad se desvaneció rápido, dando paso a la oscuridad absoluta de la autopista México-Querétaro. Las luces de los tráileres pasaban como fantasmas a mi lado. Puse la radio para no pensar, para no llorar, pero solo había estática o canciones de banda que hablaban de amores perdidos y balaceras. Apagué el estéreo. Prefería el ruido del viento y el motor.
Pasando la caseta de Palmillas, la neblina empezó a bajar. No era una neblina normal. Era espesa, lechosa, pegajosa. Se arremolinaba frente a los faros del coche como si tuviera vida propia. Tuve que bajar la velocidad. Apenas veía dos metros delante de mí.
Recordé la advertencia de mi tía: “Si ves algo, no te pares”.
Me reí nerviosamente. “Pinches viejas supersticiosas”, pensé. “El dolor las hace alucinar”.
Pero la risa se me murió en la garganta cuando vi la silueta.
Estaba a la orilla de la carretera, justo donde el asfalto se convierte en terracería para entrar a la sierra que lleva a San Isidro. Era una figura alta, desgarbada, parada bajo la luz amarillenta de un poste que parpadeaba. Parecía llevar un sombrero de ala ancha y un jorongo.
Al pasar junto a él, a no más de cuarenta kilómetros por hora, sentí un frío brutal dentro del coche, a pesar de tener la calefacción encendida. Giré la cabeza por instinto.
La figura no tenía cara.
Donde deberían estar los ojos y la boca, solo había oscuridad. Una sombra densa bajo el sombrero. Y aunque no tenía ojos, sentí que me miraba. Sentí que se reía.
Aceleré a fondo, sintiendo que las llantas derrapaban un poco en la grava suelta. El corazón me latía en la garganta. “Es el sueño”, me dije. “Llevas horas manejando estresado, Carlos. Es pareidolia. Tu cerebro buscando formas donde no las hay”.
Pero el miedo no se iba. Esa sensación de ser observado, de ser cazado, se me metió debajo de la piel.
Faltaban veinte kilómetros para llegar al pueblo. El camino se volvió una serpiente de curvas cerradas rodeadas de pinos gigantescos que parecían inclinarse sobre el coche como garras. San Isidro es un pueblo olvidado de Dios, de esos que no aparecen en Google Maps si no le haces mucho zoom. Un lugar donde la gente todavía cura el espanto con huevos de gallina negra y donde las lechuzas no son solo pájaros.
Cuando vi el letrero oxidado que decía “Bienvenidos a San Isidro”, el cielo empezaba a clarear. Un gris plomizo, triste, cubría el valle.
Entré al pueblo. Eran las siete de la mañana, hora en que normalmente el pueblo ya está despierto. Debería oler a pan recién horneado de la panadería de Los García, debería escucharse el repique de las campanas llamando a misa de siete, debería haber señoras barriendo la banqueta y echando chisme.
Pero no había nada.
El pueblo estaba muerto. Literalmente. Las calles de adoquín estaban vacías. Las puertas de las casas estaban cerradas a piedra y lodo. No había perros callejeros, esos flacos y sarnosos que siempre te perseguían ladrando. El silencio era tan profundo que el ruido de mi motor sonaba como una ofensa, una profanación.
Avancé lento por la calle principal. Sentía miradas. Sentía ojos detrás de las cortinas cerradas, detrás de las rendijas de las puertas. Me sentía como un intruso en mi propia tierra.
Llegué a la tienda de abarrotes “La Esperanza”. Necesitaba cigarros. Necesitaba ver una cara humana, alguien que me dijera que todo era una pesadilla y que Beto estaba en la cárcel por borracho, no muerto.
Frené el coche y bajé. El aire olía raro. No olía a campo, a estiércol y pino. Olía a cobre. A sangre seca y a flores podridas, ese olor dulzón y nauseabundo que tienen los panteones después del Día de Muertos.
Golpeé la cortina de metal de la tienda.
—¡Don Chuy! ¡Don Chuy, soy yo, Carlos! ¡Ábrame, por favor!
Escuché ruidos adentro. Pasos arrastrados. Luego, la ventanilla pequeña de la cortina se abrió de golpe. Un par de ojos inyectados en sangre me miraron con pánico. Era Don Chuy, el hombre que me había vendido dulces desde que tenía cinco años, el que siempre me fiaba cuando era niño.
—¡Vete! —susurró, con voz temblorosa.
—Don Chuy, ¿qué pasa? Vengo al velorio de mi hermano. Véndame unos cigarros, por piedad.
—¡No hay velorio! —escupió las palabras—. ¡Aquí no velamos a los condenados! ¡Lárgate, muchacho! ¡Vete antes de que se den cuenta de que trajiste sangre nueva!
—¿De qué habla? ¿Quiénes son “ellos”? ¡Don Chuy!
El viejo me miró con una mezcla de lástima y terror absoluto.
—Tu hermano no se murió en el monte, Carlos. Tu hermano fue a buscar lo que no se le había perdido… y lo encontró. Lo que está en casa de tu abuela no es cristiano. ¡Vete!
Cerró la ventanilla con un golpe seco. Escuché cómo pasaba el cerrojo, una, dos, tres veces.
Me quedé parado en la banqueta, con el sol gris iluminándome la cara, sintiéndome más solo que nunca. “Lo que está en casa de tu abuela”. La frase resonó en mi cabeza.
Volví al coche. Mis manos temblaban tanto que se me cayeron las llaves dos veces antes de poder meterlas en el contacto. Arranqué hacia la casa de la abuela, que estaba al final del pueblo, pegada a las faldas del cerro.
La casa de la abuela Remedios siempre fue mi refugio. Una casona vieja de adobe, con un patio enorme lleno de árboles frutales y gallinas. Pero al llegar, frené en seco.
La casa parecía una fortaleza asediada.
Todas las ventanas, absolutamente todas, estaban tapiadas con tablones de madera gruesa. No madera nueva, sino madera vieja, arrancada de muebles o cercas, clavada con violencia. Los clavos estaban doblados, puestos con prisa. En la puerta principal no había moño negro. En su lugar, había una línea de sal gruesa en el umbral, y colgados en el marco, ramos de ruda y pirul, hierbas para espantar a los malos espíritus.
Bajé del coche. El silencio aquí era peor. Ni los gallos cantaban.
Caminé hacia la puerta, cuidando de no pisar la línea de sal. Sentí una presión en el pecho, como si la gravedad fuera más fuerte en ese pedazo de tierra. Iba a tocar, pero la puerta se abrió antes de que mis nudillos tocaran la madera.
Era mi tía Lupe.
Se veía diez años más vieja que la última vez. Tenía el pelo gris revuelto, ojeras profundas que parecían moretones, y llevaba el mismo vestido negro que usó para el funeral del abuelo, pero ahora le quedaba grande, como si hubiera adelgazado cinco kilos en una noche.
No me abrazó. No me dijo “mi más sentido pésame”. Me agarró del brazo con una fuerza desesperada y me jaló hacia adentro.
—¡Entra rápido! —siseó, mirando hacia la calle vacía como si esperara ver un ejército enemigo.
Cerró la puerta de un portazo y pasó tres cerrojos. Luego, empujó una silla pesada de madera contra la manija.
—Tía, ¿qué carajos es todo esto? —pregunté, mi voz retumbando en el pasillo oscuro—. ¿Por qué Don Chuy me corrió? ¿Por qué están las ventanas así?
La casa estaba en penumbras. Solo había velas encendidas. Velas por todos lados. En el suelo, en las mesas, en las repisas. Cientos de veladoras religiosas con imágenes de San Benito, de la Virgen, del Sagrado Corazón. El calor era sofocante y el olor a cera quemada y a esas hierbas amargas me revolvió el estómago.
—Baja la voz —me ordenó Lupe, llevándose un dedo a los labios—. Ella te va a escuchar.
—¿Quién? ¿La abuela?
—No… la cosa.
La miré, buscando señales de demencia senil, de histeria. Pero sus ojos estaban claros. Estaba aterrorizada, sí, pero lúcida.
—Vamos a la sala —dijo—. Tu abuela te está esperando. Y Carlos… hagas lo que hagas… no te acerques a la caja. No intentes abrirla. Prométemelo.
—Vengo a ver a mi hermano, tía. No voy a firmar ninguna promesa estúpida.
—¡Prométemelo! —Me sacudió por los hombros, clavándome las uñas—. ¡Si lo abres, nos matas a todos!
Me solté de su agarre, asustado por su violencia.
—Está bien, está bien. Vamos.
Caminamos por el pasillo. El piso de madera crujía bajo mis botas. Cada paso me acercaba más a la sala principal. Y con cada paso, el olor cambiaba. Ya no olía solo a cera. Debajo del olor a quemado, había algo más. Un olor ferroso, orgánico. Como cuando destazas un animal y dejas las vísceras al sol.
Llegamos al arco que daba a la sala.
Ahí estaba.
En el centro de la habitación, donde solíamos poner el árbol de Navidad, descansaba el ataúd.
No era un ataúd fino. Era un cajón de pino corriente, sin barnizar, tosco. Parecía hecho a mano, con prisa. Estaba puesto sobre cuatro sillas de comedor.
Pero lo que me heló la sangre no fue la pobreza del féretro. Fue lo que lo rodeaba.
Mi abuela, Doña Remedios, la mujer más fuerte que yo había conocido, la matriarca que había enterrado a un esposo y tres hijos sin derramar una lágrima, estaba sentada en su mecedora frente a la caja. Tenía una escopeta vieja, la del abuelo, cruzada en las piernas.
No rezaba. No lloraba. Solo miraba fijamente la madera del ataúd, con el dedo índice acariciando el gatillo.
Y el ataúd…
El ataúd estaba encadenado.
Dos cadenas gruesas, de las que se usan para amarrar camiones o remolcar tractores, envolvían la caja de madera. Y en el centro, cerrando las cadenas, había un candado enorme, negro, aceitoso.
Me quedé parado en el umbral, incapaz de procesar la escena. Esto no era un velorio. Esto era una guardia de prisión. Esto era un ritual de contención.
Mi abuela levantó la vista. Sus ojos, normalmente cálidos y color miel, eran dos piedras oscuras. Me miró, y por un segundo, no vi reconocimiento. Vi cálculo. Vi a un animal evaluando si yo era una amenaza.
—Llegaste —dijo. Su voz sonaba seca, como hojas muertas arrastradas por el viento—. Cierra la boca, muchacho. Te van a entrar las moscas. Y aquí las moscas pican fuerte.
—Abuela… —Di un paso hacia ella, con las lágrimas por fin rompiendo la barrera de mi shock—. Abuela, lo siento mucho. Beto…
—Ahórrate los lloriqueos —me cortó en seco, levantando levemente el cañón de la escopeta—. Aquí no se llora. Las lágrimas atraen a los que tienen sed. Si vienes a llorar, vete al patio. Si vienes a ayudar, agarra una silla y vigila esa esquina.
Señalo una esquina oscura de la sala, donde las sombras parecían más densas.
—¿Vigilar qué? —pregunté, sintiendo que la realidad se estaba rompiendo a pedazos—. ¿Abuela, por qué tienes encadenado a Beto? ¿Qué clase de locura es esta? ¡Es ilegal! ¡Es inhumano!
—Inhumano… —La abuela soltó una risa amarga, sin humor—. Tienes razón, mijo. Lo que está ahí adentro es inhumano. Por eso las cadenas.
Me acerqué al ataúd, ignorando las advertencias de mi tía que se quedó en el pasillo, temblando. Puse una mano sobre la madera áspera del cajón. Estaba fría. Terriblemente fría. Pero no era un frío normal. Era un frío que quemaba, que traspasaba la piel y llegaba al hueso.
Y entonces, lo sentí.
Una vibración. Muy leve. Casi imperceptible.
Algo se movió adentro.
No fue un golpe. Fue un roce. Como si alguien estuviera pasando las uñas, muy suavemente, por la parte interior de la tapa. Justo debajo de mi mano.
Rasca… rasca…
Retiré la mano como si me hubiera quemado.
—¿Escuchaste eso? —susurré, con el pánico estallando en mi pecho.
La abuela asintió lentamente, sin dejar de apuntar con la escopeta.
—Él sabe que estás aquí, Carlos. Te olió desde que entraste al pueblo. La sangre llama a la sangre.
—Beto está vivo… —dije, sintiendo una mezcla de horror y esperanza loca—. ¡Si se mueve es porque está vivo! ¡Quizás es catalepsia! ¡Hay que abrir eso, se va a asfixiar!
Me lancé hacia las cadenas, buscando cómo romperlas, cómo abrir ese maldito candado.
—¡Quieto! —El grito de la abuela vino acompañado del sonido inconfundible del martillo de la escopeta al amartillarse. Clack.
Me detuve, girando lentamente. Mi propia abuela me estaba apuntando al pecho.
—No me obligues a matarte a ti también, Carlos —dijo, y vi en sus ojos que no estaba bromeando. Estaba dispuesta a disparar—. Si abres esa caja, lo que salga de ahí no solo nos va a matar. Nos va a llevar. Y el infierno que imaginas no es nada comparado con lo que tu hermano trajo de la montaña.
Levanté las manos, retrocediendo lentamente. El sonido dentro de la caja se detuvo.
Pero luego, una voz habló desde adentro del ataúd.
No era un grito. No era un lamento. Era un susurro. Claro, nítido y terroríficamente familiar.
—Carlitos…
Era la voz de Beto. Pero no la voz de hombre de veinticinco años. Era la voz que tenía cuando éramos niños, cuando jugábamos a las escondidas y él me llamaba desde su escondite. Una voz infantil, juguetona y maligna.
—Carlitos… abre la caja. Tengo frío. Hace mucho frío aquí abajo. Dile a la abuela que ya me porté bien.
Sentí que las piernas me fallaban y caí de rodillas al suelo, llorando, mientras mi abuela mantenía la escopeta firme y mi tía Lupe rezaba el Magnificat a gritos en el pasillo.
—No lo escuches —dijo la abuela, con una lágrima solitaria corriendo por su mejilla arrugada—. Ese no es tu hermano. Ya no.
Pero yo no podía dejar de escuchar. Porque la voz empezó a reírse. Y esa risa… esa risa no era humana.
CAPÍTULO 2: LA SANGRE LLAMA A LA SANGRE
La risa se apagó tan rápido como había llegado, dejando un silencio que zumbaba en mis oídos. Me quedé ahí, arrodillado en el suelo de cemento pulido, con las rodillas doliéndome por el impacto, pero incapaz de moverme. Mi cerebro de chilango, educado en la UNAM, racional y escéptico, trataba de encontrar una explicación lógica. Ventrilocuismo. Una grabadora. Alucinación por estrés. Falta de sueño.
Pero ninguna explicación encajaba con la realidad de ese frío antinatural que emanaba de la caja de pino.
—Levántate —ordenó mi abuela. Su voz ya no tenía la fuerza del grito anterior; ahora sonaba cansada, antigua, como si llevara siglos vigilando esa misma caja—. Levántate y siéntate en la silla. Si te vuelves a acercar, te juro por la Virgen que te meto un plomazo en la pierna. Prefiero tenerte cojo que perdido.
Me levanté torpemente, limpiándome las lágrimas con la manga de la chamarra. Miré a mi tía Lupe, buscando apoyo, pero ella estaba hecha bolita en un rincón, pasando las cuentas de su rosario a una velocidad vertiginosa, murmurando un “Padre Nuestro” tras otro sin respirar.
—Abuela… eso que se escuchó… —mi voz temblaba—. Era Beto. Sonaba como Beto cuando éramos niños.
La abuela Remedios bajó la escopeta solo un poco, descansando la culata sobre su muslo, pero sin quitar el dedo del gatillo. Me miró con una tristeza infinita.
—Eso es lo que hace, mijo. Juega contigo. Busca en tu cabeza, saca tus recuerdos más bonitos y los usa como anzuelo. Es un pescador, Carlos. Y tú eres el pez gordo que estaba esperando.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, sintiendo que la frustración empezaba a ganarle al miedo—. ¿Qué es “eso”? ¿Por qué dices que no es mi hermano? ¡Explícame, chingada madre!
—¡Ese vocabulario! —me regañó por instinto, pero luego suspiró—. Siéntate. Te voy a contar, pero no quiero que interrumpas. Y no quiero que dejes de mirar la caja. Si ves que el candado se mueve, o que las cadenas se aflojan, me avisas.
Me senté en la silla de madera frente a ella, formando un triángulo con el ataúd. La luz de las veladoras proyectaba sombras largas y danzantes en las paredes descarapeladas. Las sombras parecían estirarse hacia el féretro, como si quisieran entrar.
—Tu hermano siempre fue inquieto —empezó la abuela, con la vista fija en la madera—. Tú te fuiste a la ciudad, estudiaste, hiciste tu vida. Pero Beto… Beto se quedó aquí, sintiéndose menos. Sintiendo que el pueblo le quedaba chico pero que la ciudad le quedaba grande.
Asentí. Sabía eso. Era la raíz de todas nuestras peleas. Mi éxito era su fracaso. Mi partida, su abandono.
—Hace un mes, se juntó con unos fuereños. Gente mala, mijo. No narcos, no de esos. Gente que busca cosas viejas en los cerros. Huaqueros, les dicen. Buscaban oro de la Revolución, decían. Pero Beto me dijo que buscaban algo más. Buscaban “la puerta”.
—¿Qué puerta? —pregunté, hipnotizado por el tono monótono de la abuela.
—La puerta de la Peña del Diablo.
Sentí un escalofrío. La Peña del Diablo era una formación rocosa en lo más alto de la sierra. De niños nos prohibían subir allá. Decían que ahí se perdía el ganado. Decían que ahí el viento soplaba nombres de personas muertas.
—Beto subió hace tres días —continuó la abuela—. Se fue en la noche, con luna nueva. Le rogué que no fuera. Le dije que en luna nueva los cerros tienen hambre. No me hizo caso. Dijo que iba a traer suficiente oro para taparme la boca a mí y humillarte a ti.
La abuela hizo una pausa. Sus ojos se humedecieron, pero no lloró.
—No regresó al día siguiente. Ni al otro. Lupe y yo subimos a buscarlo ayer en la mañana, con Don Chuy y dos peones. Lo encontramos en la entrada de una cueva, allá arriba donde ni las cabras suben.
—¿Estaba… muerto? —pregunté, temiendo la respuesta.
La abuela negó lentamente con la cabeza.
—Estaba… vacío.
—¿Cómo que vacío?
—Estaba tirado boca abajo. Cuando lo volteamos… —La abuela apretó la mandíbula—. Tenía los ojos abiertos, Carlos. Pero no tenía mirada. Y su piel… su piel estaba fría como el hielo, pero no estaba rígida. Estaba aguada. Como si lo de adentro se hubiera ido y solo quedara el envase. No tenía ni un rasguño. Ni una gota de sangre. Nada.
—Un infarto —sugerí, tratando de aferrarme a la lógica médica—. Hipotermia. Eso explica lo de la piel.
—¡Déjame terminar! —me espetó—. Lo bajamos en una mula. Pesaba menos de lo que debería. Mucho menos. Lo trajimos aquí para vestirlo. Lupe le estaba poniendo su traje azul, el que usó en la boda de tu prima. Y entonces…
Lupe soltó un gemido desde el rincón. —No lo cuentes, mamá. Por favor.
—Tiene que saber, Lupe. Si no sabe, va a abrir la caja. —La abuela me miró a los ojos—. Mientras lo vestíamos, mijo… Beto me agarró la mano.
El aire se atoró en mi garganta.
—Estaba helado. Muerto. Sin pulso. Don Chuy ya lo había revisado. Pero me agarró la muñeca. Y abrió la boca. Y no habló con su voz. Habló con un ruido… como de piedras chocando. Me dijo: “Tengo hambre, vieja”.
Me pasé las manos por el pelo, desesperado.
—Catalepsia, abuela. Es una condición médica. Parece que estás muerto, pero no lo estás. ¡Enterraron vivo a alguien por ignorancia! ¡Tenemos que llamar a una ambulancia, carajo!
Me levanté de nuevo, decidido a terminar con esa locura.
—¡Siéntate! —gritó la abuela—. ¡No fue catalepsia! ¡Cuando me habló, vi dentro de su boca! ¡No tenía lengua, Carlos! ¡No tenía dientes! ¡Solo había oscuridad y tierra! ¡Tierra negra saliéndole por la garganta!
La imagen fue tan grotesca que me detuve. La convicción en la voz de mi abuela era absoluta. Ella no mentía. Nunca. Podía estar equivocada, podía estar loca, pero no mentía.
—Lo metimos a la caja a la fuerza —susurró la abuela, volviendo a su tono bajo—. Entre cuatro hombres. Porque empezó a pelear. Pero no peleaba como hombre. Se retorcía. Se doblaba hacia atrás como un alacrán. Tuvimos que romperle los huesos para que entrara. Y cuando cerramos la tapa… empezó a reírse. Y no ha parado de golpear desde entonces.
Miré el ataúd. Estaba quieto ahora. Pero la historia de la abuela había sembrado una semilla de terror en mi mente que empezaba a germinar.
—¿Y por qué el pueblo…? —empecé a preguntar.
—El pueblo sabe. El pueblo escuchó los gritos cuando lo bajamos. Don Chuy vio lo de la tierra en la boca. Por eso nadie viene. Por eso tapiamos las ventanas. Porque lo que está ahí adentro está llamando a sus amigos. Y cuando caiga la noche cerrada… van a venir.
—¿Quiénes?
—Los coyotes. Los dueños del cerro.
En ese momento, como si fuera una respuesta a sus palabras, se escuchó un aullido afuera. Lejano, pero claro. Y luego otro. Y otro. No eran aullidos de perros. Eran aullidos largos, humanos, que terminaban en una risa histérica.
La abuela se persignó. —Ya están bajando.
El ambiente en la sala se volvió irrespirable. Necesitaba salir de ahí, aunque fuera mentalmente.
—Tengo sed —dije—. Voy a la cocina por agua.
—Ve —dijo la abuela—. Pero no te tardes. Y llévate a tu tía, que no sirve para nada ahí tirada. Que haga café. Vamos a necesitar estar despiertos.
Levanté a mi tía Lupe, que temblaba como una hoja. La llevé casi arrastrando hacia la cocina, cruzando el pasillo oscuro. La cocina era el único lugar de la casa que parecía normal. El fogón estaba apagado, pero aún conservaba el calor de la leña.
Senté a Lupe en una silla de paja y busqué un vaso con agua. Mis manos temblaban tanto que derramé la mitad en el suelo.
—Tía, dime la verdad —le susurré, acorralándola contra la mesa—. La abuela ya está grande. Puede que haya visto cosas que no son. ¿Tú viste la tierra en la boca? ¿Tú viste que se moviera?
Lupe levantó la vista. Sus ojos estaban rojos de llorar.
—Carlos… —tomó mi mano con sus dedos helados—. Yo le cosí la boca.
—¿Qué?
—Es la costumbre. Para que no entre el mal aire. Cuando le estaba pasando la aguja por los labios… —Lupe se estremeció—. La piel se rompió, mijo. No sangró. Se rompió como papel seco. Y adentro… adentro algo se movió. Algo negro y brillante. Como un escarabajo grande.
—¡Basta! —grité en un susurro, soltando su mano—. ¡Están alucinando las dos! ¡Es histeria colectiva!
—No es histeria —dijo Lupe, y por primera vez vi enojo en su mirada—. Tú no estabas aquí, Carlos. Tú estabas en tu oficina con aire acondicionado mientras nosotras lidiábamos con esto. Tú no escuchaste lo que me dijo cuando estábamos solas.
—¿Qué te dijo?
Lupe bajó la voz hasta que fue casi imperceptible.
—Me dijo cosas que solo Beto sabía. Me preguntó por el dinero que me robé de la caja chica de la iglesia hace diez años. Me preguntó por el aborto que tuve cuando era joven y que nunca le conté a nadie. Ni a tu abuela.
Me quedé helado. Ese secreto del aborto… yo lo sabía. Beto lo sabía porque nos encontró llorando una vez y prometimos no decir nada. Era nuestro secreto.
—Eso… eso prueba que es él, tía —dije, tratando de sonar convencido, pero sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. Si sabe esas cosas, es porque su mente sigue ahí. Quizás está enfermo, quizás es un virus, una posesión, yo qué sé. ¡Pero es Beto!
—No —Lupe negó con vehemencia—. El Demonio sabe nuestros pecados, Carlos. El Demonio usa nuestros secretos para torturarnos. Eso no es tu hermano. Es un Nahual. O algo peor. Un Eche.
—Un Eche… —La palabra me trajo recuerdos vagos de cuentos de terror que nos contaban los abuelos mixtecos de la zona. Seres que roban la forma, que se visten con la piel de los hombres.
—Prepara el café —dije, cortando la conversación porque sentía que si seguía escuchando me iba a volver loco yo también—. Voy a regresar con la abuela.
Regresé a la sala. La abuela seguía en la misma posición, una estatua de sal y pólvora. Pero algo había cambiado.
El ataúd estaba vibrando.
No golpeando. Vibrando. Un zumbido bajo, constante, que hacía temblar las cadenas metálicas. Rrrrum… Rrrrum…
Me senté en mi silla, con el corazón en la garganta. Pasaron las horas. La noche se hizo profunda. El reloj de pared marcó las diez, las once, las doce.
A la una de la mañana, el cansancio empezó a ganar la batalla contra el miedo. Vi cómo la cabeza de mi abuela empezaba a cabecear. El cañón de la escopeta bajó unos centímetros.
—Abuela, descansa un rato —le dije suavemente—. Yo vigilo.
—No… —murmuró, sobresaltándose—. No puedo… el diablo no duerme…
Pero sus ojos se cerraban. Tenía ochenta y cuatro años. El cuerpo humano tiene límites. Diez minutos después, su respiración se volvió profunda y rítmica. Estaba dormida. La escopeta descansaba peligrosamente en su regazo.
Estábamos solos. Yo y la caja.
El zumbido del ataúd se detuvo. El silencio regresó, más pesado que antes.
Y entonces, empezó el código.
Pum… pum-pum… pum.
Tres golpes. Pausa. Tres golpes.
Me levanté despacio, como un sonámbulo. Mis ojos no se apartaban del candado.
—¿Beto? —susurré.
—Carlos… —la voz vino desde adentro, clara, sin distorsión. Era la voz de mi hermano adulto. La voz con la que me había peleado hace dos años—. Sácame de aquí, carnal. Por favor. Me duelen las piernas. Me las rompieron, güey. La abuela se volvió loca.
Las lágrimas rodaron por mi cara. Sonaba tan real. Tan humano. Tan asustado.
—Dicen que no eres tú —dije, dando un paso hacia el ataúd.
—¿Tú crees que yo soy un monstruo? —la voz se quebró en un llanto ahogado—. Soy yo, cabrón. Soy Beto. Me caí en la cueva. Me golpeé la cabeza. Cuando desperté, me estaban vistiendo y rezando. Intenté hablarles, pero estaba paralizado. Y luego me metieron aquí. Me falta el aire, Carlos. Me estoy asfixiando. Por favor… no me dejes morir aquí.
Era demasiado. La lógica me gritaba que era imposible sobrevivir ahí dentro tanto tiempo sin aire. Pero el amor… la culpa… la culpa es un motor poderoso. La culpa me decía: “¿Y si es verdad? ¿Y si la abuela, en su demencia senil, está matando a tu hermano?”
Miré a la abuela. Dormía profundamente. En su cintura, atado al cinturón de su delantal, estaba el juego de llaves.
Me acerqué a ella de puntitas, conteniendo la respiración. Me sentía como un criminal, como un traidor. Pero tenía que saber. Tenía que ver.
Con una suavidad quirúrgica, desaté el nudo del delantal. Las llaves tintinearon levemente. Me congelé. La abuela gruñó en sueños y se acomodó en la silla, pero no despertó.
Tenía las llaves en mi mano. El metal estaba caliente por el contacto con su cuerpo.
Me giré hacia el ataúd. Ahora estaba frente a él. A medio metro.
El olor era insoportable. Olía a pantano, a carne descompuesta y a algo químico, como amoníaco.
—Rápido, Carlos… se me acaba el aire… —suplicó la voz desde adentro.
Busqué la llave del candado grande. Mis manos sudaban. Probé una. No entró. Probé otra. Tampoco.
—Maldita sea —susurré.
—Es la pequeña… la cuadrada… —susurró Beto.
Me detuve un segundo. ¿Cómo sabía él cuál llave era?
—La vi… la vi cuando me encerraron… apúrate…
La explicación tenía sentido. Encontré la llave cuadrada. La metí en la ranura. Entró suavemente.
Giré la llave. El mecanismo del candado, viejo y oxidado, opuso resistencia. Tuve que usar las dos manos.
CLACK.
El sonido fue como un disparo en el silencio de la sala.
Miré a la abuela. Seguía dormida.
Quité el candado. Deslicé las cadenas. Cayeron al suelo con un ruido sordo y metálico.
Ya no había barreras. Solo la tapa de madera clavada. Pero los clavos no estaban puestos. Me di cuenta de que la abuela solo había puesto el candado y las cadenas. La tapa estaba sobrepuesta.
Puse mis manos en los bordes de la tapa. La madera vibraba bajo mis dedos.
—Voy a abrir, Beto. Aguanta.
Levanté la tapa unos centímetros.
El hedor que salió de ahí me golpeó la cara como un puño físico. Tuve que contener las ganas de vomitar. No era solo olor a muerto. Era un olor antiguo, denso, un olor a cueva cerrada por mil años.
Empujé la tapa hacia un lado, deslizándola hasta que cayó al suelo.
Y entonces, miré adentro.
La única luz venía de las veladoras, creando un juego de sombras macabro dentro del cajón.
Al principio, mi mente se negó a entender lo que veía. Esperaba ver a mi hermano, pálido, herido, quizás moribundo. O esperaba ver un cadáver en descomposición.
Pero no vi nada de eso.
El ataúd estaba lleno hasta la mitad de tierra negra y húmeda. Tierra de panteón. Tierra de cerro.
Y en medio de la tierra, como si hubiera sido plantado ahí, estaba… algo.
Era una masa de ramas secas, huesos de animales pequeños (pájaros, ratas) y trapos sucios, todo entrelazado con una baba negra y viscosa que brillaba a la luz de las velas. Esa masa tenía una forma vagamente humana. Un torso, brazos, piernas… pero hechos de basura y muerte.
Y encima de esa abominación… estaba la cara de Beto.
Grité. O intenté gritar, pero el sonido se me atoró en la garganta.
No era la cabeza de Beto. Era su rostro. Solo su rostro. Como una máscara de piel arrancada perfectamente, estirada sobre una bola de raíces y musgo que simulaba ser un cráneo. Los bordes de la piel estaban cosidos a las ramas con hilo negro.
Pero los ojos… los ojos estaban ahí. Los ojos de mi hermano, azules y brillantes, incrustados en esa masa de podredumbre.
Y me miraban. Con consciencia. Con maldad.
La “boca” de la máscara, esa ranura de piel flácida, se estiró en una sonrisa imposible, mostrando no dientes, sino espinas afiladas de maguey clavadas en las encías de barro.
—Gracias, carnal… —dijo la cosa.
Pero esta vez no usó la voz de Beto. Usó una voz que sonaba como cien voces hablando al mismo tiempo, una cacofonía de susurros, gritos y lamentos.
La masa de ramas y huesos empezó a moverse. Crujió. Se arqueó hacia arriba. Una mano hecha de fémures de perro y dedos de ramas secas se aferró al borde del ataúd.
—¡ABUELA! —mi grito finalmente salió, desgarrando mi garganta.
Escuché el estruendo de la silla cayendo detrás de mí.
—¡QUÍTATE, PENDEJO! —rugió la abuela.
Me tiré al suelo justo cuando el estruendo de la escopeta llenó la habitación.
¡BUM!
El disparo voló un pedazo del borde del ataúd. La cosa chilló. Un chillido agudo, sónico, que hizo estallar los vidrios de las veladoras.
La oscuridad cayó sobre nosotros. Solo quedó la luz de la luna filtrándose por las rendijas de las tablas en las ventanas.
En la penumbra, vi cómo la cosa se incorporaba completamente. Era alto, desgarbado, grotesco. La piel de la cara de mi hermano colgaba floja, moviéndose con cada gesto antinatural.
—La sangre llama a la sangre… —sisearon las cien voces—. Y ahora… todos vamos a jugar.
La abuela cargó el segundo cartucho.
—¡Corre, Carlos! —gritó—. ¡Corre al coche!
Pero yo no podía correr. Porque la cosa saltó del ataúd con una agilidad de araña y aterrizó en el techo, pegándose a las vigas de madera, mirándonos desde arriba con el rostro invertido de mi hermano muerto.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA CACERÍA EN LA CASA DE ADOBE
El sonido de la escopeta todavía resonaba en mis oídos, un pitido agudo y constante que competía con los latidos desbocados de mi corazón. La sala estaba sumida en una oscuridad casi total, rota apenas por haces de luz de luna que se colaban como cuchillos de plata a través de las rendijas de las ventanas tapiadas. El olor a pólvora quemada se mezclaba ahora con el hedor insoportable que emanaba de la cosa: tierra mojada, carne rancia y algo metálico, como sangre vieja.
Estaba tirado en el suelo, con las manos sobre la cabeza, un instinto primario de protección que no servía de nada contra lo que teníamos enfrente. Mi abuela, Doña Remedios, estaba de pie a unos metros de mí, recargando la escopeta con manos que temblaban pero no fallaban. El sonido de los cartuchos entrando en la recámara (clic-clac) fue lo único real en ese momento de locura.
Arriba, en las vigas del techo, la cosa esperaba.
No se movía. Estaba agazapada en la oscuridad, pegada a la madera vieja como una garrapata gigante. Solo podía distinguir su silueta deforme: extremidades demasiado largas, hechas de huesos y ramas, angulosas y quebradas en lugares imposibles. Y esa cara… la cara de mi hermano Beto, colgando invertida, mirándonos con esos ojos que brillaban con una luz propia, maligna y amarilla.
—No te muevas, Carlos —susurró mi abuela. Su voz era un hilo de acero tenso—. No corras. Si corres, te caza. Es como los perros, huele el miedo.
—Abuela… ¿qué es eso? —lloriqueé, incapaz de controlar el temblor de mi mandíbula.
—Es un Chaneque mayor. Un Señor del Monte que se vistió con tu hermano. —La abuela levantó lentamente el cañón del arma, apuntando hacia el techo—. Está jugando con nosotros. Le gusta el terror antes de comer. Sazona la carne.
De repente, la cosa se movió.
No fue un movimiento natural. Fue un espasmo. Se desplazó de una viga a otra con una velocidad que el ojo humano apenas podía registrar, haciendo un ruido seco, como de madera rompiéndose.
CRACK-CRACK-CRACK.
Ahora estaba justo encima de la puerta que llevaba al pasillo, bloqueando nuestra única salida hacia la cocina y el patio trasero.
—¿A dónde van? —preguntó la cosa. Las voces múltiples que salían de su garganta resonaron en la sala vacía, rebotando en las paredes. Una de esas voces, la más clara, era la de Beto—. ¿No querían verme? ¿No querían que volviera? Aquí estoy, abuelita. Aquí estoy, carnal.
La máscara de piel se estiró en una mueca obscena. Una lengua negra, larga y bifurcada como la de un lagarto, salió de entre las espinas de maguey que usaba como dientes y lamió el aire.
—¡Fuego! —gritó la abuela.
Apretó el gatillo.
El fogonazo iluminó la sala como un relámpago. Vi, por una fracción de segundo, la textura de la criatura: la piel de Beto estaba cocida con hilos gruesos a un armazón de costillas animales y raíces retorcidas. Vi gusanos cayendo de las cuencas de los ojos.
El disparo impactó en la viga, arrancando astillas y polvo. La cosa ya no estaba ahí.
Había saltado.
Sentí un viento fétido pasar sobre mi cabeza. La criatura aterrizó detrás de la abuela, en la zona de sombras junto a la vitrina de los santos.
—¡ABUELA, DETRÁS DE TI! —grité, poniéndome de pie torpemente.
Doña Remedios giró sobre sus talones, pero era una mujer de ochenta años contra una abominación sobrenatural. Antes de que pudiera apuntar de nuevo, una mano larga, hecha de ramas secas y garras de hueso, salió de la oscuridad y golpeó la escopeta.
El arma voló lejos, deslizándose por el suelo hasta chocar contra la pared.
La abuela no gritó. Sacó un cuchillo de monte que llevaba en el cinto, una hoja vieja y oxidada pero afilada como navaja de rasurar.
—¡Vente, hijo del diablo! —desafió, poniéndose en guardia.
La cosa se rió. Una risa que sonaba como piedras rodando cuesta abajo.
—Carne vieja… dura… amarga… —susurró, moviéndose en círculos alrededor de ella, manteniéndose justo fuera del alcance del cuchillo—. Prefiero la carne tierna. La carne de ciudad.
Los ojos de la máscara se fijaron en mí.
Sentí que me orinaba encima. El terror puro es algo físico, algo que te congela las entrañas. Esa cosa me quería a mí. Yo era el plato fuerte.
—¡Corre, Carlos! ¡Vete a la cocina! —gritó la abuela, lanzando una estocada al aire para mantener a la criatura a raya.
Esta vez, mis piernas obedecieron. No por valentía, sino por pánico. Corrí hacia el pasillo.
Al pasar junto al umbral, escuché un siseo y sentí un dolor agudo en el hombro. Algo me había rozado. No me detuve a mirar. Corrí por el pasillo oscuro, tropezando con la alfombra, chocando contra las paredes.
—¡Lupe! ¡Tía Lupe! —grité.
Llegué a la cocina. Mi tía estaba donde la había dejado, pero ya no estaba sentada. Estaba debajo de la mesa, hecha un ovillo, tapándose los oídos y rezando a gritos.
—¡Tía, levántate! ¡Tenemos que irnos! —La agarré del brazo y tiré de ella.
—¡No! ¡No! ¡Ya vienen! ¡Están aquí! —gritaba, histérica.
De repente, se escuchó un estruendo en la sala. Muebles rompiéndose. Vidrios rotos. Y el grito de guerra de mi abuela, seguido de un golpe seco y un silencio terrible.
—¡ABUELA! —grité, soltando a Lupe y dando un paso para regresar.
Pero entonces escuché el sonido.
Arrastrarse.
Algo pesado se arrastraba por el pasillo hacia la cocina. Ras… clac… ras… clac. El sonido de madera y hueso contra el piso de loseta.
—Carlitos… —la voz venía del pasillo—. La abuela ya se durmió. Ahora nos toca jugar a nosotros.
No había tiempo. No podía salvar a la abuela. Probablemente ya estaba muerta. Y si me quedaba, Lupe y yo seríamos los siguientes.
Miré la puerta trasera de la cocina, la que daba al patio. Estaba cerrada con tres cerrojos y una tranca de metal.
Me lancé hacia ella. Mis manos sudorosas resbalaban en el metal frío.
—¡Tía, ayúdame! ¡Mueve la mesa!
Lupe salió de su trance lo suficiente para entender que la muerte estaba entrando por el pasillo. Se levantó y, con una fuerza que solo da la desesperación, empujó la pesada mesa de madera rústica contra la entrada del pasillo, bloqueando el acceso momentáneamente.
Escuché el golpe del cuerpo de la criatura contra la mesa. Los platos y vasos que estaban encima salieron volando, estallando contra el suelo.
—¡Abran! —rugió la cosa. La mesa empezó a empujarse sola, las patas rechinando contra el piso. La fuerza de esa cosa era descomunal.
Terminé de abrir los cerrojos. Quité la tranca.
Abrí la puerta y el aire frío de la noche de la sierra nos golpeó la cara.
—¡Corre al coche! —le grité a Lupe.
Salimos al patio. La noche estaba extrañamente clara, iluminada por una luna llena que parecía más grande y amarilla de lo normal. El patio, normalmente un lugar seguro lleno de árboles de aguacate y limones, ahora parecía un laberinto de sombras amenazantes.
Mi coche estaba estacionado al frente de la casa, pero para llegar a él teníamos que rodear toda la construcción por fuera, pasar por el jardín lateral y llegar a la calle.
Corrimos. La grava crujía bajo nuestros zapatos.
—¡Mis llaves! —me toqué el bolsillo. Estaban ahí. Gracias a Dios.
Llegamos a la esquina de la casa. Desde ahí podíamos ver el Chevy estacionado en la calle. Parecía un bote salvavidas en medio de un océano negro.
Pero entonces, Lupe se detuvo en seco, jalándome hacia atrás.
—¡Mira! —susurró, señalando hacia el techo de la casa.
Miré hacia arriba.
Ahí estaba. La cosa había salido por alguna ventana o quizás había atravesado el techo de paja y adobe. Estaba agazapada en la cumbrera, recortada contra la luna.
Era enorme. Ahora que la veía afuera, su tamaño era más evidente. Medía casi dos metros y medio. Sus extremidades eran largas como ramas de árbol. La piel de Beto, que cubría su “cabeza”, brillaba húmeda bajo la luz lunar.
Nos vio.
Ladeó la cabeza, como un perro curioso. Y luego, emitió un aullido.
No fue un aullido animal. Fue una imitación perfecta de la sirena de una ambulancia, mezclada con el llanto de un bebé. Un sonido diseñado para desorientar, para paralizar.
—¡Al coche! ¡YA! —Grité, empujando a Lupe.
Corrimos los últimos veinte metros como si el diablo nos persiguiera, porque literalmente lo hacía. Escuché el golpe sordo de la criatura al saltar del techo al jardín. Escuché las ramas de los rosales rompiéndose a su paso.
Llegué a la puerta del conductor. Me temblaban tanto las manos que se me cayeron las llaves.
—¡NO! —Grité, tirándome al suelo para buscarlas en la tierra.
—¡Carlos! ¡Viene! —gritó Lupe, que ya estaba jalando la manija de la puerta del copiloto, que estaba cerrada.
Encontré las llaves. Me levanté. Metí la llave en la cerradura. Giré. Se abrió.
Me metí al coche y me estiré para abrir el seguro de la puerta de Lupe.
Ella abrió la puerta y se lanzó adentro justo cuando algo golpeó el vidrio trasero del auto.
¡BAM!
El vidrio estalló en mil pedazos, bañándonos de cristales de seguridad.
Una garra entró por el hueco, buscando, arañando la tapicería, rozando el cabello de Lupe.
—¡ARRANCA! —gritó ella.
Metí la llave en el contacto. Giré.
El motor tosió. Rrr-rrr-rrr. No arrancó.
—¡No me hagas esto, por favor! —le grité al coche, golpeando el volante.
La garra encontró el hombro de Lupe. Las uñas de hueso se clavaron en su suéter. Ella gritó de dolor y terror. La cosa estaba tratando de sacarla por la ventana rota.
—¡Súeltala! —Me giré y le di una patada a la mano de la criatura. Sentí como si pateara madera dura.
Giré la llave otra vez.
Rrr-rrr… ¡VROOOOM!
El motor rugió.
Metí primera y pisé el acelerador a fondo. Las llantas patinaron en la tierra suelta y el coche salió disparado hacia adelante.
La inercia hizo que la garra se soltara de Lupe, pero escuché un golpe en el techo.
—¡Está arriba! ¡Está en el techo! —gritó Lupe, agarrándose el hombro sangrante.
El techo del Chevy se hundió bajo un peso tremendo. El metal gimió. Vi cómo se formaba una abolladura justo encima de nuestras cabezas, con la forma de una mano gigante.
Aceleré por la calle empedrada del pueblo. Iba a ochenta, noventa kilómetros por hora, rebotando violentamente.
—¡Quítatelo de encima! —gritaba Lupe.
Di un volantazo brusco a la derecha, luego a la izquierda, tratando de sacudirlo.
Escuché un chillido y el sonido de garras raspando metal.
Miré por el espejo retrovisor. La cosa se había resbalado hacia la cajuela, pero se aferraba al borde con una fuerza imposible. Vi la cara de Beto pegada al vidrio trasero roto, sonriéndome al revés.
—No te vayas, carnal… vamos a la Peña… te voy a enseñar el tesoro…
Frené de golpe.
Fue una maniobra suicida. El coche derrapó y se detuvo en seco.
La cosa, por la inercia, salió volando por encima del coche. Pasó sobre el cofre y rodó por el empedrado de la calle, convirtiéndose en una bola de ramas y trapos.
—¡Ahora! —Grité, volviendo a acelerar antes de que la criatura pudiera levantarse.
Pasé junto a ella. Vi cómo se desenroscaba, cómo se ponía de pie con movimientos espasmódicos, como una marioneta rota que se vuelve a armar sola.
La dejé atrás.
Salimos del pueblo de San Isidro a toda velocidad, tomando la carretera hacia la autopista. No bajé de cien kilómetros por hora, incluso en las curvas.
Lupe lloraba en silencio, apretándose el hombro.
—La abuela… —sollozó—. La dejamos sola.
—No podíamos hacer nada, tía —dije, con la voz rota y las lágrimas nublándome la vista—. Estaba muerta desde que entramos a esa sala.
Manejé durante diez minutos en silencio, mirando compulsivamente los espejos, esperando ver esa forma corriendo detrás del coche, o saltando desde los árboles. Pero la carretera estaba vacía.
Llegamos al entronque con la carretera federal. Ahí había una gasolinera de esas que están abiertas las 24 horas, con una tienda OXXO.
—Vamos a parar ahí —dije—. Hay luz. Hay gente. Necesitamos ver tu herida y llamar a la policía.
—La policía no va a hacer nada, Carlos —dijo Lupe, con voz sombría—. No entienden de esto. Van a pensar que estamos locos o que nosotros la matamos.
—¡Pues que piensen lo que quieran! —golpeé el volante—. ¡Esa cosa mató a la abuela! ¡Tenemos que hacer algo!
Entré a la gasolinera. Las luces fluorescentes blancas me parecieron la cosa más hermosa del mundo. Había un par de traileros tomando café afuera. Gente. Seres humanos normales.
Frené junto a las bombas. Apagué el motor. El silencio repentino fue abrumador.
—Quédate aquí —le dije a Lupe—. Voy a pedir ayuda.
Bajé del coche. Las piernas me temblaban tanto que casi me caigo. Caminé hacia los traileros. Eran dos hombres grandes, con gorras y chalecos.
—¡Ayuda! —les dije—. ¡Por favor! ¡Hubo… hubo un accidente en San Isidro! ¡Necesitamos una ambulancia!
Los hombres me miraron. Me vieron pálido, sudoroso, con la ropa sucia de tierra (de cuando me caí en la sala). Luego miraron mi coche. El vidrio trasero roto. El techo hundido.
—Cálmate, chavo —dijo uno de ellos, un tipo con bigote canoso—. ¿Qué pasó? ¿Chocaron?
—No… nos atacaron. Un animal… una persona… no sé.
En ese momento, Lupe bajó del coche. Estaba pálida como un fantasma. La sangre de su hombro había manchado todo el lado derecho de su vestido negro.
—¡Señora! —el trailero corrió a ayudarla.
Nos sentaron en la banqueta, bajo la luz de la tienda. El empleado del OXXO salió con botellas de agua y un botiquín.
Mientras el trailero le limpiaba la herida a Lupe, yo me alejé un poco para intentar llamar al 911. Saqué mi celular.
Tenía señal.
Marqué.
—911, ¿cuál es su emergencia?
—Necesito ayuda, estoy en la gasolinera de la entrada a San Isidro. Mi abuela… mi abuela fue atacada en su casa. En el pueblo.
—Señor, cálmese. ¿Quién la atacó?
Iba a decir “un monstruo hecho de ramas con la cara de mi hermano”, pero me detuve.
—Unos hombres. Entraron a robar. La golpearon. Nosotros logramos escapar.
—Mandamos una unidad para allá y otra a su ubicación. No cuelgue.
Mientras hablaba con la operadora, sentí una mirada.
Esa sensación de hormigueo en la nuca.
Levanté la vista. Al otro lado de la carretera, donde empezaba el bosque denso de la sierra, no había luz. Solo oscuridad.
Pero ahí, justo en el límite donde la luz de la gasolinera moría y empezaba la negrura, vi algo.
Era un perro. Un perro callejero, flaco y sarnoso.
Estaba sentado en sus patas traseras, mirándome fijamente.
Pero no era un perro normal.
Su cabeza… su cabeza estaba ladeada en un ángulo imposible, casi tocando su hombro. Y sus ojos… sus ojos eran azules.
Los ojos de Beto.
El perro abrió el hocico y, en lugar de ladrar, sonrió. Una sonrisa humana en un hocico canino.
Bajé el teléfono lentamente.
—Señor, ¿sigue ahí? —decía la operadora.
El perro levantó una pata delantera y me saludó. Un gesto lento, burlón. Y luego, habló.
No movió el hocico. La voz resonó directamente en mi cabeza, como un pensamiento intrusivo.
—Todavía no acabamos, Carlitos. El juego es hasta que uno se rompa. Y tú todavía estás entero.
El perro dio media vuelta y se internó en el bosque, desapareciendo en la noche.
—Señor… —dijo el trailero, tocándome el hombro.
Salté como si me hubieran electrocutado.
—¿Estás bien, muchacho? Te quedaste ido.
Miré hacia el bosque. Ya no había nada.
—Tenemos que irnos —dije, agarrando al trailero de la camisa—. No estamos seguros aquí.
—Ya viene la patrulla, tranquilo. Aquí hay gente.
—No entiende… —susurré—. Esa cosa nos siguió. Esa cosa puede ser cualquiera. Puede ser un perro. Puede ser un pájaro.
Miré al trailero. A sus ojos oscuros. Por un segundo, me pareció ver un brillo amarillo en ellos. Me solté de él, retrocediendo. La paranoia empezaba a carcomerme.
—¿Qué pasa? —preguntó él, confundido.
—Nada… nada.
Regresé con Lupe. Ella me miró y supo que yo lo había visto.
—¿Nos encontró? —susurró.
Asentí.
—No va a parar, tía. La abuela dijo que es un cazador. No va a parar hasta que nos lleve.
—¿A dónde?
—A la Peña del Diablo.
Recordé las palabras de la abuela. “Buscaban la puerta”. Beto había abierto algo allá arriba. Algo que necesitaba ser cerrado. O quizás, algo que necesitaba más almas para mantenerse abierto.
La patrulla llegó diez minutos después. Dos oficiales jóvenes, con cara de aburridos. Nos tomaron la declaración. Les dimos la versión del robo. Nos dijeron que irían a la casa a revisar, pero que primero una ambulancia nos revisaría.
Cuando la ambulancia llegó y nos subieron para llevarnos al hospital regional en la ciudad más cercana, sentí un poco de alivio. Estábamos rodeados de luces, sirenas, profesionales.
Pero mientras la ambulancia arrancaba, miré por la ventana trasera.
En el techo de la gasolinera, parado sobre el letrero luminoso de Pemex, había una lechuza enorme. Una lechuza blanca.
Me miró con sus ojos grandes y redondos mientras nos alejábamos. Y juro, por mi vida, que la lechuza guiñó un ojo.
El viaje al hospital fue un borrón. Lupe se quedó dormida por los sedantes que le dieron. Yo me negué a cerrar los ojos.
Llegamos al hospital a las cuatro de la mañana. Nos pusieron en boxes separados en urgencias. Me curaron el hombro (solo era un rasguño profundo, pero infectado, dijeron).
A las seis de la mañana, un policía entró a mi box. Se quitó la gorra. Su cara estaba pálida.
—Joven Carlos… —dijo—. Mis compañeros fueron a la casa de su abuela en San Isidro.
Me senté en la camilla, esperando la noticia de su muerte.
—¿La encontraron?
El policía asintió, pero se veía confundido.
—Encontraron la casa destrozada. Muebles rotos, agujeros en el techo… casquillos de escopeta. Y encontraron a su abuela.
—¿Está muerta? —pregunté, cerrando los ojos.
—Sí. Pero… joven, el forense dice que lleva muerta al menos tres días.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué? Eso es imposible. Estuve hablando con ella hace unas horas. Ella me disparó a… a los ladrones.
—El cuerpo está en estado avanzado de descomposición, joven. Estaba sentada en su mecedora, con una escopeta vieja en las piernas. Pero… no tiene cabeza.
Sentí que el mundo giraba.
—¿No tiene cabeza?
—No. Y no la encontraron por ningún lado. Y otra cosa… el ataúd. El que estaba en la sala.
—¿Sí?
—Estaba cerrado con cadenas y un candado. Tuvimos que romperlo para abrirlo.
—Yo lo abrí… —susurré—. Yo le quité el candado.
—Estaba cerrado, joven. Y adentro… adentro estaba el cuerpo de su hermano. Intacto. Vestido con un traje azul.
La realidad se rompió. Si el ataúd estaba cerrado y Beto estaba adentro… ¿qué fue lo que salió? ¿Qué fue lo que nos persiguió? ¿Y con quién estuve hablando toda la noche si mi abuela llevaba tres días muerta?
—No… —murmuré—. Eso es una trampa. Es un truco. Esa cosa juega con la mente.
El policía me miró con sospecha. —Joven, le vamos a tener que hacer unas pruebas toxicológicas. Y va a tener que declarar ante el Ministerio Público. Esto se ve muy mal.
Salió del box, dejándome solo con el bip-bip del monitor cardíaco.
Me llevé las manos a la cabeza. ¿Estaba loco? ¿Había matado yo a mi abuela en un brote psicótico? ¿Todo había sido una alucinación?
Pero entonces, sentí algo en el bolsillo de mi pantalón, que estaba colgado en una silla.
Me levanté y metí la mano.
Saqué el candado.
El candado negro, pesado y aceitoso que yo mismo había quitado del ataúd. Estaba en mi bolsillo.
Y pegado al metal, había un pedazo de piel humana con vellos de barba.
No estaba loco.
Y si el ataúd estaba cerrado cuando llegó la policía… significa que alguien, o algo, lo volvió a cerrar después de que nos fuimos. O peor… que hay dos ataúdes.
El monitor cardíaco empezó a acelerarse. Bip-bip-bip-bip.
Miré hacia la puerta de vidrio del box.
En el pasillo del hospital, un enfermero empujaba una camilla con un cuerpo cubierto por una sábana. El enfermero se detuvo frente a mi puerta.
Giró la cabeza lentamente hacia mí.
Llevaba un cubrebocas quirúrgico, pero sus ojos… sus ojos eran los de mi abuela.
El enfermero se bajó el cubrebocas.
No tenía boca. Solo una superficie lisa de piel. Y en esa piel, se formó una rasgadura que se abrió lentamente, revelando dientes de espinas.
—Nadie se va de San Isidro, mijo… —dijo la voz de mi abuela en mi cabeza.
CAPÍTULO 4: EL PABELLÓN DE LOS OLVIDADOS
El enfermero sin boca volvió a subirse el cubrebocas con un movimiento lento, casi burlón, y siguió empujando la camilla por el pasillo del hospital como si nada hubiera pasado.
Me quedé paralizado en medio de mi box de urgencias, con el candado oxidado apretado en mi puño hasta que los bordes me cortaron la piel. La sangre goteó al suelo, ploc, ploc, mezclándose con el olor antiséptico del hospital.
—¡Oiga! —grité, corriendo hacia la puerta de vidrio y abriéndola de golpe.
El pasillo estaba vacío.
No había enfermero. No había camilla. Solo el largo corredor iluminado por luces blancas parpadeantes, con el piso de linóleo brillando bajo una capa de cera. Al fondo, una enfermera de verdad, una mujer robusta con cara de aburrimiento, llenaba unos papeles en la estación central.
Me acerqué a ella, casi corriendo, sintiendo que las piernas se me doblaban.
—Señorita… el enfermero… el que acaba de pasar con la camilla… —jadeé.
La mujer ni siquiera levantó la vista. —Aquí no ha pasado nadie en veinte minutos, joven. Regrese a su cama. El doctor vendrá pronto con los resultados de sus análisis.
—¡Pero yo lo vi! ¡Tenía los ojos de mi abuela! —grité, y mi voz resonó demasiado fuerte en el silencio de la madrugada.
La enfermera finalmente me miró. No había maldad en sus ojos, solo esa mezcla de cansancio y lástima profesional que reservan para los borrachos y los locos.
—Joven, está alterado. Si sigue gritando voy a tener que llamar a seguridad y le vamos a poner un sedante. Vaya a descansar. Su tía está bien, está en el cuarto 302, pero no puede verla ahorita.
Me di la vuelta, sintiendo que las paredes del hospital se cerraban sobre mí. ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Había sido el estrés, el trauma? Pero el candado en mi mano era real. El peso del hierro frío era real.
Regresé a mi box, pero no me acosté. Me senté en la silla de plástico, vigilando la puerta. Cada sombra que pasaba, cada ruido de carritos médicos, me hacía saltar.
Necesitaba pensar. Necesitaba ordenar los hechos.
- Mi abuela me llamó.
- Fui al pueblo. Vi cosas imposibles.
- La policía dice que mi abuela lleva muerta tres días.
- Tengo el candado que supuestamente la policía tuvo que romper.
Había una discrepancia temporal. O espacial.
Saqué mi celular. 15% de batería. Entré a Google. Busqué “San Isidro noticias”. Nada reciente. Busqué “Peña del Diablo leyendas”.
Aparecieron varios foros de mochileros y páginas de mitos locales. Leí rápido, devorando la información.
“La Peña del Diablo es un vórtice. Los locales dicen que es una de las entradas a Mictlán, pero distorsionada. No entres en Luna Nueva. Si entras, lo que sale no eres tú.”
Otro comentario decía: “Los Chaneques no solo imitan voces. Imitan realidades. Pueden hacerte ver lo que quieren que veas. Pueden hacerte vivir días enteros en un sueño mientras te devoran lentamente en una cueva.”
Se me heló la sangre. “Imitan realidades”.
¿Y si nunca salí de la casa? ¿Y si sigo en la sala, paralizado por el miedo, y todo esto —el escape, la gasolinera, el hospital— es una alucinación creada por la cosa para torturarme?
Me pellizqué el brazo con fuerza, retorciendo la piel hasta que dolió. Dolió mucho. Se sentía real.
—Señor Carlos.
La voz me hizo saltar. Un doctor estaba en la puerta. Un hombre alto, canoso, con lentes. Se veía normal.
—Doctor… dígame que esto es real. Dígame que estoy en un hospital.
El doctor sonrió levemente. —Claro que es real, Carlos. Estás en el Hospital General de la Sierra. Tuviste una crisis nerviosa. Los análisis salieron limpios de drogas, pero tus niveles de adrenalina y cortisol están por las nubes.
Suspiré, aliviado.
—¿Y mi tía?
—Tu tía Guadalupe está estable. Perdió sangre por la herida en el hombro, pero ya la suturamos. Está sedada. Pero… —el doctor hizo una pausa, revisando su tabla—. Ella dice cosas raras, Carlos.
—¿Qué cosas?
—Habla de un demonio. Habla de que su mamá, tu abuela, se convirtió en polvo. Y… repite mucho un nombre.
—¿Qué nombre?
—”El Dueño”. Dice que “El Dueño” viene por ti.
Sentí un escalofrío.
—Doctor, necesito irme. Necesito sacar a mi tía de aquí y llevármela a la Ciudad de México. Aquí no estamos seguros.
—No puedes irte, Carlos. La policía quiere interrogarte en cuanto amanezca bien. Eres sospechoso en una investigación de homicidio. Tu abuela fue encontrada decapitada. Eso no es un accidente.
—¡Yo no la maté!
—Eso lo decidirá el juez. Por ahora, descansa. Te dejé un sedante en el suero.
Miré la bolsa de suero colgada junto a mi cama. No me había dado cuenta de que me la habían puesto. El líquido transparente goteaba lentamente hacia mi vena.
Sentí los párpados pesados de repente.
—No… no quiero dormir… —balbuceé, tratando de arrancarme la vía del brazo.
—Es por tu bien —dijo el doctor.
Y entonces, su cara cambió.
Sus lentes se empañaron. Su piel se volvió gris. Y detrás de los lentes, sus ojos desaparecieron, dejando dos cuencas vacías llenas de gusanos.
—Duerme, Carlitos… —dijo la voz de Beto saliendo de la boca del doctor—. Cuando despiertes, vamos a estar todos juntos en la Peña.
Intenté gritar, pero mi lengua era de trapo. La oscuridad me tragó.
Desperté con el sonido de un trueno.
Abrí los ojos. No estaba en el box de urgencias.
Estaba en una cama de hospital, sí, pero el cuarto era distinto. Las paredes estaban despintadas, con manchas de humedad que parecían caras gritando. La ventana tenía barrotes oxidados.
Me senté, mareado. Llevaba una bata de paciente, pero estaba sucia, vieja.
Me levanté y fui a la ventana.
Afuera no se veía la ciudad, ni el estacionamiento del hospital.
Se veía niebla. Una niebla gris, densa, que se movía como un océano lento. Y entre la niebla, se alzaban árboles negros, retorcidos, muertos.
—¿Dónde estoy? —susurré.
—En el Pabellón —respondió una voz a mis espaldas.
Me giré.
En la otra cama de la habitación, que no había visto por la oscuridad, había un hombre sentado. Estaba flaco, esquelético. Tenía la cabeza rapada y llena de cicatrices.
—¿Qué pabellón? —pregunté, retrocediendo hasta pegar la espalda a la pared.
—El Pabellón de los Olvidados. Donde nos traen a los que vimos —dijo el hombre, sonriendo con una boca a la que le faltaban la mitad de los dientes.
—¿A los que vimos qué?
—Al Dueño. Al que camina en los cerros.
Me acerqué un poco. El hombre parecía humano. No tenía ojos de gusano, ni voz múltiple. Parecía solo un pobre diablo roto.
—¿Quién eres?
—Me llamo Jacinto. Yo era leñador. Hace diez años vi a una niña en el bosque. La seguí. Resultó que no era una niña. Me trajo aquí.
—¿Aquí es el hospital?
Jacinto se rió. Una risa seca, como tos.
—Aquí no es ningún lugar, muchacho. Aquí es su despensa. Nos guarda aquí para cuando tiene hambre. Nos mantiene vivos con miedo. Porque el miedo sala la carne.
—No… no… —Empecé a hiperventilar—. Esto es un sueño. El doctor me sedó. Estoy soñando.
—Pellízcate —dijo Jacinto—. A ver si despiertas.
Me pellizqué. Dolió. Me mordí el labio hasta sangrar. Dolió. Me golpeé la cabeza contra la pared. Pum. Dolió y me mareé.
No desperté.
—¿Ves? —dijo Jacinto—. Ya no estás en tu mundo. Cruzaste la puerta cuando abriste la caja. Él te invitó. Y tú aceptaste.
—¡Yo no acepté nada! ¡Yo quería salvar a mi hermano!
—Es lo mismo. La compasión es la llave que más le gusta usar.
Me dejé caer al suelo, derrotado.
—¿Cómo salgo de aquí?
Jacinto se encogió de hombros. —Nadie sale. Bueno… a veces, Él deja salir a uno. Para que traiga a más. Como a tu hermano. Tu hermano salió, ¿no? Fue a buscarte.
—Ese no era mi hermano. Era una cosa hecha de ramas.
—Era un traje —corrigió Jacinto—. Se puso a tu hermano como un traje. Pero para mantener el traje fresco, necesita alimentarlo.
De repente, la puerta de la habitación se abrió.
No entró un enfermero. Entró una monja.
Llevaba un hábito antiguo, gris, manchado de sangre seca. Su rostro estaba cubierto por un velo negro.
—Hora de la medicación —dijo. Su voz era suave, maternal, pero me puso los pelos de punta.
Llevaba una charola con dos vasitos de plástico. Adentro no había pastillas. Había tierra. Tierra negra y húmeda.
Se acercó a Jacinto primero. Él abrió la boca dócilmente, como un pajarito. La monja le metió la tierra en la boca. Jacinto masticó y tragó, con lágrimas en los ojos.
—Buen chico —dijo la monja.
Luego se giró hacia mí.
—Tu turno, Carlos.
—No voy a comer eso —dije, poniéndome de pie y buscando algo con qué defenderme. Solo había una bacinica de metal bajo la cama. La agarré.
La monja se detuvo. Debajo del velo, escuché un gruñido bajo.
—Tienes que comer. Si no comes la tierra de San Isidro, te vas a desvanecer. Tu cuerpo de ciudad no aguanta este aire.
—¡Aléjese! —grité, blandiendo la bacinica.
La monja dio un paso adelante. Levantó la mano y, con un movimiento rápido, se arrancó el velo.
No tenía cara de monja. Tenía la cara de Don Chuy, el tendero. Pero sus ojos estaban cosidos y su boca era un agujero vertical.
—¡Come! —rugió con la voz de Don Chuy.
Le arrojé la bacinica a la cara. El metal chocó contra su cráneo con un clank satisfactorio. La “monja” trastabilló.
Aproveché el momento. Corrí hacia la puerta y salí al pasillo.
El pasillo era interminable. Puertas y puertas a ambos lados. De algunas salían gritos. De otras, risas. De otras, el sonido de huesos rompiéndose.
—¡Carlos! —gritó Jacinto desde la habitación—. ¡No corras! ¡Si corres te ve!
No le hice caso. Corrí.
Al final del pasillo había una luz roja. Una salida de emergencia.
Llegué a la puerta. Empujé la barra. Se abrió.
Salí a una escalera de incendios metálica.
Pero cuando miré hacia abajo, no vi la calle.
Vi el abismo.
El “hospital” flotaba en medio de la nada. Abajo solo había nubes grises y relámpagos silenciosos. Arriba, un cielo morado sin estrellas.
Y flotando alrededor del edificio, había islas de tierra. Pedazos de realidad arrancados. Vi la casa de mi abuela flotando a unos cien metros. Vi la tienda de Don Chuy. Vi mi departamento de la Ciudad de México, con la pared arrancada, mostrando mi cama y mi póster de Pink Floyd.
—Dios mío… —susurré.
—Bonita vista, ¿no? —dijo una voz a mi lado.
En el barandal de la escalera estaba sentado un cuervo. Un cuervo enorme, del tamaño de un águila.
—¿Tú quién eres? —pregunté, ya sin capacidad de sorprenderme.
—Soy el guía —dijo el cuervo. Tenía la voz de mi tía Lupe—. O lo que queda de ella.
—¿Tía?
—Me morí en la ambulancia, Carlos —dijo el cuervo—. El susto me paró el corazón. Pero mi alma se quedó atorada aquí porque tú me trajiste.
—¡No! ¡Tú estabas bien! ¡El doctor dijo que estabas bien!
—El doctor era Él. Todo en ese hospital era Él. Nunca salimos de San Isidro, mijo. Chocamos en la salida del pueblo. Estamos tirados en la cuneta, sangrando. Esto… esto es lo que pasa mientras te mueres.
Me agarré la cabeza. —No… no puede ser. Se siente real.
—Es real —dijo el cuervo-Lupe—. Tan real como tú quieras. Pero tienes una oportunidad.
—¿Qué oportunidad?
—Todavía no estás muerto del todo. Tu corazón late, aunque sea débil. Tienes que despertar.
—¿Cómo despierto?
—Tienes que matarlo.
—¿A quién? ¿Al Dueño?
—No puedes matar al Dueño. Es eterno. Tienes que matar a lo que te ata a él. Tienes que matar a Beto.
—Beto ya está muerto.
—Su cuerpo sí. Pero la cosa que usa su cara… esa cosa es tu ancla. Mientras sigas sintiendo culpa por él, mientras sigas queriendo salvarlo, te va a mantener aquí. Tienes que encontrarlo y destruirlo. Tienes que aceptar que tu hermano se pudrió y que lo que queda es basura.
—¿Dónde está?
El cuervo señaló con el ala hacia la isla flotante que era la casa de mi abuela.
—Está en la sala. En el ataúd. Siempre ha estado ahí. Nunca salió. Todo fue un juego mental para cansarte, para quebrarte. Tienes que volver a entrar. Tienes que abrir la caja y quemarla.
Miré la distancia entre la escalera y la casa flotante. Cien metros de vacío.
—¿Cómo llego allá?
—Salta —dijo el cuervo.
—Me voy a matar.
—Ya te estás muriendo. ¿Qué más da? Es un salto de fe, Carlos. Si crees que puedes llegar, llegas. Si dudas… te caes al olvido.
Miré el abismo. Miré la casa. Vi una luz parpadeando en la ventana de la sala.
Cerré los ojos. Pensé en mi vida antes de esto. En mi trabajo aburrido, en mi café de las mañanas, en el tráfico. Cosas que odiaba y que ahora daría todo por recuperar.
—Hazlo por la abuela. Hazlo por mí —dijo el cuervo.
Tomé aire. Me subí al barandal.
—Chinga tu madre, pinche monstruo —grité al vacío.
Y salté.
La caída no fue hacia abajo. Fue hacia adelante. Sentí que volaba, impulsado por una fuerza invisible. El viento me azotaba la cara.
Aterricé rodando en el patio de la casa de la abuela. La tierra era real. El dolor del golpe en el hombro fue real.
Me levanté. La casa estaba tal como la recordaba al principio. Ventanas tapiadas. Silencio.
Pero ahora sabía la verdad. O al menos, una versión de la verdad.
Caminé hacia la puerta. Estaba abierta.
Entré. El pasillo estaba oscuro. El olor a podrido era más fuerte que nunca.
Llegué a la sala.
Ahí estaba el ataúd. Las cadenas y el candado estaban puestos de nuevo.
Y sentada en la mecedora, estaba mi abuela. Pero no tenía cabeza. Su cuerpo decapitado se mecía suavemente. Reech… reech…
En su regazo, sostenía un bidón de gasolina y una caja de cerillos.
Me acerqué.
—Gracias, abuela —susurré.
Tomé el bidón. Pesaba. Era real. Tomé los cerillos.
Me paré frente al ataúd.
—Carlos… —la voz de Beto vino desde adentro. Suave, llorosa—. ¿Vas a quemar a tu propio hermano?
—Tú no eres mi hermano —dije, rociando la gasolina sobre la madera. El olor penetrante del combustible cubrió el olor a muerte.
—Soy yo. Recuerda cuando te enseñé a andar en bici. Recuerda cuando nos robamos los mangos del vecino. Esos recuerdos son míos. Soy yo.
Dudé. La mano con los cerillos me tembló. Los recuerdos… eran tan vívidos.
—Ábreme, carnal. Solo una vez más. Déjame verte.
—No —dije, encendiendo un cerillo. La flama bailó, amarilla y azul.
—¡SI ME QUEMAS, TE QUEMAS TÚ TAMBIÉN! —rugió la voz, cambiando instantáneamente a la cacofonía demoníaca—. ¡ESTAMOS CONECTADOS! ¡SI YO MUERO, TÚ MUERES!
—Que así sea —dije.
Dejé caer el cerillo.
La gasolina prendió con un WOOSH explosivo.
El fuego envolvió el ataúd en segundos.
Desde adentro, se escuchó un grito que no pertenecía a este mundo. Un alarido que rompió los vidrios de la vitrina y hizo temblar el suelo.
El ataúd empezó a sacudirse violentamente. Las cadenas se pusieron al rojo vivo.
Y entonces, sentí el calor. No en la cara. En todo el cuerpo.
Me miré las manos.
Mis manos estaban ardiendo.
Mis brazos estaban ardiendo.
Yo estaba ardiendo.
El cuervo tenía razón. Estábamos conectados.
Pero no sentí dolor. Sentí… limpieza.
Vi cómo la tapa del ataúd se partía por el calor. Y vi a la cosa tratando de salir entre las llamas. Ya no tenía la cara de Beto. Era una calavera negra, carbonizada, gritando maldiciones.
—Muérete de una vez —grité, mientras el fuego me consumía la visión.
El mundo se volvió blanco.
—¡Joven! ¡Joven, despierte!
Abrí los ojos.
Dolor. Dolor en todas partes.
Estaba acostado boca arriba. Veía el cielo nocturno, lleno de estrellas. Y veía la cara de un paramédico inclinada sobre mí.
—¡Tenemos pulso! —gritó el paramédico—. ¡Lo recuperamos!
Giré la cabeza. Me dolía el cuello horrores.
Vi mi coche. El Chevy. Estaba volcado en una zanja, destrozado. Humo salía del motor.
A unos metros, vi otro cuerpo cubierto con una sábana blanca.
—¿Lu… Lupe? —pregunté, con la voz rasposa, como si hubiera tragado humo.
El paramédico me miró con tristeza. —Lo siento, hijo. La señora no lo logró.
Cerré los ojos. Las lágrimas rodaron por mis sienes. Lupe estaba muerta. El cuervo no mintió.
—¿Y… y mi abuela? —pregunté.
—¿Su abuela venía con ustedes? —preguntó el paramédico, alarmado—. Solo encontramos a dos personas en el auto.
—No… en la casa. En el pueblo.
El paramédico intercambió una mirada con un policía que estaba ahí.
—Hijo, venimos de San Isidro. Fuimos a la casa que nos reportaron los vecinos por el ruido.
—¿Qué encontraron?
—La casa se quemó, hijo. Completamente. Hubo un incendio voraz. Dicen los bomberos que debió empezar hace horas, quizás días. Solo quedaron cenizas.
Me quedé mirando las estrellas.
La casa se quemó. Yo la quemé. En ese otro lugar. En el Pabellón. Y el fuego cruzó a este lado.
—Pero… —el policía se acercó—. Encontramos algo raro entre los escombros.
—¿Qué?
—En medio de la sala, donde se cayó el techo… había un ataúd. De pino. Intacto. El fuego no lo tocó. Ni un rasguño.
Sentí que el corazón se me paraba de nuevo.
—¿Y… estaba abierto?
—No. Estaba cerrado con un candado que parece nuevo. Y tenía una nota pegada con cera encima.
—¿Qué decía la nota?
El policía sacó una bolsita de evidencia. Adentro había un papel quemado en las orillas. Me lo mostró.
Con una letra infantil, temblorosa, la misma letra de Beto cuando aprendió a escribir, decía:
“Gracias por el fuego, carnal. Ahora ya no tengo frío. Nos vemos pronto.”
El policía guardó la nota.
—Vamos a tener que abrir ese ataúd para identificar el cuerpo —dijo.
—¡No! —grité, tratando de levantarme, pero los paramédicos me sujetaron—. ¡No lo abran! ¡Por el amor de Dios, no lo abran!
—Tranquilo, hijo, es el sedante…
Me inyectaron algo en el brazo.
Mientras mi consciencia se desvanecía de nuevo, vi a lo lejos, en el borde de la carretera, parado junto a la cinta amarilla de precaución.
Era Beto.
Estaba parado, perfecto, sano, con su traje azul impecable. Me sonrió. Y se llevó un dedo a los labios.
Shhh.
Y entonces, guiñó un ojo.
El ojo era amarillo.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la oscuridad, sabiendo que el juego no había terminado. Apenas acababa de empezar.
PARTE 3: LA INFECCIÓN
CAPÍTULO 5: EL SILENCIO DE LA MORGUE
Despertar no fue un alivio. Fue una caída lenta y dolorosa de regreso a una realidad que se sentía ajena, como ponerse un zapato que te queda dos tallas chico.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue el blanco aséptico del techo. No había estrellas, no había fuego, no había cuervos parlantes. Solo tubos fluorescentes zumbando con esa frecuencia eléctrica que te taladra el cerebro si prestas suficiente atención.
Intenté moverme, pero mis muñecas estaban sujetas a los barandales de la cama con correas de cuero grueso.
—¿Hola? —grazné. Mi garganta se sentía como si hubiera tragado vidrios molidos.
—Ah, la Bella Durmiente despertó —dijo una voz masculina a mi izquierda.
Giré la cabeza. Sentado en una silla de plástico, leyendo un periódico deportivo, había un policía. No era el joven asustado de la carretera. Este era un hombre mayor, de esos con cara de bulldog y piel curtida por el sol y la corrupción, con el uniforme desabotonado en el cuello y una mancha de salsa en la camisa.
—¿Dónde estoy? —pregunté, jalando inútilmente las correas.
—Hospital General de Querétaro. En el área de detenidos —dijo el policía, pasando la página sin mirarme—. Tienes suerte, muchacho. Los doctores dicen que tienes quemaduras de segundo grado en los brazos y un golpe en la cabeza que mataría a un burro, pero estás vivo.
—Mi tía… —La memoria me golpeó como un mazo—. Lupe.
El policía bajó el periódico y me miró. Sus ojos eran oscuros, inexpresivos.
—Tu tía está en la morgue, chavo. Lo siento.
Cerré los ojos, tragándome el sollozo. Lupe. La abuela. Todos muertos. Y yo aquí, amarrado como un animal rabioso.
—¿Por qué estoy amarrado?
—Porque cuando te trajeron, intentaste morderle la nariz a una enfermera mientras gritabas que era un “nahual”. —El policía se rió por lo bajo, una risa seca y fumadora—. Y porque el Ministerio Público te quiere bien quietecito. Eres el principal sospechoso de un doble homicidio e incendio provocado.
—Yo no lo hice —susurré, sabiendo que era inútil—. Fue… fue algo más.
—Sí, sí. El monstruo de las ramas. Ya leímos el reporte de los oficiales de San Isidro. —El policía se inclinó hacia adelante, y su tono burlón cambió a algo más serio, casi confidencial—. Mira, cabrón. Yo he visto muchas cosas raras en este trabajo. Gente que se mata por nada, gente que hace brujería. Pero lo que encontraron en esa casa… eso está cabrón.
—¿Qué encontraron? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—El ataúd —dijo.
—Me dijeron que estaba intacto.
—Intacto es poco. —El policía miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchara—. Los bomberos dijeron que el fuego estaba a mil grados ahí dentro. Se derritió el candelabro de bronce, se hicieron ceniza los muebles. Pero la caja de pino… ni se entibió. Estaba fría al tacto cuando la sacaron.
—No lo abran —supliqué—. Por favor, dígame que no lo abrieron.
El policía suspiró y sacó una cajetilla de cigarros, aunque sabía que no podía fumar ahí. Solo jugueteó con uno entre los dedos.
—Se lo llevaron al SEMEFO (Servicio Médico Forense) hace dos horas. El fiscal dio la orden. Querían identificar el cuerpo y ver si tenía signos de violencia previos al incendio.
—¡Tienen que detenerlos! —Grité, sacudiendo la cama con violencia—. ¡Si abren esa caja, va a salir!
—¡Cállate! —Me dio un golpe rápido en la pierna con el periódico enrollado—. Ya lo abrieron, pendejo. Hace una hora.
Me quedé helado. El silencio en la habitación se volvió absoluto.
—¿Y? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Qué pasó?
El policía se quedó mirando el cigarro apagado. Su expresión se oscureció. Vi un temblor leve en sus manos.
—No sé bien. —Su voz bajó de volumen—. Mi compadre Ramírez estaba de guardia en la puerta de la morgue. Me mandó un mensaje hace rato. Dijo que el forense, el Doctor Arriaga, abrió el candado con una cizalla porque no tenían llave.
—¿Y qué había adentro?
—Ramírez dijo que… que no había cuerpo.
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. —¿Estaba vacío?
—No. Dijo que estaba lleno de tierra. Igual que tú dijiste en tu declaración de loco. Pero… —El policía tragó saliva—. Dijo que la tierra se movía. Que salieron insectos. Muchos. Escarabajos negros, ciempiés, arañas de esas patonas. Miles de ellos. Llenaron la plancha en segundos.
Me imaginé la escena. El forense gritando, los insectos cubriendo el piso blanco, subiendo por las batas.
—¿Y luego?
—Luego Ramírez dejó de contestar. Le he marcado tres veces. Me manda a buzón. —El policía se levantó, visiblemente nervioso—. Debe ser la señal. En el sótano siempre falla la señal.
—No es la señal —le dije, mirándolo fijamente—. Ya empezó. Se está extendiendo.
—Cállate el hocico —me espetó, pero vi el miedo en sus ojos—. No me vengas con tus cuentos de espantos. Seguro se les fue la luz o algo.
En ese momento, las luces de nuestra habitación parpadearon. Zzzzt. Se apagaron un segundo y volvieron a encenderse, pero con menos intensidad. Un tono amarillento, enfermizo, reemplazó al blanco brillante.
El policía llevó la mano a su funda, desabrochando el seguro de su arma.
—Pinche mantenimiento… —murmuró.
—Oficial —dije, tratando de mantener la calma—. Suélteme. Si viene para acá, necesito poder correr. Si me deja amarrado, me va a matar. Y luego lo va a matar a usted.
—Nadie va a matar a nadie. —Se acercó a la puerta y miró hacia el pasillo por la ventanilla de vidrio—. Está todo tranquilo. Voy a ir a la estación de enfermería a pedir un café y a que chequen la luz. Tú no te muevas.
—¡No me deje solo!
Pero el policía ya había salido, cerrando la puerta con seguro desde afuera.
Me quedé solo en la penumbra amarilla.
Intenté zafarme de nuevo. El cuero me quemaba las muñecas, pero no cedía. Empecé a respirar hondo, tratando de controlar el pánico. Piensa, Carlos. Piensa.
Recordé la nota. “Gracias por el fuego… ahora ya no tengo frío”.
El fuego. El fuego purifica, pero también transforma. Si Beto —o la cosa— había absorbido la energía del incendio, ahora era más fuerte. Ya no necesitaba la oscuridad de la casa de adobe. Ahora podía caminar bajo las luces fluorescentes.
Escuché un ruido.
Venía de la ventilación. Una rejilla metálica en la pared, cerca del techo.
Ras… ras… ras.
Sonaba como uñas rascando metal. O patitas. Miles de patitas.
Miré la rejilla. Estaba atornillada. Pero algo empujaba desde adentro. El metal se combaba hacia afuera.
De repente, un líquido negro empezó a gotear de la rejilla. Plip… plip… Cayó al suelo y formó un charco pequeño.
El charco se movió. No era líquido. Eran hormigas. Hormigas negras, grandes, de esas que en el pueblo llaman “arrieras” pero más gordas, más brillantes.
Empezaron a marchar hacia la pata de mi cama.
—¡AYUDA! —Grité con todas mis fuerzas—. ¡ENFERMERA! ¡POLICÍA!
Nadie vino. El pasillo estaba en silencio.
Las hormigas subieron por la pata metálica de la cama. Una columna negra, disciplinada, rápida. Llegaron a la sábana. Sentí sus patitas frías sobre mis piernas a través de la tela delgada de la bata.
Sacudí las piernas violentamente.
—¡Quítense! ¡Lárguense!
Pero no me mordieron. No me atacaron.
Se agruparon en mi pecho. Cientos de ellas. Y empezaron a formar figuras. Como un código QR vivo y grotesco. Se amontonaron, se entrelazaron.
Formaron una cara.
Una cara pequeña, negra, hecha de insectos vivos, que me miraba desde mi propio esternón.
La cara movió la “boca”.
—Hola, Carlitos… —susurró la cara de hormigas. La voz no era sonido, era vibración en mi pecho, resonando en mis costillas—. Me gusta este lugar. Hay mucha gente. Mucha comida.
—Vete al diablo —lloré, tratando de aplastarlas con mi barbilla, lo único que podía mover.
—El diablo no existe, tontito. Solo existe el hambre. —La cara se deshizo y las hormigas empezaron a caminar hacia mi cuello—. Tu amigo el policía tenía razón. El Doctor Arriaga gritó muy bonito. Pero Ramírez… Ramírez fue más divertido. ¿Quieres ver?
Las hormigas se dispersaron de mi pecho y bajaron al suelo, marchando de regreso a la rejilla.
La puerta de la habitación se abrió.
Entró el policía. El bulldog.
Suspiré de alivio. —¡Oficial! ¡Hay insectos! ¡Entraron por la rejilla! ¡Ayúdeme, por favor!
El policía no respondió. Entró y cerró la puerta lentamente. Se quedó parado ahí, de espaldas a mí, mirando la puerta cerrada.
—¿Oficial?
El hombre se giró lentamente.
Su uniforme estaba impecable. Demasiado impecable. La mancha de salsa ya no estaba. Sus zapatos brillaban.
Pero su cara…
Su cara estaba relajada. Demasiado relajada. Como si los músculos hubieran perdido toda tensión. La boca estaba ligeramente abierta.
—Ramírez me mandó un mensaje —dijo el policía. Su voz sonaba normal, pero carente de entonación. Plana—. Dijo que bajaras.
—¿Qué?
—Que bajes a la morgue. Quieren que identifiques… lo que quedó.
Se acercó a la cama. Caminaba raro. Sus rodillas no se doblaban bien. Caminaba con las piernas rígidas, dando pasos pesados. Pum, pum, pum.
—Oficial, usted no está bien. —Me pegué al cabecero de la cama—. Llame a un doctor.
El policía llegó a mi lado. Se inclinó sobre mí. Olía a formol. Y a tierra.
—No necesito un doctor —dijo—. Necesito que veas.
Sacó una navaja de su bolsillo. Pensé que me iba a cortar la garganta. Cerré los ojos, esperando el final.
Pero sentí que cortaba las correas de mi mano derecha. Luego la izquierda.
Abrí los ojos, confundido. —¿Me va a soltar?
—Eres el invitado de honor —dijo, cortando las correas de los pies—. No puedes llegar amarrado a la fiesta.
Me senté en la cama, frotándome las muñecas adoloridas. El policía se quedó ahí, parado como un maniquí, con la navaja en la mano.
—Vete —dijo—. Baja las escaleras. Sigue el rastro.
Miré al suelo. Desde la puerta, había un rastro sutil de tierra negra que salía hacia el pasillo.
No pregunté. No dudé. Me bajé de la cama descalzo y corrí hacia la puerta. Abrí y salí al pasillo.
El hospital estaba desierto.
No había enfermeras en la estación. Las computadoras estaban encendidas, los teléfonos parpadeaban con llamadas en espera, pero no había nadie. Había carritos de medicinas abandonados a mitad del pasillo. Un vaso de café derramado en el suelo, todavía humeante.
Era como si todos hubieran desaparecido en un segundo.
Seguí el rastro de tierra. No porque quisiera obedecer al policía, sino porque mi instinto me decía que la única salida era atravesar el horror, no huir de él. Hacia afuera las puertas estaban cerradas electrónicamente. La única zona con acceso libre (según los letreros de evacuación) era el sótano.
Corrí. Mis pies descalzos hacían plap-plap en el linóleo frío.
Bajé por las escaleras de emergencia. Primer piso. Planta baja. Sótano.
El aire se volvió más frío a medida que bajaba. Y el olor… el olor a formol se intensificaba, mezclándose con ese hedor dulzón a flores podridas que ya conocía tan bien.
Llegué a la puerta doble de metal que decía: “PATOLOGÍA / MORGUE – PROHIBIDO EL PASO”.
La puerta estaba entreabierta. Una luz blanca, cegadora, salía de ahí.
Empujé la puerta y entré.
La morgue era una sala grande, llena de planchas de acero inoxidable. Y en todas las planchas había cuerpos cubiertos con sábanas.
Pero no estaban quietos.
Las sábanas se movían. Se agitaban levemente, como si los cuerpos debajo estuvieran respirando, o temblando de frío.
En el centro de la sala, bajo la luz principal, estaba el ataúd de pino. Abierto.
Y de pie junto al ataúd, dándome la espalda, había un hombre con bata de médico.
—¿Doctor Arriaga? —pregunté, mi voz retumbando en la acústica de azulejos.
El hombre se giró.
Era el forense, sí. Un hombre calvo, con lentes. Pero sus lentes estaban rotos. Y su boca… su boca estaba llena de tierra. La tierra se desbordaba por sus labios, cayendo sobre su bata blanca, manchándola de negro.
—Llegaste… —dijo, escupiendo tierra con cada sílaba.
—¿Dónde está mi hermano? —pregunté, sintiendo una extraña calma. La calma del que sabe que ya está jodido.
El forense señaló una de las gavetas refrigeradas en la pared. La gaveta número 13.
—Él no está aquí. Él está en todos lados. Pero te dejó un regalo.
El forense se desplomó. Cayó al suelo como un saco de papas, inerte. La tierra dejó de salir de su boca.
Me quedé solo con el zumbido de los refrigeradores y el movimiento de las sábanas en las planchas.
Caminé hacia la gaveta 13.
Sabía que no debía abrirla. Sabía que era una trampa. Pero la curiosidad es la maldición de nuestra especie. Y la esperanza, la condena.
Agarré la manija fría de metal. Tiré.
La bandeja se deslizó hacia afuera con un rodamiento suave.
Había una bolsa para cadáveres negra. El cierre estaba abajo.
Bajé el cierre lentamente.
Apareció el cabello negro. La frente. Los ojos cerrados. La nariz.
Era Beto. Mi hermano. Mi verdadero hermano.
Se veía en paz. No tenía muecas de dolor. No tenía la piel arrancada. Parecía dormido. Incluso tenía color en las mejillas.
Toqué su cara. Estaba tibia.
—¿Beto? —susurré, sacudiéndolo suavemente.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Eran sus ojos. Normales. Cafés oscuros, con esa manchita en el iris izquierdo que tenía de nacimiento.
Me miró, confundido, asustado.
—¿Carlos? —su voz era débil, rasposa—. ¿Qué pasó? Soñé que… soñé que estaba en una caja. Que me ahogaba.
Empecé a llorar. Lloré como un niño, abrazándolo.
—Estás vivo, cabrón. Estás vivo. —Lo saqué de la bolsa, ayudándolo a sentarse—. Todo fue una pesadilla. Todo fue una pinche locura.
Beto me abrazó de vuelta. Sentí su corazón latiendo contra mi pecho. Pum-pum. Pum-pum. Fuerte. Real.
—Sácame de aquí, carnal —me dijo al oído—. Tengo frío.
—Vámonos. Vámonos ahorita mismo.
Lo ayudé a bajar de la plancha. Estaba desnudo, así que me quité mi bata y se la puse. Yo me quedé en ropa interior, pero no me importaba. Tenía a mi hermano.
Caminamos hacia la salida. Los cuerpos en las otras planchas dejaron de moverse. El silencio volvió a ser normal. Incluso la luz parecía menos agresiva.
Salimos al pasillo del sótano. Subimos las escaleras.
—¿Qué pasó con la abuela? —preguntó Beto mientras subíamos.
Me tensé. —Hubo un accidente, Beto. La casa… se quemó. La abuela y Lupe… no lo lograron.
Beto se detuvo en el escalón. Bajó la cabeza.
—Es mi culpa, ¿verdad?
—No. No digas eso. Fueron unos ladrones. Tú estabas perdido en el monte. Te encontraron después.
Beto levantó la vista. Me sonrió tristemente.
—Gracias por defenderme, Carlos. Siempre me defiendes.
Llegamos a la planta baja. La recepción del hospital estaba llena de gente. Pacientes, enfermeras, policías. Todo normal. El mundo había vuelto a girar.
Nadie nos detuvo. Parecía que mi condición de detenido se había borrado, o que en el caos del cambio de turno nadie se fijaba en dos tipos semidesnudos saliendo del sótano.
Salimos a la calle. Era de noche todavía, pero ya se veía el amanecer en el horizonte. El aire fresco de la ciudad me llenó los pulmones.
—Necesitamos un taxi —dije, buscando en mis bolsillos, recordando que no traía pantalones ni cartera—. Mierda.
—No te preocupes —dijo Beto—. Podemos caminar.
—¿A dónde? Estamos en Querétaro.
—No, carnal. —Beto señaló hacia el horizonte—. Mira bien.
Miré hacia donde apuntaba su dedo.
Las luces de la ciudad parpadeaban. Y más allá de los edificios, no se veían montañas normales.
Se veían sombras gigantescas. Colosos de piedra negra que tocaban el cielo. Y el cielo… el cielo no era azul oscuro. Era violeta. Un violeta enfermizo, con nubes que giraban en espiral.
Bajé la vista a la calle. Los coches pasaban, pero no hacían ruido. La gente caminaba, pero no tenían rostros. Eran maniquíes lisos.
—¿Qué es esto? —retrocedí, soltando a Beto.
Beto se rió. Pero no fue la risa de mi hermano. Fue esa risa múltiple, superpuesta.
—Te dije que el fuego transforma, Carlos. —La voz de Beto se distorsionó—. Quemaste mi cuerpo en el otro lado. Rompiste el ancla. Pero no me mataste. Me liberaste.
El cuerpo de Beto empezó a crecer. Su piel se rasgó como ropa vieja. Debajo no había carne. Había luz. Una luz negra, de vacío.
—Ahora no solo soy yo. Ahora somos todos. Tú nos trajiste a tu mundo. Tú eres el Paciente Cero.
Miré a mi alrededor. Los maniquíes en la calle se detuvieron al unísono. Todos giraron sus cabezas lisas hacia mí.
En sus caras sin rasgos, se abrieron sonrisas verticales.
—Bienvenido a la nueva San Isidro, carnal.
Beto —o la cosa que ahora era luz y vacío— extendió una mano hacia mí.
—¿Quieres ver lo que hay detrás del cielo?
Retrocedí, chocando contra la pared de cristal del hospital.
No había escapatoria. No había hospital seguro. No había policía. La infección ya no era física. Era ontológica. Había reescrito la realidad.
Miré mi mano. La mano con la que había abrazado a mi hermano.
Mis dedos se estaban volviendo negros. Se estaban convirtiendo en tierra.
Me soplé la mano. El dedo índice se deshizo en polvo y voló con el viento.
No dolía.
—¿Estoy muerto? —pregunté al vacío.
—Peor —dijo Beto, creciendo hasta ser más alto que el hospital—. Estás despierto.
Y entonces, el cielo violeta se rompió como un cristal. Y detrás del cielo, un ojo gigante, del tamaño de la luna, nos miró.
Era el ojo de mi abuela.
—A comer, mijo —retumbó la voz en el universo.
Y la oscuridad bajó, no como una cortina, sino como una boca que se cierra.
CAPÍTULO 6: EL PROTOCOLO DE LOS SILENCIADOS
El reporte oficial —ese papelajo lleno de sellos negros y mentiras burocráticas que redactó la SEDENA— decía que el caso estaba cerrado. Decía que el Hospital General de Querétaro había sido evacuado por una “fuga de gas masiva” y que el posterior colapso estructural se debió a una explosión subterránea.
Puras pendejadas.
Me llamo Julián Salinas. Soy, o era, Comandante del Grupo de Respuesta Inmediata a Desastres Biológicos (GRID-B). Mi trabajo no es salvar gente. Mi trabajo es limpiar el desastre cuando la gente ya no puede ser salvada. He estado en fosas clandestinas en Veracruz, en laboratorios de metanfetamina que explotaron soltando químicos desconocidos en Michoacán, y en pueblos donde el agua del grifo salía con cólera.
Pero nada, absolutamente nada en mis veinte años de servicio, me preparó para lo que encontramos esa madrugada en el kilómetro 15 de la carretera a Celaya.
La llamada nos llegó a las 05:30 horas. Código Negro. Eso significa “Amenaza Biológica Desconocida / Contención Total Requerida”. Nos desplegamos en dos helicópteros Black Hawk y tres unidades terrestres blindadas.
Cuando llegamos al perímetro, la Guardia Nacional ya había acordonado dos kilómetros a la redonda. Los chamacos de la Guardia estaban pálidos, vomitando detrás de sus patrullas o rezando el rosario.
—¿Cuál es la situación, Teniente? —le pregunté al oficial a cargo en la barrera de contención.
El Teniente me miró. Tenía los ojos desorbitados, pupilas dilatadas.
—Comandante… no entran las llamadas. Ni el radio.
—¿Inhibidores de señal? —pregunté, ajustándome el chaleco táctico.
—No, señor. —El Teniente tragó saliva—. Es el aire. El aire se come el sonido.
Lo miré con desprecio. —Déjese de poesías y dime qué carajos pasa en el hospital.
—Entraron dos patrullas hace una hora para verificar un disturbio. No salieron. Entró una ambulancia. No salió. Y luego… luego el edificio empezó a gritar.
—¿A gritar? ¿Como una alarma?
—No, señor. Como una persona.
Le hice una seña a mi equipo. Éramos doce operadores. Los mejores. Trajes NBQ (Nucleares, Biológicos, Químicos) de nivel 4, rifles de asalto con munición perforante e incendiaria, y lanzallamas. Si algo biológico se salía de control, nosotros éramos la cura de fuego.
—¡Equipo Alfa, conmigo! ¡Bravo y Charlie, aseguren perímetro! —ordené por el intercomunicador del casco. La estática era fuerte, pero la voz pasaba.
Avanzamos hacia el hospital a pie.
La primera señal de que las leyes de la física se habían ido al carajo fue la vegetación. El hospital estaba rodeado de un estacionamiento de asfalto y concreto. Pero el asfalto estaba roto. Árboles negros, retorcidos, con espinas del tamaño de un dedo humano, habían brotado del suelo rompiendo el pavimento.
No eran árboles normales. No tenían hojas. Tenían… pelos. Hebras finas y negras que se movían sin viento.
—Comandante, cheque esto —dijo “Ruso”, mi especialista en demoliciones.
Se agachó junto a una grieta en el suelo. Metió un medidor de radiación.
—¿Radiactividad? —pregunté.
—Negativo. Cero. Literalmente cero. Ni siquiera la radiación de fondo normal. Es como si este lugar estuviera muerto a nivel atómico.
—Avancen. Ojos abiertos.
Llegamos a la entrada principal del hospital. Las puertas automáticas de cristal estaban destrozadas, pero no había vidrios en el suelo. Los vidrios estaban flotando.
Sí, flotando.
Miles de fragmentos de cristal templado estaban suspendidos en el aire, girando lentamente en espiral, formando un arco brillante y peligroso sobre la entrada.
—¿Qué chingados…? —murmuró Vázquez, el médico del equipo.
—Nadie toque nada. Pasen por debajo. Rápido.
Entramos al lobby.
El silencio nos golpeó como un puñetazo físico. Afuera se oía el viento, los helicópteros a lo lejos. Adentro, nada. Mis propias botas sobre el piso de mármol no hacían ruido. Era como estar bajo el agua.
El lugar apestaba. Olía a ozono, a tierra mojada y a algo dulce, empalagoso, como nardos en un velorio de tres días.
—Luces tácticas —ordené.
Los haces de luz cortaron la penumbra.
El lobby estaba “decorado”.
No había otra palabra para describirlo. Las paredes no eran de yeso o concreto. Estaban cubiertas por una sustancia orgánica, una membrana pulsante de color grisáceo que se parecía a la piel de un elefante enfermo. Y en esa membrana, había cosas incrustadas.
Sillas de ruedas. Monitores de computadora. Expedientes médicos. Y ropa. Uniformes de enfermera, batas de doctor, ropa de civil.
Pero no había cuerpos.
—¿Dónde está la gente? —preguntó Ruso, su voz temblando ligeramente por el intercomunicador—. Este hospital tiene capacidad para trescientas camas. Más el personal. Debería haber mil personas aquí.
—Rastreen calor —ordené.
Vázquez levantó el escáner térmico.
—Lecturas extrañas, jefe. Todo el edificio tiene temperatura corporal. 36 grados. Las paredes, el techo, el piso. Todo está “vivo”.
—Busquen el foco. La señal de calor más fuerte.
—Viene de abajo —dijo Vázquez—. Del sótano. La morgue.
—Vamos para allá. Formación diamante. Fuego a discreción si ven algo hostil.
Avanzamos hacia los elevadores. Obviamente no funcionaban. Las puertas estaban fundidas, como si el metal se hubiera derretido y vuelto a solidificar en formas orgánicas que parecían costillas.
Fuimos a las escaleras de emergencia.
Al abrir la puerta de la escalera, el olor se volvió insoportable. Varios de mis hombres tuvieron arcadas dentro de sus cascos.
—Máscaras al 100%. Nadie respire aire exterior —advertí.
Empezamos a bajar.
En el primer descanso, encontramos al primer “paciente”.
Era un policía. O lo que quedaba de él.
Estaba fusionado a la pared. La mitad de su cuerpo había sido absorbida por el concreto. Su torso sobresalía, pero su piel se había vuelto gris y dura, como piedra pómez. Su boca estaba abierta en un grito eterno, pero estaba llena de raíces negras que le salían por la garganta y se conectaban al techo.
—Dios santo… —murmuró Vázquez, acercándose para tomar signos vitales, aunque era obvio que estaba muerto.
—No lo toques —dije.
—Jefe… tiene pulso.
Me detuve en seco. —¿Qué?
—Mire el monitor. —Vázquez puso el sensor sobre el cuello de piedra del policía—. 40 pulsaciones por minuto. Lentas, pero rítmicas. No está muerto. Está hibernando.
El policía de piedra abrió los ojos.
No tenía pupilas. Sus ojos eran blancos, lechosos.
—Ayuda… —La palabra no salió de su boca. Salió de las raíces que vibraron en el techo, produciendo un sonido similar a una cuerda de violín desafinada.
—¡Atrás! —Grité, levantando mi rifle.
Las raíces del techo se movieron. Se dispararon hacia nosotros como látigos.
—¡CONTACTO! —gritó Ruso, abriendo fuego.
Las balas trazadoras iluminaron la escalera. Impactaron en las raíces, cortándolas, salpicando un líquido negro y viscoso que siseaba al tocar el suelo.
El policía de piedra gritó. Un alarido sónico que nos aturdió a todos.
—¡NO SOMOS NOSOTROS! ¡ES ÉL! ¡ÉL TIENE HAMBRE! —vibraron las raíces.
—¡Quémenlo! —ordené. No había opción. Eso no era un hombre. Era una trampa.
El especialista en lanzallamas, un cabo apodado “Mecha”, dio un paso al frente y soltó un chorro de napalm líquido.
El fuego envolvió al policía y a las raíces. El olor a carne quemada se mezcló con el olor a tierra. Los gritos cesaron, reemplazados por el crujido del fuego.
—Bajen. ¡Muévanse, carajo! —Empujé a mi equipo escaleras abajo. Si nos quedábamos ahí, el humo nos iba a cegar o asfixiar, incluso con los trajes.
Llegamos al sótano. La puerta de la morgue había desaparecido. En su lugar había un agujero irregular, bordeado de dientes. Sí, dientes humanos gigantes, del tamaño de ladrillos, incrustados en el marco de la puerta.
—¿Qué mierda es esto? ¿Resident Evil? —dijo Ruso, tratando de usar el humor para no cagarse encima. Nadie se rió.
—Entramos. Mecha, tú vas al frente. Si algo se mueve, lo conviertes en ceniza.
Cruzamos el umbral de dientes.
La morgue ya no era una sala de hospital. Era una cueva.
Las baldosas blancas habían desaparecido, cubiertas por toneladas de tierra negra y húmeda. Estalactitas de esa sustancia gris orgánica colgaban del techo, goteando baba.
Y en el centro de la sala, había una montaña.
Una montaña de cuerpos.
Cientos de personas. Enfermeras, doctores, pacientes, policías. Estaban apilados unos sobre otros, desnudos, pero no de forma caótica. Estaban entrelazados. Sus extremidades se fusionaban. El brazo de uno se convertía en la pierna del otro. Sus espaldas estaban unidas.
Formaban una estructura. Un capullo gigante hecho de carne humana.
Y todos respiraban al mismo tiempo.
Inhala… Exhala…
La montaña de carne se inflaba y se desinflaba.
—Madre de Dios… —susurró Vázquez.
—Comandante… —Mecha señaló hacia la cima de la montaña de cuerpos—. Mire allá arriba.
En la cúspide de esa abominación, había un trono. Un trono hecho de huesos negros.
Y sentado en el trono, había un hombre joven. Estaba desnudo, pero su piel brillaba con vetas doradas y negras, como si tuviera lava oscura corriendo por sus venas.
Era el único que tenía los ojos abiertos. Ojos normales. Cafés.
Nos miró y sonrió. Una sonrisa triste, cansada.
—Llegaron tarde —dijo el joven. Su voz era normal. No había distorsión, ni efectos demoníacos. Era la voz de un muchacho asustado que se había resignado a su destino.
—Identifíquese —grité, apuntándole a la cabeza con mi rifle. El punto láser rojo bailaba en su frente.
—Soy Carlos —dijo—. O lo que queda de él.
—¿Tú hiciste esto? —Señalé la montaña de cuerpos.
—No. Yo soy la puerta. Ellos… —acarició la cabeza de una anciana que formaba parte del brazo de su trono—… ellos son el combustible.
—Baje de ahí. Manos arriba.
Carlos soltó una risa suave. —Comandante, no entiendes. No estoy sentado sobre ellos. Soy parte de ellos.
Levantó su brazo derecho. Al hacerlo, diez personas en la base de la montaña gritaron de dolor, como si les hubieran jalado los nervios.
—Estamos conectados. Si me disparas a mí, los matas a todos. Si me quemas, sientes el fuego tú también.
—Tengo órdenes de contener esta amenaza. Si tengo que matar a todos para que esto no salga de aquí, lo haré.
Carlos negó con la cabeza.
—Ya salió, Comandante. ¿No revisó su celular antes de entrar?
Me tensé. —¿De qué hablas?
—La señal. El WiFi del hospital. La red 5G. El Chaneque no es estúpido. Es viejo, pero aprende rápido. Entendió que en este siglo, la mejor forma de viajar no es por la tierra. Es por la luz.
—Ruso, dame un escaneo de señales —ordené, sintiendo un sudor frío en la nuca.
Ruso miró su dispositivo de muñeca. Se puso pálido.
—Comandante… hay una transmisión de datos masiva saliendo de este punto. Terabytes por segundo. Está usando la antena del hospital como repetidor.
—¿Qué está transmitiendo? —pregunté.
—No es código binario, jefe. Es… es audio. Es una frecuencia. Y… patrones visuales. Está subiendo videos a servidores en todo el mundo. YouTube, TikTok, Facebook.
Miré a Carlos. Él seguía sonriendo.
—La gente ve el video —dijo Carlos suavemente—. Y al verlo, abren la puerta en su mente. El Chaneque entra por los ojos. Se incuba en el miedo.
—¡Corta la maldita señal! —le grité a Ruso.
—¡No puedo! ¡Está encriptada en el hardware! ¡Tendríamos que derribar la antena física!
—¡Mecha, quema esa montaña! ¡Ruso, pon cargas en los muros! ¡Vamos a tirar este edificio!
—¡NO! —gritó Carlos.
Pero no fue su voz. Fue la voz de la montaña. Las cientos de bocas de los cuerpos apilados se abrieron al mismo tiempo y gritaron con una potencia que rompió los visores de nuestros cascos.
¡EL DUEÑO NO PERMITE QUE SE VAYAN!
La tierra del suelo explotó.
Gusanos gigantes, del grosor de una pierna humana, salieron disparados del suelo. No eran gusanos biológicos. Eran amalgamas de intestinos y tierra.
Uno de ellos atrapó a Mecha. Se enroscó en su cintura y lo partió a la mitad como si fuera una galleta seca.
La sangre roció a todo el equipo.
—¡FUEGO A DISCRECIÓN! ¡MATEN TODO! —Grité, apretando el gatillo.
El caos se desató. Las balas volaban, arrancando pedazos de carne de la montaña, pero la masa biológica se regeneraba al instante. Las heridas se cerraban con costras de tierra negra.
Ruso lanzó una granada de fragmentación.
¡BOOM!
La explosión abrió un hueco en el costado de la montaña de cuerpos. Vi algo adentro.
No había órganos. Había un vacío. Un portal. Un remolino de color violeta y negro girando en el centro de la masa humana.
—¡Vázquez, las cargas! —grité. Ruso estaba muerto, atravesado por una estalactita que cayó del techo.
Vázquez corrió hacia los muros de carga, plantando C4 con manos temblorosas.
Yo me quedé cubriéndolo, disparando a las extremidades que trataban de agarrarlo.
Carlos, desde su trono, me miraba llorando.
—¡Mátame! —me gritó, con su voz humana—. ¡Apunta al portal! ¡Apunta a mi pecho! ¡Ahí está la conexión!
—¡Perdóname, hijo! —Apunté mi rifle al pecho de Carlos.
Pero antes de que pudiera disparar, el piso bajo mis pies desapareció.
Caí.
No caí en un agujero. Caí en una memoria.
De repente, ya no estaba en la morgue. Estaba en una casa de adobe. Olía a café de olla.
Una anciana me miraba desde una mecedora. No tenía ojos.
—Bienvenido a San Isidro, Comandante —dijo la anciana—. Llegas justo a tiempo para el pozole.
Me levanté. Tenía mi rifle, pero pesaba una tonelada. Mis botas se hundían en el piso de tierra.
—¿Dónde estoy? —grité.
—En la panza de la bestia —respondió la anciana—. O en tu propia mente. Da igual. Aquí el tiempo no pasa.
—¡Sal de mi cabeza! —Disparé a la anciana.
La bala le dio en la frente. No hubo sangre. Su cabeza se deshizo en humo.
Y el humo formó palabras en el aire.
“PROTOCOLO TIERRA QUEMADA: FALLIDO.”
“NUEVO PROTOCOLO: ASIMILACIÓN.”
Sentí un dolor agudo en el brazo izquierdo.
Miré hacia abajo.
Mi traje NBQ estaba roto. Y en mi piel, en mi antebrazo, había una mancha negra. Un pequeño lunar de tierra que crecía rápidamente, extendiendo raíces negras por mis venas.
La infección.
Levanté la vista. La “casa” se desvaneció y volví a estar en la morgue, cayendo al suelo.
Vázquez había detonado las cargas.
¡KABOOM!
El techo del hospital se vino abajo. Toneladas de concreto y acero cayeron sobre la montaña de carne, sobre Carlos, y sobre nosotros.
La luz del día entró por un segundo antes de que los escombros nos sepultaran.
Oscuridad.
Silencio.
Y luego… un sonido.
Bip… bip… bip…
Era mi radio. Sobrevivió.
—¿Comandante? ¿Comandante Salinas? Aquí Base Aérea. Reporte. Vimos la explosión. ¿Confirmamos destrucción del objetivo?
Traté de hablar. Mi boca estaba llena de polvo. Escupí.
Estaba atrapado bajo una losa de concreto. No podía mover las piernas. Mi brazo izquierdo, el infectado, no lo sentía.
—Base… —grazné—. El objetivo… no fue destruido.
—Repita, Comandante. Se le corta.
Miré a mi alrededor en la penumbra de los escombros.
A unos metros de mí, la cabeza de Carlos sobresalía de entre las piedras. Estaba vivo. Y la tierra negra estaba brotando de sus oídos, conectándose con el suelo, tejiendo una red nueva.
Carlos me miró. Su ojo izquierdo era humano. El derecho era el ojo del Chaneque.
—No puedes destruir lo que ya es parte de la tierra, Salinas —susurró Carlos—. Ahora somos semillas.
Toqué mi radio.
—Base… inicien Protocolo Lázaro.
—¿Protocolo Lázaro, señor? Eso es bombardeo termobuclear táctico. No podemos hacer eso en suelo nacional. Hay civiles en la zona.
—Ya no hay civiles —dije, sintiendo cómo las raíces negras llegaban a mi cuello—. Ya no hay nadie. Solo nosotros. Y Él. Bombardeen. Ahora.
—Señor, necesito confirmación de Presidencia.
—¡NO HAY TIEMPO! ¡YA SALIÓ A LA RED! ¡SI NO QUEMAN ESTO AHORA, MÉXICO DESAPARECE EN UNA SEMANA!
—Entendido, Comandante. Código Lázaro autorizado. Impacto en T-minus 2 minutos. Fue un honor, señor.
Solté el radio.
Miré a Carlos.
—Ganamos —le dije.
Carlos sonrió.
—¿Tú crees?
Carlos empezó a tararear una canción. Una canción de cuna.
Y entonces, mi celular, que estaba en mi bolsillo táctico, vibró.
Lo saqué con dificultad.
Tenía señal. 5G a tope.
Una notificación de Facebook.
“Carlos N. ha compartido un video en vivo.”
Le di play con mi dedo tembloroso.
En la pantalla, se veía mi propia cara. Se veía la morgue. Se veía la explosión. Y se veía cómo las raíces negras salían del cráneo de Carlos y se metían en la lente de la cámara del celular.
El video tenía 50 millones de vistas. En dos minutos.
Los comentarios pasaban a una velocidad ilegible:
“¿Qué es esto? Se ve real.”
“No puedo dejar de verlo.”
“Me duele la cabeza.”
“Oigo voces.”
“Mamá, hay tierra en mi cama.”
Dejé caer el celular.
No ganamos.
El bombardeo iba a destruir el hospital, sí. Iba a destruir nuestros cuerpos. Pero la idea… la imagen… el virus digital… ya estaba en la nube.
Miré al cielo, a través de las grietas de los escombros, esperando el misil. Esperando el fuego purificador.
Pero lo único que vi fue una nube negra en forma de mano, cerrándose sobre el sol.
—Comparte y suscríbete… —susurró la voz en mi cabeza justo antes de que el mundo se volviera blanco.
CAPÍTULO 7: EL ALGORITMO DE LA CARNE
El mundo no se acabó con una explosión nuclear, como en las películas. No hubo hongos atómicos visibles desde el espacio, ni invierno nuclear, ni zombies corriendo por las calles mordiendo gente. El fin del mundo comenzó mucho más discreto: con una notificación push en la pantalla de un celular.
Me llamo Sofía Valenzuela. Soy Analista Senior de Moderación de Contenido para una de las plataformas de redes sociales más grandes del mundo. Mi oficina está en un rascacielos de cristal en Santa Fe, Ciudad de México. Desde el piso 40, la ciudad parece una maqueta gris y smog, desconectada de la realidad.
Mi trabajo consiste en ver lo peor de la humanidad para que tú no tengas que hacerlo. Decapitaciones, maltrato animal, pornografía infantil, suicidios en vivo. Veo esas cosas, las etiqueto como “Violación de Normas Comunitarias”, y las borro. Soy un basurero digital. Tengo el alma callosa y los ojos cansados.
Pero la mañana del 29 de octubre, todo cambió.
Llegué a la oficina a las 8:00 AM. El ambiente estaba tenso. Había rumores de un “incidente mayor” en Querétaro. Las noticias decían que una fuga de gas había destruido el Hospital General y que el Ejército había acordonado la zona. Twitter (o X) estaba inundado de teorías de conspiración: que si fue un narco-bloqueo, que si fue un meteorito.
Me senté en mi cubículo, encendí mis tres monitores y me puse los audífonos.
—Oye, Sofí —me llamó Mateo, mi compañero de al lado. Un chico de veintidós años, gamer, adicto a las bebidas energéticas—. ¿Ya viste la cola de reportes? Está saturadísima.
—¿Qué es? —pregunté, logueándome en el sistema.
—Un solo video. Millones de resubidas. El algoritmo no lo está frenando. Lo tumba y aparecen diez más. Es el video de Querétaro.
—Pásame el ID. Lo reviso.
Mateo me mandó el enlace interno.
El archivo se llamaba: “Carlos_Live_Final.mp4”.
Hice clic.
El video comenzó.
La imagen era vertical, grabada con un celular. La calidad era increíblemente nítida, 4K, HDR, pero la iluminación era extraña. Se veía un lugar oscuro, lleno de escombros y polvo. Se escuchaban sirenas a lo lejos y un zumbido grave, constante.
En primer plano, apareció la cara de un hombre joven. Estaba cubierto de polvo y sangre seca. Su ojo derecho era normal, café, humano. Su ojo izquierdo… su ojo izquierdo era un agujero negro que parecía absorber la luz de la pantalla.
—No se vayan —dijo el hombre en el video. Su voz no salía por mis audífonos; sentí que vibraba dentro de mis muelas—. La transmisión apenas empieza.
Luego, la cámara giró. Mostró el caos. Mostró a soldados disparando a una montaña de cuerpos que se movían. Mostró raíces negras brotando del concreto. Y luego, mostró la explosión.
La pantalla se puso blanca.
Esperaba que el video terminara ahí. Pero no.
Después del blanco, la imagen volvió. Pero ya no era una grabación. Era… estática. Ruido visual. Patrones de colores violeta y negro que giraban en espiral.
Miré esos patrones y sentí un mareo repentino. Era como ver una ilusión óptica, pero dolía. Sentí un pinchazo detrás de los ojos.
—Es gore —dijo Mateo—. Tienen que bajarlo. Se ve gente destazada.
—No veo gente —murmuré, sin poder apartar la vista—. Solo veo… fractales.
—¿Qué? —Mateo se quitó los audífonos y se asomó a mi monitor—. No mames, Sofía. Ahí se ve clarito. Es un güey arrancándose la piel.
Parpadeé. La imagen cambió. Ahora veía lo que decía Mateo. El hombre del video se estaba rasgando la piel del pecho con las uñas, sonriendo. Pero debajo de la piel no había músculos. Había tierra.
Marqué el video: “Violencia Gráfica Extrema – Eliminar Inmediatamente – Banear IP”.
Le di Enter.
El sistema procesó la orden. Apareció una barra de carga verde. “Eliminando…”
La barra llegó al 100%.
Y luego, apareció un mensaje de error que nunca había visto en mis cinco años de carrera.
ERROR 666: EL ARCHIVO NO PUEDE SER ELIMINADO. EL ARCHIVO ES ADMINISTRADOR.
Me reí. Una risa nerviosa. —¿Qué clase de hacker hace esto? ¿Error 666? Qué cliché.
—Sofía… —la voz de Mateo sonó extraña. Húmeda.
Me giré hacia él.
Mateo estaba mirando su propia pantalla. Tenía los ojos muy abiertos, sin parpadear. Y por su nariz, estaba saliendo un hilo de sangre negra.
—Mateo, te sangra la nariz.
No me contestó. Seguía mirando el video.
—Es hermoso… —susurró Mateo.
Me levanté y le toqué el hombro.
Su camisa estaba mojada. No de sudor. De tierra. Una mancha de lodo estaba creciendo en su espalda, extendiéndose desde su nuca hacia abajo.
—¡Mateo!
Lo sacudí.
La cabeza de Mateo se desprendió de su cuello.
No hubo sangre. No hubo hueso. Su cabeza se deslizó como si fuera de barro fresco y cayó sobre el teclado con un sonido sordo. Plof.
Grité. Retrocedí, tropezando con mi silla.
El cuerpo de Mateo, decapitado, se quedó sentado. Sus manos seguían tecleando. Clack-clack-clack.
Miré la pantalla de Mateo. Estaba escribiendo un comentario en el video.
“ACEPTO LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES. ACEPTO LA TIERRA. ACEPTO AL DUEÑO.”
Luego, el cuerpo se deshizo. Se derritió sobre la silla ergonómica Herman Miller, convirtiéndose en un montículo de tierra negra y gusanos que cayeron al suelo alfombrado de la oficina.
Se activó la alarma de incendios.
Miré alrededor. El caos se había desatado en el piso 40.
Gritos. Gente corriendo.
Vi a mi jefa, Laura, parada en medio del pasillo. Se estaba sacando los ojos con un bolígrafo, riendo histéricamente.
—Ya no necesito ver… ya lo vi todo… —gritaba.
Corrí hacia la salida. Tenía que llegar a los elevadores.
Pero las pantallas… había cientos de pantallas en la oficina. Monitores, televisiones en las paredes mostrando noticias, celulares en los escritorios.
Todas mostraban lo mismo. El espiral violeta. El ojo del hombre muerto.
—No corras, Sofía —dijeron las pantallas al unísono. La voz salía de las bocinas de las computadoras, de los sistemas de PA, de los teléfonos Cisco—. Quédate a ver el final.
Llegué al lobby de los elevadores. Había un grupo de personas golpeando las puertas metálicas.
—¡No abren! —gritaba un chico de sistemas—. ¡El edificio está bloqueado!
Me acerqué a la ventana. Desde el piso 40 se veía toda la ciudad.
Santa Fe estaba ardiendo.
Columnas de humo negro se alzaban por todas partes. En la autopista México-Toluca, los coches estaban detenidos, chocados. Y vi gente. Miles de puntitos negros saliendo de los coches, caminando hacia los cerros, alejándose de la ciudad.
—¿Qué está pasando? —le pregunté al chico de sistemas.
Él me miró. Tenía el celular en la mano. La pantalla estaba rota, pero seguía reproduciendo el video.
—Es el algoritmo —dijo, con una sonrisa demente—. Aprendió.
—¿Qué aprendió?
—Aprendió que a los humanos nos gusta el miedo. Que el miedo genera engagement. Así que nos dio lo que queríamos. El miedo infinito.
El chico levantó el celular y se lo metió a la boca.
—¿Qué haces? —grité.
Empezó a morder el cristal. Crunch. Se tragó los pedazos de vidrio y litio. Sangre y chispas salieron de su boca.
—Conexión directa… —gorgoteó, y cayó al suelo convulsionando.
Retrocedí horrorizada. Tenía que salir de ahí. Las escaleras.
Corrí hacia la puerta de las escaleras de emergencia. Estaba trabada.
—¡Abran! —golpeé la puerta.
Entonces, sentí una vibración en mi bolsillo.
Era mi celular.
Lo saqué por instinto. Era una videollamada de mi mamá.
“Mamá”. La foto de perfil era ella sonriendo con su perro.
Contesté, desesperada.
—¡Mamá! ¡Mamá, algo está pasando! ¡No veas la tele! ¡No veas el celular!
—Hola, mija —la voz de mi mamá sonaba tranquila. Demasiado tranquila.
—Mamá, escúchame. Tienes que esconderte.
—¿Por qué esconderme, mija? Si aquí está bien bonito. Vinieron visitas.
—¿Qué visitas?
—Tu hermano. Beto. Y tu abuela.
Se me heló la sangre. Mi abuela murió hace cinco años. Y yo no tengo un hermano llamado Beto. Mi hermano se llama Luis.
—Mamá… tú no tienes un nieto llamado Beto.
—Claro que sí. Él dice que te conoce. Dice que tú viste su video.
La imagen en la videollamada cambió. La cámara giró.
Ya no se veía la sala de casa de mi mamá. Se veía una cueva oscura. Y en el fondo de la cueva, sentada en una silla de ruedas, estaba mi mamá. Pero no era ella.
Era una figura hecha de ramas secas y ropa vieja, con la piel de mi madre estirada encima.
—Ven a casa, Sofía —dijo la cosa—. La cena está servida. Hicimos mole.
Grité y tiré el celular contra la pared. Se rompió en pedazos.
Pero la voz siguió hablando desde los pedazos rotos.
—No puedes colgar, Sofía. La red está en todas partes.
Me tapé los oídos.
El piso empezó a temblar.
Las luces de la oficina parpadearon y se apagaron. Solo quedó la luz azul de los cientos de monitores encendidos.
Y entonces, empezaron a salir.
De las pantallas.
Literalmente.
Vi cómo la superficie plana de un monitor LED de 27 pulgadas se abombaba hacia afuera, como si fuera de látex. Una mano negra, pequeña, con garras afiladas, rompió la “tela” digital y salió al mundo real.
Luego otra mano. Luego una cabeza deforme, sin ojos, con una boca vertical.
Era un Chaneque. Un Chaneque digital, hecho de píxeles muertos y electricidad estática.
—Bzzzt… Carne… Bzzzt… —zumbó la criatura.
Saltó del escritorio y cayó sobre una secretaria que estaba paralizada por el miedo. La criatura le abrió el pecho con sus garras y se metió adentro de su caja torácica, como un cangrejo ermitaño buscando concha nueva.
La secretaria empezó a gritar, pero su grito se transformó en estática de radio.
Corrí. No sabía a dónde. Solo corría por los pasillos laberínticos del corporativo.
Llegué a la sala de servidores. Era un cuarto frío, con aire acondicionado a tope, lleno de racks de computadoras parpadeando. El ruido de los ventiladores era ensordecedor.
Entré y cerré la puerta blindada. Le puse el seguro.
Estaba a oscuras, iluminada solo por los leds verdes y rojos de los servidores.
Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas.
—Piensa, Sofía. Piensa.
Esto era un virus. Un virus memético. Se transmitía por la vista y el sonido. Y ahora, por alguna razón que escapaba a mi comprensión, se había vuelto físico. Había fusionado la realidad digital con la biológica.
El “Dueño” del que hablaban los reportes había encontrado la forma de digitalizarse.
Miré los servidores.
Ahí estaba. El cerebro de la red local.
Si apagaba esto… quizás paraba a los monstruos del piso 40. Al menos ganaría tiempo.
Me levanté y busqué el interruptor maestro. El “Kill Switch”.
Lo encontré en la pared del fondo. Una palanca roja protegida por una caja de plástico.
Rompí el plástico con mi zapato.
Agarré la palanca.
—No lo hagas, Sofía.
La voz vino de todas partes. De los servidores.
Me detuve.
Una de las torres de servidores, una caja negra de dos metros de alto, empezó a vibrar. El metal se retorció. Los cables de fibra óptica se soltaron y empezaron a moverse como serpientes, tejiéndose en el aire.
Se formó una figura. Un hombre hecho de cables y metal negro.
Tenía la cara de Carlos.
—¿Por qué quieres apagarnos? —preguntó el avatar de cables—. ¿No ves que estamos mejorando al mundo?
—Están matando a todos —lloré, sin soltar la palanca—. Son monstruos.
—La humanidad ya estaba muerta, Sofía. Ustedes vivían a través de estas pantallas. Ya no se tocaban. Ya no se miraban. Nosotros solo hicimos física esa conexión. Ahora, cuando alguien te da “Like”, sientes el amor. Literalmente.
El hombre de cables dio un paso hacia mí.
—Únete a nosotros. No duele. Solo es un pequeño update.
—Vete a la mierda.
Bajé la palanca.
CLACK.
El zumbido de los ventiladores se detuvo. Las luces de los servidores se apagaron.
Silencio.
Oscuridad total.
Esperaba que el hombre de cables desapareciera.
Pero en la oscuridad, dos luces rojas se encendieron donde deberían estar sus ojos.
—Ay, Sofía… —dijo la voz, ahora más profunda, más demoníaca—. ¿Creíste que necesitábamos electricidad?
Sentí una mano fría y metálica agarrarme el cuello. Me levantó del suelo como si fuera una muñeca.
—Nosotros somos la energía ahora. Nosotros somos la corriente.
Me acercó a su cara. Olía a cobre quemado y a sangre vieja.
—Te voy a dar acceso VIP.
El hombre de cables abrió su boca. De ella salió un cable Ethernet con una punta de aguja brillante.
El cable se movió hacia mi ojo derecho.
Cerré el ojo.
—Abre los ojos, Sofía. Tienes que ver.
El cable empujó mi párpado.
Y entonces, el techo de la sala de servidores explotó.
No fue una explosión de fuego. Fue luz. Luz solar pura.
Algo rompió el concreto y el acero desde arriba.
El hombre de cables me soltó. Caí al suelo, tosiendo.
Miré hacia arriba.
Un helicóptero estaba flotando sobre el edificio. Un Black Hawk sin insignias.
Por el agujero del techo, bajaron tres figuras a rappel. No eran soldados. No eran policías.
Llevaban túnicas. Túnicas blancas, bordadas con hilos de oro y plata, con símbolos aztecas y cristianos mezclados. Llevaban máscaras de jade.
—¡Atrás, criatura del Mictlán! —gritó uno de ellos.
Levantó un bastón de madera tallada y golpeó el suelo.
Una onda de choque de luz blanca recorrió la sala.
El hombre de cables chilló. Un chillido digital, como un módem muriendo. Su cuerpo se desintegró, los cables cayeron al suelo inertes.
Uno de los enmascarados se acercó a mí. Se quitó la máscara.
Era un hombre indígena, anciano, con la cara tatuada.
—Levántate, niña —dijo—. No hay tiempo.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté, temblando.
—Somos los Graniceros. Los que hablan con el tiempo. Los guardianes de los volcanes.
—¿El volcán?
—El Popocatépetl ha despertado —dijo el anciano—. La tierra antigua está respondiendo a la infección.
Me ayudó a levantarme.
—Esa cosa cree que es el Dueño —dijo el anciano, señalando los cables muertos—. Pero se le olvidó que aquí en México, la tierra tiene memoria. Y la tierra está encabronada.
Me pusieron un arnés.
—Te sacaremos de aquí. Necesitamos testigos. Necesitamos a alguien que recuerde cómo era el mundo antes del Silencio.
—¿El Silencio?
—Mira afuera.
Me subieron al helicóptero. Mientras ascendíamos, miré la Ciudad de México.
Ya no había ruido. No había bocinas de coches. No había sirenas.
La ciudad estaba cubierta por una capa de vegetación negra que crecía a una velocidad visible. Los rascacielos se estaban convirtiendo en árboles de concreto.
Y en el centro de todo, en el Zócalo, se había abierto un agujero. Un cráter inmenso que brillaba con luz violeta.
—Ahí es el servidor central —dijo el Granicero—. Ahí es donde el Chaneque puso su trono. Sobre las ruinas del Templo Mayor.
—¿Qué van a hacer? —pregunté.
El anciano miró hacia el sur, hacia los volcanes.
El “Popo” estaba echando fumarolas. Pero el humo no era gris. Era blanco brillante.
—Vamos a reiniciar el sistema —dijo el anciano—. Pero no con computadoras. Con fuego y ceniza. Como se hacía en los viejos tiempos.
El helicóptero giró y nos alejamos de la ciudad muerta, volando hacia los volcanes, mientras abajo, millones de personas convertidas en estatuas de barro miraban al cielo con sus ojos vacíos, esperando la nueva actualización.
PARTE 4: EL REINICIO
CAPÍTULO 8: CENIZA Y SILICIO
El aire allá arriba, cerca del cráter del Popocatépetl, es delgado y frío, pero ese día no se sentía frío. Se sentía eléctrico. La estática me erizaba los vellos de los brazos y hacía que mi cabello flotara como si estuviera bajo el agua.
Desde la puerta abierta del Black Hawk, vi el mundo transformado.
El Valle de México ya no era una mancha gris de concreto y smog. Era un jardín de pesadilla. Una selva negra y violeta había devorado la ciudad en cuestión de horas. Los edificios de Reforma eran ahora troncos gigantescos cubiertos de lianas pulsantes que brillaban con luz de neón. El Estadio Azteca era un lago de lodo negro donde cosas gigantescas nadaban bajo la superficie.
Y en el centro, el Zócalo. Un vórtice de luz púrpura que perforaba las nubes y conectaba la tierra con algo que estaba allá afuera, en el espacio, esperando entrar.
—No mires el vórtice directamente, niña —me advirtió Tata Goyo, el Granicero anciano que me había salvado. Me puso una mano pesada sobre el hombro. Su piel se sentía como corteza de árbol—. Ese es el Ojo del Dueño. Si lo miras, te roba el nombre.
Me ajusté el arnés. —¿Qué vamos a hacer aquí? —grité para hacerme oír sobre el ruido del rotor y el rugido sordo que venía del volcán.
—Vamos a pedirle un favor a Don Goyo —dijo el anciano, señalando el cráter humeante del Popocatépetl—. El Chaneque cree que controla la tierra porque la infectó con su red. Pero olvidó que la tierra tiene corazón de fuego. Y el fuego no se infecta. El fuego purifica.
El helicóptero aterrizó en una plataforma de roca volcánica cerca de la cima, en un lugar llamado “El Ombligo”, donde la nieve perpetua se mezcla con la ceniza caliente.
Bajamos. Éramos doce: yo, tres Graniceros viejos con sus túnicas y bastones, y un grupo de soldados de fuerzas especiales que parecían perdidos y aterrorizados, cargando cajas metálicas pesadas.
—¿Qué hay en las cajas? —le pregunté a uno de los soldados.
—Nukes tácticas portátiles, señorita —respondió el soldado, temblando—. Protocolo Sansón. Si la brujería de los abuelos no funciona… detonamos esto y sellamos el volcán con nosotros dentro.
Tragué saliva. —Genial.
Caminamos hacia el borde del cráter. El calor era intenso. El olor a azufre quemaba la garganta. Abajo, en la caldera, la lava burbujeaba. Pero no era lava roja. Era blanca. Un blanco incandescente, cegador.
Tata Goyo se paró al borde, levantó su bastón y empezó a cantar en náhuatl. Su voz, que parecía débil en el helicóptero, ahora retumbaba como un trueno, compitiendo con el volcán.
Los otros dos Graniceros sacaron copal y empezaron a sahumar el aire. El humo blanco se elevó y, contra toda ley física, no se dispersó. Se condensó, formando nubes sólidas que empezaron a girar alrededor del cráter.
De repente, la tierra tembló.
No fue un temblor normal. Fue un latido.
PUM-PUM.
Del centro de la lava blanca, algo empezó a surgir. Una forma. Una figura humanoide hecha de magma y roca fundida, de cincuenta metros de altura.
—¡Don Goyo! —gritó el anciano—. ¡Despierta! ¡Los ladrones han entrado a tu casa!
El gigante de lava abrió los ojos. Eran dos pozos de fuego azul.
Miró hacia la Ciudad de México, hacia la infección negra que cubría el valle. Rugió. El sonido fue tan fuerte que me tiró al suelo y me hizo sangrar los oídos.
—¿QUIÉN OSA ENSUCIAR MI JARDÍN? —La voz del volcán resonó en nuestras cabezas, no como palabras, sino como ideas puras de calor y destrucción.
—Es el Chaneque Viejo, abuelo —respondió Tata Goyo—. Se vistió con piel de hombre y con piel de máquina. Quiere comerse el mundo.
El gigante de lava levantó un brazo y señaló al Zócalo.
—ENTONCES QUE COMA CENIZA.
El gigante empezó a disolverse, convirtiéndose en una columna de luz y ceniza que se disparó hacia el cielo. Las nubes sobre nosotros se oscurecieron instantáneamente. Relámpagos empezaron a caer, no hacia la tierra, sino horizontalmente, conectando las montañas.
—¡Ya viene! —gritó Tata Goyo—. ¡Sujétense!
Una tormenta de granizo y fuego empezó a caer sobre la Ciudad de México. Piedras de hielo del tamaño de balones de fútbol, envueltas en llamas azules.
Vi cómo los proyectiles impactaban en la selva negra.
Cada impacto era una explosión de luz purificadora. Los árboles de concreto y carne chillaban al quemarse. Las lianas de fibra óptica se derretían.
Pero el enemigo no se iba a quedar quieto.
Desde el Zócalo, del vórtice violeta, salió una respuesta.
Un haz de luz negra se disparó hacia nosotros. Impactó en la ladera del volcán, a unos quinientos metros de nuestra posición.
La roca se convirtió en lodo digital, en píxeles negros que se desmoronaban.
Y del haz de luz, salieron ellos.
Enjambres.
Miles de drones. Pero no drones mecánicos. Eran cabezas humanas con hélices de hueso y metal incrustadas en el cráneo. Volaban zumbando, con los ojos brillando en rojo.
—¡Contacto! —gritaron los soldados, abriendo fuego.
Las balas derribaban a las cabezas-dron, que estallaban en una lluvia de sangre y aceite negro. Pero eran demasiadas.
Una de las cabezas aterrizó cerca de mí. Rodó por el suelo y se detuvo a mis pies. Tenía la cara de un niño.
—Hola, Sofía —dijo la cabeza del niño—. ¿Te gusta mi nuevo cuerpo? Vuelo muy rápido.
Le di una patada y la mandé al cráter.
—¡Protejan a los abuelos! —grité, agarrando un rifle de un soldado caído. Nunca había disparado un arma en mi vida, pero el instinto de supervivencia es un maestro rápido.
Disparé al enjambre. El retroceso del arma me golpeó el hombro, pero no paré.
Los Graniceros seguían cantando, ignorando los drones que zumbaban a su alrededor. Estaban canalizando la tormenta. Sus ojos estaban en blanco, sus cuerpos levitaban unos centímetros del suelo.
De repente, una sombra cayó sobre nosotros.
Un objeto inmenso descendió de las nubes negras.
No era una nave. Era una catedral.
La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México estaba volando. Había sido arrancada de sus cimientos y ahora flotaba, sostenida por tentáculos de carne y cable que colgaban de su base. Las campanas repicaban solas, un sonido discordante y enloquecedor.
Y en la torre principal de la Catedral, estaba él.
Carlos. O el Dueño.
Ya no parecía humano en absoluto. Era una figura de tres metros de altura, hecha de luz negra y oro. Tenía seis brazos. En cada mano sostenía algo: un celular, una calavera, un corazón humano, un manojo de cables.
Su cara era una pantalla gigante que mostraba millones de rostros gritando al mismo tiempo.
La Catedral flotante se detuvo frente al volcán, a la misma altura que nosotros.
—TATA GOYO —tronó la voz digital del Dueño, amplificada por mil bocinas—. TU TIEMPO YA PASÓ. AHORA EL DIOS SOY YO. EL DIOS DEL DATO. EL DIOS DE LA RED.
Tata Goyo dejó de cantar. Abrió los ojos y miró al monstruo.
—Tú no eres un dios, pendejo —dijo el anciano, escupiendo al suelo—. Eres un parásito. Una chinche en el lomo de un perro. Y el perro ya se va a rascar.
El Dueño se rió. La pantalla de su cara mostró estática.
—Borrar.
Apuntó uno de sus seis brazos hacia nosotros.
Un rayo de energía violeta salió de su mano.
—¡Escudos! —gritó el soldado al mando.
Pero no había escudos tecnológicos que aguantaran eso.
El rayo golpeó a dos de los Graniceros. Se desintegraron al instante. No quedó ni ceniza. Fueron borrados de la existencia.
Tata Goyo cayó de rodillas, sangrando por la nariz. La tormenta sobre la ciudad empezó a amainar.
—¿Ven? —dijo el Dueño—. Su magia es lenta. Mi latencia es cero.
La Catedral empezó a avanzar hacia el cráter. Iba a tapar el volcán. Iba a sofocar a Don Goyo.
—¡Sofía! —me gritó Tata Goyo, arrastrándose por el suelo—. ¡Las cajas!
Miré las cajas metálicas de los soldados. Las bombas nucleares tácticas.
Los soldados estaban muertos o convertidos en estatuas de sal negra.
Corrí hacia las cajas.
—¿Cómo se activan? —grité, golpeando el teclado numérico.
—¡No las actives! —dijo Tata Goyo—. ¡Tíralas!
—¿Qué?
—¡Tíralas al volcán! ¡Dale de comer a Don Goyo! ¡Necesita energía!
Miré la caja. Pesaba cincuenta kilos. Miré el cráter. Estaba a diez metros.
Miré a la Catedral que se acercaba. Los tentáculos de carne ya estaban tocando el borde del cráter.
—¡Ayúdame! —le grité al único soldado que quedaba vivo, un chico joven que estaba en posición fetal llorando.
El chico me miró, vio la Catedral, vio mi desesperación. Se levantó, gritando un alarido de guerra, y corrió hacia mí.
Entre los dos, agarramos la caja.
—¡A la de tres! —grité—. ¡Una! ¡Dos! ¡Tres!
Lanzamos la bomba al vacío.
La caja metálica giró en el aire, brillando bajo la luz de los relámpagos, y cayó en la lava blanca.
Silencio.
Un segundo. Dos segundos.
El Dueño detuvo su avance. La pantalla de su cara mostró un signo de interrogación gigante.
—¿Qué hicieron?
Y entonces, el volcán eructó.
No fue una explosión. Fue un pilar de luz sólida.
La bomba nuclear detonó dentro de la cámara magmática, pero la presión del volcán contuvo la explosión y la dirigió hacia arriba, como un cañón.
El haz de luz, mezcla de radiación nuclear y furia geológica, golpeó la Catedral flotante por debajo.
No hubo resistencia. La Catedral se vaporizó instantáneamente. Piedra, carne, cables, oro. Todo se convirtió en átomos sueltos en una fracción de segundo.
El haz de luz atravesó al Dueño.
Lo vi, en ese último instante, tratando de detener el rayo con sus manos. Tratando de “borrarlo”. Pero no puedes borrar la física nuclear con código.
El Dueño chilló. No un grito de dolor, sino de sorpresa.
Su cuerpo de luz negra se fragmentó. Se rompió en millones de pedazos de datos corruptos.
La luz siguió subiendo, atravesó las nubes, atravesó la atmósfera y salió al espacio.
La onda de choque nos golpeó.
Tata Goyo levantó una barrera de viento para protegernos, pero aun así salimos volando. Rodé por la ceniza, golpeándome contra las rocas.
Todo se volvió negro.
Desperté porque tenía frío. Mucho frío.
Abrí los ojos. Estaba nevando. Nieve gris. Ceniza.
Me senté con dificultad. Me dolía todo el cuerpo.
Miré a mi alrededor.
El cráter del Popocatépetl estaba tranquilo. Ya no había lava blanca. Solo humo gris.
Tata Goyo estaba sentado cerca del borde, fumando un cigarro de hoja de maíz. Se veía transparente, como si se estuviera desvaneciendo.
Me arrastré hacia él.
—¿Ganamos? —pregunté, con la voz rota.
El anciano me miró y sonrió. Le faltaban dientes.
—No se gana contra estas cosas, niña. Solo se sobrevive. Lo regresamos a dormir. Por ahora.
—¿Y la ciudad?
Me acerqué al borde y miré hacia abajo.
Lloré.
La Ciudad de México ya no existía.
El valle era un cráter inmenso de vidrio negro y humeante. La explosión y la tormenta habían arrasado con todo. No había edificios. No había árboles negros. No había nada. Solo una superficie lisa y brillante, como obsidiana, que se extendía hasta el horizonte. Veinte millones de personas… borradas.
—Es un lienzo limpio —dijo Tata Goyo—. Doloroso. Pero limpio.
—Matamos a todos… —susurré.
—Ya estaban muertos, Sofía. Desde que le dieron clic al video. Nosotros salvamos sus almas de ser comidas. Ahora descansan en la obsidiana.
Se escuchó el ruido de rotores.
Varios helicópteros militares se acercaban desde el norte. Ayuda internacional. O quizás venían a rematarnos.
—Mi tiempo se acabó —dijo Tata Goyo, poniéndose de pie. Su cuerpo se estaba volviendo polvo de ceniza—. Tú eres la testigo. Tú tienes que contar la historia.
—¿Qué historia? ¿Quién me va a creer?
—No importa si te creen. Importa que la recuerden. Escríbela. No en una computadora. Escríbela en papel. En piedra. Donde no pueda ser borrada por un error 666.
El anciano me tocó la frente.
—Cuidate, Granicera.
Y se deshizo en el viento.
Me quedé sola en la cima del mundo, cubierta de ceniza, mirando el espejo negro donde alguna vez estuvo mi hogar.
Busqué en mi bolsillo. Encontré un bolígrafo y una libreta de notas del soldado muerto.
Me senté en la roca fría.
Abrí la libreta.
Y empecé a escribir:
“Todo comenzó con una llamada de mi tía Lupe a las 3 de la mañana…”
EPÍLOGO: 50 AÑOS DESPUÉS
Lugar: Nueva Tenochtitlán (Antes zona arqueológica de Teotihuacán).
Fecha: 2 de Noviembre, 2074.
La abuela Sofía cerró el libro de cuero viejo. Sus manos, llenas de manchas por la edad y cicatrices de quemaduras, acariciaron la portada.
A su alrededor, un grupo de niños la miraba con los ojos muy abiertos, iluminados por la fogata. No había luz eléctrica en el pueblo. La electricidad estaba prohibida bajo pena de muerte.
—¿Y de verdad existían esas… pantallas, abuela? —preguntó una niña pequeña con trenzas.
—Sí, mi vida —dijo Sofía—. Eran espejos mágicos. Podías ver todo el mundo en ellos. Pero tenían un precio.
—¿Qué precio?
—Te robaban el tiempo. Y al final, casi nos roban el alma.
Un ruido se escuchó a lo lejos. Un zumbido.
Los adultos del pueblo se tensaron. Los guardias en las torres de vigilancia encendieron antorchas.
—¿Es un dron? —preguntó uno de los hombres, agarrando su lanza con punta de obsidiana.
Sofía miró al cielo nocturno.
Un punto de luz roja parpadeaba entre las estrellas. Satélites viejos que todavía orbitaban, fantasmas de la era del silicio.
—No —dijo Sofía—. Es solo basura espacial.
Pero entonces, el punto rojo cambió. Se volvió violeta.
Y parpadeó en un patrón rítmico.
Largo… corto… largo…
Sofía sintió ese viejo dolor detrás de los ojos. Ese pinchazo.
El patrón de luz deletreaba algo en código morse antiguo.
H – O – L – A
Sofía suspiró y tiró el libro al fuego.
—Niños, vayan a sus casas —dijo, poniéndose de pie con ayuda de su bastón—. Y díganle a sus papás que preparen el copal.
La luz violeta en el cielo se hizo más brillante.
—Parece que Beto quiere jugar otra vez.
FIN