
PARTE 1
Capítulo 1: El Aniversario de Hielo
Cinco años. Sesenta meses de lealtad ciega, de noches en vela revisando contratos, de ser la sombra perfecta detrás del gran hombre. Eso fue lo que Julián Torres, el CEO de Torres Global y el rostro consentido de las revistas de negocios en México, desechó en lo que tardas en tronar los dedos.
Recuerdo el sonido. Seco, brutal. El sonido de su pluma de platino golpeando la isla de mármol de nuestra cocina en el penthouse de Santa Fe.
—Fírmalo, Alma. Deja de hacer esto difícil.
Mis ojos estaban nublados por las lágrimas, pero podía leer perfectamente las letras mayúsculas en el documento: DISOLUCIÓN DE VÍNCULO MATRIMONIAL. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Me aferré al borde de la mesa, mis nudillos blancos por la presión.
Afuera, a través de los ventanales de piso a techo, la Ciudad de México brillaba, indiferente a mi dolor. Una tormenta se estaba gestando sobre las lomas, los relámpagos iluminaban el cielo plomizo.
—Julián —mi voz era apenas un susurro, un hilo de voz que no reconocía como mío—. Hoy es nuestro quinto aniversario. El mole poblano que tanto te gusta está en el horno. Compré ese vino que…
Julián ni siquiera levantó la vista de su celular. Estaba texteaando, una sonrisita cruel curvaba la comisura de sus labios. Bloqueó la pantalla y finalmente me dirigió esa mirada azul gélida que antes me derretía y ahora me congelaba el alma.
—La cena no importa, Alma. Nosotros ya no importamos. Mírate.
Hizo un gesto vago con la mano, señalándome de pies a cabeza con un desdén que me quemó la piel. Yo llevaba un suéter de lana sencillo y unos jeans, el pelo recogido en un chongo desordenado porque había pasado la tarde cocinando.
—Has pasado los últimos cinco años escondida, manejando mi casa, editando mis discursos para que suenen inteligentes, asegurándote de que mi vida sea perfecta mientras yo me convertía en un ícono global. Eres una ama de casa, Alma. Yo soy un tiburón. Mi junta directiva piensa que necesito una socia que aporte valor, conexiones, imagen.
Sentí una ola de náuseas que no tenía nada que ver con el corazón roto. Instintivamente, llevé una mano a mi vientre bajo.
—Yo aporto valor —dije, y mi voz ganó una fracción de fuerza que nació de un instinto primitivo de defensa—. Yo te ayudé a navegar la fusión con el mercado asiático cuando no sabías ni por dónde empezar. Yo reescribí los contratos para el trato en Monterrey cuando tu equipo legal de juniors pasó por alto ese vacío legal que nos hubiera costado millones. He sido tu socia en todo menos en el nombre.
Julián soltó una carcajada. No fue una risa feliz; fue un ladrido seco, áspero.
—Corregiste un par de errores de dedo, Alma. No te des tanto crédito. Escucha, he conocido a alguien. Alguien que está a mi nivel. Carla Garza.
El nombre me golpeó como una bofetada física. Carla Garza. La hija del senador. Una socialité conocida por su línea de ropa ridículamente cara, sus fiestas en yates y su temperamento vicioso. Ella era todo lo que yo no era: ruidosa, pública y rica de cuna.
—¿Me estás dejando por Carla? —pregunté, sin aire.
—Me estoy fusionando con la familia Garza —corrigió él fríamente, checando su Rolex de oro—. Carla es solo el bono atractivo. Ahora firma. El acuerdo prenupcial que firmaste hace cinco años es claro. Te quedas con las joyas que te compré y te daré un millón de pesos. Eso es todo.
—¿Un millón? —lo miré fijamente, incrédula. Eso no alcanzaba para nada en esta ciudad, no después del estilo de vida al que me había acostumbrado y del que me estaba arrancando.
—Julián, las rentas en CDMX no son mi problema —espetó, perdiendo la paciencia—. Seguridad subirá en veinte minutos para escoltarte fuera del edificio. Te quiero fuera antes de que llegue Carla. Quiere redecorar y odia tu gusto “provinciano”.
Cerré los ojos. La crueldad era impresionante. Me faltaba el aire. Pensé en la pequeña vida que crecía dentro de mí. Siete semanas. Me había enterado esa misma mañana con una prueba casera. Había planeado decírselo durante la cena, mostrarle el pequeño mameluco de Pumas que había comprado a escondidas.
Pensé que un bebé podría suavizarlo, que podría traer de vuelta al hombre del que me enamoré en la universidad, antes de los millones y las portadas de revistas. Pero ese hombre estaba muerto.
Si le decía ahora, usaría al bebé. Me obligaría a deshacerme de él para proteger su preciosa imagen de soltero codiciado, o peor, me lo quitaría una vez que naciera, usando sus billones y sus abogados para pintarme como una madre inestable y pobre.
Tomé la pluma. No luché. No grité. Mi silencio era mi única armadura en ese momento. Firmé mi nombre de soltera. Alma Ramírez. Se sentía extraño, ajeno.
—Bien. —Julián arrebató los papeles—. Empaca tus cosas. Solo con lo que llegaste. Nada de lo que compré con mi dinero.
Veinte minutos después, yo estaba parada en la banqueta de Santa Fe. El portero, Don Chuy, un hombre amable al que yo le llevaba café todas las mañanas durante cinco años, me miró con una pena infinita en los ojos, pero no dijo nada. No podía arriesgar su trabajo.
Estaba cayendo un tormentón. El cielo se caía sobre la ciudad. Yo tenía una maleta pequeña. Mi cuenta de ahorros personal había sido drenada por Julián para “inversiones” hacía meses. Tenía la promesa de un millón de pesos, pero el cheque no se liberaría en días.
Estaba sola. Estaba embarazada. Y el hombre que juró amarme en la salud y en la enfermedad me acababa de tirar como si fuera basura un martes por la noche.
Mientras estaba allí, temblando, empapada hasta los huesos, un Bugatti negro y brillante se detuvo junto a la acera. La ventana del copiloto bajó, revelando el perfil perfecto de Julián. Por un segundo, un estúpido segundo, tuve la esperanza de que hubiera cambiado de opinión.
—Ah, una última cosa —dijo Julián, sin siquiera mirarme, con los ojos fijos en el tráfico—. No uses más el apellido Torres. Es una marca registrada y, francamente, ya no te alcanza para pagarla.
El auto aceleró, salpicándome agua sucia de un charco enorme sobre mis jeans. Puse una mano sobre mi vientre plano, protegiéndolo del frío y del odio de su padre.
—Nunca dejaré que te haga daño —le susurré a la lluvia, y la promesa me quemó la garganta—. Te lo juro por mi vida.
Capítulo 2: Tocando Fondo
Tres meses habían pasado. El glamour de Santa Fe y Polanco se sentía como un sueño febril de otra vida, en otro planeta. Ahora, mi realidad era un departamento tipo estudio, estrecho y con corrientes de aire, en una zona dudosa de Iztapalapa. Olía a humedad rancia y a aceite de cocina viejo de los vecinos.
El millón de pesos se había evaporado más rápido que el agua en el desierto. Gran parte se fue en gastos médicos iniciales; mi embarazo fue catalogado casi de inmediato como de alto riesgo debido al estrés extremo. Asegurar el departamento fue otra pesadilla; me pidieron seis meses de renta por adelantado y un aval porque no tenía historial laboral reciente ni comprobantes de ingresos. Tuve que sobornar al administrador para que me dejara entrar.
Había solicitado trabajos. Cientos de ellos. Mi currículum era impecable en teoría, pero en la práctica, estaba manchado.
Julián Torres era un hombre mezquino y vengativo. Cada vez que conseguía una entrevista en una firma de marketing o una agencia de consultoría, todo iba de maravilla. Los directores de recursos humanos quedaban impresionados. Pero al día siguiente, recibía la temida llamada: “La posición se ha cerrado internamente”, o “Hemos decidido ir en otra dirección”.
Sabía que Julián me había puesto en una lista negra. Probablemente les había dicho a los headhunters y a sus amigos CEO que su ex esposa era inestable, conflictiva, quizás hasta ladrona. Que contratarme era declararle la guerra a Torres Global.
Así que ahí estaba yo, Alma Ramírez, la mujer que había arquitectado silenciosamente las estrategias comerciales que hicieron billonario a su esposo, trabajando el turno de noche en una taquería 24 horas cerca de la Central de Abastos.
Eran las 2:00 a.m. de un martes. La taquería estaba casi vacía, salvo por un par de traileros cansados y un hombre en la mesa del rincón más oscuro, que llevaba dos horas tecleando furiosamente en una laptop, rodeado de platos vacíos de tacos al pastor.
Ajusté mi delantal. Mi panza apenas comenzaba a notarse, una pequeña curva dura escondida bajo el uniforme de talla extra grande que había pedido. Mi espalda me mataba y mis tobillos estaban tan hinchados que sentía que la piel se me iba a reventar.
—¡Más café, güera! —gritó uno de los traileros.
—¡Ya voy! —dije, mi voz ronca por el cansancio.
Caminé hacia la cafetera, pasando cerca del hombre en el rincón. Se veía exhausto, pero emanaba un poder que no pertenecía a este lugar. Llevaba un traje que costaba más que toda la taquería junta; lana italiana a medida, gris carbón, impecable a pesar de las horas. Su corbata estaba aflojada y su cabello oscuro estaba revuelto, como si hubiera estado pasando sus dedos por él en frustración una y otra vez.
Lo reconocí al instante. Me detuve en seco.
Silvestre Mondragón. El CEO de Mondragón Holdings.
Él era la única competencia real de Julián. Donde Julián era llamativo, hambriento de medios, obsesionado con las redes sociales y ruidoso, Silvestre era un depredador silencioso. Le decían “El Lobo”. Despiadado, intensamente privado y aterradoramente inteligente. Se decía que había perdido a su familia en una tragedia años atrás y que desde entonces su corazón se había vuelto de piedra.
Estaba mirando una hoja de cálculo compleja en su pantalla, murmurando maldiciones en voz baja. Sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre.
Me acerqué con la jarra de café, tratando de que no me temblara la mano.
—¿Noche difícil? —pregunté suavemente, sirviendo café en su taza.
Silvestre ni siquiera levantó la vista. Su voz era un gruñido bajo.
—Si no encuentro el error en este algoritmo de logística para el amanecer, pierdo un contrato de cuatro mil millones de dólares con un idiota.
Yo sabía exactamente quién era ese idiota. Julián. Había estado alardeando de ese posible contrato durante semanas antes de echarme.
Eché un vistazo rápido a la pantalla. Era una matriz de cadena de suministro increíblemente compleja. Silvestre estaba tratando de optimizar las rutas de envío para una flota global, evitando los cuellos de botella en Asia. Pero el código estaba devolviendo un error recurrente en los nodos de distribución del Pacífico.
No debería mirar. Debería alejarme, cobrar mi sueldo mínimo y volver a mi cueva en Iztapalapa. Pero mi cerebro, hambriento de desafíos intelectuales después de meses de atrofia, reconoció la estructura del código. Lo había estudiado años atrás cuando estaba ayudando a Julián a intentar socavar a Mondragón en una licitación similar.
El error brilló ante mis ojos como un faro.
—Línea 452 —dije en voz baja, casi para mí misma.
Silvestre se congeló. Sus dedos dejaron de flotar sobre el teclado. Lentamente, muy lentamente, giró la cabeza para mirar a la mesera que se atrevía a interrumpirlo.
Vio a una mujer con ojos cansados, sin maquillaje, con el pelo recogido en una red y un delantal manchado de salsa roja.
—¿Disculpa? —preguntó Silvestre, su voz profunda y peligrosa, como el estruendo de un trueno lejano.
—El error —dije, agarrando la jarra de café como si fuera un salvavidas—. Está en la línea 452 de tu código. Estás enrutando la carga a través de los parámetros del puerto de Manzanillo, pero no tomaste en cuenta las nuevas variables arancelarias que implementaron el mes pasado por la huelga. Está creando un bucle lógico. El sistema piensa que el puerto sigue operando a capacidad normal.
Silvestre me miró fijamente durante tres segundos interminables. Luego, volvió a mirar la pantalla. Hizo scroll hacia abajo, hasta la línea 452. Sus dedos volaron sobre el teclado, tecleando una corrección rápida, ajustando la variable de la que le hablé.
Presionó enter. La pantalla parpadeó en verde.
OPTIMIZACIÓN COMPLETA. EFICIENCIA AUMENTADA EN UN 12%.
Silvestre cerró la laptop de golpe. El sonido resonó en la taquería silenciosa. Me miró con los ojos muy abiertos, una mezcla de incredulidad y cálculo frío.
—¿Quién eres tú?
—Solo una mesera —dije, dando un paso atrás, lista para huir—. Que disfrute el café.
—Espera. —Silvestre se puso de pie. Era altísimo, imponiéndose sobre mí. Bloqueó mi camino, no agresivamente, pero sí con una autoridad que no admitía discusión. Me miró como si estuviera viendo un fantasma, o quizás, un unicornio.
Entrecerró los ojos, estudiando mi rostro bajo la luz fluorescente y poco halagadora.
—Tú eres Alma Torres. La esposa de Julián.
—Alma Ramírez —lo corregí bruscamente, y mis ojos destellaron con un fuego repentino que creía extinto—. Ya no soy su esposa.
Los ojos de Silvestre se entrecerraron aún más, escaneando mi apariencia con la precisión de un láser. Asimiló los zapatos baratos y desgastados, el cansancio grabado en mi piel, la forma en que subconscientemente protegía mi estómago con el brazo.
Era un hombre que había hecho su fortuna leyendo detalles que otros ignoraban. Vio mi historia instantáneamente. Julián me había desechado y me había dejado sin nada.
—Siéntate —ordenó Silvestre. No fue una petición.
—Estoy trabajando —dije—. Mi jefe me va a correr si me siento con un cliente.
—Compraré la maldita taquería por una hora si es necesario. Siéntate.
Dudé un segundo, mirando hacia la cocina, pero el cansancio pudo más. Me senté en el borde de la silla de plástico frente a él.
—Arreglaste un error de codificación que tres de mis mejores analistas con doctorados no pudieron encontrar en una semana —dijo Silvestre, inclinándose hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. ¿Por qué la ex esposa de Julián Torres está sirviendo café en un lugar como este a las 2 de la mañana?
—Porque Julián me puso en la lista negra —admití, mirando mis manos maltratadas sobre la mesa—. Se aseguró de que nadie en mi campo me contratara. Y tengo gastos… gastos importantes que se avecinan.
La mirada de Silvestre bajó a mi estómago y luego volvió a mis ojos. Un destello de emoción indescifrable cruzó su rostro pétreo. ¿Ira? ¿Lástima? No. Era algo más profundo. Reconocimiento.
—Él no lo sabe, ¿verdad? —preguntó Silvestre suavemente.
—¿Sobre el bebé? No —susurré, sintiendo el nudo en la garganta—. Y nunca lo sabrá. Si se entera, me lo quitará. Tiene el dinero y el poder para hacerlo.
Silvestre se recargó en su silla. Una sonrisa lenta, peligrosa, se extendió por su rostro. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que ve a una presa herida y decide matar al cazador en su lugar.
—Alma —dijo Silvestre, y mi nombre en sus labios sonó diferente, con peso—. ¿Qué tanto te gustaría vengarte?
—No quiero venganza —mentí, aunque mi corazón latía con fuerza—. Solo quiero sobrevivir.
—Mientes. Quieres que le duela. Quieres que pague por lo que te hizo. Y yo te puedo ayudar.
—¿Qué?
—Necesito un Jefe de Estrategia. Mi actual director es un incompetente que no ve más allá de su nariz. Tú claramente conoces el libro de jugadas de Julián mejor que nadie, probablemente porque tú lo escribiste.
Sacudí la cabeza, asustada por la magnitud de lo que sugería.
—No puedo trabajar para ti. Si Julián se entera, me destruirá por completo.
—Si trabajas para mí —interrumpió Silvestre, su voz bajando una octava, volviéndose acero puro—, vives bajo mi protección. Mi penthouse en Torre Reforma tiene un ala de invitados. Tiene seguridad privada tipo militar las 24 horas. Nadie te toca. Nadie te entrega papeles judiciales. Y tendrás un salario que asegurará que tu hijo vaya a las mejores escuelas del mundo y nunca le falte nada.
Lo miré fijamente. Era un trato con el diablo. Silvestre Mondragón era peligroso. Todos lo sabían. Pero ser pobre, vulnerable y estar sola en esta ciudad era mucho más peligroso.
—¿Por qué? —pregunté, mi voz temblando—. ¿Por qué ayudarme a mí? Eres su enemigo, podrías usarme y desecharme tú también.
Silvestre se puso de pie, abotonándose el saco con movimientos precisos.
—Porque Julián Torres me quitó algo hace años. Algo que no se puede reemplazar con dinero. He estado esperando el arma adecuada para destruirlo, no solo financieramente, sino espiritualmente. Y creo que te acabo de encontrar.
Metió la mano en su bolsillo y sacó una tarjeta negra de titanio. La deslizó sobre la mesa hacia mí.
—Preséntate en Torre Reforma a las 9:00 a.m. Trae tus cosas. Todas ellas. No vuelves a este lugar.
Se dio la vuelta y salió de la taquería sin mirar atrás, dejándome con una tarjeta que pesaba una tonelada y una decisión que cambiaría mi destino. La tormenta afuera había amainado, pero yo sabía que la verdadera tormenta apenas estaba comenzando.
PARTE 2
Capítulo 3: El Pacto del Lobo
La mañana siguiente, no entré por la puerta giratoria principal de Torre Reforma. Un chofer me recogió en un auto blindado y me llevó directamente al estacionamiento subterráneo privado, donde un elevador exclusivo me disparó hasta el piso 55.
Silvestre no bromeaba sobre el “ala de invitados”. El espacio que me asignó era más grande que todo el penthouse que había compartido con Julián. Estaba inundado de luz natural, decorado con muebles de terciopelo suave en tonos neutros y orquídeas frescas en cada mesa.
—Tu habitación —dijo Silvestre, apareciendo en el umbral. Se había cambiado el traje de la noche anterior por uno azul marino impecable, luciendo como el titán de la industria que era—. Ya contraté a una obstetra especialista, la Dra. Villalobos. Ella vendrá a ti. Nada de visitas a hospitales donde los paparazzis puedan verte. Aquí estás segura.
Dejé mi maleta desgastada sobre la alfombra persa. Me sentía pequeña en medio de tanto lujo, pero por primera vez en meses, me sentía a salvo.
—Has pensado en todo —dije, todavía aturdida.
—Siempre lo hago. Por eso gano. —Su respuesta fue seca, pero había un destello de algo más cálido en sus ojos.
Durante el siguiente mes, la dinámica entre nosotros cambió radicalmente. Esperaba que Silvestre fuera frío, exigente y distante, como lo era Julián cuando trabajábamos juntos. En cambio, encontré a un hombre intensamente curioso y respetuoso.
Pasábamos las noches en su biblioteca, rodeados de pantallas y documentos. No dormíamos juntos, pero la intimidad intelectual era eléctrica. Yo desmantelaba las estrategias de Julián una por una, y Silvestre escuchaba como si yo fuera un oráculo.
—Se sobreendeuda siempre en el tercer trimestre —expliqué una noche, señalando una proyección en la pantalla gigante—. Confía demasiado en el acuerdo de manufactura en Querétaro. Si compras la cadena de suministro de los microcomponentes, su producción se detiene en seco. No tendrá qué vender para Navidad.
Silvestre me miró con genuina admiración. Dejó su pluma sobre el escritorio y se frotó la barbilla.
—Eras el cerebro —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Él solo era la cara bonita. Es un imbécil por dejarte ir.
—Quería un trofeo, Silvestre —dije, frotándome los tobillos hinchados bajo la mesa—. Alguien que se viera bien en las fotos y no hablara de negocios.
Sin preguntar, Silvestre se levantó, tomó un taburete de cuero y lo colocó suavemente bajo mis pies. El gesto fue tan natural, tan doméstico, que se me cortó la respiración. Julián jamás había hecho algo así; para él, el embarazo era una “inconveniencia estética”.
—Tú no eres un trofeo, Alma —dijo Silvestre, su voz baja y grave—. Eres la reina del tablero. Y vamos a hacer jaque mate.
El punto de inflexión llegó dos semanas después. Estaba en la cocina del penthouse, intentando alcanzar un vaso en una repisa alta. De repente, el mundo se inclinó. Una ola de mareo me golpeó con fuerza. Me tambaleé, el vaso resbaló de mis dedos y se hizo añicos contra el suelo.
Sentí que caía, cerré los ojos esperando el impacto, pero nunca toqué el suelo.
Unos brazos fuertes, como barras de acero, me atraparon en el aire.
—¡Silvestre! —grité ahogadamente.
—Te tengo —dijo él, su voz cargada de un pánico que nunca había escuchado—. Te tengo, Alma. No te suelto.
Me levantó como si no pesara nada, ignorando mi protesta de que estaba pesada, y me llevó al sofá de la sala. Llamó al médico inmediatamente. No se apartó de mi lado durante horas, sosteniendo una compresa fría en mi frente mientras yo recuperaba el color.
Cuando desperté del todo, él estaba sentado en el suelo, junto al sofá, sosteniendo mi mano entre las suyas. El temible “Lobo de Reforma” parecía un niño asustado.
—La doctora dijo que te estás exigiendo demasiado —dijo Silvestre con severidad, aunque sus dedos acariciaban mi muñeca con suavidad—. A partir de ahora, trabajas desde la cama o no trabajas.
—Tengo que ganarme mi lugar aquí —susurré.
—Te lo has ganado diez veces —Silvestre apretó mi mano. Su mirada bajó a mi vientre, donde el bebé, despertado por la adrenalina, comenzó a patear con fuerza.
Los ojos de Silvestre se abrieron de par en par.
—¿Se… se acaba de mover?
Sonreí débilmente.
—Es un niño. Es muy inquieto. Patea como futbolista.
Tentativamente, como si estuviera acercándose a una bomba o a algo sagrado, Silvestre extendió la mano.
—¿Puedo?
Asentí.
Silvestre Mondragón colocó su mano grande y cálida sobre mi vientre. Cuando el bebé pateó de nuevo, justo contra su palma, una expresión de asombro puro rompió su máscara de frialdad. Sus ojos se llenaron de lágrimas no derramadas. Era una mirada de anhelo tan profunda que me dolió el corazón.
—Quise una familia una vez —confesó, su voz ronca—. Antes de que mi esposa muriera en aquel accidente. Perdimos al bebé también. Luego la perdí a ella. Me quedé con todo el dinero del mundo y nadie con quien compartirlo.
Mi corazón se rompió por él. Apreté su mano.
—Lo siento mucho, Silvestre. No tenía idea.
—No lo sientas. —Me miró, y sus ojos ardían con una intensidad nueva—. El dolor me enseñó a proteger lo que importa. Y tú importas, Alma. Tú y este niño importan.
Se inclinó, apartando un mechón de pelo de mi frente. La tensión en la habitación cambió. Ya no era solo gratitud o negocios. Era algo eléctrico, peligroso y hermoso.
—No estoy haciendo esto solo para lastimar a Julián —susurró, tan cerca que podía sentir su aliento.
—Lo sé —respiré.
—Bien. Porque mañana es la Gala de Tecnología en el St. Regis. —Silvestre se puso de pie, recuperando su control, aunque sus ojos seguían cálidos—. Julián estará ahí con su nueva prometida. Y creo que es hora de que hagamos nuestro debut oficial.
—Estoy de seis meses, Silvestre —dije, cohibida—. Me veo enorme. Ningún vestido me cierra.
—Te ves hermosa —me corrigió—. Y vamos a asegurarnos de que Julián Torres se atragante con su champaña barata.
Capítulo 4: La Entrada Triunfal
El salón de baile del Hotel St. Regis era sofocante, lleno del olor a perfumes caros y ego desmedido. Era la noche de la Gala de Tecnología Global, el evento donde el valor neto era el único boleto de entrada que importaba en la sociedad mexicana.
Julián Torres estaba parado cerca de la barra libre, agitando su vaso de whisky con nerviosismo. Se veía impecable en su smoking de diseñador, pero sus ojos estaban inyectados en sangre. El estrés se le notaba en la mandíbula tensa.
A su lado, Carla Garza se quejaba de la iluminación mientras se tomaba selfies.
—Esta luz me hace ver pálida, Julián. Arréglalo. Habla con los organizadores —chilló ella, revisando su reflejo en el celular—. Y deja de beber, te ves hinchado.
—Cállate, Carla —murmuró Julián, revisando su propio teléfono.
Sus acciones habían caído un 4% esa mañana. Mondragón Holdings acababa de anunciar un avance en inteligencia artificial logística que sonaba sospechosamente idéntico al proyecto en el que Julián había estado atascado durante meses.
—Solo sonríe. Los fotógrafos de la revista Quién están mirando.
—Me aburro —se quejó Carla—. Vámonos al antro. Esto huele a viejos.
—No podemos irnos. Tenemos que mostrar fuerza. Hay rumores de que Torres Global se está quedando sin liquidez —siseó Julián—. Necesito cerrar inversionistas hoy.
De repente, el salón se quedó en silencio. El zumbido bajo de las conversaciones desapareció, reemplazado por el clic frenético de los obturadores de las cámaras cerca de la entrada principal. Un silencio pesado barrió la multitud como una ola.
—¿Quién es ese? —susurró alguien cerca.
—¿Es Silvestre Mondragón? Pensé que no venía a estos eventos.
—¿Y quién es la mujer?
Julián se giró hacia la gran escalinata. Su vaso se resbaló de sus dedos y se hizo añicos en el suelo, salpicando whisky sobre sus zapatos italianos. No se dio cuenta.
Bajando las escaleras estaba Silvestre Mondragón, luciendo como un príncipe oscuro. Pero nadie miraba a Silvestre.
Todos me miraban a mí.
Llevaba un vestido de terciopelo verde esmeralda, hecho a la medida en menos de 24 horas, que abrazaba cada curva de mi cuerpo. Era de hombros descubiertos, mostrando el collar de diamantes que Silvestre me había prestado, el cual brillaba bajo los candelabros. Pero el vestido no estaba diseñado para ocultar nada. Se aferraba orgullosamente a mi vientre de seis meses.
No parecía la mujer rota y llorosa que Julián había echado a la lluvia. Parecía una reina. Mi piel brillaba, mi cabello caía en ondas perfectas sobre mis hombros y mis ojos escaneaban el salón con una calma aterradora.
—¿Esa es tu ex esposa? —preguntó Carla, su voz aguda cortando el aire—. Por Dios, se puso gorda.
—¿Está embarazada? —susurró Julián, el color drenándose de su rostro.
Hizo las cuentas al instante. Me había echado hacía tres meses. Me veía de seis.
Era suyo.
Una onda de choque de posesividad y pánico lo golpeó. Ese era su heredero. Esa era su esposa. Y estaba del brazo de su peor enemigo.
Silvestre me guiaba a través de la multitud, su mano descansando protectivamente en la parte baja de mi espalda. La gente se apartaba como el Mar Rojo. Personas que habían dejado de contestar las llamadas de Julián ahora corrían para saludar a Silvestre y hacerme reverencias.
Julián no pudo detenerse. Empujó a un mesero y marchó hacia nosotros, con la cara descompuesta.
—¡Alma!
El grito detuvo el salón. Silvestre dejó de caminar y se giró lentamente. Su rostro era una máscara de piedra. Yo me giré también, mi expresión ilegible.
—Hola, Julián —dije. Mi voz era firme, agua fresca contra su fuego.
—¿Qué significa esto? —exigió, señalando mi estómago con un dedo tembloroso—. Tú… ¿Por qué no me dijiste?
—¿Decirte? —arqué una ceja—. Me diste veinte minutos para empacar. Me dijiste que no encajaba en tu imagen. ¿Esto encaja en tu imagen, Julián? ¿Una mujer embarazada a la que tiraste a la calle en medio de una tormenta?
Los susurros estallaron a nuestro alrededor. Los miembros de la junta directiva de empresas rivales se inclinaban, hambrientos del chisme.
—Yo no sabía —tartamudeó Julián, dándose cuenta de que estaba perdiendo el control de la narrativa. Cambió de táctica, tratando de parecer la víctima—. Alma, cariño, si hubiera sabido… Tú sabes que jamás te habría dejado ir. Ese es mi hijo.
Extendió la mano para agarrar mi brazo, intentando jalarme hacia él.
Antes de que sus dedos pudieran rozar el terciopelo de mi vestido, la mano de Silvestre salió disparada como una cobra y se cerró alrededor de la muñeca de Julián. El agarre fue triturador. Podía ver los nudillos de Silvestre blancos por la fuerza.
—Tócala —dijo Silvestre, su voz baja y letal, solo para que nosotros tres oyéramos—, y perderás la mano.
—Esta es mi esposa —gruñó Julián, tratando de soltarse, pero fallando miserablemente.
—Ex esposa —corrigió Silvestre—. Y ella está bajo mi protección personal.
—Tú la recogiste de la basura, Mondragón. No puedes quedarte con lo que es mío. Ella está viviendo contigo, ¿verdad? —Julián sonrió con malicia, mirando entre los dos—. Acostándote con el jefe para sobrevivir, Alma. Qué bajo has caído.
Di un paso adelante. No me escondí detrás de Silvestre. Miré a Julián directamente a los ojos, esos ojos que una vez amé y que ahora solo me daban lástima.
—No me estoy acostando con nadie para conseguir nada, Julián. Soy la nueva Directora de Estrategia de Mondragón Holdings.
Julián parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—Y sabes ese bache en el que ha estado tu empresa el último trimestre, los contratos que perdiste en Tokio, el fallo logístico en el puerto de Manzanillo… —Sonreí, una sonrisa fría—. Esa fui yo.
Julián me miró con la boca abierta. La comprensión lo golpeó como un camión. No solo estaba sobreviviendo. Le estaba ganando.
—Me robaste mi propiedad intelectual —acusó, desesperado, mirando a su alrededor buscando aliados.
—Yo escribí esa propiedad —dije fríamente—. Y a diferencia de ti, Silvestre me paga lo que valgo. Vámonos, Silvestre. El aire aquí huele a desesperación y perfume barato.
Silvestre soltó la muñeca de Julián con un empujón despectivo. Julián tropezó hacia atrás, casi cayendo sobre una mesa de canapés.
Nos dimos la vuelta y nos alejamos, la pareja de poder de la noche. Sentí la mirada de Julián quemándome la nuca.
Carla apareció a su lado, haciendo una mueca.
—Bueno, eso fue vergonzoso —dijo ella—. Todo el mundo se está riendo de ti, Julián.
—Cállate —dijo Julián, con los ojos fijos en mi figura alejándose—. Simplemente cállate.
No solo me quería de vuelta. Me necesitaba de vuelta. Su compañía se estaba hundiendo sin mí, y yo llevaba lo único que el dinero no podía comprar: su legado.
—Voy a destruirlo —murmuró Julián para sí mismo, con una obsesión oscura naciendo en sus ojos—. Y voy a recuperarla a ella. Cueste lo que cueste.
Capítulo 5: La Amenaza Fantasma
Dos semanas después de la gala, las oficinas de Torres Global en Santa Fe parecían un velorio. El aire acondicionado zumbaba sobre cubículos vacíos y el silencio era sepulcral.
Julián Torres estaba sentado en su oficina, rodeado de cajas de pizza vacías y notificaciones legales. El precio de sus acciones se había desplomado un 18% después del desastre en el St. Regis. Los inversionistas no querían saber nada de un CEO que humillaba públicamente a su ex esposa embarazada mientras su competidor florecía.
Para empeorar las cosas, la fusión con la familia Garza estaba muerta. Carla había roto el compromiso públicamente. No con una llamada, ni con una carta. Con una historia de Instagram. Había posteado una foto de su mano sin el anillo con el texto: “No me asocio con barcos que se hunden. #Next #SingleLife”.
Julián estaba solo. Y se estaba volviendo loco.
Tenía fotos de Alma pegadas en su pizarrón de cristal. No fotos espeluznantes, sino recortes de revistas y fotos de paparazzis de las últimas semanas. “Alma Ramírez y Silvestre Mondragón desayunando en Polanco”. “La misteriosa estratega detrás del renacimiento de Mondragón”.
Se veía feliz. Se veía sana. Se veía inalcanzable.
—Ella es mía —susurró, golpeando su puño contra el escritorio de caoba—. Siempre ha sido mía.
Levantó el teléfono y marcó el número de su abogado personal, Marcos, un tipo turbio con oficina en un sótano de la Doctores que se especializaba en “arreglar” problemas que los bufetes grandes no tocaban.
—Marcos, inicia la demanda —ordenó Julián, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Cuál de todas, licenciado?
—Custodia —dijo Julián, y su voz era hielo puro—. Quiero la custodia total del niño no nacido. Alega que la madre es mentalmente inestable, que vive en un entorno inmoral conviviendo con un hombre sin estar casada, y que no tiene los medios propios para mantener al infante.
—Señor… —Marcos vaciló—. Ella tiene al equipo legal de Mondragón. Tienen a los mejores litigantes del país. Va a ser una carnicería.
—No me importa ganar el juicio, imbécil —gritó Julián, perdiendo los estribos—. Solo necesito asustarla. Necesito drenar sus recursos, cansarla, humillarla en los tribunales familiares. Quiero que venga a mí rogando que pare.
Hizo una pausa, respirando agitadamente.
—Ofrece un trato. Si ella retira la demanda laboral, regresa conmigo y pide disculpas públicas, yo retiro el caso de custodia. Si se niega, la entierro en litigios hasta que el niño tenga 18 años. ¿Entendido?
—Entendido, licenciado.
Julián colgó. Caminó hacia la ventana mirando la ciudad gris. Conocía a Alma. Ella era suave. Odiaba el conflicto. Se doblaría para proteger al bebé. Siempre se doblaba.
Mientras tanto, en el penthouse de Torre Reforma, la atmósfera era radicalmente diferente.
Alma estaba sentada en la habitación que habían destinado para el bebé. Ya estaba terminada, pintada de un verde salvia suave, con una cuna de madera clara que parecía flotar. Estaba doblando pequeños mamelucos con manos temblorosas.
Silvestre estaba en el marco de la puerta, observándola. Había estado haciendo eso mucho últimamente: mirarla con una mezcla de reverencia y preocupación silenciosa.
—Te ves triste —dijo Silvestre, entrando despacio.
—Tengo miedo —admitió Alma, soltando un par de calcetines minúsculos—. Conozco a Julián. Ha estado demasiado callado estas dos semanas. Eso significa que está planeando algo horrible.
Silvestre se sentó en la mecedora frente a ella.
—Déjalo planear. Estamos listos.
—No lo entiendes —Alma suspiró, llevándose una mano a la frente—. No tiene límites. Mentirá. Sobornará jueces. Intentará quitarme al bebé solo por despecho. No quiere ser padre, Silvestre. Solo quiere ganar.
—Alma. —Silvestre se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su mirada era intensa—. Necesito preguntarte algo, y necesito que seas brutalmente honesta.
—¿Qué?
—Si Julián viniera hoy, si se arrepintiera de verdad, si se pusiera de rodillas y te ofreciera tu vieja vida de vuelta… ¿volverías? ¿Todavía lo amas?
Alma miró a Silvestre. Vio la fuerza en su mandíbula, la amabilidad en sus ojos oscuros, la forma en que había construido una fortaleza alrededor de ella cuando no era más que ruinas.
—Amé al hombre que creí que era —dijo Alma suavemente—. Pero ese hombre nunca existió. Fue una proyección mía. No lo amo, Silvestre. Lo detesto. No solo por lo que me hizo a mí, sino por lo que casi me hizo creer sobre mí misma: que yo no valía nada sin él.
—Tú eres la persona más valiosa que he conocido —dijo Silvestre con una intensidad que hizo vibrar el aire.
Metió la mano en el bolsillo interior de su saco. Alma contuvo el aliento. ¿Era un anillo? Pero en lugar de una joya, Silvestre sacó un documento doblado.
—No quería enseñarte esto hasta después de que naciera el bebé para no alterarte, pero creo que necesitas verlo ahora para entender que Julián Torres ya no puede hacerte daño. Nunca más.
Alma tomó el papel. Sus manos temblaban. Era un reporte financiero. Una orden de compra de deuda corporativa.
—¿Qué es esto? —preguntó, escaneando las líneas llenas de ceros.
—Julián está sobreapalancado —explicó Silvestre, su voz tranquila y analítica—. Pidió préstamos masivos usando las acciones de su compañía como garantía para financiar su estilo de vida y la fusión fallida con los Garza. Cuando sus acciones cayeron la semana pasada, los bancos ejecutaron las garantías. No pudo pagar.
Alma levantó la vista, con los ojos muy abiertos.
—Entonces… ¿el banco es dueño de Torres Global?
—El banco no quería ese problema. Vendieron la deuda en el mercado secundario esta mañana a precio de remate.
Silvestre sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa depredadora, oscura.
—Yo la compré, Alma. Compré su deuda. Compré su hipoteca personal. Compré el edificio donde está su oficina.
Alma jadeó.
—¿Eres dueño de él?
—Técnicamente, sí. Puedo ejecutar la hipoteca de Torres Global mañana mismo. Puedo quitarle el penthouse, el Bugatti y hasta la camisa que trae puesta.
Silvestre se levantó y caminó hacia ella, arrodillándose junto a su silla para quedar al nivel de su vientre.
—Quería darte un regalo de babyshower —susurró Silvestre, con un brillo travieso en los ojos—. Te voy a dar el placer de despedirlo.
Capítulo 6: La Caída del Rey
A la mañana siguiente, Julián irrumpió en el lobby de Torre Reforma como un huracán. Ignoró a la recepcionista y marchó hacia los elevadores privados.
Dos guardias de seguridad, masivos como refrigeradores, le bloquearon el paso.
—¡Quítense de mi camino! —ladró Julián—. ¡Estoy aquí para ver a mi esposa!
—Ella no es su esposa, Sr. Torres.
La voz retumbó desde el mezzanine. Silvestre estaba de pie en el balcón de cristal, mirando hacia abajo como un rey observando a un campesino revoltoso. Alma estaba a su lado, vestida con un traje sastre blanco impecable que acentuaba su embarazo.
—¡Silvestre! —gritó Julián, su voz haciendo eco en el mármol del lobby—. ¡Fuiste notificado esta mañana! ¡Me voy a llevar al niño y te voy a destruir por robo de secretos industriales!
—Sube a la sala de juntas, Julián —dijo Silvestre con una calma insultante—. Platiquemos.
Julián sonrió con arrogancia mientras subía en el elevador. Se arregló la corbata frente al espejo. Tiene miedo, pensó. Quiere llegar a un acuerdo.
Entró en la sala de juntas con una fanfarronería que en realidad no sentía. La sala era impresionante, con vistas panorámicas de todo el Paseo de la Reforma. Alma estaba sentada en la cabecera de la mesa, el lugar de poder. Silvestre estaba de pie detrás de ella, con una mano apoyada protectoramente en su hombro.
—¿Listos para rendirse? —preguntó Julián, lanzando su maletín sobre la mesa—. Aquí están mis términos: Alma regresa a casa hoy mismo. Emite una disculpa pública limpiando mi nombre. Y tú, Silvestre, me transfieres los contratos de logística asiática como daños y perjuicios.
Alma miró a Julián. Por primera vez en cinco años, no se sintió pequeña. No sintió miedo. Sintió lástima.
—Julián —dijo ella—, ¿revisaste tu correo electrónico esta mañana?
—No tengo tiempo para correos —se burló él—. Mis abogados se encargarán de…
—Deberías —interrumpió Silvestre suavemente—. Porque a las 8:00 a.m., el acreedor principal de Torres Global inició una secuencia de ejecución hipotecaria por incumplimiento de pago.
Julián se congeló.
—¿Qué? Eso es imposible. El banco me dio una prórroga.
—El banco vendió la deuda —dijo Silvestre—. A una sociedad holding llamada Inversiones Fénix S.A. de C.V..
—¿Quién diablos es Inversiones Fénix? —exigió Julián, comenzando a sudar frío.
—Yo —dijo Alma.
El silencio en la habitación fue absoluto. Julián la miró, su rostro pasando de rojo a un tono enfermizo de morado.
—¿Tú? —susurró.
—Silvestre puso el capital —dijo Alma, su voz resonando con fuerza—, pero la compañía está a mi nombre, Julián. Yo soy la dueña de tu deuda. Soy la dueña de tu compañía. Soy la dueña de tu marca.
—¡No puedes hacer esto! —gritó Julián, lanzándose hacia adelante sobre la mesa.
Silvestre se interpuso frente a Alma instantáneamente, su presencia llenando el espacio, una barrera física infranqueable. Julián se detuvo en seco, respirando pesadamente.
—Se acabó —dijo Alma desde detrás de Silvestre—. Estoy disolviendo Torres Global. Voy a vender los activos por partes. Las ganancias irán a caridad, específicamente a refugios para madres solteras en la Ciudad de México.
—Me estás arruinando —lloró Julián, lágrimas de rabia e impotencia corriendo por su cara—. Yo construí esa compañía. ¡Soy un billonario!
—Eras un billonario —le corrigió Silvestre—. Ahora solo eres un hombre con mucha deuda y una reputación terrible. La junta directiva votó tu destitución hace una hora, Julián. Seguridad está sacando tus cosas de tu oficina en cajas de cartón mientras hablamos.
Julián miró a Alma. Vio la resolución en sus ojos. Se dio cuenta, finalmente, de que la mujer tranquila que había ignorado y menospreciado durante cinco años había sido la única cosa que mantenía su vida unida. Y él mismo había cortado la cuerda.
Cayó de rodillas. Fue un espectáculo patético.
—Alma… —gimió—. Por favor. Soy el padre de tu hijo. No hagas esto. Podemos ser una familia. Te amo.
Alma se puso de pie. Caminó alrededor de la mesa y se paró frente a él, pero no le ofreció una mano.
—Tú no me amas, Julián —dijo con tristeza—. Tú amas poseer cosas. Y ya no me posees. Y nunca, jamás, poseerás a este niño.
Colocó un documento sobre la mesa, justo frente a su cara.
—Firma esto.
Julián parpadeó a través de las lágrimas.
—¿Qué es?
—Es una renuncia voluntaria y total a la patria potestad —dijo Alma—. Si lo firmas, perdonaré tu deuda personal. Te vas sin nada, pero te vas libre. No irás a la cárcel por el fraude fiscal que encontramos en tus libros de contabilidad de 2019.
Julián levantó la vista, aterrorizado.
—¿Encontraron… la línea 452?
Alma sonrió levemente, una sombra de la chica inteligente que él conoció en la universidad.
—Siempre fuiste descuidado con los detalles, Julián.
Con una mano temblorosa, Julián tomó la pluma. Miró el documento. Miró a Alma, radiante y poderosa. Miró a Silvestre, que lo observaba con puro desprecio.
No tenía opción.
Firmó.
—Lárgate —dijo Silvestre.
Julián Torres se puso de pie. Parecía más pequeño, más viejo, encorvado por el peso de su propia arrogancia. Se dio la vuelta y salió de la sala, fuera del edificio, y hacia el olvido de la irrelevancia en una ciudad que nunca perdona a los perdedores.
Alma soltó un suspiro largo y tembloroso. Se tambaleó un poco. Silvestre estuvo a su lado en un instante, sosteniéndola.
—¿Estás bien?
Alma se apoyó en su pecho, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.
—Sí —dijo, y por primera vez en meses, era verdad—. Finalmente soy libre.
Capítulo 7: La Tormenta y el Milagro
El tercer trimestre del embarazo de Alma fue un periodo de paz dorada y silenciosa que contrastaba brutalmente con el caos de su matrimonio con Julián. El penthouse en Torre Reforma, que alguna vez fue la fortaleza de soledad de Silvestre Mondragón, se había transformado.
Ya no era solo un santuario de alta tecnología para un soltero millonario. Ahora era un hogar. Había cojines suaves en los sofás de diseño italiano, libros de maternidad apilados sobre las mesas de cristal y un aroma constante a té de manzanilla y vainilla.
Silvestre había cambiado. El “Lobo”, conocido por destrozar competidores antes del desayuno, ahora salía temprano de las juntas. Pasaba sus noches en la biblioteca, no analizando acciones, sino leyendo en voz alta para el vientre de Alma.
Había leído en algún artículo médico que el bebé podía reconocer voces, y estaba decidido a que ese niño conociera su voz tan bien como la de su madre. Le leía a García Márquez, le explicaba teorías económicas simplificadas y, a veces, simplemente le contaba sobre el día.
Una noche lluviosa de noviembre, el aire en el penthouse estaba cargado de electricidad. Alma estaba sentada junto al ventanal, viendo cómo la tormenta azotaba la Ciudad de México. Los relámpagos iluminaban el Ángel de la Independencia a lo lejos.
Le recordaba la noche en que Julián la había echado. El frío, el miedo, la soledad absoluta. Se estremeció.
Sintió una mano cálida en su hombro.
—Estás pensando en él —dijo Silvestre suavemente. No era una pregunta. La conocía demasiado bien.
Alma cubrió la mano de él con la suya.
—Estoy pensando en lo diferente que se ve la lluvia desde adentro de una casa caliente —susurró—. Estoy pensando que no he sentido frío en seis meses gracias a ti.
Silvestre se arrodilló junto a su sillón, un hábito que había desarrollado conforme la movilidad de Alma disminuía.
—Nunca volverás a tener frío, Alma. Te lo prometí.
Estaba a punto de decir algo más. Quizás algo que cruzara esa línea invisible entre “socios” y “algo más” que habían estado bailando durante semanas. Sus ojos estaban fijos en mis labios.
De repente, jadeé. Mi mano voló a mi abdomen, mis dedos clavándose en la tela de mi vestido.
—¡Silvestre! —dije con voz estrangulada, mis ojos abriéndose con pánico.
—¿Qué pasa? ¿El bebé? —Silvestre se puso en alerta máxima al instante, escaneando mi cara.
—Creo… —hice una mueca cuando una contracción me atravesó, más fuerte y profunda que cualquier cosa que hubiera sentido antes—. Creo que es hora.
El agua se rompió un segundo después.
Lo que siguió fue una clase magistral en gestión de crisis, ejecutada por Silvestre Mondragón. No hubo pánico, solo una eficiencia aterradora.
Tenía el elevador privado esperando antes de que yo lograra ponerme de pie. La camioneta estaba abajo en 30 segundos. Tenía al hospital ABC de Santa Fe en la línea, ladrando órdenes al jefe de medicina, asegurándose de que el ala privada estuviera lista.
Pero en el momento en que nos acomodamos en la parte trasera de la camioneta, la máscara de CEO se resbaló.
Apreté su mano con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, respirando a través de una ola de dolor agudo. Silvestre me miró y, por primera vez desde que lo conocí en aquella taquería, vi miedo en sus ojos.
No miedo a la situación. Miedo a la pérdida.
—Quédate conmigo —susurró, besando mis nudillos—. Solo respira, Alma. Te tengo.
El parto fue largo. Brutalmente largo. Durante catorce horas, luché. Los médicos estaban preocupados por mi presión arterial, un efecto persistente del estrés del divorcio y la naturaleza de alto riesgo del embarazo.
La habitación era un borrón de monitores pitando y conversaciones médicas en voz baja. A través de la neblina de dolor y agotamiento, yo tenía un solo ancla: Silvestre.
Nunca se fue. Las enfermeras intentaron sacarlo cuando me pusieron la epidural, pero él se negó a moverse. Me limpiaba el sudor de la frente con un paño frío. Me sostenía un vaso con hielo picado en los labios.
Cuando el dolor se volvió insoportable y empecé a llorar, susurrando que no podía hacerlo, que no era lo suficientemente fuerte, Silvestre estaba ahí, su cara a centímetros de la mía.
—Mírame —ordenó, su voz cortando el pánico—. Destruiste el imperio de un billonario estando embarazada de seis meses. Reconstruiste mi compañía desde una laptop en un cuarto de visitas. Eres la mujer más fuerte que he conocido. Puedes hacer esto.
—Tengo miedo —sollocé—. Silvestre… si algo me pasa, prométeme que cuidarás de él. No dejes que Julián se le acerque.
—Nada te va a pasar —dijo Silvestre con ferocidad, su voz quebrándose—. Porque no te voy a dejar ir. Hacemos esto juntos. Lo terminamos juntos.
A las 4:12 a.m., mientras la primera luz gris del amanecer se arrastraba sobre los volcanes a lo lejos, la habitación quedó en silencio, seguida por un llanto agudo e indignado.
El sonido llenó la habitación, más fuerte que la tormenta afuera, más fuerte que las dudas en mi cabeza.
—Es un niño —anunció la doctora, con voz aliviada—. Ya está aquí.
Pusieron al bebé en mi pecho. Era pequeño, de cara roja y se retorcía, con un mechón de pelo oscuro y un par de pulmones que exigían atención. Toqué su mejilla, mis lágrimas cayendo libremente ahora. El amor que me inundó fue abrumador, un tsunami que lavó cada cicatriz que Julián había dejado en mi alma.
—Hola —susurré, con la voz rota—. Hola, mi amor.
Levanté la vista hacia Silvestre. Estaba de pie junto a la cama, mirando al niño con una expresión de asombro puro y sin adulterar. Parecía aterrorizado de tocarlo.
—Silvestre —dije suavemente—. Ven aquí.
Tentativamente, el hombre que movía miles de millones de dólares con una sola firma extendió un dedo. La pequeña mano del bebé, buscando instintivamente, se cerró alrededor del dedo índice de Silvestre.
Silvestre soltó un suspiro que sonó como un sollozo. Se derrumbó en la silla junto a la cama, su frente descansando contra mi brazo, su dedo aún prisionero del recién nacido.
—Es perfecto —susurró, con la voz espesa por la emoción—. Es absolutamente perfecto.
—Necesita un nombre —dije, acariciando el cabello de Silvestre.
Silvestre levantó la vista, con los ojos rojos.
—Dijiste que te gustaba Leo.
—¿Leo?
Asentí, mirando a mi hijo.
—Leo. Significa león. Porque va a ser valiente como tú.
—Leo… —Silvestre probó el nombre—. Leo Torres.
Dudé. Miré al hombre que me había salvado la vida. El hombre que se había sentado en esa silla durante catorce horas. El hombre que actualmente estaba siendo rehén de un bebé de cinco minutos de edad.
—Leo Mondragón —le corregí.
Silvestre se congeló. Me miró, buscando en mis ojos cualquier señal de duda.
—Alma… no tienes que hacerlo. Los nombres tienen poder. Ese apellido… conlleva mucho peso y mucha atención.
—Lo sé —sonreí cansada—. Por eso lo elegí. Merece un padre que sepa lo que es la lealtad. Te merece a ti.
Silvestre cerró los ojos y una lágrima solitaria escapó, trazando un camino por su mejilla sin afeitar.
Capítulo 8: El Final del Principio
La transición del hospital al penthouse fue perfecta, pero todo se sentía diferente. La dinámica de la casa había cambiado. Ya no era un espacio de trabajo. Era un santuario.
Dos semanas pasaron. Me estaba recuperando bien, mi fuerza regresaba día a día. Silvestre se había tomado la licencia de paternidad, algo que la junta directiva encontró impactante, pero nadie se atrevió a cuestionar al “Lobo”.
Una noche, estaba en la habitación del bebé. Finalmente había logrado que Leo se durmiera. La habitación estaba tenuemente iluminada por una lámpara con forma de luna. Me quedé allí mucho tiempo, simplemente viendo el ascenso y descenso rítmico de su pecho.
—Lo miras como si fuera a desaparecer.
La voz de Silvestre vino desde la puerta. Me giré. Estaba apoyado en el marco, sosteniendo dos tazas de té. Entró en silencio, entregándome una.
—Pasé tantos meses aterrorizada de que Julián encontrara una forma de quitármelo —admití, bebiendo el té caliente—. O de que yo no fuera suficiente. Que una madre soltera no pudiera criar a un niño para ser un buen hombre.
—No será criado por una madre soltera —dijo Silvestre en voz baja.
Dejó su taza en el cambiador y caminó hacia mí. El espacio entre nosotros, usualmente cargado de respeto profesional no dicho, ahora zumbaba con algo mucho más personal.
—Alma —comenzó Silvestre, su voz grave—, necesitamos hablar sobre el arreglo.
Mi corazón se hundió. El arreglo. El contrato de empleo, el acuerdo de vivienda. ¿Era esto? ¿Me iba a pedir que me mudara ahora que el bebé había nacido? ¿Ahora que el drama con Julián había terminado y la prensa se había aburrido?
—Entiendo —dije, tratando de mantener mi voz firme, aunque mis manos empezaron a temblar—. Puedo empezar a buscar un lugar la próxima semana. Tengo ahorros suficientes ahora, gracias al bono que me diste. No quiero imponerme más tiempo en tu vida.
Silvestre me miró, frunciendo el ceño. Luego soltó una risa corta e incredula.
—¿Mudarte? ¿Es eso lo que crees que quiero?
—Bueno, el contrato…
—Al diablo con el contrato —gruñó Silvestre suavemente.
Dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio personal de una manera que hizo que se me cortara la respiración.
—Alma, ¿realmente crees que hice todo esto por negocios? ¿La demanda, la compra de la deuda, el cuarto del bebé… crees que fue estrategia corporativa?
—Yo… no lo sé —tartamudeé.
—No lo hice por venganza contra Julián —confesó Silvestre, sus ojos clavados en los míos—. Digo, destruirlo fue un buen bono, no te miento. Pero lo hice porque en el momento en que te vi en esa taquería, con manchas de café en tu delantal y fuego en tus ojos, supe que estaba perdido.
Me tomó las manos. Sus palmas estaban cálidas.
—Perdí mi corazón hace años —susurró—. Pensé que se había ido para siempre. Pensé que solo era una máquina construida para hacer dinero. Y luego entraste tú. Tú y este pequeño león.
Señaló la cuna.
—Me despertaste, Alma. Me hiciste sentir vivo de nuevo.
Metió la mano en su bolsillo. Mi respiración se detuvo.
Silvestre bajó una rodilla. La madera del piso crujió suavemente. Sacó una pequeña caja de terciopelo azul oscuro y la abrió.
Adentro había un anillo que hacía que el que Julián me había dado pareciera una baratija de máquina de chicles. Era un zafiro vintage, profundo y azul como el océano, rodeado por un halo de diamantes antiguos. No era llamativo por ser grande, era imponente por ser histórico.
—Este era de mi abuela —dijo Silvestre, mirándome con una vulnerabilidad que lo desnudaba por completo—. Ella me dijo que nunca se lo diera a una mujer a menos que no pudiera respirar sin ella. Alma… no puedo respirar sin ti.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero ser tu jefe. No quiero ser tu casero. Quiero ser tu esposo. Quiero ser el padre de Leo. Quiero llegar a casa contigo todos los días por el resto de mi vida.
Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
—Cásate conmigo —suplicó suavemente—. Déjame pasar el resto de mi vida asegurándome de que nunca te sientas no deseada otra vez.
Caí de rodillas para estar a su nivel. No me importó el vestido ni el suelo. Le rodeé el cuello con los brazos y enterré mi cara en su hombro.
—Sí —sollocé en su camisa—. Sí, Silvestre. Mil veces sí.
Silvestre soltó un suspiro de alivio y me apretó fuerte contra él, enterrando su cara en mi cabello. Deslizó el anillo en mi dedo. Encajaba perfectamente.
En la cuna, Leo se movió, soltó un pequeño suspiro y volvió a dormirse, sin saber que su madre acababa de asegurar su “felices para siempre”.
EPÍLOGO
Cinco años después.
El sol se estaba poniendo sobre Valle de Bravo, pintando el lago de tonos violetas y naranjas. La finca de los Mondragón se asentaba en una colina con vista al agua, una obra maestra de arquitectura mexicana contemporánea llena de luz y risas.
Alma estaba sentada en la terraza, con un vaso de agua de jamaica en la mano. Estaba revisando su iPad, viendo la última edición de Forbes México. La portada presentaba a una mujer en un traje blanco impecable, mirando poderosa y serena.
El titular leía: “El Fénix se levanta: Cómo Alma Mondragón redefinió el negocio ético en Latinoamérica”.
Sonrió. Había sido un camino largo. Después de casarse, ella y Silvestre habían fusionado sus visiones. Habían lanzado un fondo de capital de riesgo específicamente para startups lideradas por mujeres y personas que habían sido ignoradas por la maquinaria corporativa tradicional.
Eran más ricos ahora de lo que Silvestre había sido solo. Pero el dinero se sentía diferente. Se sentía limpio. Se sentía útil.
—¡Mamá! ¡Mamá, mira!
Alma levantó la vista. Un niño de cinco años con cabello oscuro desordenado y ojos brillantes e inteligentes venía corriendo por el pasto. Leo. Llevaba una rana en las manos.
—Atrapé un dinosaurio —anunció Leo con orgullo, presentando al pobre animal confundido.
—Ese es un dinosaurio muy baboso, Leo —reí, limpiándole una mancha de tierra de la mejilla.
Detrás de él, un hombre salió del jardín. Silvestre Mondragón se veía diferente. Las líneas duras alrededor de su boca se habían suavizado. Llevaba una playera tipo polo y bermudas, sus pies descalzos en el pasto. Se veía más joven, más feliz.
—Saca las habilidades de caza de ti —bromeó Silvestre, dejando un beso en la coronilla de Alma—. Y la terquedad también.
—Saca el encanto de ti —contraatacó Alma, recargándose en su toque.
Silvestre se sentó en el borde de su camastro.
—Recibí una llamada hoy.
—¿Ah, sí?
—De una agencia de renta de autos en Tijuana —dijo Silvestre, una media sonrisa jugando en sus labios—. Aparentemente, el gerente de la sucursal fue despedido por intentar robar fondos de la caja chica. Está enfrentando tiempo de cárcel.
—¿Julián? —preguntó Alma. El nombre se sentía extraño en su lengua, como una palabra de un idioma que ya no hablaba.
—Julián —confirmó Silvestre—. Llamó pidiendo una referencia de carácter. Quería que yo llamara al fiscal por él. Dijo que éramos “viejos amigos”.
Alma arqueó una ceja.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que estaba ocupado jugando a los dinosaurios con mi hijo —dijo Silvestre, estirándose para hacerle cosquillas a Leo, quien gritó de risa—. Y colgué.
Alma los vio jugar. El hombre que la había salvado y el hijo que los había salvado a ambos.
Descansó su mano sobre su estómago, donde un aleteo familiar había comenzado hacía unas semanas. No le había dicho a Silvestre todavía. Estaba esperando el momento perfecto, tal vez la cena de esta noche. Otro bebé. Otro capítulo.
Miró hacia el lago. Las olas que una vez parecieron tan aterradoras durante las tormentas ahora eran solo un ritmo, una canción de consistencia y fuerza.
Había sido abandonada. Había sido rota. Había sido dejada en la lluvia con nada más que una maleta y una oración. Pero había seguido caminando. Había caminado a través del fuego y había encontrado la única cosa que el dinero no podía comprar.
Había encontrado un hogar.
—Silvestre —lo llamó.
Él levantó la vista, su sonrisa cegadora.
—Dime, mi vida.
Ella palmeó el asiento a su lado.
—Ven aquí. Tengo una sorpresa para ti. Creo que vamos a necesitar una cuna nueva.
Mientras él caminaba hacia ella, con la comprensión iluminando lentamente su rostro de alegría pura, el sol se ocultó bajo el horizonte, lanzando un halo dorado alrededor de la familia que el amor había construido.
Y para Alma Mondragón, esto era solo el comienzo.
FIN