
CAPÍTULO 1: LA TRAICIÓN EN EL PALACIO DE LA INJUSTICIA
La lluvia en la Ciudad de México no perdona. Cuando Tláloc se enoja, el cielo se cae a pedazos y la ciudad se convierte en un estacionamiento gigante de lámina y claxonazos. Ese martes de junio no era la excepción. Afuera del Tribunal Federal, el gris del cielo se confundía con el gris del concreto, creando esa atmósfera opresiva que te hace sentir que, hagas lo que hagas, ya perdiste.
Adentro, en la Sala 4 del Juzgado Penal Federal, el aire acondicionado estaba a todo lo que daba, congelando el sudor frío de los que esperaban sentencia. Olía a madera vieja, a cera para pisos barata y a miedo. Un miedo rancio, de ese que se te mete en los huesos.
Yo estaba sentada hasta atrás, en la última fila, la zona de “los nadie”. Mi abuela Clara estaba a mi lado, rezando el rosario en voz baja, pasando las cuentas de madera entre sus dedos callosos. Sus manos, deformadas por años de tallar pisos ajenos y lavar ropa con agua fría, temblaban un poco.
—Ay, mija —susurró mi abuela, acomodándose el rebozo—, ¿qué hacemos aquí? Si nos agarra la tarde, el microbús va a ir retacado y no vamos a llegar a preparar la cena.
—Espérate, abue. Ya va a empezar —le contesté, sin quitar la vista del frente.
Ahí estaba él. Efrén Montes. El “Golden Boy” de los negocios mexicanos. Hace apenas un mes, su cara estaba en todos los espectaculares del Periférico y en las portadas de Forbes y Expansión, sonriendo con esa confianza que solo tienen los que nacieron en cuna de oro o los que construyeron un imperio desde cero. Él era de los segundos, o eso decían.
Pero hoy, Efrén no parecía un magnate. Parecía un niño regañado. Estaba sentado en la mesa de la defensa, con un traje azul marino que costaba más de lo que ganaba mi colonia entera en un mes, pero se le veía grande, como si hubiera adelgazado diez kilos en una semana. Tenía la mirada perdida en un punto fijo de la mesa de caoba, mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con el puño de su camisa.
A sus 32 años, el fundador de “Sistemas Lumina” enfrentaba cargos por fraude financiero, robo de datos y lavado de dinero. Si lo encontraban culpable, no volvería a pisar un restaurante en Polanco en 20 años; su nueva dirección sería una celda compartida en el Reclusorio Norte o en el Altiplano.
La sala estaba a reventar. Había periodistas con sus libretas listas como buitres esperando la carroña, estudiantes de derecho cuchicheando y familiares lejanos que venían a ver el espectáculo. El morbo nacional estaba a todo lo que daba: a los mexicanos nos encanta ver caer a los ídolos.
De repente, se abrió la puerta lateral y entró el Alguacil.
—¡Todos de pie! Entra la Honorable Jueza Rosalía Andrade.
El ruido de las sillas arrastrándose llenó el salón. La Jueza Andrade caminó hacia el estrado con paso firme. Era una leyenda en el poder judicial: treinta años dictando sentencia, conocida como “La Dama de Hierro” de la CDMX. No aceptaba sobornos, no aceptaba retrasos y, sobre todo, no aceptaba tonterías. Se sentó, acomodó su toga negra y miró a la sala por encima de sus lentes de media luna con unos ojos que parecían escáneres de rayos X.
—Pueden sentarse —dijo con voz ronca—. Estamos aquí para el inicio del juicio Estados Unidos Mexicanos contra Efrén Montes. Fiscalía, ¿están listos?
El fiscal Gerardo Díaz se puso de pie. Era un tipo impecable, peinado con tanto gel que su cabello parecía un casco, sonrisa de comercial de pasta de dientes y una mirada de tiburón que olía sangre.
—Listos, Su Señoría —dijo con esa voz melosa que usan los políticos cuando mienten.
—Defensa, ¿están listos? —preguntó la jueza.
Hubo un silencio incómodo. Efrén volteó a ver a su abogado, el famoso Licenciado Tomás Godínez. Godínez era el abogado de las estrellas, el que sacaba a los juniors de problemas cuando chocaban sus Ferraris borrachos. Pero hoy, Godínez se veía verde. Sudaba como si estuviera comiendo tacos con salsa de habanero.
Godínez se levantó despacio, como si le pesara el alma. O la cartera.
—Su Señoría… —empezó, y se le quebró la voz. Tosió—. Su Señoría, solicito permiso para acercarme al estrado.
La jueza frunció el ceño.
—Dígalo desde ahí, licenciado. No tengo tiempo para secretos.
Godínez tragó saliva. El sonido fue tan fuerte que casi se escuchó en la galería.
—Su Señoría, debo… debo retirarme como defensa del señor Montes. Renuncio al caso.
Un “¡¿Qué?!” colectivo recorrió la sala. Fue como si hubiera caído un rayo en medio del tribunal. Los periodistas empezaron a teclear frenéticamente en sus celulares. Efrén se giró hacia su abogado con los ojos desorbitados, como si le hubieran clavado un cuchillo en la espalda.
—¿De qué estás hablando, Tomás? —susurró Efrén, con la voz rota—. ¡El juicio empieza hoy! ¡Me costaste una fortuna!
La Jueza Andrade golpeó el mazo con fuerza. ¡PUM!
—¡Silencio! —gritó, y la sala se calló de golpe—. Licenciado Godínez, ¿se da cuenta de lo que está diciendo? Faltan minutos para los alegatos iniciales. Dejar a su cliente en este momento es una violación flagrante al código de ética. Podría perder su cédula profesional.
Godínez ni siquiera miró a Efrén. Tenía la vista clavada en el piso, o tal vez en sus zapatos italianos.
—Han surgido… circunstancias imprevistas, Su Señoría. Un conflicto de interés insalvable. Nueva evidencia que me impide éticamente continuar. No puedo representarlo.
—¿Qué evidencia? —preguntó la jueza, entrecerrando los ojos.
—No puedo discutirlo por el secreto profesional. Solo pido mi retiro inmediato.
La jueza se quedó callada unos segundos, tamborileando los dedos sobre la madera. Sabía que algo olía mal. En México, cuando un abogado de este calibre corre antes de la pelea, es porque alguien muy pesado lo amenazó o porque le pagaron el doble para que perdiera.
—Muy bien —dijo la jueza con frialdad—. Si insiste en abandonar el barco como las ratas, lárguese. Pero le advierto que enviaré un reporte al Consejo de la Judicatura. Queda relevado.
Godínez no esperó ni un segundo. Agarró su maletín de piel, empujó la silla y salió casi corriendo por el pasillo central, sin voltear atrás. Efrén se quedó ahí, con la mano extendida, solo. Completamente solo en medio de una sala llena de gente que quería verlo destruido.
La vulnerabilidad de Efrén en ese momento me pegó en el pecho. Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que luchaba por no soltar. Se aflojó la corbata como si se estuviera asfixiando. Era la imagen de la derrota absoluta.
En la mesa de la fiscalía, Gerardo Díaz intercambió una mirada rápida con alguien en la primera fila. Seguí su mirada. Era Verónica Cruz, la directora de operaciones de Lumina y socia fundadora junto con Efrén. Iba vestida de blanco impoluto, como una paloma de la paz, pero su sonrisa era de víbora. Cruzó la pierna y le guiñó un ojo al fiscal.
Ahí estaba. La trampa.
Mi abuela me apretó la mano.
—Vámonos, mija. Esto se va a poner feo. Pobre muchacho, ya se lo cargó el payaso.
Pero yo no me podía mover. Mi cerebro iba a mil por hora.
Yo soy Alicia Walker. Tengo 10 años, pero la vida en la colonia Obrera te hace crecer rápido. Mientras las niñas de mi edad juegan con muñecas o ven videos en TikTok, yo paso mis tardes en la biblioteca pública “Vasconcelos”, leyendo libros que pesan más que yo. O me voy a los basureros de los juzgados en la Doctores a buscar expedientes viejos que tiran por error.
He leído el Código Penal Federal tres veces. Me sé la Constitución de memoria. No porque quiera ser una “nerd”, sino porque entendí desde muy chiquita que en este país, si no conoces las reglas, el sistema te come vivo. Mi papá está en la cárcel por un crimen que no cometió, solo porque no tuvimos dinero para un buen abogado. No iba a dejar que eso le pasara a nadie más si yo podía evitarlo.
Llevaba tres semanas siguiendo el caso de Efrén. Había visto las noticias, había leído los expedientes públicos. Algo no cuadraba. Las fechas no coincidían. Los montos eran extraños. Y esa mirada entre el fiscal y la socia… eso confirmaba todo lo que mis tripas me gritaban.
Lo estaban incriminando. Era una cama, un “cuatro” perfecto.
La Jueza Andrade miró a Efrén con una mezcla de lástima y severidad.
—Señor Montes, se ha quedado sin defensa. La ley me obliga a darle tiempo para buscar otro abogado, pero dadas las circunstancias y la gravedad de las acusaciones… ¿tiene a alguien más en mente o le asigno uno de oficio?
Un abogado de oficio. En México, eso es casi una sentencia de muerte segura. Tienen tanta chamba que ni leen los expedientes.
Efrén negó con la cabeza, incapaz de hablar. Estaba en shock. El sudor le corría por la frente.
El fiscal Díaz se levantó, saboreando el momento.
—Su Señoría, dado que el acusado no tiene representación y el riesgo de fuga es alto, solicito que se revoque la fianza y se le traslade inmediatamente al Reclusorio.
La sala murmuró. Querían sangre.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Pum-pum, pum-pum. Miré a mi abuela. Ella tenía los ojos cerrados, rezando. Miré a Efrén. Estaba temblando.
Si yo no hacía nada, en cinco minutos se lo llevaban. Su vida se acababa hoy.
Sentí esa electricidad en las piernas que te da antes de saltar al vacío. Solté la mano de mi abuela.
—¡NO! —grité.
No fue un grito de niña. Fue un grito que salió desde el estómago.
Me puse de pie sobre la banca de madera. Todos se giraron. Cien pares de ojos clavados en mí. Una niña morena, con trenzas deshechas, una playera de “I Love CDMX” desgastada y unos tenis que ya pedían cambio.
El silencio fue absoluto. Hasta el aire acondicionado pareció detenerse.
—¡YO LO DEFIENDO! —grité de nuevo, y esta vez mi voz resonó en las paredes de caoba.
La risa empezó despacio. Primero el fiscal, soltando una carcajada burlona. Luego los periodistas. Luego la gente en la galería.
—¡Ay, qué tierna! —dijo una señora de las Lomas en la fila de adelante—. Piensa que es una película.
El fiscal Díaz se limpió una lágrima de risa.
—Su Señoría, por favor. Saquen a la niña y terminemos con este circo.
La Jueza Andrade no se rió. Se ajustó los lentes y me miró fijamente.
—Niña —dijo con voz severa—, bájate de la banca. Esto es una corte federal, no el patio de tu escuela. ¿Dónde están sus padres?
Mi abuela Clara intentó jalarme del brazo, roja de vergüenza.
—¡Siéntate, Alicia! ¡Por el amor de Dios, nos van a meter al bote! —susurraba mi abuela, aterrorizada.
Pero yo me solté suavemente. Salté al pasillo central. Mis tenis hicieron un rechinido agudo en el mármol pulido. Squeak, squeak. Caminé hacia el frente. Mis rodillas eran gelatina, pero mi barbilla estaba en alto.
—Su Señoría —dije, tratando de que no se me quebrara la voz—. Sé que parezco una niña. Sé que no tengo traje ni título colgado en la pared. Pero sé cosas sobre este caso que ni el Licenciado Godínez sabía.
Llegué hasta la barandilla que separa al público de la zona legal. Los guardias se acercaron para sacarme, poniendo sus manos en sus macanas.
—¡Alto! —ordenó la Jueza. Los guardias se detuvieron—. A ver, mocosa. Tienes agallas, te lo reconozco. Pero la ley es la ley. No puedes estar aquí.
—El Artículo 20 de la Constitución dice que el acusado tiene derecho a una defensa adecuada —rêpliqué rápido, citando de memoria—. Si nadie más va a decir la verdad, entonces no hay defensa. Solo le pido cinco minutos. Cinco minutos, Su Señoría. Si en cinco minutos no le demuestro que la fiscalía está mintiendo, me voy y dejo que me arresten.
Hubo un jadeo en la sala. El fiscal dejó de reírse. Verónica Cruz se enderezó en su asiento, tensa.
Efrén levantó la cabeza y me miró. En sus ojos vi algo que no había visto antes: esperanza. Una pizca de luz en medio de la oscuridad.
La Jueza Andrade me miró durante una eternidad. Evaluándome. Tal vez vio a su propia nieta en mí. O tal vez, solo tal vez, estaba harta de ver a los mismos abogados corruptos de siempre.
Suspiró y miró su reloj de pulsera.
—Cinco minutos —dijo, y su voz sonó como una sentencia—. Ni un segundo más. Y si me estás haciendo perder el tiempo, haré que arresten a tu abuela por desacato.
—Trato hecho —dije.
Pasé la barandilla. El fiscal Díaz protestó a gritos.
—¡Esto es ilegal! ¡Es una aberración procesal!
—¡Siéntese, fiscal! —rugió la jueza—. Quiero oír lo que la niña tiene que decir. Corre tiempo.
Caminé hasta la mesa de la defensa. Olía a madera y a sudor rancio de miedo. Me paré junto a Efrén. Él me miraba como si fuera un alienígena.
—Hola —le susurré—. Soy Alicia. No te preocupes, te tengo cubierto.
Saqué mi cuaderno Scribe de espiral, ese que tenía la portada rota y estaba lleno de dibujos y notas en tinta azul y roja. Lo puse sobre la mesa brillante, al lado de los expedientes oficiales de cuero. El contraste era ridículo.
Respiré hondo. El olor a humedad de la sala llenó mis pulmones. Cerré los ojos un segundo. Tú puedes, Alicia. Hazlo por tu papá. Hazlo por la verdad.
Abrí los ojos.
—Su Señoría —empecé, y mi voz se volvió firme, proyectándose hasta el último rincón—. La fiscalía basa todo su caso en una supuesta transferencia digital realizada el 23 de abril a las 10:00 AM desde la IP privada del señor Montes. Aquí tengo el reporte de la fiscalía.
Levanté una hoja arrancada de mi cuaderno donde había copiado los datos a mano.
—Dicen que él robó el código fuente y lo envió a una cuenta en las Islas Caimán. Pero hay un problema. Un problema muy grande.
Me giré para mirar al fiscal Díaz directamente a los ojos.
—El 23 de abril, a las 10:00 AM hora de México, el señor Montes estaba en el vuelo AM-058 de Aeroméxico con destino a Tokio. Tengo aquí los registros de vuelo de acceso público. Ese avión, un Boeing 787, tuvo una falla en el sistema de WiFi satelital reportada por la aerolínea. Estuvo desconectado durante 13 horas.
La sala quedó en silencio absoluto.
—Es una imposibilidad técnica y temporal —continué, sintiendo cómo la adrenalina corría por mis venas—. A menos que el señor Montes tenga el superpoder de enviar terabytes de datos sin internet desde la estratosfera, la evidencia de la fiscalía es falsa. Fue fabricada.
Se escucharon murmullos de asombro. “No manches”, dijo alguien atrás.
—Y eso no es todo —dije, pasando la página—. La fiscalía solicitó una orden de cateo para buscar “documentos financieros”. Pero los metadatos de los archivos que presentaron como prueba muestran que fueron extraídos de la carpeta de “Propiedad Intelectual”. Según la jurisprudencia de la Suprema Corte sobre la “Doctrina del Fruto del Árbol Envenenado”, cualquier evidencia obtenida fuera del alcance de la orden judicial es inadmisible.
Miré a la Jueza. Ella tenía la boca ligeramente abierta. Se había quitado los lentes.
—Están violando el debido proceso, Su Señoría. Y lo están haciendo porque saben que el señor Montes no revisaría los detalles técnicos. Creen que porque son ricos y poderosos pueden aplastar la verdad. Pero los números no mienten. Y la ley tampoco debería.
Cerré mi cuaderno de golpe. Pum.
—Me sobraron dos minutos, Su Señoría.
Efrén me miraba con la boca abierta. El fiscal estaba pálido, sudando frío. Verónica Cruz se había puesto sus lentes oscuros, tratando de esconder el terror en su cara.
La Jueza Andrade se inclinó hacia adelante. Una sonrisa casi imperceptible cruzó su rostro de piedra.
—Licenciado Díaz —dijo la jueza, con una voz suave pero peligrosa—, parece que una niña de primaria acaba de darle una lección de derecho procesal. ¿Tiene algo que decir sobre la falla del WiFi en el vuelo a Tokio?
El fiscal balbuceó, buscando papeles que no tenía.
—Yo… eh… su Señoría… necesito verificar…
—No necesito que verifique nada —cortó la jueza—. Declaro un receso de 24 horas. Quiero una auditoría completa de esa evidencia digital antes de que vuelva a pisar mi sala. Y si encuentro que fabricaron pruebas, señor Fiscal, el que va a terminar en el Reclusorio es usted.
Golpeó el mazo.
—¡Se levanta la sesión!
La sala estalló en caos. Gritos, flashes de cámaras, gente corriendo. Efrén se dejó caer en su silla, respirando como si acabara de salir del agua después de casi ahogarse.
Se giró hacia mí lentamente.
—Gracias —dijo, con la voz temblorosa—. Gracias. ¿Quién eres? ¿De dónde saliste?
Me acomodé la mochila al hombro.
—Soy Alicia —dije, sonriendo por primera vez—. Y creo que tenemos mucho trabajo que hacer, porque esto apenas empieza. Esos tiburones no se van a quedar quietos.
Miré hacia atrás. Los guardias de seguridad privada de Verónica me estaban mirando. Uno de ellos sacó su celular y me tomó una foto. Sentí el mismo escalofrío de antes. Había ganado la batalla, pero acababa de declararle la guerra a gente muy peligrosa.
Mi abuela corrió hacia mí y me abrazó, llorando.
—¡Mija! ¡Estás loca! ¡Pero qué bárbara!
—Vámonos, abue —le dije—. Tengo hambre. Se me antojan unos tacos de canasta.
Salimos del tribunal como héroes improbables, bajo la lluvia que seguía cayendo sobre la Ciudad de México, limpiando, aunque fuera por un momento, la suciedad de las calles.
CAPÍTULO 2: ENTRE RASCACIELOS Y TORTILLAS DURAS
El aire afuera del tribunal se sentía pegajoso, una mezcla de humedad, smog y el escape de los camiones que pasaban rugiendo por la Avenida Niños Héroes. Aunque había dejado de llover, el asfalto brillaba con ese negro aceitoso típico de la CDMX después de una tormenta.
Mi abuela Clara me tenía agarrada del brazo con tanta fuerza que sentía que me iba a dejar marca. Caminábamos rápido hacia la estación del Metro Niños Héroes, esquivando charcos y puestos ambulantes que ya estaban recogiendo sus lonas de plástico azul.
—No mires atrás, Alicia —me susurró mi abuela, con la voz temblorosa—. Camina derecho.
Pero no pude evitarlo. Me giré un segundo, fingiendo que me acomodaba la mochila. Ahí estaban. Dos hombres recargados en una camioneta Suburban negra, de esas que usan los políticos o los narcos, con vidrios tan oscuros que parecen espejos de obsidiana. Llevaban trajes que les quedaban apretados en los hombros y ese corte de pelo militar que grita “seguridad privada”.
No estaban disimulando. Sus ojos me seguían con la precisión de un francotirador. Vi a uno de ellos llevarse un radio a la boca. Aunque estaba lejos, pude leer sus labios o quizás mi imaginación llenó el hueco con el miedo que sentía: “La niña es el problema. Averigua dónde vive”.
—¡Alicia! —me jaló mi abuela.
Nos perdimos en la boca del metro, entre la marea de gente que olía a cansancio y a garnacha. Mi corazón latía al ritmo de los vendedores ambulantes que gritaban “¡Lleve la pluma, lleve el chicle, diez pesos le vale!”.
Esa sensación de triunfo que tuve en la sala del tribunal se estaba desvaneciendo, reemplazada por una realidad fría: habíamos pateado el avispero. Y en México, cuando pateas el avispero, las avispas no solo te pican; te desaparecen.
Esa misma tarde, mi vida dio un giro de 180 grados. Efrén Montes había insistido en mandarnos un coche. No un taxi de aplicación, sino un auto blindado con chofer. El coche se deslizó por las calles de mi colonia, la Obrera, como una nave espacial aterrizando en Marte. Los vecinos se asomaban por las ventanas, los perros callejeros ladraban a las llantas relucientes.
—No toques nada, mija —me decía mi abuela, sentada en la orilla del asiento de piel, como si tuviera miedo de ensuciarlo con su ropa de trabajo.
El trayecto fue un viaje entre dos planetas. Dejamos atrás los baches, los cables de luz enmarañados como telarañas y las paredes grafiteadas. Subimos por Constituyentes, y de repente, la ciudad cambió. Los edificios de concreto gris se convirtieron en torres de cristal que tocaban las nubes. Santa Fe. El reino del dinero.
El auto se detuvo frente a las “Torres Virreyes”, un edificio que parecía una navaja de cristal cortando el cielo.
—Las esperan —dijo el guardia de la entrada, revisando una lista en su tablet sin siquiera mirarnos a los ojos. Éramos invisibles para él, solo “visitas” que no encajaban en su lobby de mármol.
El elevador subió tan rápido que se me taparon los oídos. Piso 45. El Penthouse.
Cuando las puertas se abrieron, contuve el aliento. Nunca en mi vida había visto algo así. El lugar era inmenso, cavernoso. El techo era altísimo, curvo, y las paredes eran puro ventanal de piso a techo. Desde ahí, la Ciudad de México se veía bonita, llena de luces doradas y rojas, como un tapete de joyas, y no como el monstruo de tráfico y ruido que yo conocía desde abajo.
El piso de madera brillaba tanto que podía ver mi reflejo: mis tenis sucios, mis calcetines disparejos. Había cuadros en las paredes que parecían garabatos de colores, pero que seguro costaban más que toda la vecindad donde vivíamos.
—Bienvenidas.
Efrén salió de un pasillo lateral. Ya no traía el traje arrugado del tribunal. Ahora vestía un suéter gris de cachemira, unos pantalones oscuros y mocasines que se veían tan suaves como mantequilla. Se veía relajado, pero sus ojos seguían teniendo esa sombra de agotamiento, como si no hubiera dormido en una semana.
—Gracias por venir —dijo, y su voz sonaba sincera, suave—. Y gracias por lo de hoy. Me salvaste la vida ahí adentro.
Mi abuela se quedó cerca de la puerta, abrazando su bolsa como si fuera un escudo.
—Señor Montes, con todo respeto —dijo ella—, mi nieta tiene tarea y yo tengo que trabajar mañana temprano. No sé qué hacemos aquí.
—Por favor, doña Clara. Siéntense. Tienen que comer algo.
Nos guio a una mesa de comedor que parecía hecha de hielo, de tan transparente que era el cristal. Efrén sacó una tablet y empezó a picar la pantalla con una indiferencia que me dolió.
—¿Qué se les antoja? ¿Italiano? ¿Japonés? ¿Unos cortes? —preguntó, sin siquiera mirar los precios. Pidió comida para un ejército sin dudarlo ni un segundo.
Yo pensé en el refrigerador de mi casa. Estaba vacío, salvo por medio frasco de mayonesa y unas tortillas duras. Mi abuela había dejado un sándwich de crema de cacahuate envuelto en aluminio para mi cena, porque faltaban dos días para la quincena. Y este hombre pedía comida de lujo como si fuera aire.
—Tenemos poco tiempo, Efrén —le dije, sacando mi cuaderno espiral y poniéndolo sobre la mesa de cristal. El contraste era brutal: mi cuaderno roto contra su mesa de diseñador—. La fiscalía no va a descansar. Deben estar inventando nuevas pruebas ahorita mismo.
Efrén dejó la tablet y se sentó frente a mí. Me miró con curiosidad genuina, ladeando la cabeza.
—Sabes, Alicia… he estado pensando. ¿Cómo es que una niña de 10 años sabe tanto de derecho corporativo, encriptación cuántica y jurisprudencia federal? Ni mis pasantes de la Ibero saben tanto.
Suspiré. Era la pregunta que todos hacían.
—Necesidad —dije simple—. Mi abuela trabaja tres turnos. Limpia oficinas en la mañana, cuida enfermos en la tarde y cocina en una fonda los fines de semana. Yo no tengo nana, ni chofer, ni iPad. Tengo la biblioteca pública.
Le conté cómo me escapaba a la Biblioteca Vasconcelos porque ahí había internet gratis y aire acondicionado. Cómo leía los códigos penales porque quería entender por qué se llevaron a mi papá. Cómo aprendí a leer las “letras chiquitas” de los contratos porque una vez casi nos desalojan por no entender un papel que firmó mi abuela.
—Quiero ser abogada algún día —le dije, mirándolo a los ojos—. Pero nadie toma en serio a una niña prieta de la Obrera.
Efrén asintió lentamente, procesando mis palabras.
—Bueno, hoy ciertamente te notaron. Hiciste temblar a un fiscal federal.
Llegó la comida. Charolas de sushi, pasta con trufa, ensaladas que se veían demasiado bonitas para comerlas. Comimos un poco en silencio, pero mi mente no dejaba de trabajar. Abrí los expedientes que Efrén había puesto sobre la mesa.
Mientras masticaba un rollo de sushi que sabía a gloria, algo me brincó en los papeles. Un patrón.
—Efrén… tu empresa desarrolló el sistema de encriptación más avanzado del mundo, ¿verdad? El “Quantum Lock”.
—Sí. Es impenetrable. Lo diseñé para proteger la privacidad de la gente, para que el gobierno no pudiera espiarnos.
—Y ahora te acusan de robar tu propia creación para venderla a los chinos o a quien sabe quién. Eso no tiene sentido —dije, frunciendo el ceño—. Nadie roba lo que ya es suyo. A menos que…
Pasé la página a la sección de Recursos Humanos. Vi las fotos de los ejecutivos.
—Tienes 23 vicepresidentes y directores —señalé—. Míralos.
Efrén miró las fotos.
—¿Qué tienen? Son los mejores en su campo.
—Todos son hombres blancos. Excepto una mujer asiática. Tu consejo directivo… puros hombres mayores, blancos, ricos.
Efrén se puso rígido. Su mandíbula se tensó.
—¿Qué tiene que ver eso con el fraude? Contratamos por mérito, Alicia. No vemos colores ni géneros. Buscamos excelencia.
Solté una risa seca, sin humor.
—¿Ah, sí? ¿O solo contratas a la gente que se parece a ti? ¿A los que fueron a tus mismas escuelas privadas? ¿A los que hablan inglés sin acento?
Saqué una hoja arrugada de mi mochila. Una lista que había hecho a mano.
—Marcos Miller. Ingeniero en sistemas, graduado del Politécnico con honores. Él escribió el código base de tu encriptación. Isabela Rossi. Contadora experta en auditoría forense. El Dr. Kenji Tanaka. Genio de la física. Ninguno de ellos pasó de la gerencia media. ¿Por qué?.
Efrén se levantó de la silla, molesto. El sonido de la silla arrastrándose rompió la calma del penthouse.
—Mira, agradezco lo que hiciste en la corte, pero no te traje aquí para que me des una lección de moral o de diversidad corporativa.
Me quedé sentada, tranquila. Mi abuela me miraba con los ojos abiertos, asustada de que le estuviera hablando así a un millonario.
—Tal vez debiste haber escuchado esa lección antes —le dije suavemente—. Porque creo que esa ceguera es exactamente la razón por la que estás a punto de ir a la cárcel.
Efrén se detuvo. Se giró hacia la ventana, dándome la espalda.
—¿De qué hablas?
—Alguien de adentro te puso la trampa, Efrén. Alguien en quien confiabas ciegamente porque se parecía a ti. Alguien que comía en tu mesa, que se reía de tus chistes y que te decía lo que querías oír. Nunca escuchaste a la gente de abajo, a los que limpian, a los que programan en los cubículos oscuros. Ellos veían lo que pasaba, pero tú no los veías a ellos.
El silencio en la habitación se volvió pesado. Efrén bajó la cabeza. La postura defensiva se le cayó como un abrigo viejo. Toda su vida había tenido el viento a favor. Puertas abiertas, sonrisas, inversionistas. Nunca se había tenido que preguntar si alguien le sonreía por quién era o por lo que tenía.
—Puede que tengas razón —admitió finalmente, con voz ronca—. Pero, ¿qué hacemos con eso ahora? Ya estoy fuera. Me bloquearon el acceso.
Saqué otra carpeta de mi mochila. Recortes de revistas de sociales, fotos de eventos de caridad, impresiones de Instagram.
—Creo que Verónica Cruz está trabajando con Apex Dynamics. Tu competencia más grande.
Efrén se giró de golpe.
—¡Imposible! Verónica y yo fundamos Lumina. Ella es como mi hermana. Estuvo conmigo cuando programábamos en la cochera de mis papás.
—Mira las fotos —le ordené, extendiendo las imágenes sobre el cristal—. Aquí está Verónica en la gala del Museo Soumaya. ¿Quién está a su lado? Roberto Kenneth, el CEO de Apex. Aquí están en el Gran Premio de la Fórmula 1. Juntos. Aquí en una boda en San Miguel de Allende. Siempre juntos, siempre hablando en secreto, siempre sonriendo.
Efrén miró las fotos como si fueran tóxicas. Su cara palideció.
—La persona más cercana a ti es la que tiene más que ganar si tú caes —dije, recordándole una regla básica de la calle—. Tú confiaste en ella. Eso lo hizo fácil.
Efrén se pasó la mano por el pelo, despeinándose su corte perfecto. Caminó de un lado a otro.
—Si Verónica está con Kenneth… quieren la empresa. Quieren el código. Si me meten a la cárcel, ella se queda con el control y fusiona Lumina con Apex. Tendrán el monopolio de la encriptación mundial.
—Y acceso trasero para el gobierno —añadí—. Eso es lo que Apex siempre ha querido, ¿no? Venderle tus datos al mejor postor.
Efrén golpeó la mesa con el puño, haciendo tintinear los vasos.
—¡Maldita sea! ¡Soy un idiota!
—No eres idiota, Efrén. Solo estabas cómodo. Pero ahora necesitamos pruebas. Pruebas reales. No teorías.
—El edificio está cerrado —dijo Efrén, mirando el reloj—. Son las 10 de la noche. Seguridad está en alerta máxima. Mis credenciales digitales fueron revocadas al mediodía.
—Pero tú diseñaste el sistema de seguridad física, ¿no? —pregunté.
—Sí…
—Lo que significa que conoces las puertas traseras. Las que no están en el manual.
Efrén me miró. Una chispa de la vieja inteligencia, esa que lo hizo millonario, brilló en sus ojos.
—Hay una entrada de servicio. Para mantenimiento del aire acondicionado. Tiene un código maestro físico que no depende del servidor central. Si entro por ahí…
—Podemos llegar a la oficina de Verónica —completé—. Y buscar lo que sea que esté escondiendo.
—Es un delito, Alicia. Allanamiento. Si nos agarran, no solo pierdo el juicio. Nos vamos a la cárcel directo. Y tú eres una niña.
—Ya estoy metida en esto, Efrén. Y créeme, correr riesgos es lo único que sé hacer. Pero necesitamos algo más. Si logramos entrar a la computadora de Verónica, vamos a necesitar desencriptar sus archivos rápido. Tú eres bueno, pero estás nervioso. Necesitamos a alguien con manos rápidas.
En ese momento, mi celular vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de WhatsApp.
TIMO: Oye, vi las noticias. ¿Ese eras tú en la tele? ¡Qué loco! Oye, encontré algo raro en la red de Lumina. Hay tráfico saliente hacia un servidor en Singapur. Avísame.
Sonreí.
—Tengo a la persona —le dije a Efrén—. Se llama Timo. Es mi vecino. Tiene 11 años y el mes pasado hackeó la red de la SEP para cambiarnos las calificaciones a todos, solo para ver si podía.
Efrén me miró como si estuviera loca.
—¿Me estás diciendo que vamos a entrar a la empresa de tecnología más segura de Latinoamérica con una niña de 10 años y un hacker de 11 que opera desde una vecindad?.
Me encogí de hombros.
—Te sorprendería lo que aprendemos los niños cuando el mundo nos ignora. Además, Timo ya encontró tráfico sospechoso hacia Singapur desde tu red. Sin siquiera salir de su cuarto.
Efrén se quedó callado un momento. Luego, una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—Está bien. Hagámoslo. Si voy a caer, voy a caer peleando.
Eran las 11:45 PM cuando llegamos a la torre de Sistemas Lumina en Polanco.
La noche estaba fría. El edificio se alzaba como un monolito negro, solo algunas luces de emergencia parpadeaban en su interior. La calle estaba desierta, salvo por un puesto de tacos que recogía sus cosas en la esquina.
El chofer nos dejó en la entrada de proveedores, un callejón oscuro que olía a basura y humedad. Efrén se veía fuera de lugar con su ropa cara en ese callejón, pero se movía con determinación.
Yo traía mi mochila apretada contra el pecho. Adentro llevaba mi cuaderno, una lámpara sorda, y lo más importante: una memoria USB negra con una calcomanía de Minecraft que me había dado el Timo hace media hora. “Conéctala y déjala correr”, me había dicho Timo con los ojos brillantes. “Es un script que se come las contraseñas como Pac-Man”.
Mi corazón golpeaba mis costillas como un tambor de guerra. Pum-pum, pum-pum.
—Recuerda —susurró Efrén, agachado junto a la puerta de metal gris—. Si alguien nos ve, tú no estás conmigo. Tú te perdiste. Eres una niña que se metió por error.
—Ni creas —le contesté—. Estamos juntos en esto.
Efrén sacó una tarjeta magnética vieja de su cartera, una que tenía raspaduras. La deslizó por el lector. Bip. Luz roja.
—Maldición —masculló.
—Intenta el código manual —sugerí.
Efrén tecleó una serie de números en el panel numérico desgastado. 9-2-4-7-1… Sus dedos se movían de memoria.
Click. La luz cambió a verde. La cerradura magnética se liberó con un suspiro mecánico.
Empujamos la puerta pesada y entramos. El aire adentro estaba helado, con ese olor estéril de las oficinas corporativas: limpiador de pino y electricidad estática.
El pasillo de servicio estaba iluminado por luces fluorescentes que zumbaban como moscas. Bzzzzzz. Caminamos pegados a la pared, evitando las cámaras que Efrén señalaba con el dedo.
—El elevador de carga está aquí —dijo, presionando el botón.
El elevador tardó una eternidad. Cada segundo se sentía como una hora. Yo miraba hacia atrás, esperando ver a los guardias de seguridad armados corriendo hacia nosotros. Pero solo había silencio.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, entramos rápido. Efrén sacó una llave especial de su bolsillo y la insertó en el panel de control para activar el piso ejecutivo sin necesidad de tarjeta.
El elevador empezó a subir. Sshhhhhhh.
—Piso 30 —dijo Efrén, mirando los números cambiar—. La oficina de Verónica está en la esquina noreste. Tiene vista al parque.
—¿Y si está ahí? —pregunté.
—A esta hora siempre está en el gimnasio o durmiendo. Es muy metódica.
Ding.
Las puertas se abrieron al piso ejecutivo. Estaba oscuro, solo iluminado por el resplandor de la ciudad que entraba por los ventanales enormes. Era fantasmal. Filas y filas de cubículos vacíos, pantallas negras como ojos cerrados.
Caminamos sobre la alfombra gruesa que absorbía el ruido de nuestros pasos. Se sentía como caminar en un cementerio de tecnología.
Llegamos a la oficina de la esquina. Puertas de cristal esmerilado con el nombre “Verónica Cruz – COO” grabado en plata.
Efrén probó la manija. Cerrada.
—Déjame a mí —dije. Saqué un clip que traía en el pelo. Había visto esto en YouTube mil veces.
Pero Efrén simplemente sacó su tarjeta maestra de nuevo.
—El acceso físico no siempre está ligado al servidor central —explicó. Pasó la tarjeta. Bip. Verde.
—Ah, bueno. Eso es más fácil —dije, guardando mi clip.
Entramos. La oficina de Verónica era elegante, fría. Muebles blancos, arte moderno que parecía manchas de sangre, y un escritorio inmenso y limpio. Demasiado limpio.
—Rápido —dijo Efrén—. Yo reviso la computadora. Tú busca en los archiveros. Busca cualquier cosa que diga “Proyecto Quantum”, “Apex” o “Fusión”.
Efrén se sentó en la silla de Verónica y despertó la computadora. La pantalla iluminó su cara con una luz azul espectral. Empezó a teclear furiosamente, intentando saltarse los bloqueos de administrador.
Yo me fui a los archiveros de metal que estaban contra la pared. Abrí el primero. Carpetas colgantes perfectamente ordenadas: Administración, Bancos, Contratos…
Saqué mi lamparita y empecé a hojear. Nada. Papeles aburridos.
Abrí el segundo cajón. Marketing, Personal, Proyectos…
Revisé “Proyectos”. Nada incriminatorio.
Abrí el tercer cajón. Estaba medio vacío. Solo algunas carpetas viejas al frente. Metí la mano hasta el fondo, palpando el metal frío.
Entonces sentí algo. El fondo del cajón no estaba plano. Tenía un borde, una pequeña elevación.
—Efrén… —susurré.
Empujé las carpetas hacia adelante y toqué el fondo. Sonaba hueco. Toc, toc.
Busqué con mis uñas hasta encontrar una ranura. Tiré hacia arriba. Era un fondo falso.
Debajo del metal, escondido en la oscuridad, había un libro de contabilidad negro, encuadernado en piel, y una memoria USB plateada, pequeña y elegante.
—¡Lo tengo! —dije, sacando el tesoro.
Efrén corrió hacia mí. Agarró el libro y lo abrió bajo la luz de mi lámpara. Sus ojos recorrían las páginas rápidamente.
—No puede ser… —murmuró.
—¿Qué es?
—Es un registro manual. Fechas, montos, iniciales. Mira aquí: “R.K. – 500,000 USD”. Roberto Kenneth. Y aquí: “G.D. – Pago mensual”. Gerardo Díaz, el fiscal.
—Es la nómina de los sobornos —dije, sintiendo un hueco en el estómago—. Los tiene anotados por si acaso la traicionan. Es su seguro de vida.
—Verónica ha estado recibiendo pagos de Apex por meses. Y le está pagando al fiscal para que me hunda.
Corrí a la computadora y conecté la USB de Timo en el puerto lateral. Una ventana negra con letras verdes apareció en la pantalla. El programa de Timo empezó a correr solo, escaneando correos borrados, recuperando archivos ocultos.
La barra de progreso avanzaba lento. 20%… 30%…
—Vamos, vamos… —susurré.
De repente, escuchamos un sonido que nos heló la sangre.
Ding.
El elevador. En este piso.
Efrén y yo nos miramos con terror puro.
—¡Alguien viene! —siseó Efrén.
Arranqué la USB de la computadora, la metí en mi mochila junto con el libro negro y el disco duro.
—¡Escóndete!
Las luces de la oficina exterior se encendieron. Vimos dos siluetas a través del cristal esmerilado. Sombras largas que se acercaban hablando en voz baja.
—…segura que oíste algo en el sistema… —decía una voz de hombre. Era inconfundible. Era el fiscal Gerardo Díaz.
—El sistema de alertas silenciosas se activó en mi celular —respondió una mujer. Verónica.
Estaban a tres metros de la puerta.
Efrén señaló una puerta lateral, un pequeño baño privado dentro de la oficina. Nos lanzamos hacia allá, deslizándonos sobre la alfombra. Entramos y cerramos la puerta con el cuidado de un cirujano, justo cuando la manija de la oficina principal giraba.
Click.
—¿Ves? No hay nadie —dijo el fiscal, su voz sonando clara ahora que estaban adentro.
—Alguien usó mi computadora —dijo Verónica. Escuchamos el tecleo agresivo—. ¡Está caliente! ¡El CPU está caliente!
Me apreté contra la pared de azulejos fríos del baño. Efrén estaba a mi lado, conteniendo la respiración. Podía escuchar los latidos de su corazón como si fueran los míos.
—Revisa los archiveros —ordenó Verónica.
Escuchamos los cajones abrirse y cerrarse con violencia. Clang, clang.
—¡El libro! —gritó ella—. ¡No está el maldito libro!
—¿Qué libro, Verónica? —preguntó el fiscal, con voz nerviosa—. ¿De qué hablas?
—¡Mis registros! ¡Si alguien tiene eso, estamos muertos, Gerardo! ¡Muertos!
Efrén sacó su celular con cuidado, puso la cámara en modo video y la acercó a la rendija de ventilación de la puerta del baño. Estaba grabando el audio.
—Tranquila —dijo el fiscal—. Debe haber sido limpieza. O tal vez lo moviste.
—¡Yo no muevo nada! —chilló ella—. ¡Alguien estuvo aquí! ¡Seguridad!
Verónica agarró el teléfono de su escritorio.
—¡Cierren el edificio! ¡Nadie sale! ¡Quiero un barrido completo piso por piso! ¡Ahora!.
Las sirenas de emergencia empezaron a aullar. Una luz estroboscópica roja empezó a parpadear, colándose por debajo de la puerta del baño.
Estábamos atrapados. En el piso 30. Con la dueña del edificio furiosa y el fiscal corrupto a unos metros. Y la única salida estaba bloqueada.
Miré a Efrén. Estaba pálido, pero me miró y asintió.
—¿Confías en mí? —susurró, tan bajo que apenas lo oí.
—Más te vale tener un plan —le contesté.
—Vamos a tener que correr.
—¿Hacia dónde?
—Hacia arriba. Al helipuerto.
Efrén pateó la puerta del baño, abriéndola de golpe. Verónica y el fiscal saltaron del susto. Antes de que pudieran reaccionar, Efrén me jaló del brazo y salimos disparados hacia el pasillo, pasando justo frente a sus narices.
—¡SON ELLOS! —gritó Verónica—. ¡AGÁRRENLOS!
Corrimos. Corrimos como nunca en mi vida. Los tenis “Squeak, squeak” contra el mármol, las sirenas aullando, y detrás de nosotros, los pasos de los guardias que ya subían por las escaleras.
Esto ya no era un juicio. Era una cacería.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA HUIDA HACIA EL ABISMO
—¡Al helipuerto! —gritó Efrén, jalándome del brazo con una fuerza que no sabía que tenía.
Corrimos hacia el final del pasillo. Mis tenis “Squeak, squeak” resonaban contra el piso de mármol como llantas patinando en el asfalto. Las luces rojas de la alarma giraban, convirtiendo el elegante piso ejecutivo en una discoteca del infierno.
Llegamos a la puerta de acceso a la azotea. Efrén tecleó el código frenéticamente.
Error. Error. Acceso denegado.
—¡Maldita sea! —gritó, golpeando el panel metálico con el puño—. ¡Bloquearon las salidas superiores! Verónica cerró el edificio en modo “Jaula”. Nadie entra, nadie sale.
Detrás de nosotros, al final del pasillo largo y oscuro, vimos las puertas del elevador abrirse. Dos sombras grandes, cuadradas, salieron corriendo. No eran policías. Eran los “gorilas” de seguridad privada de Verónica. Y traían macanas en la mano.
—¡Ahí están! —rugió uno de ellos. Su voz rebotó en las paredes de cristal.
—¡Ya valimos! —grité, sintiendo que el pánico me subía por la garganta. Estábamos en el piso 30. Atrapados entre el cielo cerrado y los lobos que venían por nosotros.
Efrén miró a su alrededor, desesperado. Sus ojos se posaron en una puerta gris, discreta, casi invisible junto a un extintor. Tenía un letrero verde que brillaba en la oscuridad: SALIDA DE EMERGENCIA – ESCALERAS.
—¡Las escaleras! —dijo Efrén.
Se lanzó contra la barra de pánico de la puerta. La puerta cedió con un chirrido metálico pesado. Nos metimos y Efrén la empujó con todo su peso para cerrarla justo cuando una macana golpeaba el metal del otro lado. ¡CLANG!
—¡Bloquéala! —le grité.
Efrén buscó algo, pero no había cerrojo por dentro (por seguridad contra incendios). Arrancó el extintor de la pared y lo trabó en la manija. No los detendría por siempre, pero nos daría unos segundos.
—Tenemos que bajar —jadeó Efrén. Estaba sudando a mares, su suéter de cachemira ya estaba pegado a la espalda—. Son treinta pisos, Alicia.
—Pues corre, porque si nos alcanzan, no vamos a llegar al piso uno —le contesté.
Empezamos a bajar.
No fue como en las películas donde los héroes bajan deslizándose por el barandal. Fue brutal. El hueco de la escalera era de concreto puro, frío y olía a polvo y humedad. El eco de nuestros pasos era ensordecedor. Pum, pum, pum, pum.
Bajábamos los escalones de dos en dos. Al principio íbamos rápido, impulsados por la adrenalina. Piso 25. Piso 20. Pero para el piso 15, mis piernas de niña empezaron a arder como si tuviera fuego en los músculos. Efrén jadeaba como una locomotora vieja; su vida de oficina y cenas caras no lo había preparado para esto.
—¡Rápido! —le urgí, jalándolo de la manga.
Arriba, escuchamos un golpe seco y luego el sonido de la puerta abriéndose. El extintor había fallado.
—¡Los veo! ¡Están bajando! —gritó una voz desde arriba. El sonido rebotó en las paredes de concreto, amplificándose como un monstruo bajando por la garganta del edificio.
—¡Están viniendo! —Efrén aceleró el paso, casi tropezando.
Piso 10. Piso 8.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolían los dientes. Abrazaba mi mochila contra el pecho como si fuera un bebé, protegiendo la USB y el libro negro. Ahí iba la vida de Efrén. Ahí iba mi futuro.
Llegamos al Piso 1. La puerta final.
Efrén se lanzó contra ella y salimos disparados hacia la noche fría de la Ciudad de México. El aire helado nos golpeó la cara como una cachetada.
No salimos al lobby principal, sino a la parte trasera, a la zona de carga y descarga. Estaba oscuro, lleno de camiones de reparto y contenedores de basura gigantes. Olía a cartón mojado y a diesel.
—¡Por allá! —señaló Efrén hacia la calle.
Pero antes de dar dos pasos, una luz potente nos cegó.
—¡ALTO AHÍ!
Dos guardias salieron de detrás de un camión de basura, bloqueando la salida al callejón. Eran enormes.
—¡Corran! —gritó Efrén.
Giramos en U y corrimos hacia el otro lado, hacia el muelle de carga del edificio contiguo. Era un laberinto de cajas de madera y montacargas estacionados. Aquí, en la oscuridad, yo tenía la ventaja.
—¡Sígueme! —le susurré a Efrén.
Me agaché y me metí por debajo de una rampa de metal. Efrén, torpe y grande, me siguió a duras penas, raspando sus pantalones caros contra el piso grasoso. Nos escondimos detrás de una pila de tarimas viejas.
Los guardias pasaron corriendo a unos metros, sus linternas cortando la oscuridad como espadas de luz.
—¿Dónde se metieron? —gruñó uno.
—Deben haber salido a la calle. ¡Vamos!
Esperamos a que sus pasos se alejaran. Efrén estaba temblando, tratando de controlar su respiración para no hacer ruido. Me miró en la penumbra, con la cara sucia de grasa y sudor.
—Eres increíble, niña —susurró.
—Shhh. Todavía no salimos.
Nos arrastramos hasta la orilla del callejón. La calle estaba a unos metros. Pero justo cuando íbamos a salir, un coche se detuvo frente a nosotros con un rechinido de llantas.
Era un sedán gris, sin marcas, común y corriente. De esos que la policía judicial usa para pasar desapercibida.
Efrén se tensó, listo para correr de nuevo.
La ventanilla del copiloto bajó.
—¿Necesitan un aventón? —preguntó una voz calmada.
Me asomé con cuidado. Era él. El investigador Lalo Jefferson. El hombre negro que había estado en el juicio, el único policía que no nos había mirado con desprecio.
—¡Es Lalo! —dije, sintiendo un alivio tan grande que casi me caigo.
Efrén abrió la puerta trasera y nos lanzamos al interior del coche. Lalo pisó el acelerador antes de que termináramos de cerrar la puerta. Las llantas patinaron sobre el pavimento mojado y salimos disparados, dejando atrás la torre de Lumina y sus sirenas aullantes.
—¿Están bien? —preguntó Lalo, mirando por el retrovisor con esos ojos serios e inteligentes.
—Casi nos matan —jadeó Efrén, dejándose caer contra el asiento. Se aflojó la corbata—. Verónica nos descubrió. Tiene a todo el equipo de seguridad buscándonos.
—Lo sé —dijo Lalo—. Escuché el reporte en la radio policial. “Allanamiento de morada y robo”. Los están boletinando como criminales peligrosos.
—No robamos nada —intervine yo, abriendo mi mochila con manos temblorosas—. Recuperamos lo que robaron ellos.
Saqué el libro negro y la USB.
—Lalo, tienes que ver esto —le dije, pasándole el libro al asiento del copiloto—. Es la “Nómina Fantasma”. Pagos de Apex Dynamics a Verónica Cruz. Y correos… correos que prueban que ella y el fiscal Díaz planearon todo.
Lalo aprovechó un semáforo en rojo para abrir el libro. La luz ámbar de la calle iluminó las páginas. Vio las iniciales. Vio los montos. Su expresión, siempre estoica, se endureció. Apretó el volante con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Esto es dinamita pura —murmuró Lalo—. El fiscal Díaz… sabía que era ambicioso, pero no sabía que era tan barato. Se vendió por una mensualidad.
—Hay más —dijo Efrén, recuperando el aliento—. Grabamos una conversación. Verónica admitió que quiere fusionar la empresa con Apex para darle al gobierno una “puerta trasera” en la encriptación. Quieren espiar a todos, Lalo. A todos.
Lalo nos miró por el espejo.
—Esto ya no es un caso de fraude, Efrén. Esto es seguridad nacional. Si Apex consigue esa tecnología, tendrán el control de las comunicaciones bancarias, gubernamentales y privadas de todo el país. Y con Díaz en su bolsillo, nadie los detendrá.
—Por eso tenemos que llevar esto a la jueza mañana —dije yo.
—No podemos ir por los canales normales —advirtió Lalo, volviendo a acelerar—. Díaz tiene ojos y oídos en la Fiscalía. Si entregamos esto en la delegación, “se va a perder” antes de que amanezca. Y ustedes van a aparecer suicidados en una celda.
El coche se movía rápido por el Viaducto, esquivando el tráfico nocturno.
—¿A dónde vamos? —preguntó Efrén.
—A un lugar seguro. Necesitamos reagruparnos y ver qué tenemos exactamente.
Lalo nos llevó a una pequeña taquería en la colonia Narvarte. De esas que abren las 24 horas, con luces de neón parpadeantes y un olor a suadero y cilantro que, honestamente, me revivió el alma. Nos sentamos en una mesa del fondo, lejos de la ventana.
Lalo pidió tres órdenes de tacos al pastor y refrescos. Efrén miraba los tacos con desconfianza, pero cuando probó el primero, cerró los ojos. Creo que nunca había comido con tanta hambre en su vida.
Extendimos los papeles sobre la mesa de plástico, entre las salsas y los limones.
—Aquí está —señalé un documento impreso que había sacado de la oficina—. Marcos Miller, el ingeniero jefe. Mandó tres reportes de seguridad advirtiendo sobre accesos extraños desde Singapur. Verónica los archivó y lo despidió dos semanas después.
—Y aquí —señaló Efrén otro papel—, Isabela Rossi, de contabilidad. Reportó discrepancias en los libros. Fue transferida a un sótano en Iztapalapa al día siguiente.
—Silenciaron a todos los que intentaron advertirte —dijo Lalo, negando con la cabeza—. Y todos eran personas que Verónica consideraba “prescindibles”. Gente que no era de su círculo. Gente como Marcos, como Isabela… como tú, Alicia.
Efrén bajó la mirada, avergonzado.
—Yo no sabía nada de esto.
—Ese es el problema, Efrén —le dijo Lalo con dureza—. No sabías porque no querías saber. Creaste un sistema donde solo escuchabas a los que te adulaban. La corrupción crece en los puntos ciegos.
El celular de Efrén estaba muerto, pero el mío empezó a vibrar como loco sobre la mesa. Bzzz, bzzz, bzzz.
Miré la pantalla. ABUELA CLARA. 15 llamadas perdidas.
—¡Mi abuela! —exclamé, sintiendo un balde de agua fría—. Llevo horas fuera. Debe estar infartada.
Contesté.
—¿Abue?
—¡Alicia! —gritó mi abuela del otro lado, llorando—. ¿Dónde estás, niña del demonio? ¡La policía está aquí! ¡Dicen que te secuestraron!
—¿La policía? —pregunté, mirando a Lalo con pánico.
—Sí, hay patrullas afuera del edificio. Dicen que tienen un reporte de que te fuiste con un hombre mayor. ¡Alicia, regresa ya!
Colgué.
—Tenemos que irnos —dije, guardando todo en mi mochila—. La policía está en mi casa. Verónica debió reportar que Efrén me secuestró para poner a las autoridades en nuestra contra.
Lalo maldijo en voz baja.
—Es una jugada sucia, pero inteligente. Si te encuentran con Efrén, lo acusan de secuestro de menores. Adiós credibilidad, adiós juicio, hola cárcel por 40 años.
—Tengo que ir sola —dije—. Efrén no puede acercarse a mi casa.
—No te voy a dejar sola —dijo Efrén—. Esa gente sabe dónde vives. Pintaron tu puerta, ¿recuerdas?
—Yo la llevo —dijo Lalo, sacando su placa—. Soy oficial de la ley. Si llego con ella, puedo decir que la encontré y la llevé a casa por seguridad. Tú, Efrén, te vas con mi contacto. Te voy a esconder en un hotelucho donde nadie te busque.
Salimos de la taquería. La noche se sentía más peligrosa que nunca.
Lalo me llevó en su coche hasta la Obrera. Las calles estaban vacías y húmedas. Cuando dimos vuelta en mi calle, vi las luces azules y rojas girando contra las fachadas despintadas de la vecindad. Dos patrullas de la policía local bloqueaban la entrada.
Mi abuela estaba parada en la banqueta, con su bata de dormir y el pelo revuelto, discutiendo con un oficial gordo que anotaba cosas en una libreta.
Lalo detuvo el coche.
—Escúchame bien, Alicia —me dijo, girándose hacia mí—. Mañana es el día. No salgas de tu casa hasta que yo venga por ti. Cierra todo. No le abras a nadie. ¿Entendido?
—Entendido.
Bajé del coche.
—¡Abuela!
Mi abuela se giró. Su cara pasó del terror al alivio puro en un segundo. Corrió hacia mí y me abrazó tan fuerte que me sacó el aire. Olía a jabón Zote y a angustia.
—¡Ay, mi niña! ¡Dios mío! —lloraba—. Pensé que no te volvía a ver.
El policía gordo se acercó, poniéndose la mano en el cinturón.
—¿Es esta la menor, señora? ¿Dónde estaba? ¿Quién es ese del coche?
Lalo se bajó del auto, tranquilo, mostrando su placa dorada de Investigador de Delitos Financieros.
—Oficial —dijo Lalo con voz de mando—. Soy el Investigador Jefferson. La menor estaba colaborando en una investigación federal urgente. Yo me hice cargo de su custodia temporal. Todo está en orden.
El policía local vio la placa federal y bajó la guardia. En México, las jerarquías se respetan (o se temen).
—Ah, enterado, jefe. Solo respondíamos al reporte del 911. Decían que un sujeto se la había llevado.
—Malentendido —dijo Lalo—. Pueden retirarse. Yo me encargo de la seguridad del perímetro.
Los policías se fueron, no sin antes echarme una mirada de curiosidad.
Mi abuela me jaló hacia adentro de la vecindad.
—¡Alicia Walker! —me regañó, aunque me seguía abrazando—. ¡Esto no es un juego! ¡Tú no eres abogada, eres una niña! ¡Esos hombres son peligrosos!.
Entramos a nuestro departamentito. Se veía diferente. La puerta tenía marcas de palanca donde habían intentado forzarla antes. Mi abuela había empujado el sillón contra la entrada.
Saqué las pruebas de mi mochila y las escondí debajo de una baldosa suelta en la cocina, donde guardábamos los ahorros de emergencia.
—Abue —le dije, tomándole las manos—. Sé que tienes miedo. Yo también tengo miedo. Pero Efrén es inocente. Y si no lo ayudamos, nadie lo va a hacer. Es como cuando quisieron quitarle el puesto a Doña Mari en el mercado y tú juntaste firmas para defenderla. Es lo mismo.
Mi abuela me miró. Sus ojos cansados se suavizaron. Acarició mi cara.
—Eres igualita a tu papá —susurró—. Terca como una mula.
—Mañana se acaba esto, abue. Te lo prometo.
Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la ventana, mirando la calle vacía, vigilando. Cada coche que pasaba me hacía saltar. Sabía que Verónica Cruz no se iba a quedar quieta. Había perdido su libro, había perdido sus secretos. Era una bestia herida. Y las bestias heridas son las que tiran las mordidas más fuertes.
Mañana, en el tribunal, iba a ser la guerra final. Y yo solo tenía mi cuaderno, mi voz y la verdad. Esperaba que fuera suficiente.
CAPÍTULO 4: LA CALMA ANTES DEL HURACÁN
2:00 AM. Hotel “El Descanso”, Colonia Doctores.
Efrén Montes, el hombre que hasta hace una semana dormía en sábanas de algodón egipcio de mil hilos, ahora estaba sentado en la orilla de una cama con un colchón que tenía la forma de una hamaca vieja. Las sábanas eran de poliéster rasposo y tenían quemaduras de cigarro, herencia de huéspedes anteriores que seguramente no habían venido aquí a dormir.
El cuarto olía a humedad y a limpiador de pino barato, ese olor inconfundible de los hoteles de paso de la Ciudad de México. Afuera, sobre el Eje Central, las sirenas de las ambulancias y las patrullas no dejaban de aullar, una canción de cuna urbana para los desesperados.
Lalo Jefferson lo había dejado ahí hace un par de horas con una advertencia clara: “No te asomes, no prendas el celular, no pidas servicio al cuarto. Para el mundo, tú desapareciste”.
Efrén miró sus manos. Estaban sucias. Tenía grasa de motor bajo las uñas, recuerdo de su huida por el muelle de carga. Su traje italiano de 50 mil pesos estaba arruinado, desgarrado en la rodilla y manchado de lodo. Se sentía… real. Por primera vez en años, se sentía real.
Se levantó y se miró en el espejo manchado del baño. Vio a un hombre cansado, ojeroso, pero en sus ojos ya no había ese terror paralizante del día anterior. Había furia.
—Me vieron la cara de estúpido —murmuró para su reflejo—. Pero se acabó.
Pensó en Alicia. En esa niña pequeña con trenzas y tenis viejos que había arriesgado más en 24 horas que todos sus socios millonarios en diez años. Pensó en cómo ella conocía las leyes mejor que sus abogados carísimos. Pensó en cómo ella veía a las personas que él había ignorado: los guardias, los de limpieza, los ingenieros “sin pedigrí”.
Sacó de su bolsillo interior una hoja de papel arrugada. Era la lista que Alicia le había dado en el penthouse. Marcos Miller. Isabela Rossi. Dr. Kenji Tanaka.
—Perdónenme —susurró Efrén—. Les fallé.
Esa noche, el CEO de Sistemas Lumina no durmió. Se sentó bajo la luz parpadeante de la lámpara de buró y, con una pluma prestada de la recepción, empezó a escribir. No eran alegatos legales. Eran cartas. Cartas de disculpa. Cartas de estrategia. Cartas para reconstruir un imperio, no con dinero, sino con verdad.
6:00 AM. Vecindad en la Colonia Obrera.
El olor a café de olla y tortillas quemadas me despertó. Mi abuela Clara ya estaba levantada, moviéndose por la cocinita con esa energía nerviosa que le daba el miedo.
Me senté en el sofá-cama. Mi cuerpo me dolía como si me hubiera atropellado un microbús. Mis piernas recordaban cada uno de los treinta pisos que bajamos corriendo. Pero mi mente estaba clara, afilada como un cuchillo recién amolado.
—Desayuna, mija —dijo mi abuela, poniéndome un plato con huevo y frijoles—. Tienes que ir fuerte. Hoy es la guerra.
Comí en silencio, viendo las noticias en la pequeña tele vieja que teníamos sobre el refri.
El noticiero matutino estaba en pleno escándalo.
“…y en noticias de última hora, fuentes cercanas a la Fiscalía sugieren que Efrén Montes, el CEO caído en desgracia, podría haberse dado a la fuga tras un incidente violento en las oficinas de Lumina anoche. Roberto Kenneth, CEO de Apex Dynamics, declaró en exclusiva que Montes intentó sabotear los servidores para ocultar su fraude…”
—¡Mentiroso! —le grité a la tele.
En la pantalla apareció la cara de Roberto Kenneth. Era un hombre guapo, de esos que parecen salidos de una telenovela, con el pelo canoso perfecto y una sonrisa que inspiraba confianza… si no sabías que era un tiburón.
“Es triste ver caer a un colega”, decía Kenneth con falsa modestia ante los micrófonos. “Pero la integridad del sector tecnológico es primero. Verónica Cruz ha sido una víctima en todo esto, presionada por un jefe corrupto…”
Mi abuela apagó la tele de un manotazo.
—No escuches veneno, Alicia. Mejor arréglate.
Sobre la mesa, mi abuela había puesto mi “ropa de domingo”. Un vestido azul sencillo que ella misma había cosido, mis calcetines blancos más limpios y mis tenis… bueno, mis tenis seguían siendo los mismos viejos, pero mi abuela los había tallado con jabón y cepillo hasta que quedaron casi blancos.
—Te ves decente —dijo ella, alisándome el pelo y haciéndome dos trenzas apretadas, perfectas—. Que no digan que por ser pobres somos sucios. Cabeza en alto, Alicia. Tú no le debes nada a nadie.
A las 7:00 AM, alguien tocó la puerta. Tres golpes secos.
Mi abuela agarró el sartén, lista para defenderse. Yo me asomé por la mirilla.
—Es Lalo —dije.
Abrí la puerta. El investigador Jefferson se veía imponente, aunque traía la misma ropa de ayer. Sus ojos estaban rojos; claramente tampoco había dormido.
—¿Listas? —preguntó.
—Listas —respondimos al unísono.
Salimos a la calle. El aire de la mañana estaba frío y gris. La Ciudad de México despertaba con su rugido habitual de motores y cláxones, indiferente al drama que estaba a punto de suceder. Pero para nosotros, ese martes era el fin del mundo o el principio de uno nuevo.
8:30 AM. Exterior del Palacio de Justicia Federal.
El lugar era un circo. Literalmente.
Había más cámaras que en la final del fútbol mexicano. Unidades móviles de TV Azteca, Televisa, CNN. Periodistas peleándose por el mejor ángulo. Había manifestantes con pancartas pagadas que decían “CÁRCEL A LOS CORRUPTOS” y “JUSTICIA PARA LOS INVERSIONISTAS”.
Lalo estacionó el coche a dos cuadras, en un estacionamiento público discreto.
—No podemos entrar por el frente —dijo Lalo, mirando el caos—. Si te ven, te van a comer viva. Y si ven a Efrén… bueno, lo linchan antes de que llegue a la puerta.
—¿Dónde está Efrén? —pregunté.
—Ya viene. Viene con refuerzos.
—¿Refuerzos? —Mi abuela frunció el ceño—. ¿Más policías?
—No. Algo mejor. Una abogada de verdad.
Caminamos por una entrada lateral, la que usan los empleados de limpieza y los proveedores. Lalo enseñó su placa y nos dejaron pasar.
El ambiente adentro del tribunal era eléctrico. Se sentía esa tensión pesada que precede a las tormentas violentas. Los pasillos estaban llenos de susurros. “¿Ya vieron quién llegó?”, “Dicen que Montes se fugó a Belice”, “Dicen que la niña es hija secreta de alguien”.
Llegamos a la Sala 4. Estaba a reventar. No cabía ni un alfiler.
Nos sentamos en la primera fila, detrás de la mesa de la defensa, que estaba vacía. Terriblemente vacía.
En la mesa de la fiscalía, Gerardo Díaz estaba sentado como un rey. Se había cambiado el traje; ahora traía uno gris perla impecable. Se reía con sus asistentes, revisando papeles con una confianza que me daba asco.
Verónica Cruz estaba sentada detrás de él, rodeada de un equipo de abogados que parecían modelos de revista. Llevaba un vestido negro, modesto, y pañuelos desechables en la mano, jugando el papel de la “víctima dolida” a la perfección. Ni siquiera me miró.
La Jueza Andrade entró puntualmente a las 9:00 AM. Su cara era de piedra.
—Se reanuda la sesión —dijo, golpeando el mazo. Miró la mesa vacía de la defensa—. ¿Dónde está el acusado?
El fiscal Díaz se puso de pie despacio, saboreando el momento.
—Su Señoría —dijo, con voz teatral—, tal como predije ayer, el señor Montes ha demostrado su falta de respeto por este tribunal y por la ley. No está presente. Es obvio que se ha dado a la fuga.
—Son las 9:01, licenciado —dijo la jueza, mirando su reloj—. Le doy cinco minutos de cortesía.
—Con todo respeto, Su Señoría —presionó Díaz—, anoche hubo un incidente de seguridad en las oficinas de Lumina. El señor Montes irrumpió ilegalmente, causó daños y huyó. Es un criminal peligroso y desesperado. Solicito formalmente que se emita una orden de aprehensión inmediata y se revoque cualquier derecho a fianza.
La sala murmuró. Los periodistas tecleaban como locos. “Montes prófugo”, ya me imaginaba los tuits.
La Jueza Andrade frunció los labios. Miró la silla vacía. Miró a la puerta.
—Tiene hasta las 9:15 —sentenció—. Si a las 9:15 no cruza esa puerta, firmo la orden.
Los minutos empezaron a pasar. Tic, tac. Tic, tac.
9:05. Nada. 9:10. Nada.
Gerardo Díaz sonreía, girando su pluma entre los dedos. Verónica Cruz se secaba una lágrima falsa.
Yo miraba la puerta, apretando los puños hasta que me dolieron. Vamos, Efrén. No me falles.
9:14.
El fiscal se levantó.
—Su Señoría, el tiempo se ha agota…
¡PUM!
Las puertas dobles de caoba del fondo de la sala se abrieron de golpe, golpeando las paredes con un estruendo que hizo saltar a todos.
Y ahí estaba él.
No traía el traje sucio de ayer. Traía un traje negro, sencillo, sin corbata, con la camisa blanca desabotonada en el cuello. Se veía serio, enfocado. Caminaba con la cabeza en alto, no con la arrogancia del millonario, sino con la dignidad del que ya no tiene nada que perder.
Pero no venía solo.
A su lado caminaba una mujer. No era alta, pero su presencia llenaba la sala. Tenía la piel morena, el cabello negro recogido en un chongo estricto y usaba un traje sastre color vino que gritaba “poder”. Cargaba un maletín de cuero desgastado.
Detrás de ellos, venían tres personas más. Tres personas que yo reconocí de las fotos de los expedientes: Marcos Miller, Isabela Rossi y el Dr. Kenji Tanaka. Los empleados “invisibles”.
La sala se quedó muda.
Efrén caminó por el pasillo central, ignorando los flashes y los susurros. Llegó a la barandilla, abrió la puerta y entró a la zona legal.
—Perdón por el retraso, Su Señoría —dijo Efrén con voz firme—. El tráfico en Constituyentes estaba imposible.
El fiscal Díaz se puso rojo de coraje.
—¡Objeción! —gritó—. ¡El acusado está violando el protocolo! ¡No tiene abogado!
La mujer del traje vino dio un paso adelante. Puso su maletín sobre la mesa con un golpe seco.
—Dra. Aris Chandra —dijo con una voz que resonó como una campana de bronce—. Abogada penalista y especialista en delitos cibernéticos internacionales. Represento al señor Efrén Montes. Y traemos pruebas.
La Jueza Andrade alzó una ceja, impresionada.
—Dra. Chandra. Su reputación la precede. Pensé que estaba usted litigando en La Haya.
—Tomé el primer vuelo anoche, Su Señoría —respondió ella, mirando fijamente al fiscal Díaz—. Cuando escuché la grabación que mi cliente me envió, supe que no podía faltar a esta fiesta.
Díaz palideció. “¿Grabación?”, debió pensar.
—Tomen asiento —ordenó la Jueza—. Licenciado Díaz, parece que su solicitud de arresto tendrá que esperar. Fiscal, presente sus cargos. Y hágalo rápido, que ya perdimos mucho tiempo.
El juicio había comenzado.
CAPÍTULO 5: EL TEATRO DE LAS MENTIRAS
Gerardo Díaz era bueno. Tenía que admitirlo. Era un maldito mentiroso, pero era bueno en su trabajo.
Se paró en el centro de la sala y empezó su monólogo. Proyectó gráficas en las pantallas gigantes. Mostró estados de cuenta bancarios con sellos oficiales. Mostró correos electrónicos.
—Damas y caballeros —dijo, dirigiéndose a la Jueza, pero actuando para las cámaras—, lo que tenemos aquí es un caso clásico de avaricia. El señor Montes, un hombre que lo tenía todo, quiso más. No le bastó con ser rico. Quería vender la seguridad de nuestro país al mejor postor extranjero.
Díaz caminaba de un lado a otro, moviendo las manos.
—Aquí tenemos la prueba A: una transferencia de 10 millones de dólares desde la cuenta personal de Montes hacia un banco en las Islas Caimán, fechada el 23 de abril. Justo el día que desapareció el código fuente.
—¡Mentira! —susurré yo desde mi asiento. Mi abuela me dio un pellizco suave para que me callara.
—La prueba B —continuó Díaz—: Testimonio de la señora Verónica Cruz, quien valientemente, a pesar de las amenazas de su socio, ha decidido hablar.
Llamaron a Verónica al estrado.
Subió caminando despacio, con la cabeza baja. Juró decir la verdad sobre la Biblia. Se sentó y miró al jurado (bueno, a la jueza, porque en México no hay jurados como en las películas gringas, pero actuaba para el público).
—Señora Cruz —dijo Díaz con voz suave—, cuéntenos qué pasó el 23 de abril.
Verónica suspiró, temblorosa.
—Efrén… él estaba actuando raro desde hacía meses —empezó, con la voz quebrada—. Me pedía acceso a los servidores raíz. Decía que “el negocio real” no estaba en vender software, sino en vender datos. Yo le dije que eso era ilegal, que era inmoral. Pero él… él se rió de mí.
Se limpió una lágrima inexistente.
—Me dijo que si no cooperaba, me destruiría. Que él era Efrén Montes y yo no era nadie.
En la mesa de la defensa, Efrén apretaba los puños tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. La Dra. Chandra le puso una mano sobre el brazo para calmarlo. Ella estaba tranquila, tomando notas en una libreta amarilla con una pluma fuente cara.
—Ese día… el 23 de abril… —continuó Verónica—, vi cómo transfería los archivos. Traté de detenerlo, pero él bloqueó mi acceso. Luego se fue a Tokio para tener una coartada. Me dejó sola para limpiar su desastre.
La gente en la galería negaba con la cabeza, indignada. “Qué poca madre”, susurró alguien. Verónica los tenía comiendo de su mano.
—Gracias, señora Cruz —dijo Díaz, satisfecho—. Su testigo.
La Dra. Chandra se puso de pie. No corrió. No gritó. Se ajustó el saco y caminó hacia el estrado con la elegancia de una pantera acechando a un conejo.
—Señora Cruz —dijo Chandra, con una sonrisa amable que no llegaba a sus ojos—. Qué historia tan conmovedora. Casi lloro.
Verónica se enderezó, a la defensiva.
—Es la verdad.
—Por supuesto. Dígame, señora Cruz, usted mencionó que el señor Montes la amenazó con destruirla si no cooperaba. ¿Es correcto?
—Sí.
—Y que usted estaba muy preocupada por la legalidad y la moralidad de la empresa.
—Siempre lo he estado. Lumina es mi vida.
—Entiendo. —Chandra caminó hacia la mesa de la defensa y tomó el libro negro. El libro que habíamos robado (recuperado) la noche anterior. Lo levantó en el aire. Era un objeto pequeño, pero en esa sala, parecía pesar una tonelada.
La cara de Verónica cambió. Del dolor fingido pasó al terror absoluto en un microsegundo. Sus ojos se clavaron en el libro como si fuera una granada sin seguro.
—Señora Cruz —dijo Chandra, acariciando la portada de piel del libro—, ¿reconoce este libro de contabilidad?
El fiscal Díaz se levantó de un salto.
—¡Objeción! ¡Esa prueba no fue registrada en el descubrimiento previo! ¡La defensa está sacando ases de la manga!
—Su Señoría —respondió Chandra con calma—, esta prueba fue recuperada anoche de una caja fuerte oculta en la oficina de la testigo. Una caja fuerte que ella misma negó tener ante las autoridades. Es evidencia de refutación directa.
La Jueza Andrade miró a Díaz, luego a Chandra, luego al libro.
—Lugar a la prueba. Conteste la pregunta, testigo.
Verónica estaba pálida. Parecía que se iba a desmayar.
—No… no sé qué es eso —tartamudeó.
—¿No? —Chandra abrió el libro—. Qué extraño. Porque está lleno de anotaciones con su letra. Aquí hay una entrada fechada el 15 de marzo: “Recibido de Apex. 500k. Entrega en efectivo”. Y otra: “Pago mensual G.D. – Fiscalía. 50k”.
Un murmullo estalló en la sala. El fiscal Díaz parecía que le iba a dar un infarto. Se aflojó el cuello de la camisa.
—Son… son notas personales. ¡Garabatos! —gritó Verónica, perdiendo la compostura.
—¿Garabatos? —Chandra cerró el libro de golpe—. Bien. Pasemos a algo más digital.
Chandra hizo una señal a Lalo Jefferson, que estaba de pie junto al proyector. Lalo conectó la USB de Timo.
—Su Señoría —dijo Chandra—, lo que vamos a escuchar a continuación es una grabación de audio realizada anoche, dentro de las oficinas de Lumina, a las 11:55 PM.
El audio empezó a sonar por las bocinas de la sala.
Se escuchaba estática al principio, luego pasos, y luego, claro como el agua:
Voz de Verónica: “Una vez que condenen a Montes, el consejo me hace CEO. Luego la fusión con Apex se aprueba. Roberto ya tiene las cuentas listas.”
Voz de Díaz: “Y mi puesto de juez federal… Roberto habló con el senador. En cuanto se cierre el caso, es mío.”
El silencio en la sala fue sepulcral. Era tan absoluto que se podía escuchar el zumbido de las lámparas.
Todas las miradas se giraron hacia el fiscal Gerardo Díaz. Él estaba congelado, con la boca abierta, mirando al vacío. Su carrera, su vida, su futuro… todo se había evaporado en diez segundos de audio.
Verónica Cruz empezó a llorar en el estrado, pero esta vez eran lágrimas reales. Lágrimas de pánico.
—¡Es falso! —gritó ella—. ¡Es inteligencia artificial! ¡Es un montaje!
—Su Señoría —intervino Chandra, implacable—, también tenemos los metadatos de los correos electrónicos borrados que la señora Cruz intentó eliminar anoche. Muestran comunicación directa con Roberto Kenneth desde hace seis meses, enviando paquetes de datos encriptados. Efrén Montes no robó nada. Verónica Cruz lo vendió. Y el fiscal Díaz… bueno, él solo cobró su comisión.
La Jueza Andrade se puso de pie lentamente. Su rostro estaba rojo de ira contenida. Miró al fiscal Díaz con un desprecio que habría derretido el acero.
—Licenciado Díaz —dijo la jueza, con una voz peligrosamente baja—, ¿tiene usted alguna explicación para esto antes de que ordene a los alguaciles que lo esposen por obstrucción de justicia, conspiración y cohecho?
Díaz intentó hablar, pero no le salió la voz. Se dejó caer en su silla, derrotado.
La sala estalló. Fue el caos total. Los periodistas gritaban preguntas, los fotógrafos disparaban sus cámaras como ametralladoras.
En medio del alboroto, Efrén se giró hacia atrás, hacia la primera fila. Me buscó con la mirada. Cuando me encontró, no sonrió. Simplemente asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
Yo le devolví el gesto. Lo habíamos logrado. El castillo de naipes se estaba derrumbando.
Pero la batalla no había terminado. Justo cuando los alguaciles se acercaban a la mesa de la fiscalía para detener a Díaz, la puerta trasera se abrió de nuevo.
Entró un grupo de hombres de traje gris, con auriculares en los oídos y placas colgando del cuello. No eran policías normales. Eran federales de alto nivel. Tal vez inteligencia. Tal vez algo peor.
Al frente de ellos venía Roberto Kenneth, el CEO de Apex. No se veía preocupado. Se veía molesto, como alguien a quien le interrumpieron el desayuno.
—¡Detengan todo! —gritó Kenneth, su voz potente cortando el ruido—. ¡Esta corte no tiene jurisdicción sobre este asunto!
La Jueza Andrade golpeó el mazo.
—¡¿Quién se cree que es para interrumpir mi sala?!
—Soy Roberto Kenneth. Y este caso acaba de ser clasificado como asunto de Seguridad Nacional. Toda la evidencia queda incautada.
Los agentes federales empezaron a avanzar hacia la mesa de la defensa, hacia el libro negro y la USB. Hacia la Dra. Chandra. Hacia nosotros.
Mi abuela me abrazó fuerte.
—¡Están locos si creen que nos van a quitar esto! —grité, poniéndome de pie otra vez.
La victoria había durado dos minutos. Ahora, enfrentábamos al verdadero enemigo final. Y este no jugaba con leyes; jugaba con el poder absoluto del Estado.
CAPÍTULO 5: CUANDO LOS GIGANTES CAEN
El aire en la Sala 4 se volvió irrespirable. Era como si alguien hubiera cerrado una válvula de oxígeno y hubiera abierto una de gas tóxico. Roberto Kenneth, el CEO de Apex Dynamics, estaba parado en el centro del pasillo con la arrogancia de un virrey en la Nueva España, rodeado de sus agentes federales que parecían robots programados para intimidar.
—¡Nadie toca esa evidencia! —gritó Kenneth, señalando la mesa de la defensa donde reposaba el libro negro y la USB de Timo—. ¡Esto es un asunto de Seguridad Nacional bajo el Artículo 5 de la Ley de Seguridad Interior! ¡Todo queda bajo custodia de la Agencia de Inteligencia!
Sus agentes, tipos con trajes grises y caras de pocos amigos, avanzaron hacia nosotros. No les importaba la Jueza, no les importaban las cámaras, no les importaba la ley. Solo obedecían al poder.
Mi abuela Clara me jaló hacia atrás, protegiéndome con su cuerpo.
—¡No se acerquen a la niña! —gritó mi abuela, con esa voz de leona que le sale cuando alguien amenaza a los suyos.
La Dra. Chandra se interpuso entre los agentes y la evidencia. No retrocedió ni un milímetro.
—¡Esto es un tribunal de justicia, no una república bananera! —le espetó Chandra a uno de los agentes que estiraba la mano para agarrar el libro—. ¡Si tocas esa prueba, te demandaré hasta que tus nietos nazcan endeudados!
El agente vaciló un segundo, mirando a Kenneth.
—¡Tómalo! —ordenó Kenneth—. ¡Tienen órdenes directas del Secretario!
La Jueza Andrade, que había estado observando la escena con una mezcla de incredulidad y furia volcánica, golpeó su mazo contra el estrado con tanta fuerza que el mango de madera se astilló. ¡CRACK!
—¡SUFICIENTE! —bramó la Jueza. Su voz, amplificada por el micrófono y por treinta años de autoridad, retumbó en las paredes—. ¡Alguaciles! ¡Bloqueen el paso!
Los alguaciles del tribunal, hombres y mujeres que ganan el salario mínimo y suelen estar aburridos, reaccionaron. Desenfundaron sus macanas y se pararon frente a los agentes federales. Era David contra Goliat: los policías del juzgado con sus uniformes desgastados contra la élite de inteligencia con sus trajes tácticos.
—Señor Kenneth —dijo la Jueza Andrade, poniéndose de pie y señalándolo con un dedo que no temblaba—, usted podrá tener amigos en Los Pinos o en donde se le dé la gana, pero en esta sala, la única autoridad soy yo. Y si sus gorilas dan un paso más, los arresto a todos por desacato, obstrucción de justicia y ataque a un funcionario judicial. ¡Pruébeme y verá!
La tensión era tan alta que una chispa habría incendiado el edificio. Los periodistas transmitían en vivo con sus celulares escondidos, sabiendo que esto era historia pura.
Kenneth soltó una risa burlona. Se acomodó los gemelos de oro de su camisa.
—Jueza Andrade, no sea ingenua. Usted está jugando a las leyes; nosotros estamos jugando a la geopolítica. Ese código de encriptación es vital para la defensa del Estado. Si sale a la luz pública, vulnera la soberanía. Entreguen la USB y nadie sale herido.
Miró a Efrén con desprecio.
—Montes, dile a tu abogada que coopere. O te prometo que no vas a llegar vivo al Reclusorio.
Efrén se levantó. Ya no temblaba. Ya no sudaba. Me miró a mí, luego miró a Kenneth.
—No —dijo Efrén—. Ya me cansé de tener miedo, Roberto. Llévate el libro si puedes, pero la verdad ya salió.
Kenneth hizo una señal con la cabeza.
—¡Ahora!
Los agentes federales empujaron a los alguaciles. Se armó la rebatinga. Gritos, empujones. Uno de los agentes agarró a la Dra. Chandra del brazo y la aventó contra la silla. Otro se lanzó hacia la mesa para agarrar el libro negro.
Yo vi todo en cámara lenta. El agente estirando la mano. El libro ahí, indefenso. Si se lo llevaban, todo se acababa. Borrarían las pruebas. Matarían la historia.
Me zafé del abrazo de mi abuela. Me lancé debajo de la mesa. Agarré el libro y la USB antes que el agente.
—¡Dámelo, niña! —gruñó el hombre, agarrándome del tobillo.
—¡Suéltame! —grité, pateando con mi tenis sucio.
—¡Hey! ¡Déjala! —Lalo Jefferson saltó sobre el agente, aplicándole una llave al cuello. Rodaron por el piso.
Era el caos total. Una batalla campal en plena corte federal.
Y entonces… las puertas principales se abrieron de nuevo.
Pero esta vez no fue un golpe seco. Fue un estruendo ordenado.
Entraron doce elementos de la Marina Armada de México, con uniformes de camuflaje, cascos, chalecos antibalas y armas largas terciadas al pecho. Se movían como una sola unidad, precisa, letal.
—¡ALTO! —gritó el oficial al mando. Su voz cortó el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla—. ¡Manos arriba! ¡Todos!
La sala se congeló. Hasta los agentes de Kenneth se detuvieron. En México, cuando llega la Marina, se acaba el recreo.
Detrás de los marinos, entró una mujer. No llevaba traje sastre ni tacones. Llevaba una chamarra de la Fiscalía General de la República (FGR) con las letras doradas en la espalda, pantalones tácticos y una mirada que hacía ver a la Jueza Andrade como una abuelita tierna.
Caminó directo hacia Roberto Kenneth.
—¿Quién es usted? —preguntó Kenneth, aunque su voz ya no sonaba tan segura. Se le notaba el nerviosismo en los ojos.
La mujer sacó una placa colgada al cuello.
—Soy la Fiscal Especializada en Delincuencia Organizada, Sara Rivas. Y usted, Roberto Kenneth, está bajo arresto.
Kenneth se puso pálido, casi verde.
—¿Arresto? —balbuceó—. ¡Tengo fuero! ¡Tengo protección del Secretario! ¡Esto es un operativo de Seguridad Nacional!
La Fiscal Rivas sonrió, una sonrisa fría y depredadora.
—Ah, sí. Sobre eso… —Hizo una señal y uno de los marinos le entregó una carpeta—. Hemos estado investigando a Apex Dynamics por seis meses, señor Kenneth. No por seguridad nacional, sino por venta de secretos de estado a potencias extranjeras. Usted no estaba protegiendo la soberanía; estaba vendiéndola al mejor postor en Singapur.
Se escuchó un “¡Ohhh!” colectivo en la sala.
—Teníamos las intervenciones telefónicas —continuó la Fiscal Rivas, mirando a Verónica Cruz y al Fiscal Díaz, que seguían temblando en sus asientos—. Pero nos faltaba el eslabón financiero. La prueba física de los pagos.
Rivas se giró hacia mí. Yo seguía abrazada al libro negro bajo la mesa.
—Creo que tú tienes lo que nos faltaba, Alicia —me dijo, extendiendo la mano suavemente.
Salí de abajo de la mesa, despeinada, con el corazón a mil. Le entregué el libro y la USB.
—Aquí está —le dije—. Tenga cuidado, señora. Muerden.
La Fiscal Rivas tomó la evidencia y la levantó para que todos la vieran.
—Con esto, se cierra el círculo. Oficiales, procedan.
Los marinos avanzaron. Los agentes de Kenneth, viendo que estaban superados en número y en armas, levantaron las manos y se rindieron. Uno por uno, fueron esposados.
Cuando llegaron a Roberto Kenneth, el magnate intentó correr hacia la puerta lateral.
—¡No saben con quién se meten! —gritaba—. ¡Haré una llamada y todos ustedes estarán desempleados mañana!
Dos marinos lo interceptaron, lo tiraron al suelo y le pusieron las esposas de plástico. Ver al hombre más poderoso de la tecnología mexicana con la cara aplastada contra la alfombra sucia del tribunal fue una imagen que nunca se me iba a olvidar.
—Tiene derecho a guardar silencio —le dijo la Fiscal Rivas—. Aunque le sugiero que empiece a hablar si no quiere pasar el resto de su vida en Almoloya.
Luego, los marinos fueron por Verónica Cruz.
Ella no corrió. Se quedó sentada, petrificada. Cuando le pusieron las esposas, rompió en llanto. Pero no era llanto de arrepentimiento. Era llanto de rabia.
—¡Fue él! —gritó Verónica, señalando a Kenneth mientras se la llevaban—. ¡Él me obligó! ¡Dijo que si no lo hacía iba a matar a mi familia! ¡Efrén, dile! ¡Dile que yo no quería!
Efrén la miró desde su mesa. Sus ojos estaban tristes, llenos de una decepción profunda. Habían sido amigos, socios, casi hermanos. Y ella lo había vendido por dinero y poder.
—Adiós, Verónica —dijo Efrén en voz baja. No hubo odio en su voz, solo un adiós definitivo.
Finalmente, fueron por el ex-fiscal Gerardo Díaz. Él ni siquiera levantó la cabeza. Sabía que en la cárcel, a los ex-fiscales no les va muy bien. Se dejó llevar como un muñeco de trapo.
La sala estalló en aplausos. La gente se puso de pie. Mi abuela lloraba y aplaudía al mismo tiempo. Lalo Jefferson se limpiaba el sudor de la frente, sonriendo.
La Jueza Andrade esperó a que se llevaran a los detenidos. Luego, se acomodó la toga, tomó un sorbo de agua y golpeó el mazo una última vez. El sonido fue limpio, claro, definitivo.
—En vista de la evidencia abrumadora presentada por la defensa… y por la intervención oportuna de la FGR… —dijo la Jueza, mirándonos—. Este tribunal dicta sentencia absolutoria inmediata para el señor Efrén Montes. Todos los cargos son desestimados con prejuicio. Señor Montes, es usted un hombre libre.
Efrén se dejó caer en su silla y se cubrió la cara con las manos. Sus hombros se sacudían. Estaba llorando.
La Dra. Chandra le dio unas palmaditas en la espalda y luego empezó a guardar sus cosas, como si fuera un día más en la oficina.
—Buen trabajo, equipo —dijo ella, guiñándome un ojo.
La Jueza Andrade bajó del estrado. Eso nunca pasa. Los jueces nunca bajan. Pero ella caminó hasta la barandilla, donde yo estaba parada junto a mi abuela.
Me miró por encima de sus lentes.
—Alicia Walker —dijo.
—Mande, Su Señoría.
—Lo que hiciste fue imprudente, peligroso y totalmente irregular. Violaste como diez leyes procesales.
Me quedé callada, bajando la cabeza.
—Pero —añadió, y su voz se suavizó—, fue lo más valiente que he visto en treinta años de carrera. Tienes madera, niña. Cuando tengas tu título, ven a buscarme. Te daré trabajo.
—Gracias, Jueza —dije, sonriendo de oreja a oreja.
—Ahora, largo de aquí. Vayan a celebrar. Y Alicia… trata de no meterte en más líos por lo menos hasta la secundaria.
Salimos del tribunal por la puerta grande. Ya no tuvimos que escondernos.
El sol había salido. La lluvia se había ido y el cielo de la Ciudad de México estaba de ese azul brillante y limpio que solo se ve después de la tormenta.
Al bajar las escalinatas de mármol, una marea de micrófonos nos rodeó. Pero esta vez, Efrén no se escondió. Se paró frente a las cámaras, con la frente en alto. Me tomó de la mano a mí y a mi abuela.
—Señor Montes, ¿qué se siente ser libre? —gritó una reportera.
Efrén sonrió.
—Se siente bien. Pero la victoria no es mía. —Se giró y me señaló—. Es de ella. De Alicia Walker. Ella vio lo que nadie quiso ver. Ella nos enseñó que la justicia no depende del tamaño de la cartera, sino del tamaño de la verdad.
Las cámaras me enfocaron. Me sentí chiquita, pero mi abuela me apretó el hombro.
—Sonríe, mija —susurró—. Que te vean. Que sepan que existimos.
Y sonreí. Por mi papá que no tuvo quien lo defendiera. Por mi abuela que se rompe la espalda trabajando. Por todos los invisibles de esta ciudad.
Esa noche, no hubo cena en restaurantes de lujo. Hubo fiesta en la vecindad. Efrén compró tamales para todos los vecinos. Lalo trajo refrescos. La Dra. Chandra, increíblemente, se sentó en una silla de plástico en el patio y se comió un tamal de mole sin mancharse ni una gota.
Pero mientras todos celebraban, Efrén se sentó junto a mí en la escalera.
—Se acabó, Alicia —dijo, mirando las estrellas (o lo que se veía de ellas entre los cables de luz).
—Se acabó esta parte —le corregí—. Pero ahora tienes una empresa que arreglar. Tienes que limpiar el cochinero.
—Lo sé. Y voy a empezar por cambiar las reglas. Se acabaron los clubes de Toby. Se acabaron los oídos sordos.
Me miró seriamente.
—Quiero crear una fundación, Alicia. Para educación legal y tecnológica. Para niños como tú y como Timo. Quiero que tengan las herramientas para pelear, no solo el instinto. Y quiero que tú seas la primera becada. Escuela privada, universidad, lo que quieras. Todo pagado.
Me quedé callada. Era el sueño de mi vida. Salir de la pobreza. Tener libros nuevos. No preocuparme por la renta.
—Acepto —le dije—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que contrates a mi abuela. Con sueldo de ejecutiva. Ella organiza mejor a la gente que cualquiera de tus gerentes con maestría.
Efrén soltó una carcajada.
—Trato hecho. Doña Clara será la nueva Directora de Enlace Comunitario.
Nos dimos la mano. Un trato entre un millonario reformado y una niña de barrio.
Seis meses después.
Caminaba por los pasillos de mi nueva escuela. El uniforme no tenía agujeros. Mis zapatos no rechinaban. Pero en mi mochila, junto a mi iPad nuevo, todavía cargaba mi viejo cuaderno espiral roto.
Porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar defender la verdad.
Entré al auditorio de Sistemas Lumina para la inauguración de la fundación. Había cientos de personas. Efrén estaba en el escenario, hablando de transparencia, de diversidad, de escuchar.
Pero mi momento favorito no fue el discurso. Fue cuando una niña pequeña, que venía con su mamá de la limpieza, se me acercó tímidamente en el pasillo. Traía un cuaderno en el pecho, abrazado como un tesoro.
—¿Tú eres Alicia? —me preguntó con los ojos brillantes—. ¿La que defendió al señor?
—Sí, soy yo.
—Yo quiero ser como tú —me dijo—. Quiero ser abogada. Pero mi maestra dice que eso no es para nosotras.
Me agaché para quedar a su altura. Me vi reflejada en sus ojos oscuros y llenos de hambre de futuro.
—Tu maestra no sabe nada —le dije, poniendo mi mano sobre su cuaderno—. Escribe tu propia historia. Y si alguien te dice que te calles, grita más fuerte.
La niña sonrió y corrió con su mamá.
Miré a mi alrededor. El edificio de cristal brillaba, pero ahora, las puertas estaban abiertas para todos.
La justicia no es un regalo que te dan los de arriba. La justicia es algo que arrebatas con las manos sucias, con miedo en la panza y con la voz temblorosa, pero sin callarte nunca.
Yo soy Alicia Walker. Tengo 11 años. Y esta fue mi historia.
FIN.